Sermones en diversas ocasiones
El arrepentimiento de los creyentes

Capítulo 15 · 30 min de lectura · 39 min de escucha

El arrepentimiento de los creyentes

Sermón 14

El arrepentimiento de los creyentes

«Arrepentíos, y creed al evangelio».

Marcos 1:15.

1. Se supone generalmente que el arrepentimiento y la fe son solo la puerta de la religión; que son necesarios únicamente al principio de nuestra carrera cristiana, cuando emprendemos el camino hacia el reino. Y esto parece confirmarlo el gran Apóstol cuando, al exhortar a los cristianos hebreos a «ir adelante a la perfección», les enseña a dejar estos primeros «rudimentos de la doctrina de Cristo»: «no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, y de la fe en Dios»; lo cual ha de significar, por lo menos, que debían dejar en comparación estas cosas, que al principio ocupaban todos sus pensamientos, para proseguir «al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús».

2. Y es indudablemente cierto que hay un arrepentimiento y una fe que son necesarios, de un modo más especial, al principio: un arrepentimiento que es convicción de nuestra total pecaminosidad, culpa e impotencia, y que precede a nuestra recepción de aquel reino de Dios que, como observa nuestro Señor, está «dentro de nosotros»; y una fe por la cual recibimos ese reino, a saber, «justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo».

3. Pero, no obstante esto, hay también un arrepentimiento y una fe (tomando las palabras en otro sentido, un sentido que no es del todo el mismo, ni tampoco enteramente diferente) que se requieren después de haber «creído al evangelio»; sí, y en cada etapa posterior de nuestra carrera cristiana, o no podremos «correr la carrera que nos es propuesta». Y este arrepentimiento y esta fe son del todo tan necesarios para nuestra permanencia y nuestro crecimiento en la gracia como lo fueron aquella fe y aquel arrepentimiento primeros para nuestra entrada en el reino de Dios.

Pero ¿en qué sentido hemos de arrepentirnos y creer después de ser justificados? Es esta una cuestión importante, digna de ser considerada con la mayor atención.

I. Y, en primer lugar, ¿en qué sentido hemos de arrepentirnos?

1. Arrepentimiento significa con frecuencia un cambio interior, un cambio de la mente, del pecado a la santidad. Pero ahora hablamos de él en un sentido muy distinto, en cuanto es una especie de conocimiento de sí mismo: el saber que somos pecadores, sí, pecadores culpables e impotentes, aun cuando sabemos que somos hijos de Dios.

2. Ciertamente, cuando conocemos esto por primera vez; cuando por primera vez hallamos la redención en la sangre de Jesús; cuando el amor de Dios es derramado por primera vez en nuestros corazones y su reino es establecido en ellos, es natural suponer que ya no somos pecadores, que todos nuestros pecados no solo están cubiertos, sino destruidos. Como entonces no sentimos ningún mal en nuestro corazón, fácilmente imaginamos que no lo hay. Más aún, algunos hombres bienintencionados lo han imaginado no solo en aquel momento, sino para siempre después, persuadidos de que, cuando fueron justificados, fueron enteramente santificados; sí, lo han establecido como regla general, a despecho de la Escritura, de la razón y de la experiencia. Estos creen sinceramente, y sostienen con empeño, que todo pecado es destruido cuando somos justificados, y que no hay pecado en el corazón del creyente, sino que este queda del todo limpio desde aquel momento. Pero, aunque reconocemos de buena gana que «el que cree es nacido de Dios», y que «el que es nacido de Dios no hace pecado», no podemos admitir que no lo sienta dentro de sí: el pecado no reina, pero sí permanece. Y la convicción del pecado que permanece en nuestro corazón es una gran rama del arrepentimiento del que ahora hablamos.

3. Porque rara vez pasa mucho tiempo antes de que aquel que imaginaba que todo pecado había desaparecido sienta que aún hay orgullo en su corazón. Se convence tanto de que en muchos aspectos ha tenido de sí más alto concepto que el que debe tener, como de que se ha atribuido la alabanza de algo que había recibido, y se ha gloriado de ello como si no lo hubiera recibido; y, sin embargo, sabe que está en el favor de Dios. No puede, ni debe, «perder su confianza». «El Espíritu» aún «da testimonio a» su «espíritu de que es hijo de Dios».

