Sermones en diversas ocasiones
El Señor, justicia nuestra

Capítulo 21 · 26 min de lectura · 34 min de escucha

El Señor, justicia nuestra

Sermón 20 2929(Predicado en la capilla de West-Street, Seven Dials, el domingo 24 de noviembre de 1765)

El Señor, justicia nuestra

«Este es su nombre con el cual será llamado: El Señor, justicia nuestra.»

Jeremías 23:6.

1. ¡Cuán terribles e innumerables son las contiendas que se han levantado en torno a la religión! Y no solo entre los hijos de este mundo, entre aquellos que no sabían lo que era la verdadera religión, sino aun entre los hijos de Dios; entre los que habían experimentado «el reino de Dios dentro de sí»; los que habían gustado de «la justicia, y la paz, y el gozo en el Espíritu Santo». ¡Cuántos de ellos, en todas las edades, en lugar de unirse contra el enemigo común, han vuelto sus armas los unos contra los otros, y así no solo han malgastado su precioso tiempo, sino que se han herido el ánimo unos a otros, se han debilitado mutuamente las manos, y de este modo han estorbado la gran obra de su Señor común! ¡Cuántos de los débiles se han escandalizado por ello! — ¡Cuántos de los cojos se han desviado del camino! ¡Cuántos pecadores se han afirmado en su desprecio de toda religión y en su menosprecio de los que la profesan! ¡Y cuántos de «los íntegros que están en la tierra» se han visto forzados a «llorar en secreto»!

2. ¿Qué no haría todo el que ama a Dios y a su prójimo, qué no estaría dispuesto a sufrir, para remediar este doloroso mal; para quitar la contienda de entre los hijos de Dios; para restaurar o conservar la paz entre ellos? ¿Qué cosa, fuera de una buena conciencia, le parecería demasiado preciosa para desprenderse de ella a fin de promover un fin tan valioso? Y supongamos que no podemos «hacer cesar» estas «guerras hasta los fines de la tierra»; supongamos que no podemos reconciliar entre sí a todos los hijos de Dios; con todo, haga cada uno lo que pueda, contribuya cada uno a ello, aunque no sean más que dos blancas. Dichosos los que pueden, en cualquier medida, promover «paz y buena voluntad para con los hombres», especialmente entre los hombres buenos; entre aquellos que están todos alistados bajo la bandera del «Príncipe de paz», y que por tanto están particularmente obligados, «en cuanto está en ellos», a «tener paz con todos los hombres».

3. Sería un paso considerable hacia este glorioso fin si pudiéramos lograr que los hombres buenos se entendieran unos a otros. Gran número de disputas nacen puramente de la falta de esto; de un mero malentendido. Con frecuencia ninguna de las partes en contienda entiende lo que quiere decir su adversario; de donde se sigue que cada una ataca con violencia a la otra, cuando no hay entre ellas ninguna diferencia real. Y, sin embargo, no siempre es fácil convencerlas de ello, particularmente cuando sus pasiones están excitadas: entonces resulta sumamente difícil. Con todo, no es imposible; sobre todo cuando lo intentamos sin confiar en nosotros mismos, sino poniendo toda nuestra dependencia en Aquel para quien todo es posible. ¡Cuán pronto puede él disipar la nube, resplandecer en sus corazones y capacitarlos para que se entiendan el uno al otro, y entiendan «la verdad como está en Jesús»!

4. Un artículo muy considerable de esta verdad está contenido en las palabras citadas arriba: «Este es su nombre con el cual será llamado: El Señor, justicia nuestra»; verdad esta que penetra hondamente en la naturaleza del cristianismo y que, en cierto modo, sostiene todo su edificio. De ella puede afirmarse sin duda lo que Lutero afirma de una verdad estrechamente unida a ella: es articulus stantis vel cadentis ecclesiae: la iglesia cristiana se mantiene en pie o cae con ella. Es ciertamente la columna y el fundamento de aquella fe de la cual solamente viene la salvación; de aquella fe católica o universal que se halla en todos los hijos de Dios, y que, «si alguno no la guardare íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente».

