Sermones en diversas ocasiones
La causa y el remedio de los terremotos

Capítulo 130 · 28 min de lectura · 37 min de escucha

La causa y el remedio de los terremotos

Sermón 129

La causa y el remedio de los terremotos 136136[Publicado por primera vez en el año 1750.]

«¡Oh, venid y ved las obras del Señor; qué asolamientos ha traído sobre la tierra!»

Salmo 46:8.

De todos los juicios que el Dios justo inflige aquí a los pecadores, el más terrible y destructivo es el terremoto. Este lo ha traído recientemente sobre nuestra parte de la tierra, y con ello ha despertado nuestros temores, y nos ha mandado «prepararnos para venir al encuentro de nuestro Dios». Los temblores que se han sentido en diversos lugares, desde aquel que hizo temblar esta ciudad, pueden convencernos de que el peligro no ha pasado, y deben mantenernos todavía en temor reverente; puesto que «ni con todo esto ha cesado su furor, antes todavía está extendida su mano» (Isaías 10:4.)

Para secundar el designio de la Providencia en esta solemne crisis, tomaré ocasión de las palabras de mi texto para

I. Mostrar que los terremotos son obras del Señor, y que solo él trae esta destrucción sobre la tierra:

II. Llamaros a contemplar las obras del Señor en dos o tres ejemplos terribles; y

III. Daros algunas indicaciones apropiadas a la ocasión.

I. He de mostraros que los terremotos son obras del Señor, y que solo él trae esta destrucción sobre la tierra. Ahora bien, que Dios mismo es el Autor, y el pecado la causa moral, de los terremotos (sea cual sea su causa natural), no puede negarlo nadie que crea en las Escrituras; porque ellas son las que dan testimonio de él, que es Dios» el que arranca los montes, y los trastorna con su furor; el que remueve la tierra de su lugar, y tiemblan sus columnas.» (Job 9:5, 6.) «Él mira a la tierra, y ella tiembla; toca los montes, y humean.» (Salmo 104:32.) «Los montes se derritieron como cera delante del Señor, delante del Señor de toda la tierra.» (Salmo 97:5.) «Los montes tiemblan delante de él, y los collados se derriten. ¿Quién permanecerá delante de su ira? ¿Y quién quedará en pie en el furor de su enojo? Su ira se derrama como fuego, y las peñas son derribadas por él.» (Nahúm 1:5, 6.)

Los escritores inspirados presentan los terremotos como el acto judicial propio de Dios, o el castigo del pecado: el pecado es la causa, y los terremotos el efecto, de su ira. Así el salmista: «La tierra fue conmovida y tembló; se movieron los fundamentos de los montes, y se estremecieron, porque se indignó él» (Salmo 18:7.) Así el profeta Isaías: «Castigaré al mundo por su maldad, —y abatiré la altivez de los fuertes: —Por tanto, haré estremecer los cielos, y la tierra se moverá de su lugar, en la indignación del Señor de los ejércitos, y en el día del ardor de su ira.» (Isaías 13:11, 13.) Y otra vez: «He aquí que el Señor vacía la tierra, y la desnuda, y la vuelve de arriba abajo» (en el original, pervierte su faz,) «y hace esparcir a sus moradores. Porque de lo alto se abrieron ventanas, y temblarán los fundamentos de la tierra. Quebrantada será del todo la tierra, enteramente desmenuzada será la tierra, en gran manera será la tierra conmovida. Temblará la tierra vacilando como un borracho, y será removida como una choza; y se agravará sobre ella su transgresión, y caerá, y nunca más se levantará.» (Isaías 24:1, 18–20.) «Tiembla, oh tierra, a la presencia del Dios de Jacob.» (Salmo 114:7.) «Del Señor de los ejércitos serás visitada con truenos, y con terremotos, y con gran ruido.» (Isaías 29:6.)