4. Ni pasa mucho tiempo antes de que sienta voluntad propia en su corazón; esto es, una voluntad contraria a la voluntad de Dios. Una voluntad la ha de tener inevitablemente todo hombre mientras tenga entendimiento. Es esta una parte esencial de la naturaleza humana, y aun de la naturaleza de todo ser inteligente. Nuestro mismo bendito Señor tuvo voluntad como hombre; de otro modo no habría sido hombre. Pero su voluntad humana estuvo invariablemente sujeta a la voluntad de su Padre. En todo tiempo y en toda ocasión, aun en la más honda aflicción, pudo decir: «No como yo quiero, sino como tú». Pero no ocurre así en todo tiempo, ni siquiera con un verdadero creyente en Cristo. Este halla con frecuencia que su voluntad se levanta, más o menos, contra la voluntad de Dios. Quiere algo, porque agrada a la naturaleza, que no agrada a Dios; y no quiere (siente aversión a) algo, porque es penoso a la naturaleza, que es la voluntad de Dios respecto de él. Cierto es que, si persevera en la fe, lucha contra ello con todas sus fuerzas; pero esto mismo implica que realmente existe, y que él es consciente de ello.

5. Ahora bien, la voluntad propia, lo mismo que el orgullo, es una especie de idolatría y ambos son directamente contrarios al amor de Dios. Lo mismo puede observarse respecto del amor al mundo. Pero también esto están expuestos a sentirlo en sí mismos aun los verdaderos creyentes; y cada uno de ellos lo siente, más o menos, tarde o temprano, en una u otra de sus ramas. Es verdad que, cuando primero «pasa de muerte a vida», no desea otra cosa sino a Dios. Puede decir de veras: «A tu nombre y a tu memoria es todo mi deseo»; «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra». Pero no es así siempre. Con el paso del tiempo volverá a sentir, aunque quizá solo por unos momentos, ya «la concupiscencia de la carne», ya «la concupiscencia de los ojos», ya «la soberbia de la vida». Más aún, si no vela y ora continuamente, puede hallar que la lujuria revive; sí, y que lo acomete con fuerza para hacerlo caer, hasta que apenas le queda vigor alguno. Puede sentir los asaltos del afecto desordenado; sí, una fuerte inclinación a «amar a la criatura más que al Creador», ya sea un hijo, un padre, un marido o una esposa, o «el amigo que es como su propia alma». Puede sentir, de mil maneras diversas, un deseo de cosas o placeres terrenales. En la misma proporción olvidará a Dios, no buscando en él su felicidad, y siendo, por consiguiente, «amador de los deleites más que de Dios».

6. Si no se guarda a sí mismo en todo momento, sentirá otra vez la concupiscencia de los ojos; el deseo de complacer su imaginación con algo grande, o bello, o fuera de lo común. ¡De cuántas maneras asalta este deseo al alma! Quizá en lo tocante a las más pobres naderías, como el vestido o el mobiliario, cosas que nunca fueron destinadas a saciar el apetito de un espíritu inmortal. Y, sin embargo, ¡qué natural nos es, aun después de haber «gustado las virtudes del siglo venidero», hundirnos de nuevo en estos deseos necios y bajos de cosas que perecen con el uso! ¡Qué difícil es, aun para los que saben a quién han creído, vencer siquiera una rama de la concupiscencia de los ojos, la curiosidad; pisotearla constantemente; no desear nada meramente porque es nuevo!

7. ¡Y qué difícil es, aun para los hijos de Dios, vencer del todo la soberbia de la vida! San Juan parece entender por ella casi lo mismo que el mundo llama «el sentido del honor». No es otra cosa que el deseo de «la gloria que viene de los hombres», y el deleite en ella; un deseo y amor de la alabanza, y, lo que siempre va unido a él, un proporcionado temor al vituperio. Muy emparentada con esto está la mala vergüenza: el avergonzarse de aquello en que debiéramos gloriarnos. Y esta rara vez se separa del temor del hombre, que tiende mil lazos al alma. Ahora bien, ¿dónde está el que, aun entre los que parecen fuertes en la fe, no halle en sí cierto grado de todas estas malas disposiciones? De modo que aun estos no están sino en parte «crucificados al mundo»; porque la mala raíz permanece todavía en su corazón.

