Capítulo 135 · 23 min de lectura · 30 min de escucha
El verdadero cristianismo defendido
Sermón 134
El verdadero cristianismo defendido 144144[El siguiente sermón se encontró en un manuscrito mutilado entre los papeles del señor Wesley. Está fechado el 24 de junio de 1741. Se ha descubierto también una copia en latín del mismo discurso. El señor Pawson copió el primero con gran cuidado, y yo he suplido sus lagunas a partir del segundo. Al cotejar ambos sermones, encuentro varias diferencias que, aunque no de gran importancia, bastan a mi juicio para justificar la conveniencia de traducir y publicar el latino, no solo como cosa curiosa, sino como cosa útil. Sin duda el sermón se escribió con el propósito de predicarlo ante la Universidad de Oxford; pero si llegó a predicarse allí, no puede determinarse. A. Clarke.]
«¿Cómo te has tornado ramera, oh ciudad fiel?»
Isaías 1:21.
1. «Cuando trajere yo espada sobre la tierra, dice el Señor, si el atalaya tocare la corneta y avisare al pueblo, cualquiera que oyere el sonido de la corneta y no se apercibiere, si viniendo la espada lo tomare, su sangre será sobre su cabeza. Pero si el atalaya viere venir la espada y no tocare la corneta, y el pueblo no se apercibiere, y viniendo la espada tomare de él a alguno, por causa de su pecado fue tomado, mas demandaré su sangre de mano del atalaya». (Ezequiel 33:2–6.)
2. No cabe duda de que esa palabra del Señor ha venido también a todo ministro de Cristo: «Tú, pues, hijo del hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, la palabra de mi boca, y los apercibirás de mi parte. Cuando yo dijere al impío: Impío, de cierto morirás; si tú no hablares para que se guarde el impío de su camino, el impío morirá por su pecado, mas su sangre yo la demandaré de tu mano».
3. Por tanto, nadie debe ser tenido por enemigo nuestro porque nos dice la verdad, cosa que en realidad es una muestra de amor al prójimo, así como de obediencia a Dios. De otro modo, pocos emprenderían una tarea tan ingrata, porque ya saben la paga que recibirán. Es preciso que se cumpla la Escritura: «A mí me aborrece el mundo», dice nuestro Señor, «porque yo doy testimonio de él, que sus obras son malas».
4. Es desde una convicción plena y firme de que debo este trabajo de amor a mis hermanos y a mi tierna madre, [alma mater: la Universidad de Oxford] que me ha criado durante ya más de veinte años, y de la cual, después de Dios, he recibido aquellos beneficios de los que confío conservar un agradecido recuerdo hasta que mi espíritu vuelva a Dios que lo dio; es, digo, desde la plena convicción de que el amor y la gratitud, así como la dispensación del evangelio que me ha sido confiada, me lo exigen, por lo que aun yo he emprendido hablar sobre un tema necesario, aunque mal recibido. En verdad habría deseado que alguna persona más grata lo hubiera hecho. Pero si todos callaran, las piedras mismas clamarían: «¿Cómo te has tornado ramera, oh ciudad fiel?».
5. Cuán fiel fue en otro tiempo a su Señor, con quien había sido desposada como virgen pura, que lo digan no solo los escritos de sus hijos, que serán tenidos en honra por todas las generaciones, sino también la sangre de sus mártires, testimonio de su fidelidad más fuerte que el que podrían dar las palabras, aun
todos los discursos de la tierra parlera.
¡Pero cómo se ha tornado ahora ramera! ¡Cómo se ha apartado de su Señor! ¡Cómo lo ha negado, y ha escuchado la voz de los extraños! Y esto,
I. En cuanto a la doctrina; y
II. En cuanto a la práctica.
I. En cuanto a la doctrina.
1. No puede decirse que todos nuestros escritores sean predicadores de doctrinas extrañas. Hay quienes exponen las palabras de Dios por el mismo Espíritu con que fueron escritas, y se adhieren fielmente al sólido fundamento que nuestra Iglesia ha puesto conforme a ellas; acerca del cual tenemos la palabra de Aquel que no puede mentir, de que «las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». Hay también quienes (¡bendito sea el Autor de toda buena dádiva!), como peritos arquitectos, edifican sobre él, no heno ni hojarasca, sino oro y piedras preciosas, es decir, aquella caridad que nunca deja de ser.