Nada puede ser más expreso que estos testimonios de la Escritura, que determinan tanto la causa como el autor de esta terrible calamidad. Pero la razón, tanto como la fe, nos asegura suficientemente que ha de ser el castigo del pecado, y el efecto de aquella maldición que fue traída sobre la tierra por la transgresión original. Ya no se ha de buscar estabilidad en el mundo, puesto que la inocencia ha sido desterrada de él; pero no podemos concebir que el universo hubiera sido perturbado por estos furiosos accidentes durante el estado de justicia original. ¿Por qué habría armado la ira de Dios los elementos contra sus súbditos fieles? ¿Por qué habría trastornado todas sus obras para destruir a hombres inocentes? ¿O por qué habría sepultado a los habitantes de la tierra bajo sus ruinas, si no hubieran sido pecadores? ¿Por qué habría enterrado en las entrañas de la tierra a quienes no habían de morir? Concluyamos, pues, tanto por la Escritura como por la razón, que los terremotos son obras extrañas de juicio de Dios: el efecto propio y el castigo del pecado. Paso,

II. A poner delante de vosotros estas obras del Señor en dos o tres ejemplos terribles.

En el año 1692 ocurrió en Sicilia uno de los terremotos más espantosos de toda la historia. Sacudió toda la isla, y no solo eso, sino que Nápoles y Malta participaron de la sacudida. Era imposible que nadie se mantuviera en pie sobre la tierra que danzaba; más aún, los que yacían en el suelo eran lanzados de un lado a otro, como sobre una ola que rueda. Altos muros saltaron varios pasos desde sus cimientos.

El daño que causó es asombroso: cincuenta y cuatro ciudades y villas, además de un número increíble de aldeas, fueron destruidas casi por completo. Catania, una de las ciudades más famosas, antiguas y florecientes del reino, residencia de varios monarcas y sede de una universidad, tuvo la mayor parte en el juicio. El padre Anth. Serrvoita, que iba de camino hacia allá, a pocas millas de la ciudad observó una nube negra como la noche suspendida sobre ella; y de la boca del Etna se levantaron grandes columnas de llamas, que se esparcieron por todo alrededor. El mar, de repente, comenzó a bramar y a levantarse en olas; las aves volaban de un lado a otro atónitas; el ganado corría mugiendo por los campos; ¡y se oyó un estampido como si toda la artillería del mundo se hubiera disparado a la vez!

Los caballos de él y de sus compañeros se detuvieron en seco, temblando; de modo que se vieron obligados a desmontar. Apenas habían bajado cuando fueron levantados del suelo más de dos palmos; y entonces, volviendo los ojos hacia Catania, se asombró de no ver sino una espesa nube de polvo en el aire. Este fue el escenario de su calamidad; porque de la magnífica Catania no se ve ya el menor vestigio. De dieciocho mil novecientos catorce habitantes, dieciocho mil perecieron allí. ¡En las diversas ciudades y villas fueron destruidas sesenta mil personas de un total de doscientas cincuenta y cuatro mil novecientas!

En el mismo año, 1692, el 7 de junio, ocurrió el terremoto de Jamaica. Derribó la mayor parte de las casas, iglesias, ingenios de azúcar, molinos y puentes de toda la isla; desgarró las rocas y montañas, reduciendo algunas de ellas a llanuras; destruyó plantaciones enteras, y las arrojó al mar; y, en el espacio de dos minutos, sacudió y destruyó nueve décimas partes de la ciudad de Port Royal; ¡las casas se hundieron de golpe a treinta o cuarenta brazas de profundidad!

La tierra, abriéndose, tragó a la gente; y esta salió a la superficie en otras calles; algunos en medio del puerto (impulsados de nuevo hacia arriba por el mar que se levantaba en aquellas grietas), y así escaparon maravillosamente.

De todos los pozos, de una braza a seis o siete de hondo, el agua salía disparada por arriba con un movimiento vehemente. Mientras las casas de un lado de la calle eran tragadas, las del otro eran arrojadas en montones. La arena de la calle se levantaba como las olas del mar, alzando a todos los que estaban sobre ella, y dejándolos caer inmediatamente en hoyos; y en el mismo instante, una avenida de agua, irrumpiendo, los revolcaba una y otra vez, mientras ellos se asían de vigas y maderos para salvarse.

Barcos y balandras del puerto se volcaron y se perdieron. Un navío, por el movimiento del mar y el hundimiento del muelle, fue arrastrado por encima de los tejados de muchas casas, y allí se hundió.

El terremoto fue acompañado de un sonido sordo y retumbante, como el del trueno. En menos de un minuto, tres cuartas partes de las casas, y el suelo sobre el que estaban, con sus habitantes, quedaron del todo hundidos bajo el agua, ¡y la pequeña parte que quedó no era mejor que un montón de escombros!