8. ¿Y no sentimos otras disposiciones, que son tan contrarias al amor del prójimo como estas lo son al amor de Dios? El amor al prójimo «no piensa el mal». ¿No hallamos en nosotros nada de esa clase? ¿Nunca hallamos celos, malas sospechas, recelos infundados o irrazonables? El que esté limpio en estos aspectos, arroje la primera piedra contra su prójimo. ¿Quién no siente a veces otras disposiciones o movimientos interiores que sabe contrarios al amor fraternal? Si no hay nada de malicia, odio o amargura, ¿no hay ningún toque de envidia, particularmente hacia los que gozan de algún bien, real o supuesto, que deseamos pero no podemos alcanzar? ¿Nunca hallamos cierto grado de resentimiento cuando somos agraviados u ofendidos, sobre todo por aquellos a quienes amábamos de manera particular, y a quienes más nos habíamos esforzado por ayudar o favorecer? ¿Nunca despiertan en nosotros la injusticia o la ingratitud algún deseo de venganza? ¿algún deseo de devolver mal por mal, en vez de «vencer con el bien el mal»? Esto también muestra cuánto queda aún en nuestro corazón que es contrario al amor del prójimo.

9. La codicia, en toda clase y grado, es ciertamente tan contraria a este como al amor de Dios; ya sea la philargyri, el amor del dinero, que con demasiada frecuencia es la raíz de todos los males; ya la pleonexia, literalmente, el deseo de tener más, o de aumentar los bienes. ¡Y qué pocos, aun de los verdaderos hijos de Dios, están enteramente libres de ambas! Cierto es que un gran hombre, Martín Lutero, solía decir que «nunca había tenido codicia alguna en él» (no solo en su estado de convertido, sino) «desde que nació». Pero, si así fue, no vacilaría yo en decir que fue el único hombre nacido de mujer (exceptuando a aquel que era Dios tanto como hombre) que no la tuvo, que nació sin ella. Más aún, creo que jamás hubo nadie nacido de Dios que, habiendo vivido después un tiempo considerable, no la sintiera más o menos muchas veces, especialmente en el segundo sentido. Podemos, pues, dar por verdad indudable que la codicia, junto con el orgullo, la voluntad propia y la ira, permanece en el corazón aun de los que están justificados.

10. Es la experiencia de esto lo que ha inclinado a tantas personas serias a entender la última parte del capítulo séptimo de Romanos no de los que están «bajo la ley», que están convencidos de pecado, lo cual es sin duda el sentido del Apóstol, sino de los que están «bajo la gracia», que son «justificados gratuitamente por la redención que es en Cristo». Y es muy cierto que hasta aquí tienen razón: aún permanece, aun en los que están justificados, una mente en cierta medida carnal (así lo dice el Apóstol aun a los creyentes de Corinto: «Sois carnales»); un corazón inclinado a la apostasía, siempre pronto aún a «apartarse del Dios vivo»; una propensión al orgullo, a la voluntad propia, a la ira, a la venganza, al amor del mundo, sí, y a todo mal; una raíz de amargura que, si se quitara el freno por un momento, brotaría al instante; sí, tal profundidad de corrupción que, sin luz clara de Dios, no podemos en modo alguno concebirla. Y la convicción de todo este pecado que permanece en su corazón es el arrepentimiento que corresponde a los que están justificados.

11. Pero también deberíamos estar convencidos de que, así como el pecado permanece en nuestro corazón, así se adhiere a todas nuestras palabras y acciones. En verdad es de temer que muchas de nuestras palabras estén más que mezcladas con pecado, que sean del todo pecaminosas; pues tal es, sin duda, toda conversación falta de caridad; toda la que no brota del amor fraternal; toda la que no concuerda con aquella regla de oro: «Todas las cosas que quisierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos». De esta clase es toda murmuración, todo chisme, todo cuchicheo, toda maledicencia, es decir, el repetir las faltas de los ausentes; porque nadie querría que otros repitieran sus faltas cuando él está ausente. Ahora bien, ¡qué pocos hay, aun entre los creyentes, que no sean en algún grado culpables de esto; que observen con firmeza la buena y antigua regla: «De los muertos y de los ausentes, nada sino bien»! Y supongamos que la observen: ¿se abstienen igualmente de la conversación inútil? Y, sin embargo, todo esto es indudablemente pecaminoso, y «contrista al Espíritu Santo de Dios»; sí, y «de toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio».

