Sermones en diversas ocasiones
El gran juicio

Capítulo 16 · 39 min de lectura · 50 min de escucha

El gran juicio

Sermón 15

El gran juicio

[es decir, El Juicio Final — GL] 2121Predicado en las sesiones del tribunal celebradas ante el honorable sir Edward Clive, caballero, uno de los jueces del Tribunal de Causas Comunes de Su Majestad, en la iglesia de St. Paul, Bedford, el viernes 10 de marzo de 1758; publicado a petición de William Cole, Esq., alto sheriff del condado, y de otros.

«Todos hemos de estar ante el tribunal de Cristo».

Romanos 14:10.

1. ¡Cuántas circunstancias concurren a aumentar la solemnidad imponente del presente acto! — La afluencia general de gente de toda edad, sexo, rango y condición de vida, reunida de grado o por fuerza, no solo de los lugares vecinos, sino de partes lejanas; los reos, que pronto han de ser presentados y no tienen modo de escapar; los oficiales, que aguardan en sus diversos puestos para ejecutar las órdenes que se den; y el representante de nuestro clemente Soberano, a quien tan altamente reverenciamos y honramos. También la ocasión de esta asamblea añade no poco a su solemnidad: oír y resolver causas de toda clase, algunas de la naturaleza más grave, de las cuales depende nada menos que la vida o la muerte, ¡la muerte que descubre el rostro de la eternidad! Sin duda fue para acrecentar el sentimiento serio de estas cosas, y no solo en el ánimo del vulgo, por lo que la sabiduría de nuestros antepasados no desdeñó disponer aun varias circunstancias menudas de esta solemnidad. Porque también estas, por medio del ojo o del oído, pueden afectar más hondamente el corazón; y, vistas a esta luz, las trompetas, las varas y los ropajes ya no son cosas triviales o insignificantes, sino que sirven, en su clase y grado, a los fines más valiosos de la sociedad.158158
«Nuestro clemente Soberano» es Jorge II. Wesley fue siempre intensamente leal. En 1744 escribió un Mensaje de sus sociedades al Rey en el que dice: «estamos dispuestos a obedecer a vuestra Majestad hasta lo sumo, en todas las cosas que entendemos conformes [a la Palabra de Dios]. Y exhortamos encarecidamente a todos aquellos con quienes tratamos a que, como temen a Dios, honren al Rey». El Mensaje no se envió, principalmente porque podría haberse entendido que implicaba que los metodistas eran «un cuerpo distinto de la Iglesia Nacional». En 1745, el año de la invasión de Inglaterra por el Joven Pretendiente, escribió al alcalde de Newcastle: «Todo lo que puedo hacer por Su Majestad, a quien honro y amo —creo que no menos de lo que amaba a mi propio padre—, es esto: clamo a Dios día tras día que confunda a todos sus enemigos», etc. Cuando Jorge II murió, en octubre de 1760, anota en su Diario (25 de octubre): «El rey Jorge fue reunido con sus padres. ¿Cuándo tendrá Inglaterra un príncipe mejor?». Uno piensa en Carlyle (Sartor 1.9): «¿No tiene vuestro individuo de colgaduras rojas una peluca de crin, pieles de ardilla y una toga de felpa, por las cuales todos los mortales saben que es un JUEZ? La sociedad, que cuanto más pienso en ella más me asombra, está fundada sobre el Paño». Wesley nunca despreció la forma y el ceremonial; se revestía incluso para sus estudios bíblicos con sus sociedades en Londres y en Bristol, y para sus cultos al aire libre.

2. Pero, por imponente que sea esta solemnidad, otra mucho más imponente está cerca. Porque aún un poco de tiempo, y «todos hemos de estar ante el tribunal de Cristo». «Porque vivo yo, dice el Señor, que a mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios». Y en aquel día «cada uno de nosotros dará a Dios razón de sí».

3. Si todos los hombres tuvieran un hondo sentimiento de esto, ¡con cuánta eficacia aseguraría los intereses de la sociedad! Porque ¿qué motivo más poderoso puede concebirse para la práctica de la moralidad genuina, para la búsqueda constante de la virtud sólida, para un andar uniforme en justicia, misericordia y verdad? ¿Qué podría fortalecer nuestras manos en todo lo bueno, y apartarnos de todo mal, como una firme convicción de esto: «El juez está delante de la puerta», y que en breve hemos de comparecer ante él?

4. No será, pues, impropio ni ajeno al propósito de la presente asamblea considerar:

I. Las principales circunstancias que precederán a nuestra comparecencia ante el tribunal de Cristo;

II. El juicio mismo; y

III. Algunas de las circunstancias que lo seguirán.

I. 1. Consideremos, en primer lugar, las principales circunstancias que precederán a nuestra comparecencia ante el tribunal de Cristo.

