Capítulo 142 · 28 min de lectura · 36 min de escucha
Sobre el Espíritu Santo
Sermón 141
Sobre el Espíritu Santo 157157Predicado en St. Mary’s, Oxford, el domingo de Pentecostés de 1736.
«Ahora bien, el Señor es el Espíritu.»
2 Corintios 3:17.
El Apóstol había venido mostrando cuán superior era el ministerio del evangelio al de la ley: había llegado ya el tiempo en que debían dejarse a un lado los tipos y las sombras, y en que habíamos de ser invitados a nuestro deber por los motivos varoniles e ingenuos de una revelación clara y plena, abierta y franca por parte de Dios, y en modo alguno disfrazada por sus embajadores. Pero aquello en que principalmente insiste no es la manera, sino el contenido de su ministerio: «El cual nos hizo ministros suficientes —dice él— de un nuevo pacto: no de la letra, sino del Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu vivifica.» Aquí está la gran diferencia entre las dos dispensaciones: que la ley era, ciertamente, espiritual en sus exigencias, pues requería una vida consagrada a Dios en la observancia de muchas reglas; pero, como no comunicaba ayuda espiritual, su efecto era solamente matar y mortificar al hombre, haciéndole entender que por fuerza se hallaba en un estado de gran depravación, puesto que le resultaba tan difícil obedecer a Dios; y que, así como aquella institución imponía muertes particulares por pecados particulares, así también la muerte, en general, no era sino la consecuencia de su pecaminosidad universal. Pero el ministerio del nuevo pacto era el de un «Espíritu que vivifica»; — un Espíritu no solo prometido, sino efectivamente otorgado; que había de capacitar a los cristianos tanto para vivir ahora para Dios y cumplir preceptos aún más espirituales que los anteriores, como para devolverlos en lo venidero a una vida perfecta, después de las ruinas del pecado y de la muerte. La encarnación, la predicación y la muerte de Jesucristo tuvieron por fin representar, proclamar y comprar para nosotros este don del Espíritu; y por eso dice el Apóstol: «el Señor es el Espíritu», esto es, aquel Espíritu por excelencia.
Esta descripción de Cristo era un motivo adecuado para que los judíos creyeran en él; y sigue siendo una instrucción necesaria para los cristianos, a fin de regular lo que han de esperar de él. Pero [nosotros] pensamos que esta época ha hecho particularmente necesario estar bien seguros de lo que Cristo es para nosotros, cuando esa cuestión se resuelve de modos tan diferentes: por una parte, en las explicaciones piadosas pero débiles de algunos que pretenden tener fe; y por otra, en las explicaciones más claras, pero no del todo cristianas, de algunos que pretenden tener razón; mientras unos derivan de él una «justicia de Dios», pero en un sentido algo impropio y figurado, y otros nada más que una carta de perdón y un sistema de moral; mientras unos interpretan el evangelio de tal modo que sitúan la santidad por la cual han de ser salvos en algo divino, pero exterior a ellos mismos, y otros de tal modo que la sitúan en cosas realmente interiores, pero no más que humanas. Ahora bien, el remedio propio de la vaguedad que hay en un sentido, y de la incredulidad que hay en el otro, parece contenerse en la doctrina de mi texto: «el Señor es el Espíritu».
Al tratar de estas palabras, consideraré:
I. La naturaleza de nuestra caída en Adán; por la cual se verá que, si «el Señor» no fuera «el Espíritu», no podría decirse que él nos salva o nos redime de nuestra condición caída.
II. Consideraré la persona de Jesucristo; por la cual se verá que «el Señor es el Espíritu». Y,
III. Indagaré la naturaleza y las operaciones del Espíritu Santo, tal como se concede a los cristianos.
I. He de considerar la naturaleza de nuestra caída en Adán.
Nuestros primeros padres gozaban de la presencia del Espíritu Santo; porque fueron creados a imagen y semejanza de Dios, la cual no era otra cosa que su Espíritu. Por él se comunica Dios a sus criaturas, y solo por él pueden ellas tener alguna semejanza con él. Es, en verdad, la vida de Dios en ellas; y tan propiamente divina que, sobre este fundamento, los ángeles y los hombres regenerados son llamados hijos suyos.
