Capítulo 22 · 32 min de lectura · 42 min de escucha
Discurso 1
Sermón 21
Sobre el Sermón del Monte de nuestro Señor
Discurso 1
«Y viendo las multitudes, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos; y abriendo su boca, les enseñaba, diciendo: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.»
Mateo 5:1–4.
1. Nuestro Señor había «recorrido ya toda Galilea» (Mateo 4:23, ), comenzando desde el tiempo en que «Juan fue encarcelado» (Mateo 4:12, ), no solo «enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino», sino también «sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo». Consecuencia natural de esto fue que «le siguieron grandes multitudes de Galilea, y de Decápolis, y de Jerusalén, y de Judea, y del otro lado del Jordán». (Mateo 4:25.) «Y viendo las multitudes», que ninguna sinagoga habría podido contener, aun si hubiera habido alguna a mano, «subió al monte», donde había lugar para todos los que venían a él de todas partes. «Y sentándose», como era costumbre de los judíos, «vinieron a él sus discípulos; y abriendo su boca» (expresión que denota el comienzo de un discurso solemne), «les enseñaba, diciendo». —
2. Observemos quién es el que habla aquí, para que miremos cómo oímos. Es el Señor del cielo y de la tierra, el Creador de todo; quien, como tal, tiene derecho a disponer de todas sus criaturas; el Señor nuestro Gobernador, cuyo reino es desde la eternidad y domina sobre todo; el gran Legislador, que bien puede hacer cumplir todas sus leyes, pues «puede salvar y destruir»; sí, castigar con «eterna perdición, lejos de su presencia y de la gloria de su poder». Es la eterna Sabiduría del Padre, que sabe de qué estamos hechos y conoce nuestra más íntima condición; que sabe en qué relación estamos con Dios, unos con otros y con toda criatura que Dios ha hecho, y, por consiguiente, cómo adaptar cada ley que prescribe a todas las circunstancias en que él nos ha colocado. Es Aquel que es «bueno para con todos, cuyas misericordias están sobre todas sus obras»; el Dios de amor, que, habiéndose despojado de su gloria eterna, ha salido del Padre para declarar su voluntad a los hijos de los hombres, y después vuelve otra vez al Padre; que es enviado de Dios «para abrir los ojos de los ciegos y dar luz a los que están sentados en tinieblas». Es el gran Profeta del Señor, acerca del cual Dios había declarado solemnemente mucho tiempo atrás: «Cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta» (Deuteronomio 18:19; ); o, como lo expresa el apóstol: «Toda alma que no oyere a aquel profeta será desarraigada del pueblo». (Hechos 3:23.)
3. ¿Y qué es lo que él enseña? El Hijo de Dios, que vino del cielo, nos muestra aquí el camino al cielo; al lugar que él nos ha preparado; a la gloria que tenía antes que el mundo fuese. Nos enseña el verdadero camino a la vida eterna; el camino real que conduce al reino; y el único camino verdadero, — porque no hay otro; todas las demás sendas llevan a la perdición. Por el carácter de Aquel que habla, estamos bien seguros de que ha declarado la voluntad plena y perfecta de Dios. No ha pronunciado ni una tilde de más, — nada más de lo que había recibido del Padre; ni de menos, — no ha rehuido anunciar todo el consejo de Dios; mucho menos ha pronunciado nada erróneo, nada contrario a la voluntad del que lo envió. Todas sus palabras son verdaderas y rectas en todas las cosas, y permanecerán firmes por siempre jamás.
Y podemos notar fácilmente que, al explicar y confirmar estas palabras fieles y verdaderas, él tiene cuidado de refutar no solo los errores de los escribas y fariseos, que eran entonces las falsas glosas con que los maestros judíos de aquella época habían pervertido la palabra de Dios, sino todos los errores prácticos incompatibles con la salvación que pudieran surgir jamás en la iglesia cristiana; todas las glosas con que los maestros cristianos (así llamados) de cualquier época o nación pervirtieran la palabra de Dios y enseñaran a las almas incautas a buscar la muerte en el error de su vida.
