Capítulo 17 · 36 min de lectura · 46 min de escucha
Los medios de gracia
Sermón 16
Los medios de gracia
«Os habéis apartado de mis ordenanzas, y no las guardasteis».
Malaquías 3:7.
I. 1. Pero ¿hay ahora alguna ordenanza, después que la vida y la inmortalidad fueron sacadas a la luz por el evangelio? ¿Hay, bajo la dispensación cristiana, algunos medios ordenados por Dios como los cauces habituales de su gracia? Esta pregunta jamás habría podido plantearse en la iglesia apostólica, a no ser por alguien que se declarara abiertamente pagano; pues todo el cuerpo de los cristianos estaba de acuerdo en que Cristo había ordenado ciertos medios exteriores para comunicar su gracia a las almas de los hombres. Su práctica constante ponía esto fuera de toda discusión; porque mientras «todos los que creían estaban juntos, y tenían todas las cosas en común», (Hechos 2:44, ) «perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, y en el partimiento del pan, y en las oraciones». (Hechos 2:42.)
2. Pero con el correr del tiempo, cuando «el amor de muchos se enfrió», algunos comenzaron a confundir los medios con el fin, y a hacer consistir la religión más en la práctica de aquellas obras exteriores que en un corazón renovado según la imagen de Dios. Olvidaron que «el fin de» todo «mandamiento es el amor nacido de corazón limpio», con «fe no fingida»: el amar al Señor su Dios con todo su corazón, y a su prójimo como a sí mismos; y el ser purificados del orgullo, de la ira y del mal deseo por la «fe de la operación de Dios». Otros parecían imaginar que, aunque la religión no consistía principalmente en estos medios exteriores, había sin embargo en ellos algo con lo que Dios se agradaba; algo que todavía los haría aceptos a sus ojos, aunque no fueran exactos en lo más importante de la ley: en la justicia, la misericordia y el amor de Dios.
3. Es evidente que, en quienes abusaban así de ellos, no conducían al fin para el cual fueron ordenados; antes bien, las cosas que debían haber sido para su salud se les volvieron ocasión de caída. Tan lejos estaban de recibir en ellos bendición alguna, que solo atraían maldición sobre su cabeza; tan lejos de hacerse más celestiales en corazón y en vida, que eran hijos del infierno dos veces más que antes. Otros, viendo con claridad que estos medios no comunicaban la gracia de Dios a aquellos hijos del diablo, comenzaron a sacar de este caso particular una conclusión general: que no eran medios para comunicar la gracia de Dios.
4. Con todo, el número de los que abusaban de las ordenanzas de Dios era mucho mayor que el de los que las despreciaban, hasta que se levantaron ciertos hombres, no solo de gran entendimiento (unido a veces a considerable erudición), sino que además parecían ser hombres de amor, conocedores por experiencia de la verdadera religión interior. Algunos de ellos fueron antorchas que ardían y alumbraban, personas famosas en su generación y de gran mérito ante la iglesia de Cristo, por haberse puesto en la brecha contra los desbordes de la impiedad.
No puede suponerse que estos hombres santos y venerables pretendieran, al principio, otra cosa que mostrar que la religión exterior nada vale sin la religión del corazón; que «Dios es Espíritu, y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren»; que, por tanto, el culto externo es trabajo perdido sin un corazón consagrado a Dios; que las ordenanzas exteriores de Dios aprovechan mucho cuando hacen avanzar la santidad interior, pero, cuando no la hacen avanzar, son inútiles y vanas, más livianas que la vanidad; sí, que cuando se usan, por así decirlo, en lugar de ella, son una completa abominación para el Señor.
5. Pero no es extraño que algunos de ellos, fuertemente convencidos de aquella horrible profanación de las ordenanzas de Dios que se había extendido por toda la iglesia y casi había arrojado del mundo la verdadera religión, —en su ferviente celo por la gloria de Dios y por rescatar a las almas de aquel fatal engaño—, hablaran como si la religión exterior no fuera absolutamente nada, como si no tuviera lugar alguno en la religión de Cristo. No es en absoluto sorprendente que no siempre se expresaran con la debida cautela, de modo que oyentes incautos pudieran creer que condenaban todos los medios exteriores como enteramente inútiles y como no destinados por Dios a ser los cauces ordinarios para comunicar su gracia a las almas de los hombres.
Más aún, no es imposible que algunos de estos hombres santos acabaran por caer ellos mismos en esta opinión; en particular aquellos que, no por elección propia sino por la providencia de Dios, se vieron privados de todas estas ordenanzas; quizá errando de acá para allá sin morada fija, o habitando en cuevas y cavernas de la tierra. Estos, experimentando en sí mismos la gracia de Dios aunque estaban privados de todos los medios exteriores, pudieron inferir que la misma gracia se daría a quienes de propósito deliberado se abstuvieran de ellos.