Y, primero, Dios mostrará «señales abajo en la tierra» (Hechos 2:19); particularmente se «levantará para herir la tierra». «Temblará la tierra vacilando como un borracho, y será removida como una choza» (Isaías 24:20). «Habrá terremotos», kata topous (no solo en diversos lugares, sino) «en todos los lugares»; no en uno solo, o en unos pocos, sino en cada parte del mundo habitable (Lucas 21:2); aun «un terremoto tan grande, cual no fue jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra». En uno de ellos «toda isla huirá, y los montes no serán hallados» (Apocalipsis 16:20). Entretanto, todas las aguas del globo terráqueo sentirán la violencia de esas sacudidas; «bramando el mar y las olas» (Lucas 21:25), con una agitación tal como jamás se había conocido desde la hora en que «fueron rotas todas las fuentes del grande abismo» para destruir la tierra, que entonces «por agua y en agua estaba asentada». El aire será todo borrasca y tempestad, lleno de vapores oscuros y de «columnas de humo» (Joel 2:30); resonando con truenos de polo a polo, y desgarrado por diez mil relámpagos. Pero la conmoción no se detendrá en la región del aire; también «las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces habrá señales en el sol, y en la luna, y en las estrellas» (Lucas 21:25, 26); en las fijas, lo mismo que en las que se mueven en torno de ellas. «El sol se tornará en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso del Señor» (Joel 2:31). «Las estrellas retraerán su resplandor» (Joel 3:15), sí, y «caerán del cielo» (Apocalipsis 6:13), arrojadas fuera de sus órbitas. Y entonces se oirá la aclamación universal de todas las compañías del cielo, seguida por la «voz de arcángel», que proclamará la venida del Hijo de Dios y del Hombre, «y la trompeta de Dios», que tocará alarma a todos los que duermen en el polvo de la tierra (1 Tesalonicenses 4:16). A consecuencia de esto, todos los sepulcros se abrirán y los cuerpos de los hombres se levantarán. También el mar dará los muertos que están en él (Apocalipsis 20:13), y cada uno resucitará con «su propio cuerpo»: suyo propio en sustancia, aunque tan cambiado en sus propiedades como ahora no podemos concebir. «Porque esto corruptible» será entonces «vestido de incorrupción, y esto mortal será vestido de inmortalidad» (1 Corintios 15:53). Sí, «la muerte y el hades», el mundo invisible, «darán los muertos que estaban en ellos» (Apocalipsis 20:13). De modo que todos los que han vivido y muerto desde que Dios creó al hombre serán resucitados incorruptibles e inmortales.159159
Este párrafo, por bella e impresionantemente compuesto que esté, es un desafío a toda exégesis sana. Algunos de los pasajes citados se refieren a la invasión de Judá por los asirios, algunos a la venida del Espíritu Santo, algunos a la destrucción de Jerusalén por los romanos, algunos a la caída de la misma Roma. Todos estos fueron en cierto sentido «días de Jehová»; pero no hay fundamento para trasladar todas estas señales al día final del juicio, ni para su interpretación literal.Esta acertada observación sobre la diferencia entre el cuerpo presente y el de la resurrección se desarrolla en detalle en el Sermón 138, escrito originalmente por Benjamin Calamy y revisado y abreviado por Wesley en 1732. «Sustancia» y «propiedades» se usan aquí en su sentido filosófico» el cuerpo será el mismo en esencia (no compuesto de las mismas partículas materiales), pero sus propiedades, es decir, sus características y cualidades, serán enteramente cambiadas. Sobre todo, será un cuerpo «pneumático» y no «físico», es decir, estará bien adaptado para el uso y la manifestación del espíritu, como el cuerpo presente está adaptado para el uso y la manifestación de la psyche o alma animal.«Hades» sustituye con mucha propiedad al «infierno» de la Versión Autorizada, que aquí, y en verdad en todos los pasajes donde es la traducción de Sheol o Hades, induce a gran error al lector inglés. Es el mundo de los espíritus difuntos, no el lugar de castigo del diablo y sus ángeles.

2. Al mismo tiempo, «el Hijo del hombre enviará sus ángeles» por toda la tierra; «y juntarán sus escogidos de los cuatro vientos, de un cabo del cielo hasta el otro» (Mateo 24:31). Y el Señor mismo vendrá con las nubes, en su propia gloria y en la gloria de su Padre, con diez mil de sus santos, aun con miríadas de ángeles, y se sentará sobre el trono de su gloria. «Y serán reunidas delante de él todas las gentes; y los apartará los unos de los otros, y pondrá las ovejas», los buenos, «a su derecha, y los cabritos», los malvados, «a la izquierda» (Mateo 25:31, etc.). De esta asamblea general es de la que el discípulo amado habla así: «Vi los muertos», todos los que habían muerto, «grandes y pequeños, que estaban delante de Dios; y los libros fueron abiertos» (expresión figurada que se refiere claramente a la manera de proceder entre los hombres), «y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras» (Apocalipsis 20:12).160160
«Todas las gentes»: más exactamente, «todos los gentiles». Este relato del juicio se refiere solo al juicio de las naciones paganas, que no han oído de Cristo; y la norma del juicio no es su relación con él, sino su cumplimiento de los deberes humanos comunes de bondad y caridad que allí se exponen. Es un complemento de las tres parábolas precedentes, la del Mayordomo, la de las Vírgenes y la de los Talentos; la primera describe el juicio del ministro cristiano, la segunda y la tercera los dos aspectos del juicio de los que han oído el evangelio: primero desde el punto de vista de la fe, segundo desde el punto de vista de las obras.«El discípulo amado». Wesley acepta, naturalmente, la autoría joánica del Apocalipsis.

II. Estas son las principales circunstancias que se registran en los oráculos de Dios como precedentes al juicio general. Hemos de considerar, en segundo lugar, el juicio mismo, en cuanto ha placido a Dios revelarlo.