Pero cuando el hombre no quiso dejarse guiar por el Espíritu Santo, este lo abandonó. Cuando quiso ser sabio a su manera y con sus propias fuerzas, y no dependió con sencillez de su Padre celestial, le fue retirada la semilla de una vida superior. Porque ya no era apto para ser formado para una condición celestial, cuando tenía un anhelo tan indigno de un fruto terrenal, o más bien una dependencia tan indigna de él, sabiendo que Dios no lo bendeciría para su bien; ya no era apto para recibir socorros sobrenaturales, cuando no podía contentarse con su dichoso estado delante de Dios sin un examen demasiado curioso de él.
Entonces se halló abandonado de Dios, y entregado a la pobreza, la debilidad y la miseria de su propia naturaleza. Era ahora un mero animal, semejante a las demás criaturas hechas de carne y sangre, aunque dotado de un entendimiento más amplio; por medio del cual, o bien sería llevado a absurdos mayores que aquellos de que ellas podían ser culpables, o bien sería hecho consciente de su felicidad perdida y puesto en el camino recto para recobrarla. Es decir: si seguía siendo un apóstata descuidado, amaría y admiraría los bienes de este mundo, que son la felicidad adecuada solo para los animales; y, para encarecerlos y disimular sus defectos, les añadiría todo el adorno que su ingenio superior pudiera inventar. O bien (lo cual está, en verdad, más por encima de los brutos, pero no más cerca que lo otro de la perfección del hombre como participante de Dios) se forjaría en teoría un mundo nuevo; y, unas veces con imaginaciones ardientes y otras con razonamientos fríos, se esforzaría por engrandecer su condición y defender su conducta, o al menos por distraerse para no sentir su propia bajeza y su desorden.
Si, por otra parte, estuviera dispuesto a descubrir las miserias de su caída, su entendimiento podría proporcionarle razones para un llanto constante, para despreciarse y negarse a sí mismo; podría mostrarle los tristes efectos de apartarse de Dios y de perder su Espíritu, en la vergüenza y la angustia de una naturaleza en discordia consigo misma: sedienta de inmortalidad, y sin embargo sujeta a la muerte; aprobando la justicia, y sin embargo complaciéndose en cosas incompatibles con ella; sintiendo una inmensa falta de algo que perfeccione y satisfaga todas sus facultades, y sin embargo incapaz de saber qué es esa cosa tan grande, si no es por sus defectos presentes, y de saber cómo alcanzarla, si no es yendo en contra de sus inclinaciones presentes.
Bien podía Adán hallarse ahora desnudo; nada menos que Dios se había apartado de él. Hasta entonces no había experimentado sino la bondad y la dulzura de Dios; una vida celestial se difundía por todo su ser, como si no estuviera hecho de polvo; su mente estaba llena de sabiduría angélica; una dirección de lo alto lo tomaba de la mano; andaba y pensaba con rectitud, y no parecía ser un niño ni un novicio en las cosas divinas. Pero ahora tenía otras cosas que experimentar: algo en su alma que no había hallado, ni tenía por qué temer, mientras era llevado derecho adelante por la suave brisa de la gracia divina; algo en su cuerpo que no podía ver ni de lo cual podía quejarse mientras ese cuerpo estaba cubierto de gloria. Siente allí un descontento de sí mismo, turbulencia y confusión, como las que son comunes a otros espíritus que han perdido a Dios; ve aquí causas de vergüenza presente y de una disolución futura, y una fuerte atadura a esa vida rastrera que es común a los animales que nunca gozaron de la naturaleza divina.
