Capítulo 138 · 24 min de lectura · 31 min de escucha
Sobre la resurrección de los muertos
Sermón 137
Sobre la resurrección de los muertos 150150Escrito en el año 1732 151151[Este sermón fue escrito originalmente por Benjamin Calamy, doctor en teología, vicario de St. Lawrence, Jewry, Londres. Aparece, en la p. 275, en un volumen de sermones que lleva su nombre, publicado en 1704; y aquí lo ha abreviado y revisado el señor Wesley. — N. del E.]
«Mas dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?».
1 Corintios 15:35.
Habiendo el apóstol, al principio de este capítulo, establecido firmemente la verdad de la resurrección de nuestro Salvador, añade: «Y si Cristo es predicado que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?». Ya no puede pareceros imposible que Dios resucite a los muertos, puesto que tenéis un ejemplo tan claro de ello en nuestro Señor, que estuvo muerto y vive; y el mismo poder que resucitó a Cristo ha de poder también vivificar nuestros cuerpos mortales.
«Mas dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?». ¿Cómo puede hacerse esto? ¿Cómo es posible que estos cuerpos sean levantados otra vez y unidos a sus almas respectivas, cuando hace muchos miles de años fueron sepultados en la tierra, o tragados por el mar, o devorados por el fuego? ¿Cuerpos que se han deshecho en el polvo más fino, y ese polvo esparcido sobre la faz de la tierra, disperso tan lejos como se extienden los cielos; más aún, que han sufrido diez mil cambios, han engordado la tierra, se han vuelto alimento de otras criaturas, y estas, a su vez, alimento de otros hombres? ¿Cómo es posible que todas estas pequeñas partes que componían el cuerpo de Abraham vuelvan a ordenarse juntas y, sin mezclarse con el polvo de otros cuerpos, se coloquen todas en el mismo orden y postura en que estaban antes, de modo que formen el mismísimo cuerpo que su alma abandonó al morir? Es verdad que Ezequiel fue puesto, en visión, en un valle lleno de huesos secos, «y hubo un ruido, y he aquí un temblor, y los huesos se juntaron cada hueso con su hueso; los nervios y la carne subieron sobre ellos, y la piel los cubrió por encima, y entró espíritu en ellos, y vivieron, y estuvieron sobre sus pies». Eso podía ser en una visión. Pero que todo esto, y mucho más, haya de suceder con el tiempo; que nuestros huesos, después de desmenuzarse en polvo, se conviertan realmente en hombres vivos; que todas las pequeñas partes de que estaban hechos nuestros cuerpos, a una convocatoria general, se reúnan de inmediato, y cada una reclame y ocupe su propio lugar, hasta que al fin el todo quede perfectamente reconstruido; que esto, digo, haya de hacerse, es cosa tan increíble que ni siquiera podemos formarnos idea de ella. Y podemos observar que los gentiles se disgustaban sobre todo con este artículo de la fe cristiana; fue una de las últimas cosas que creyeron los paganos; y es hasta hoy la principal objeción contra el cristianismo: «¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?». En mi discurso sobre estas palabras haré tres cosas:
I. Mostraré que la resurrección del mismísimo cuerpo que murió y fue sepultado no contiene en sí nada increíble ni imposible.
II. Describiré la diferencia que hace la Escritura entre las cualidades de un cuerpo glorificado y las de un cuerpo mortal.
III.
Sacaré algunas conclusiones del conjunto.
I. Mostraré que la resurrección del mismísimo cuerpo que murió no contiene en sí nada increíble ni imposible.
Pero antes de hacerlo, convendrá mencionar algunas de las razones sobre las que se funda este artículo de nuestra fe.
Y, 1. La noción misma de resurrección requiere que se levante otra vez el mismísimo cuerpo que murió. De nada puede decirse que es levantado otra vez sino de aquel mismo cuerpo que murió. Si Dios da a nuestras almas en el día postrero un cuerpo nuevo, a esto no se le puede llamar la resurrección de nuestro cuerpo, porque esa palabra implica claramente que se produce de nuevo lo que existía antes.