6. Y la experiencia muestra con cuánta facilidad se propaga esta noción y se insinúa en la mente de los hombres; especialmente de aquellos que han sido despertados del todo del sueño de la muerte y comienzan a sentir el peso de sus pecados como una carga demasiado pesada de llevar. Estos suelen estar impacientes con su estado presente y, probando todos los caminos para escapar de él, están siempre dispuestos a asirse de cualquier novedad, de cualquier nueva propuesta de alivio o de felicidad. Probablemente han probado la mayoría de los medios exteriores y no han hallado alivio en ellos; quizá, más bien, cada vez más remordimiento, temor, tristeza y condenación. Es fácil, por tanto, persuadirlos de que es mejor para ellos abstenerse de todos esos medios. Ya están cansados de esforzarse (según parece) en vano, de trabajar para el fuego; y por eso se alegran de cualquier pretexto para desechar aquello en que su alma no halla placer, para abandonar la penosa lucha y hundirse en una inactividad indolente.
II. 1. En el discurso que sigue me propongo examinar con detenimiento si hay algunos medios de gracia.
Por «medios de gracia» entiendo señales, palabras o acciones exteriores, ordenadas por Dios y establecidas con este fin: ser los cauces ordinarios por los cuales él pueda comunicar a los hombres la gracia preveniente, justificante o santificante.
Uso esta expresión, medios de gracia, porque no conozco otra mejor, y porque se ha usado generalmente en la iglesia cristiana durante muchos siglos; —en particular por nuestra propia Iglesia, que nos manda bendecir a Dios tanto por los medios de gracia como por la esperanza de gloria, y nos enseña que un sacramento es «una señal exterior de una gracia interior, y un medio por el cual la recibimos».
Los principales de estos medios son la oración, ya sea en secreto o con la gran congregación; el escudriñar las Escrituras (lo cual implica leerlas, oírlas y meditar en ellas); y el recibir la Cena del Señor, comiendo el pan y bebiendo el vino en memoria de él. Y creemos que estos han sido ordenados por Dios como los cauces ordinarios para comunicar su gracia a las almas de los hombres.
2. Pero concedemos que todo el valor de los medios depende de que sirvan de hecho al fin de la religión; que, en consecuencia, todos estos medios, separados del fin, son menos que nada y vanidad; que si no conducen realmente al conocimiento y al amor de Dios, no son aceptos a sus ojos; sí, que más bien son abominación delante de él, hedor en su nariz; cansado está de soportarlos. Sobre todo, si se usan como una especie de sustituto de la religión a la que estaban destinados a servir, no es fácil hallar palabras para la enorme necedad y maldad de volver así las armas de Dios contra él mismo; de mantener el cristianismo fuera del corazón por medio de aquellos mismos medios que fueron ordenados para introducirlo en él.
3. Concedemos asimismo que todos los medios exteriores, cualesquiera que sean, separados del Espíritu de Dios, no pueden aprovechar en absoluto, no pueden conducir en grado alguno ni al conocimiento ni al amor de Dios. Sin discusión, el auxilio que se hace en la tierra, él mismo lo hace. Solo él, por su propio poder omnipotente, obra en nosotros lo que es agradable a sus ojos; y todas las cosas exteriores, a menos que él obre en ellas y por medio de ellas, no son más que flacos y pobres rudimentos. Cualquiera, por tanto, que imagine que hay algún poder intrínseco en medio alguno, yerra en gran manera, ignorando las Escrituras y el poder de Dios. Sabemos que no hay poder inherente en las palabras que se dicen en la oración, en la letra de la Escritura leída, en su sonido oído, ni en el pan y el vino recibidos en la Cena del Señor; sino que solo Dios es el Dador de toda buena dádiva, el Autor de toda gracia; que de él es todo el poder por el cual, mediante cualquiera de estas cosas, se comunica alguna bendición a nuestra alma. Sabemos también que él puede dar la misma gracia aunque no hubiera medio alguno sobre la faz de la tierra. En este sentido podemos afirmar que, con respecto a Dios, no existen tales cosas como medios, puesto que él puede igualmente obrar todo lo que le place por medio de cualesquiera, o sin ninguno en absoluto.
4. Concedemos además que el uso de todos los medios, cualesquiera que sean, jamás expiará un solo pecado; que solo por la sangre de Cristo puede un pecador ser reconciliado con Dios, pues no hay otra propiciación por nuestros pecados, ni otro manantial abierto para el pecado y la inmundicia. Todo creyente en Cristo está profundamente convencido de que no hay mérito sino en él; de que no hay mérito alguno en ninguna de sus propias obras; ni en pronunciar la oración, ni en escudriñar la Escritura, ni en oír la palabra de Dios, ni en comer de aquel pan y beber de aquella copa. De modo que, si con la expresión que algunos han usado, «Cristo es el único medio de gracia», no se quiere decir más que esto: que él es la única causa meritoria de ella, nadie que conozca la gracia de Dios puede contradecirla.