5. ¿No podría uno, por tanto, esperar razonablemente que, por mucho que difirieran en otros puntos, todos los que invocan el nombre de Cristo estuvieran de acuerdo en este? ¡Pero cuán lejos está esto de ser así! Apenas hay otro en que estén tan poco de acuerdo; en que los que profesan todos seguir a Cristo parezcan diferir tan ampliamente y de manera tan irreconciliable. Digo parezcan; porque estoy plenamente convencido de que muchos de ellos solo parecen diferir. El desacuerdo está más en las palabras que en los sentimientos: están mucho más cerca en el juicio que en el lenguaje. Y una gran diferencia de lenguaje ciertamente la hay, no solo entre protestantes y papistas, sino entre protestante y protestante; sí, aun entre los que creen todos en la justificación por la fe; los que concuerdan tanto en esta como en cualquier otra doctrina fundamental del evangelio.

6. Pero si la diferencia está más en la opinión que en la experiencia real, y más en la expresión que en la opinión, ¿cómo puede ser que aun los hijos de Dios contiendan tan vehementemente unos con otros sobre este punto? Pueden señalarse varias razones de ello. La principal es que no se entienden unos a otros, unida a un apego demasiado vivo a sus opiniones y a sus modos particulares de expresarse.

A fin de quitar esto, al menos en alguna medida; a fin de que nos entendamos unos a otros sobre este punto, me esforzaré, con la ayuda de Dios, en mostrar:

I. Qué es la justicia de Cristo;

II. Cuándo, y en qué sentido, nos es imputada;

y concluiré con una aplicación breve y sencilla.

Y, I. ¿Qué es la justicia de Cristo? Es doble: o su justicia divina o su justicia humana.

1. Su justicia divina pertenece a su naturaleza divina, en cuanto él es ho on, el que existe; «Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos»; el Supremo; el Eterno; «igual al Padre en cuanto a su divinidad, aunque inferior al Padre en cuanto a su humanidad». Ahora bien, esta es su santidad eterna, esencial e inmutable; su infinita justicia, misericordia y verdad; en todo lo cual él y el Padre son uno.

Pero no creo que la justicia divina de Cristo tenga que ver directamente con la cuestión presente. Creo que pocos, si es que alguno, sostienen hoy la imputación de esta justicia a nosotros. Quienquiera que cree la doctrina de la imputación la entiende principalmente, si no únicamente, de su justicia humana.

2. La justicia humana de Cristo le pertenece en su naturaleza humana, en cuanto él es el «mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre». Esta es o interna o externa. Su justicia interna es la imagen de Dios, estampada en cada potencia y facultad de su alma. Es una copia de su justicia divina, en cuanto esta puede comunicarse a un espíritu humano. Es un trasunto de la pureza divina, de la justicia, la misericordia y la verdad divinas. Incluye el amor, la reverencia y la resignación hacia su Padre; la humildad, la mansedumbre, la benignidad; el amor a la humanidad perdida y toda otra disposición santa y celestial; y todo ello en el más alto grado, sin defecto alguno ni mezcla de impiedad.

3. Era la menor parte de su justicia externa que no hiciera nada malo; que no conociera pecado exterior de ninguna clase, ni fuera «hallado engaño en su boca»; que nunca dijera una palabra impropia ni hiciera una acción impropia. Hasta aquí no es más que una justicia negativa, aunque tal como nunca perteneció ni puede pertenecer a nadie nacido de mujer, salvo a él solo. Pero aun su justicia exterior fue también positiva: todo lo hizo bien. En cada palabra de su lengua, en cada obra de sus manos, hizo exactamente «la voluntad del que lo envió». En todo el curso de su vida hizo la voluntad de Dios en la tierra, como la hacen los ángeles en el cielo. Todo lo que hizo y dijo fue exactamente recto en cada circunstancia. Su obediencia fue completa en el todo y en cada una de sus partes. «Cumplió toda justicia.»