4. Y de aquí somos llevados naturalmente a observar a quiénes enseña aquí. No solo a los apóstoles; si así fuera, no habría tenido necesidad de subir al monte. Una habitación en la casa de Mateo, o de cualquiera de sus discípulos, habría bastado para los Doce. Ni aparece en modo alguno que los discípulos que vinieron a él fueran solamente los Doce. hoi mathetai autou, sin forzar en nada la expresión, puede entenderse de todos los que deseaban aprender de él. Pero para poner esto fuera de toda duda, para dejar innegablemente claro que, donde se dice que abrió su boca y les enseñaba, la palabra les incluye a todas las multitudes que subieron con él al monte, basta observar los versículos finales del capítulo séptimo: Y aconteció que, cuando Jesús terminó estas palabras, las multitudes (hoi ochloi) se admiraban de su doctrina, o enseñanza; porque les enseñaba, a las multitudes, «como quien tiene autoridad, y no como los escribas». [Mateo 7:28–29]
Ni eran solamente aquellas multitudes que estaban con él en el monte a quienes enseñaba entonces el camino de la salvación; sino a todos los hijos de los hombres; a todo el linaje humano; a los hijos que aún no habían nacido; a todas las generaciones venideras, hasta el fin del mundo, que jamás hubieran de oír las palabras de esta vida.
5. Y esto lo admiten todos los hombres respecto de algunas partes del discurso que sigue. Nadie niega, por ejemplo, que lo que se dice de la pobreza de espíritu se refiere a toda la humanidad. Pero muchos han supuesto que otras partes concernían solo a los apóstoles, o a los primeros cristianos, o a los ministros de Cristo, y que nunca fueron destinadas a la generalidad de los hombres, quienes, por consiguiente, nada tienen que ver con ellas.
Pero ¿no podemos preguntar con justicia quién les dijo esto: que algunas partes de este discurso concernían solo a los apóstoles, o a los cristianos de la era apostólica, o a los ministros de Cristo? Simples afirmaciones no son prueba suficiente para establecer un punto de tan gran importancia. ¿Nos ha enseñado, pues, nuestro Señor mismo que algunas partes de su discurso no conciernen a toda la humanidad? Sin duda, si así fuera, nos lo habría dicho; no habría podido omitir una información tan necesaria. Pero ¿nos lo ha dicho? ¿Dónde? ¿En el discurso mismo? No: aquí no hay la menor insinuación de ello. ¿Lo ha dicho en otro lugar? ¿En alguno de sus otros discursos? Ni una sola palabra que apunte siquiera en esa dirección podemos hallar en nada de cuanto él dijo, ya a las multitudes, ya a sus discípulos. ¿Ha dejado alguno de los apóstoles, u otro de los escritores inspirados, semejante instrucción consignada? Nada de eso. No se halla afirmación de esta clase en todos los oráculos de Dios. ¿Quiénes son, pues, esos hombres que son tanto más sabios que Dios? ¿sabios tan por encima de lo que está escrito?
6. Quizá digan que la razón misma de la cosa exige que se haga tal restricción. Si así es, ha de ser por una de estas dos causas: porque, sin tal restricción, el discurso sería manifiestamente absurdo, o contradiría alguna otra escritura. Pero no es este el caso. Se verá claramente, cuando lleguemos a examinar los diversos puntos, que no hay absurdo alguno en aplicar a toda la humanidad todo lo que nuestro Señor ha enseñado aquí. Ni implicará contradicción alguna con ninguna otra cosa que él haya enseñado, ni con ninguna otra escritura. Más aún, se verá además que, o todas las partes de este discurso han de aplicarse a los hombres en general, o ninguna; puesto que todas están conectadas entre sí, unidas como las piedras de un arco, del cual no podéis quitar una sin destruir todo el edificio.
7. Podemos, por último, observar cómo enseña aquí nuestro Señor. Y ciertamente, como en todo tiempo, así particularmente en este, habla «como nunca ha hablado hombre». No como los santos hombres de la antigüedad, aunque también ellos hablaron «siendo inspirados por el Espíritu Santo». No como Pedro, o Santiago, o Juan, o Pablo: estos fueron, en verdad, sabios arquitectos en su iglesia; pero aun así, en esto, en los grados de la sabiduría celestial, el siervo no es como su Señor. No, ni siquiera como él mismo en ningún otro tiempo o en ninguna otra ocasión. No parece que fuera jamás su propósito, en ningún otro tiempo o lugar, exponer de una vez todo el plan de su religión; darnos una vista completa del cristianismo; describir por extenso la naturaleza de aquella santidad sin la cual nadie verá al Señor. Ramas particulares de ella las ha descrito, en verdad, en mil ocasiones diferentes; pero nunca, fuera de aquí, dio deliberadamente una visión general del conjunto. Más aún, no tenemos nada más de esta clase en toda la Biblia; a menos que se exceptúe aquel breve bosquejo de la santidad dado por Dios a Moisés en aquellas Diez Palabras o Mandamientos, en el monte Sinaí. ¡Pero aun aquí, cuán grande diferencia hay entre lo uno y lo otro! «Aun lo que fue glorioso no es glorioso en esta parte, en comparación con la excelente gloria.» (2 Corintios 3:10.)
