Capítulo 140 · 16 min de lectura · 21 min de escucha
Sobre el amor
Sermón 139
Sobre el amor 154154Predicado en Savannah, el 20 de febrero de 1736
«Y si repartiese toda mi hacienda para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve».
1 Corintios 13:3.
[1.] Hay mucha razón para temer que de la mayoría de vosotros, los que estáis aquí presentes, se dirá un día que esta escritura, como todas las que habéis oído antes, de nada os sirvió. Algunos, quizá, no son lo bastante serios para prestarle atención; algunos que sí le prestan atención no la creerán; algunos que sí la creen la tendrán, sin embargo, por palabra dura, y así la olvidarán tan pronto como puedan; y de aquellos pocos que la reciben con gozo por algún tiempo, algunos, por no tener raíz de humildad ni de negación de sí mismos, cuando venga la persecución por causa de la palabra, preferirán apartarse antes que padecer por ella. Más aún, incluso de aquellos que le prestan atención, que la creen, la recuerdan, sí, y la reciben tan hondamente en su corazón que echa allí raíz, resiste el calor de la tentación y comienza a dar fruto, no todos, con todo, llevarán fruto a la perfección. Los afanes o los placeres del mundo, y la codicia de otras cosas (que quizá no se sentía hasta entonces), crecerán junto con la palabra y la ahogarán.
[2.] Ni yo, que hablo la palabra de Dios, estoy más a salvo de estos peligros que vosotros que la oís. También yo tengo que lamentar «un corazón malo de incredulidad». Y cuando quiera que Dios permita que se levante la persecución, sí, aunque no fuese más que la leve del oprobio, puedo ser yo el primero en escandalizarme. O, si se me concede soportar esta, con todo, si él soltase sobre mí los afanes del mundo, o dejase de guardarme de aquellos placeres que no conducen a él, y de la codicia de otras cosas [distintas de conocerlo y amarlo], sin duda sería abrumado y, habiendo predicado a otros, vendría yo mismo a ser reprobado.
[3.] ¿Por qué, entonces, hablo siquiera esta palabra? ¿Por qué? Porque se me ha encomendado una dispensación del evangelio; y aunque no sé lo que haré mañana, hoy predicaré el evangelio. Y en cuanto a vosotros, mi comisión dice así: «Hijo de hombre, yo te envío a ellos, y les dirás: Así ha dicho el Señor Dios; — escuchen, o dejen de escuchar».
[4.] Así ha dicho el Señor Dios: «Quienquiera que seas tú que quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». (Para esto, «cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo»). «No dejes de congregarte, como algunos tienen por costumbre». Asimismo, en secreto, «ora a tu Padre que ve en secreto», y «derrama delante de él tu corazón». Haz de mi palabra «lámpara a tus pies y lumbrera a tus caminos». Guárdala «en tu corazón y en tu boca, estando en tu casa, andando por el camino, al acostarte y cuando te levantes». «Conviértete a mí con ayuno», así como con oración; y, en obediencia a tu Redentor moribundo, comiendo este pan y bebiendo esta copa, «anunciad la muerte del Señor hasta que venga». Por el poder que mediante estos medios recibirás de lo alto, haz todas las cosas que se mandan en la ley, y evita todas las que en ella se prohíben, sabiendo que si ofendéis en un punto, sois culpables de todos». «Y de hacer bien y de compartir no os olvidéis»; — sí, mientras tengáis tiempo, haced todo el bien que podáis a todos los hombres. Luego «niégate a ti mismo, toma tu cruz cada día»; y, si a ello eres llamado, «resiste hasta la sangre». Y cuando cada uno de vosotros pueda decir: «Todo esto he hecho», diga entonces además para sí (palabras ante las cuales no solo uno como Félix, sino el alma más santa sobre la tierra podría temblar): «Y si repartiese toda mi hacienda para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve».
Nos importa a todos, por tanto, en el más alto grado, conocer:
I. El pleno sentido de estas palabras: «Y si repartiese toda mi hacienda para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado»;
