Sermones en diversas ocasiones
Sobre las diversiones públicas

Capítulo 141 · 18 min de lectura · 23 min de escucha

Sobre las diversiones públicas

Sermón 140

Sobre las diversiones públicas

«¿Se tocará la trompeta en la ciudad, y no temerá el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual el Señor no haya hecho?».

Amós 3:6.

Bien será si no hay aquí demasiados a quienes tocan muy de cerca estas palabras del profeta, cuyo sentido llano parece ser este: ¿Hay en el mundo hombres tan estúpidos e insensibles, tan del todo faltos de la razón común, tan descuidados de su propia seguridad o destrucción y de la de sus vecinos, que, cuando se da la alarma de juicios que se acercan, no muestren señal alguna de aprensión? ¿que no tomen cuidado alguno para prevenirlos, sino que sigan adelante tan confiados como si no se hubiera dado alarma alguna? ¿No saben todos los hombres que cualquier mal que les sobreviene, les sobreviene por disposición de Dios; y que él dispone todo mal de esta vida para advertir a los hombres que eviten males aún mayores? ¿que permite estas señales más leves de su desagrado para despertar a la humanidad, a fin de que huya de su venganza eterna y, sintiendo una parte de ella, sea advertida a tiempo para cambiar de tal modo sus caminos que no se levante todo su desagrado?

Me propongo, al hablar de este asunto, mostrar, en primer lugar, que no hay mal en ningún lugar en que no esté la mano del Señor.

En segundo lugar, que todo mal extraordinario es la trompeta de Dios tocada en aquel lugar, para que el pueblo se dé por advertido.

En tercer lugar, considerar si, después de que Dios ha tocado su trompeta en este lugar, hemos temido como debíamos.

He de mostrar, en primer lugar, en pocas palabras, que no hay mal en ningún lugar en que no esté la mano del Señor. Ningún mal, es decir, ninguna aflicción o calamidad, sea de naturaleza pública o privada, ya concierna solo a una persona o a unas pocas, ya alcance a muchas, o a todas, en el lugar adonde llega. Cualquier circunstancia que ocasione pérdida o dolor a un hombre, o a un número de hombres, puede en ese respecto llamarse un mal; y de tales males habla el profeta en estas palabras.

De tales males hemos de creer que nunca suceden sino con el conocimiento y el permiso de Dios. Y de todo mal semejante podemos decir que el Señor lo ha hecho, ya por su propio poder inmediato, por la fuerza de su propia diestra, ya mandando, o bien permitiendo, que lo hagan aquellos siervos suyos que hacen su voluntad. Porque el Señor es Rey, por mucho que se impaciente el pueblo; sí, el gran Rey de toda la tierra. Todo cuanto se hace, pues, en toda la tierra (exceptuado solo el pecado), él mismo lo hace. El Señor Dios Todopoderoso reina todavía; y todas las cosas le están tan sujetas que su voluntad ha de hacerse, convengamos en ello o no, como en el cielo, así también en la tierra. No solo sus benditos ángeles, sino todas las cosas le sirven en todos los lugares de su señorío: a aquellos espíritus malignos que gobiernan las tinieblas de este mundo, y a los hombres que se les asemejan, los gobierna por constreñimiento; a las partes insensibles y brutas de la creación, por naturaleza; y a los hombres que se asemejan a Dios, por elección. Pero, sea como fuere, con elección propia o sin ella, todos obran en obediencia a su voluntad; y particularmente cuando, en el juicio, él se acuerda de la misericordia y permite un mal menor para prevenir otro mayor. Entonces, al menos, hemos de reconocer la mano de Dios en cualesquiera instrumentos de que se sirva. Poco importa que ejecute su propósito por las potestades del cielo o del infierno, o por los errores, el descuido o la malicia de los hombres. Si un ángel destructor marcha contra una ciudad o una comarca, es Dios quien le da poder para destruir. Si los hombres malos afligen a uno o más de sus semejantes, los impíos son una espada suya. Si el fuego, el granizo, el viento o la tempestad se sueltan sobre la tierra, con todo, no hacen sino ejecutar su palabra. Tan cierto es que no hay mal en ningún lugar que el Señor, en este sentido, no haya hecho.