8. ¡Sobre todo, con qué asombroso amor revela aquí el Hijo de Dios la voluntad de su Padre al hombre! No nos lleva otra vez «al monte que ardía en fuego, ni a la oscuridad, y a las tinieblas, y a la tempestad». No habla como cuando «tronó en los cielos»; cuando el Altísimo «dio su voz, granizo y carbones de fuego». Ahora se dirige a nosotros con su voz apacible y delicada: «Bienaventurados», o dichosos, «los pobres en espíritu». Dichosos los que lloran; los mansos; los que tienen hambre de justicia; los misericordiosos; los de limpio corazón: ¡dichosos en el fin y en el camino; dichosos en esta vida y en la vida eterna! Como si dijera: «¿Quién es el hombre que desea vida y codicia días para ver el bien? ¡He aquí, os muestro aquello que vuestra alma anhela! Mirad el camino que tanto tiempo habéis buscado en vano; el camino de deleites; la senda hacia la paz serena y gozosa, hacia el cielo aquí abajo y el cielo allá arriba.»
9. ¡Al mismo tiempo, con qué autoridad enseña! Bien podían decir: «No como los escribas». ¡Observad la manera (pero no puede expresarse con palabras), el aire con que habla! No como Moisés, el siervo de Dios; no como Abraham, su amigo; no como ninguno de los profetas; ni como ninguno de los hijos de los hombres. Es algo más que humano; más de lo que puede convenir a ningún ser creado. ¡Proclama al Creador de todo! ¡Un Dios, un Dios aparece! ¡Sí, o oN, el Ser de los seres, JEHOVÁ, el que existe por sí mismo, el Supremo, el Dios que es sobre todas las cosas, bendito por los siglos!
10. Este divino discurso, expuesto con el método más excelente, en el que cada parte posterior ilustra las que la preceden, se divide comúnmente, y no sin razón, en tres ramas principales: la primera, contenida en el capítulo quinto; — la segunda, en el sexto; — y la tercera, en el séptimo. En la primera se expone la suma de toda religión verdadera en ocho puntos, que se explican y se defienden contra las falsas glosas de los hombres en las partes siguientes del capítulo quinto. En la segunda están las reglas para aquella recta intención que hemos de conservar en todas nuestras acciones exteriores, sin mezcla de deseos mundanos ni de afanes ansiosos aun por lo necesario para la vida. En la tercera hay advertencias contra los principales estorbos de la religión, y se cierra con una aplicación del conjunto.
I. 1. Nuestro Señor, en primer lugar, expone la suma de toda religión verdadera en ocho puntos, que explica y defiende contra las falsas glosas de los hombres hasta el final del capítulo quinto.
Algunos han supuesto que con ellos se propuso señalar las diversas etapas de la carrera cristiana; los pasos que el cristiano da sucesivamente en su viaje hacia la tierra prometida; — otros, que todos los puntos aquí enunciados pertenecen en todo tiempo a todo cristiano. ¿Y por qué no podemos admitir lo uno y lo otro? ¿Qué incompatibilidad hay entre ambos? Es indudablemente cierto que tanto la pobreza de espíritu como cualquier otra disposición aquí mencionada se hallan en todo tiempo, en mayor o menor grado, en todo cristiano verdadero. Y es igualmente cierto que el cristianismo verdadero comienza siempre en la pobreza de espíritu y avanza en el orden aquí establecido, hasta que «el hombre de Dios es hecho perfecto». Comenzamos por el más bajo de estos dones de Dios, pero de tal modo que no lo abandonamos cuando Dios nos llama a subir más arriba; sino que «lo que ya hemos alcanzado, lo retenemos», mientras proseguimos hacia lo que aún está delante, hacia las más altas bendiciones de Dios en Cristo Jesús.
2. El fundamento de todo es la pobreza de espíritu; aquí, por tanto, comienza nuestro Señor: «Bienaventurados», dice, «los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.»
No es improbable suponer que nuestro Señor miró a los que estaban a su alrededor y, observando que no había allí muchos ricos, sino más bien los pobres de este mundo, tomó de ello ocasión para pasar de las cosas temporales a las espirituales. «Bienaventurados», dice (o dichosos, — así debería traducirse la palabra, tanto en este como en los versículos siguientes), «los pobres en espíritu». No dice: los que son pobres en cuanto a las circunstancias exteriores, — pues no es imposible que algunos de estos estén tan lejos de la felicidad como un monarca en su trono; sino «los pobres en espíritu», — aquellos que, sean cuales fueren sus circunstancias exteriores, tienen aquella disposición del corazón que es el primer paso hacia toda felicidad real y sustancial, ya en este mundo, ya en el venidero.