II. El verdadero significado de la palabra amor; y,
III. En qué sentido puede decirse que sin amor todo esto de nada nos sirve.
I. En cuanto a lo primero: debe observarse que la palabra que usa San Pablo significa propiamente dividir en pequeños trozos, y luego distribuir lo que así se ha dividido; y, por consiguiente, implica no solo despojarnos de una vez de todos los bienes terrenales que poseemos, ya sea por un arranque de hastío del mundo o por un súbito impulso de devoción, sino un acto de elección, y esa elección ejecutada con calma y con firmeza. Puede implicar también que esto se haga no por vanidad, sino en parte por un principio recto; a saber, por el propósito de cumplir el mandamiento de Dios y el deseo de obtener su reino. Debe observarse además que la palabra entregar significa hacer entrega efectiva de una cosa conforme a lo convenido; y, en consecuencia, implica, como la palabra anterior, no una acción precipitada e irreflexiva, sino una realizada con los ojos abiertos y con un corazón decidido, en cumplimiento de una resolución tomada de antemano. El pleno sentido de las palabras, por tanto, es este; el que tiene oídos para oír, oiga: «Aunque diese toda la hacienda de mi casa para dar de comer a los pobres; aunque lo hiciese tras madura elección y deliberación; aunque pasase mi vida repartiéndosela con mis propias manos, sí, y eso por un principio de obediencia; aunque sufriese, con la misma mira, no solo oprobio y vergüenza, no solo cadenas y cárceles, y todo ello por mi propio acto y voluntad sostenidos, sin aceptar la liberación, sino además la muerte misma, — sí, una muerte infligida del modo más terrible para la naturaleza; con todo, si no tengo amor (el amor de Dios y el amor de toda la humanidad, “derramado en mi corazón por el Espíritu Santo que me es dado”), de nada me sirve».
II. Indaguemos qué es este amor, — cuál es el verdadero significado de la palabra. Podemos considerarlo ya en cuanto a sus propiedades, ya en cuanto a sus efectos; y, para no estar expuestos a posibilidad alguna de error, no tendremos en cuenta en absoluto el juicio de los hombres, sino que iremos a nuestro Señor mismo en busca de una explicación de la naturaleza del amor, y, en cuanto a sus efectos, a su apóstol inspirado.
El amor que nuestro Señor requiere de todos sus seguidores es el amor a Dios y al hombre; — a Dios, por él mismo, y al hombre, por amor de Dios. Ahora bien, ¿qué es amar a Dios sino deleitarse en él, regocijarse en su voluntad, desear continuamente agradarle, buscar y hallar en él nuestra felicidad, y tener sed día y noche de gozarlo más plenamente?
En cuanto a la medida de este amor, nuestro Señor nos ha dicho claramente: «Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón». No que no hayamos de amar ni deleitarnos en nada fuera de él; porque él nos ha mandado no solo amar a nuestro prójimo, es decir, a todos los hombres, como a nosotros mismos; — desear y procurar su felicidad tan sincera y constantemente como la nuestra, — sino también amar a muchas de sus criaturas en el sentido más estricto; deleitarnos en ellas, gozarlas: solo que de tal modo y en tal medida que, según sabemos y sentimos, no nos indispongan, sino que nos preparen para el gozo de Él. Así, pues, somos llamados a amar a Dios de todo nuestro corazón.
Los efectos o propiedades de este amor los describe el apóstol en el capítulo que tenemos delante. Y como todos ellos son señales infalibles por las cuales cualquier hombre puede juzgarse a sí mismo, si tiene este amor o no lo tiene, merecen nuestra más honda consideración.
«El amor es sufrido», o es paciente. Si amas a tu prójimo por amor de Dios, soportarás largamente sus flaquezas: si le falta sabiduría, tendrás compasión de él y no lo despreciarás; si está en error, procurarás con mansedumbre recobrarlo, sin aspereza ni reproche alguno; si es sorprendido en alguna falta, trabajarás por restaurarlo con espíritu de mansedumbre; y si, por ventura, eso no puede hacerse pronto, tendrás paciencia con él, por si quizá Dios lo lleva al fin al conocimiento y al amor de la verdad. En todas las provocaciones, ya nazcan de la flaqueza o de la malicia de los hombres, te mostrarás modelo de dulzura y mansedumbre; y, por muy a menudo que se repitan, no serás vencido de lo malo, sino que vencerás con el bien el mal. Nadie os engañe con palabras vanas: el que no es así sufrido, no tiene amor.
Además: «El amor es benigno». Todo aquel que siente el amor de Dios y del hombre derramado en su corazón, siente una sed ardiente e ininterrumpida de la felicidad de todos sus semejantes. Su alma se derrite en el ferviente deseo que tiene continuamente de promoverla; y de la abundancia del corazón habla su boca. En su lengua está la ley de la bondad. Esa misma ley queda impresa en todas sus acciones. La llama interior obra continuamente hacia fuera y se extiende más y más, en toda muestra de buena voluntad hacia todos aquellos con quienes tiene trato. De modo que, ya piense o hable, o haga lo que haga, todo apunta al mismo fin, — promover por todos los medios posibles la felicidad de todos sus semejantes. No engañéis, pues, vuestras propias almas: el que no es así benigno, no tiene amor.
