Capítulo 13 · 22 min de lectura · 28 min de escucha
El testimonio de nuestro propio espíritu
Sermón 12
El testimonio de nuestro propio espíritu
«Porque nuestro gozo es este: el testimonio de nuestra conciencia, que con simplicidad y sinceridad piadosa, no con sabiduría carnal, sino con la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mundo.»
2 Corintios 1:12
1. Tal es la voz de todo verdadero creyente en Cristo, mientras permanece en la fe y en el amor. «El que me sigue —dice nuestro Señor— no andará en tinieblas»; y mientras tiene la luz, se goza en ella. Así como ha «recibido al Señor Jesucristo», así anda en él; y mientras anda en él, la exhortación del Apóstol se cumple en su alma día tras día: «Gozaos en el Señor siempre; otra vez digo: ¡Gozaos!»
2. Pero, para que no edifiquemos nuestra casa sobre la arena (no sea que, cuando descienda la lluvia, y soplen los vientos, y vengan los ríos y den con ímpetu contra ella, caiga, y sea grande su ruina), me propongo mostrar en el siguiente discurso cuál es la naturaleza y el fundamento del gozo del cristiano. Sabemos, en general, que es aquella paz dichosa, aquella serena satisfacción del espíritu, que nace de un testimonio de su conciencia como el que aquí describe el Apóstol. Pero, para entender esto más a fondo, será preciso sopesar todas sus palabras; de donde se verá fácilmente tanto lo que hemos de entender por conciencia, como lo que hemos de entender por su testimonio; y también cómo el que tiene este testimonio se goza siempre.
3. Y, en primer lugar, ¿qué hemos de entender por conciencia? ¿Qué significa esta palabra que está en boca de todos? Uno imaginaría que es cosa sumamente difícil descubrirlo, si considera cuán grandes y numerosos volúmenes se han escrito de tiempo en tiempo sobre este asunto, y cómo se han revuelto todos los tesoros del saber antiguo y moderno para explicarlo. Y, sin embargo, es de temer que no haya recibido mucha luz de todas esas elaboradas investigaciones. ¿No han enredado más bien la cuestión la mayoría de esos escritores, «oscureciendo el consejo con palabras sin sabiduría», complicando un asunto en sí mismo claro y fácil de entender? Porque basta con dejar a un lado las palabras difíciles, y todo hombre de corazón honrado entenderá pronto la cosa.
4. Dios nos ha hecho seres pensantes, capaces de percibir lo que está presente y de reflexionar o mirar atrás sobre lo que ya pasó. En particular, somos capaces de percibir cuanto ocurre en nuestro propio corazón o en nuestra vida; de conocer cuanto sentimos o hacemos, ya sea mientras ocurre, ya cuando ha pasado. Esto queremos decir cuando afirmamos que el hombre es un ser consciente: tiene consciencia, o percepción interior, tanto de las cosas presentes como de las pasadas que a él se refieren, de sus propias disposiciones y de su conducta exterior. Pero lo que solemos llamar conciencia, implica algo más que esto. No es meramente el conocimiento de nuestra vida presente ni el recuerdo de la pasada. Recordar, dar testimonio de cosas pasadas o presentes, es solo uno, y el menor, de los oficios de la conciencia: su ocupación principal es excusar o acusar, aprobar o desaprobar, absolver o condenar.
5. Es verdad que algunos escritores recientes le han dado a esto un nombre nuevo, y han preferido llamarlo sentido moral. Pero la palabra antigua parece preferible a la nueva, aunque solo fuera por esta razón: que es más común y familiar entre los hombres, y por tanto más fácil de entender. Y para los cristianos es innegablemente preferible también por otra razón, a saber, porque es bíblica; porque es la palabra que la sabiduría de Dios ha escogido usar en los escritos inspirados.
Y, según el sentido en que se usa generalmente allí, particularmente en las epístolas de san Pablo, podemos entender por conciencia una facultad o potencia, implantada por Dios en toda alma que viene al mundo, de percibir lo que es recto o malo en su propio corazón o vida, en sus disposiciones, pensamientos, palabras y acciones.