1. La persona por medio de la cual Dios juzgará al mundo es su Hijo unigénito, cuyas «salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad»; «el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos». A él, siendo «la irradiación de la gloria de su Padre, y la misma imagen de su sustancia» (Hebreos 1:3), el Padre «dio todo el juicio, por cuanto es el Hijo del hombre» (Juan 5:22, 27); porque, aunque estaba «en forma de Dios, y no tuvo por usurpación ser igual a Dios, sin embargo se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:6, 7); sí, porque, «hallado en la condición como hombre, se humilló a sí mismo» aún más, «hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le ensalzó a lo sumo», aun en su naturaleza humana, y «le ha puesto», como Hombre, para juzgar a los hijos de los hombres, «por Juez de vivos y muertos»; tanto de los que sean hallados vivos a su venida como de los que antes fueron reunidos con sus padres.161161
«Irradiación», más exacto que el «resplandor» de la Versión Autorizada. El Hijo es al Padre lo que los rayos de luz son al sol. «No tuvo por usurpación»: mejor, «no lo tuvo por cosa a que aferrarse», el ser igual a Dios. Dejó a un lado por un tiempo su igualdad con el Padre, que por eso le fue restituida cuando Dios le dio el nombre que es sobre todo nombre.

2. El tiempo, llamado por el profeta «el día grande y espantoso», se denomina comúnmente en la Escritura el día del Señor. El espacio que va desde la creación del hombre sobre la tierra hasta el fin de todas las cosas es el día de los hijos de los hombres; el tiempo que ahora pasa sobre nosotros es propiamente nuestro día; cuando este termine, comenzará el día del Señor. Pero ¿quién puede decir cuánto durará? «Para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día» (2 Pedro 3:8). Y de esta misma expresión algunos de los antiguos padres sacaron la consecuencia de que lo que comúnmente se llama el día del juicio sería en verdad de mil años; y parece que no fueron más allá de la verdad; más aún, probablemente no llegaron a ella. Porque, si consideramos el número de personas que han de ser juzgadas, y de acciones que han de ser examinadas, no parece que mil años basten para los asuntos de aquel día; de modo que no es improbable que abarque varios miles de años. Pero Dios revelará también esto a su tiempo.162162
Pole cita a Joseph Mede: «Quod jam dixi diem judicii, non intelligi velim de die brevi, sive paucarum horarum; sed de spatio mile annorum quibus dies illa durabit,; es decir, el día del juicio no ha de entenderse como un día breve de pocas horas, sino como el espacio de mil años, durante los cuales durará aquel día».

3. En cuanto al lugar donde la humanidad será juzgada, no tenemos en la Escritura relación explícita alguna. Un escritor eminente (pero no él solo; muchos han sido de la misma opinión) supone que será en la tierra, donde se hicieron las obras según las cuales serán juzgados; y que Dios, con este fin, empleará a los ángeles de su poder —.

para allanar y extender el espacio sin límites,

y tender un campo para todo el linaje humano.

Pero quizá sea más conforme al propio relato de nuestro Señor sobre su venida en las nubes suponer que será por encima de la tierra, si no «al doble de la altura de un planeta». Y esta suposición la favorece no poco lo que San Pablo escribe a los tesalonicenses: «Los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire» (1 Tesalonicenses 4:16, 17). De modo que parece lo más probable que el gran trono blanco estará muy elevado sobre la tierra.163163
El «escritor eminente» es Edward Young, autor de Pensamientos nocturnos. La cita es de su poema «El último día» (1721), 2.19. El original dice: Para allanar y extender el espacio ilimitado. Al doble de la altura de un planeta. Young, 2:282, dice: Ahora el triunfo que desciende detiene su vuelo a una distancia de la tierra del doble de la altura de un planeta. Presumiblemente quiere decir el doble de lejos de la tierra que el planeta más lejano. Todo esto parece más bien una solemne trivialidad.

4 . Las personas que han de ser juzgadas, ¿quién puede contarlas, como tampoco las gotas de la lluvia o las arenas del mar? «Miré», dice San Juan, «y he aquí una gran compañía, la cual ninguno podía contar, vestidos de ropas blancas, y palmas en sus manos». ¡Cuán inmensa ha de ser, pues, la multitud total de todas las gentes y linajes y pueblos y lenguas; de todos los que han brotado de los lomos de Adán desde que el mundo comenzó hasta que el tiempo no sea más! Si admitimos la suposición común, que no parece en modo alguno absurda, de que la tierra sostiene en cualquier momento no menos de cuatrocientos millones de almas vivientes, hombres, mujeres y niños, ¡qué congregación han de formar todas aquellas generaciones que se han sucedido unas a otras durante siete mil años!

El mundo en armas del gran Jerjes, la hueste de la orgullosa Cannas,

todos están aquí; y aquí todos se pierden.

Su número crece para ser en vano discernido,

perdido como una gota en el piélago sin límites.

Todo hombre, toda mujer, todo niño de pocos días que haya respirado jamás el aire vital, oirá entonces la voz del Hijo de Dios, y despertará a la vida, y comparecerá ante él. Y este parece ser el sentido natural de aquella expresión: «los muertos, grandes y pequeños»: todos universalmente, todos sin excepción, todos de toda edad, sexo o condición; todos los que han vivido y muerto, o sufrido un cambio tal que equivalga a la muerte. Porque mucho antes de aquel día el fantasma de la grandeza humana desaparece y se hunde en la nada. Aun en el momento de la muerte se desvanece. ¿Quién es rico o grande en el sepulcro?164164
«Cuatrocientos millones»: hoy se calcula, más o menos, en mil quinientos millones. Pero unos millones más o menos no merecen consideración en un cálculo tan del todo indeterminado como este.La cita es otra vez de Young, 2.193. Wesley protesta enérgicamente contra cualquiera que altere sus propios versos o los de su hermano; pero nunca vacila en hacer lo mismo con los de otros; el pasaje original de Young dice:
El mundo en armas del gran Jerjes, el campo de la orgullosa Cannas,
donde Cartago enseñó a ceder a la victoriosa Roma,
la inmortal Blenheim, la afamada hueste de Ramillies.
Todos están aquí, y aquí están perdidos.
Sus millones crecen para ser en vano discernidos,
perdidos como una ola en el piélago sin límites.

