Capítulo 136 · 12 min de lectura · 15 min de escucha
Sobre el luto por los muertos
Sermón 135
Sobre el luto por los muertos 146146Predicado en Epworth, el 11 de enero de 1726, en el funeral de John Griffith, un joven de buenas esperanzas.
«Mas ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle volver? Yo voy a él, mas él no volverá a mí».
2 Samuel 12:23.
En estas pocas pero enérgicas palabras se encierra la resolución de un hombre sabio y bueno que acababa de recobrar el uso de su razón y de su virtud, tras la amargura de alma que había gustado esperando de hora en hora la muerte de un hijo amado. Había ayunado y llorado, y había pasado la noche acostado en tierra, y había rehusado no solo el consuelo, sino aun el sustento necesario, mientras el niño vivía todavía, con la esperanza de que Dios tuviera misericordia, en esto como en otros casos, y revocara la justa sentencia que había pronunciado. Cuando esta se ejecutó con la muerte del niño, se levantó y mudó sus ropas, habiendo rendido primero su adoración a su gran Señor, reconociendo, sin duda, la blandura de su severidad, y confesando con gratitud y humildad la obligación que tenía para con él, por cuanto no había sido consumido, además de castigado, por su pesada mano; luego entró en su casa y se condujo con su serenidad y su alegría acostumbradas. La razón de este extraño cambio en su proceder, tal como lo veían quienes ignoraban los principios por los que obraba, la explica aquí con gran brevedad, pero con el lenguaje más hermoso, con fuerza de pensamiento y con energía de expresión: «Mas ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle volver? Yo voy a él, mas él no volverá a mí».
«¿Con qué fin», dice el doliente resignado, «he de ayunar ahora que el niño ha muerto? ¿Por qué he de añadir dolor a dolor, el cual, siendo voluntario, aumenta la aflicción que ya sufro? ¿No sería igualmente inútil para él y para mí? ¿Tienen mis lágrimas o mis quejas poder para volver a fijar su alma en su morada deshecha y abandonada? O, en verdad, ¿querría él cambiar, aunque tuviera el poder en sus manos, las regiones dichosas que ahora posee por esta tierra de cuidados, de dolor y de miseria? ¡Oh vano pensamiento! Nunca puede, nunca querrá volver a mí. Sea mi consuelo, mi constante consuelo, cuando mis penas me opriman, que pronto, muy pronto, iré yo a él; que pronto despertaré de este tedioso sueño de la vida, que pronto tendrá fin; ¡y entonces lo contemplaré; entonces lo veré otra vez, y lo veré con aquel amor perfecto, con aquel afecto sincero y elevado, que aun al corazón de un padre le es extraño aquí abajo! ¡Cuando el Señor Dios enjugue toda lágrima de mis ojos; y la menor parte de mi dicha será que el dolor de la ausencia huirá!».
Las consecuencias inútiles y malas, y la naturaleza pecaminosa, de entristecerse sin medida por los muertos se deducen fácilmente de la primera parte de esta reflexión; en la segunda tenemos los motivos más poderosos para movernos a luchar contra ello: un remedio exactamente adecuado a la enfermedad, una consideración que, debidamente aplicada, no dejará de prevenir esta tristeza o de librarnos de esta verdadera desgracia.
La tristeza en general es madre de tanto mal, y ocasión de tan poco bien para el género humano, que con razón puede uno preguntarse cómo halló lugar en nuestra naturaleza. En verdad fue creación del hombre mismo, no de Dios, quien puede permitir el mal, pero nunca fue su autor. Una misma hora dio a luz a la tristeza y al pecado, como un mismo momento nos librará de ambos. Porque ninguno de ellos existía antes de que la naturaleza humana se corrompiera, ni continuará cuando esta sea restaurada a su antigua perfección.
En verdad, en el presente estado de las cosas, aquel Ser sabio que bien sabe sacar el bien del mal nos ha mostrado un modo de hacer que esta flaqueza universal contribuya grandemente tanto a nuestra virtud como a nuestra felicidad. Aun la tristeza, si nos lleva al arrepentimiento y procede de un serio sentimiento de nuestras faltas, no es cosa de la que haya que arrepentirse; puesto que los que así siembran con lágrimas, con regocijo segarán. Si la limitamos a esta ocasión particular, no perjudica, sino que ayuda mucho a nuestra razón imperfecta; pues el dolor, sea del cuerpo o del alma, obra más aprisa que la reflexión y graba más hondamente en la memoria cualquier circunstancia a la que acompaña.