El carácter general, por tanto, del estado presente del hombre es la muerte, — una muerte respecto de Dios, por la cual ya no gozamos de comunión alguna con él ni de felicidad en él; ya no resplandecemos con su gloria ni obramos con sus poderes. Es cierto que, mientras tenemos ser, «en él hemos de vivir, y movernos, y ser»; pero esto lo hacemos ahora, no de un modo filial, sino solo de un modo servil, así como todas las criaturas, aun las más ínfimas, existen en él. Una cosa es recibir de Dios la capacidad de andar y hablar, de comer y digerir, — ser sostenidos por su mano como parte de esta creación terrena, y en las mismas condiciones que ella, para mayor prueba o para castigo; y otra, recibir de él una vida que es su propia semejanza, — tener dentro de nosotros algo que no es de esta creación, y que se nutre de su propia palabra y poder inmediatos.
Sin embargo, esto no es todo lo que implica el pecado del hombre. Porque no solo está él mismo inclinado a toda la torpeza del apetito y a todo el orgullo de la razón, sino que ha caído bajo la tutela del maligno, que lo impulsa poderosamente en ambas cosas. El estado en que fue colocado al principio era un estado de la más sencilla sujeción a Dios, y esto le daba derecho a beber de su Espíritu; pero cuando él, no contento con estar efectivamente en el Paraíso, bajo una luz del rostro de Dios tan plena como era capaz de recibir, quiso conocer el bien y el mal, y cerciorarse por fundamentos racionales de si le convenía más ser como era o no; cuando, desdeñando ser dirigido como un niño, quiso pesarlo todo por sí mismo, y buscar una evidencia mejor que la voz de su Hacedor y el sello del Espíritu en su corazón; entonces no solo obedeció a aquel primogénito del orgullo, sino que se hizo semejante a él, y quedó desdichadamente expuesto a sus frecuentes visitas, o más bien a su influencia continua. Así como la vida estaba ligada a su guarda del mandamiento, y, en consecuencia, aquel Espíritu, que era el único que podía formarlo para la vida verdadera, moraba en su cuerpo; así, sentenciado a muerte por su transgresión, fue ahora entregado «a aquel que tiene el imperio de la muerte, es a saber, al diablo», cuyas impresiones hostiles y malignas promueven a la vez la muerte y el pecado.
Siendo este el estado del hombre, si Dios le enviara un Redentor, ¿qué tendría que hacer ese Redentor por él? ¿Le bastará ser el promulgador de una ley nueva, — darnos un conjunto de preceptos excelentes? No: aunque pudiéramos guardarlos, eso solo no nos haría felices. Una buena conciencia proporciona al hombre la felicidad de estar de acuerdo consigo mismo, pero no la de ser elevado por encima de sí mismo hasta Dios, que es, como toda persona hallará al fin, lo que le falta. ¿Será él la fuente de una justicia imputada, y procurará el favor más tierno a todos sus seguidores? Tampoco esto basta. Aunque a un hombre se le tuviera por justo, y quedara exento de todo castigo, si sigue tan realmente esclavizado a las corrupciones de la naturaleza como está dotado de estos privilegios de la redención, difícilmente podrá estar en paz; y cualquier favor que pueda recibir de Dios, aquí o en el más allá, sin una comunicación de Dios mismo, no es ni la curación de un espíritu caído ni la felicidad de uno reconciliado. ¿No ha de ser, pues, nuestro Redentor (según el carácter que de él dio San Juan, su precursor) uno que «bautiza con Espíritu Santo», — la Fuente y el Restaurador de aquello para la humanidad, por lo cual los hombres son restituidos a su primer estado y al gozo de Dios? Y este es un argumento de presunción de que «el Señor es el Espíritu».
II. Pero se verá más claramente que lo es por el segundo punto propuesto, que era la consideración de la persona de Jesucristo.
Él era uno a quien «Dios no dio el Espíritu por medida; sino que en él habitaba toda la plenitud de la Divinidad corporalmente; y de su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia». En verdad, todas las comunicaciones de la Divinidad que criatura alguna pudiera recibir procedieron siempre de él como el Verbo de Dios; pero todo lo que la humanidad, ahora en estado terrenal, había de recibir, debía venir de él por medio de aquel cuerpo —al principio mortal como el de ellos, y luego glorioso, «a semejanza de Dios»— que tomó sobre sí por amor de ellos.
