Sermones en diversas ocasiones
Sobre contristar al Espíritu Santo

Capítulo 139 · 15 min de lectura · 20 min de escucha

Sobre contristar al Espíritu Santo

Sermón 138 152152(Escrito en el año 1733)

Sobre contristar al Espíritu Santo

«No contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención».

Efesios 4:30.

No puede haber asunto de mayor importancia, para quien sabe que es el Espíritu Santo el que nos guía a toda verdad y a toda santidad, que considerar con qué disposición de alma hemos de recibir su divina presencia, de modo que ni lo alejemos de nosotros ni le frustremos los fines llenos de gracia para los que está destinada su morada en nosotros; fines que no son el entretenimiento de nuestro entendimiento, sino la conversión y la entera santificación de nuestros corazones y de nuestras vidas.

Estas palabras del apóstol contienen una exhortación sumamente seria y afectuosa a este propósito: «No contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención».

El título de «santo», aplicado al Espíritu de Dios, no solo denota que él es santo en su propia naturaleza, sino que nos hace santos a nosotros; que es la gran fuente de santidad para su iglesia; el Espíritu de donde fluye toda la gracia y la virtud por las cuales se limpian las manchas de la culpa, y somos renovados en todas las disposiciones santas, y llevamos otra vez la imagen de nuestro Creador. Gran razón tenía, pues, el apóstol para dar este solemne encargo acerca de él, y la más alta obligación pesa sobre todos nosotros de considerarlo con la más profunda atención; y para que podamos hacerlo con más eficacia, investigaré:

I. En qué sentido se dice que el Espíritu de Dios se contrista por los pecados de los hombres;

II. Con qué clase de pecado se contrista más especialmente.

III. Procuraré mostrar la fuerza del argumento del apóstol contra el contristar al Espíritu Santo: «con el cual fuimos sellados para el día de la redención».

I. He de investigar, en primer lugar, en qué sentido puede decirse que el Espíritu de Dios se contrista con los pecados de los hombres. No hay en Dios nada de lo que propiamente llamamos pasión. Pero hay algo de una clase infinitamente más alta: ciertos movimientos de su voluntad, más fuertes y vigorosos de lo que los hombres pueden concebir; y aunque no tienen la naturaleza de las pasiones humanas, cumplen, sin embargo, los fines de ellas. Por tristeza, pues, hemos de entender una disposición de la voluntad de Dios que fluye a la vez de su amor sin límites a las personas de los hombres y de su aborrecimiento infinito de sus pecados. Y en este sentido restringido se aplica aquí al Espíritu de Dios en las palabras del apóstol.

Y las razones por las que se le aplica a él particularmente son: primera, porque está presente con nosotros de manera más inmediata; segunda, porque nuestros pecados son otros tantos desprecios de esta suprema expresión de su amor, y frustran al Espíritu Santo en su último remedio; y tercera, porque con este trato desagradecido lo provocamos a retirarse de nosotros.

1. Se dice que contristamos al Espíritu Santo con nuestros pecados por causa de su presencia inmediata con nosotros. Se cometen más directamente bajo su mirada y, por tanto, le son más gravemente ofensivos. A él le place mirar a los que profesan ser cristianos como apartados de modo más particular para su honra; más aún, estamos tan estrechamente unidos a él que se dice que somos «un espíritu con él»; y, por tanto, cada pecado que ahora cometemos, además de su propia culpa, lleva consigo una provocación nueva e infinitamente grave. «¿No sabéis vosotros mismos —dice san Pablo— que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo?». ¿Y cómo lo son, sino por su inhabitación y su presencia íntima en nuestras almas? Por tanto, cuando levantamos en nuestro corazón (que es propiamente su altar) los ídolos de las inclinaciones terrenales, y nos inclinamos para servir a aquellas pasiones viciosas que deberíamos sacrificar a su voluntad, esto ha de serle por fuerza ofensivo y doloroso en el más alto grado. «¿Y qué concordia hay entre» el Espíritu Santo «y Belial? ¿Y qué concierto tiene el templo de Dios con los ídolos?».

2. Contristamos al Espíritu Santo con nuestros pecados porque son otros tantos desprecios de la más alta expresión de su amor, y lo frustran en el último remedio con que le place procurar nuestra restauración. Y así, cada pecado que ahora cometemos se hace a despecho de todos sus poderosos auxilios, en desafío de sus reprensiones: ¡una paga desagradecida a una misericordia infinita!