5. Y cada hombre «dará allí cuenta de sus propias obras»; sí, una cuenta plena y verdadera de todo lo que hizo mientras estuvo en el cuerpo, fuera bueno o malo. ¡Oh, qué escena se descubrirá entonces a la vista de los ángeles y de los hombres! — mientras no el fabuloso Radamanto, sino el Señor Dios Todopoderoso, que conoce todas las cosas en el cielo y en la tierra, —

Castigatque, auditque dolos; subigitque fateri

Quae quis apud superos, furto laetatus inani,

Distulit in seram commissa piacula mortem.

[Sobre estos tristes reinos impera el severo Radamanto,

descubre a todo astuto malvado, y le obliga

a confesar los crímenes largo tiempo velados a la vista humana:

¡en vano! Ahora todos comparecen a la odiada luz.]

Ni serán entonces expuestas a la vista solo todas las acciones de cada hijo de hombre, sino también todas sus palabras; puesto que «de toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio» (Mateo 12:36, 37); de modo que «por tus palabras», tanto como por tus obras, «serás justificado, y por tus palabras serás condenado». ¿No sacará entonces Dios a la luz también toda circunstancia que acompañó a cada palabra o acción, y que, si no alteró su naturaleza, disminuyó o aumentó al menos su bondad o su maldad? ¡Y qué fácil es esto para aquel que «rodea nuestra senda y nuestro acostarnos, y está impuesto en todos nuestros caminos»! Sabemos que «aun las tinieblas no encubren de él, y la noche resplandece como el día».165165
La cita es de la Eneida de Virgilio, 6.567. El sujeto de los verbos es Radamanto, el juez mítico de los muertos. La edición de 1771 no ofrece traducción. Las ediciones modernas dan la versión de Dryden. El sentido es: «Radamanto de Gnosos tiene aquí su férreo dominio, y los azota y oye sus engaños, y obliga a cada hombre a confesar las expiaciones aplazadas hasta la muerte (¡ay, demasiado tarde!) que debía por los crímenes cometidos en la tierra, gozándose en la vana esperanza de que pudieran quedar ocultos».

6. Sí, sacará a la luz no solo las obras ocultas de las tinieblas, sino los pensamientos mismos y las intenciones del corazón. ¿Y qué maravilla? Porque él «escudriña los riñones, y entiende todos nuestros pensamientos». «Todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta». «El infierno y la perdición están delante de él sin cobertura. ¡Cuánto más los corazones de los hijos de los hombres!»

7. Y en aquel día se descubrirá toda obra interior de toda alma humana; todo apetito, pasión, inclinación, afecto, con sus diversas combinaciones, con todo temple y disposición que constituyen el carácter complejo entero de cada individuo. Así se verá clara e infaliblemente quién fue justo y quién injusto, y en qué grado cada acción, o persona, o carácter fue bueno o malo.

8. «Entonces el Rey dirá a los que estarán a su derecha: Venid, benditos de mi Padre. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui huésped, y me recogisteis; desnudo, y me cubristeis». De igual manera, todo el bien que hicieron en la tierra será recitado delante de los hombres y de los ángeles: todo cuanto hicieron, de palabra o de obra, en el nombre o por causa del Señor Jesús. Todos sus buenos deseos, intenciones y pensamientos, todas sus santas disposiciones, serán también recordados entonces; y se verá que, aunque eran desconocidos u olvidados entre los hombres, Dios los anotó en su libro. Asimismo todos sus padecimientos por el nombre de Jesús, y por el testimonio de una buena conciencia, serán exhibidos para su alabanza de parte del justo Juez, para su honra delante de los santos y de los ángeles, y para el aumento de aquel «sobremanera alto y eterno peso de gloria».

9. Pero ¿serán también sus malas obras (puesto que, si tomamos su vida entera, no hay hombre en la tierra que viva y no peque), serán también estas recordadas en aquel día y mencionadas en la gran congregación? Muchos creen que no; y preguntan: «¿No implicaría esto que sus padecimientos no habrían terminado ni aun cuando terminó la vida, puesto que todavía tendrían que soportar dolor, y vergüenza, y confusión de rostro?». Preguntan además: «¿Cómo puede conciliarse esto con la declaración de Dios por medio del Profeta: “Si el impío se apartare de todos sus pecados que hizo, y guardare todas mis ordenanzas, e hiciere juicio y justicia, todas sus rebeliones que cometió no le serán recordadas”? (Ezequiel 18:21, 22). ¿Cómo es compatible con la promesa que Dios ha hecho a todos los que aceptan el pacto del evangelio: “perdonaré su maldad, y no me acordaré más de su pecado”? (Jeremías 31:34) O, como lo expresa el Apóstol: “Seré propicio a sus injusticias, y de sus pecados y de sus iniquidades no me acordaré más”?» (Hebreos 8:12).