En el principio, el Verbo celestial, — siendo un Espíritu que procedía del Padre, y la Palabra de su poder, — hizo al hombre imagen de la inmortalidad, conforme a la semejanza del Padre; pero el que había sido hecho a imagen de Dios llegó después a ser mortal, cuando el Espíritu más poderoso fue separado de él. Para remediarlo, el Verbo se hizo Hombre, a fin de que el hombre, recibiendo la adopción, pudiera llegar a ser hijo de Dios una vez más; para que la luz del Padre reposara sobre la carne de nuestro Señor, y desde allí viniera resplandeciente hasta nosotros; y así el hombre, rodeado de la luz de la Divinidad, pudiera ser llevado a la inmortalidad. Cuando se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí mismo todas las generaciones de la humanidad, haciéndose el centro de nuestra salvación, para que lo que perdimos en Adán, a saber, la imagen y semejanza de Dios, lo recibiéramos en Cristo Jesús. Al venir el Espíritu Santo sobre María, y cubrirla con su sombra el poder del Altísimo, se obró la encarnación de Cristo, y se mostró un nuevo nacimiento por el cual el hombre había de nacer de Dios; para que, así como por nuestro primer nacimiento heredamos la muerte, así por este nacimiento heredáramos la vida.
Esto no es otra cosa que lo que nos enseña San Pablo: «El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente; mas el segundo Adán fue hecho espíritu vivificante». Todo lo que el primer hombre poseía por sí mismo, todo lo que nos ha transmitido, es «alma viviente»: una naturaleza dotada de una vida animal y capaz de recibir una espiritual. Pero el segundo Adán es, y fue hecho para nosotros, «espíritu vivificante»; por una fuerza procedente de él como nuestro Creador, fuimos al principio elevados por encima de nosotros mismos; por una fuerza procedente de él como nuestro Redentor, viviremos de nuevo para Dios.
En él está guardado para nosotros aquel complemento de nuestra naturaleza cuya necesidad hallaremos tarde o temprano, y que no puede ser compensado por ninguna ayuda de las criaturas ni por ningún perfeccionamiento de nuestras propias facultades. Porque fuimos hechos para ser felices solo en Dios; y todos nuestros trabajos y esperanzas, mientras no tengamos sed de nuestro estado deificado, — de participar tan verdaderamente de Dios como participamos de la carne y la sangre, de ser glorificados en su naturaleza como hemos sido deshonrados en la nuestra, — son los trabajos y las esperanzas de quienes se engañan por completo acerca de sí mismos.
La sabiduría divina sabía cuál era nuestro verdadero consuelo, aunque nosotros no lo sabíamos. ¿Qué se presenta más claramente en el Salvador del mundo que una unión del hombre con Dios? — una unión acompañada de todo el comportamiento apropiado al que nosotros somos llamados como candidatos del Espíritu, tal como andar con Dios con sencillez de corazón, una perfecta renuncia de sí mismo y una vida de sufrimientos; — una unión que se sometió a las etapas necesarias de nuestro progreso: en la que la vida divina estuvo escondida, en su mayor parte, en lo secreto del alma hasta la muerte; en el estado de separación consoló al alma, pero no la elevó por encima de la región intermedia del Paraíso; en la resurrección revistió al cuerpo de cualidades celestiales y de los poderes de la inmortalidad; y al fin lo elevó a la presencia inmediata y a la diestra del Padre.
Cristo no es solamente Dios por encima de nosotros, lo cual puede mantenernos en reverencia, pero no puede salvarnos; sino que es Emanuel, Dios con nosotros, y en nosotros. Como es el Hijo de Dios, Dios ha de estar donde él está; y como es el Hijo del hombre, estará con los hombres. La consecuencia de ello es que en el siglo venidero «el tabernáculo de Dios estará con los hombres», y él les mostrará su gloria; y, en el presente, habitará en sus corazones por la fe en su Hijo.