3. Algunos han juzgado que por los pobres en espíritu se entiende aquí a los que aman la pobreza; los que están libres de codicia, del amor al dinero; los que temen las riquezas en lugar de desearlas. Quizá se vieron inducidos a juzgar así por limitar enteramente sus pensamientos al término mismo; o por considerar aquella grave observación de san Pablo: que «el amor al dinero es la raíz de todos los males». Y de aquí que muchos se hayan despojado por completo, no solo de las riquezas, sino de todos los bienes mundanos. De aquí también parecen haber surgido en la Iglesia romana los votos de pobreza voluntaria, suponiéndose que un grado tan eminente de esta gracia fundamental había de ser un gran paso hacia el «reino de los cielos».
Pero estos no parecen haber observado, en primer lugar, que la expresión de san Pablo debe entenderse con alguna restricción; de otro modo no es verdadera; porque el amor al dinero no es la raíz, la única raíz, de todo mal. Hay en el mundo otras mil raíces del mal, como la triste experiencia lo muestra a diario. Su sentido solo puede ser que es la raíz de muchísimos males; quizá de más que cualquier otro vicio por sí solo. — En segundo lugar, que este sentido de la expresión «pobres en espíritu» de ningún modo conviene al propósito presente de nuestro Señor, que es poner un fundamento general sobre el cual pueda edificarse todo el edificio del cristianismo; propósito que en modo alguno se cumpliría con prevenir contra un vicio particular; de modo que, aun si se supusiera que esto es una parte de su sentido, no podría en manera alguna ser el todo. — En tercer lugar, que no puede suponerse que sea parte alguna de su sentido, a menos que lo acusemos de manifiesta tautología; puesto que, si la pobreza de espíritu fuera solo estar libre de codicia, del amor al dinero o del deseo de riquezas, coincidiría con lo que menciona después: sería solo una rama de la pureza de corazón.
4. ¿Quiénes son, pues, «los pobres en espíritu»? Sin duda, los humildes; los que se conocen a sí mismos; los que están convencidos de pecado; aquellos a quienes Dios ha dado aquel primer arrepentimiento que precede a la fe en Cristo.
Uno de estos ya no puede decir: «Yo soy rico, y me he enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa»; pues ahora sabe que es «desventurado, y pobre, y miserable, y ciego, y desnudo». Está convencido de que es verdaderamente pobre en lo espiritual, pues no hay en él ningún bien espiritual que permanezca. «En mí», dice, «no mora el bien», sino todo lo que es malo y abominable. Tiene un profundo sentimiento de la repugnante lepra del pecado, que trajo consigo desde el vientre de su madre, que se extiende por toda su alma y corrompe totalmente cada una de sus potencias y facultades. Ve cada vez más las malas disposiciones que brotan de aquella mala raíz: el orgullo y la altivez de espíritu, la inclinación constante a tener de sí más alto concepto que el que debe tener; la vanidad, la sed de la estima o de la honra que viene de los hombres; el odio o la envidia, los celos o la venganza, la ira, la malicia o la amargura; la enemistad innata contra Dios y contra el hombre, que se manifiesta en diez mil formas; el amor al mundo, la voluntad propia, los deseos necios y dañosos que se adhieren a lo más íntimo de su alma. Es consciente de cuán profundamente ha ofendido con su lengua; si no con palabras profanas, deshonestas, falsas o poco caritativas, al menos con conversación que no era «buena para edificación», ni apta «para dar gracia a los oyentes». la cual, por consiguiente, era toda corrompida a juicio de Dios y contristaba a su Espíritu Santo. Sus malas obras están ahora asimismo siempre delante de él: si quiere contarlas, son más de las que puede expresar. Lo mismo podría pensar en contar las gotas de la lluvia, las arenas del mar o los días de la eternidad.
5. Su culpa está también ahora delante de su rostro: conoce el castigo que ha merecido, aunque solo fuera por su mente carnal, la corrupción entera y universal de su naturaleza; ¡cuánto más por todos sus malos deseos y pensamientos, por todas sus palabras y acciones pecaminosas! No puede dudar ni por un momento de que el menor de estos merece la condenación del infierno, — «el gusano que no muere, y el fuego que nunca se apaga». Sobre todo, la culpa de «no haber creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios» pesa gravemente sobre él. ¿Cómo, dice, escaparé yo, que «tengo en poco una salvación tan grande»? «El que no cree, ya ha sido condenado», y «la ira de Dios está sobre él».
