Capítulo 129 · 29 min de lectura · 38 min de escucha
La gracia gratuita
Sermón 128
La gracia gratuita 134134Predicado en Bristol, en el año 1740
Al lector:
Nada sino la más firme convicción, no solo de que lo que aquí se expone es «la verdad como está en Jesús», sino también de que estoy indispensablemente obligado a declarar esta verdad a todo el mundo, podría haberme inducido a oponerme abiertamente a las opiniones de aquellos a quienes estimo por causa de su obra: ¡a cuyos pies pueda yo ser hallado en el día del Señor Jesús!
Si alguno creyere que es su deber responder a esto, solo tengo una petición que hacer: que todo lo que hagáis se haga sin ofensa, con amor y con espíritu de mansedumbre. Que vuestra misma manera de disputar muestre que os habéis «vestido, como escogidos de Dios, de entrañas de misericordia, benignidad, longanimidad; «para que aun conforme a este tiempo pueda decirse: «¡Mirad cómo se aman estos cristianos los unos a los otros!»
Por cuanto se ha publicado contra este sermón un folleto titulado «Gracia verdaderamente gratuita», sirva esto para informar a su editor de que no puedo responder a su escrito hasta que muestre estar más en serio. Porque no me atrevo a hablar de «lo profundo de Dios» con el espíritu de un luchador a sueldo o de un comediante.
«El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo
no nos dará también con él todas las cosas?»
Romanos 8:32
1. ¡Con cuánta gratuidad ama Dios al mundo! Siendo aún pecadores, «Cristo murió por los impíos». Estando nosotros «muertos en nuestro pecado», Dios «no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros». ¡Y con cuánta gratuidad «nos da con él todas las cosas»! ¡En verdad, la GRACIA GRATUITA lo es todo en todo!
2. La gracia o amor de Dios, de donde procede nuestra salvación, es GRATUITA EN TODOS y GRATUITA PARA TODOS.
3. Primero. Es gratuita en todos aquellos a quienes se da. No
depende de ningún poder ni mérito del hombre; no, en ningún grado, ni en todo ni en parte. No depende en modo alguno ni de las buenas obras ni de la justicia del que la recibe; ni de nada que haya hecho, ni de nada que sea. No depende de sus esfuerzos. No depende de sus buenas disposiciones, ni de sus buenos deseos, ni de sus buenos propósitos e intenciones; porque todo esto fluye de la gracia gratuita de Dios; son solo los arroyos, no la fuente. Son los frutos de la gracia gratuita, y no la raíz. No son la causa, sino los efectos de ella. Todo lo bueno que hay en el hombre, o que el hombre hace, tiene a Dios por autor y hacedor. Así es su gracia gratuita en todos; es decir, no depende en modo alguno de ningún poder ni mérito del hombre, sino de Dios solo, que gratuitamente nos dio a su propio Hijo, y «con él nos da gratuitamente todas las cosas.
4. Pero es gratuita PARA TODOS, así como EN TODOS. A esto algunos han respondido: «No: es gratuita solo para aquellos a quienes Dios ha ordenado para vida; y estos no son más que una manada pequeña. A la mayor parte de los hombres Dios la ha ordenado para muerte; y para ellos no es gratuita. A estos Dios los aborrece; y, por tanto, antes de que nacieran, decretó que muriesen eternamente. Y esto lo decretó absolutamente; porque así fue su beneplácito; porque era su voluntad soberana. En consecuencia, nacen para esto: para ser destruidos en cuerpo y alma en el infierno. Y crecen bajo la maldición irrevocable de Dios, sin posibilidad alguna de redención; pues la gracia que Dios les da, se la da solo para esto: para aumentar, no para impedir, su condenación.»
5. Este es aquel decreto de predestinación. Pero me parece oír a alguno decir: «Esta no es la predestinación que yo sostengo: yo sostengo solo la elección de gracia. Lo que creo no es más que esto: que Dios, antes de la fundación del mundo, eligió a cierto número de hombres para ser justificados, santificados y glorificados. Ahora bien, todos estos serán salvos, y ningún otro; porque al resto de la humanidad Dios lo deja a sí mismo: así siguen los designios de su propio corazón, que son de continuo solamente el mal, e, yendo de mal en peor, son al fin justamente castigados con destrucción eterna.»
