Sermones en diversas ocasiones
Sobre la corrupción de la palabra de Dios

Capítulo 137 · 11 min de lectura · 14 min de escucha

Sobre la corrupción de la palabra de Dios

Sermón 136

Sobre la corrupción de la palabra de Dios 148148Predicado hacia el año 1728

«Porque no somos como muchos, que corrompen la palabra de Dios; antes con sinceridad, como de Dios, delante de Dios, hablamos en Cristo».

2 Corintios 2:17.

[1.] Muchos han observado que nada contribuye más al éxito de un predicador entre quienes lo oyen que una buena opinión general de su sinceridad. Nada le da mayor fuerza de persuasión que esto; nada crea mayor atención en los oyentes ni mayor disposición a aprovechar. Cuando de veras creen que no tiene otro fin al hablar que el que lleva abiertamente a la vista, y que está dispuesto a que vean todos los pasos que da para alcanzar ese fin, esto ha de darles una fuerte presunción de que es bueno tanto lo que busca como el método con que lo busca.

[2.] Pero la cuestión es cómo infundirles esta creencia. ¿Cómo haremos que reparen en nuestra sinceridad, si no la advierten por sí mismos? Un buen medio, por común que sea, es profesarla franca y abiertamente. Hay algo en estas profesiones, cuando salen del corazón, que se insinúa con fuerza en el corazón de los demás. Las personas de alguna generosidad que las oyen se ven casi forzadas a creerlas; y aun los que no las creen están obligados por prudencia a no dejar ver su incredulidad, puesto que es regla conocida que cuanto más honrado es un hombre, menos propenso es a sospechar de otro. La consecuencia de esto es clara: quien sin prueba sospecha de la sinceridad de su prójimo da una prueba probable de que juzga el corazón de él por la falsedad del suyo propio.

[3.] ¿No se sentiría cualquiera tentado a sospechar de la integridad de aquel que, sin prueba, sospechara la falta de ella en otro que hubiera profesado franca y abiertamente los principios según los cuales obraba? Ciertamente nadie, sino quien él mismo corrompiera la palabra de Dios o deseara que estuviese corrompida, podría sospechar a la ligera que san Pablo lo hiciera, ni ninguno de los que después de él usaran su generosa declaración: «Porque no somos como muchos, que corrompen la palabra de Dios; antes con sinceridad, como de Dios, delante de Dios, hablamos en Cristo».

[4.] No es que el apóstol, como tampoco sus seguidores en la predicación del evangelio, desee que se confíe enteramente en sus palabras; pues después apela a sus obras para confirmarlas. Y quienes en esto puedan imitarlo no necesitan rogar a los hombres que crean en su sinceridad. Si nuestras obras llevan su sello, lo mismo que nuestras palabras, ambas juntas hablarán tan alto y tan claro que toda persona sin prejuicios habrá de entender que hablamos en Cristo, como con sinceridad, y que al hacerlo consideramos que estamos delante de aquel Dios cuya comisión llevamos.

[5.] Aquellos a quienes el apóstol acusa de la práctica contraria, de corromper la palabra de Dios, parecen haber sido judíos que, reconociendo que Jesús era el Cristo y que su evangelio era divino, lo adulteraban, sin embargo, mezclando con él la ley de Moisés y sus propias tradiciones. Y al hacer esto, su mira principal era sacar ganancia de Cristo; lo cual, en consecuencia, los ponía en la necesidad de ocultar el fin que se proponían, así como los medios que empleaban para conseguirlo. Por el contrario, quienes buscan el bien de los hombres no tienen por qué esconder sus intenciones. Si el beneficio que nos proponemos al hablar es para nosotros mismos, a menudo nos conviene mantenerlo en secreto. Si el beneficio que nos proponemos es para otros, siempre nos conviene hacerlo público; y conviene tanto a nosotros como a los demás hacer públicas aquellas señales distintivas por las que pueda conocerse claramente quién corrompe la palabra de Dios y quién la predica con sinceridad.