Más aún: «El amor no tiene envidia». Esto, en verdad, va implícito cuando se dice: «El amor es benigno». Porque la benignidad y la envidia son incompatibles: no pueden morar juntas, como no pueden la luz y las tinieblas. Si deseamos de veras toda felicidad para todos, no podemos entristecernos por la felicidad de nadie. El cumplimiento de nuestro deseo será dulce a nuestra alma; tan lejos estaremos de sentir dolor por ello. Si siempre estamos haciendo a nuestro prójimo el bien que podemos, y deseando poder hacer más, es imposible que nos pese bien alguno que él reciba; antes bien, será el gozo mismo de nuestro corazón. Por tanto, por mucho que nos lisonjeemos a nosotros mismos o unos a otros, el que tiene envidia no tiene amor.
Sigue: «El amor no se jacta»; o, mejor dicho, no es temerario ni precipitado al juzgar; porque este es, en verdad, el significado propio de la palabra. Cuantos aman a su prójimo por amor de Dios no admitirán fácilmente una mala opinión de nadie a quien desean todo bien, tanto espiritual como temporal. No pueden condenarlo ni siquiera en su corazón sin pruebas; ni tampoco con pruebas ligeras; ni, en verdad, con prueba alguna, sin haberlo puesto primero, si es posible, cara a cara con su acusador, o al menos sin haberle hecho saber la acusación y dejado que hable por sí mismo. Cada uno de vosotros siente que no puede menos de obrar así con alguien a quien ama tiernamente. Pues bien, el que no obra así no tiene amor.
Solo mencionaré una propiedad más de este amor: «El amor no se envanece». No podéis agraviar a quien amáis; por tanto, si amáis a Dios de todo vuestro corazón, no podéis agraviarlo hasta el punto de robarle su gloria, atribuyéndoos lo que solo a él se debe. Reconoceréis que todo lo que sois y todo lo que tenéis es suyo; que sin él nada podéis hacer; que él es vuestra luz y vuestra vida, vuestra fuerza y vuestro todo; y que vosotros nada sois, sí, menos que nada, delante de él. Y si amáis a vuestro prójimo como a vosotros mismos, no podréis preferiros a él. Más aún, no podréis despreciar a nadie, como tampoco podréis aborrecerlo. [Más aún, tendréis a todo hombre por mejor que vosotros.] Como se derrite la cera delante del fuego, así se derrite el orgullo delante del amor. Toda altivez, sea del corazón, de la palabra o de la conducta, se desvanece donde prevalece el amor. Abate la altivez de los ojos del que se jactaba de su fuerza, y lo hace como un niño pequeño; desconfiado de sí mismo, dispuesto a escuchar, contento de aprender, fácil de convencer, fácil de persuadir. Y quien de otro modo piense, renuncie a toda vana esperanza: está envanecido, y por tanto no tiene amor.
III. Queda por indagar en qué sentido puede decirse que «aunque repartiese toda mi hacienda para dar de comer a los pobres, sí, aunque entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve».
El sentido principal de las palabras es, sin duda, este: que hagamos lo que hagamos y padezcamos lo que padezcamos, si no somos renovados en el espíritu de nuestra mente por «el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado», no podemos entrar en la vida eterna. Nadie puede entrar allí sino en virtud del pacto que Dios ha dado al hombre en el Hijo de su amor.
Pero, como las verdades generales son menos aptas para conmovernos, consideremos uno o dos puntos particulares respecto de los cuales todo lo que podamos hacer o padecer, si no tenemos amor, de nada nos sirve. Y, en primer lugar, nada sin él aprovecha para hacer feliz la vida; ni, en segundo lugar, para hacer consoladora la muerte.