6. ¿Es esta toda la predestinación que sostenéis? Consideradlo; quizá no sea toda. ¿No creéis que Dios los ordenó para esto mismo?» Si es así, creéis el decreto entero; sostenéis la predestinación en el sentido pleno que se ha descrito arriba. Pero puede ser que penséis que no. ¿No creéis, pues, que Dios endurece el corazón de los que perecen? ¿No creéis que él (literalmente) endureció el corazón de Faraón, y que para este fin lo levantó, o lo creó? Pues esto equivale exactamente a lo mismo. Si creéis que Faraón, o cualquier hombre sobre la tierra, fue creado para este fin —para ser condenado—, sostenéis todo lo que se ha dicho de la predestinación. Y no hace falta que añadáis que Dios secunda su decreto, que se supone inmutable e irresistible, endureciendo el corazón de aquellos vasos de ira a quienes ese decreto había preparado de antemano para destrucción.
7. Bien; pero puede ser que no creáis ni siquiera esto; que no sostengáis ningún decreto de reprobación; que no penséis que Dios decreta que hombre alguno sea condenado, ni que lo endurece o lo prepara irresistiblemente para la condenación; solo decís: «Dios decretó eternamente que, estando todos muertos en el pecado, diría a algunos de los huesos secos: Vivid, y a otros no; que, en consecuencia, estos serían vivificados, y aquellos permanecerían en la muerte; que estos glorificarían a Dios por su salvación, y aquellos por su destrucción.»
8. ¿No es esto lo que entendéis por la elección de gracia? Si lo es, quisiera haceros una o dos preguntas: ¿Se salva alguno que no haya sido así elegido? ¿O se salvó alguno desde la fundación del mundo? ¿Es posible que hombre alguno se salve a menos que haya sido así elegido? Si decís: «No», estáis donde estabais; no habéis avanzado ni un pelo; seguís creyendo que, en virtud de un decreto inmutable e irresistible de Dios, la mayor parte de la humanidad permanece en la muerte, sin posibilidad alguna de redención; puesto que nadie puede salvarlos sino Dios, y él no quiere salvarlos. Creéis que él ha decretado absolutamente no salvarlos; ¿y qué es esto sino decretar condenarlos? Es, en efecto, ni más ni menos; viene a ser lo mismo; porque si estáis muertos, y del todo incapaces de daros vida a vosotros mismos, entonces, si Dios ha decretado absolutamente que dará vida solo a otros, y no a vosotros, ha decretado absolutamente vuestra muerte eterna; estáis absolutamente destinados a la condenación. Así pues, aunque uséis palabras más suaves que otros, queréis decir exactamente lo mismo; y el decreto de Dios acerca de la elección de gracia, según la explicación que vosotros dais de él, equivale ni más ni menos a lo que otros llaman el decreto de reprobación de Dios.
9. Llamadlo, pues, con el nombre que os plazca —elección, preterición, predestinación o reprobación—: al final viene a ser lo mismo. El sentido de todos ellos es claramente este: que, en virtud de un decreto eterno, inmutable e irresistible de Dios, una parte de la humanidad se salva infaliblemente, y el resto se condena infaliblemente; siendo imposible que ninguno de los primeros se condene, o que ninguno de los segundos se salve.
10. Pero si esto es así, entonces toda predicación es vana. Es innecesaria para los que son elegidos; porque ellos, con predicación o sin ella, serán infaliblemente salvos. Por tanto, el fin de la predicación —salvar almas— queda anulado respecto de ellos; y es inútil para los que no son elegidos, porque ellos no pueden en modo alguno ser salvos: ellos, con predicación o sin ella, serán infaliblemente condenados. El fin de la predicación queda, pues, anulado también respecto de ellos; de modo que en ambos casos nuestra predicación es vana, como vuestro oír es también vano.