Espero que aparezca suficientemente que «el Señor es el Espíritu. Considerando lo que somos y lo que hemos sido, nada menos que recibir de nuevo aquel Espíritu sería redención para nosotros; y considerando quién era aquella persona celestial que fue enviada para ser nuestro Redentor, no podemos esperar de él nada menos.
III. Paso ahora al tercer punto propuesto, a saber, indagar la naturaleza y las operaciones del Espíritu Santo, tal como se concede a los cristianos.
Y aquí pasaré por alto los dones extraordinarios particulares concedidos a las primeras edades para la edificación de la Iglesia, y consideraré solamente lo que el Espíritu Santo es para todo creyente, para su santificación y salvación personales. No a todos se les concede resucitar muertos y sanar enfermos. Lo más necesario es, sin duda, estar seguros, en cuanto a nosotros mismos, de que «hemos pasado de muerte a vida»; guardar nuestros cuerpos puros y sin mancha, y dejar que cosechen aquella salud que brota de una paciencia magnánima y de los serenos gozos de la devoción. El Espíritu Santo ha capacitado a los hombres para hablar en lenguas y para profetizar; pero la luz que más necesariamente lo acompaña es una luz para discernir los engaños de la carne y la sangre, para rechazar las máximas irreligiosas del mundo, y para practicar aquellos grados de confianza en Dios y de amor a los hombres cuyo fundamento no está tanto en las apariencias presentes de las cosas como en algunas que aún han de venir. El objeto que esta luz nos lleva más inmediatamente a conocer somos nosotros mismos; y, en virtud de esto, el que es nacido de Dios y tiene una esperanza viva puede, ciertamente, ver lejos en los caminos de la Providencia, y más lejos aún en las santas Escrituras; porque las santas Escrituras, exceptuando algunas partes accidentales y menos necesarias, no son sino una historia de aquel hombre nuevo que él mismo es; y la Providencia no es sino una sabia disposición de los acontecimientos para el despertar de personas particulares, y para madurar al mundo en general para la venida del reino de Cristo.
Pero pienso que la verdadera noción del Espíritu es que es una porción, así como una preparación, de una vida en Dios de la que hemos de gozar en lo venidero. El don del Espíritu Santo mira de lleno a la resurrección; porque entonces se completa en nosotros la vida de Dios.
Entonces, después que el hombre haya pasado por todas las penas del pecado, la fatiga y la vanidad de la vida humana, las reflexiones dolorosas de una mente despierta, las flaquezas y la disolución del cuerpo, y todos los sufrimientos y mortificaciones que un Dios justo ponga en su camino; cuando, por este medio, haya llegado a conocer a Dios y a sí mismo, se le podrá confiar sin peligro la vida verdadera, con la libertad y los adornos de un hijo de Dios; porque ya no se arrogará nada a sí mismo. Entonces será plenamente concedido el Espíritu Santo, cuando la carne ya no le resista, sino que ella misma sea transformada en una condición angélica, siendo sobrevestida de la incorrupción del Espíritu Santo; cuando el cuerpo que, por nacer con el alma y vivir por medio de ella, solo podía llamarse animal, llegue a ser espiritual, mientras por el Espíritu se levanta a la eternidad.
Todo en el cristianismo es una especie de anticipo de algo que ha de suceder al fin del mundo. Si los apóstoles habían de predicar, por mandato de su Maestro, «que el reino de Dios se acercaba», el sentido era que, desde entonces, todos los hombres debían fijar los ojos en aquel tiempo dichoso, predicho por los profetas, en que el Mesías vendría y restauraría todas las cosas; que, renunciando a su manera mundana de vivir y sometiéndose a la institución del evangelio, debían prepararse para esa bendición y apresurarla. «Ahora somos hijos de Dios», como nos dice San Juan; y, sin embargo, lo que él nos imparte en el presente difícilmente justificaría ese título si no se incluyera aquella plenitud de su imagen que entonces se manifestará en nosotros, cuando seremos «hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección».