La sacudida fue tan violenta que arrojaba a la gente de rodillas o de bruces, mientras corrían de un lado a otro buscando refugio; el suelo se alzaba y se hinchaba como un mar agitado; y varias casas que aún seguían en pie fueron desplazadas y movidas algunas yardas de su lugar; se dice que una calle entera es ahora el doble de ancha que antes.

En muchos lugares la tierra se agrietaba, y se abría y se cerraba rápida y violentamente; de tales aberturas podían verse doscientas o trescientas a la vez; en algunas de ellas la gente era tragada; a otros la tierra, al cerrarse, los atrapaba por la cintura y los aplastaba hasta matarlos; y de esa manera quedaban enterrados con solo la cabeza fuera de la tierra; ¡algunas cabezas se las comieron los perros!

El ministro del lugar, en su relato, dice que tal era la desesperada maldad del pueblo, que tenía miedo de seguir entre ellos; que el día del terremoto algunos marineros y otros se pusieron a forzar y saquear almacenes y casas abandonadas, mientras la tierra temblaba bajo sus pies, y las casas les caían encima en el acto; que encontró a muchos jurando y blasfemando; y que las rameras comunes, que permanecían todavía en el lugar, estaban tan borrachas y desvergonzadas como siempre.

Mientras corría hacia el Fuerte, un lugar amplio y abierto, para salvarse, vio la tierra abrirse y tragar a una multitud de gente; y el mar, subiendo sobre ellos por encima de las fortificaciones, destruyó también su gran cementerio, y arrastró los cadáveres fuera de sus sepulturas, haciendo pedazos sus tumbas. ¡Todo el puerto estaba cubierto de cadáveres, que flotaban de un lado a otro sin sepultura!

Tan pronto como pasó la violenta sacudida, pidió a toda la gente que se uniera a él en oración. Entre ellos había varios judíos, que se arrodillaron y respondieron como los demás, y aun se les oyó invocar a Jesucristo. Después de haber pasado una hora y media con ellos en oración y en exhortaciones al arrepentimiento, se le pidió que se retirara a algún barco del puerto, y, pasando por encima de los tejados de algunas casas que estaban a nivel del agua, subió primero a una canoa, y luego a una lancha, que lo llevó a bordo de un barco.

Las aberturas mayores tragaban casas; y de algunas brotaban ríos enteros de agua, lanzados a gran altura en el aire, que amenazaban con un diluvio aquella parte que el terremoto había perdonado. Todo ello fue acompañado de olores pestilentes y del estruendo de montañas que se desplomaban. El cielo, en un minuto, se volvió opaco y rojo, como un horno encendido. Apenas quedó en pie una casa de plantación o un ingenio de azúcar en toda Jamaica. Gran parte de ellos fue tragada —casas, árboles, gente y todo— de una sola bocanada; y en su lugar aparecieron después grandes charcas de agua, que, una vez secas, no dejaron sino arena, sin señal alguna de que jamás hubiera habido allí árbol o planta.

A unas doce millas del mar, la tierra se abrió y arrojó al aire, con una fuerza prodigiosa, enormes cantidades de agua. Pero la mayor violencia fue entre las montañas y las rocas. La mayoría de los ríos quedaron detenidos durante veinticuatro horas por el desplome de las montañas; hasta que, creciendo, se abrieron nuevos cauces, arrancando árboles y todo lo que encontraban a su paso.

Una gran montaña se partió, y cayó sobre el terreno llano, y cubrió varios asentamientos, y destruyó a la gente que había allí. Otra montaña, después de dar varios saltos o movimientos, sepultó [una] gran parte de una plantación situada a una milla de distancia. Otra montaña grande y alta, de casi una jornada de travesía, fue tragada por completo, y donde estaba hay ahora un gran lago de algunas leguas de ancho.

Después de la gran sacudida, los que escaparon subieron a bordo de los barcos del puerto, donde muchos permanecieron más de dos meses; pues las sacudidas, durante todo ese tiempo, fueron tan violentas y tan seguidas, a veces dos o tres en una hora, acompañadas de ruidos espantosos, como de un viento que se arremolina o de un trueno sordo y retumbante, con ráfagas de azufre, que no se atrevían a bajar a tierra. La consecuencia del terremoto fue una enfermedad general causada por los vapores nocivos, que se llevó a más de tres mil personas.