12. Pero supongamos que «velan y oran» continuamente, y así «no entran en» esta «tentación»; que ponen constantemente guarda a su boca y guardan la puerta de sus labios; supongamos que se ejercitan en esto, para que toda su «conversación sea con gracia, sazonada con sal, y apta para dar gracia a los oyentes»: ¿no resbalan, sin embargo, cada día en discursos inútiles, a pesar de toda su cautela? Y aun cuando se esfuerzan por hablar de parte de Dios, ¿son puras sus palabras, libres de mezclas impías? ¿No hallan nada torcido en su misma intención? ¿Hablan meramente por agradar a Dios, y no en parte por agradarse a sí mismos? ¿Es enteramente para hacer la voluntad de Dios, y no también la suya propia? O, si comienzan con ojo sencillo, ¿prosiguen «puestos los ojos en Jesús», y hablando con él todo el tiempo que hablan con su prójimo? Cuando reprenden el pecado, ¿no sienten ira ni disposición desabrida hacia el pecador? Cuando instruyen al ignorante, ¿no hallan orgullo alguno, preferencia de sí mismos alguna? Cuando consuelan al afligido, o se estimulan unos a otros al amor y a las buenas obras, ¿nunca perciben en su interior una alabanza de sí mismos: «¡Ahora sí que has hablado bien!»? ¿O alguna vanidad: el deseo de que otros lo piensen así, y los estimen por ello? ¡En algunos o en todos estos aspectos, cuánto pecado se adhiere a la mejor conversación aun de los creyentes! La convicción de lo cual es otra rama del arrepentimiento que corresponde a los que están justificados.

13. ¡Y cuánto pecado, si su conciencia está del todo despierta, pueden hallar adherido también a sus acciones! Más aún, ¿no hay muchas de ellas que, aunque son tales que el mundo no las condenaría, no pueden sin embargo ser alabadas, no, ni excusadas, si juzgamos por la Palabra de Dios? ¿No hay muchas de sus acciones que, como ellos mismos saben, no son para la gloria de Dios? ¿muchas en que ni siquiera apuntaron a ella, que no fueron emprendidas con la mira puesta en Dios? Y de las que lo fueron, ¿no hay muchas en que su ojo no está fijo solo en Dios, en que hacen su propia voluntad por lo menos tanto como la de él, y buscan agradarse a sí mismos tanto, si no más, como agradar a Dios? Y mientras se esfuerzan por hacer bien a su prójimo, ¿no sienten disposiciones torcidas de diversas clases? De ahí que sus buenas acciones, así llamadas, distan mucho de ser estrictamente tales, contaminadas como están por semejante mezcla de mal: así son sus obras de misericordia. ¿Y no hay la misma mezcla en sus obras de piedad? Mientras oyen la palabra que puede salvar sus almas, ¿no hallan con frecuencia pensamientos tales que les hacen temer que se torne en su condenación más bien que en su salvación? ¿No ocurre a menudo lo mismo mientras se esfuerzan por ofrecer sus oraciones a Dios, sea en público o en privado? Más aún, mientras se hallan ocupados en el servicio más solemne, aun mientras están a la mesa del Señor, ¡qué clase de pensamientos surgen en ellos! ¿No vagan a veces sus corazones hasta los confines de la tierra; no se llenan a veces de imaginaciones tales que les hacen temer que todo su sacrificio sea abominación al Señor? De modo que ahora se avergüenzan más de sus mejores deberes de lo que antes se avergonzaban de sus peores pecados.

14. Además: ¡de cuántos pecados de omisión son culpables! Conocemos las palabras del Apóstol: «El pecado, pues, está en aquel que sabe hacer lo bueno, y no lo hace». Pero ¿no conocen mil casos en que pudieron haber hecho bien, a enemigos, a extraños, a sus hermanos, sea en lo tocante a sus cuerpos o a sus almas, y no lo hicieron? ¡De cuántas omisiones han sido culpables en su deber para con Dios! ¡Cuántas oportunidades de comulgar, de oír su palabra, de oración pública o privada, han descuidado! Tan grande razón tuvo aun aquel santo varón, el arzobispo Usher, después de todos sus trabajos para Dios, para exclamar casi con su último aliento: «¡Señor, perdóname mis pecados de omisión!».

15. Pero, además de estas omisiones exteriores, ¿no pueden hallar en sí mismos defectos interiores sin número? Defectos de toda clase: no tienen el amor, el temor, la confianza que debieran tener para con Dios. No tienen el amor que se debe a su prójimo, a todo hijo de hombre; no, ni siquiera el que se debe a sus hermanos, a todo hijo de Dios, sean los que están lejos de ellos o aquellos con quienes están unidos de inmediato. No tienen ninguna disposición santa en el grado que debieran; son defectuosos en todo; y, en la honda conciencia de ello, están prontos a exclamar con M. de Renty: «Soy una tierra toda cubierta de espinos»; o con Job: «Yo soy vil: me aborrezco, y me arrepiento en el polvo y en la ceniza».