Por la naturaleza misma de la tristeza, que es un desasosiego de la mente ante la aprehensión de algún mal presente, se ve que el que surja en nosotros en cualquier otra ocasión que no sea la del pecado se debe enteramente a nuestra falta de juicio. ¿Son males verdaderos alguno de esos accidentes que en el lenguaje de los hombres se llaman desgracias, como el oprobio, la pobreza, la pérdida de la vida, o aun de los amigos? Tan lejos están de serlo que, si nos atrevemos a creer a nuestro Creador, son a menudo bendiciones positivas. Todas ellas nos ayudan juntamente a bien. Y en consecuencia nuestro Señor nos manda, aun cuando nos sobreviene la pérdida más grave, la de nuestra reputación, si es por una buena causa (como será culpa nuestra si no lo es), que nos «gocemos y alegremos».
Pero lo que prueba plenamente el completo absurdo de casi toda nuestra tristeza, salvo la que sentimos por nuestras propias faltas, es que su ocasión ha pasado siempre antes de que ella comience. Recobrar lo que ya ha sido es del todo imposible y está fuera del alcance de la Omnipotencia misma. Que los que son amigos de la desdicha, si es que los hay, entreguen su mente a esta inquietud infructuosa. Los que desean la felicidad se guardarán de abrigar una pasión que ni es deseable en sí misma ni sirve para ningún buen fin, presente o futuro.
Si alguna especie de esta pasión inútil es más particularmente inútil que las demás, es la que sentimos cuando nos entristecemos por los muertos. Destruimos la salud de nuestro cuerpo y debilitamos la fuerza de nuestra mente, sin recibir precio alguno por estas inestimables bendiciones; renunciamos a nuestra ventaja presente sin perspectiva alguna de una futura, sin ninguna probabilidad de hacerlos volver aquí ni de aprovecharles allí donde están.
Así como es una pobre prueba de nuestra sabiduría, lo es todavía peor de nuestro afecto por los muertos. Es propio de la envidia, no del amor, quejarse de la felicidad ajena; llorar porque toda lágrima ha sido enjugada de sus ojos. ¿Ha de turbarnos a nosotros, que nos llamamos sus amigos, que un caminante cansado haya llegado al fin a su hogar tan deseado? Lloremos más bien por nosotros mismos, que aún carecemos de esa felicidad, y para quienes ese reposo aparece todavía solo en perspectiva.
Clemente es nuestro Dios y misericordioso, el cual, sabiendo lo que hay en el hombre, que la pasión, cuando ha vencido a la razón, toma siempre su apariencia, para que no seamos engañados por esa apariencia añade la sanción de sus mandamientos infalibles a los dictados naturales de nuestro propio entendimiento. Tal vez el juicio podría estar tan nublado por la pasión que creyera razonable entregarse sin medida a la tristeza al separarse de un objeto amado; pero la Revelación nos dice que todos los sucesos de la vida han de sobrellevarse con paciencia y moderación, pues de otro modo ponemos sobre nuestras almas un peso mayor del que los accidentes externos pueden poner sin nuestro concurso; con humildad, porque de la justicia ofendida de Dios bien podríamos haber esperado que nos infligiera cosas mucho peores; y con resignación, porque sabemos que todo lo que sucede es para nuestro bien; y aunque no lo fuera, no podemos contender con el que es más fuerte que nosotros, y por tanto no deberíamos provocarlo.
Contra esta falta, que es incompatible con esas virtudes y, por consiguiente, está tácitamente prohibida en los preceptos que las ordenan, san Pablo nos advierte con palabras expresas: «Tampoco, hermanos, queremos que ignoréis acerca de los que duermen, que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús. Por tanto, consolaos los unos a los otros con estas palabras». (1 Tesalonicenses 4:13, 14, 18.) Y estas son, en verdad, las únicas palabras que pueden dar consuelo duradero a un espíritu herido por semejante ocasión. ¿Por qué he de ser tan irrazonable, tan poco amoroso, que desee el regreso a mí de un alma que ahora está en la dicha, a esta morada de pecado y de miseria, sabiendo que vendrá el tiempo, y aun ya está cerca, en que, a pesar de la gran sima que hay entre nosotros, sacudiré estas cadenas e iré a él?