5. Una vez más: concedemos, aunque es una triste verdad, que una gran parte de los que se llaman cristianos abusan hasta el día de hoy de los medios de gracia para la perdición de su alma. Así ocurre, sin duda, con todos los que se contentan con la apariencia de piedad, sin su eficacia. O bien presumen neciamente que ya son cristianos porque hacen tal y cual cosa, - -aunque Cristo nunca ha sido revelado en su corazón, ni el amor de Dios derramado en él: — o bien suponen que infaliblemente llegarán a serlo por el solo hecho de usar estos medios; soñando ociosamente (aunque quizá apenas conscientes de ello), o que hay en ellos alguna clase de poder por el cual, tarde o temprano (no saben cuándo), serán ciertamente santificados; o que hay una especie de mérito en usarlos, que con seguridad moverá a Dios a darles la santidad, o a aceptarlos sin ella.
6. Tan poco entienden aquel gran fundamento de todo el edificio cristiano: «Por gracia sois salvos». Sois salvos de vuestros pecados, de su culpa y de su poder; sois restaurados al favor y a la imagen de Dios, no por obras, méritos o merecimientos vuestros, sino por la gracia gratuita, la pura misericordia de Dios, por los méritos de su Hijo muy amado. Sois salvos así, no por ningún poder, sabiduría o fuerza que haya en vosotros o en cualquier otra criatura, sino únicamente por la gracia o el poder del Espíritu Santo, que obra todo en todos.
7. Pero queda la cuestión principal: «Sabemos que esta salvación es don y obra de Dios; pero ¿cómo (puede decir alguien convencido de que no la tiene) puedo yo alcanzarla?». Si respondéis: «¡Cree, y serás salvo!», él replica: «Es verdad; pero ¿cómo he de creer?». Respondéis: «Espera en Dios». «Bien; pero ¿cómo he de esperar? ¿En los medios de gracia, o fuera de ellos? ¿He de esperar la gracia de Dios que trae salvación usando estos medios, o dejándolos a un lado?».
8. No es posible concebir que la palabra de Dios no dé dirección alguna en un punto tan importante; o que el Hijo de Dios, que descendió del cielo por nosotros los hombres y por nuestra salvación, nos haya dejado sin respuesta en una cuestión que toca tan de cerca a nuestra salvación.
Y, de hecho, no nos ha dejado sin respuesta; nos ha mostrado el camino por el que debemos andar. Solo tenemos que consultar los oráculos de Dios, inquirir lo que allí está escrito; y, si nos atenemos sencillamente a su decisión, no puede quedar duda alguna.
III. 1. Conforme a esto, conforme a la decisión de la Sagrada Escritura, todos los que desean la gracia de Dios han de esperarla en los medios que él ha ordenado; usándolos, no dejándolos a un lado.
Y, en primer lugar, todos los que desean la gracia de Dios han de esperarla por el camino de la oración. Esta es la dirección expresa de nuestro Señor mismo. En su Sermón del Monte, después de explicar con detenimiento en qué consiste la religión y de describir sus ramas principales, añade: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se abrirá». (Mateo 7:7, 8.) Aquí se nos manda de la manera más clara pedir, a fin de recibir, o como medio para recibir; buscar, a fin de hallar la gracia de Dios, la perla de gran precio; y llamar, seguir pidiendo y buscando, si queremos entrar en su reino.
2. Para que no quedara duda alguna, nuestro Señor insiste en este punto de una manera más particular. Apela al propio corazón de cada hombre: «¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos», el Padre de los ángeles y de los hombres, el Padre de los espíritus de toda carne, «dará buenas cosas a los que le piden?». (Mateo 7:9–11.) O, como se expresa en otra ocasión, incluyendo todas las cosas buenas en una sola: «¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (Lucas 11:13.) Debe observarse aquí especialmente que las personas a quienes se manda pedir no habían recibido entonces el Espíritu Santo; y, sin embargo, nuestro Señor les manda usar este medio, y promete que sería eficaz: que al pedir recibirían el Espíritu Santo de aquel cuya misericordia está sobre todas sus obras.
3. La absoluta necesidad de usar este medio, si queremos recibir algún don de Dios, se ve aún más en aquel notable pasaje que precede inmediatamente a estas palabras: «Y les dijo», a quienes acababa de enseñar a orar, «¿Quién de vosotros que tenga un amigo, irá a él a medianoche y le dirá: Amigo, préstame tres panes; y aquel, respondiendo desde adentro, le dirá: No me molestes; no puedo levantarme y dártelos? Os digo que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite. Y yo os digo: Pedid, y se os dará». (Lucas 11:5, 7–9.) «Aunque no se los dé por ser su amigo, sin embargo, por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite». ¿Cómo podría nuestro bendito Señor declarar más claramente que podemos recibir de Dios por este medio, pidiendo con importunidad, lo que de otro modo no recibiríamos en absoluto?