Y, en primer lugar, sin amor nada puede aprovecharnos para hacer felices nuestras vidas. Por felicidad no entiendo un placer leve y frívolo, que quizá empieza y acaba en la misma hora, sino un estado de bienestar tal que contente al alma y le dé una satisfacción firme y duradera. Pero que nada sin amor puede aprovecharnos en cuanto a nuestra felicidad presente se verá por esta sola consideración: no podéis carecer de él en un solo caso sin dolor; y cuanto más os apartáis de él, tanto mayor es el dolor. ¿Os falta paciencia? Entonces, en la medida en que os quedáis cortos en ella, os quedáis cortos en felicidad. Cuanto más prevalecen las disposiciones opuestas — la ira, la irritabilidad, la venganza —, tanto más desdichados sois. Lo sabéis; lo sentís; y no puede calmarse la tormenta ni volver jamás la paz a vuestra alma, a menos que la mansedumbre, la dulzura, la paciencia o, en una palabra, el amor, tome posesión de ella. ¿Halla alguno en sí mismo mala voluntad, malicia, envidia o cualquier otra disposición contraria a la benignidad? Entonces allí está la miseria; y cuanto más fuerte es la disposición, tanto más miserable es él. Si del perezoso puede decirse que come su propia carne, mucho más del malicioso o del envidioso. Su alma es la imagen misma del infierno; — llena de tormento tanto como de maldad. Tiene ya el gusano que no muere, y se apresura hacia el fuego que nunca puede apagarse. Solo que todavía no está puesta la gran sima entre él y el cielo. Todavía hay un Espíritu pronto a ayudar su flaqueza; que aún está dispuesto, si él extiende sus manos al cielo y lamenta su ignorancia y su miseria, a purificar su corazón de viles afectos, y a renovarlo en el amor de Dios, y así conducirlo de la felicidad presente a la eterna.
En segundo lugar. Sin amor, nada puede hacer consoladora la muerte.
Por consoladora no entiendo estúpida o insensible. No diría yo que murió consoladamente el que murió de una apoplejía o de un tiro de cañón, como tampoco aquel que, teniendo cauterizada la conciencia, murió tan despreocupado como las bestias que perecen. Ni creo que envidiaríais a nadie el consuelo de morir loco furioso. Sino que por una muerte consoladora entiendo un tránsito sereno fuera de esta vida, lleno de una paz y un gozo constantes y razonables. Y tal muerte no la pueden dar, sin amor, todo el obrar ni todo el padecer del mundo.
Para hacer esto aún más evidente, no puedo apelar a vuestra propia experiencia; pero sí a lo que hemos visto, y a la experiencia de otros. Y yo mismo he visto a dos salir de esta vida de lo que llamo un modo consolador, aunque no con igual consuelo. Uno tuvo evidentemente más consuelo que el otro, porque tenía más amor.
Asistí al primero durante gran parte de su última prueba, así como cuando entregó su alma a Dios. Él exclamaba: «Dios me castiga con fuerte dolor; pero le doy gracias por todo; le bendigo por todo; ¡le amo por todo!». Cuando se le preguntó, no mucho antes de su partida: «¿Te son poca cosa las consolaciones de Dios?», respondió en voz alta: «¡No, no, no!». Llamando por su nombre a todos los que estaban cerca de él, dijo: «Pensad en el cielo, hablad del cielo: todo el tiempo es perdido cuando no estamos pensando en el cielo». Ahora bien, esta era la voz del amor; y, en la medida en que este prevalecía, todo era consuelo, paz y gozo. Pero como su amor no era perfecto, tampoco lo era su consuelo. Tenía intervalos de [ira o] irritabilidad, y en ellos de miseria; dando con ambas cosas una prueba incontestable de que el amor puede endulzar tanto la vida como la muerte. Así, cuando este está ausente del alma, u oscurecido en ella, no hay allí paz ni consuelo.
Fue en este lugar donde vi al otro buen soldado de Jesucristo luchar con su postrer enemigo, la muerte. Y fue, en verdad, un espectáculo digno de ser visto por Dios, por los ángeles y por los hombres. Parte de su último aliento lo empleó en un salmo de alabanza a Aquel que entonces le estaba dando la victoria; en la seguridad de la cual comenzó a triunfar aun en lo más recio de la batalla. Cuando se le preguntó: «¿Tienes el amor de Dios en tu corazón?», alzó los ojos y las manos, y respondió: «¡Sí, sí!», con toda la fuerza que le quedaba. A uno que le preguntó si tenía miedo del diablo, al que acababa de mencionar como lanzándole su último ataque, le respondió: «No, no: mi amante Salvador ha vencido a todo enemigo; él está conmigo. Nada temo». Poco después dijo: «El camino a nuestro amante Salvador es áspero, pero es corto». Y no tardó en caer en una especie de sueño, en el cual su alma volvió dulcemente a Dios que la dio.
Aquí, podemos observar, no hubo mezcla de pasión ni disposición alguna contraria al amor; por tanto, no hubo miseria: el amor perfecto echaba fuera todo lo que hubiera podido ocasionar tormento. Y quienquiera que seas tú que tienes semejante medida de amor, tu postrimería será como la suya. [Los números de sección entre corchetes siguen la Bicentennial Edition.]
Capítulo 140 completado
Sobre el amor