10. Puede responderse: es manifiesta y absolutamente necesario, para la plena exhibición de la gloria de Dios, para la clara y perfecta manifestación de su sabiduría, justicia, poder y misericordia hacia los herederos de la salvación, que todas las circunstancias de su vida queden expuestas a la vista de todos, junto con todas sus disposiciones y todos los deseos, pensamientos e intenciones de su corazón; de otro modo, ¿cómo se vería de qué abismo de pecado y de miseria los había librado la gracia de Dios? Y, en verdad, si la vida entera de todos los hijos de los hombres no se descubriera manifiestamente, no podría manifestarse toda la asombrosa trama de la divina providencia; ni seríamos capaces todavía, en mil casos, de «justificar los caminos de Dios ante el hombre». A menos que las palabras de nuestro Señor se cumplieran en su sentido más pleno, sin restricción ni limitación alguna,» Nada hay encubierto que no haya de ser manifestado, ni oculto que no haya de saberse» (Mateo 10:26), muchísimas de las dispensaciones de Dios bajo el sol seguirían pareciendo carentes de razón. Y solo entonces, cuando Dios haya sacado a la luz todas las cosas ocultas de las tinieblas, fueran quienes fueran los que en ellas tomaron parte, se verá que todos sus caminos fueron sabios y buenos; que él veía a través de la espesa nube y gobernaba todas las cosas según el sabio consejo de su propia voluntad; que nada quedó al azar ni al capricho de los hombres, sino que Dios lo dispuso todo con fuerza y con suavidad, y lo entretejió todo en una sola cadena trabada de justicia, misericordia y verdad.166166
«Justificar el camino de Dios ante el hombre»: de El paraíso perdido de Milton, 1.26. En el original, el verso termina con «men» (los hombres).

11. Y en el descubrimiento de las perfecciones divinas los justos se alegrarán con gozo inefable, muy lejos de sentir dolor ni vergüenza alguna por ninguna de aquellas transgresiones pasadas que hacía mucho habían sido deshechas como una nube, lavadas por la sangre del Cordero. Les bastará sobradamente que ninguna de las transgresiones que cometieron les sea mencionada una sola vez para su perjuicio; que sus pecados, transgresiones e iniquidades no serán recordados más para su condenación. Este es el sentido llano de la promesa; y todos los hijos de Dios lo hallarán verdadero, para su consuelo eterno.

12. Después de juzgados los justos, el Rey se volverá a los que estén a su izquierda; y también ellos serán juzgados, cada uno según sus obras. Pero no solo se tomarán en cuenta sus obras externas, sino todas las malas palabras que hayan hablado jamás; sí, todos los malos deseos, afectos y disposiciones que tienen o han tenido cabida en su alma; y todos los malos pensamientos o designios que alguna vez abrigaron en su corazón. Entonces se pronunciará la gozosa sentencia de absolución sobre los que estén a la derecha, y la terrible sentencia de condenación sobre los de la izquierda; y ambas habrán de permanecer fijas e inamovibles como el trono de Dios.

III. 1. En tercer lugar, podemos considerar algunas de las circunstancias que seguirán al juicio general. Y la primera es la ejecución de la sentencia pronunciada sobre los malos y sobre los buenos: «E irán estos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna». Debe observarse que es exactamente la misma palabra la que se emplea tanto en la primera cláusula como en la segunda. Se sigue que, o bien el castigo dura para siempre, o también la recompensa llegará a su fin: — ¡No, jamás, a menos que Dios pudiera llegar a su fin, o pudieran faltar su misericordia y su verdad! «Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre», «y beberán de aquellos ríos de deleites que hay a la diestra de Dios para siempre». Pero aquí toda descripción se queda corta; ¡todo lenguaje humano desfallece! Solo quien es arrebatado al tercer cielo puede formarse una idea justa de ello. Pero aun ese tal no puede expresar lo que ha visto: no le es posible al hombre decir estas cosas.

Entretanto, los malos serán trasladados al infierno, todas las gentes que se olvidan de Dios. Serán «castigados con eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder». Serán «lanzados al lago de fuego que arde con azufre», originalmente «preparado para el diablo y sus ángeles»; donde se morderán la lengua de angustia y de dolor; maldecirán a Dios y alzarán el rostro en alto. Allí los perros del infierno —el orgullo, la malicia, la venganza, la rabia, el horror, la desesperación— los devoran sin cesar. Allí «no tienen reposo ni de día ni de noche, sino que el humo de su tormento sube para siempre jamás». Porque «su gusano no muere, y el fuego nunca se apaga».167167
«El tercer cielo». Pablo (2 Corintios 12:2) cuenta cómo fue arrebatado al tercer cielo, o paraíso, y oyó palabras inefables que no está en poder del hombre pronunciar. Es dudoso si pensaba solo en tres cielos —a saber, el cielo de la atmósfera y las nubes, el cielo del sol y las estrellas, y el cielo de los muertos bienaventurados— o si aceptaba la creencia judía en siete cielos, de los cuales el paraíso era el tercero contando desde abajo. Wesley no admite esperanza alguna para los finalmente impenitentes, e interpreta literalmente estos pasajes que hablan de su destino. En el primero, sin embargo, el infierno es el Seol, y todo lo que dice el salmista es que todas las naciones (no el pueblo) que se olvidan de Dios partirán al mundo de los muertos. En el sermón 73, sobre el infierno, se muestra del todo explícito en cuanto a su creencia en el tormento sin fin de los malos en fuego material. Ninguno de estos sermones, sin embargo, forma parte de la doctrina metodista oficial.