6. Pero ¿cuál es la regla por la que los hombres han de juzgar lo recto y lo malo? ¿Por la que ha de dirigirse su conciencia? La regla de los paganos, como enseña el Apóstol en otro lugar, es «la ley escrita en sus corazones» por el dedo de Dios; «dando testimonio juntamente su conciencia», de si andan o no conforme a esta regla, «y acusándolos o también excusándolos entretanto sus pensamientos», absolviéndolos, defendiéndolos; he kai apologoumenon. (Romanos 2:14, 15.) Pero la regla cristiana de lo recto y lo malo es la palabra de Dios, los escritos del Antiguo y del Nuevo Testamento; todo lo que los profetas y los santos hombres de la antigüedad escribieron siendo movidos por el Espíritu Santo; toda aquella Escritura que fue dada por inspiración de Dios, y que es en verdad útil para doctrina, o sea, para enseñar toda la voluntad de Dios; para redargüir lo que le es contrario; para corregir el error; y para instruir, o educarnos, en justicia. (2 Timoteo 3:16.)
Esta es lámpara a los pies del cristiano y luz en todas sus sendas. Solo esto recibe como su regla de lo recto y lo malo, de cuanto es realmente bueno o malo. No estima bueno nada sino lo que aquí se manda, directamente o por clara consecuencia; no tiene por malo nada sino lo que aquí se prohíbe, ya en términos expresos, ya por inferencia innegable. Todo lo que la Escritura ni prohíbe ni manda, directamente o por clara consecuencia, cree que es de naturaleza indiferente, ni bueno ni malo en sí mismo; pues esta es la entera y única regla exterior por la que su conciencia ha de dirigirse en todas las cosas.
7. Y si de hecho se dirige por ella, entonces tiene la respuesta de una buena conciencia hacia Dios. «Una buena conciencia es lo que el Apóstol llama en otro lugar «una conciencia sin ofensa». Así, lo que expresa en una ocasión de este modo: «Yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy» (Hechos 23:1; ), lo denota en otra con aquella expresión: «Y por esto procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres». (Hechos 24:16.) Ahora bien, para esto se requiere absolutamente, en primer lugar, un recto entendimiento de la palabra de Dios, o de su voluntad «santa, agradable y perfecta» respecto de nosotros, tal como en ella se revela. Porque es imposible que andemos conforme a una regla si no sabemos lo que significa. Se requiere, en segundo lugar (¡y cuán pocos lo han alcanzado!), un verdadero conocimiento de nosotros mismos; un conocimiento tanto de nuestro corazón como de nuestra vida, de nuestras disposiciones interiores y de nuestra conducta exterior; pues, si no los conocemos, no es posible que los comparemos con nuestra regla. Se requiere, en tercer lugar, una conformidad de nuestro corazón y de nuestra vida, de nuestras disposiciones y conducta, de nuestros pensamientos, palabras y obras, con esa regla, con la palabra escrita de Dios. Porque sin esto, si tenemos alguna conciencia, solo puede ser una mala conciencia. Se requiere, en cuarto lugar, una percepción interior de esta conformidad con nuestra regla; y esta percepción habitual, esta consciencia interior misma, es propiamente una buena conciencia; o, en otra frase del Apóstol, «una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres».
8. Pero quienquiera que desee tener una conciencia así sin ofensa, procure poner el debido fundamento. Recuerde que, para esto, «nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo». Y tenga presente también que nadie edifica sobre él sino por una fe viva; que nadie es participante de Cristo hasta que puede testificar claramente: «Lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios», de aquel que ahora está revelado en mi corazón; que «me amó y se entregó a sí mismo por mí». La fe sola es aquella evidencia, aquella convicción, aquella demostración de las cosas invisibles, por la cual, abiertos los ojos de nuestro entendimiento y derramada sobre ellos la luz divina, «miramos las maravillas de la ley de Dios»: su excelencia y pureza; la altura, y la profundidad, y la longitud, y la anchura de ella, y de cada mandamiento que contiene. Es por la fe como, contemplando «la luz de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo», percibimos, como en un espejo, todo lo que hay en nosotros, sí, los movimientos más íntimos de nuestra alma. Y solo por ella puede aquel bendito amor de Dios ser «derramado en nuestros corazones», el cual nos capacita para amarnos unos a otros como Cristo nos amó. Por ella se cumple para todo el Israel de Dios aquella misericordiosa promesa: «Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré» (o grabaré) (Hebreos 8:10; ), produciendo así en sus almas una entera conformidad con su ley santa y perfecta, y «llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo».