He de probar, en segundo lugar, que todo mal extraordinario es la trompeta de Dios tocada en el lugar adonde llega, para que el pueblo se dé por advertido.

Toda aflicción privada es sin duda la voz de Dios, por la cual llama a esa persona a que huya a él en busca de socorro. Pero si sobreviene alguna aflicción extraordinaria, sobre todo cuando muchas personas se ven envueltas en ella, no solo podemos decir que en esto Dios nos habla, sino que el Dios de gloria truena. ¡Esta voz del Señor es con potencia! ¡Esta voz del Señor es llena de majestad! Esto demanda la más honda atención de todos aquellos a quienes llega. Esto reclama en alta voz la más seria consideración, no solo de aquellos a quienes es enviado de modo particular, sino de todos los que están en derredor de ellos. Esto, como una voz del cielo, manda que todo el pueblo tema, ¡que tiemble ante la presencia de Dios!, que cada uno sienta y muestre aquel temor religioso, aquella sagrada reverencia ante la majestad de Dios, que es a la vez el principio y la perfección de la sabiduría; aquel temor que debería hacerles apresurarse a hacer todo cuanto el Señor su Dios les manda, y cuidar de no apartarse de ello ni a diestra ni a siniestra.

No hace falta usar muchas palabras para probar esto, después de lo que ya se ha probado. Porque si no hay mal en ningún lugar que el Señor no haya hecho, y si él no envía de buena gana el mal sobre ningún lugar, sino solo para advertir a sus moradores que eviten males mayores, entonces es claro que, dondequiera que haya algún mal, es la trompeta de Dios tocada en aquel lugar, a fin de que el pueblo tema de tal manera que no persista en nada que le desagrade. Entonces es claro que, en todo mal misericordioso de esta clase, Dios habla en este sentido: «¡Quién diera que este pueblo tuviese tal corazón, que me temiese, y guardase todos los días mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos después de ellos les fuese bien!».

En tercer lugar, he de considerar ahora más por extenso qué señales hemos dado de este temor sabio y agradecido.

Primero. Consideremos cómo Dios ha tocado su trompeta en este lugar; y, en segundo lugar, si hemos temido como debíamos.

Consideremos, en primer lugar, cómo Dios ha tocado su trompeta entre nosotros los de este lugar. Y para que nunca se olvide, sería muy de desear no solo que los padres lo contasen a sus hijos, a fin de que lo supiera su posteridad, y los hijos que aún no han nacido, sino también que se escribiese en nuestro registro público, como memorial permanente para todas las generaciones: que en la misma semana, y en el mismo día, en que aquella diversión que ha tenido no pequeña parte en trastornar el mundo cristiano iba a introducirse también aquí, estalló un incendio como ni nosotros ni nuestros padres habíamos visto en este lugar; un incendio que pronto se extendió no sobre una sola, sino sobre varias casas de vivienda; que avanzó con tal furia que pronto venció la débil resistencia que se le hizo, y no dejó en pie de la mayor parte de los edificios que alcanzó sino lo justo para avivar nuestro recuerdo de él. Cuéntese que quienes venían preparados para otro espectáculo fueron agasajados con el de las llamas devoradoras; un espectáculo que duró todo el tiempo de la diversión proyectada, y que se veía con demasiada claridad, junto con las ígneas columnas de humo que aumentaban su horror, desde el mismo lugar que se había escogido como escenario de aquella diversión.

Este es el puro hecho. Y aun a partir de él, juzgue cualquiera en quien haya espíritu de hombre si la trompeta de Dios no ha sonado bastante entre nosotros los de este lugar. ¿Y da esta trompeta sonido incierto? ¿Cómo querríais que Dios hablase más claro? ¿Deseáis que el Señor truene también desde el cielo y envíe granizo y carbones de fuego? No; digamos más bien: «¡Basta! No hables más, Señor, porque tus siervos oyen. Aquellos a quienes has hablado con mayor severidad temen, y te buscan de todo su corazón. Resuelven no dilatar el tiempo, sino ahora mismo, con tu ayuda misericordiosa, mirar bien si hay en ellos camino de perversidad, y volver sus pies al camino eterno; renunciar a todo lo que es malo delante de tus ojos; sí, al pecado que más fácilmente los rodea; y emplear toda su diligencia en el tiempo venidero para hacer firme su vocación y elección. Aquellos a quienes has hablado por la desgracia de sus vecinos temen igualmente ante tus señales, y reconocen que fue pura bondad tuya que ellos también y sus bienes no fuesen consumidos. Asimismo se proponen firmemente en sí mismos hacer el verdadero uso de tu advertencia misericordiosa; trabajar más y más, día tras día, por purificarse de todo pecado, de todo afecto terreno, para que sean aptos para estar en la presencia de aquel Dios que es él mismo “fuego consumidor”».