2. Tenemos asimismo motivo para dar gracias al Padre de las luces, porque no se ha dejado a sí mismo sin testimonio, sino que hay quienes predican ahora el evangelio de la paz, la verdad como está en Jesús. ¡Pero qué pocos son estos en comparación de aquellos (hoi kapeleuontes) que adulteran la palabra de Dios! ¡Qué poco alimento sano tenemos para nuestras almas, y qué abundancia de veneno! ¡Qué pocos hay que, sea escribiendo o predicando, declaren el genuino evangelio de Cristo, en la sencillez y pureza con que se expone en los venerables documentos de nuestra propia Iglesia! ¡Y cómo estamos cercados por todas partes de aquellos que, sin conocer las doctrinas de nuestra Iglesia, ni las Escrituras, ni el poder de Dios, se han buscado invenciones propias con las que de continuo corrompen también a otros!
3. No hablo ahora de aquellos (prototokoi tou Satana_) primogénitos de Satanás, los deístas, arrianos o socinianos. Estos son demasiado infames entre nosotros para prestar gran servicio a la causa de su amo. Pero ¿qué diremos de aquellos que son tenidos por columnas de nuestra Iglesia y campeones de nuestra fe; y que en realidad traicionan a esa Iglesia y minan los mismos cimientos de la fe que por ella se nos enseña?
4. ¡Pero qué cosa tan odiosa es mostrar esto! ¿Quién es suficiente para soportar el peso del prejuicio que necesariamente ha de seguir a la sola mención de semejante acusación contra hombres de tan sólida reputación, y que, por cierto, en otros muchos respectos han prestado gran servicio a la Iglesia de Dios? Con todo, todo ministro fiel ha de decir: ¡Líbreme Dios de hacer acepción de personas! No me atrevo a dar a nadie títulos lisonjeros, ni a perdonar a ninguno que corrompa el Evangelio. De otra manera, en breve me llevaría mi Hacedor.
5. Permítaseme, sin embargo, ser tan breve como pueda sobre este punto; y solo citaré como ejemplo a dos o tres hombres de renombre que han procurado minar el fundamento mismo de nuestra Iglesia, atacando su doctrina fundamental, y en verdad la doctrina fundamental de todas las Iglesias reformadas, a saber, la justificación por la fe sola.
Uno de ellos, y de los de más alta posición en nuestra Iglesia, escribió e imprimió antes de su muerte varios sermones expresamente para probar que no solo la fe, sino también las buenas obras, son necesarias para la justificación. La desagradable tarea de citar pasajes particulares de ellos queda excusada por su mismo título, que es este: La necesidad de la regeneración (la cual prueba extensamente que implica santidad de corazón y de vida) para la justificación. [Sermones de Tillotson, vol. 1.]
6. A algunos puede parecerles extraño que un ángel de la Iglesia de Dios (como el gran Pastor llama a sus sobreveedores), y uno tan altamente estimado tanto en nuestra nación como en otras muchas, hable así con frialdad y calma. Pero ¡oh, qué es él en comparación del gran obispo Bull! ¿Quién podrá estar firme, si este eminente erudito, cristiano y prelado escribió y publicó al mundo en su juventud, y defendió en sus años más maduros, las proposiciones que siguen?
«Se dice que el hombre (ex ergon dikaioutai) es justificado por las obras; porque las buenas obras son la condición, según el designio divino establecido en el pacto del evangelio, requerida y necesaria para la justificación del hombre; es decir, para que obtenga la remisión de los pecados por medio de Cristo». BULLI Harm. Apost., p. 4.