Y, así como un árbol malo no puede dar buenos frutos, así un árbol bueno no puede dar malos frutos. Por tanto, como el corazón del creyente, así también su vida está enteramente conformada a la regla de los mandamientos de Dios; y, teniendo conciencia de ello, puede dar gloria a Dios y decir con el Apóstol: «Porque nuestro gozo es este: el testimonio de nuestra conciencia, que con simplicidad y sinceridad piadosa, no con sabiduría carnal, sino con la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mundo.»
9. «Nos hemos conducido»: el Apóstol lo expresa en el original con una sola palabra, anestaphemen; pero su significado es sumamente amplio, pues abarca todo nuestro comportamiento, sí, toda circunstancia interior tanto como exterior, ya se refiera al alma, ya al cuerpo. Incluye todo movimiento de nuestro corazón, de nuestra lengua, de nuestras manos y miembros corporales. Se extiende a todas nuestras acciones y palabras; al empleo de todas nuestras potencias y facultades; a la manera de usar cada talento que hemos recibido, sea con respecto a Dios o al hombre.
10. «Nos hemos conducido en el mundo»; aun en el mundo de los impíos: no solo entre los hijos de Dios (eso sería, en comparación, poca cosa), sino entre los hijos del diablo, entre los que yacen en la maldad, en toi poneroi, en el maligno. ¡Qué mundo es este! ¡Cuán enteramente impregnado del espíritu que continuamente respira! Así como nuestro Dios es bueno y hace el bien, así el dios de este mundo y todos sus hijos son malos y hacen el mal (en cuanto se les permite) a todos los hijos de Dios. Como su padre, están siempre al acecho, o andan alrededor, buscando a quién devorar; usando el fraude o la fuerza, astucias secretas o violencia abierta, para destruir a los que no son del mundo; guerreando continuamente contra nuestras almas y, con armas viejas o nuevas y artimañas de toda clase, esforzándose por devolverlas al lazo del diablo, al camino ancho que lleva a la perdición.
11. Nos hemos conducido en todo, en un mundo semejante, «con simplicidad y sinceridad piadosa». Primero, con simplicidad: esto es lo que nuestro Señor recomienda bajo el nombre de «ojo sencillo». «La lámpara del cuerpo —dice— es el ojo; así que, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de luz». Su significado es este: lo que el ojo es para el cuerpo, eso es la intención para todas las palabras y acciones; si, pues, este ojo de tu alma es sencillo, todas tus acciones y tu conducta estarán «llenas de luz», de la luz del cielo, de amor, y paz, y gozo en el Espíritu Santo.
Somos, pues, sencillos de corazón cuando el ojo de nuestra mente está fijo únicamente en Dios; cuando en todas las cosas no buscamos sino a Dios, como nuestro Dios, nuestra porción, nuestra fortaleza, nuestra felicidad, nuestro galardón sobremanera grande, nuestro todo, en el tiempo y en la eternidad. Esto es simplicidad: cuando una mirada firme, una intención única de promover su gloria, de hacer y padecer su bendita voluntad, recorre toda nuestra alma, llena todo nuestro corazón y es el manantial constante de todos nuestros pensamientos, deseos y propósitos.