4. «Les refirió también otra parábola sobre que es necesario orar siempre, y no desmayar», hasta que por este medio recibieran de Dios cualquier petición que le hicieran: «Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que, viniendo de continuo, me agote la paciencia». (Lucas 18:1–5.) La aplicación de esto la hizo nuestro Señor mismo: «¡Oíd lo que dice el juez injusto!». Porque ella sigue pidiendo, porque no admite negativa, por eso le haré justicia. «¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? Os digo que pronto les hará justicia», si oran y no desmayan.
5. Una dirección igualmente plena y expresa de esperar las bendiciones de Dios en la oración privada, junto con una promesa positiva de que por este medio obtendremos la petición de nuestros labios, nos la ha dado en aquellas conocidas palabras: «Entra en tu cámara, y cerrada tu puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en secreto, te recompensará en público». (Mateo 6:6.)
6. Si es posible que alguna dirección sea más clara, es la que Dios nos ha dado por medio del apóstol con respecto a la oración de toda clase, pública o privada, y a la bendición vinculada a ella: «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente», (si piden; de otro modo, «No tenéis, porque no pedís», (Santiago 4:2, ) «y sin reproche; y le será dada». (Santiago 1:5).
Si se objeta: «Pero esta no es una dirección para los incrédulos, para los que no conocen la gracia perdonadora de Dios; porque el apóstol añade: “Pero pida en fe”; de lo contrario, “no piense que recibirá cosa alguna del Señor”», respondo: El significado de la palabra fe, en este lugar, lo fija el apóstol mismo, como si lo hiciera a propósito para salir al paso de esta objeción, en lo que sigue: «Pida en fe, no dudando nada», sin vacilar en nada,meden dikrinomenos. Sin dudar de que Dios oye su oración y cumplirá el deseo de su corazón.
El absurdo grosero y blasfemo de suponer que la fe, en este lugar, se toma en su pleno sentido cristiano, se ve por lo siguiente: es suponer que el Espíritu Santo manda a un hombre que sabe que no tiene fe (a la que aquí se llama sabiduría) que se la pida a Dios, con la promesa positiva de que le será dada; ¡y que luego añade inmediatamente que no le será dada a menos que la tenga antes de pedirla! Pero ¿quién puede soportar semejante suposición? De esta escritura, pues, así como de las citadas arriba, debemos inferir que todos los que desean la gracia de Dios han de esperarla por el camino de la oración.
7. En segundo lugar, todos los que desean la gracia de Dios han de esperarla escudriñando las Escrituras.
La dirección de nuestro Señor con respecto al uso de este medio es igualmente llana y clara. Escudriñad las Escrituras, dice él a los judíos incrédulos, porque ellas dan testimonio de mí. (Juan 5:39.) Y con este mismo fin les mandó escudriñar las Escrituras: para que creyeran en él.
La objeción de que «esto no es un mandato, sino solo una afirmación de que ellos escudriñaban las Escrituras» es desvergonzadamente falsa. Pido a quienes la esgrimen que nos digan cómo puede expresarse un mandato con más claridad que en estos términos, ereunate tas graphas. Es tan perentorio como pueden hacerlo las palabras.
Y cuán grande es la bendición de Dios que acompaña el uso de este medio se ve por lo que se refiere de los de Berea, quienes, después de oír a san Pablo, «escudriñaban cada día las Escrituras, para ver si estas cosas eran así. Así que creyeron muchos de ellos»; hallaron la gracia de Dios por el camino que él había ordenado. (Hechos 17:11, 12.)
Es probable, en verdad, que en algunos de los que «recibieron la palabra con toda solicitud de ánimo», «la fe vino», como dice el mismo apóstol, «por el oír», y solo fue confirmada por la lectura de las Escrituras; pero ya se observó arriba que bajo el término general de escudriñar las Escrituras se comprenden tanto el oír como el leer y el meditar.
8. Y que este es un medio por el cual Dios no solo da, sino también confirma y aumenta, la verdadera sabiduría, lo aprendemos de las palabras de san Pablo a Timoteo: «Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús». (2 Timoteo 3:15.) La misma verdad (a saber, que este es el gran medio que Dios ha ordenado para comunicar al hombre su multiforme gracia) se enseña, de la manera más plena que pueda concebirse, en las palabras que siguen inmediatamente: «Toda Escritura es inspirada divinamente»; por consiguiente, toda la Escritura es infaliblemente verdadera; «y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia»; a fin de «que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra». (2 Timoteo 3:16, 17.)
9. Debe observarse que esto se dice primaria y directamente de las Escrituras que Timoteo había conocido desde la niñez; las cuales tienen que haber sido las del Antiguo Testamento, pues el Nuevo no estaba escrito todavía. ¡Cuán lejos estaba, pues, san Pablo (aunque «en nada» era «inferior a aquellos grandes apóstoles», ni, por tanto, presumo yo, a ningún hombre que hoy viva sobre la tierra) de tener en poco el Antiguo Testamento! Mirad esto, no sea que un día os «asombréis y perezcáis», vosotros que hacéis tan poco caso de una mitad de los oráculos de Dios. Sí, y de aquella mitad de la cual el Espíritu Santo declara expresamente que es «útil», como medio ordenado por Dios, precisamente para esto: «para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia»; a fin de que «el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruido para toda buena obra».