El 28 de octubre de 1746, a las diez y media de la noche, Lima, la capital del Perú, fue destruida por un terremoto que se extendió cien leguas hacia el norte y otras tantas hacia el sur, a lo largo de toda la costa. La destrucción no dio tiempo ni siquiera al espanto; porque en uno y el mismo instante se percibieron el ruido, la sacudida y la ruina. En el espacio de cuatro minutos, durante los cuales duró la mayor fuerza del terremoto, algunos se encontraron sepultados bajo las ruinas de las casas que se derrumbaban; y otros, aplastados hasta morir en las calles por el desplome de los muros, que caían sobre ellos mientras corrían de aquí para allá.

No obstante, la mayor parte de los habitantes (que se calculaban en cerca de sesenta mil) fueron preservados providencialmente, ya en los huecos que dejaron las ruinas, ya en lo alto de las ruinas mismas, sin saber cómo habían subido allí. Porque nadie, en semejante momento, tenía tiempo para deliberar; y, suponiendo que lo hubiera tenido, no había lugar de refugio: porque las partes que parecían más firmes resultaban a veces las más débiles; por el contrario, las más débiles, a intervalos, ofrecían la mayor resistencia; y la consternación era tal que nadie se creía seguro hasta haber escapado de la ciudad.

La tierra golpeaba contra los edificios con tal violencia que cada sacudida derribaba la mayor parte de ellos; y estos, arrastrando consigo en su caída enormes pesos (especialmente las iglesias y las casas altas), completaban la destrucción de todo lo que encontraban, aun de lo que el terremoto había perdonado. Las sacudidas, aunque instantáneas, eran sin embargo sucesivas; y a intervalos los hombres eran transportados de un lugar a otro, lo cual fue el medio de salvación para algunos, mientras que la absoluta imposibilidad de moverse preservó a otros.

Había setenta y cuatro iglesias, además de capillas, y catorce monasterios, con otros tantos hospitales y enfermerías, que en un instante quedaron reducidos a un montón de ruinas, ¡y sus inmensas riquezas sepultadas en la tierra! Pero aunque apenas quedaron en pie veinte casas, no parece que el número de muertos ascendiera a mucho más de mil ciento cuarenta y una personas; setenta de las cuales eran enfermos de un hospital, que quedaron sepultados por el techo que cayó sobre ellos mientras yacían en sus camas, sin que nadie pudiera prestarles ayuda alguna.

El Callao, puerto de mar situado a dos leguas de Lima, fue tragado por el mar en el mismo terremoto. Desapareció de la vista en un momento; de modo que ahora no se ve de él el menor rastro.

Algunas pocas torres, ciertamente, y la solidez de sus murallas, resistieron por un tiempo toda la fuerza del terremoto; pero apenas habían comenzado sus pobres habitantes a reponerse del primer espanto que la terrible ruina había ocasionado, cuando, de repente, el mar comenzó a crecer, y, levantándose a una altura prodigiosa, se precipitó furiosamente hacia adelante, y desbordó sus antiguos límites con tan inmenso diluvio de agua que, hundiendo la mayor parte de los barcos que estaban anclados en el puerto, y levantando los demás por encima de la altura de las murallas y torres, los arrastró y los dejó en tierra seca mucho más allá de la ciudad. Al mismo tiempo arrancó desde los cimientos todas las casas y edificios que había en ella, excepto las dos puertas, y aquí y allá algunos pequeños fragmentos de las mismas murallas, que, como registros de la calamidad, todavía pueden verse entre las ruinas y las aguas: ¡un terrible monumento de lo que fueron!

En esta furiosa inundación se ahogaron todos los habitantes del lugar, unas cinco mil personas. Los que pudieron asirse de algunos trozos de madera flotaron durante un tiempo considerable; pero esos fragmentos, por falta de espacio, chocaban continuamente unos contra otros, y así derribaban a los que se habían aferrado a ellos.