Los verdaderos creyentes, pues, han entrado en una vida cuya continuación no conocen; porque es «una vida escondida con Cristo en Dios». Él, el precursor, ha alcanzado su término, habiéndose ido al Padre; pero nosotros no podemos saber de ella más de lo que apareció en él mientras estuvo en la tierra. Y aun eso no lo sabremos sino siguiendo sus pisadas; y si lo hacemos, seremos tan fortalecidos y renovados de día en día en el hombre interior que no desearemos consuelo alguno del mundo presente, por el sentimiento del «gozo puesto delante de nosotros»; aunque, en cuanto al hombre exterior, estaremos sujetos a aflicciones y desgastes, y seremos tratados como el desecho de todos.
Bien puede un hombre preguntar a su propio corazón si es capaz de admitir al Espíritu de Dios. Porque donde entra ese Huésped divino, han de observarse las leyes de otro mundo: el cuerpo ha de entregarse al martirio, o gastarse en la milicia cristiana, con tanta despreocupación como si el alma ya estuviera provista de su habitación celestial; los bienes de este mundo han de dejarse con tanta libertad como si el fuego postrero hubiera de apoderarse de ellos mañana; al prójimo hay que amarlo tan de corazón como si estuviera lavado de todos sus pecados y demostrado ser hijo de Dios por la resurrección de entre los muertos. Los frutos de este Espíritu no han de ser meras virtudes morales, calculadas para la comodidad y el decoro de la vida presente, sino disposiciones santas, conformes a los instintos de una vida superior ya comenzada.
Avanzar así hacia donde la promesa de vida lo llama, — volver la espalda al mundo y consolarse en Dios, — todo el que tiene fe percibe que es justo y necesario, y se esfuerza por hacerlo; todo el que tiene esperanza lo hace con gozo y con avidez, aunque no sin dificultad; pero el que tiene amor lo hace con facilidad y sencillez de corazón.
El estado de amor, acompañado como está de «gozo inefable y glorioso», de reposo de las pasiones y vanidades del hombre, de la integridad de un juicio inmutable y de una voluntad indivisa, es en gran medida su propia recompensa; pero no de tal modo que suprima el deseo de otro mundo. Porque, aunque tal hombre, teniendo un amor libre e insaciable por lo que es bueno, rara vez tenga necesidad de proponerse formalmente la esperanza de la retribución para vencer su desgana en el deber, sin duda ha de anhelar lo que es mejor que todo; y sentir una clara atracción hacia aquella patria en la que ya tiene asignados su lugar y su puesto; y unirse al ardiente anhelo de todas las criaturas, que aguardan la manifestación de los hijos de Dios. Porque ahora obtenemos solo alguna parte de su Espíritu, para moldearnos y prepararnos para la incorrupción, a fin de que poco a poco nos acostumbremos a recibir y llevar a Dios dentro de nosotros; y, por eso, el Apóstol lo llama «las arras del Espíritu»; es decir, una parte de aquella honra que el Señor nos ha prometido. Si, pues, las arras, morando en nosotros, nos hacen espirituales ya desde ahora, y lo mortal es, por así decirlo, absorbido por la inmortalidad, ¿qué será cuando, resucitados, le veamos cara a cara? ¿Cuando todos nuestros miembros prorrumpan en cánticos de triunfo y glorifiquen a Aquel que los ha resucitado de entre los muertos y les ha concedido la vida eterna? Porque si estas arras o prenda, abrazando al hombre en sí, le hacen ahora clamar: «Abba, Padre», ¿qué hará la gracia entera del Espíritu cuando, dada al fin a los creyentes, nos haga semejantes a Dios y nos perfeccione por la voluntad del Padre?
Y así he hecho lo que al principio me propuse: he considerado la naturaleza de nuestra caída en Adán; la persona de Jesucristo; y las operaciones del Espíritu Santo en los cristianos.