Lo que él fue, ni soy capaz de pintarlo con los colores adecuados, ni estoy dispuesto a intentarlo. Aunque el argumento principal, o al menos el más común, en favor de esos elaborados elogios de los muertos que durante tantos años han prevalecido tanto entre nosotros es que no puede haber sospecha de adulación, todos sabemos, sin embargo, que en tales ocasiones el púlpito se ha prostituido tan a menudo a esos fines serviles que ya no es capaz de servirlos. Los hombres dan por sentado que lo que allí se dice son palabras de cumplido; que la tarea del orador es describir la belleza, no el parecido, del retrato; y que, con tal que esté bien pintado, no le importa a quién se parezca; en una palabra, que su tarea es mostrar su propio ingenio, no la nobleza de su amigo, atribuyéndole todas las virtudes que se le ocurran.
Este es, en verdad, un fin al que visiblemente sirven esas alabanzas inoportunas; para qué otra cosa sirven, es difícil decirlo. De nada le sirve al muerto que se celebren sus acciones, puesto que tiene el aplauso de Dios y de sus santos ángeles, y también el de su propia conciencia. Y de muy poco le sirve al vivo, puesto que el que desea un modelo puede hallar bastantes propuestos como tales en los escritos sagrados. ¡Qué! ¿Ha de levantarse uno de los muertos para instruirle, mientras Moisés, los profetas y el bendito Jesús se le siguen presentando a la vista en aquellas tablas eternas? Lo cierto es que el que no quiera imitar a estos no se convertiría aunque uno se levantara literalmente de los muertos.
Bástame haberle rendido mi último deber (ya esté ahora revoloteando sobre estas regiones inferiores, o se haya retirado ya a las moradas de la gloria eterna) diciendo, en pocas y sencillas palabras, como eran las suyas y como siempre le fueron gratas, que fue para sus padres un hijo afectuoso y obediente; para sus conocidos, un compañero ingenuo, alegre y de buen natural; y para mí, un amigo sincero y bien probado.
Ante semejante pérdida, si se considera sin las circunstancias que la alivian, ¿quién puede culpar al que derrama una lágrima? La tierna emoción de un corazón derretido de cariño, cuando reflexiona en los diversos momentos gratos que ahora han emprendido el vuelo para no volver jamás, da autoridad a cierto grado de tristeza. Ni la flaqueza humana permite que un conocido ordinario se despida por última vez de ellos sin ella. ¿Quién, pues, puede concebir, y mucho menos describir, la fuerte emoción, las secretas agitaciones del alma que siente un padre en semejante ocasión? Nadie, ciertamente, sino los que son padres ellos mismos; a no ser aquellos pocos que han experimentado el poder de la amistad, ¡el lazo más estrecho, más tierno y más fuerte que conoce la naturaleza humana de este lado del sepulcro!
Al desgarrarse estos sagrados vínculos, bien podemos permitir sin culpa algunas punzadas de despedida; pero la dificultad está en ponerles fin tan pronto como nos lo mandan la razón y la religión. ¿Qué puede darnos alivio suficiente tras esa ruptura que ha dejado un vacío tan doloroso en nuestro pecho? ¿Qué, en verdad, sino la reflexión ya mencionada, que nunca se inculcará demasiado: que nosotros mismos nos apresuramos hacia él; que, con que pasen unos pocos años, quizá unas horas, que pronto habrán terminado, no solo este deseo sino todos los demás quedarán satisfechos, cuando cambiemos la vistosa sombra del placer que hemos gozado por una felicidad sincera, sustancial y que no pasa?
Con esta consideración bien grabada en nuestra mente, es mucho mejor, como observa Salomón, ir a la casa del luto que a la casa del banquete. Esta abraza el alma, desarma nuestra resolución y nos deja expuestos al ataque; aquella nos advierte que recobremos nuestra razón y estemos en guardia, e infunde aquella noble firmeza y seriedad de ánimo que no está al alcance de un golpe ordinario descomponer. Tales objetos nos inducen naturalmente a considerar en el corazón que la próxima citación puede ser la nuestra; y que, puesto que la muerte es el fin de todos los hombres sin excepción, ya es hora de que el que vive lo considere en su corazón.
Si en algún momento corremos peligro de ser vencidos por detenernos demasiado en el lado sombrío de esta perspectiva, hasta causarnos dolor, hacernos ineptos para los deberes y oficios de la vida y debilitar nuestras facultades de cuerpo o de mente (proceder que, como ya se ha mostrado, es a la vez absurdo, inútil y pecaminoso), volvamos al instante al lado luminoso y reflexionemos, con gratitud y también con humildad, que nuestro tiempo pasa como una sombra; y que, cuando despertemos de este sueño momentáneo, tendremos entonces una visión más clara de aquel postrer día en que nuestro Redentor se levantará sobre la tierra; cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad; y cuando cantemos, con los coros unidos de los hombres y de los ángeles: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?».
Capítulo 136 completado
Sobre el luto por los muertos