11. Esta es, pues, una prueba clara de que la doctrina de la predestinación no es una doctrina de Dios, porque anula la ordenanza de Dios; y Dios no está dividido contra sí mismo. Una segunda es que tiende directamente a destruir aquella santidad que es el fin de todas las ordenanzas de Dios. No digo que ninguno de los que la sostienen sea santo (pues Dios es de tierna misericordia para con los que están inevitablemente enredados en errores de cualquier clase), sino que la doctrina misma —que todo hombre es elegido o no elegido desde la eternidad, y que el uno ha de salvarse inevitablemente, y el otro condenarse inevitablemente— tiene una tendencia manifiesta a destruir la santidad en general; pues quita por completo aquellos primeros motivos para seguirla, tan frecuentemente propuestos en la Escritura: la esperanza de la recompensa futura y el temor del castigo, la esperanza del cielo y el temor del infierno. Que estos irán al tormento eterno, y aquellos a la vida eterna, no es motivo para luchar por la vida para quien cree que su suerte ya está echada; no es razonable que lo haga, si piensa que está inalterablemente sentenciado o a la vida o a la muerte. Diréis: «Pero no sabe si es vida o muerte.» ¿Y qué? Esto no remedia el asunto; porque si un enfermo sabe que inevitablemente ha de morir, o inevitablemente ha de sanar, aunque no sepa cuál de las dos cosas, no es razonable que tome medicina alguna. Podría decir con razón (y así he oído hablar a algunos, tanto en la enfermedad del cuerpo como en la del espíritu): «Si estoy ordenado para vida, viviré; si para muerte, moriré; así que no necesito preocuparme por ello.» Tan directamente tiende esta doctrina a cerrar la puerta misma de la santidad en general: a impedir que los hombres impíos se acerquen jamás a ella, o se esfuercen por entrar por ella.
12. Con igual directitud tiende esta doctrina a destruir varias ramas particulares de la santidad. Tales son la mansedumbre y el amor: el amor, quiero decir, a nuestros enemigos, a los malos y desagradecidos. No digo que ninguno de los que la sostienen tenga mansedumbre y amor (pues como es el poder de Dios, así es su misericordia), sino que tiende naturalmente a inspirar, o a aumentar, una aspereza o vehemencia de disposición que es del todo contraria a la mansedumbre de Cristo; como se ve entonces especialmente, cuando se les contradice en este punto. Y con igual naturalidad inspira desprecio o frialdad hacia aquellos a quienes suponemos desechados de Dios. «¡Oh, pero», decís, «yo no supongo que ningún hombre en particular sea un réprobo!» Queréis decir que no lo supondríais si pudierais evitarlo; pero no podéis evitar a veces aplicar vuestra doctrina general a personas particulares: el enemigo de las almas la aplicará por vosotros. Sabéis cuán a menudo lo ha hecho. Pero rechazasteis el pensamiento con aborrecimiento. Cierto; tan pronto como pudisteis; ¡pero cómo agrió y exasperó vuestro espíritu entretanto! Bien sabéis que no era el espíritu de amor el que entonces sentíais hacia aquel pobre pecador, a quien suponíais o sospechabais, quisierais o no, haber sido aborrecido de Dios desde la eternidad.
13. Tercero. Esta doctrina tiende a destruir el consuelo de la religión, la felicidad del cristianismo. Esto es evidente respecto de todos aquellos que se creen reprobados, o que solo lo sospechan o lo temen. Todas las grandísimas y preciosas promesas están perdidas para ellos; no les ofrecen ni un rayo de consuelo: porque no son los escogidos de Dios; por tanto, no tienen parte ni suerte en ellas. Esto es una barrera eficaz que les impide hallar consuelo o felicidad alguna, aun en aquella religión cuyos caminos están destinados a ser «caminos deleitosos, y todas sus veredas paz».
14. Y en cuanto a vosotros, que os creéis los escogidos de Dios, ¿cuál es vuestra felicidad? Espero que no una noción, una creencia especulativa, una mera opinión de ninguna clase, sino una posesión sentida de Dios en vuestro corazón, obrada en vosotros por el Espíritu Santo, o sea, el testimonio del Espíritu de Dios con vuestro espíritu de que sois hijos de Dios. Esto, llamado de otro modo «la plena certidumbre de fe, es el verdadero fundamento de la felicidad del cristiano. Y ciertamente implica una plena certidumbre de que todos vuestros pecados pasados están perdonados, y de que ahora sois hijos de Dios. Pero no implica necesariamente una plena certidumbre de nuestra perseverancia futura. No digo que esta nunca vaya unida a aquella, sino que no está necesariamente implicada en ella; pues muchos tienen la una sin tener la otra.