4. Pero su obediencia implicaba más que todo esto: implicaba no solo hacer, sino padecer; padecer toda la voluntad de Dios, desde el tiempo en que vino al mundo hasta que «llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero»; sí, hasta que, habiendo hecho plena expiación por ellos, «habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu». A esto se le llama comúnmente la justicia pasiva de Cristo; a lo anterior, su justicia activa. Pero así como la justicia activa y la pasiva de Cristo nunca estuvieron de hecho separadas la una de la otra, tampoco nosotros necesitamos separarlas en absoluto, ni al hablar ni siquiera al pensar. Y es con respecto a ambas conjuntamente que Jesús es llamado «el Señor, justicia nuestra».

II. Pero ¿cuándo es que cualquiera de nosotros puede decir con verdad: «el Señor, justicia nuestra»? En otras palabras, ¿cuándo es que la justicia de Cristo nos es imputada, y en qué sentido nos es imputada?

1. Recorred el mundo entero, y todos los hombres que hay en él son o creyentes o incrédulos. Lo primero, pues, que no admite disputa entre hombres razonables es esto: a todos los creyentes les es imputada la justicia de Cristo; a los incrédulos, no.

Pero ¿cuándo les es imputada? Cuando creen. En esa misma hora la justicia de Cristo es suya. Es imputada a todo el que cree, tan pronto como cree: la fe y la justicia de Cristo son inseparables. Porque si cree conforme a la Escritura, cree en la justicia de Cristo. No hay fe verdadera, es decir, fe justificadora, que no tenga por objeto la justicia de Cristo.

2. Es verdad que no todos los creyentes hablan del mismo modo; puede que no todos usen el mismo lenguaje. No es de esperar que lo hagan; no podemos exigírselo razonablemente. Mil circunstancias pueden hacer que difieran unos de otros en la manera de expresarse; pero una diferencia de expresión no implica necesariamente una diferencia de sentimiento. Distintas personas pueden usar distintas expresiones y, sin embargo, querer decir lo mismo. Nada hay más común que esto, aunque rara vez hacemos suficiente concesión a ello. Más aún, no es fácil que las mismas personas, cuando hablan de la misma cosa con un intervalo de tiempo considerable, usen exactamente las mismas expresiones, aun cuando conserven los mismos sentimientos. ¿Cómo, pues, podemos ser rigurosos en exigir que otros usen exactamente las mismas expresiones que nosotros?

3. Podemos ir todavía un paso más allá: los hombres pueden diferir de nosotros tanto en sus opiniones como en sus expresiones y, no obstante, ser participantes con nosotros de la misma preciosa fe. Es posible que no tengan una comprensión clara de la misma bendición de que gozan: sus ideas quizá no sean tan claras y, sin embargo, su experiencia puede ser tan sana como la nuestra. Hay una gran diferencia entre las facultades naturales de los hombres, en particular su entendimiento; y esa diferencia se acrecienta sobremanera por el modo de su educación. En verdad, esto solo puede ocasionar una diferencia inconcebible en sus opiniones de diversas clases; ¿y por qué no en este punto, tanto como en cualquier otro? Pero aun así, aunque sus opiniones, al igual que sus expresiones, sean confusas e inexactas, sus corazones pueden estar adheridos a Dios por medio del Hijo de su amor, y tener verdadera parte en su justicia.

4. Hagamos, pues, a los demás toda aquella concesión que, si estuviéramos en su lugar, desearíamos para nosotros mismos. ¿Quién ignora (para tocar de nuevo solo esa circunstancia) el asombroso poder de la educación? ¿Y quién, sabiéndolo, puede esperar que, por ejemplo, un miembro de la Iglesia de Roma piense o hable con claridad sobre este asunto? Y, sin embargo, si hubiéramos oído aun a Belarmino moribundo exclamar — cuando se le preguntó: «¿A cuál de los santos te volverás?» — Fidere meritis Christi tutissimum; «Lo más seguro es confiar en los méritos de Cristo»; ¿habríamos afirmado que, a pesar de sus opiniones erradas, no tenía parte alguna en su justicia?