6. Pero ¿qué dará en rescate por su alma, que ha quedado entregada a la justa venganza de Dios? «¿Con qué se presentará ante el Señor?» ¿Cómo le pagará lo que le debe? Aunque desde este mismo momento rindiera la obediencia más perfecta a cada mandamiento de Dios, eso no repararía un solo pecado, ni un solo acto de desobediencia pasada; puesto que debe a Dios todo el servicio que es capaz de rendir, desde este momento por toda la eternidad. Aun cuando pudiera pagar esto, en nada repararía lo que debió haber hecho antes. Se ve, pues, enteramente impotente en cuanto a expiar sus pecados pasados; enteramente incapaz de dar a Dios reparación alguna, de pagar rescate alguno por su propia alma.
Pero aunque Dios le perdonara todo lo pasado con esta sola condición: que no pecara más; que en el tiempo venidero obedeciera entera y constantemente todos sus mandamientos, bien sabe que de nada le aprovecharía, por ser una condición que jamás podría cumplir. Sabe y siente que no es capaz de obedecer ni siquiera los mandamientos externos de Dios, puesto que estos no pueden obedecerse mientras su corazón permanezca en su pecaminosidad y corrupción naturales; ya que el árbol malo no puede dar buenos frutos. Pero él no puede limpiar un corazón pecador: para los hombres esto es imposible. De modo que no sabe en absoluto ni siquiera cómo empezar a andar por la senda de los mandamientos de Dios. No sabe cómo dar un solo paso adelante en el camino. Cercado de pecado, de tristeza y de temor, y sin hallar modo de escapar, solo puede clamar: «¡Señor, sálvame, que perezco!»
7. La pobreza de espíritu, pues, en cuanto implica el primer paso que damos al correr la carrera que tenemos por delante, es un justo sentido de nuestros pecados interiores y exteriores, y de nuestra culpa e impotencia. A esto algunos, de manera monstruosa, lo han llamado «la virtud de la humildad»; ¡enseñándonos así a enorgullecernos de saber que merecemos la condenación! Pero la expresión de nuestro Señor es de muy otra clase: no transmite al oyente más idea que la de pura necesidad, de pecado desnudo, de culpa y miseria sin remedio.
8. El gran Apóstol, cuando procura traer a los pecadores a Dios, habla de un modo que corresponde exactamente a esto. «La ira de Dios», dice él, «se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres»; (Romanos 1:18.) acusación que en seguida aplica al mundo pagano, demostrando así que están bajo la ira de Dios. Luego muestra que los judíos no eran mejores que ellos, y que por tanto estaban bajo la misma condenación; y todo esto, no para que alcanzaran «la noble virtud de la humildad», sino «para que toda boca se tape, y todo el mundo quede culpable delante de Dios».
Prosigue mostrando que eran impotentes además de culpables, que es el claro sentido de todas estas expresiones: «Por tanto, por las obras de la ley ninguna carne se justificará»: — «Mas ahora, sin la ley, la justicia de Dios, que es por la fe de Jesucristo, se ha manifestado»: — «Concluimos ser el hombre justificado por fe sin las obras de la ley»: — expresiones que tienden todas al mismo punto, a saber, a «apartar del hombre la soberbia»; a humillarlo hasta el polvo, sin enseñarle a mirar su humildad como una virtud; a infundirle esa plena y penetrante convicción de su total pecaminosidad, culpa e impotencia, que arroja al pecador, despojado de todo, perdido y deshecho, sobre su poderoso Auxiliador, Jesucristo el justo.
9. No puede uno dejar de observar aquí que el cristianismo comienza precisamente donde termina la moral pagana: la pobreza de espíritu, la convicción de pecado, la renuncia a nosotros mismos, el no tener justicia propia (el primerísimo punto de la religión de Jesucristo), dejan atrás toda religión pagana. Esto estuvo siempre escondido a los sabios de este mundo; tanto que toda la lengua romana, aun con todos los perfeccionamientos de la era de Augusto, no ofrece siquiera un nombre para la humildad; (pues la palabra de la que tomamos este término, como es bien sabido, tiene en latín un sentido muy diferente); no, ni se halló uno en toda la copiosa lengua de Grecia, hasta que lo formó el gran Apóstol.