15. Ahora bien, la experiencia muestra que este testimonio del Espíritu queda muy obstruido por esta doctrina; y no solo en aquellos que, creyéndose reprobados, lo arrojan lejos de sí por esta creencia, sino aun en los que han gustado de aquel buen don, y que sin embargo pronto lo han vuelto a perder, y han recaído en dudas, y temores, y tinieblas: ¡tinieblas horribles, que podían palparse! Y apelo a cualquiera de vosotros que sostenéis esta doctrina para que digáis, entre Dios y vuestro propio corazón, si no tenéis a menudo un retorno de dudas y temores acerca de vuestra elección o perseverancia. Si preguntáis: «¿Quién no los tiene?», respondo: Muy pocos de los que sostienen esta doctrina; pero muchos, muchísimos, de los que no la sostienen, en todas partes de la tierra; muchos de estos han gozado del testimonio ininterrumpido de su Espíritu, de la luz continua de su rostro, desde el momento en que creyeron por primera vez, durante muchos meses o años, hasta el día de hoy.
16. Aquella seguridad de fe de que estos gozan excluye toda duda y todo temor. Excluye toda clase de duda y temor acerca de su perseverancia futura; aunque no es propiamente, como se dijo antes, una seguridad de lo que es futuro, sino solo de lo que es ahora. Y esta no necesita para sostenerse una creencia especulativa de que todo aquel que una vez es ordenado para vida ha de vivir; porque es obrada de hora en hora por el gran poder de Dios, «por el Espíritu Santo que les es dado». Y, por tanto, aquella doctrina no es de Dios, porque tiende a obstruir, si no a destruir, esta gran obra del Espíritu Santo, de donde fluye el principal consuelo de la religión, la felicidad del cristianismo.
17. Además: ¡qué pensamiento tan desconsolador es este, que miles y millones de hombres, sin ninguna ofensa o falta previa de su parte, fueran condenados inmutablemente a las llamas eternas! ¡Cuán particularmente desconsolador ha de ser para aquellos que se han revestido de Cristo! ¡Para aquellos que, llenos de entrañas de misericordia, ternura y compasión, podrían aun «desear ser ellos mismos anatema por amor de sus hermanos»!
18. Cuarto. Esta doctrina desconsoladora tiende directamente a destruir nuestro celo por las buenas obras. Y esto lo hace, primero, en cuanto tiende naturalmente (conforme a lo que se observó antes) a destruir nuestro amor a la mayor parte de la humanidad, a saber, a los malos y desagradecidos. Porque todo lo que disminuye nuestro amor, ha de disminuir en igual medida nuestro deseo de hacerles bien. Esto lo hace, en segundo lugar, en cuanto suprime uno de los motivos más poderosos de todos los actos de misericordia corporal, tales como dar de comer al hambriento, vestir al desnudo y cosas semejantes, a saber, la esperanza de salvar sus almas de la muerte. Porque ¿de qué sirve aliviar las necesidades temporales de quienes están a punto de caer en el fuego eterno? «Bien; pero corred y arrebatadlos como tizones del fuego. No; esto lo suponéis imposible. Fueron destinados a ello, decís, desde la eternidad, antes de que hubieran hecho bien o mal. Creéis que es la voluntad de Dios que mueran. Y «¿quién ha resistido a su voluntad?» Pero decís que no sabéis si estos son elegidos o no. ¿Y qué? Si sabéis que son lo uno o lo otro —que o son elegidos o no son elegidos—, todo vuestro trabajo es vano e inútil. En cualquiera de los dos casos, vuestro consejo, reprensión o exhortación es tan innecesario e inútil como nuestra predicación. Es innecesario para los que son elegidos, porque serán infaliblemente salvos sin él. Es inútil para los que no son elegidos, porque con él o sin él serán infaliblemente condenados; por tanto, no podéis, en coherencia con vuestros principios, tomaros ningún trabajo por su salvación. En consecuencia, esos principios tienden directamente a destruir vuestro celo por las buenas obras; por todas las buenas obras, pero particularmente por la mayor de todas: salvar almas de la muerte.