[I. 1.] La primera y gran señal del que corrompe la palabra de Dios es introducir en ella mezclas humanas: o los errores [herejías] de otros, o las fantasías de su propio cerebro. Hacer esto es corromperla en el más alto grado: ¡mezclar con los oráculos de Dios sueños impuros, dignos solo de la boca del diablo! Y, sin embargo, se ha hecho con tanta frecuencia que apenas ha habido opinión errónea [herética] inventada o recibida que no se haya defendido citando la Escritura. [2.] Y cuando la impostura era demasiado descarada, y el texto citado en su favor parecía con demasiada claridad o bien ir en contra de ella, o bien no venir al caso, entonces se ha recurrido por lo general a un segundo método de corromperla: mezclándola con falsas interpretaciones. Y esto se hace unas veces repitiendo mal las palabras, y otras repitiéndolas bien, pero dándoles un sentido equivocado; uno que es forzado y antinatural, o ajeno a la intención del escritor en el lugar de donde se toman; quizá contrario a su intención en ese mismo lugar, o a lo que dice en alguna otra parte de sus escritos. Y esto se logra con facilidad: cualquier pasaje se pervierte fácilmente si se recita aislado, sin ninguno de los versículos anteriores o siguientes. Por este medio puede parecer a menudo que tiene un sentido, cuando, observando lo que va antes y lo que sigue después, se verá claramente que en realidad tiene el sentido directamente contrario. Por no observar esto, las almas incautas están expuestas a ser llevadas por todo viento de doctrina, siempre que caen en manos de quienes tienen bastante maldad y astucia para adulterar así lo que predican, y para añadir de vez en cuando un comentario plausible que lo haga tragar con más facilidad.

[3.] Una tercera clase de los que corrompen la palabra de Dios, aunque en menor grado que cualquiera de las anteriores, son los que lo hacen, no añadiéndole, sino quitándole; los que le quitan o el espíritu o la sustancia, mientras procuran profetizar solo cosas halagüeñas, y por eso palian y colorean lo que predican para acomodarlo al gusto de los oyentes. Y para poder hacerlo mejor, suelen dejar a un lado aquellas partes que no admiten colorido alguno. Se lavan las manos de aquellos textos obstinados que no se doblegan a su propósito, o que tocan con demasiada claridad los vicios reinantes del lugar donde están. Los cambian por otros más suaves y manejables, que no son tan propensos a ofender. No ha de decirse una sola palabra de la tribulación y angustia anunciadas contra los pecadores en general; mucho menos del fuego que nunca se apaga, el cual, si Dios es veraz, aguarda a varias de aquellas ofensas particulares que han caído bajo su propia observación. Estas partes delicadas no pueden tocarlas sin peligro quienes procuran hacerse gratos a los hombres; o, si las tocan, ha de ser con la mayor cautela y con una hábil evasiva en reserva. Pero sí pueden tronar sin riesgo contra los que están fuera de su alcance, y contra aquellos pecados de los que suponen que ninguno de sus oyentes es culpable. Nadie se toma a pecho oír que se pongan al descubierto prácticas que no le atañen. Pero cuando el golpe da en el blanco, cuando alcanza su propio caso, entonces, si no convencido, queda disgustado, o enojado, y pierde la paciencia.

Estos son los métodos de aquellos corruptores de la palabra que obran delante de los hombres, no de Dios. Él prueba los corazones, y no recibirá ningún servicio en que solo intervengan los labios. Pero sus palabras no tienen trato alguno con sus pensamientos. Ni les conviene que lo tengan. Porque si su verdadera intención llegara a aparecer, ella misma se haría fracasar. Se proponen, es cierto, hacer bien por medio del evangelio de Cristo; pero a sí mismos, no a otros. En cambio, los que usan de sinceridad al predicar el evangelio buscan su propio bien en el bien de los demás. Y que son sinceros, y hablan como oficiales comisionados, delante de aquel cuya comisión llevan, aparece claramente por la contrariedad directa entre su práctica y la de los disimuladores arriba descritos.

[II. 1.] Primero. Considerad que no es su propia palabra la que predican, sino la palabra de aquel que los envió. La predican genuina y sin mezcla. Como no solo profesan, sino que creen de veras, que «si alguno añadiere a la palabra de Dios, Dios pondrá sobre él las plagas que están escritas en ella», temen hacerlo en lo más mínimo. De ellos recibís el evangelio, si no de manera tan elegante, sí limpio y tal como es; sin mezcla alguna de errores [herejía] que lo contaminen, ni de mala interpretación que lo enrede; [2.] explicado de la manera más natural y obvia, por lo que precede y lo que sigue al lugar en cuestión; y comentado por el camino más seguro y menos expuesto a error o corrupción: aduciendo aquellos lugares paralelos que expresan lo mismo con más claridad.