Como el Espíritu Santo es el ministro inmediato de la voluntad de Dios en la tierra, y lleva todos los grandes asuntos de la Iglesia de Cristo, si mientras derrama sobre nosotros las riquezas de su gracia las halla todas sin fruto, no es de extrañar que apele a todo el mundo, con las palabras del profeta, contra nuestra ingratitud: «Ahora pues, varones de Judá, juzgad ahora entre mí y mi viña. ¿Qué más se había de hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella? ¿Cómo, esperando yo que llevase uvas, ha llevado uvas silvestres?». Estas, y otras muchas semejantes que hallamos en las Sagradas Escrituras, son las más altas expresiones de la más honda preocupación; tales que implican la mayor renuencia a tratar con severidad aun a aquellos a quienes, sin embargo, no pudo reformar con todos los sabios métodos de su gracia. El Espíritu Santo se presenta aquí como quien se alegraría de perdonar a los pecadores si pudiera; y, por tanto, podemos estar seguros de que le duele que ellos, con sus pecados, no se lo permitan.

Que los hombres frustren así al Espíritu Santo de Amor —pues también este es su título peculiar—, que lo hagan esperar así para tener piedad, y estar pendiente de nosotros a lo largo de todo nuestro curso de necedad y vanidad, y estar a nuestro lado, y ser testigo de nuestra obstinación, con las ofertas insistentes de una bondad infinita en sus manos, es una conducta de tal naturaleza que ningún alma llena de gracia puede soportar el pensar en ella. Es prueba de la misericordia sin límites de Dios que le plazca expresar que solo se contrista por ello; que su indignación no se encienda contra los que son tan vilmente desagradecidos y los consuma en un momento.

Fue tal ingratitud en los judíos, después de innumerables experiencias de sus extraordinarias misericordias para con ellos, la que hizo que el amor infinito se volviera al fin en amargura para darles el pago según sus obras, como hallamos el relato que dan los profetas de la manera más conmovedora y viva. Y ciertamente, considerando las obligaciones mucho mayores que ha puesto sobre nosotros, que gozamos de los más altos privilegios, podemos estar seguros de que nuestra conducta pecaminosa y rebelde será al fin tan grande como las misericordias de que hemos abusado.

No hay duda de que Dios observa a todos los hijos de los hombres, y de que su ira está sobre todo obrador de iniquidad. Pero es el profesante infiel, que ha conocido su amor perdonador, quien contrista a su Espíritu Santo; lo cual implica una vileza peculiar en nuestros pecados. Un hombre puede ser provocado, en verdad, por los agravios de su enemigo; pero propiamente se contrista por las ofensas de su amigo. Y, por tanto, además de nuestras otras obligaciones, nuestra relación tan estrecha con Dios, como amigos e hijos suyos, sería, si tuviéramos una chispa de gratitud en el alma, un poderoso freno para guardarnos del mal.

3. Pero si los argumentos de esta clase no son bastante fuertes para impedirnos contristar a nuestro mejor Amigo, el Espíritu Santo de Dios, consideremos que con esta conducta desagradecida lo provocaremos a retirarse de nosotros.

La verdad de esto han debido experimentarla casi todos los que alguna vez han gustado los buenos dones del Espíritu Santo. Es de esperar que hayamos tenido, en un momento u otro, un sentimiento tan vivo de su santa influencia sobre nosotros que, cuando hemos tenido la desgracia de ofenderlo, pudimos percibir fácilmente el cambio en nuestras almas, en aquella oscuridad, angustia y desaliento que siguen más especialmente a la comisión de pecados voluntarios y presuntuosos. En esas ocasiones, el bendito Espíritu se retiró y nos ocultó su presencia, y fuimos justamente dejados al sentimiento de nuestra propia desdicha y miseria, hasta que nos humillamos delante del Señor y, por un arrepentimiento profundo y una fe activa, obtuvimos el regreso de la misericordia y la paz divinas.

Y cuanto más a menudo lo ofendemos, más debilitamos sus influencias en nuestras almas. Porque las rupturas frecuentes ocasionarán necesariamente un distanciamiento entre nosotros; y es imposible que nuestro trato con él sea cordial cuando se ve turbado por interrupciones repetidas. Así, un hombre perdonará a su amigo muchísimas imprudencias, y algunas transgresiones voluntarias; pero si lo halla afrentándolo con frecuencia, toda su bondad se irá gastando poco a poco, y el calor de su afecto, aun hacia aquel que tenía la mayor parte de él, se apagará; pues no puede menos que pensar que tal persona ya no desea ni merece mantener amistad con él.