2. Hay muchos lugares de la Escritura que lo declaran claramente. San Pablo, en el versículo 53 de este capítulo, nos dice que «es menester que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad». [1 Corintios 15:53] Ahora bien, por esto mortal y esto corruptible solo puede entenderse aquel cuerpo que ahora llevamos con nosotros y que un día depositaremos en el polvo.
La mención que hace la Escritura de los lugares de donde se levantarán los muertos muestra además que se levantará el mismo cuerpo que murió. Así leemos en Daniel: «Los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua». Y podemos observar asimismo que la expresión misma de dormir y despertar implica que, cuando resucitemos de los muertos, nuestros cuerpos serán tan los mismos como lo son cuando despertamos del sueño. Así también afirma nuestro Señor (Juan 5:28, 29): «Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron bien saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron mal, a resurrección de condenación». Ahora bien, si no se levanta el mismo cuerpo, ¿qué necesidad hay de abrir los sepulcros al fin del mundo? Los sepulcros no pueden devolver otros cuerpos que los que fueron depositados en ellos. Si no hubiéramos de levantarnos con los mismísimos cuerpos que murieron, entonces estos podrían descansar para siempre. A esto solo necesitamos añadir aquello de san Pablo: «El Señor transformará este cuerpo vil, para que sea semejante a su cuerpo glorioso. Ahora bien, este cuerpo vil no puede ser otro que aquel de que ahora estamos vestidos, el cual ha de ser restituido otra vez a la vida.
Que en todo esto no hay nada increíble ni imposible lo mostraré probando estas tres cosas: 1. Que es posible a Dios guardar y conservar sin mezcla de todos los demás cuerpos el polvo particular en que se disuelven nuestros cuerpos respectivos, y que puede reunirlo y juntarlo otra vez, por lejos que esté disperso. 2. Que Dios puede formar ese polvo así reunido en el mismo cuerpo que era antes. 3. Que, cuando ha formado este cuerpo, puede animarlo con la misma alma que antes lo habitaba.
1. Dios puede distinguir y guardar sin mezcla de todos los demás cuerpos el polvo particular en que se disuelven nuestros cuerpos respectivos, y puede reunirlo y juntarlo otra vez, por lejos que esté disperso. Dios es infinito tanto en conocimiento como en poder. Él cuenta el número de las estrellas, y a todas ellas llama por sus nombres; puede decir el número de las arenas de la orilla del mar. ¿Y es en algo increíble que conozca distintamente las diversas partículas de polvo en que se han deshecho los cuerpos de los hombres, y discierna claramente a quién pertenecen y los diversos cambios que han sufrido? ¿Por qué ha de tenerse por extraño que aquel que al principio nos formó, cuyos ojos vieron nuestro embrión, de quien no fuimos encubiertos cuando en oculto fuimos formados y compaginados en lo más bajo de la tierra, conozca cada parte de nuestros cuerpos y cada partícula de polvo de que estuvimos compuestos? El artífice conoce cada pieza del reloj que fabrica; y si se cayera a pedazos, y sus diversas piezas quedaran en el mayor desorden y confusión, aun así podría reunirlas pronto, y distinguir unas de otras con tanta facilidad como si cada una tuviera su marca particular. Conoce el uso de cada una, y puede darle sin dificultad su lugar propio, y ponerlas todas exactamente en la misma forma y orden en que estaban antes. ¿Y podemos pensar que el Constructor Todopoderoso del mundo, cuya hechura somos, no sabe de qué estamos hechos, o no conoce las diversas partes de que se compone este tabernáculo terrenal? Todas ellas yacían en un vasto montón en la creación, hasta que él las separó unas de otras y las formó en esos cuerpos distintos de que consta este hermoso mundo. ¿Y por qué no podrá el mismo Poder recoger las ruinas de nuestros cuerpos corrompidos y restituirlos a su condición anterior? Todas las partes en que se disuelven los cuerpos de los hombres, por descuidadamente esparcidas que nos parezcan sobre la faz de la tierra, están, sin embargo, cuidadosamente guardadas por la sabia disposición de Dios hasta el día de la restauración de todas las cosas. Se conservan en las aguas y en los fuegos, en las aves y en las bestias, hasta que la final trompeta las convoque a su antigua morada.