12. «Nos hemos conducido en el mundo», en segundo lugar, «con sinceridad piadosa». La diferencia entre simplicidad y sinceridad parece ser principalmente esta: la simplicidad mira a la intención misma; la sinceridad, a su ejecución; y esta sinceridad no se refiere solo a nuestras palabras, sino a toda nuestra conducta, tal como se describió arriba. No ha de entenderse aquí en aquel sentido estrecho en que el mismo san Pablo la usa a veces, de decir la verdad o abstenerse de engaño, de astucia y de disimulo; sino en un sentido más amplio, como el dar realmente en el blanco al que apuntamos con la simplicidad. Conforme a esto, implica en este lugar que de hecho hablamos y hacemos todo para la gloria de Dios; que todas nuestras palabras no solo apuntan a ello, sino que realmente contribuyen a ello; que todas nuestras acciones fluyen en una corriente pareja, uniformemente subordinadas a este gran fin; y que, en toda nuestra vida, avanzamos derechos hacia Dios, y eso continuamente, andando con paso firme por el camino real de la santidad, por las sendas de la justicia, la misericordia y la verdad.
13. El Apóstol llama a esta sinceridad sinceridad piadosa, o la sinceridad de Dios, eilikrineiai Theou, para impedir que la confundamos o la tomemos por la sinceridad de los paganos (pues también ellos tenían entre sí una especie de sinceridad, por la cual profesaban no poca veneración); y asimismo para señalar el objeto y el fin de ella, como de toda virtud cristiana, puesto que todo lo que no tiende en último término a Dios se hunde entre «los pobres rudimentos del mundo». Al llamarla la sinceridad de Dios, señala también a su Autor, el «Padre de las luces, de quien desciende toda buena dádiva y todo don perfecto»; lo cual se declara aún más claramente en las palabras siguientes: «No con sabiduría carnal, sino con la gracia de Dios».
14. «No con sabiduría carnal»: como si dijera: «No podemos conducirnos así en el mundo por ninguna fuerza natural del entendimiento, ni por ningún conocimiento o sabiduría adquiridos naturalmente. No podemos alcanzar esta simplicidad, ni practicar esta sinceridad, por la fuerza del buen juicio, del buen natural o de la buena educación. Sobrepasa todo nuestro valor y resolución innatos, así como todos nuestros preceptos de filosofía. El poder de la costumbre no es capaz de formarnos para esto, ni las más exquisitas reglas de la educación humana. Ni yo, Pablo, pude jamás llegar a ello, a pesar de todas las ventajas de que gozaba, mientras estaba en la carne, en mi estado natural, y lo buscaba solo por la sabiduría natural, carnal.»
Y, sin embargo, ciertamente, si alguien hubiera podido, el mismo Pablo habría llegado a ello por esa sabiduría; porque apenas podemos concebir a nadie más favorecido con todos los dones de la naturaleza y de la educación. Además de sus capacidades naturales, probablemente no inferiores a las de ninguna persona que viviera entonces sobre la tierra, tenía todos los beneficios del saber, pues estudió en la Universidad de Tarso, y después fue criado a los pies de Gamaliel, la persona de mayor estima, tanto por su saber como por su integridad, que había entonces en toda la nación judía. Y tenía todas las ventajas posibles de una educación religiosa, siendo fariseo, hijo de fariseo, formado en la secta o profesión más estricta, distinguida de todas las demás por un rigor más eminente. Y en esto había «aventajado a muchos» otros, «sus iguales» en edad, «siendo mucho más celoso» de cuanto pensaba que agradaría a Dios, y «en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible». Pero no podía ser que por estos medios alcanzara esta simplicidad y sinceridad piadosa. Todo fue trabajo perdido; y, con un sentimiento profundo y penetrante de ello, se vio al fin obligado a exclamar: «Las cosas que para mí eran ganancia, las he estimado como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor». (Filipenses 3:7, 8.)