Un poco después, al disponerse a presentar testimonios en prueba de esta proposición, dice: «La primera clase de ellos será la de aquellos que hablan de las buenas obras en sentido general, como la condición requerida y necesaria de la justificación». Siguen luego ciertos textos de la Escritura, tras los cuales añade: «¿Quién no cree que en estas escrituras se exige abundancia de buenas obras, las cuales, si el hombre no las cumple, queda del todo excluido de la esperanza del perdón y de la remisión de los pecados?». Ibid., p. 6.
Después de introducir algunas otras cosas, añade: «No hay nadie que no pueda ver que, además de la fe, se requiere el arrepentimiento como necesario para la justificación. Ahora bien, el arrepentimiento no es una sola obra, sino que es, por así decirlo, un conjunto de muchas otras; pues en su ámbito están comprendidas las obras siguientes: (1.) El dolor a causa del pecado; (2.) La humillación bajo la mano de Dios; (3.) El aborrecimiento del pecado; (4.) La confesión del pecado; (5.) La ardiente súplica de la misericordia divina; (6.) El amor de Dios; (7.) El dejar de pecar; (8.) El firme propósito de una nueva obediencia; (9.) La restitución de los bienes mal adquiridos; (10.) El perdonar a nuestro prójimo sus ofensas contra nosotros; (11.) Las obras de beneficencia, o la limosna. Cuánto valen estas cosas para obtener de Dios la remisión de los pecados es bastante evidente por Daniel 4:27, donde el profeta da este saludable consejo a Nabucodonosor, que en aquel tiempo estaba aferrado a sus pecados: “Redime [El obispo traduce PRQ — peruk, con la Vulgata, redimid, o rescatad; pero el sentido propio y literal es romped. A. C.] tus pecados con limosnas, y tus iniquidades con misericordias para con los pobres”». Ibid., p. 10.
7. Para citar un punto más: toda la liturgia de la Iglesia está llena de peticiones por aquella santidad sin la cual, como la Escritura declara en todas partes, nadie verá al Señor. Y todas ellas se resumen en aquellas palabras tan comprensivas que se supone que repetimos con tanta frecuencia: «Purifica los pensamientos de nuestros corazones por la inspiración de tu Santo Espíritu, para que te amemos perfectamente y engrandezcamos dignamente tu santo nombre». Es evidente que en la última cláusula de esta petición está contenida toda la santidad exterior; y no puede llevarse a mayor altura ni expresarse con términos más fuertes. Y aquellas palabras, «Purifica los pensamientos de nuestros corazones», contienen la rama negativa de la santidad interior, cuya altura y profundidad es la pureza de corazón por la inspiración del Espíritu Santo de Dios. Las palabras restantes, «para que te amemos perfectamente», contienen la parte positiva de la santidad; puesto que este amor, que es el cumplimiento de la ley, implica todo el sentir que hubo en Cristo.
8. Pero ¿cómo concuerda con esta doctrina la corriente general de escritores y predicadores (excúseseme la odiosa tarea de citar a personas en particular)? En verdad, de ninguna manera. Muy pocos hallamos que la inculquen con sencillez y empeño. Pero muchísimos escriben y predican como si la santidad cristiana, o la religión, fuera una cosa puramente negativa; como si no maldecir ni jurar, no mentir ni calumniar, no ser borracho, ladrón o fornicario, no hablar ni hacer mal, fuera religión suficiente para dar a un hombre derecho al cielo. ¡Cuántos, si van algo más allá de esto, la describen solo como una cosa exterior, como si consistiera principalmente, si no por completo, en hacer el bien (como se dice) y en usar los medios de gracia! O, si van todavía un poco más lejos, ¿qué añaden a esta pobre descripción de la religión? Pues, quizá, que el hombre debe ser ortodoxo en sus opiniones y tener celo por la constitución de la Iglesia y del Estado. Y esto es todo: ¡esta es toda la religión que pueden admitir sin degenerar en entusiasmo! ¡Tan cierto es que la fe de un demonio y la vida de un pagano componen lo que la mayoría de los hombres llama un buen cristiano!