«Pero —dicen— puede suceder a veces que los cuerpos de varios hombres consten de la mismísima materia. Porque los cuerpos de los hombres son devorados a menudo por otros animales, que son comidos por otros hombres. Más aún, hay naciones que se alimentan de carne humana; en consecuencia, toman prestada de otros hombres una gran parte de sus cuerpos. Y si lo que fue parte del cuerpo de un hombre llega a ser después parte del de otro, ¿cómo pueden ambos levantarse en el día postrero con los mismos cuerpos que tenían antes?». A esto puede responderse fácilmente que una parte muy pequeña de lo que se come se convierte en alimento, y la mayor parte con mucho se elimina según el orden de la naturaleza. De modo que no es en absoluto imposible a Dios, que vela sobre todo esto y lo gobierna, ordenar las cosas de tal manera que lo que es parte del cuerpo de un hombre, aunque sea comido por otro, nunca se convierta en alimento suyo; o, si se convierte, que vuelva a desgastarse y, algún tiempo antes de su muerte, se separe de él, de modo que quede en condición de ser restituido en el día postrero a su antiguo dueño.
2. Dios puede formar este polvo, así reunido, en el mismo cuerpo que era antes. Y que esto es posible han de reconocerlo todos los que creen que Dios hizo a Adán del polvo de la tierra. Por tanto, siendo polvo los cuerpos de los hombres después de la muerte, no son otra cosa que lo que eran antes; y el mismo poder que al principio los hizo de polvo puede rehacerlos con igual facilidad cuando han vuelto a convertirse en polvo. Más aún, no es más maravilloso que la formación de un cuerpo humano en el seno materno, de lo cual tenemos experiencia cada día, y que sin duda es un ejemplo del poder divino tan extraño como pueda serlo su resurrección. Y si no fuera cosa tan común, nos costaría tanto creer posible que una fábrica tan hermosa como es el cuerpo del hombre, con nervios y huesos, carne y venas, sangre y las demás partes de que consta, fuera formada como sabemos que lo es, como ahora nos cuesta creer que en lo venidero haya de reconstruirse después de haberse desmenuzado en polvo. Si solo hubiéramos oído hablar de la maravillosa producción de los cuerpos de los hombres, habríamos estado tan dispuestos a preguntar: «¿Cómo se hacen los hombres, y con qué cuerpos nacen?», como ahora, cuando oímos hablar de la resurrección: «¿Cómo resucitarán los muertos, y con qué cuerpos vendrán?».
3. Cuando Dios haya levantado este cuerpo, puede animarlo con la misma alma que antes lo habitaba. Y no podemos pretender que esto sea imposible de hacer, porque ya se ha hecho. Nuestro mismo Salvador estuvo muerto, resucitó y se apareció vivo a sus discípulos y a otros que habían vivido con él muchos años, y que quedaron entonces plenamente convencidos de que era la misma persona a quien habían visto morir en la cruz.
Así he mostrado que la resurrección del mismo cuerpo no es en modo alguno imposible a Dios; que lo que ha prometido es también poderoso para hacerlo, por aquella «operación con la cual puede también sujetar a sí todas las cosas». Por tanto, aunque no podamos decir exactamente de qué manera se hará, esto no debe debilitar en lo más mínimo nuestra fe en este importante artículo de nuestra fe. Basta que aquel para quien todas las cosas son posibles haya dado su palabra de que nos levantará otra vez. Los que se atreven a burlarse de la gloriosa esperanza de todos los hombres buenos, y no cesan de levantar objeciones contra ella, prueben primero su habilidad con los diversos fenómenos de la naturaleza. Expliquen todo lo que ven suceder en este mundo antes de hablar de las dificultades de explicar la resurrección. ¿Pueden decirme cómo fueron formados y primorosamente labrados sus propios cuerpos? ¿Pueden darme cuenta clara de por qué pasos ordenados fue creada al principio esta gloriosa e imponente estructura, que muestra tanta hechura y tan rara invención? ¿Cómo se hizo la primera gota de sangre, y cómo llegaron el corazón, las venas y las arterias a recibirla? ¿De qué y por qué medios se hicieron los nervios y las fibras? ¿Qué fijó los pequeños resortes en sus debidos lugares y los adaptó a los diversos usos a que ahora sirven? ¿Cómo se distinguió el cerebro de las demás partes del cuerpo y se llenó de espíritus para mover y animar el conjunto? ¿Cómo llegó el cuerpo a ser guarnecido de huesos y tendones, a ser vestido de piel y carne, distribuida en diversos músculos? Respondan tan solo a estas pocas preguntas sobre el mecanismo de sus propios cuerpos, y yo responderé a todas las dificultades acerca de su resurrección. Pero si no pueden hacerlo sin recurrir al poder y la sabiduría infinitos de la PRIMERA CAUSA, sepan que el mismo poder y la misma sabiduría pueden volver a animarlo después de convertido en polvo; y que no hay razón para que dudemos de la cosa porque haya algunas circunstancias que le pertenecen y que no podemos comprender perfectamente ni explicar con claridad.