La única inferencia que sacaré de lo dicho, y principalmente de lo expuesto sobre la caída del hombre, será lo razonables que son aquellos preceptos de negación de sí mismo, de sufrimiento diario y de renuncia al mundo, que son tan propios del cristianismo, y que son el único fundamento sobre el cual pueden practicarse o alcanzarse las demás virtudes recomendadas en el Nuevo Testamento, en el sentido allí entendido.
Esta inferencia es tan natural que no he podido menos que anticiparla en cierta medida todo el tiempo. Uno pensaría que no debería ser cosa difícil persuadir a una criatura a aborrecer las insignias de su miseria; a no gustar de una condición o morada que solo el destierro y la deshonra le han asignado; a pisotear la grandeza, rehusar las comodidades y sospechar de la sabiduría de una vida cuya naturaleza es separarla de su Dios.
Vuestro Salvador os manda «aborrecer vuestra propia vida». Si preguntáis la razón, entrad en vuestro corazón, ved si es santo y está lleno de Dios; o si, por el contrario, se obran allí muchas cosas contrarias a él, y se ha convertido en un plantío del enemigo. O, si esta es una indagación demasiado sutil, mirad vuestro cuerpo. ¿Halláis en él el resplandor de un ángel, todo el vigor de la inmortalidad? Si no, tened por seguro que vuestra alma se halla en el mismo grado de pobreza, desnudez y ausencia de Dios. Es cierto que vuestra alma puede ser readmitida antes que vuestro cuerpo a algunos rayos de la luz del rostro de Dios; pero si queréis dar algún paso hacia ello, el primero ha de ser desagradaros de vuestro yo presente.
Queréis una razón por la cual debáis renunciar al mundo. En verdad, no podéis ver al príncipe de él andar de acá para allá,
«buscando a quien devore»; y podéis ignorar sus maquinaciones hasta el punto de no saber que tienen lugar tanto en las empresas más vistosas de los negocios y del saber como en las búsquedas más desenfrenadas del placer. Pero esto, sin embargo, no podéis dejar de ver: que el mundo ya no es un paraíso de Dios, guardado y ennoblecido con la luz de la gloria; es, en verdad, un lugar donde Dios ha determinado que, a lo sumo, no se os aparecerá, sino que os dejará en un estado de esperanza de que veréis su rostro cuando este mundo sea disuelto.
No obstante, hay un camino para rescatarnos, en gran medida, de las malas consecuencias de nuestro cautiverio; y nuestro Salvador nos ha enseñado ese camino. Es el sufrimiento. No solo hemos de «padecer mucho», como él, y entrar así en nuestra gloria; sino que también hemos de padecer mucho para elevarnos por encima de nuestra corrupción en el presente y gozar del Espíritu Santo.
El mundo no tiene sobre nosotros más poder que el que le da nuestro vivo gusto por sus comodidades; y el sufrimiento lo amortigua. El sufrimiento es, en verdad, una refutación directa de las pretensiones con que el tentador lisonjero nos gana. Porque yo estoy en la vida humana; y si esa vida contiene un reposo tan blando, un placer tan arrebatador, una eminencia tan gloriosa como tú prometes, ¿por qué estoy así? ¿Es porque aún no he adquirido riquezas que me den reposo, o las prendas de moda que me hagan considerable? Entonces hallo que todo el consuelo que tú propones consiste en apartarme de mí mismo; pero yo prefiero entrar a fondo en mi propia condición, por mala que sea: quizá esté más cerca de Dios, la Verdad Eterna, sintiendo dolores y miserias que son personales y reales, que sintiendo consuelos que no lo son. Empiezo ya a hallar que todas mis aflicciones se centran en un solo punto: siempre hay en el fondo una gran pérdida o carencia, que no es la falta de amigos ni de oro, de salud ni de filosofía. Y el sentimiento constante de esto puede quizá convertirse en una oración en los oídos del Altísimo; — una oración que no resulta de un conjunto de nociones especulativas, sino del estado real y sin disimulo de todo lo que hay dentro de