9. Pero ¿para qué buscar más testigos de esto? ¿No hay muchos aquí presentes que son de la misma opinión? ¿Que creen que un buen hombre moral y un buen cristiano significan lo mismo? ¿Que un hombre no necesita preocuparse más, con tal que practique tanto cristianismo como el que estaba escrito sobre la puerta del emperador pagano: «Haz como quisieras que te hicieran a ti»; sobre todo si no es un incrédulo ni un hereje, sino que cree que todo lo que dicen la Biblia y la Iglesia es verdad?
10. No quisiera que se me entendiera como si despreciara estas cosas, como si tuviera en poco las opiniones rectas, la verdadera moralidad o un celoso respeto por la constitución que hemos recibido de nuestros padres. Pero ¿qué son estas cosas por sí solas? ¿De qué nos aprovecharán en aquel día? ¿De qué servirá decir al Juez de todos: «Señor, yo no fui como los otros hombres; ni injusto, ni adúltero, ni mentiroso, ni inmoral»? Sí, ¿de qué servirá, si hemos hecho todo el bien, además de no hacer ningún mal, si hemos repartido toda nuestra hacienda para dar de comer a los pobres, y no tenemos caridad? ¿Cómo miraremos entonces a los que nos enseñaron a seguir durmiendo y descansando, aunque «el amor del Padre no estaba en nosotros»? ¿O a los que, enseñándonos a buscar la salvación por las obras, nos privaron de recibir gratuitamente aquella fe por la cual solamente el amor de Dios podía haber sido derramado en nuestros corazones?
A estos miserables corruptores del evangelio de Cristo, y al veneno que han esparcido, se debe principalmente,
II. En segundo lugar, aquella corrupción general tanto en la práctica como en la doctrina. Apenas se halla (¡oh, no lo digáis en Gat, no lo publiquéis en las plazas de Ascalón!) ni la apariencia de piedad ni su eficacia. ¡Así se ha tornado ramera «la ciudad fiel»!
1. Con dolor de corazón lo digo, y no con gozo: apenas se ve entre nosotros la apariencia de piedad. Todos, en verdad, somos llamados a ser santos, y el mismo nombre de cristianos no significa menos. Pero ¿quién tiene siquiera la apariencia? Tomad a cualquiera con quien os encontréis; tomad a un segundo, a un tercero, a un cuarto o al vigésimo. Ninguno de ellos tiene ni la apariencia de un santo, como tampoco la de un ángel. ¡Observad su mirada, su aire, sus gestos! ¿Respira algo que no sea Dios? ¿Da a conocer un templo del Espíritu Santo? Observad su conversación, no solo durante una hora, sino día tras día. ¿Podéis deducir por alguna señal exterior que Dios habita en su corazón? ¿Que este es un espíritu eterno que va camino de Dios? ¿Imaginaríais que la sangre de Cristo fue derramada por esa alma y le compró la salvación eterna, y que Dios está ahora esperando que esa salvación sea llevada a cabo con temor y temblor?
2. Si se dijera: «Pues ¿qué importa la apariencia de piedad?», respondemos de buena gana: nada, si está sola. Pero la ausencia de la apariencia significa mucho. Prueba infaliblemente la ausencia de la eficacia. Porque, aunque la apariencia puede existir sin la eficacia, la eficacia no puede existir sin la apariencia. Puede haber religión exterior donde no hay interior; pero si no hay ninguna por fuera, no puede haber ninguna por dentro.