II. Paso ahora a la segunda cosa que me propuse, que era describir la diferencia que hace la Escritura entre las cualidades de un cuerpo mortal y las de un cuerpo glorificado.
El cambio que se hará en nuestros cuerpos en la resurrección consistirá, según lo que dice la Escritura, principalmente en estas cuatro cosas: 1. Que nuestros cuerpos resucitarán inmortales e incorruptibles. 2. Que resucitarán en gloria. 3. Que resucitarán en poder. 4. Que resucitarán cuerpos espirituales.
1. El cuerpo que tendremos en la resurrección será inmortal e incorruptible: «Porque es menester que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad». Ahora bien, estas palabras, inmortal e incorruptible, no solo significan que no moriremos más (pues en ese sentido los condenados son inmortales e incorruptibles), sino que estaremos perfectamente libres de todos los males corporales que el pecado trajo al mundo; que nuestros cuerpos no estarán sujetos a enfermedad, ni a dolor, ni a ninguna otra de las molestias a que estamos expuestos cada día. A esto llama la Escritura «la redención de nuestro cuerpo», es decir, librarlo de todas sus dolencias. Si hubiéramos de recibirlos otra vez sujetos a todas las flaquezas y miserias con que nos vemos obligados a luchar, mucho dudo que un hombre sabio, dejado a su elección, quisiera tomar de buena gana el suyo otra vez; si no preferiría dejarlo pudrirse todavía en el sepulcro antes que verse encadenado de nuevo a tan pesado terrón de tierra. Semejante resurrección sería, como la llama un sabio pagano, «una resurrección a otro sueño». Parecería más una redención para volver a morir que una resurrección a la vida.
Lo mejor que podemos decir de esta casa de tierra es que es un edificio ruinoso, que no tardará en desmoronarse en polvo; que no es nuestro hogar —esperamos otra «casa, eterna en los cielos»—; que no estaremos siempre confinados aquí, sino que dentro de poco seremos librados de la servidumbre de corrupción, de esta carga de carne, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. ¡Qué cosas tan frágiles son estos cuerpos nuestros! ¡Qué pronto se desordenan! ¡A qué tropel de enfermedades, dolores y otras flaquezas están constantemente sujetos! ¡Y cómo la menor indisposición turba nuestra mente y hace de la vida misma una carga! ¡De cuántas partes constan nuestros cuerpos! Y si una de ellas se desordena, todo el hombre sufre. Si tan solo uno de estos delgados hilos de que está hecha nuestra carne se estira más allá de su debida proporción, o es irritado por algún humor acre, o se rompe, ¡qué tormento produce! Más aún, cuando nuestros cuerpos están en su mejor estado, ¡cuánto trabajo nos tomamos para atender a sus necesidades, para proveer a su sustento, para conservarlos en salud y mantenerlos habitables, en alguna aptitud tolerable para el uso de nuestras almas! Y el tiempo que podemos ahorrar de nuestro trabajo se nos va en descansar y en reponer nuestros cuerpos fatigados y prepararlos de nuevo para el trabajo. ¡Cómo nos vemos forzados, aun por naturaleza, a los confines de la muerte, aun a dejar de ser, o al menos a pasar tantas horas sin ningún pensamiento útil ni razonable, solo para mantenerlos en buen estado! Pero nuestra esperanza y consuelo es que pronto seremos librados de esta carga de carne, cuando «limpiará Dios toda lágrima de nuestros ojos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas pasaron». ¡Oh, cuándo llegaremos a aquella tierra feliz donde jamás se oyó una queja, donde todos gozaremos de salud ininterrumpida de cuerpo y de mente, y nunca más estaremos expuestos a ninguna de las molestias