10. Y no es útil solamente para los hombres de Dios, para quienes andan ya en la luz de su rostro, sino también para quienes están todavía en tinieblas, buscando a aquel a quien no conocen. Así dice san Pedro: «Tenemos también la palabra profética más segura»; literalmente: «Y tenemos la palabra profética más firme»; Kai echomen bebaioteron ton prophetikon logon, confirmada por haber sido nosotros testigos oculares de su majestad y haber oído la voz que vino de la magnífica gloria; a la cual palabra profética —así llama él a las santas Escrituras— hacéis bien en estar atentos, como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones (2 Pedro 1:19.). Por tanto, todos los que desean que ese día amanezca sobre sus corazones, espérenlo escudriñando las Escrituras.
11. En tercer lugar: todos los que desean un aumento de la gracia de Dios han de esperarlo participando de la Cena del Señor; porque también esta es una indicación que él mismo ha dado. «La misma noche en que fue entregado, tomó pan, y lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo»; es decir, la señal sagrada de mi cuerpo: «Haced esto en memoria de mí». Asimismo «tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo testamento», o pacto, «en mi sangre»; la señal sagrada de ese pacto; «haced esto en memoria de mí». «Porque todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga» (1 Corintios 11:23). La exhibís abiertamente por medio de estas señales visibles, delante de Dios, de los ángeles y de los hombres; manifestáis vuestro solemne recuerdo de su muerte, hasta que venga en las nubes del cielo.
solo que «pruébese» primero «cada uno a sí mismo», si entiende la naturaleza y el propósito de esta santa institución, y si de veras desea ser él mismo hecho conforme a la muerte de Cristo; y así, sin dudar nada, «coma de aquel pan, y beba de aquella copa» (1 Corintios 11:28.).
Aquí, pues, el Apóstol repite expresamente la indicación dada primero por nuestro Señor: «Coma; beba»; esthieto, pineto, ambos en modo imperativo;) palabras que no implican un mero permiso, sino un mandamiento claro y explícito; un mandamiento para todos aquellos que, o están ya llenos de paz y gozo en el creer, o pueden decir con verdad: «El recuerdo de nuestros pecados nos es doloroso; su carga nos es intolerable».
12. Y que este es también un medio ordinario y establecido de recibir la gracia de Dios se ve claramente por aquellas palabras del Apóstol que aparecen en el capítulo anterior: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión», o comunicación, «de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?» (1 Corintios 10:16.). ¿No es el comer de aquel pan y el beber de aquella copa el medio exterior y visible por el cual Dios comunica a nuestras almas toda aquella gracia espiritual, aquella justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo, que fueron comprados por el cuerpo de Cristo una vez partido y la sangre de Cristo una vez derramada por nosotros? Por tanto, todos los que de veras desean la gracia de Dios, coman de aquel pan y beban de aquella copa.
IV. 1. Pero, por claramente que Dios haya señalado el camino en que quiere ser buscado, innumerables son las objeciones que hombres sabios en su propia opinión han levantado contra él de tiempo en tiempo. Puede ser necesario considerar algunas de ellas; no porque tengan peso en sí mismas, sino porque se han usado tantas veces, especialmente en estos últimos años, para apartar del camino a los cojos; sí, para turbar y trastornar a los que corrían bien, hasta que Satanás se les presentó como ángel de luz.
La primera y principal de ellas es: «No puedes usar estos medios (como tú los llamas) sin confiar en ellos». Te ruego que me digas: ¿dónde está escrito esto? Espero que me muestres una Escritura clara en apoyo de tu afirmación; de lo contrario, no me atrevo a recibirla, porque no estoy convencido de que tú seas más sabio que Dios.
Si de veras fuera como afirmas, es cierto que Cristo tendría que haberlo sabido. Y si lo hubiera sabido, sin duda nos habría advertido; lo habría revelado hace mucho tiempo. Por tanto, puesto que no lo ha hecho, puesto que no hay ni una tilde de esto en toda la revelación de Jesucristo, estoy tan plenamente seguro de que tu afirmación es falsa como de que esta revelación es de Dios.
«Sin embargo, déjalos por un corto tiempo, para ver si confiabas en ellos o no». ¡De modo que he de desobedecer a Dios para saber si confío en obedecerle! ¿Y tú sostienes abiertamente semejante consejo? ¿Enseñas deliberadamente a «hacer males para que vengan bienes»? ¡Oh, temblad ante la sentencia de Dios contra tales maestros! Su «condenación es justa».
«Pero si te turbas cuando los dejas, es claro que confiabas en ellos». De ninguna manera. Si me turbo cuando desobedezco a Dios voluntariamente, es claro que su Espíritu contiende todavía conmigo; pero si no me turbo ante el pecado voluntario, es claro que he sido entregado a una mente réproba.