[3.] En segundo lugar, son tan cautos de quitar como de añadir a la palabra que predican. Considerando delante de quién están, no se atreven a decir ni menos [ni] más de lo que él les ha asignado. Deben publicar, según se ofrezcan ocasiones oportunas, todo lo que contienen los oráculos de Dios; sea halagüeño o no, nada importa, puesto que es indudablemente verdadero, y útil también: «Porque toda la Escritura es inspirada por Dios, y es útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia»; ya para enseñarnos lo que hemos de creer o practicar, ya para convencer del error y reformar el vicio. Saben que nada hay superfluo en ella, tocante a la fe o a la práctica; y por eso predican todas sus partes, aunque con más frecuencia y en particular aquellas que más particularmente se necesitan donde están. Tan lejos están de abstenerse de hablar contra un vicio porque esté de moda y bien reputado en el lugar que la Providencia les ha asignado, que por esa misma razón son más celosos en testificar contra él. Tan lejos están de abstenerse de hablar en favor de una virtud porque esté pasada de moda y desacreditada donde se hallan, que precisamente por eso la recomiendan con más vigor.

[4.] Por último. Los que hablan con sinceridad, y como delante de aquel que los envía, muestran que así lo hacen por la manera en que hablan. Hablan con claridad y denuedo, y no les preocupa paliar su doctrina para acomodarla a los gustos de los hombres. Procuran ponerla siempre a su verdadera luz, sea o no agradable. No quieren, no se atreven a suavizar una amenaza de modo que pierda su fuerza, ni a pintar el pecado con colores tan suaves que disminuyan su negrura natural. No es que no prefieran la mansedumbre cuando es probable que sea eficaz. Aunque conocen «el temor del Señor», desean más bien «persuadir a los hombres». Este método usan, y aman usarlo, con quienes son capaces de persuasión. Con los que no lo son, están obligados, si quieren ser fieles, a tomar el camino más severo. Allá los injuriadores; eso no les hace daño a ellos: y si por hacerlo son censurados o injuriados, allá los injuriadores. Que los oyentes se acomoden a la palabra; la palabra no ha de acomodarse, en este sentido, a los oyentes. El predicador de ella no sería menos culpable por una servil condescendencia de un lado que por una severidad inflexible del otro.

[III. 1.] Si, pues, hemos hablado la palabra de Dios, la genuina y pura palabra de Dios, y solo ella; si no le hemos dado ninguna interpretación forzada, sino que [hemos] tomado las frases conocidas en su sentido común y obvio y, cuando eran menos conocidas, hemos explicado la Escritura por la Escritura; si hemos hablado toda la palabra, según se ofrecía ocasión, aunque más bien aquellas partes que parecían más propias para poner freno a algún vicio de moda, o para animar a la práctica de alguna virtud pasada de moda; y si hemos hecho esto con claridad y denuedo, aunque con toda la mansedumbre y suavidad que la naturaleza del asunto permita, entonces creed nuestras obras, si no nuestras palabras; o, más bien, creed a ambas juntas. Esto es todo lo que un predicador puede hacer; toda la prueba que puede o necesita dar de sus buenas intenciones. No hay otro camino que este para mostrar que habla como con sinceridad, como comisionado por el Señor y como delante de él. Si hay alguno que, después de todo esto, no quiera creer que es por su bien, y no por el nuestro, por lo que trabajamos; que nuestra primera intención al hablar es mostrarle el camino de la felicidad y apartarlo del gran camino que lleva a la miseria, limpios estamos de la sangre de ese hombre: recae sobre su propia cabeza. Porque así dice el Señor, que nos ha puesto como atalayas sobre las almas de nuestros compatriotas y hermanos: «Si tú avisares al impío de su camino para que de él se aparte», y mucho más si usamos todos los medios posibles para convencerlo de que el aviso es de Dios, «y él no se apartare de su camino», lo cual ciertamente no hará si no cree que hablamos en serio, «por su pecado morirá él, y tú libraste tu alma». [Los números de las secciones (y otras inserciones entre corchetes de variantes textuales más significativas) siguen la Bicentennial Edition.]

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