Unos doscientos, en su mayoría pescadores y marineros, se salvaron. Declararon que las olas, al retirarse, rodearon toda la ciudad sin dejar medio alguno de salvación; y que, en los intervalos, cuando la violencia de la inundación amainaba un poco, oían los gritos y alaridos más lastimeros de los que perecían. También los que estaban a bordo de los barcos, que por la crecida del mar fueron llevados por encima de la ciudad, tuvieron ocasión de escapar. De veintitrés barcos que había en el puerto en el momento del terremoto, cuatro encallaron y todos los demás se hundieron. Las pocas personas que se salvaron sobre tablones fueron arrastradas varias veces hasta la isla de San Lorenzo, a más de dos leguas del fuerte. Al fin, algunos fueron arrojados a la orilla del mar y otros a la isla, y así se salvaron.

En estos casos podemos contemplar y ver las obras del Señor, y cuán «terrible es en hechos sobre los hijos de los hombres» (Salmo 66:5). En verdad, nada puede conmover tanto como este juicio de los terremotos cuando viene inesperadamente, como ladrón en la noche; — «cuando el infierno ensancha su interior y abre su boca sin medida, y allá desciende la gloria de ellos, y su multitud, y su fausto, y el que en él se holgaba» (Isaías 5:14); — cuando no hay tiempo para huir, ni modo de escapar, ni posibilidad de resistir; — cuando no queda santuario ni refugio; cuando no se halla abrigo en las torres más altas ni en las cavernas más hondas; — cuando la tierra se abre de repente y se convierte en sepulcro de familias, calles y ciudades enteras, y hace esto en menos tiempo del que se tarda en contarlo; ya sea soltando un torrente de aguas para ahogarlos, ya vomitando llamas de fuego para consumirlos, ya cerrándose de nuevo sobre ellos, de modo que mueren asfixiados o de hambre, si no bajo las ruinas de sus propias casas; — cuando padres e hijos, maridos y esposas, amos y criados, magistrados, ministros y pueblo, sin distinción, en medio de la salud, la paz y los negocios, son sepultados en una ruina común y pasan todos juntos al mundo eterno; ¡y entre una ciudad famosa y ninguna ciudad no media más que la diferencia de unas pocas horas o minutos!

Ahora bien, si la guerra es un mal terrible, ¡cuánto más un terremoto, que en medio de la paz trae un mal peor que el extremo de la guerra! Si es espantosa una peste furiosa que barre a miles en un día y a decenas de miles en una noche; si un fuego devorador es un juicio que asombra, ¡cuánto más asombroso es este, por el cual casas y habitantes, pueblos y ciudades y comarcas son destruidos todos de un golpe en pocos minutos! La muerte es el único presagio de semejante juicio, sin dar tiempo para prepararse para el otro mundo ni ocasión de buscar refugio alguno en este.

Que un hombre sienta tambalearse bajo sus pies la tierra, que cuelga sobre nada (como una vasta bola en medio de un aire tenue que cede), no puede menos que llenarlo de un pavor y una turbación secretos. La historia nos informa de los temibles efectos de los terremotos en todas las épocas; en ella podéis ver rocas hechas pedazos; montañas no solo derribadas, sino trasladadas; colinas levantadas, no solo de los valles, sino de los mares; fuegos que brotan de las aguas; piedras y cenizas eructadas; ríos cambiados de curso; mares desalojados; la tierra abierta; ciudades tragadas, ¡y muchos otros sucesos espantosos semejantes!

De todos los castigos divinos, ninguno hay más horrendo ni más inevitable que este. Porque ¿dónde podemos pensar en escapar del peligro, si la cosa más sólida del mundo se estremece? Si lo que sostiene todas las demás cosas amenaza con hundirse bajo nuestros pies, ¿qué santuario hallaremos contra un mal que nos rodea por todas partes? ¿Y adónde podremos retirarnos, si los abismos que se abren nos cierran el paso por todos lados?

¡Con qué horror quedan sobrecogidos los hombres cuando oyen gemir la tierra; cuando a sus quejas sucede su temblor; cuando las casas se desprenden de sus cimientos; cuando los techos caen sobre sus cabezas y el suelo se hunde bajo sus pies! ¡Qué esperanza queda, cuando el temor no puede ampararse en la huida! En otros males hay algún modo de escapar; pero el terremoto encierra lo que derriba, y hace la guerra a provincias enteras; y a veces no deja tras de sí nada que informe a la posteridad de sus estragos. Más insolente que el fuego, que perdona las rocas; más cruel que el conquistador, que deja los muros; más voraz que el mar, que vomita los restos de los naufragios, traga y devora todo cuanto derriba. El mar mismo está sujeto a su imperio, y las tormentas más peligrosas son las ocasionadas por terremotos.