19. Pero, en quinto lugar, esta doctrina no solo tiende a destruir la santidad, la felicidad y las buenas obras cristianas, sino que tiene también una tendencia directa y manifiesta a derribar toda la Revelación cristiana. El punto que los más sabios de los incrédulos modernos se afanan con más diligencia en probar es que la Revelación cristiana no es necesaria. Bien saben que, si pudieran demostrarlo una vez, la conclusión sería demasiado clara para negarla: «Si no es necesaria, no es verdadera». Ahora bien, este punto fundamental lo cedéis vosotros. Porque, supuesto aquel decreto eterno e inmutable, una parte de la humanidad ha de salvarse aunque la Revelación cristiana no existiera, y la otra parte ha de condenarse a pesar de esa Revelación. ¿Y qué más podría desear un infiel? Le concedéis todo lo que pide. Al hacer así el evangelio innecesario para toda clase de hombres, entregáis toda la causa cristiana. «¡Oh, no lo anunciéis en Gat, para que no se alegren las hijas de los incircuncisos; «para que no triunfen los hijos de la incredulidad!
20. Y así como esta doctrina tiende manifiesta y directamente a derribar toda la Revelación cristiana, hace lo mismo, por clara consecuencia, al hacer que esa Revelación se contradiga a sí misma. Porque se funda en una interpretación tal de algunos textos (más o menos, poco importa) que contradice rotundamente todos los demás textos, y aun todo el alcance y tenor de la Escritura. Por ejemplo: los defensores de esta doctrina interpretan aquel texto de la Escritura: «A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí», como si implicara que Dios, en sentido literal, aborreció a Esaú, y a todos los reprobados, desde la eternidad. Ahora bien, ¿qué puede haber más rotundamente contradictorio que esto, no solo con todo el alcance y tenor de la Escritura, sino también con todos aquellos textos particulares que declaran expresamente: «Dios es amor»? Además: infieren de aquel texto: «Tendré misericordia del que tendré misericordia» (Romanos 9:15), que Dios es amor solo para algunos hombres, a saber, los elegidos, y que solo para ellos tiene misericordia; a lo cual es rotundamente contrario todo el tenor de la Escritura, como lo es en particular aquella declaración expresa: «Bueno es el Señor para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras» (Salmo 145:9.) Además: infieren de aquel texto y de otros semejantes: «No es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia, que él tiene misericordia solo de aquellos a quienes tuvo en cuenta desde toda la eternidad. Mas ¿quién es ahora el que alterca con Dios? Vosotros contradecís ahora todos los oráculos de Dios, que declaran de principio a fin: «Dios no hace acepción de personas:» (Hechos 10:34) «No hay acepción de personas para con él» (Romanos 2:11.) Además: de aquel texto: «No siendo aún nacidos los hijos, ni habiendo hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección, no por las obras sino por el que llama, permaneciese, le fue dicho a ella», a Rebeca: «El mayor servirá al menor»; inferís que nuestra predestinación o elección no depende en modo alguno de la presciencia de Dios. Rotundamente contrarias a esto son todas las Escrituras; y en particular aquellas: «Elegidos según la presciencia de Dios» (1 Pedro 1:2); «a los que antes conoció, también los predestinó» (Romanos 8:29.)
21. Y «el mismo que es Señor de todos, rico es» en misericordia «para con todos los que le invocan» (Romanos 10:12). Pero vosotros decís: «No; lo es solo para aquellos por quienes Cristo murió. Y estos no son todos, sino solo unos pocos, a quienes Dios ha escogido del mundo; porque él no murió por todos, sino solo por aquellos que fueron “escogidos en él antes de la fundación del mundo”» (Efesios 1:4.) Rotundamente contrario a vuestra interpretación de estas escrituras es también todo el tenor del Nuevo Testamento; como lo son en particular estos textos: «No arruines con tu comida a aquel por el cual Cristo murió» (Romanos 14:15): prueba clara de que Cristo murió, no solo por los que se salvan, sino también por los que perecen. Él es «el Salvador del mundo» (Juan 4:42); él es «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29); él es la «propiciación no solamente por nuestros pecados, sino también por los de todo el mundo» (1 Juan 2:2); «Él», el Dios viviente, «es el Salvador de todos los hombres» (1 Timoteo 4:10); «Se dio a sí mismo en rescate por todos» (1 Timoteo 2:6); «Gustó la muerte por todos» (Hebreos 2:9.)