Pero ¿qué quieres decir con «confiar en ellos»? ¿Esperar en ellos la bendición de Dios? ¿Creer que, si espero por este camino, alcanzaré lo que de otro modo no alcanzaría? Así lo hago. Y así lo haré, con la ayuda de Dios, hasta el fin de mi vida. Por la gracia de Dios confiaré así en ellos hasta el día de mi muerte; es decir, creeré que todo lo que Dios ha prometido, él es fiel también para cumplirlo. Y puesto que ha prometido bendecirme por este camino, confío en que será conforme a su palabra.
2. En segundo lugar, se ha objetado: «Esto es buscar la salvación por las obras». ¿Conoces el significado de la expresión que usas? ¿Qué es buscar la salvación por las obras? En los escritos de san Pablo significa, o bien buscar ser salvo guardando las obras rituales de la ley mosaica, o bien esperar la salvación a causa de nuestras propias obras, por el mérito de nuestra propia justicia. Pero ¿cómo está implicada ninguna de estas cosas en que yo espere en el camino que Dios ha ordenado, y aguarde que él me salga al encuentro allí, porque ha prometido hacerlo?
Sí espero que él cumpla su palabra, que me salga al encuentro y me bendiga por este camino. Pero no a causa de ninguna obra que yo haya hecho, ni por el mérito de mi justicia, sino únicamente por los méritos, los sufrimientos y el amor de su Hijo, en quien siempre tiene complacencia.
3. En tercer lugar, se ha objetado con vehemencia «que Cristo es el único medio de gracia». Respondo que esto es un mero juego de palabras. Explica tu término, y la objeción se desvanece. Cuando nosotros decimos: «La oración es un medio de gracia», entendemos un canal por el cual se comunica la gracia de Dios. Cuando tú dices: «Cristo es el medio de gracia», entiendes el único precio y el único que la compró; o que «nadie viene al Padre sino por él». ¿Y quién lo niega? Pero esto está completamente fuera de la cuestión.
4. «Pero ¿no nos manda la Escritura» (se ha objetado, en cuarto lugar) «esperar la salvación? ¿No dice David: “Mi alma espera en Dios, porque de él viene mi salvación”? ¿Y no nos enseña Isaías lo mismo, cuando dice: “Oh Señor, a ti hemos esperado”?» Nada de esto puede negarse. Puesto que es don de Dios, sin duda hemos de esperar en él la salvación. Pero ¿cómo hemos de esperar? Si Dios mismo ha señalado un camino, ¿puedes hallar tú un camino mejor de esperarle? Pero que él ha señalado un camino ya se ha mostrado extensamente, y también cuál es ese camino. Las mismas palabras del Profeta que tú citas dejan esto fuera de toda duda. Porque la frase entera dice así: «En el camino de tus juicios», u ordenanzas, «oh Señor, te hemos esperado» (Isaías 26:8.). Y por ese mismo camino esperaba David, como sus propias palabras lo atestiguan abundantemente: «Tu salvación he esperado, oh Señor, y he guardado tu ley. Enséñame, oh Señor, el camino de tus estatutos, y lo guardaré hasta el fin».
5. «Sí», dicen algunos, «pero Dios ha señalado otro camino. — “Estad quietos, y ved la salvación de Dios”».
Examinemos las Escrituras a las que te refieres. La primera de ellas, con su contexto, dice así: —
«Y cuando Faraón se hubo acercado, los hijos de Israel alzaron sus ojos, y temieron en gran manera. Y dijeron a Moisés: ¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad quietos, y ved la salvación del Señor. Y el Señor dijo a Moisés: Di a los hijos de Israel que marchen. Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo. Y los hijos de Israel irán en seco por en medio del mar» (Éxodo 14:10).
¡Esta fue la salvación de Dios, que ellos estuvieron quietos para ver, marchando adelante con todas sus fuerzas!
El otro pasaje en que aparece esta expresión dice así: «Vinieron algunos que dieron aviso a Josafat, diciendo: Contra ti viene una gran multitud de la otra parte del mar. Entonces Josafat tuvo temor, y se dispuso a buscar al Señor, e hizo pregonar ayuno en todo Judá. Y se reunieron los de Judá para pedir socorro al Señor; aun de todas las ciudades vinieron a buscar al Señor. Y Josafat se puso en pie en la asamblea, en la casa del Señor. — Entonces vino el Espíritu del Señor sobre Jahaziel. Y dijo: No temáis ni os amedrentéis delante de esta tan grande multitud. Mañana descenderéis contra ellos: no tendréis que pelear vosotros en esta batalla. Paraos, estad quietos, y ved la salvación del Señor. Y se levantaron de mañana, y salieron. Y cuando comenzaron a cantar y a alabar, el Señor puso emboscadas contra los hijos de Moab, de Amón y del monte de Seir: — y cada cual ayudó a la destrucción de su compañero» (2 Crónicas 20:2).