Paso, en tercero y último lugar, a daros algunas indicaciones apropiadas a la ocasión. Y esto es tanto más necesario porque no sabéis cuán pronto puede volver el reciente terremoto con que Dios nos ha visitado, ni si no ensanchará su comisión además de repetirla. Una vez, y aun dos, nos ha advertido el Señor que se ha levantado para herir terriblemente la tierra. Por tanto: 1. ¡Temed a Dios, a ese Dios que en un momento puede echar el cuerpo y el alma en el infierno! «Métete en la peña, escóndete en el polvo, por temor del Señor y del resplandor de su majestad» (Isaías 2:10). ¿No deberíamos todos clamar: «¡Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso! ¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? ¡porque tus juicios se han manifestado!» (Apocalipsis 15:3, 4)?

Dios habla a vuestros corazones como con un trueno subterráneo: «La voz del Señor clama a la ciudad: — Oíd la vara, y a quien la establece» (Miqueas 6:9). Os manda prestar atención a su poder y a su justicia. «¡Ven y ve!» (Apocalipsis 6:5), mientras se abre un nuevo sello; sí, «venid y ved las obras de Dios, terrible en hechos sobre los hijos de los hombres» (Salmo 66:5).

Cuando él hace temblar los montes y estremecerse la tierra, ¿no se conmoverán nuestros corazones? «¿A mí no temeréis? dice el Señor; ¿no os amedrentaréis ante mi presencia?» (Jeremías 5:22). ¿No me temeréis a mí, que puedo abrir las ventanas de los cielos arriba, o romper las fuentes del abismo abajo, y derramar diluvios enteros de venganza cuando me place? — ¿a mí, que puedo «hacer llover sobre los malos lazos, fuego y azufre, y vientos de torbellino» (Salmo 11:6), o encender esos vapores y exhalaciones en las entrañas y cavernas de la tierra, y hacer que se abran paso para destrucción de pueblos, ciudades y comarcas? ¿a mí, que puedo así, de repente, convertir una tierra fructífera en un desierto estéril, en un pasmoso espectáculo de desolación y ruina?

«¿Se tocará la trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual el Señor no haya hecho?» «Ruge el león, ¿quién no temerá? En Dios hay una majestad terrible; por eso le temen los hombres». Algunos le temen; y todos deberían. ¡Oh, que su temor cayera en este momento sobre todos vosotros que oís estas palabras, obligando a cada uno a clamar: «Mi carne se ha estremecido por temor de ti, y de tus juicios tengo miedo»! (Salmo 119:120). ¡Oh, que todos vieran, ahora que su mano está alzada como en acto de herir, que está extendida todavía y sacude su vara sobre una tierra culpable, sobre un pueblo preparado para destrucción! Porque ¿no es esta la nación que ha de ser visitada? Y «¿no había de castigar esto? dice el Señor. De una gente como esta, ¿no se había de vengar mi alma?» (Jeremías 5:9). ¿Qué, sino el arrepentimiento nacional, puede impedir la destrucción nacional?

«¡Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios, no sea que os arrebate, y no haya quien os libre!» (Salmo 50:22). Para que la iniquidad no sea vuestra ruina, ¡arrepentíos! Este es el segundo consejo que quisiera daros; o, más bien, el primero, que os inculco más y os explico. Temed a Dios y apartaos del mal; arrepentíos y haced frutos dignos de arrepentimiento; romped con vuestros pecados en este mismo momento. «Lavaos, limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien», dice el Señor (Isaías 1:16, 17).

«Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente» (Lucas 13:3). «Por eso, pues, ahora, dice el Señor», que no quiere que nadie perezca, «convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno, y lloro, y llanto; y rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos; y convertíos al Señor vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira, y grande en misericordia, y que se arrepiente del castigo. ¿Quién sabe si volverá, y se arrepentirá, y dejará bendición tras de él?» (Joel 2:12–14).