5. Pero ¿en qué sentido es imputada esta justicia a los creyentes? En este: todos los creyentes son perdonados y aceptados, no por causa de nada que haya en ellos, ni de nada que jamás haya sido, sea o pueda ser hecho por ellos, sino total y únicamente por causa de lo que Cristo ha hecho y padecido por ellos. Lo digo otra vez: no por causa de nada que haya en ellos o que sea hecho por ellos, de su propia justicia u obras: «No por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, sino por su misericordia nos salvó.» «Por gracia sois salvos por la fe, — no por obras, para que nadie se gloríe»; sino total y únicamente por causa de lo que Cristo ha hecho y padecido por nosotros. Somos «justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús». Y este es no solo el medio por el cual obtenemos el favor de Dios, sino también por el cual permanecemos en él. Así es como venimos a Dios al principio; y por lo mismo venimos a él siempre después. Andamos en uno y el mismo camino nuevo y vivo, hasta que nuestro espíritu vuelva a Dios.

6. Y esta es la doctrina que he creído y enseñado constantemente por cerca de veintiocho años. Esto publiqué a todo el mundo en el año 1738, y diez o doce veces desde entonces, en estas palabras, y en muchas otras con el mismo propósito, extraídas de las Homilías de nuestra Iglesia: — «Estas cosas deben ir necesariamente juntas en nuestra justificación: de parte de Dios, su gran misericordia y gracia; de parte de Cristo, la satisfacción de la justicia de Dios; y de nuestra parte, la fe en los méritos de Cristo. De modo que la gracia de Dios no excluye la justicia de Dios en nuestra justificación, sino que solo excluye la justicia del hombre en cuanto a merecer nuestra justificación.» «Que somos justificados solo por la fe se dice para quitar claramente todo mérito de nuestras obras, y para atribuir enteramente el mérito y el merecimiento de nuestra justificación solo a Cristo. Nuestra justificación procede gratuitamente de la pura misericordia de Dios. Porque, no siendo capaz el mundo entero de pagar parte alguna de nuestro rescate, le plugo a él, sin merecimiento alguno de nuestra parte, prepararnos el cuerpo y la sangre de Cristo, por los cuales pudiera pagarse nuestro rescate y satisfacerse su justicia. Cristo, por tanto, es ahora la justicia de todos los que verdaderamente creen en él.»

7. Los Himnos publicados uno o dos años después, y reeditados desde entonces varias veces (testimonio claro de que mi juicio seguía siendo el mismo), hablan plenamente en el mismo sentido. Citar todos los pasajes a este efecto sería transcribir gran parte de los volúmenes. Tomad uno por todos, que fue reimpreso hace siete años, hace cinco, hace dos y hace algunos meses: —

Jesús, tu sangre y tu justicia

son mi hermosura, mi glorioso vestido;

entre mundos en llamas, ataviado con ellos,

con gozo levantaré mi cabeza.

Todo el himno expresa el mismo sentimiento, desde el principio hasta el fin.

8. En el sermón sobre la justificación, publicado hace diecinueve años, y de nuevo hace siete u ocho, expreso lo mismo con estas palabras (p. 55): «En consideración de esto, — de que el Hijo de Dios ha “gustado la muerte por todos”, Dios ha “reconciliado ahora el mundo consigo, no imputándoles sus” anteriores “pecados”. De modo que, por causa de su Hijo muy amado, de lo que él ha hecho y padecido por nosotros, Dios se digna ahora, con una sola condición (que él mismo también nos capacita para cumplir), tanto remitir el castigo debido a nuestros pecados, como restituirnos a su favor y restaurar nuestras almas muertas a la vida espiritual, como arras de la vida eterna.»