10. ¡Oh, que sintamos lo que ellos no fueron capaces de expresar! ¡Pecador, despierta! ¡Conócete a ti mismo! Conoce y siente que fuiste «formado en maldad», y que «en pecado te concibió tu madre»; ¡y que tú mismo has ido amontonando pecado sobre pecado desde que pudiste distinguir el bien del mal! ¡Húndete bajo la poderosa mano de Dios, como reo de muerte eterna; y desecha, renuncia, aborrece toda imaginación de llegar a ser capaz de ayudarte a ti mismo! ¡Sea toda tu esperanza ser lavado en su sangre y renovado por su Espíritu todopoderoso, de aquel que «llevó él mismo todos nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero»! Así darás testimonio: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos».
11. Este es aquel reino de los cielos, o de Dios, que está dentro de nosotros: a saber, «justicia, y paz, y gozo en el Espíritu Santo». ¿Y qué es la «justicia», sino la vida de Dios en el alma; el sentir que hubo en Cristo Jesús; la imagen de Dios estampada en el corazón, ahora renovado a semejanza de Aquel que lo creó? ¿Qué es, sino el amor de Dios, porque él nos amó primero, y el amor a toda la humanidad por causa de él?
¿Y qué es esta «paz», la paz de Dios, sino esa tranquila serenidad del alma, ese dulce reposo en la sangre de Jesús, que no deja duda alguna de que somos aceptos en él; que excluye todo temor, salvo el temor amoroso y filial de ofender a nuestro Padre que está en los cielos?
Este reino interior implica también «gozo en el Espíritu Santo»; el cual sella en nuestros corazones «la redención que es en Jesús», la justicia de Cristo imputada a nosotros «para la remisión de los pecados pasados»; el cual nos da ahora «las arras de nuestra herencia», de la corona que el Señor, juez justo, dará en aquel día. Y bien puede llamarse esto «el reino de los cielos», pues es el cielo ya abierto en el alma; el primer brotar de aquellos ríos de deleite que manan a la diestra de Dios para siempre.
12. «De ellos es el reino de los cielos». Quienquiera que seas tú, a quien Dios ha concedido ser «pobre en espíritu», sentirte perdido, tienes derecho a él por la misericordiosa promesa de Aquel que no puede mentir. Ha sido comprado para ti con la sangre del Cordero. Está muy cerca: ¡estás al borde del cielo! ¡Un paso más, y entras en el reino de la justicia, y la paz, y el gozo! ¿Eres todo pecado? «¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!» — ¿Todo impío? ¡Mira a tu «abogado para con el Padre, Jesucristo el justo»! — ¿Eres incapaz de expiar el menor de tus pecados? «Él es la propiciación por» todos tus «pecados». ¡Cree ahora en el Señor Jesucristo, y todos tus pecados quedan borrados! — ¿Eres del todo inmundo en alma y cuerpo? ¡He aquí el «manantial para el pecado y la inmundicia»! «¡Levántate, y lava tus pecados!» ¡No dudes más de la promesa por incredulidad! ¡Da gloria a Dios! ¡Atrévete a creer! Clama ahora desde lo hondo de tu corazón: —
Sí, me rindo, me rindo al fin,
y escucho tu sangre que me habla;
a mí, con todos mis pecados, me arrojo
en mi Dios que hizo expiación.
13. Entonces aprendes de él a ser «humilde de corazón». Y esta es la verdadera, genuina humildad cristiana, que brota de un sentido del amor de Dios, reconciliado con nosotros en Cristo Jesús. La pobreza de espíritu, en este sentido de la palabra, comienza donde termina el sentido de la culpa y de la ira de Dios; y es un continuo sentido de nuestra total dependencia de él para todo buen pensamiento, palabra u obra; de nuestra absoluta incapacidad para todo bien, a menos que él «nos riegue a cada momento»; y un aborrecimiento de la alabanza de los hombres, sabiendo que toda alabanza se debe solo a Dios. A esto se une una vergüenza amorosa, una tierna humillación delante de Dios, aun por los pecados que sabemos que nos ha perdonado, y por el pecado que todavía permanece en nuestros corazones, aunque sabemos que no nos es imputado para condenación. Con todo, la convicción que sentimos del pecado innato se hace cada día más y más profunda. Cuanto más crecemos en la gracia, tanto más vemos de la desesperada maldad de nuestro corazón. Cuanto más avanzamos en el conocimiento y el amor de Dios por nuestro Señor Jesucristo (por gran misterio que esto parezca a quienes no conocen el poder de Dios para salvación), tanto más discernimos nuestro alejamiento de Dios, la enemistad que hay en nuestra mente carnal, y la necesidad de ser enteramente renovados en justicia y verdadera santidad.