22. Si preguntáis: «¿Por qué, pues, no se salvan todos los hombres?», toda la ley y el testimonio responden: primero, no a causa de ningún decreto de Dios; no porque sea su voluntad que mueran; pues: Vivo yo, dice el Señor Dios,» no me complazco en la muerte del que muere.» (Ezequiel 18:3, 32.) Cualquiera que sea la causa de su perdición, no puede ser su voluntad, si los oráculos de Dios son verdaderos; porque declaran: «Él no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9); «Él quiere que todos los hombres sean salvos». Y, en segundo lugar, declaran cuál es la causa de que no todos los hombres se salven, a saber, que no quieren ser salvos. Así lo dice expresamente nuestro Señor: «No queréis venir a mí para que tengáis vida» (Juan 5:40.) «El poder del Señor está presente para sanarlos», pero ellos no quieren ser sanados. «Desechan el consejo», el consejo misericordioso, «de Dios contra sí mismos», como hicieron sus obstinados antepasados. Y por eso no tienen excusa; porque Dios quiere salvarlos, pero ellos no quieren ser salvos. Esta es la condenación: «¡Cuántas veces quise juntaros, y no quisisteis!» (Mateo 23:37.)
23. Así de manifiestamente tiende esta doctrina a derribar toda la Revelación cristiana, haciendo que se contradiga a sí misma; dando a algunos textos una interpretación tal que contradice rotundamente todos los demás textos, y aun todo el alcance y tenor de la Escritura: prueba abundante de que no es de Dios. Pero ni aun esto es todo; porque, en séptimo lugar, es una doctrina llena de blasfemia; de una blasfemia tal que temería mencionarla, si no fuera porque el honor de nuestro Dios lleno de gracia y la causa de su verdad no me permiten callar. En la causa de Dios, pues, y por un sincero celo por la gloria de su gran nombre, mencionaré algunas de las horribles blasfemias contenidas en esta horrible doctrina. Pero primero debo advertir a cada uno de vosotros que me oís, como habréis de responder de ello en el gran día, que no me acuséis (como algunos han hecho) de blasfemar porque menciono la blasfemia de otros. Y cuanto más os entristezcáis por los que así blasfeman, mirad que «confirméis vuestro amor para con ellos: tanto más, y que el deseo de vuestro corazón y vuestra oración continua a Dios sea: «¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!»
24. Sentado esto, obsérvese que esta doctrina representa a nuestro bendito Señor, «Jesucristo el justo», «el unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad», como un hipócrita, un engañador del pueblo, un hombre falto de la más elemental sinceridad. Porque no puede negarse que en todas partes habla como si quisiera que todos los hombres se salvasen. Por tanto, decir que no quería que todos los hombres se salvasen es representarlo como un mero hipócrita y simulador. No puede negarse que las palabras de gracia que salían de su boca están llenas de invitaciones a todos los pecadores. Decir, pues, que no se proponía salvar a todos los pecadores es representarlo como un burdo engañador del pueblo. No podéis negar que dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados». Si, pues, decís que llama a los que no pueden venir; a aquellos que sabe que son incapaces de venir; a aquellos a quienes puede hacer capaces de venir, pero no quiere; ¿cómo es posible describir mayor falta de sinceridad? Lo representáis burlándose de sus criaturas desvalidas, al ofrecerles lo que nunca piensa dar. Lo describís diciendo una cosa y queriendo decir otra; fingiendo el amor que no tenía. A aquel en «cuya boca no fue hallado engaño», lo hacéis lleno de engaño, falto de la más elemental sinceridad; especialmente entonces, cuando, acercándose a la ciudad, lloró sobre ella, y dijo: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que son enviados a ti! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, —y no quisisteis!»; ethelesakai ouk ethelesate. Ahora bien, si decís que ellos querían, pero él no quería, lo representáis (¿y quién podría oír tal cosa?) llorando lágrimas de cocodrilo; ¡llorando sobre la presa que él mismo había condenado a destrucción!