9. Esto se expresa más extensa y particularmente en el Tratado sobre la justificación que publiqué el año pasado: «Si tomamos la frase de la imputación de la justicia de Cristo por la concesión (por así decirlo) de la justicia de Cristo, incluida su obediencia, tanto pasiva como activa, en lo que ella rinde, es decir, en los privilegios, bendiciones y beneficios comprados por ella, así puede decirse que el creyente es justificado por la justicia de Cristo imputada. El sentido es que Dios justifica al creyente por causa de la justicia de Cristo, y no por ninguna justicia propia de él. Así dice Calvino (Institut. 1.2, c.17): “Cristo, por su obediencia, nos procuró y mereció gracia o favor ante Dios Padre.” Y de nuevo: “Cristo, por su obediencia, nos procuró o compró justicia.” Y otra vez: “Todas las expresiones como estas — que somos justificados por la gracia de Dios, que Cristo es nuestra justicia, que la justicia nos fue procurada por la muerte y resurrección de Cristo — significan lo mismo; a saber, que la justicia de Cristo, tanto su justicia activa como la pasiva, es la causa meritoria de nuestra justificación, y nos ha procurado de la mano de Dios que, al creer nosotros, seamos tenidos por justos ante él.”» Página 5.

10. Pero quizá alguno objete: «No, sino que vosotros afirmáis que la fe nos es imputada por justicia. San Pablo lo afirma una y otra vez; por tanto, yo también lo afirmo. La fe es imputada por justicia a todo creyente; es decir, la fe en la justicia de Cristo; pero esto es exactamente lo mismo que ya se ha dicho antes; porque con esa expresión no quiero decir ni más ni menos sino que somos justificados por la fe, no por las obras; o que todo creyente es perdonado y aceptado únicamente por causa de lo que Cristo ha hecho y padecido.

11. Pero ¿no está el creyente investido o revestido de la justicia de Cristo? Sin duda lo está. Y, en consecuencia, las palabras citadas arriba son el lenguaje de todo corazón creyente:

Jesús, tu sangre y tu justicia

son mi hermosura, mi glorioso vestido. Es decir: «Por causa de tu justicia activa y pasiva, soy perdonado y aceptado por Dios.»

Pero ¿no hemos de despojarnos de los trapos de inmundicia de nuestra propia justicia antes de poder vestirnos de la justicia inmaculada de Cristo? Ciertamente hemos de hacerlo; es decir, en términos sencillos, hemos de arrepentirnos antes de poder creer el evangelio. Hemos de ser apartados de la dependencia de nosotros mismos antes de poder depender verdaderamente de Cristo. Hemos de desechar toda confianza en nuestra propia justicia, o no podremos tener una verdadera confianza en la suya. Mientras no seamos librados de confiar en algo que nosotros hacemos, no podemos confiar plenamente en lo que él ha hecho y padecido. Primero recibimos en nosotros mismos la sentencia de muerte; luego confiamos en Aquel que vivió y murió por nosotros.

12. Pero ¿no creéis en la justicia inherente? Sí, en su debido lugar; no como el fundamento de nuestra aceptación ante Dios, sino como su fruto; no en el lugar de la justicia imputada, sino como consecuencia de ella. Es decir, creo que Dios implanta la justicia en todo aquel a quien la ha imputado. Creo que «Jesucristo nos ha sido hecho por Dios santificación», tanto como «justicia»; o que Dios santifica, así como justifica, a todos los que creen en él. Aquellos a quienes es imputada la justicia de Cristo son hechos justos por el Espíritu de Cristo, son renovados a la imagen de Dios, «conforme a la semejanza en que fueron creados, en justicia y en santidad de verdad».