16. La convicción de su culpabilidad es otra rama de aquel arrepentimiento que corresponde a los hijos de Dios. Pero esto ha de entenderse con cautela, y en un sentido particular. Porque es cierto que «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús», que creen en él y, en el poder de esa fe, «no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu». Sin embargo, no pueden soportar ahora la estricta justicia de Dios más de lo que podían antes de creer. Esta los declara todavía dignos de muerte por todos los motivos ya expuestos. Y los condenaría absolutamente a ella, si no fuera por la sangre expiatoria. Por eso están plenamente convencidos de que todavía merecen castigo, aunque por ella este se aparte de ellos. Pero aquí hay extremos a un lado y a otro, y pocos los evitan. La mayoría de los hombres tropieza en uno o en otro: o se creen condenados cuando no lo están, o creen que merecen ser absueltos. No; la verdad está en medio: todavía merecen, estrictamente hablando, solo la condenación del infierno. Pero lo que merecen no viene sobre ellos, porque «abogado tienen para con el Padre». Su vida, su muerte y su intercesión se interponen todavía entre ellos y la condenación.

17. La convicción de su total impotencia es todavía otra rama de este arrepentimiento. Entiendo por ello dos cosas: primero, que ahora no son más capaces, por sí mismos, de pensar un solo buen pensamiento, de formar un solo buen deseo, de decir una sola buena palabra o de hacer una sola buena obra, de lo que lo eran antes de ser justificados; que todavía no tienen ninguna clase ni grado de fuerza propia; ningún poder ni para hacer el bien ni para resistir el mal; ninguna capacidad para vencer, ni aun para resistir, al mundo, al diablo o a su propia naturaleza mala. Pueden, es cierto, hacer todas estas cosas; pero no por su propia fuerza. Tienen poder para vencer a todos estos enemigos, porque «el pecado ya no se enseñorea de ellos»; pero ese poder no procede de la naturaleza, ni en todo ni en parte; es puro don de Dios; y no se les da todo de una vez, como si tuvieran una provisión guardada para muchos años, sino de momento en momento.

18. Por esta impotencia entiendo, en segundo lugar, una absoluta incapacidad de librarnos de aquella culpabilidad o merecimiento de castigo de que todavía somos conscientes; sí, y una incapacidad de quitar, con toda la gracia que tenemos (por no hablar de nuestras facultades naturales), ya sea el orgullo, la voluntad propia, el amor al mundo, la ira y la propensión general a apartarse de Dios, que sabemos por experiencia que permanecen en el corazón aun de los regenerados; ya el mal que, a pesar de todos nuestros esfuerzos, se adhiere a todas nuestras palabras y acciones. Añádase a esto una total incapacidad de evitar del todo la conversación falta de caridad, y, mucho más, la conversación inútil; y una incapacidad de evitar los pecados de omisión, o de suplir los innumerables defectos de que estamos convencidos, especialmente la falta de amor y de otras disposiciones rectas, tanto para con Dios como para con los hombres.

19. Si alguno no está persuadido de esto, si alguno cree que todo el que está justificado es capaz de quitar estos pecados de su corazón y de su vida, haga la prueba. Pruebe si, con la gracia que ya ha recibido, puede expulsar el orgullo, la voluntad propia o el pecado innato en general. Pruebe si puede limpiar sus palabras y acciones de toda mezcla de mal; si puede evitar toda conversación falta de caridad e inútil, con todos los pecados de omisión; y, por último, si puede suplir los innumerables defectos que todavía halla en sí mismo. No se desanime por una o dos pruebas, sino repita el ensayo una y otra vez; y cuanto más tiempo lo intente, tanto más hondamente se convencerá de su total impotencia en todos estos aspectos.