«¿Quién sabe?» Pregunta que debería haceros temblar. ¡Dios os está pesando en la balanza y, por así decirlo, considerando si salvaros o destruiros! «Di a los hijos de Israel: Vosotros sois pueblo de dura cerviz; en un momento subiré en medio de ti, y te consumiré; quítate, pues, ahora tus atavíos, para que yo sepa lo que te he de hacer» (Éxodo 33:5).

Dios aguarda a ver qué efecto tendrán sobre vosotros sus advertencias. Se detiene en el punto de ejecutar el juicio, y clama: «¿Cómo he de dejarte?» (Oseas 11:8). O bien: «¿Para qué habéis de ser castigados aún?» (Isaías 1:5). No quiere la muerte del que muere. No llevaría a cabo su extraña obra, a menos que vuestra obstinada impenitencia lo obligara.

«¿Por qué moriréis, casa de Israel?» (Ezequiel 18:31). Dios os advierte del juicio que se acerca para que os deis por advertidos y lo evitéis mediante un arrepentimiento oportuno. Alza su mano y la sacude sobre vosotros, para que la veáis y prevengáis el golpe. Os dice: «Ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles» (Mateo 3:10). Por tanto, arrepentíos; dad buen fruto, y no seréis cortados ni echados en el fuego. ¡Oh, no menospreciéis las riquezas de su misericordia, sino dejad que os guíe al arrepentimiento! «Tened por salvación la paciencia de nuestro Señor» (2 Pedro 3:15). No endurezcáis vuestros corazones, sino convertíos a aquel que os hiere; o, más bien, que amenaza con heriros, ¡para que os convirtáis y seáis perdonados!

¡Qué tardo es el Señor para la ira! ¡Qué poco dispuesto a castigar! ¡Con qué pasos pausados viene a tomar venganza! ¡Cuántas aflicciones más leves antes del golpe final!

Si él hiciera señas al hombre del caballo rojo para que volviera, y dijera: «Espada, pasa por esta tierra», ¿podríamos quejarnos de que no nos dio aviso? ¿No despojó primero la espada fuera del país, y no la vimos luego dentro de nuestras fronteras? Sin embargo, el Dios misericordioso dijo: «Hasta aquí vendrás, y no pasarás adelante»; detuvo a los invasores en medio de nuestra tierra, los hizo volver atrás y los destruyó.

Si enviara al hombre del caballo amarillo, cuyo nombre es Muerte, y la peste destruyera a miles y decenas de miles de nosotros, ¿podríamos negar que primero nos advirtió con la furiosa mortandad entre nuestro ganado?

Así, si lo provocamos a asolar nuestra tierra, y trastornarla, y derribarnos como derribó a Sodoma y Gomorra, ¿no nos lo habremos acarreado nosotros mismos? ¿No teníamos razón alguna para esperar semejante calamidad; ningún aviso previo; ningún temblor de la tierra antes de que se partiera; ninguna sacudida antes de que abriera su boca? ¿No puso ante nuestros ojos ningún ejemplo de tan terrible juicio? ¿Nunca habíamos oído de la destrucción de Jamaica, o de Catania, o de la de Lima, que sucedió apenas ayer? Si al fin perecemos, perecemos sin excusa; porque ¿qué más podía haberse hecho para salvarnos?

Sí; ahora tienes otro llamamiento al arrepentimiento, otra oferta de misericordia, quienquiera que seas tú que oyes estas palabras. En el nombre del Señor Jesús te advierto una vez más, como atalaya sobre la casa de Israel, ¡que huyas de la ira venidera! Te traigo a la memoria (si tan pronto lo has olvidado) el reciente y temible juicio, por el cual Dios te sacudió sobre la boca del infierno. Probablemente despertó con él tu cuerpo; pero ¿despertó tu alma? El Señor estaba en el terremoto, y planteó una pregunta solemne a tu conciencia: «¿Estás preparado para morir?» «¿Has hecho la paz con Dios?» Si la tierra abriera ahora mismo su boca y te tragara, ¿qué sería de ti? ¿Dónde estarías? ¿en el seno de Abraham, o alzando tus ojos en los tormentos? Si hubieras perecido en el reciente terremoto, ¿no habrías muerto en tus pecados, o más bien descendido vivo al infierno? ¿Quién impidió tu condenación? ¡Fue el Hijo de Dios! ¡Oh, póstrate y adóralo! ¡Dale a él la gloria de tu liberación, y consagra el resto de tus días a su servicio!