13. Pero ¿no ponéis la fe en el lugar de Cristo, o de su justicia? De ningún modo: tengo particular cuidado de poner cada una de estas cosas en su debido lugar. La justicia de Cristo es el entero y único fundamento de toda nuestra esperanza. Es por la fe que el Espíritu Santo nos capacita para edificar sobre este fundamento. Dios da esta fe; en ese momento somos aceptados por Dios; y, sin embargo, no por causa de esa fe, sino de lo que Cristo ha hecho y padecido por nosotros. Veis que cada una de estas cosas tiene su debido lugar, y ninguna choca con la otra: creemos, amamos, nos esforzamos por andar irreprensibles en todos los mandamientos del Señor; y, con todo,—

mientras así empleamos

nuestros instantes aquí abajo,

a nosotros mismos renunciamos

y en la justicia de Jesús nos refugiamos.

Solo su pasión

reconocemos por fundamento;

y el perdón reclamamos,

y la eterna redención, en el nombre de Jesús.

14. Por tanto, no niego la justicia de Cristo más de lo que niego la divinidad de Cristo; y con igual justicia podría alguien acusarme de negar la una que la otra. Tampoco niego la justicia imputada: esta es otra acusación poco caritativa e injusta. Siempre he afirmado, y sigo afirmando continuamente, que la justicia de Cristo es imputada a todo creyente. Pero ¿quiénes la niegan? Pues todos los incrédulos, bautizados o no bautizados; todos los que afirman que el glorioso evangelio de nuestro Señor Jesucristo es una fábula artificiosamente compuesta; todos los socinianos y arrianos; todos los que niegan la suprema divinidad del Señor que los rescató; estos, en consecuencia, niegan su justicia divina, puesto que lo suponen una mera criatura; y niegan su justicia humana en cuanto imputada a hombre alguno, ya que creen que cada uno es aceptado por su propia justicia.

15. La justicia humana de Cristo, o al menos su imputación como la entera y única causa meritoria de la justificación del pecador ante Dios, es negada asimismo por los miembros de la Iglesia de Roma; por todos aquellos de ellos que son fieles a los principios de su propia iglesia. Pero sin duda hay muchos entre ellos cuya experiencia va más allá de sus principios; quienes, aunque están lejos de expresarse con exactitud, sienten sin embargo lo que no saben cómo expresar. Sí, aunque sus concepciones de esta gran verdad sean tan toscas como sus expresiones, con todo, con el corazón creen: descansan solo en Cristo, tanto para la salvación presente como para la eterna

16. Con estos podemos contar aun a aquellos, dentro de las iglesias reformadas, a quienes comúnmente se llama místicos. Uno de los principales de ellos en el presente siglo (al menos en Inglaterra) fue el señor Law. Es bien sabido que él negó absoluta y celosamente la imputación de la justicia de Cristo, tan celosamente como Robert Barclay, que no tiene reparo en decir: «¡Justicia imputada! — ¡disparate imputado!» El conjunto del pueblo conocido con el nombre de cuáqueros abraza el mismo sentimiento. Más aún, la generalidad de los que se profesan miembros de la Iglesia de Inglaterra o ignoran por completo el asunto y no saben nada de la justicia imputada, o niegan esta junto con la justificación por la fe, como destructora de las buenas obras. A estos podemos añadir un número considerable de los que vulgarmente se llaman anabaptistas, junto con miles de presbiterianos e independientes, iluminados últimamente por los escritos del doctor Taylor. Sobre estos últimos no me corresponde pronunciar sentencia alguna: los dejo a Aquel que los hizo. Pero ¿se atreverá alguno a afirmar que todos los místicos (como lo era en particular el señor Law), todos los cuáqueros, todos los presbiterianos o independientes, y todos los miembros de la Iglesia de Inglaterra que no son claros en sus opiniones o expresiones, carecen de toda experiencia cristiana? — ¿que, en consecuencia, están todos en estado de condenación, «sin esperanza y sin Dios en el mundo»? Por confusas que sean sus ideas, por impropio que sea su lenguaje, ¿no puede haber muchos de ellos cuyo corazón es recto para con Dios, y que conocen eficazmente a «el Señor, justicia nuestra»?