II. 1. Es verdad que apenas tiene idea alguna de esto quien comienza ahora a conocer el reino interior de los cielos. «En su prosperidad dice: No seré jamás conmovido; tú, Señor, has asentado mi monte con fortaleza». El pecado está tan completamente quebrantado bajo sus pies que apenas puede creer que aún permanece en él. Aun la tentación es acallada y no vuelve a hablar: no puede acercarse, sino que se queda lejos. Es llevado en alto en los carros del gozo y del amor: se remonta «como sobre alas de águila». Pero nuestro Señor sabía bien que este estado triunfante no suele durar mucho; por eso añade en seguida: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación».
2. No es que podamos imaginar que esta promesa pertenece a los que lloran solo por algún motivo mundano; a los que están en tristeza y pesadumbre meramente por alguna aflicción o algún desengaño de este mundo, como la pérdida de su reputación o de sus amigos, o el menoscabo de su fortuna. Tan poco derecho a ella tienen los que se afligen por temor de algún mal temporal, o los que se consumen en ansiosa inquietud, o en ese deseo de las cosas terrenas que «es tormento del corazón». No pensemos que estos «recibirán cosa alguna del Señor»: él no está en ninguno de sus pensamientos. Por eso es que así «andan en vana sombra, y en vano se inquietan». «De mi mano os vendrá esto», dice el Señor: «en dolor seréis sepultados».
3. Los que lloran, de quienes aquí habla nuestro Señor, son los que lloran por un motivo muy distinto: los que lloran por Dios; por Aquel en quien se «alegraban con gozo inefable», cuando les concedió «gustar la buena», la perdonadora, «palabra, y los poderes del siglo venidero». Pero ahora él «esconde su rostro, y ellos son turbados»: no pueden verlo a través de la oscura nube. Pero sí ven la tentación y el pecado, que ingenuamente suponían idos para no volver, levantándose de nuevo, persiguiéndolos a toda prisa y cercándolos por todos lados. No es extraño que su alma se turbe ahora dentro de ellos, y que la angustia y la pesadumbre se apoderen de ellos. Ni dejará su gran enemigo de aprovechar la ocasión para preguntar: «¿Dónde está ahora tu Dios? ¿Dónde está ahora la bienaventuranza de que hablabas, el comienzo del reino de los cielos? ¿Conque Dios ha dicho: “Tus pecados te son perdonados”? Ciertamente Dios no lo ha dicho. No fue más que un sueño, un mero engaño, una criatura de tu propia imaginación. Si tus pecados te son perdonados, ¿por qué estás así? ¿Puede un pecador perdonado ser así de impío?» — Y si entonces, en lugar de clamar en seguida a Dios, razonan con aquel que es más sabio que ellos, estarán de veras en pesadumbre, en tristeza de corazón, en una angustia indecible. Más aún, aun cuando Dios vuelva a resplandecer sobre el alma y quite toda duda de su misericordia pasada, todavía el débil en la fe puede ser tentado y turbado a causa de lo que está por venir; especialmente cuando el pecado interior revive y lo empuja con violencia para que caiga. Entonces puede volver a clamar:
Tengo un pecado de temor: que, cuando haya hilado
mi último hilo, ¡pereceré en la orilla! —
No sea que naufrague en cuanto a la fe,
y mi postrer estado sea peor que el primero: —
No sea que me falte todo mi pan de vida,
¡Y me hunda sin ser transformado en el infierno!
4. Cierto es que esta «aflicción», al presente, «no parece ser causa de gozo, sino de tristeza; mas después da fruto apacible a los que en ella son ejercitados». Bienaventurados, pues, los que así lloran, si «aguardan al Señor», y no se dejan apartar del camino por los miserables consoladores del mundo; si rechazan resueltamente todos los consuelos del pecado, de la necedad y de la vanidad; todas las ociosas diversiones y entretenimientos del mundo; todos los placeres que «perecen con el uso», y que solo tienden a entumecer y embotar el alma, para que no tenga sentido ni de sí misma ni de Dios. Bienaventurados los que «prosiguen en conocer al Señor», y rehúsan con firmeza todo otro consuelo. Ellos serán consolados con las consolaciones de su Espíritu; con una nueva manifestación de su amor; con un testimonio tal de que él los acepta en el Amado, que nunca más les será quitado. Esta «plena certidumbre de fe» absorbe toda duda, así como todo temor que atormenta; pues Dios les da ahora una esperanza segura de una sustancia duradera, y un «fortísimo consuelo por gracia». Sin disputar si es posible que «recaigan los que una vez fueron iluminados y hechos partícipes del Espíritu Santo», les basta decir, por el poder que ahora reposa sobre ellos: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? — Estoy cierto de que ni la muerte, ni la vida, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo bajo, podrá separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro». (Romanos 8:35–39.)