25. ¡Tal es esta blasfemia, que uno pensaría que haría retiñir los oídos de un cristiano! Pero aún queda más; porque así como honra al Hijo, así honra esta doctrina al Padre. Destruye todos sus atributos a la vez: trastorna su justicia, su misericordia y su verdad; sí, representa al Dios santísimo como peor que el diablo, más falso, más cruel y más injusto. Más falso; porque el diablo, mentiroso como es, nunca ha dicho: «Él quiere que todos los hombres sean salvos:» Más injusto; porque el diablo no puede, aunque quisiera, ser culpable de una injusticia como la que atribuís a Dios cuando decís que Dios condenó a millones de almas al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles, por continuar en el pecado, el cual, por falta de aquella gracia que él no quiere darles, no pueden evitar. Y más cruel; porque aquel espíritu desdichado «busca reposo, y no lo halla»; de modo que su propia miseria sin descanso es para él una especie de tentación a tentar a otros. Pero Dios reposa en su lugar alto y santo; de modo que suponer que él, por su solo impulso, por su pura voluntad y beneplácito, feliz como es, condene a sus criaturas, quieran o no, a una miseria sin fin, es imputarle una crueldad tal como no podemos imputar ni aun al gran enemigo de Dios y del hombre. ¡Es representar al Dios altísimo (el que tiene oídos para oír, oiga) como más cruel, falso e injusto que el diablo!
26. ¡Esta es la blasfemia claramente contenida en el horrible decreto de la predestinación! Y aquí afirmo el pie. En esto me enfrento con todo defensor de ella. Representáis a Dios como peor que el diablo; más falso, más cruel, más injusto. Pero decís que lo probaréis por la Escritura. ¡Alto! ¿Qué probaréis por la Escritura? ¿Que Dios es peor que el diablo? No puede ser. Pruebe lo que pruebe esa Escritura, nunca puede probar esto; sea cual sea su verdadero sentido, este no puede ser su verdadero sentido. Preguntáis: «¿Cuál es, pues, su verdadero sentido?» Si digo: «No lo sé», nada habéis ganado; porque hay muchas escrituras cuyo verdadero sentido ni vosotros ni yo conoceremos hasta que la muerte sea sorbida en victoria. Pero esto sí sé: mejor sería decir que no tiene sentido alguno, que decir que tiene un sentido como este. No puede significar, signifique lo que signifique además, que el Dios de verdad es mentiroso. Signifique lo que quiera, no puede significar que el Juez de todo el mundo es injusto. Ninguna escritura puede significar que Dios no es amor, o que su misericordia no está sobre todas sus obras; es decir, pruebe lo que pruebe además, ninguna escritura puede probar la predestinación.
27. Esta es la blasfemia por la cual (por mucho que ame a las personas que la sostienen) aborrezco la doctrina de la predestinación; una doctrina en cuya suposición, si se pudiera suponer por un momento (llamadla elección, reprobación, o como os plazca, pues todo viene a ser lo mismo), uno podría decir a nuestro adversario el diablo: «Necio, ¿por qué sigues rugiendo de un lado a otro? Tu acechar a las almas es tan innecesario e inútil como nuestra predicación. ¿No oyes que Dios te ha quitado tu obra de las manos, y que él la hace mucho más eficazmente? Tú, con todos tus principados y potestades, solo puedes asaltarnos de modo que podamos resistirte; ¡pero él puede destruir irresistiblemente el cuerpo y el alma en el infierno! Tú solo puedes seducir; pero sus decretos inmutables, de dejar a millares de almas en la muerte, las obligan a continuar en el pecado, hasta que caigan en las llamas eternas. Tú tientas; él nos fuerza a ser condenados, porque no podemos resistir a su voluntad. Necio, ¿por qué sigues andando alrededor, buscando a quien devorar? ¿No oyes que Dios es el león devorador, el destructor de las almas, el asesino de los hombres» Moloc solo hacía pasar a los niños por el fuego; y aquel fuego pronto se apagaba; o, consumido el cuerpo corruptible, su tormento llegaba a su fin; pero Dios, se te dice, por su decreto eterno, fijado antes de que hubieran hecho bien o mal, hace pasar, no solo a niños de un palmo de largo, sino también a los padres, por el fuego del infierno, el “fuego que nunca se apagará; y el cuerpo que es arrojado en él, siendo ya incorruptible e inmortal, estará siempre consumiéndose y nunca consumido, sino que “el humo de su tormento”, porque es el beneplácito de Dios, “sube para siempre jamás”.»