17. Pero, bendito sea Dios, nosotros no estamos entre los que son tan oscuros en sus concepciones y expresiones. No negamos la frase más de lo que negamos la cosa; pero no queremos imponerla a otros hombres. Usen ellos esta o cualesquiera otras expresiones que juzguen más exactamente bíblicas, con tal de que su corazón descanse solo en lo que Cristo ha hecho y padecido, para el perdón, la gracia y la gloria. No puedo expresar esto mejor que con las palabras del señor Hervey, dignas de escribirse con letras de oro: «No nos preocupa ningún conjunto particular de frases. Basta que los hombres se humillen como criminales arrepentidos a los pies de Cristo, que confíen como pensionistas consagrados en sus méritos, y estarán sin duda en el camino de una bienaventurada inmortalidad.»

18. ¿Hay alguna necesidad, hay alguna posibilidad, de decir más? Atengámonos solamente a esta declaración, y toda la contienda acerca de esta o aquella «frase particular» queda arrancada de raíz. Manteneos en esto: — «Todos los que se humillan como criminales arrepentidos a los pies de Cristo, y confían como pensionistas consagrados en sus méritos, están en el camino de una bienaventurada inmortalidad»; ¿y qué lugar queda para la disputa? ¿Quién niega esto? ¿No nos encontramos todos en este terreno? ¿Sobre qué, pues, reñiremos? Un hombre de paz propone aquí términos de avenencia a todas las partes en contienda. No deseamos nada mejor: aceptamos los términos; los suscribimos de corazón y de mano. ¡Quienquiera que se niegue a hacerlo, señalad a ese hombre! Es enemigo de la paz, un alborotador de Israel, un perturbador de la iglesia de Dios.

19. Entretanto, lo que tememos es esto: — que alguno use la frase «La justicia de Cristo», o «La justicia de Cristo me es imputada», como un manto para su injusticia. Hemos visto hacer esto mil veces. A un hombre se le ha reprendido, supongamos, por embriaguez: «¡Oh!», dijo, «yo no pretendo tener ninguna justicia propia; Cristo es mi justicia.» A otro se le ha dicho que «el robador, el injusto, no heredará el reino de Dios»; y responde con toda seguridad: «Yo soy injusto en mí mismo, pero tengo una justicia inmaculada en Cristo.» Y así, aunque un hombre esté tan lejos de la práctica como de las disposiciones de un cristiano; aunque ni tenga el sentir que hubo en Cristo, ni ande en ningún aspecto como él anduvo, tiene sin embargo una armadura a toda prueba contra toda convicción en lo que él llama la «justicia de Cristo».

20. Es el ver tantos casos deplorables de esta clase lo que nos hace parcos en el uso de estas expresiones. Y no puedo menos que llamaros a todos los que las usáis con frecuencia, y rogaros en el nombre de Dios nuestro Salvador, de quien sois y a quien servís, que guardéis con empeño a todos los que os oyen contra este maldito abuso de ellas. ¡Oh, advertidles (quizá oirán vuestra voz) contra el «perseverar en pecado para que la gracia crezca»! ¡Advertidles contra el hacer a «Cristo ministro de pecado»; contra el anular aquel solemne decreto de Dios: «Sin santidad nadie verá al Señor», mediante la vana imaginación de ser santos en Cristo! ¡Oh, advertidles que, si permanecen injustos, la justicia de Cristo de nada les aprovechará! Clamad a voz en cuello (¿no hay razón para ello?) que la justicia de Cristo nos es imputada precisamente con este fin: que «la justicia de la ley sea cumplida en nosotros»; y que «vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente».