3. Pero puede decirse: «Tenemos oraciones públicas mañana y tarde en todos nuestros colegios». Es verdad; y sería de desear que todos sus miembros, más especialmente los mayores, los de nota y reputación, mostraran, asistiendo a ellas con constancia, cuán conscientes son de este inestimable privilegio. Pero ¿tienen todos los que asisten a ellas la apariencia de piedad? Antes de que comiencen aquellas solemnes súplicas a Dios, ¿muestra la conducta de todos los presentes que saben delante de quién están? ¿Qué impresión parece quedar en sus mentes cuando terminan aquellos santos oficios? Y aun mientras duran, ¿puede razonablemente inferirse del tenor de su conducta exterior que sus corazones están fijos con fervor en Aquel que está en medio de ellos? Mucho me temo que, si un pagano que no entendiera nuestra lengua entrara en una de estas asambleas nuestras, nada sospecharía menos que el que estuviéramos derramando nuestro corazón delante de la Majestad del cielo y de la tierra. ¿Qué diremos, pues (si en verdad «Dios no puede ser burlado»), sino que «todo lo que el hombre sembrare, eso también segará»?
4. «Los domingos, sin embargo», dicen algunos, «no puede negarse que tenemos la apariencia de piedad, pues se predican sermones mañana y tarde, además del oficio de la mañana y de la tarde». Pero ¿santificamos el resto del día de reposo? ¿No hay en él visitas innecesarias, ni frivolidades, ni impertinencias en la conversación? ¿Ni hacéis vosotros mismos en él ningún trabajo innecesario, ni consentís que otros sobre quienes tenéis alguna autoridad quebranten en esto las leyes de Dios y de los hombres? Si lo hacéis, aun en esto no tenéis nada de qué gloriaros, sino que también en esto sois culpables delante de Dios.
5. Pero si tenemos la apariencia de piedad un día a la semana, ¿no hay en los demás días lo que le es del todo contrario? ¿No se gastan las mejores horas de nuestra conversación en necedades y truhanerías, que no convienen? Más aún, ¿quizá también en conversaciones lascivas, tales que no podrían oírlas oídos honestos? ¿No se hallan muchos entre nosotros que comen y beben con los borrachos? Y si es así, ¿qué maravilla que nuestra impiedad suba también hasta el cielo, y nuestros juramentos y maldiciones a los oídos del Señor de los ejércitos?
6. Y aun en cuanto a las horas señaladas para el estudio, ¿se emplean generalmente en algo mejor? No, si se emplean en leer (como es demasiado común) comedias, novelas o cuentos ociosos, que por naturaleza tienden a aumentar nuestra corrupción innata y a calentar el horno de nuestros deseos impíos siete veces más de lo que estaba antes. ¡Qué poco preferible es la laboriosa ociosidad de los que pasan día tras día en el juego o en diversiones, desechando vilmente un tiempo cuyo valor no pueden conocer hasta que hayan pasado por él a la eternidad!
7. ¿No sabéis siquiera esto, vosotros que os llamáis hombres morales: que toda ociosidad es inmoralidad; que no hay mayor deshonestidad que la pereza; que todo zoquete voluntario es un bribón? Defrauda a sus bienhechores, a sus padres y al mundo; y roba tanto a Dios como a su propia alma. ¡Y sin embargo, cuántos de estos hay entre nosotros! ¡Cuántos zánganos perezosos, como si solo fueran fruges consumere nati!, «nacidos para comerse el fruto de la tierra». ¡Cuántos cuya ignorancia no se debe a incapacidad, sino a mera pereza! ¡Qué pocos (no parezca inmodestia que aun uno como yo toque ese punto delicado), del gran número de los que tienen la posibilidad, son hombres verdaderamente doctos! Por no hablar de las otras lenguas orientales, ¿quién hay de quien pueda decirse que entiende el hebreo? ¿No podría decir: o aun el griego? Algo de Homero o de Jenofonte podemos recordar todavía; pero ¡qué pocos pueden leer o entender con soltura siquiera una página de Clemente de Alejandría, de Crisóstomo o de Efrén el Sirio! Y en cuanto a la filosofía (por no mencionar las matemáticas ni sus ramas más abstrusas), ¡qué pocos hallamos que hayan echado el fundamento, que dominen siquiera la lógica, que entiendan a fondo siquiera las reglas del silogismo, la doctrina misma de los modos y las figuras! ¡Oh, qué hay tan escaso como el saber, salvo la religión!