20. En verdad, es esta una verdad tan evidente que casi todos los hijos de Dios esparcidos por el mundo, por mucho que difieran en otros puntos, convienen generalmente en esto: que, aunque podamos «por el Espíritu mortificar las obras de la carne», resistir y vencer el pecado exterior e interior; aunque podamos debilitar a nuestros enemigos día tras día, no podemos, sin embargo, expulsarlos. Con toda la gracia que se da en la justificación no podemos extirparlos. Por mucho que velemos y oremos, no podemos limpiar del todo ni nuestro corazón ni nuestras manos. Es segurísimo que no podemos, hasta que plazca a nuestro Señor hablar otra vez a nuestro corazón, hablar por segunda vez: «Sé limpio»; y solo entonces es limpiada la lepra. Solo entonces es destruida la mala raíz, la mente carnal, y el pecado innato deja de subsistir. Pero si no hay tal segundo cambio, si no hay una liberación instantánea después de la justificación, si no hay sino una obra gradual de Dios (que hay una obra gradual nadie lo niega), entonces hemos de contentarnos, como mejor podamos, con permanecer llenos de pecado hasta la muerte; y, si es así, hemos de permanecer culpables hasta la muerte, mereciendo continuamente castigo. Porque es imposible que la culpa, o merecimiento de castigo, sea quitada de nosotros mientras todo este pecado permanezca en nuestro corazón y se adhiera a nuestras palabras y acciones. Más aún, en rigurosa justicia, todo lo que pensamos, hablamos y hacemos la aumenta continuamente.

II. 1. En este sentido hemos de arrepentirnos después de ser justificados. Y mientras no lo hagamos, no podemos avanzar más. Porque, mientras no tengamos conciencia de nuestra enfermedad, esta no admite cura. Pero, suponiendo que nos arrepintamos así, entonces somos llamados a «creer al evangelio».

2. Y también esto ha de entenderse en un sentido particular, distinto de aquel en que creímos para ser justificados. Creed las alegres nuevas de la gran salvación que Dios ha preparado para todos los pueblos. Creed que aquel que es «el resplandor de la gloria de su Padre, y la misma imagen de su sustancia», «puede también salvar eternamente a los que por él se allegan a Dios». Él puede salvaros de todo el pecado que todavía permanece en vuestro corazón. Él puede salvaros de todo el pecado que se adhiere a todas vuestras palabras y acciones. Él puede salvaros de los pecados de omisión, y suplir todo lo que os falta. Es verdad que esto es imposible para el hombre; pero para el Dios-Hombre todo es posible. Porque ¿qué puede ser demasiado difícil para aquel que tiene «toda potestad en el cielo y en la tierra»? Ciertamente, su mero poder para hacer esto no es fundamento suficiente de nuestra fe en que lo hará, en que ejercerá así su poder, a menos que lo haya prometido. Pero esto lo ha hecho: lo ha prometido una y otra vez, en los términos más fuertes. Nos ha dado estas «preciosas y grandísimas promesas», tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Así leemos en la ley, en la parte más antigua de los oráculos de Dios: «Y el Señor tu Dios circuncidará tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma». (Deuteronomio 30:6.) Así en los Salmos: «Él redimirá a Israel», el Israel de Dios, «de todos sus pecados». Así en el Profeta: «Entonces esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y guardaréis mis juicios, y los pondréis por obra. Y os guardaré de todas vuestras inmundicias» (Ezequiel 36:25) Así también en el Nuevo Testamento: «Bendito el Señor Dios de Israel, que ha visitado y hecho redención a su pueblo, y nos alzó un cuerno de salvación, del juramento que juró a Abraham nuestro padre, que nos había de dar, que sin temor, librados de nuestros enemigos, le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos los días nuestros» (Lucas 1:68)

3. Tenéis, pues, buena razón para creer que él no solo puede, sino que quiere hacer esto: limpiaros de toda vuestra inmundicia de carne y de espíritu; «guardaros de todas vuestras inmundicias». Esto es lo que ahora anheláis; esta es la fe que ahora necesitáis particularmente, a saber, que el Gran Médico, el Amante de mi alma, quiere limpiarme. Pero ¿quiere hacerlo mañana, o hoy? Que responda él mismo: «Si oyereis hoy» mi «voz, no endurezcáis vuestros corazones». Si lo dejáis para mañana, endurecéis vuestros corazones; rehusáis oír su voz. Creed, pues, que él quiere salvaros hoy. Quiere salvaros ahora. «He aquí ahora el tiempo aceptable». Ahora dice él: «¡Sé limpio!». Solamente creed, y también vosotros hallaréis al instante que «al que cree todo es posible».