II. Paso ahora a considerar con qué clases de pecado se contrista más especialmente el Espíritu Santo. Estos pecados son, en general, los que, o bien desde el principio frustran del todo el debido efecto de su gracia en nuestras almas, o bien son después directamente contrarios a sus auxilios llenos de gracia y misericordia. De la primera clase mencionaré por ahora solo la irreflexión; de la segunda, los pecados de presunción.

Lo primero que mencionaré, como especialmente doloroso para el Espíritu Santo, es la irreflexión y la desatención a sus santos impulsos dentro de nosotros. Hay un estado y disposición particular del alma, una sobriedad de mente, sin la cual el Espíritu de Dios no concurrirá a la purificación de nuestros corazones. Está en nuestro poder, por su gracia preveniente y auxiliadora, preparar esto en nosotros mismos; y él espera que lo hagamos, pues es el fundamento de todas sus obras posteriores. Ahora bien, esto consiste en conservar nuestra mente en una disposición serena y seria, en regular y calmar nuestros afectos, y en recoger y refrenar la búsqueda desordenada de nuestras pasiones tras las vanidades y placeres de este mundo; cosa de tal importancia que la razón misma por la que los hombres aprovechan tan poco bajo los medios más poderosos es que no miran lo bastante dentro de sí mismos, no observan ni vigilan las discordias e imperfecciones de su propio espíritu, ni atienden con cuidado a las indicaciones y remedios que el Espíritu Santo está siempre dispuesto a sugerir. Los hombres andan por lo general perdidos en el ajetreo de la vida, en sus negocios o en sus placeres, y parecen pensar que su regeneración, su nueva naturaleza, brotará y crecerá dentro de ellos con tan poco cuidado y pensamiento propios como fueron concebidos sus cuerpos y alcanzaron su plena fuerza y estatura; cuando nada hay más cierto que el Espíritu Santo no purificará nuestra naturaleza si no atendemos con cuidado a sus impulsos, los cuales se pierden para nosotros mientras, en el lenguaje del profeta, «disipamos nuestro tiempo»; mientras derrochamos nuestros pensamientos en cosas innecesarias y dejamos nuestro progreso espiritual, la única cosa necesaria, del todo olvidado y descuidado.

Hay muchas personas que, en lo principal de su vida, son ordenadas en su conducta, observan los medios de progreso y asisten con exactitud al santo sacramento; y que, sin embargo, en los intervalos de sus deberes dan demasiada libertad a sus pensamientos, afectos y conversación: parecen aplazar el gran negocio de la salvación hasta la próxima hora de devoción. Si estos profesantes pierden tanto en su estado espiritual por no ajustar y saldar sus cuentas, ¿qué hemos de pensar entonces de aquellos que apenas dedican jamás un pensamiento serio a su bienestar eterno? Ciertamente no hay disposición de mente menos amiga del espíritu de la religión que una disposición irreflexiva y desatenta que, por una sucesión natural de afectos fuertes y vanos, excluye de sus almas todo lo útil, hasta que al fin son sorprendidos por un letargo fatal; pierden de vista todo peligro y se vuelven insensibles a las convicciones divinas; y, en consecuencia, frustran por completo todos los benditos medios de restauración. Por tanto, si medimos la pena del Espíritu Santo por los pecados de los hombres según los grados de su frustración, podemos concluir que no hay estado de la mente que más lo contriste, salvo el de la maldad actual.

Los pecados presuntuosos son, en verdad, ofensivos en el más alto grado para el Espíritu Santo de Dios. Son actos de enemistad abierta contra él, y tienen toda la culpa de una rebelión abierta. El pecador voluntario no es ignorante ni es tomado por sorpresa, sino que lucha a sabiendas contra el mandamiento expreso de Dios y contra la convicción viva, plena y presente de su propia mente y conciencia; de modo que esta es la medida misma de la iniquidad. Y todas las demás clases de pecado son más o menos atroces según estén más cerca o más lejos de los pecados de esta terrible naturaleza, por cuanto estos implican la mayor oposición a la voluntad de Dios, el desprecio de su misericordia y el desafío de su justicia. Esto, si algo puede hacerlo, sin duda ha de contristarlo hasta el punto de hacerle retirar del todo su presencia llena de gracia.

III. Paso ahora a mostrar la fuerza del argumento del apóstol contra el contristar al Espíritu Santo: porque «fuimos sellados para el día de la redención».