15. No podía ser que jamás llegara a ello sino por el «eminente conocimiento de Jesucristo» nuestro Señor; o «por la gracia de Dios», otra expresión de casi el mismo sentido. Por «la gracia de Dios» ha de entenderse a veces aquel amor gratuito, aquella misericordia inmerecida, por la cual yo, pecador, por los méritos de Cristo, estoy ahora reconciliado con Dios. Pero en este lugar significa más bien aquel poder de Dios el Espíritu Santo que «obra en nosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad». Tan pronto como la gracia de Dios en el primer sentido, su amor perdonador, se manifiesta a nuestras almas, la gracia de Dios en el segundo sentido, el poder de su Espíritu, entra en ellas. Y ahora podemos hacer, por Dios, lo que para el hombre era imposible. Ahora podemos ordenar rectamente nuestra conducta. Podemos hacer todas las cosas en la luz y en el poder de aquel amor, en Cristo que nos fortalece. Ahora tenemos «el testimonio de nuestra conciencia», que jamás podríamos tener por sabiduría carnal, «que con simplicidad y sinceridad piadosa nos conducimos en el mundo».
16. Este es propiamente el fundamento del gozo del cristiano. Podemos, pues, concebir ahora fácilmente cómo el que tiene este testimonio en sí mismo se goza siempre. «Mi alma —puede decir— engrandece al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador». Me gozo en aquel que, por su propio amor inmerecido, por su propia misericordia libre y tierna, «me ha llamado a este estado de salvación», en el cual, por su poder, estoy ahora firme. Me gozo porque su Espíritu da testimonio a mi espíritu de que he sido comprado con la sangre del Cordero, y de que, creyendo en él, «soy miembro de Cristo, hijo de Dios y heredero del reino de los cielos». Me gozo porque el sentimiento del amor de Dios hacia mí ha obrado en mí, por el mismo Espíritu, que le ame a él, y que ame por amor de él a todo hijo de hombre, a toda alma que él ha hecho. Me gozo porque me concede sentir en mí mismo «el sentir que hubo en Cristo»: —la simplicidad, un ojo sencillo puesto en él en todo movimiento de mi corazón; poder para fijar siempre el ojo amoroso de mi alma en Aquel que «me amó y se entregó a sí mismo por mí»; para no buscar sino a él, su gloriosa voluntad, en todo lo que pienso, o hablo, o hago; —la pureza, no deseando nada más que a Dios, «crucificando la carne con sus afectos y concupiscencias», «poniendo la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra»; —la santidad, una recuperación de la imagen de Dios, una renovación del alma «conforme a su semejanza»; —y la sinceridad piadosa, que dirige todas mis palabras y obras de modo que contribuyan a su gloria. En esto me gozo también, sí, y me gozaré, porque mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, por la luz que él derrama continuamente sobre ella, de que «ando como es digno de la vocación con que he sido llamado»; de que «me aparto de toda especie de mal», huyendo del pecado como de la presencia de una serpiente; de que, según tengo oportunidad, hago todo el bien posible, de toda clase, a todos los hombres; de que sigo a mi Señor en todos mis pasos y hago lo que es agradable delante de él. Me gozo porque veo y siento, por la inspiración del Espíritu Santo de Dios, que todas mis obras son hechas en él, sí, y que es él quien obra en mí todas mis obras. Me gozo al ver, por la luz de Dios que brilla en mi corazón, que tengo poder para andar en sus caminos; y que, por su gracia, no me aparto de ellos ni a derecha ni a izquierda.
17. Tal es el fundamento y la naturaleza de aquel gozo con que el cristiano adulto se goza siempre. Y de todo esto podemos inferir fácilmente, en primer lugar, que no es un gozo natural. No nace de ninguna causa natural: no de algún súbito arrebato de ánimo. Esto puede dar un sobresalto pasajero de gozo; pero el cristiano se goza siempre. No puede deberse a la salud o al bienestar del cuerpo, a la fuerza y solidez de la constitución; porque es igualmente fuerte en la enfermedad y el dolor; sí, quizá mucho más fuerte que antes. Muchos cristianos nunca han experimentado un gozo comparable al que llenó su alma cuando el cuerpo estaba casi agotado por el dolor, o consumido por una enfermedad que lo iba debilitando. Menos que nada puede atribuirse a la prosperidad exterior, al favor de los hombres o a la abundancia de bienes mundanos; porque precisamente cuando su fe ha sido probada como por fuego, mediante toda clase de aflicciones exteriores, es cuando más se han gozado los hijos de Dios en Aquel a quien amaban sin haberle visto, con gozo inefable. Y ciertamente nunca se gozaron hombres como aquellos a quienes se trató como «la hez y el desecho del mundo»; que anduvieron errantes de acá para allá, faltos de todo; en hambre, en frío, en desnudez; que experimentaron no solo «crueles vituperios», sino «además prisiones y cárceles»; sí, que al fin «no estimaron su vida preciosa para sí mismos, con tal de acabar su carrera con gozo».