8. Y en verdad, rara vez se hallará el saber sin la religión; porque los fines temporales, como muestra la experiencia, muy raras veces bastan para llevar a uno a través del trabajo que se requiere para ser un erudito cabal. ¿Puede entonces disimularse que con demasiada frecuencia hay una falta en aquellos a quienes se confía el cuidado de la juventud? ¿Se considera suficientemente aquella solemne instrucción (Estatutos, p. 7): «Instruya el tutor con diligencia a los escolares confiados a su cuidado en una moralidad estricta, y especialmente en los primeros principios de la religión y en los artículos de doctrina»?
¿Y trabajan con diligencia aquellos a quienes se da este importante encargo en echar este buen fundamento? ¿En fijar, por medio de sus lecciones, verdaderos principios de religión en la mente de los jóvenes que se les confían? ¿En recomendar su práctica con la poderosa y grata influencia de su ejemplo? ¿En reforzarlo con frecuentes consejos privados, inculcados con fervor y fuerza? ¿En observar el progreso de cada uno de ellos e informarse cuidadosamente de su conducta? En una palabra, ¿en velar por sus almas como quienes han de dar cuenta?
9. Permitidme, ya que he comenzado a hablar sobre este punto, ir un poco más lejos. ¿Se pone suficiente cuidado en que conozcan y guarden los estatutos que todos nos hemos comprometido a observar? ¿Cómo es, entonces, que se quebrantan tan notoriamente cada día? Por citar solo unos pocos:
Está dispuesto, en cuanto a los oficios divinos y la predicación, «que TODOS asistan públicamente: los graduados y los escolares asistirán puntualmente, y permanecerán hasta que todo haya concluido, con la debida reverencia, desde el principio hasta el fin». (P. 181.)
Está dispuesto «que los escolares de todo rango se abstengan de toda clase de juego en que se dispute dinero, como los naipes, los dados y los bolos; ni estarán presentes en juegos públicos de esta naturaleza». (P. 157.)
Está dispuesto «que todos (exceptuados los hijos de nobles) se acostumbren a vestir de negro o de color oscuro, y que se mantengan lo más lejos posible de la pompa y la extravagancia». (P. 157.)
Está dispuesto «que los escolares de todo rango se abstengan de cervecerías, posadas, tabernas y de todo lugar dentro de la ciudad donde ordinariamente se venda vino o cualquier otra clase de licor». (P. 164.)
10. Se objetará quizá que «estas no son más que cosas pequeñas». No; el perjurio no es cosa pequeña; ni, por consiguiente, el quebrantamiento voluntario de cualquier regla que hemos jurado solemnemente observar. Sin duda, los que así hablan han olvidado aquellas palabras: «Empeñarás tu fe en observar todos los estatutos de esta Universidad. ¡Así Dios te ayude, y los santos Evangelios inspirados de Cristo!». (P. 229.)
11. Pero ¿consideran suficientemente este juramento los que lo prestan, o cualquiera de los que prescribe la autoridad pública? ¿No se trata comúnmente como cosa ligera este acto solemne de religión, el llamar a Dios por testigo sobre nuestras almas? ¿En particular aquellos que juran por el Dios vivo que «ni ruegos ni recompensa, ni odio ni amistad, ni esperanza ni temor, los inducen a dar testimonio a favor de ninguna persona indigna» (P. 88), y aquellos que juran: «Sé que esta persona es idónea y apta en costumbres y en conocimiento para el alto grado al que se presenta»? (P. 114.)