Por «el día de la redención» puede entenderse, o bien el tiempo en que dejamos estos cuerpos en la muerte, o bien el de tomarlos otra vez en la resurrección general. Aunque aquí probablemente significa lo segundo, en cuyo sentido usa el apóstol la palabra en otro lugar: «esperando la adopción, es a saber, la redención de nuestro cuerpo». Y para este día de la redención somos sellados por el Espíritu Santo de estas tres maneras:

1. Recibiendo su sello real en nuestras almas, al ser hechos participantes de la naturaleza divina.

2. Recibiéndolo como marca de que somos propiedad de Dios, como señal de que pertenecemos a Cristo. Y,

3. Como prenda y seguridad para nuestro propio espíritu de que tenemos derecho a la felicidad eterna.

Y, en primer lugar, somos sellados por el Espíritu Santo de Dios al recibir su sello real en nuestras almas, siendo hechos participantes de la naturaleza divina y «aptos para participar de la suerte de los santos en luz». Este es, en verdad, el designio de su morada en nosotros: sanar nuestras almas desordenadas y restaurar en nuestra naturaleza aquella imagen suya tan desfigurada por nuestras corrupciones original y actuales. Y mientras nuestro espíritu no sea en alguna medida así renovado, no podemos tener comunión con él. Porque «si dijéremos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no hacemos la verdad». Pero por la renovación de nuestra mente a la imagen de aquel que nos creó, somos todavía más capaces de sus influencias; y por medio de un trato diario con él somos transformados más y más a su semejanza, hasta que quedamos saciados de ella.

Esta semejanza con Dios, esta conformidad de nuestra voluntad y de nuestros afectos con su voluntad, es, propiamente hablando, la santidad; y producirla en nosotros es el fin y designio propio de todas las influencias del Espíritu Santo. Por medio de su presencia con nosotros recibimos de él una gran plenitud de santas virtudes; adquirimos en nuestro espíritu rasgos de semejanza que corresponden a sus perfecciones originales. Y así somos sellados por él, en el primer sentido, a modo de preparación para nuestro día de la redención.

Y puesto que lo somos, y nuestra nueva naturaleza crece así bajo el mismo poder de sus manos, ¿qué hacemos, cuando lo contristamos con nuestros pecados, sino deshacer y destruir su obra? Frustramos sus designios derribando las cercas que él había procurado levantar contra los desbordamientos de la corrupción; de modo que al fin desbaratamos por completo todas sus medidas llenas de gracia para nuestra salvación.

2. Somos sellados por el Espíritu Santo para el día de la redención como señal de la propiedad de Dios sobre nosotros, y como marca de que pertenecemos a Cristo. Y esto es, por su disposición, la condición y la garantía de aquella felicidad futura en la que no admitirá sino a los que han recibido en su corazón el Espíritu de su Hijo. Pero en quienquiera que halle esta marca y carácter, cuando venga a juzgar al mundo, a estos los tomará para sí, y no permitirá que el destructor les haga daño. A este mismo propósito el profeta Malaquías, hablando de los que temían a Dios, dice: «Serán para mí, dice el Señor, en el día en que yo haga mis joyas», es decir, cuando ponga sobre ellos mi sello y mi marca, «y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve».

Ahora bien, si el Espíritu Santo es la señal, el sello y la garantía de nuestra salvación, entonces, al contristarlo con nuestros pecados, rompemos este sello con nuestras propias manos, anulamos nuestra garantía más firme y, en cuanto está de nuestra parte, revocamos nuestro propio derecho a la vida eterna.

Además de esto, el Espíritu Santo dentro de nosotros es la garantía de nuestra salvación; es asimismo una prenda de ella, y asegura a nuestro espíritu que tenemos derecho a la felicidad eterna. «El Espíritu de Dios da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios». Y para que este testimonio interior sea vivo y permanente, es absolutamente necesario atender con cuidado a la operación secreta del Espíritu Santo dentro de nosotros; el cual, infundiendo en nuestras almas sus santas consolaciones, avivando nuestro espíritu abatido y dándonos un vivo gusto de sus promesas, despierta en nosotros sentimientos luminosos y gozosos, y da al hombre, de antemano, un anticipo de la dicha a la que va. En este sentido dice el apóstol a los corintios que Dios «nos ha sellado, y dado la prenda del Espíritu en nuestros corazones»; y esa prenda, no solo a modo de confirmación de nuestro derecho a la felicidad, sino como parte real, ya en el presente, de aquella recompensa cuya plenitud esperamos en lo venidero.

Capítulo 139 completado

Sobre contristar al Espíritu Santo

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