mí; ni, en verdad, una oración tan explícita que describa lo que me falta, sino, considerando cuán extraña es mi necesidad, tan explícita como puedo hacerla. Puesto que, pues, el sufrimiento me abre una puerta de esperanza, no lo apartaré de mí mientras viva: me ayuda a descubrir verdaderamente un período de mi existencia, aunque sea uno bajo; y promete más de tener alguna conexión con un período más glorioso que pueda seguir, que las artes de la complacencia, los entretenimientos del orgullo y de la pereza, y toda la oscura política de este mundo, que hacen guerra a la verdad entera que el hombre ha de conocer y sentir antes de poder mirar hacia Dios. Puede ser que, mientras permanezco en la cruz, despoje, como mi Salvador, a «los principados y las potestades»; que me recobre más y más de la sujeción en que realmente estoy (en la cual él solo parecía estar) a esos gobernantes malvados, y que «triunfe de ellos en ella». Al menos, se verá en el día en que Dios visite que mi corazón, aunque se había hecho indigno de ser su morada, era demasiado grande para ser consolado por ninguna de sus criaturas; y que fue guardado para él, como un lugar originalmente sagrado, aunque por el presente inmundo.
Pero suponiendo que nuestro estado requiera de nosotros «morir cada día», — sacrificar todo aquello de que esta vida presente puede jactarse o en que se deleita, antes de entregar la vida misma; suponiendo también que, en la hora en que hacemos algo de esta clase, recibimos luz y fuerza de Dios para sobreponernos a nuestras flaquezas, y somos llevados suavemente hacia él en el gozo del Espíritu Santo; ¿cómo puede, sin embargo, un hombre tener tan frecuentes ocasiones de sufrir? En verdad, los martirios no ocurren en todas las épocas, y algunos días de nuestra vida pueden pasar sin oprobios de los hombres; podemos estar sanos, y no faltarnos alimento que comer ni vestido con que cubrirnos (aunque la misma salud y la misma nutrición nos obligan a la pena de corregirlas constantemente); con todo, el amor de Dios y la esperanza celestial no dejarán de hallar en este mundo algo que los oprima.
Descienda un hombre con calma a su corazón, y vea si no hay ninguna raíz de amargura que brote; si, al menos, sus pensamientos, que están siempre en movimiento, no se lanzan a veces a proyectos sugeridos por el orgullo, o se hunden en una frivolidad indolente, o se enredan en una ansiedad mezquina. ¿No halla un movimiento de ira, o de ligereza, que lo leuda en un instante por completo, privándolo de la mansedumbre y del firme discernimiento por los que se había esforzado? O que conciba en cualquier momento aquella obediencia sincera, aquel celo vigilante y aquella dignidad de conducta que convienen, no digo a un ángel, sino a un pecador que tiene «buena esperanza por gracia», y que se esfuerce por elevarse hasta ella; y si no halla dentro de sí obstáculo alguno para esto, entonces, en verdad, no tiene ocasión de sufrir. En suma, si es una criatura tan abyecta que, a menos que la gracia le haga una violencia perpetua, recaerá con frecuencia en una manera de pensar y de obrar enteramente sin Dios, entonces nunca le faltarán ocasiones de sufrir, sino que hallará que su propia naturaleza le es la misma carga que fue para nuestro Salvador aquella «generación infiel y perversa», de la cual dijo: «¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de sufrir?»
Concluiré todo con aquella excelente Colecta de nuestra Iglesia: — «Oh Dios, que en todos los tiempos has enseñado los corazones de tu pueblo fiel, enviándoles la luz de tu Espíritu Santo: concédenos, por el mismo Espíritu, tener recto juicio en todas las cosas, y regocijarnos siempre en su santa consolación; por los méritos de Jesucristo nuestro Salvador, que vive y reina contigo, en la unidad del mismo Espíritu, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.»
Capítulo 142 completado
Sobre el Espíritu Santo