4. Sigue creyendo en aquel que te amó y se entregó a sí mismo por ti; que llevó todos tus pecados en su cuerpo sobre el madero; y él te salva de toda condenación por su sangre aplicada continuamente. Así es como permanecemos en estado de justificación. Y cuando vamos «de fe en fe, cuando tenemos fe para ser limpiados del pecado que mora en nosotros, para ser salvos de todas nuestras inmundicias, somos asimismo salvos de toda aquella culpa, de todo aquel merecimiento de castigo que antes sentíamos. De modo que entonces podemos decir no solo:

A cada instante, Señor, me falta

el mérito de tu muerte;

sino también, en la plena certidumbre de la fe:

A cada instante, Señor, poseo

¡el mérito de tu muerte!

Porque, por esa fe en su vida, muerte e intercesión por nosotros, renovada de momento en momento, estamos del todo limpios, y no solo no hay ahora condenación para nosotros, sino que tampoco hay aquel merecimiento de castigo que antes había, pues el Señor limpia tanto nuestro corazón como nuestra vida.

5. Por la misma fe sentimos el poder de Cristo reposando sobre nosotros a cada momento, por el cual únicamente somos lo que somos; por el cual somos capacitados para continuar en la vida espiritual, y sin el cual, a pesar de toda nuestra santidad presente, seríamos demonios al momento siguiente. Pero mientras conservemos nuestra fe en él, «sacamos aguas de las fuentes de la salvación». Recostados sobre nuestro Amado, a saber, Cristo en nosotros, la esperanza de gloria, que habita por la fe en nuestros corazones, y que asimismo intercede siempre por nosotros a la diestra de Dios, recibimos ayuda de él para pensar, hablar y obrar lo que es acepto delante de sus ojos. Así «previene» él a los que creen en todas sus «obras, y los favorece con su continua ayuda»; de modo que todos sus propósitos, conversaciones y acciones son «comenzados, continuados y acabados en él». Así él «limpia los pensamientos de su corazón, por la inspiración de su Santo Espíritu, para que le amen perfectamente y engrandezcan dignamente su santo nombre».

6. Así es como en los hijos de Dios el arrepentimiento y la fe se corresponden exactamente. Por el arrepentimiento sentimos el pecado que permanece en nuestro corazón y se adhiere a nuestras palabras y acciones; por la fe recibimos el poder de Dios en Cristo, que purifica nuestro corazón y limpia nuestras manos. Por el arrepentimiento tenemos todavía conciencia de que merecemos castigo por todas nuestras disposiciones, palabras y acciones; por la fe somos conscientes de que nuestro Abogado para con el Padre intercede continuamente por nosotros, y aparta así continuamente de nosotros toda condenación y castigo. Por el arrepentimiento tenemos una convicción permanente de que no hay ayuda en nosotros; por la fe recibimos no solo misericordia, «sino gracia para el socorro en» todo «tiempo de necesidad. El arrepentimiento niega la posibilidad misma de cualquier otra ayuda; la fe acepta toda la ayuda que necesitamos de aquel que tiene toda potestad en el cielo y en la tierra. El arrepentimiento dice: «Sin él nada puedo hacer»; la fe dice: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece». Por él puedo no solo vencer, sino expulsar a todos los enemigos de mi alma. Por él puedo «amar al Señor mi Dios con todo mi corazón, mente, alma y fuerzas»; sí, y «andar en santidad y en justicia delante de él todos los días de mi vida».

III. 1. De lo dicho podemos aprender fácilmente cuán dañina es aquella opinión de que somos enteramente santificados cuando somos justificados; de que nuestro corazón queda entonces limpio de todo pecado. Es verdad que entonces somos librados, como antes se observó, del dominio del pecado exterior; y, al mismo tiempo, el poder del pecado interior queda tan quebrantado que ya no necesitamos seguirlo ni ser guiados por él; pero de ningún modo es verdad que el pecado interior quede entonces totalmente destruido; que la raíz del orgullo, de la voluntad propia, de la ira, del amor al mundo, sea entonces arrancada del corazón; o que la mente carnal y el corazón inclinado a la apostasía sean enteramente extirpados. Y suponer lo contrario no es, como algunos pueden pensar, un error inocente e inofensivo. No; hace un daño inmenso: cierra por completo el camino a cualquier cambio ulterior; porque es manifiesto que «los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos». Si, pues, pensamos que ya estamos del todo sanos, no hay lugar para buscar ninguna curación ulterior. En este supuesto es absurdo esperar una liberación ulterior del pecado, sea gradual o instantánea.