Pero ¿hemos temido en verdad de este modo, como debíamos? Esto es lo que ahora ha de considerarse. Y como no podemos ver los corazones de los demás, formemos nuestro juicio por sus acciones, lo cual se hará mejor con un relato llano, del que cada uno que lo oiga puede fácilmente decir si es verdadero o falso.

Al día siguiente de aquel en que la voz de Dios nos había mandado de manera tan terrible cambiar nuestra alegría en tristeza, la diversión que ella había interrumpido se reanudó con igual afán. Multitudes salieron en tropel de aquella misma ciudad en que la destrucción se había obrado el día antes, ¡y pasaron precipitadamente junto al lugar de la desolación camino del lugar del entretenimiento! Aquí podíais ver el suelo cubierto de montones de ruinas, mezclados con fuego aún no apagado; un poco más allá, el suelo igual de cubierto de caballos y de hombres que se apresuraban a ver otro espectáculo nuevo. De este lado estaban los dolientes, lamentando la pérdida de sus bienes y las necesidades de sus familias; del otro, los que festejaban, deleitándose en el deporte que habían conseguido. Ciertamente, semejante mezcla de alegría y tristeza, de festín y de duelo, de risa y de llanto, no se ha visto desde el día en que nuestros antepasados llegaron por primera vez a esta tierra hasta ayer.

¡Tal es el temor que hemos mostrado de la ira de Dios! ¡Así hemos temido después de que él tocó su trompeta entre nosotros! ¡Estas son las señales que hemos dado de nuestra resolución de evitar cuanto desagrada a sus ojos! ¡Así hemos probado cómo nos proponemos evitar en particular aquella diversión de la que él nos ha dado una razón tan terrible para creer que está lejos de agradarle! No que esta sea la única razón que tenemos para creerlo así. Además de este último y triste argumento contra ella, tenemos tantos otros que cualquier cristiano serio hallaría difícil responderlos. Pero solo tengo tiempo para mencionar de pasada algunas de las consecuencias que nunca se han separado de ella.

Antes de mencionarlas, no es necesario que diga si la diversión es pecaminosa en sí misma, considerada simplemente, o no. Si alguno puede hallar una carrera que no tenga ninguna de estas consecuencias, vaya a ella en el nombre de Dios. Solo que, hasta que halle una que no dé ocasión a estas o a semejantes villanías, el que invoca el nombre de Cristo guárdese de alentarlas en modo alguno.

Una cosa más quisiera que se observase: que tan lejos está de ser falta de caridad advertir a personas bienintencionadas de la tendencia de estas diversiones, que cuanto más clara y enérgicamente se la presenta alguien, tanto más caritativo es con ellas. Esto puede aclararse con una comparación muy sencilla. Veis el vino cuando resplandece en la copa, y vais a beber de él. Yo os digo: ¡hay veneno en él!, y, por tanto, os ruego que lo arrojéis. Respondéis: «El vino es inofensivo en sí mismo». Yo replico: Quizá lo sea; pero, aun así, si está mezclado con lo que no es inofensivo, nadie en su sano juicio, si al menos lo sabe, a menos que pudiera separar lo bueno de lo malo, pensará siquiera en beberlo. Si añadís: «No es veneno para mí, aunque lo sea para otros», entonces digo: Arrójalo por amor de tu hermano, no sea que lo animes a beber también. ¿Por qué ha de ocasionar tu fortaleza que perezca tu hermano débil, por el cual Cristo murió? Juzgue ahora cualquiera quién es la persona falta de caridad: el que aboga contra el vino o la diversión por amor de su hermano, o el que aboga contra la vida de su hermano por amor del vino o de las diversiones.