2. Entonces los cielos se arrollarán como un rollo de pergamino y pasarán con grande estruendo: «huirán de delante del que está sentado en el trono, y no será hallado el lugar de ellos» (Apocalipsis 20:11). La manera misma en que pasarán nos la revela el apóstol Pedro: «En el día de Dios, los cielos, siendo encendidos, serán deshechos» (2 Pedro 3:12). Toda la hermosa fábrica será derribada por aquel elemento furioso; la trabazón de todas sus partes quedará destruida, y cada átomo arrancado de los demás. Por el mismo, «también la tierra y las obras que en ella están serán quemadas» (versículo 10). Las enormes obras de la naturaleza, los collados eternos, los montes que han desafiado la furia del tiempo y han permanecido inmóviles tantos miles de años, se hundirán en ruina de fuego. ¡Cuánto menos podrán resistir al conquistador llameante las obras del arte, aunque sean de la clase más duradera, los esfuerzos supremos de la industria humana —tumbas, columnas, arcos de triunfo, castillos, pirámides—! ¡Todo, todo morirá, perecerá, se desvanecerá como un sueño cuando uno despierta!168168
La destrucción final de la tierra por medio del fuego está del todo dentro de los límites de lo posible. El choque de alguna estrella errante generaría calor suficiente para ello; o puede ser que la gravitación acabe venciendo a la fuerza centrífuga y la tierra caiga en el sol. Pero tales especulaciones son tan infructuosas como inciertas; y la idea, en el párrafo siguiente, sobre el origen del mar de vidrio es sencillamente grotesca.

3. Algunos hombres grandes y buenos han imaginado, en efecto, que, así como se requiere el mismo poder omnipotente para aniquilar las cosas que para crearlas —para reducirlas a la nada o sacarlas de la nada—, así ninguna parte, ningún átomo del universo, será total o definitivamente destruido. Suponen más bien que, así como la última operación del fuego que hasta ahora hemos podido observar es reducir a vidrio lo que, con una fuerza menor, había reducido a cenizas, así, en el día que Dios ha ordenado, toda la tierra, si no también los cielos materiales, sufrirá este cambio, después del cual el fuego ya no tendrá más poder sobre ellos. Y creen que esto se insinúa en aquella expresión de la revelación hecha a san Juan: «Delante del trono había un mar de vidrio semejante al cristal» (Apocalipsis 4:6). Ahora no podemos ni afirmarlo ni negarlo; pero lo sabremos más adelante.

4. Si los burladores, los filósofos minuciosos, preguntan: «¿Cómo puede ser esto? ¿De dónde vendría una cantidad tan inmensa de fuego como para consumir los cielos y todo el globo terráqueo?», les pediríamos licencia, en primer lugar, para recordarles que esta dificultad no es peculiar del sistema cristiano. La misma opinión prevaleció casi universalmente entre los paganos libres de intolerancia. Así habla uno de estos célebres librepensadores, conforme al sentir generalmente admitido: —

Esse quoque in fatis reminiscitur, affore tempus,

Quo mare, quo tellus, correptaque regia coeli

Ardeat, et mundi moles operosa laboret.

[Lo que sigue es la traducción que hizo Dryden de esta cita de Ovidio: —

Recordando que en los hados hay un tiempo en que el fuego

se alzará hasta las almenas del cielo,

y arderá todo el mundo llameante de lo alto,

y todo el globo inferior se tornará cenizas.— N. del E.]

Pero, en segundo lugar, es fácil responder, aun desde nuestro ligero y superficial conocimiento de las cosas naturales, que hay abundantes almacenes de fuego ya preparados y atesorados para el día del Señor. ¡Cuán pronto puede un cometa, comisionado por él, descender desde las partes más remotas del universo! Y si viniera a fijarse sobre la tierra a su regreso del sol, cuando está algunos miles de veces más caliente que una bala de cañón al rojo vivo, ¿quién no ve cuál habría de ser la consecuencia inmediata? Pero, sin subir tan alto como los cielos etéreos, ¿no podrían los mismos relámpagos que «alumbran el mundo», si así lo mandara el Señor de la naturaleza, traer la ruina y la destrucción total? O, sin ir más allá del globo mismo, ¿quién sabe qué enormes depósitos de fuego líquido se encierran de siglo en siglo en las entrañas de la tierra? El Etna, el Hekla, el Vesubio y todos los demás volcanes que vomitan llamas y brasas de fuego, ¿qué son sino otras tantas pruebas y bocas de aquellos hornos de fuego, y al mismo tiempo otras tantas evidencias de que Dios tiene preparado con qué cumplir su palabra? Más aún, aunque no observáramos más que la superficie de la tierra y las cosas que nos rodean por todas partes, es certísimo (como lo prueban mil experimentos, más allá de toda posibilidad de negarlo) que nosotros mismos, nuestro cuerpo entero, estamos llenos de fuego, igual que todo cuanto nos rodea. ¿No es fácil hacer visible este fuego etéreo aun a simple vista, y producir con él sobre la materia combustible los mismísimos efectos que produce el fuego de la cocina? ¿Hace falta, pues, algo más que el que Dios suelte esa cadena secreta con que este agente irresistible está ahora atado y yace en reposo en cada partícula de la materia? ¡Y cuán pronto despedazaría la fábrica universal, y lo envolvería todo en una ruina común!169169
Cicerón es el autor de la expresión «filósofos minuciosos». Habla en de Senect= 23 de «Quidam minuti philosophi», en el sentido de frívolos, insignificantes. En el uso inglés significa más bien especuladores meticulosos, excesivamente precisos. Toda esta discusión sobre la cantidad de fuego es absurda: el fuego no es una cosa, sino un estado de combinación química violenta; un fósforo basta para encender una conflagración si hay combustible suficiente. Wesley se interesaba vivamente por los fenómenos eléctricos, y fue el primer hombre en Inglaterra que empleó la electricidad como agente curativo. Su folleto titulado The Desideratum; or, Electricity made Plain, and Useful, publicado en 1760, detalla muchos de los experimentos de Franklin, como sacar chispas del cuerpo humano o del pelaje de un gato. En esto piensa cuando dice que nuestro cuerpo está lleno de fuego.«Librepensador» era un nombre que reclamaban para sí los deístas y otros que rechazaban la revelación cristiana a comienzos del siglo XVIII. Aquí Wesley lo aplica a Ovidio, el poeta romano, con cierta insinuación de que los librepensadores modernos se le parecían en sus ideas religiosas. La cita es de las Metamorfosis, 1.256, donde Júpiter, disponiéndose a lanzar sus rayos, vacila en hacerlo por temor de incendiar el éter, «pues recuerda que está entre los decretos de los hados que vendrá un tiempo en que el mar, la tierra y el palacio del cielo se incendiarán y arderán, y la mole del mundo, tan laboriosamente construida, se verá en peligro».