2. Por el contrario, una honda convicción de que todavía no estamos sanos; de que nuestro corazón no está plenamente purificado; de que todavía hay en nosotros una «mente carnal», que sigue siendo por su naturaleza «enemistad contra Dios»; de que todo un cuerpo de pecado permanece en nuestro corazón, debilitado en verdad, pero no destruido, muestra, fuera de toda posibilidad de duda, la absoluta necesidad de un cambio ulterior. Admitimos que en el mismo momento de la justificación nacemos de nuevo: en ese instante experimentamos aquel cambio interior «de las tinieblas a su luz admirable»; de la imagen de la bestia y del diablo a la imagen de Dios; de la mente terrena, animal y diabólica a la mente que hubo en Cristo Jesús. Pero ¿somos entonces cambiados enteramente? ¿Somos transformados del todo a la imagen de aquel que nos creó? Lejos de ello: todavía retenemos una profundidad de pecado; y es la conciencia de esto lo que nos constriñe a gemir, pidiendo una plena liberación, a aquel que es grande para salvar. De ahí que aquellos creyentes que no están convencidos de la honda corrupción de su corazón, o lo están solo ligeramente y, por así decirlo, en teoría, se preocupen poco por la entera santificación. Quizá sostengan la opinión de que tal cosa ha de suceder, ya en la muerte, ya en algún momento antes de ella, no saben cuándo. Pero no sienten gran desasosiego por carecer de ella, ni gran hambre o sed de ella. No pueden sentirlo hasta que se conozcan mejor a sí mismos, hasta que se arrepientan en el sentido antes descrito, hasta que Dios descubra el rostro del monstruo innato y les muestre el verdadero estado de su alma. Solo entonces, cuando sientan la carga, gemirán por ser librados de ella. Entonces, y no antes, clamarán en la agonía de su alma:

¡Rompe el yugo del pecado innato,

y haz del todo libre mi espíritu!

No hallo reposo hasta ser puro por dentro,

hasta perderme por entero en ti.

3. Podemos aprender de aquí, en segundo lugar, que una honda convicción de nuestro demérito, después de ser aceptados (lo cual en cierto sentido puede llamarse culpa), es absolutamente necesaria para que veamos el verdadero valor de la sangre expiatoria; para que sintamos que la necesitamos tanto después de ser justificados como la necesitábamos antes. Sin esta convicción no podemos menos que tener la sangre del pacto por cosa común, algo de que ahora no tenemos gran necesidad, puesto que todos nuestros pecados pasados están borrados. Sí, pero si tanto nuestro corazón como nuestra vida son así inmundos, hay una especie de culpa que contraemos a cada momento, y que, en consecuencia, nos expondría a cada momento a nueva condenación, si no fuera porque

él vive siempre en lo alto

para interceder por nosotros,

y alega su amor, que todo lo expía,

y su preciosa sangre.

Es este arrepentimiento, y la fe íntimamente unida a él, lo que se expresa en aquellos versos tan fuertes:

Peco en cada aliento que respiro,

ni hago tu voluntad ni guardo tu ley

en la tierra, como los ángeles en lo alto;

mas la fuente sigue abierta todavía,

y lava mis pies, mi corazón, mis manos,

hasta que sea perfeccionado en el amor.

4. Podemos observar, en tercer lugar, que una honda convicción de nuestra total impotencia, de nuestra completa incapacidad para retener nada de lo que hemos recibido, y mucho más para librarnos del mundo de iniquidad que permanece tanto en nuestro corazón como en nuestra vida, nos enseña a vivir verdaderamente de Cristo por la fe, no solo como nuestro Sacerdote, sino como nuestro Rey. Por ello somos llevados a «engrandecerle» de veras; a «darle toda la gloria de su gracia»; a «hacer de él un Cristo completo, un Salvador entero, y a poner verdaderamente la corona sobre su cabeza». Estas excelentes palabras, tal como se han usado con frecuencia, tienen poco o ningún sentido; pero se cumplen en un sentido fuerte y hondo cuando, por así decirlo, salimos de nosotros mismos para ser absorbidos en él; cuando nos hundimos en la nada, para que él sea todo en todos. Entonces, habiendo abolido su gracia todopoderosa «toda altura que se levantaba contra él», toda disposición, pensamiento, palabra y obra «es llevada cautiva a la obediencia de Cristo».

Londonderry, 24 de abril de 1767

Capítulo 15 completado

El arrepentimiento de los creyentes

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