Toda la duda que puede haber es esta: «¿Hay veneno en esta diversión que se supone inofensiva en sí misma?». Para aclararlo, observemos, en primer lugar, la mentira notoria que siempre va unida a ella; las diversas clases de engaño y fraude; los horribles juramentos y maldiciones que constantemente la acompañan, con los que se blasfema el nombre de nuestro Señor Dios, bendito para siempre. ¿Cuándo o dónde se conoció jamás esta diversión sin estas terribles consecuencias? ¿Quién estuvo jamás un solo día presente en uno de estos entretenimientos sin ser él mismo testigo de algunas de ellas? Y ciertamente estas solas, aunque no tuviéramos otras malas consecuencias que imputar a esta diversión, bastan, hasta que se halle un modo de purgarla de ellas, para hacer que Dios y todos los hombres sabios la aborrezcan.

Pero, además de estas, la acusamos, en segundo lugar, de ofrecer el medio más propicio para ejercitar y aumentar la codicia. Esto lo hace por la ocasión que da a todos los que gustan de hacer apuestas unos con otros, lo cual comúnmente trae un deseo tan fuerte de poseer lo ajeno que difícilmente cesará cuando se haya decidido aquel solo punto, sino que muy probablemente dejará en la mente tal sed que no la saciarán todas las ganancias del mundo. ¿Y qué compensación puede dar el frívolo deporte de mil personas por una sola alma así corrompida y arruinada? Por tanto, también por esta causa, hasta que se conozca un modo de librar de este peligro a todos los que lo frecuentan, bien puede este deporte ser en sí mismo abominación para Aquel que estima una sola alma en más que el mundo entero.

¿No podemos temer con razón que sea abominación al Señor a causa de un tercer efecto suyo? ¿porque es tan propenso a inflamar aquellas pasiones que él con tanto empeño nos manda apagar? ¿porque muchos se acaloran en tales ocasiones como no deberían acalorarse en ocasión alguna? Aun suponiendo que sea posible que un hombre se aíre y no peque, difícilmente lo será en tales ocasiones, ni en el grado en que comúnmente se aíran quienes se aíran en ellas. Que también esta consecuencia la separe de tal diversión quien quiera impedir que desagrade a Dios.

Hasta que esto se haga, nadie diga: «¿Qué daño hay en una carrera de caballos?». Pero si alguno aún hiciera esa pregunta, podemos responder todavía más en particular: ¿Sois jóvenes y deseáis ir? Entonces es probable que vayáis o a ver o a ser vistos; a admirar otros vistosos espectáculos, o a ser admirados vosotros mismos. El daño de esto es que alimenta aquella amistad que es enemistad con Dios. Fortalece aquellos afectos que ya son demasiado fuertes, — la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Todas las diversiones de esta clase son los instrumentos más nobles que tiene el diablo para llenar la mente de pasiones terrenas, sensuales, diabólicas; para haceros de espíritu liviano y frívolo; en una palabra, para haceros amadores de los deleites más que amadores de Dios. ¿Sois de edad avanzada los que deseáis ir, y por tanto menos expuestos a tales tentaciones? Guardaos de que vuestro corazón no os engañe. Pero aun suponiendo que sea como pensáis, ¿no os ha hecho daño bastante si ha impedido a alguno de vosotros participar del bendito sacramento? ¿si, al estorbar ya aquel serio examen, ya aquella devoción privada que sabiamente practicáis antes de acercaros a él, ha ocasionado que descuidéis acercaros a esta santa mesa; y así no solo desobedecer un mandamiento claro de Dios, sino también perder todos aquellos inestimables beneficios que allí se ofrecen a los que le obedecen? ¿Sois ricos los que deseáis ir? Entonces probablemente habéis dado algo para ella. Es decir, ¡habéis arrojado aquella semilla que podía haber dado fruto para la eternidad! ¡Habéis arrojado una parte de aquel talento con el cual, de haberlo empleado bien, habríais podido ganar para siempre! Habéis perdido del todo lo que Dios mismo, si se lo hubierais prestado, os habría devuelto con creces. Porque lo habéis dado a quienes ni lo necesitan, ni quizá os lo agradecen; mientras que, si lo hubierais dado a vuestros hermanos desvalidos, vuestro bendito Redentor lo habría estimado como hecho a él mismo, y os habría tratado en consecuencia en el gran día. ¿Sois pobres, y habéis ido o dado algo a esta diversión? Entonces a vosotros os ha hecho más daño que a nadie. Os ha hecho arrojar, por un ocioso deporte fuera de casa, lo que vuestra mujer y vuestra familia necesitaban en casa. Si es así, habéis negado la fe y sois mucho peores que un infiel. Pero suponed que no os costara dinero: ¿no fue daño bastante si os costó algo de vuestro tiempo? ¿Qué teníais que hacer corriendo tras diversiones frívolas, cuando debíais estar ocupados en un trabajo honrado? Ciertamente, si los ricos piensan que Dios les ha dado más de lo que necesitan (aunque bien será que no piensen un día de otro modo), vosotros, al menos, no tenéis tentación de pensarlo así. Basta a vuestro día su trabajo.