que turban nuestra peregrinación presente! Cuando hayamos pasado una vez de muerte a vida, seremos aliviados de todo el molesto cuidado de nuestros cuerpos, que ahora ocupa tanto de nuestro tiempo y de nuestros pensamientos. Seremos librados de lo que ahora soportamos para sostener nuestra vida. Aquellas vestiduras de luz con que seremos vestidos en la resurrección de los justos no necesitarán de esas cuidadosas provisiones que tan molesto nos es aquí procurar o carecer de ellas. Antes bien, como nos dice nuestro Señor, los que fueren tenidos por dignos de aquel siglo «ni se casan, ni son dados en casamiento, ni pueden ya más morir, porque son iguales a los ángeles». Sus cuerpos no están sujetos a enfermedad, ni necesitan aquel sustento diario sin el cual no pueden pasar estos cuerpos mortales. «Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas; pero a él y a ellas destruirá Dios». Esta es aquella perfecta felicidad de que gozarán todos los hombres buenos en el otro mundo: una mente libre de toda turbación y de toda culpa, en un cuerpo libre de todo dolor y de toda enfermedad. Así nuestros cuerpos mortales resucitarán inmortales. No solo serán preservados siempre de la muerte (pues así podrían serlo estos, si Dios quisiera), sino que su naturaleza será enteramente cambiada, de modo que no conservarán las mismas semillas de mortalidad: no pueden ya más morir.
2.
Nuestros cuerpos resucitarán en gloria. «Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre». Una semejanza de esto tenemos en el resplandor del rostro de Moisés cuando hubo conversado con Dios en el monte. Su rostro resplandecía tanto que los hijos de Israel temían acercarse a él, hasta que se puso un velo sobre él. Y aquella extraordinaria majestad del rostro de Esteban parecía ser una prenda de su gloria. «Todos los que estaban sentados en el concilio, puestos los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel». ¡Cómo, pues, si resplandeció tan gloriosamente aun en la tierra, resplandecerá en el otro mundo, cuando su cuerpo y los cuerpos de todos los santos sean hechos semejantes al cuerpo glorioso de Cristo! Cuán glorioso es el cuerpo de Cristo podemos conjeturarlo por su transfiguración. San Pedro, cuando la vio, cuando el rostro de nuestro Señor resplandeció como el sol y sus vestidos se volvieron resplandecientes y blancos como la nieve, quedó tan arrebatado de gozo y admiración que no sabía lo que decía. Cuando nuestro Salvador descubrió tan solo un poco de aquella gloria que ahora posee, y que a su debido tiempo impartirá a sus seguidores, aun ese poco hizo que el lugar pareciera un paraíso; y los discípulos pensaron que no podían desear nada mejor que vivir siempre en una luz tan pura y gozar de una vista tan hermosa. «Bueno es que nos quedemos aquí: hagamos tres pabellones»: fijemos aquí nuestra morada para siempre. Y si tan dichoso les pareció solo estar presentes con tales cuerpos celestiales y contemplarlos con sus ojos, ¡cuánto más dichoso ha de ser morar en tan gloriosas mansiones, y estar ellos mismos vestidos de tanto resplandor!
Esta excelencia de nuestros cuerpos celestiales procederá probablemente, en gran medida, de la felicidad de nuestras almas. El gozo inefable que sentiremos entonces traspasará nuestros cuerpos y resplandecerá en nuestros semblantes; así como el gozo del alma, aun en esta vida, tiene alguna influencia sobre el semblante, haciéndolo más abierto y alegre. Así nos dice Salomón: «La sabiduría del hombre hará relucir su rostro». La virtud, así como refina el corazón del hombre, hace también más alegre y vivo su mismo aspecto.