5. Todo este proceso, tanto el de llorar por un Dios ausente como el de recobrar el gozo de su rostro, parece estar figurado en lo que nuestro Señor dijo a sus apóstoles la noche antes de su pasión: «¿Preguntáis de esto que dije: Un poco, y no me veréis; y otra vez un poco, y me veréis? De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis»; es decir, cuando no me veáis; «y el mundo se alegrará»; triunfará sobre vosotros, como si vuestra esperanza hubiera llegado ya a su fin. «Y vosotros estaréis tristes», por la duda, por el temor, por la tentación, por el deseo vehemente; «pero vuestra tristeza se convertirá en gozo», por la vuelta de Aquel a quien ama vuestra alma. «La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También vosotros ahora tenéis tristeza»; lloráis y no podéis ser consolados; «pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón», con un gozo sereno e interior, «y nadie os quitará vuestro gozo». (Juan 16:19–22.)
6. Pero aunque este llanto llega a su fin y se pierde en santo gozo por la vuelta del Consolador, hay sin embargo otro llanto, y bienaventurado es, que permanece en los hijos de Dios. Ellos siguen llorando por los pecados y las miserias de la humanidad: «lloran con los que lloran». Lloran por los que no lloran por sí mismos, por los que pecan contra su propia alma. Lloran por la debilidad e infidelidad de los que están, en alguna medida, salvados de sus pecados. «¿Quién enferma, y ellos no enferman? ¿Quién se escandaliza, y ellos no se queman?» Se duelen de la deshonra que continuamente se hace a la Majestad del cielo y de la tierra. En todo tiempo tienen de esto un sentido reverente, que trae una profunda seriedad sobre su espíritu; seriedad que no poco se acrecienta desde que fueron abiertos los ojos de su entendimiento, al ver continuamente el vasto océano de la eternidad, sin fondo ni orilla, que ya se ha tragado millones de millones de hombres y está abierto para devorar a los que aún quedan. Ven aquí la casa de Dios, eterna en los cielos; allá, el infierno y la destrucción sin cobertura; y de ahí sienten la importancia de cada momento, que apenas aparece, ¡y se ha ido para siempre!
7. Pero toda esta sabiduría de Dios es locura para el mundo. Todo este asunto del llanto y de la pobreza de espíritu es para ellos estupidez y torpeza. Más aún, bien está si emiten sobre ello un juicio tan favorable; si no lo declaran mero abatimiento y melancolía, cuando no pura locura y desvarío. Y no es de extrañar en absoluto que tal juicio lo emitan quienes no conocen a Dios. Supongamos que, yendo dos personas caminando juntas, una se detuviera de repente y, con las más vivas señales de temor y asombro, exclamara: «¡Sobre qué precipicio estamos! ¡Mira, estamos a punto de hacernos pedazos! ¡Un paso más, y caemos en ese enorme abismo! ¡Detente! ¡No sigo adelante por nada del mundo!» — mientras el otro, que se tenía, al menos a sus propios ojos, por igualmente perspicaz, mirase hacia delante y no viera nada de todo esto: ¿qué pensaría de su compañero, sino que estaba fuera de sí; que tenía la cabeza trastornada; que la mucha religión (si no era culpable de «las muchas letras») ciertamente lo había vuelto loco?
8. Pero no se dejen conmover por ninguna de estas cosas los hijos de Dios, «los enlutados de Sión». Vosotros, cuyos ojos han sido alumbrados, no os turbéis por los que todavía andan en tinieblas. Vosotros no andáis en vana sombra: Dios y la eternidad son realidades. El cielo y el infierno están verdaderamente abiertos ante vosotros; y estáis al borde del gran abismo. Ya se ha tragado más de lo que las palabras pueden expresar, naciones, y linajes, y pueblos, y lenguas; y todavía se abre para devorar, lo vean o no, a los atolondrados y miserables hijos de los hombres. ¡Oh, clamad a voz en cuello! ¡No os detengáis! Alzad vuestra voz a Aquel que abarca el tiempo y la eternidad, por vosotros mismos y por vuestros hermanos, ¡para que seáis tenidos por dignos de escapar de la destrucción que viene como un torbellino!, ¡para que seáis llevados a salvo por entre todas las olas y tormentas al puerto que deseáis! Llorad por vosotros mismos, hasta que él enjugue las lágrimas de vuestros ojos. Y aun entonces, llorad por las miserias que vienen sobre la tierra, hasta que el Señor de todo ponga fin a la miseria y al pecado, enjugue las lágrimas de todos los rostros, y «la tierra sea llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren el mar».
Capítulo 22 completado
Discurso 1