5. Hay una circunstancia más que seguirá al juicio y que merece nuestra seria consideración: «Esperamos —dice el apóstol—, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia» (2 Pedro 3:13). La promesa está en la profecía de Isaías: «He aquí que yo creo nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria» (Isaías 65:17): ¡tan grande será la gloria de lo postrero! Estos los contempló san Juan en las visiones de Dios. «Vi —dice él— un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron» (Apocalipsis 21:1). Y solo la justicia moraba en ellos; por eso añade: «Y oí una gran voz del» tercer «cielo, que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos, y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios estará con ellos y será su Dios» (21:3). Por necesidad, pues, todos serán felices: «Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni habrá más dolor» (21:4). «Y no habrá más maldición; sino que verán su rostro» (22:3, 4), — tendrán el acceso más cercano a él y, por ello, la más alta semejanza con él. Esta es la expresión más fuerte en el lenguaje de la Escritura para denotar la felicidad más perfecta. «Y su nombre estará en sus frentes»; serán reconocidos abiertamente como propiedad de Dios, y su gloriosa naturaleza resplandecerá en ellos del modo más visible. «Y allí no habrá más noche; y no tienen necesidad de lumbre de antorcha, ni de lumbre de sol, porque el Señor Dios los alumbrará; y reinarán para siempre jamás».

IV. Solo queda aplicar las consideraciones precedentes a todos los que están aquí delante de Dios. ¿Y no nos conduce directamente a hacerlo la presente solemnidad, que de modo tan natural nos señala aquel día en que el Señor juzgará al mundo con justicia? Esta, pues, al recordarnos aquella ocasión más tremenda, puede proporcionarnos muchas lecciones de instrucción. Séame permitido tocar apenas algunas de ellas. ¡Escríbalas Dios en el corazón de todos nosotros!

1. Y, en primer lugar, ¡cuán hermosos son los pies de aquellos que son enviados por la sabia y benigna providencia de Dios para ejecutar justicia en la tierra, defender al agraviado y castigar al malhechor! ¿No son ellos ministros de Dios para nuestro bien, los grandes sostenedores de la tranquilidad pública, los protectores de la inocencia y de la virtud, la gran seguridad de todas nuestras bendiciones temporales? ¿Y no representa cada uno de ellos no solo a un príncipe terrenal, sino al Juez de la tierra, a aquel cuyo «nombre está escrito en su muslo: Rey de reyes y Señor de señores»? ¡Oh, que todos estos hijos de la diestra del Altísimo sean santos como él es santo; sabios con la sabiduría que se sienta junto a su trono, como aquel que es la eterna Sabiduría del Padre; que no hagan acepción de personas, como él no la hace, sino que den a cada uno según sus obras; justos como él, inflexible e inexorablemente, aunque compasivos y de tierna misericordia! Así serán en verdad temibles para los que hacen lo malo, pues no llevan en vano la espada. Así tendrán las leyes de nuestra tierra su pleno efecto y la honra debida, y el trono de nuestro Rey seguirá afirmado en justicia.

2. Vosotros, hombres verdaderamente honorables, a quienes Dios y el Rey han comisionado, en un grado inferior, para administrar justicia, ¿no podéis ser comparados con aquellos espíritus ministradores que acompañarán al Juez cuando venga en las nubes? ¡Que ardáis, como ellos, en amor a Dios y a los hombres! ¡Que améis la justicia y aborrezcáis la iniquidad! ¡Que todos sirváis, cada uno en su esfera (tal honra os ha dado Dios también a vosotros, a los que serán herederos de la salvación, y para la gloria de vuestro gran soberano! ¡Que sigáis siendo los que afianzan la paz, la bendición y el ornamento de vuestra patria, los protectores de una tierra culpable, los ángeles guardianes de todos los que os rodean!

3. Vosotros, cuyo oficio es ejecutar lo que os encarga aquel ante quien estáis, ¡cuán de cerca os toca pareceros a los que están delante del rostro del Hijo del Hombre, a aquellos siervos suyos que hacen su voluntad y obedecen a la voz de su palabra! ¿No os importa en sumo grado ser tan incorruptos como ellos? ¿Mostraros siervos de Dios? ¿Hacer justicia y amar misericordia? ¿Hacer con todos como quisierais que ellos hicieran con vosotros? Así aquel gran Juez, bajo cuya mirada estáis continuamente, os dirá también a vosotros: «¡Bien, siervos buenos y fieles; entrad en el gozo de vuestro Señor!»