Solo resta hacer una aplicación breve y sencilla. Y, en primer lugar, quisiera dirigirme a vosotros que os oponéis violentamente a estas expresiones y estáis prontos a condenar como antinomianos a todos los que las usan. Pero ¿no es esto doblar demasiado el arco hacia el otro lado? ¿Por qué habéis de condenar a todos los que no hablan exactamente como vosotros? ¿Por qué habéis de reñir con ellos por usar las frases que les agradan, más de lo que ellos riñen con vosotros por tomaros la misma libertad? O, si ellos riñen con vosotros por esa causa, no imitéis la intolerancia que censuráis. Por lo menos, concededles la libertad que ellos deberían concederos a vosotros. ¿Y por qué habéis de enojaros por una expresión? «¡Oh, se ha abusado de ella!» ¿Y de qué expresión no se ha abusado? Con todo, puede quitarse el abuso y, al mismo tiempo, permanecer el uso. Sobre todo, aseguraos de retener el importante sentido que se encierra bajo esa expresión: «Todas las bendiciones de que gozo, todo lo que espero en el tiempo y en la eternidad, me son dadas total y únicamente por causa de lo que Cristo ha hecho y padecido por mí.»

En segundo lugar, quisiera añadir unas pocas palabras a vosotros que sois aficionados a estas expresiones. Y permitidme preguntaros: ¿No concedo yo bastante? ¿Qué más puede desear un hombre razonable? Concedo todo el sentido por el que contendéis: que tenemos toda bendición por medio de la justicia de Dios nuestro Salvador. Os concedo que uséis cualesquiera expresiones que escojáis, y eso mil veces; con tal solamente que las guardéis de aquel terrible abuso, que vosotros estáis tan profundamente interesados en impedir como yo. Yo mismo uso con frecuencia la expresión en cuestión, — justicia imputada; y a menudo pongo esta y otras expresiones semejantes en la boca de toda una congregación. Pero concededme en esto libertad de conciencia: concededme el derecho del juicio privado. Permitidme usarla tan a menudo como juzgue que es preferible a cualquier otra expresión; y no os enojéis conmigo si no puedo juzgar apropiado usar una misma expresión cada dos minutos. Vosotros podéis hacerlo, si os place; pero no me condenéis porque yo no lo hago. No me presentéis por esto como papista, o como «enemigo de la justicia de Cristo». Soportadme, como yo os soporto a vosotros; de otro modo, ¿cómo «cumpliremos la ley de Cristo»? No levantéis clamores trágicos, como si yo estuviera «socavando los mismos fundamentos del cristianismo». Quienquiera que hace esto me hace mucho agravio: ¡el Señor no se lo impute! Yo pongo, y lo he hecho por muchos años, el mismo fundamento que vosotros. Y, en verdad, «nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo». Sobre él edifico la santidad interior y exterior, como vosotros, es decir, por la fe. No permitáis, por tanto, ningún disgusto ni falta de afecto, no, ni ningún retraimiento o frialdad en vuestro corazón. Aun si hubiera una diferencia de opinión, ¿dónde está nuestra religión, si no podemos pensar y dejar pensar? ¿Qué impide que me perdonéis tan fácilmente como yo puedo perdonaros a vosotros? ¡Cuánto más cuando solo hay una diferencia de expresión! ¿Más aún, cuando apenas hay tanto como eso, siendo toda la disputa solamente si un modo particular de expresión ha de usarse con más o menos frecuencia? ¡Ciertamente hemos de desear con ahínco contender unos con otros antes de poder hacer de esto una manzana de la discordia! ¡Oh, no demos más, por tales bagatelas como estas, ocasión de blasfemar a nuestros enemigos comunes! ¡Más bien cortemos por fin la ocasión a los que buscan ocasión! Unamos por fin (¡oh, por qué no se hizo antes!) corazones y manos en el servicio de nuestro gran Señor. Así como tenemos «un Señor, una fe, una misma esperanza de nuestra vocación», fortalezcamos todos unos a otros las manos en Dios, y con un solo corazón y una sola boca declaremos a toda la humanidad: «EL SEÑOR, JUSTICIA NUESTRA».

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