Tal fue la salvación que vieron los hijos de Judá. Pero ¿cómo prueba todo esto que no debemos esperar la gracia de Dios en los medios que él ha ordenado?
6. Mencionaré solamente una objeción más, que en realidad no pertenece propiamente a este punto; sin embargo, como se ha presentado con tanta frecuencia, no puedo pasarla por alto del todo.
«¿No dice san Pablo: “Si sois muertos con Cristo, ¿por qué os sometéis a ordenanzas?” (Colosenses 2:20.). Por tanto, un cristiano, uno que está muerto con Cristo, no necesita usar más las ordenanzas».
¡De modo que dices: «Si soy cristiano, no estoy sujeto a las ordenanzas de Cristo»! Sin duda, por lo absurdo de esto, has de ver a primera vista que las ordenanzas aquí mencionadas no pueden ser las ordenanzas de Cristo; que tienen que ser por fuerza las ordenanzas judías, a las cuales es cierto que el cristiano ya no está sujeto.
Y lo mismo se ve innegablemente por las palabras que siguen inmediatamente: «No toques, no gustes, no manejes»; todas las cuales se refieren evidentemente a las antiguas ordenanzas de la ley judía.
De modo que esta objeción es la más débil de todas. Y, a pesar de todo, aquella gran verdad ha de permanecer inconmovible: — que todos los que desean la gracia de Dios han de esperarla en los medios que él ha ordenado.
V. 1. Pero, concedido esto, que todos los que desean la gracia de Dios han de esperarla en los medios que él ha ordenado, aún puede preguntarse cómo deben usarse esos medios, tanto en cuanto al orden como en cuanto a la manera de usarlos.
En cuanto a lo primero, podemos observar que hay una especie de orden en que Dios mismo generalmente se complace en usar estos medios para llevar a un pecador a la salvación. Un desdichado necio e insensible va por su propio camino, sin Dios en ninguno de sus pensamientos, cuando Dios viene sobre él de improviso, quizá por un sermón o una conversación que lo despierta, quizá por alguna providencia terrible, o tal vez por un golpe inmediato de su Espíritu que convence, sin medio exterior alguno. Teniendo ahora deseo de huir de la ira venidera, va de propósito a oír cómo puede hacerse. Si halla un predicador que habla al corazón, se queda asombrado y comienza a escudriñar las Escrituras, para ver si estas cosas son así. Cuanto más oye y lee, más convencido queda, y más medita en ello de día y de noche. Quizá halla algún otro libro que explica y hace valer lo que ha oído y leído en la Escritura. Y por todos estos medios las flechas de la convicción se hunden más hondo en su alma. Comienza también a hablar de las cosas de Dios, que están siempre en lo más alto de sus pensamientos; sí, y a hablar con Dios, a orar a él, aunque, por temor y vergüenza, apenas sabe qué decir. Pero, pueda hablar o no, no puede dejar de orar, aunque solo sea con «gemidos indecibles». Sin embargo, dudando de si «el Alto y Sublime, el que habita la eternidad» tendrá en cuenta a un pecador como él, desea orar con los que conocen a Dios, con los fieles, en la gran congregación. Pero allí observa que otros se acercan a la mesa del Señor. Reflexiona: «Cristo ha dicho: “¡Haced esto!”. ¿Cómo es que yo no lo hago? Soy un pecador demasiado grande. No soy apto. No soy digno». Después de luchar un tiempo con estos escrúpulos, se abre paso. Y así continúa en el camino de Dios, oyendo, leyendo, meditando, orando y participando de la Cena del Señor, hasta que Dios, de la manera que a él le place, habla a su corazón: «Tu fe te ha salvado; ve en paz».
2. Observando este orden de Dios podemos aprender qué medios recomendar a cada alma en particular. Si alguno de ellos ha de alcanzar a un pecador necio y descuidado, probablemente será el oír, o la conversación. A tal persona, pues, podríamos recomendarle estos, si alguna vez tiene algún pensamiento acerca de la salvación. A uno que comienza a sentir el peso de sus pecados, no solo el oír la Palabra de Dios, sino también leerla, y quizá otros libros serios, puede ser un medio de convicción más profunda. ¿No podéis aconsejarle también que medite en lo que lee, para que tenga toda su fuerza sobre su corazón? Sí, y que hable de ello, y no se avergüence, particularmente entre los que andan por la misma senda. Cuando la angustia y la pesadumbre se apoderan de él, ¿no deberíais entonces exhortarle con fervor a derramar su alma delante de Dios, a «orar siempre, y no desmayar»? Y cuando siente lo poco que valen sus propias oraciones, ¿no habéis de colaborar con Dios y recordarle que suba a la casa del Señor y ore con todos los que le temen? Pero si hace esto, pronto le será traída a la memoria la palabra que su Señor dijo al morir; señal clara de que este es el momento en que debemos secundar los impulsos del bendito Espíritu. Y así podemos guiarle, paso a paso, por todos los medios que Dios ha ordenado; no según nuestra propia voluntad, sino tal como la providencia y el Espíritu de Dios van delante y abren el camino.