4. Permitidme añadir unas palabras a todos vosotros los que estáis hoy presentes delante del Señor. ¿No deberíais tener presente en vuestra mente todo el día que se acerca un día más tremendo? ¡Grande es esta asamblea! Pero ¿qué es en comparación con la que todo ojo contemplará entonces, la asamblea general de todos los hijos de los hombres que jamás vivieron sobre la faz de toda la tierra? Unos pocos comparecerán hoy ante el tribunal, para ser juzgados acerca de lo que se les impute; y ahora están reservados en prisión, quizá en cadenas, hasta que sean sacados para ser procesados y sentenciados. Pero todos nosotros, yo que hablo y vosotros que oís, «compareceremos ante el tribunal de Cristo». Y ahora estamos reservados en esta tierra, que no es nuestro hogar, en esta prisión de carne y sangre, quizá muchos de nosotros también en cadenas de oscuridad, hasta que se ordene que seamos sacados. Aquí se interroga a un hombre acerca de uno o dos hechos que se supone que ha cometido; allí hemos de dar cuenta de todas nuestras obras, desde la cuna hasta la tumba; de todas nuestras palabras; de todos nuestros deseos y disposiciones, de todos los pensamientos e intenciones de nuestro corazón; de todo el uso que hayamos hecho de nuestros diversos talentos, ya del alma, ya del cuerpo, ya de la fortuna, hasta que Dios dijo: «Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo». En este tribunal es posible que algunos culpables escapen por falta de pruebas; pero en aquel tribunal no faltan pruebas. Todos los hombres con quienes tuvisteis el trato más secreto, que conocían todos vuestros designios y acciones, están dispuestos delante de vosotros. Lo están también todos los espíritus de las tinieblas que os inspiraron malos designios y ayudaron a ejecutarlos. Lo están todos los ángeles de Dios, aquellos ojos del Señor que recorren toda la tierra, que velaron por vuestra alma y trabajaron por vuestro bien hasta donde se lo permitisteis. Lo está vuestra propia conciencia, mil testigos en uno, ya incapaz de ser cegada o silenciada, sino obligada a conocer y declarar la verdad desnuda acerca de todos vuestros pensamientos, palabras y acciones. ¿Y es la conciencia como mil testigos? — ¡Sí, pero Dios es como mil conciencias! ¡Oh, quién podrá estar en pie ante la faz del gran Dios, nuestro Salvador Jesucristo!

¡Mirad! ¡Mirad! ¡Ya viene! ¡Hace de las nubes sus carros! ¡Anda sobre las alas del viento! ¡Delante de él consume el fuego, y tras él abrasa la llama! ¡Mirad! ¡Está sentado sobre su trono, cubierto de luz como de vestidura, revestido de majestad y de honra! ¡He aquí, sus ojos son como llama de fuego, su voz como ruido de muchas aguas!

¿Cómo escaparéis? ¿Clamaréis a los montes que caigan sobre vosotros, a las peñas que os cubran? ¡Ay, los montes mismos, las peñas, la tierra, los cielos, están a punto de huir! ¿Podéis impedir la sentencia? ¿Con qué? ¿Con toda la hacienda de tu casa, con millares de oro y de plata? ¡Ciego miserable! Desnudo saliste del vientre de tu madre, y más desnudo entrarás en la eternidad. ¡Oye al Señor, al Juez! «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo». ¡Sonido gozoso! ¡Cuán distinto de aquella voz que resuena por la extensión del cielo: «Apartaos, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles»! ¿Y quién es el que puede impedir o retardar la plena ejecución de una u otra sentencia? ¡Vana esperanza! He aquí, el infierno se conmueve abajo para recibir a los que están maduros para la destrucción. ¡Y las puertas eternas alzan sus cabezas, para que entren los herederos de la gloria!170170
«Vuestra propia conciencia»; así dice el autor del antiguo Poema Morale de Kent: Elch man sceal him then biclupien and ecach sceal him demen; His aye weorc and his ithanc to witnesse he sceal temen, lo cual, interpretado, es: Cada hombre se acusará allí a sí mismo, y cada hombre se juzgará a sí mismo; su propia obra y su conciencia traerá por testigos.«¡Mirad! ¡Mirad! ¡Ya viene!» Una de las peroraciones más hermosas y apasionadas de Wesley.

5. «¡Qué clase de personas debemos ser, pues, en santa conducta y piedad!» Sabemos que no puede tardar mucho el día en que el Señor descienda con voz de arcángel y con trompeta de Dios, cuando cada uno de nosotros comparecerá ante él y dará cuenta de sus propias obras. «Por lo cual, oh amados, estando en esperanza de estas cosas», sabiendo que él vendrá y no tardará, «procurad con diligencia ser hallados de él en paz, sin mácula y sin reprensión». ¿Por qué no habríais de procurarlo? ¿Por qué habría de ser hallado alguno de vosotros a la izquierda en su aparición? Él no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento; por el arrepentimiento, a la fe en un Señor que derramó su sangre; por la fe, al amor sin mancha, a la plena imagen de Dios renovada en el corazón y que produce toda santidad de conducta. ¿Podéis dudar de esto, cuando recordáis que el Juez de todos es asimismo el Salvador de todos? ¿No os ha comprado con su propia sangre, para que no perezcáis, sino que tengáis vida eterna? ¡Oh, haced prueba de su misericordia antes que de su justicia; de su amor antes que del trueno de su poder! No está lejos de cada uno de nosotros; y ahora ha venido, no a condenar, sino a salvar al mundo: ¡él está en medio! Pecador, ¿no llama él ahora, ahora mismo, a la puerta de tu corazón? ¡Oh, si conocieses, a lo menos en este tu día, lo que toca a tu paz! ¡Oh, que os entreguéis ahora a aquel que se entregó por vosotros, con fe humilde, con amor santo, activo y paciente! Así os alegraréis con gozo desbordante en su día, cuando venga en las nubes del cielo.

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