3. Nuestros cuerpos resucitarán en poder. Esto expresa la viveza de nuestros cuerpos celestiales, la agilidad de su movimiento, por la cual serán instrumentos obedientes y capaces del alma. En este estado, nuestros cuerpos no son mejores que trabas y grillos que encierran y restringen la libertad del alma. El cuerpo corruptible agrava el alma, y la morada terrestre oprime la mente. Nuestros cuerpos torpes, perezosos e inactivos son a menudo incapaces o remisos para obedecer las órdenes del alma. Pero en la otra vida, «los que esperan al Señor tendrán nuevas fuerzas; levantarán las alas como águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán». O, como lo expresa otro, «discurrirán como centellas entre el rastrojo». La velocidad de su movimiento será como la del fuego que devora el rastrojo; y su altura, por encima del vuelo del águila; porque saldrán a recibir al Señor en el aire cuando venga a juzgar, y subirán con él al más alto cielo. Este cuerpo terrenal es lento y pesado en todos sus movimientos, desganado y pronto cansado por la acción. Pero nuestros cuerpos celestiales serán como fuego, tan activos y tan ágiles como lo son nuestros pensamientos.
4. Nuestros cuerpos resucitarán cuerpos espirituales. Nuestros espíritus se ven ahora forzados a servir a nuestros cuerpos y a esperar su conveniencia, y dependen grandemente de ellos para la mayor parte de sus acciones. Pero entonces nuestros cuerpos servirán enteramente a nuestros espíritus, y les servirán de ministros, y dependerán de ellos. De modo que, así como por «cuerpo animal» entendemos uno adecuado a este mundo inferior y sensible, a este estado terrenal, así «cuerpo espiritual» es uno acomodado a un estado espiritual, a un mundo invisible, a la vida de los ángeles. Y, en verdad, esta es la principal diferencia entre un cuerpo mortal y uno glorificado. Esta carne es el enemigo más peligroso que tenemos: por eso la negamos y renunciamos a ella en nuestro bautismo. Nos tienta constantemente al mal. Cada sentido es un lazo para nosotros. Todas sus concupiscencias y apetitos son desordenados. Es ingobernable, y a menudo se rebela contra la razón. La ley en nuestros miembros se rebela contra la ley de nuestra mente. Cuando el espíritu está presto, la carne es débil; de modo que los mejores hombres se ven forzados a tenerla sujeta y a tratarla con dureza, no sea que los arrastre a la necedad y a la miseria. ¡Y cómo nos estorba en todas nuestras devociones! ¡Qué pronto cansa nuestra mente cuando se ocupa en cosas santas! ¡Con qué facilidad, por sus placeres encantadores, la aparta de aquellos nobles ejercicios! Pero cuando hayamos alcanzado la resurrección de vida, nuestros cuerpos serán espiritualizados, purificados y refinados de su grosería terrenal; entonces serán instrumentos aptos para el alma en toda su ocupación divina y celestial; no nos cansaremos de cantar alabanzas a Dios por siglos infinitos.