28. ¡Oh, cómo se regocijaría el enemigo de Dios y del hombre al oír que estas cosas fueran así! ¡Cómo clamaría a voz en cuello sin detenerse! ¡Cómo alzaría su voz y diría: «¡A tus tiendas, oh Israel! ¡Huid de la presencia de este Dios, o pereceréis del todo! Pero ¿adónde huiréis? ¿Al cielo? Él está allí. ¿Abajo, al infierno? Él está allí también. No podéis huir de un tirano omnipresente y todopoderoso. Y huyáis o os quedéis, llamo al cielo, su trono, y a la tierra, estrado de sus pies, por testigos contra vosotros: pereceréis, moriréis eternamente. ¡Canta, oh infierno, y regocijaos los que estáis debajo de la tierra! Porque Dios, el Dios poderoso, ha hablado, y ha consagrado a la muerte a millares de almas, desde el nacimiento del sol hasta donde se pone. ¡Aquí, oh muerte, está tu aguijón! No escaparán, no pueden escapar; porque la boca del Señor lo ha dicho. ¡Aquí, oh sepulcro, está tu victoria! Naciones aún no nacidas, antes de que hayan hecho bien o mal, están condenadas a no ver jamás la luz de la vida, ¡sino que tú las roerás por siempre jamás! ¡Canten juntas todas aquellas estrellas de la mañana que cayeron con Lucifer, hijo de la mañana! ¡Den voces de júbilo todos los hijos del infierno! Porque el decreto está dado, ¿y quién lo invalidará?»
29. Sí, el decreto está dado; y así lo estaba antes de la fundación del mundo. Pero ¿qué decreto? Este: «Pondré delante de los hijos de los hombres “la vida y la muerte, la bendición y la maldición”. Y el alma que escoja la vida vivirá, así como el alma que escoja la muerte morirá». Este decreto, por el cual «a los que Dios antes conoció, también los predestinó», fue en verdad desde la eternidad; este, por el cual todos los que permiten que Cristo les dé vida son «elegidos según la presciencia de Dios», permanece ahora firme, como la luna, y como los testigos fieles en el cielo; y cuando el cielo y la tierra pasen, esto no pasará; porque es tan inmutable y eterno como el ser de Dios que lo dio. Este decreto da el más poderoso estímulo para abundar en todas las buenas obras y en toda santidad; y es un manantial de gozo, y también de felicidad, para nuestro grande y eterno consuelo. Esto es digno de Dios; es en todo sentido coherente con todas las perfecciones de su naturaleza. Nos da la más noble visión de su justicia, misericordia y verdad. Con esto concuerda todo el alcance de la Revelación cristiana, así como todas sus partes. De esto dan testimonio Moisés y todos los profetas, y nuestro bendito Señor y todos sus apóstoles. Así Moisés, en nombre de su Señor: «A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición: escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia». Así Ezequiel: escoge la vida, para que vivas tú y tu descendencia;«Así Ezequiel (por citar un profeta por todos): «El alma que pecare, esa morirá: el hijo no llevará» eternamente «el pecado del padre. La justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él» (18:20.) Así nuestro bendito Señor: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba» (Juan 7:37.) Así su gran apóstol, san Pablo (Hechos 17:30): «Dios manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; «a todos los hombres en todo lugar»; a cada hombre en cada lugar, sin excepción alguna ni de lugar ni de persona. Así Santiago: «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada» (Santiago 1:5.) Así san Pedro (2 Pedro 3:9): «El Señor no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento». Y así san Juan: «Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre; y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» (1 Juan 2:1, 2.)
30. ¡Oh, oíd esto, vosotros los que os olvidáis de Dios! ¡No podéis echarle a él la culpa de vuestra muerte! «“¿Me complazco yo de alguna manera en la muerte del impío?”, dice el Señor Dios» (Ezequiel 18:23ss.) «Convertíos, y volveos de todas vuestras transgresiones; y no os será la iniquidad causa de ruina. Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis prevaricado, —porque ¿por qué moriréis, oh casa de Israel? Porque no me complazco en la muerte del que muere, dice el Señor Dios. Convertíos, pues, y vivid». «Vivo yo, dice el Señor Dios, que no me complazco en la muerte del impío. —Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?» (Ezequiel 33:11.)
Capítulo 129 completado
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