Este es el tercer consejo que quisiera daros: arrepentíos y creed en el evangelio. Creed en el Señor Jesús, y aún seréis salvos. Besad al Hijo, para que no se enoje y perezcáis. El arrepentimiento solo de nada os aprovechará; ni os arrepentís de verdad a menos que confeséis con corazón quebrantado el más condenable de todos vuestros pecados, vuestra incredulidad: el haber rechazado, o no haber aceptado, a Jesucristo como vuestro único Salvador. Ni podéis arrepentiros a menos que él mismo os dé el poder; a menos que su Espíritu os convenza de pecado, por cuanto no creéis en él.

Hasta que os arrepintáis de vuestra incredulidad, todos vuestros buenos deseos y promesas son vanos, y pasarán como la nube de la mañana. Los votos que hacéis en tiempo de angustia, los olvidaréis y quebrantaréis en cuanto pase la angustia y el peligro haya quedado atrás.

Pero ¿escaparéis por vuestra maldad, suponiendo que el terremoto no volviera? A Dios nunca le faltarán medios y caminos para castigar a los pecadores impenitentes. Tiene en reserva otros mil juicios; ¡y aunque la tierra no abriera su boca, ciertamente al fin seréis tragados en el abismo sin fondo del infierno!

¿Quisieras todavía escapar de esa muerte eterna? ¡Recibe, pues, en ti mismo la sentencia de muerte, miserable pecador que te has destruido a ti mismo! ¡Reconoce tu falta de una fe viva, salvadora y divina! Gime bajo tu carga de incredulidad, y no admitas consuelo hasta que le oigas a él decirte de su propia boca: «Ten ánimo; tus pecados te son perdonados».

No puedo dar por sentado que todos los hombres tienen fe, ni hablar a los pecadores de esta tierra como a creyentes en Jesucristo. Porque ¿dónde están los frutos de la fe? La fe obra por el amor; la fe vence al mundo; la fe purifica el corazón; la fe, en la medida más pequeña, traslada montes. Si puedes creer, al que cree todo le es posible. Si eres justificado por la fe, tienes paz con Dios y te gozas en la esperanza de su gloriosa manifestación.

El que cree tiene el testimonio en sí mismo; tiene en su corazón las arras del cielo; tiene un amor más fuerte que la muerte. Para el creyente la muerte ha perdido su aguijón; «por tanto, no temerá aunque la tierra sea removida, aunque se traspasen los montes al corazón del mar» (Salmo 46:2). Porque sabe a quién ha creído, y que «ni la vida ni la muerte lo podrán apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor suyo».

¿Crees tú así? Examínate a ti mismo por la infalible palabra de Dios. Si no tienes los frutos, efectos o propiedades inseparables de la fe, no tienes fe. Ven, pues, al Autor y Consumador de la fe, confesando tus pecados y la raíz de todos ellos —tu incredulidad—, hasta que te perdone tus pecados y te limpie de toda maldad. Ven al Amigo de los pecadores, cansado y cargado, ¡y él te dará el perdón! ¡Echa tu pobre alma desesperada sobre su amor moribundo! ¡Entra en la peña, en el arca, en la ciudad de refugio! Pide, y recibirás juntamente la fe y el perdón. Él esperaba para tener piedad. Te ha perdonado la vida para esto mismo: para que tus ojos vean su salvación. Vengan los juicios que vengan en estos postreros días, todo aquel que invocare el nombre del Señor Jesús será librado.

¡Invócalo ahora, oh pecador! ¡y persevera en la oración hasta que te responda en paz y poder! ¡Lucha por la bendición! ¡Tu vida, tu alma, están en juego! Clama a él con todas tus fuerzas: «Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí «¡Dios, sé propicio a mí, pecador!» ¡Señor, ayúdame! ¡Ayuda mi incredulidad! ¡Sálvame, o perezco! ¡Rocía mi corazón turbado! Lávame enteramente en la fuente de tu sangre; guíame por tu Espíritu; santifícame por completo, ¡y recíbeme arriba en la gloria!

«Ahora a Dios Padre...»

Capítulo 130 completado

La causa y el remedio de los terremotos

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