Así, según lo poco que hemos podido concebir de ello, se ve suficientemente que un cuerpo glorificado es infinitamente más excelente y deseable que este cuerpo vil. Lo único que queda es
III. Sacar algunas conclusiones del conjunto. Y, en primer lugar, de lo dicho podemos aprender la mejor manera de prepararnos para vivir en aquellos cuerpos celestiales; la cual es limpiarnos cada vez más de todos los afectos terrenales y desprendernos de este cuerpo y de todos los placeres que le son propios. Debemos comenzar en esta vida a aflojar el nudo entre nuestras almas y esta carne mortal; a refinar nuestros afectos, y elevarlos de las cosas de abajo a las de arriba; a apartar nuestros pensamientos y desligarlos de las cosas presentes y sensibles, y acostumbrarnos a pensar en las cosas futuras e invisibles y a conversar con ellas; para que así nuestras almas, cuando dejen este cuerpo terrenal, estén preparadas para uno espiritual, por haber gustado de antemano los deleites espirituales y estar en algún grado familiarizadas con las cosas que entonces hallaremos. Un alma enteramente ocupada en este cuerpo terrenal no es apta para las gloriosas mansiones de arriba. Una mente sensual está tan casada con los placeres corporales que no puede gozarse a sí misma sin ellos; y no es capaz de saborear ningún otro, aunque sea infinitamente preferible a ellos. Más aún, los que siguen las inclinaciones de sus apetitos carnales están tan lejos de ser aptos para los gozos celestiales que tendrían por la mayor desdicha ser vestidos de un cuerpo espiritual. Sería como vestir a un mendigo con las ropas de un rey. Tales cuerpos gloriosos les resultarían incómodos; no sabrían qué hacer en ellos; se alegrarían de retirarse y ponerse otra vez sus harapos. Pero cuando seamos lavados de la culpa de nuestros pecados, y limpiados de toda inmundicia de carne y de espíritu, por la fe en el Señor Jesucristo, entonces anhelaremos ser desatados y estar con nuestro exaltado Salvador; estaremos siempre dispuestos a tender las alas hacia el otro mundo, donde al fin tendremos un cuerpo acomodado a nuestros apetitos espirituales.
2. De aquí podemos ver cómo explicar los diferentes grados de gloria en el mundo celestial. Porque, aunque todos los hijos de Dios tendrán cuerpos gloriosos, la gloria de todos ellos no será igual. «Porque una estrella es diferente de otra en gloria; así también es la resurrección de los muertos». Todos resplandecerán como estrellas; pero los que, por una constante diligencia en hacer el bien, hayan alcanzado una medida de pureza más alta que otros, resplandecerán con más brillo que otros. Aparecerán como estrellas más gloriosas. Es cierto que los cuerpos más celestiales se darán a las almas más celestiales; de modo que esto no es pequeño estímulo para que hagamos el mayor progreso que podamos en el conocimiento y el amor de Dios, puesto que cuanto más desprendidos estemos ahora de las cosas de la tierra, más gloriosos serán nuestros cuerpos en la resurrección.
3. Que esta consideración nos mueva a soportar con paciencia cualesquiera aflicciones con que seamos probados en la vida presente. El tiempo de nuestra eterna redención se acerca. Resistamos un poco más, y toda lágrima será enjugada de nuestros ojos, y nunca más suspiraremos ni nos afligiremos. ¡Y qué pronto olvidaremos todo lo que sufrimos en este tabernáculo terrenal, una vez que estemos vestidos de aquella casa que es del cielo! Ahora no estamos sino de camino hacia el hogar, y por eso hemos de esperar luchar con muchas dificultades; pero no tardaremos en llegar al fin de nuestro viaje, y eso lo compensará todo. Estaremos entonces en un puerto tranquilo y seguro, fuera del alcance de toda tormenta y peligro. Estaremos entonces en casa, en la casa de nuestro Padre, ya no expuestos a las molestias a que estamos sujetos mientras moramos fuera, en estas tiendas. Y no perdamos toda esta felicidad por falta de un poco más de paciencia. Solo resistamos hasta el fin, y recibiremos una abundante recompensa por todo el trabajo y la incomodidad de nuestra travesía: descanso y paz sin fin.
Que esto, especialmente, nos fortalezca contra el temor de la muerte. Ahora está desarmada y no puede hacernos daño. Es verdad que nos separa por un tiempo de este cuerpo; pero solo para que lo recibamos otra vez más glorioso. Por tanto, así como Dios dijo una vez a Jacob: «No temas de descender a Egipto; yo descenderé contigo, y yo también te haré volver», así puedo yo decir a todos los que son nacidos de Dios: «No temáis descender al sepulcro; reclinad vuestras cabezas en el polvo; porque Dios ciertamente os hará subir otra vez, y eso de una manera mucho más gloriosa». Solamente «estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre»; y entonces, deje la muerte prevalecer sobre esta casa de barro y derribarla, puesto que Dios se ha encargado de levantarla otra vez, infinitamente más hermosa, fuerte y útil.
Capítulo 138 completado
Sobre la resurrección de los muertos