Solo me quedan unas pocas palabras que añadir, — y estas no las digo a los que no quieren oír, cuyos afectos están puestos en este mundo y cuyos ojos, por tanto, están cegados por él; sino que las digo a aquellos en quienes hay un corazón entendido y un espíritu que discierne; — que, si antes erraron, están ahora resueltos, por la gracia de Dios, a no volver más al error de sus caminos, sino, en el tiempo venidero, no solo a evitar, sino también a oponerse con empeño a todo cuanto es contrario a la voluntad de Dios. A estos les digo: ¿Sois jóvenes? Tanto más despreciad todas las ocupaciones que son inútiles, y mucho más si son pecaminosas; porque vosotros sois aquellos cuya sabiduría y gloria es acordarse de su Creador en los días de su juventud. ¿Sois mayores? Tanto más emplead todo el tiempo que podáis ahorrar de los negocios necesarios de esta vida en prepararos a vosotros mismos y a los que os rodean para su entrada en una vida mejor. Porque vuestro día está muy avanzado; vuestra noche está a las puertas. Redimid, pues, el poco tiempo que os queda. ¿Sois ricos? Entonces tenéis particular razón para trabajar a fin de ser ricos en buenas obras; porque vosotros sois aquellos a quienes mucho se ha dado, no para que lo arrojéis, sino para que lo uséis bien y sabiamente; y de vosotros mucho se demandará. ¿Sois pobres? Entonces tenéis particular razón para trabajar con vuestras manos, a fin de proveer para los de vuestra casa. Y cuando habéis hecho esto no lo habéis hecho todo; porque entonces habéis de trabajar para tener qué dar al que padece necesidad, — no al que necesita diversiones, sino al que necesita lo indispensable para la vida, — al que necesita ropa con que cubrirse, alimento con que sustentar su vida, o una casa donde recostar su cabeza.

¿Qué queda, sino que trabajemos todos y cada uno, jóvenes y viejos, ricos y pobres, por borrar de nuestra ciudad y de nuestro pueblo el escándalo pasado? En primer lugar, oponiéndonos hasta lo sumo, en el tiempo venidero, de palabra y de obra, entre nuestros amigos y con todos aquellos con quienes tratamos, a esta desdichada diversión que tiene consecuencias tan terriblemente dañinas; haciendo todo lo que nos sea posible por impedir que vuelva a venir entre nosotros. Y, en segundo lugar, mostrando toda la misericordia que podamos a nuestros vecinos afligidos, según Dios nos haya prosperado; y, con este socorro oportuno, atesorando para nosotros mismos buen fundamento para el día de la necesidad. En tercer lugar, con nuestra constante asistencia al culto público de Dios y a su bendito sacramento, y con una vida vigilante, caritativa y piadosa. Dando así la más noble prueba ante los hombres y los ángeles de que, aunque aun después de ser turbados obramos mal, con todo, al considerar más hondamente cómo Dios ha tocado su trompeta entre nosotros, temimos. Entonces diremos con un corazón despierto: He aquí, el Señor nuestro Dios nos ha mostrado su gloria y su grandeza, y hemos oído su voz de en medio del fuego. Ahora, pues, mientras hay tiempo, apartemos lejos de nosotros todo anatema: «Porque si volvemos a oír la voz del Señor nuestro Dios, moriremos».

Capítulo 141 completado

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