12. Una cosa más todavía. Todos hemos testificado delante de Dios «que todos y cada uno de los Artículos de nuestra Iglesia, así como el Libro de Oración Común y la ordenación de obispos, presbíteros y diáconos, son conformes a la palabra de Dios». Y al hacerlo hemos testificado asimismo «que tanto el Primero como el Segundo Libro de Homilías contienen doctrina piadosa y saludable». Pero ¿sobre qué evidencia lo han declarado muchos de nosotros? ¿No hemos afirmado lo que no sabemos? Si es así, por verdaderas que resulten ser esas cosas, somos hallados falsos testigos delante de Dios. ¿Ha usado la mayor parte de nosotros algún medio para saber si estas cosas son así o no? ¿Hemos considerado seriamente, siquiera por una hora, los Artículos que hemos suscrito? Si no, ¡con qué vergüenza eludimos el propósito de sus mismos compiladores, que los compilaron «para quitar la diversidad de opiniones y establecer la unanimidad en la verdadera religión»!
13. ¿Ha leído siquiera la mitad de nosotros el Libro de Oración Común y el de la ordenación de obispos, presbíteros y diáconos? Si no, ¿qué es lo que hemos confirmado tan solemnemente? Hablando claro, no lo sabemos. Y en cuanto a los dos Libros de Homilías, bien será si una décima parte de los que los han suscrito, no diré que los hubiera considerado antes de hacerlo, sino que los haya leído siquiera hasta el día de hoy. ¡Ay, hermanos míos! ¿Cómo conciliaremos estas cosas siquiera con la honradez común, con la simple moralidad pagana? ¡Tan lejos están los que las hacen, y quizá además las defienden, de tener siquiera la apariencia de la piedad cristiana!
14. Pero, dejando a un lado todas estas cosas, ¿dónde está la eficacia? ¿Quiénes son sus testigos vivos? ¿Quién de nosotros (dé Dios testimonio a nuestros corazones) conoce por experiencia la fuerza de la santidad interior? ¿Quién siente en sí mismo las operaciones del Espíritu de Cristo, que elevan su mente a las cosas altas y celestiales? ¿Quién puede testificar: «Dios ha purificado los pensamientos de mi corazón por la inspiración de su Santo Espíritu»? ¿Quién conoce «la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento»? ¿Quién es el que «se alegra con gozo inefable y glorificado»? ¿Quién tiene «la mira puesta en las cosas de arriba, no en las de la tierra»? ¿La «vida» de quién «está escondida con Cristo en Dios»? ¿Quién puede decir: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí»? ¿En el corazón de quién está «el amor de Dios derramado por el Espíritu Santo que le es dado»?
15. ¿No se ha perdido casi la noción misma de esta religión? ¿No hay de ella una ignorancia burda y desbordante? Más aún, ¿no es del todo despreciada? ¿No es tenida por nada y hollada bajo los pies? Si alguno testificara estas cosas delante de Dios, ¿no sería tenido por loco, por entusiasta? ¿No soy yo para vosotros un bárbaro al hablar así? Hermanos míos, mi corazón sangra por vosotros. ¡Oh, si al fin quisierais daros cuenta y entender que estas son palabras de verdad y de templanza! ¡Oh, si conocieseis, a lo menos en este vuestro día, lo que toca a vuestra paz!
16. He sido hoy mensajero de tristes nuevas. Pero el amor de Cristo me constriñe; y para mí fue lo menos penoso, porque para vosotros era lo seguro. No deseo acusar a los hijos de mi pueblo. Por eso no hablo así a oídos de los que están sentados sobre el muro; sino que a vosotros procuro hablaros la verdad en amor, como fiel ministro de Jesucristo. Y ahora puedo «protestaros el día de hoy que soy limpio de la sangre de todos; porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios».
17. ¡Que el Dios de toda gracia, que es longánime, de entrañable misericordia, y que se arrepiente del castigo, fije estas cosas en vuestros corazones, y riegue con el rocío del cielo la semilla que ha sembrado! ¡Que corrija todo lo que ve defectuoso en nosotros! ¡Que supla todo lo que falta! ¡Que perfeccione lo que es conforme a su voluntad; y que así nos confirme, corrobore y establezca, que este lugar vuelva a ser una ciudad fiel a su Señor; sí, la alabanza de toda la tierra!
Capítulo 135 completado
El verdadero cristianismo defendido