3. Sin embargo, así como no hallamos en la santa Escritura ningún mandamiento de que deba observarse aquí un orden particular, tampoco la providencia y el Espíritu de Dios se ciñen a ninguno sin variación; antes bien, los medios a los que son guiados diferentes hombres, y en los que hallan la bendición de Dios, se varían, se trasponen y se combinan de mil maneras diferentes. Con todo, nuestra sabiduría sigue siendo seguir la dirección de su providencia y de su Espíritu; dejarnos guiar en esto (más especialmente en cuanto a los medios en que nosotros mismos buscamos la gracia de Dios) en parte por su providencia exterior, que nos da la oportunidad de usar unas veces un medio, otras veces otro, y en parte por nuestra experiencia de cuál es aquel por el que su libre Espíritu se complace más en obrar en nuestro corazón. Y entretanto, la regla segura y general para todos los que gimen por la salvación de Dios es esta: — siempre que se presente la oportunidad, usa todos los medios que Dios ha ordenado; porque ¿quién sabe en cuál de ellos te saldrá Dios al encuentro con la gracia que trae salvación?
4. En cuanto a la manera de usarlos, de la cual depende enteramente que comuniquen o no alguna gracia al que los usa, nos conviene, en primer lugar, conservar siempre un vivo sentimiento de que Dios está por encima de todos los medios. Guardaos, pues, de poner límites al Todopoderoso. Él hace lo que quiere y cuando quiere. Puede comunicar su gracia, ya sea dentro o fuera de cualquiera de los medios que ha señalado. Quizá lo haga. «¿Quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?» ¡Aguardad, pues, a cada momento su manifestación! Sea en la hora en que estáis ocupados en sus ordenanzas, o antes, o después de esa hora, o cuando estáis impedidos de ellas: él no está impedido. Siempre está dispuesto, siempre es poderoso, siempre está deseoso de salvar. «El Señor es; ¡haga lo que bien le pareciere!»
En segundo lugar: antes de usar cualquier medio, quede profundamente grabado en vuestra alma: — no hay poder en esto. En sí mismo es una cosa pobre, muerta y vacía; separado de Dios, es una hoja seca, una sombra. Ni hay mérito alguno en que yo lo use; nada intrínsecamente agradable a Dios; nada por lo cual yo merezca favor alguno de sus manos, no, ni una gota de agua para refrescar mi lengua. Pero, porque Dios lo manda, por eso lo hago; porque él me indica que espere por este camino, por eso aquí espero su libre misericordia, de la cual viene mi salvación.
Asentad esto en vuestro corazón: que el opus operatum, la mera obra hecha, de nada aprovecha; que no hay poder para salvar sino en el Espíritu de Dios, ni mérito sino en la sangre de Cristo; que, por consiguiente, aun lo que Dios ordena no comunica gracia alguna al alma si no confiáis solo en él. Por otra parte, el que de veras confía en él no puede quedar privado de la gracia de Dios, aunque fuera apartado de toda ordenanza exterior, aunque estuviera encerrado en el centro de la tierra.
En tercer lugar: al usar todos los medios, buscad solamente a Dios. En toda cosa exterior, y a través de ella, mirad únicamente al poder de su Espíritu y a los méritos de su Hijo. Guardaos de quedaros detenidos en la obra misma; si lo hacéis, todo es trabajo perdido. Nada inferior a Dios puede satisfacer vuestra alma. Por tanto, ponedle los ojos a él en todo, a través de todo y por encima de todo.
Recordad también que habéis de usar todos los medios como medios; como ordenados no por causa de sí mismos, sino para la renovación de vuestra alma en justicia y verdadera santidad. Si, pues, tienden de hecho a esto, bien; pero si no, son estiércol y escoria.
Por último: después de haber usado cualquiera de ellos, cuidad de no estimaros a vosotros mismos por ello, de no felicitaros como si hubierais hecho alguna gran cosa. Esto es convertirlo todo en veneno. Pensad: «Si Dios no estaba allí, ¿de qué sirve esto? ¿No he estado añadiendo pecado a pecado? ¿Hasta cuándo? ¡Oh Señor, sálvame, que perezco! ¡Oh, no me imputes este pecado!» Si Dios estaba allí, si su amor fluyó en vuestro corazón, habéis olvidado, por así decirlo, la obra exterior. Veis, sabéis, sentís que Dios es todo en todos. Humillaos. Postraos delante de él. Dadle toda la alabanza. «Que en todas las cosas sea Dios glorificado por Cristo Jesús». Clamen todos vuestros huesos:» ¡Las misericordias del Señor cantaré siempre; con mi boca haré notoria tu verdad de generación en generación!»
Capítulo 17 completado
Los medios de gracia