18. De las consideraciones anteriores podemos inferir, en segundo lugar, que el gozo del cristiano no nace de ninguna ceguera de conciencia, de no ser capaz de discernir el bien del mal. Tan lejos está de ello, que fue un completo extraño a este gozo hasta que se abrieron los ojos de su entendimiento; que no lo conoció hasta que tuvo sentidos espirituales, aptos para discernir el bien y el mal espirituales. Y ahora el ojo de su alma no se oscurece: nunca antes tuvo la vista tan aguda; tiene una percepción tan viva de las cosas más pequeñas que asombra por completo al hombre natural. Como una mota es visible en el rayo de sol, así, para el que anda en la luz, en los rayos del Sol increado, toda mota de pecado es visible. Tampoco cierra ya los ojos de su conciencia: ese sueño se ha apartado de él. Su alma está siempre bien despierta: ¡no más sueño ni cruzar las manos para reposo! Está siempre de pie sobre la torre, escuchando qué dirá su Señor acerca de él; y siempre gozándose en esto mismo, en «ver al Invisible».
19. Tampoco nace el gozo del cristiano, en tercer lugar, de ningún embotamiento o encallecimiento de la conciencia. Cierta clase de gozo, es verdad, puede nacer de esto en aquellos cuyo «necio corazón está entenebrecido»; cuyo corazón es calloso, insensible, torpe de sentido y, por consiguiente, sin entendimiento espiritual. A causa de sus corazones insensatos e insensibles, pueden gozarse aun cometiendo pecado; y a esto probablemente lo llamarán ¡libertad! —lo cual no es en verdad sino mera embriaguez del alma, un fatal adormecimiento del espíritu, la estúpida insensibilidad de una conciencia cauterizada. Al contrario, el cristiano tiene la más exquisita sensibilidad, tal como antes no habría podido concebir. Nunca tuvo tal ternura de conciencia como la que tiene desde que el amor de Dios reina en su corazón. Y esta es también su gloria y su gozo: que Dios ha oído su oración diaria: —
¡Oh, que mi tierna alma huyera
del primer y aborrecido asomo del mal;
pronta, como la niña de los ojos,
a sentir el más leve roce del pecado!
20. Para concluir. El gozo cristiano es gozo en la obediencia; gozo en amar a Dios y guardar sus mandamientos; y, sin embargo, no en guardarlos como si con ello hubiéramos de cumplir las condiciones del pacto de obras; como si por obras o justicia alguna nuestra hubiéramos de procurarnos el perdón y la aceptación ante Dios. No es así: ya estamos perdonados y aceptados por la misericordia de Dios en Cristo Jesús. Ni como si por nuestra propia obediencia hubiéramos de procurarnos la vida, la vida de entre la muerte del pecado: también esta la tenemos ya por la gracia de Dios. A nosotros «nos dio vida, estando muertos en pecados»; y ahora estamos «vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro». Pero nos gozamos en andar conforme al pacto de gracia, en santo amor y feliz obediencia. Nos gozamos en saber que, «justificados por su gracia», no hemos «recibido en vano aquella gracia de Dios: «que, habiéndonos Dios reconciliado gratuitamente consigo (no a causa de nuestro querer o correr, sino por la sangre del Cordero), corremos, en la fuerza que él nos ha dado, el camino de sus mandamientos. Él nos ha «ceñido de fortaleza para la pelea», y con alegría «peleamos la buena batalla de la fe». Nos gozamos por medio de aquel que vive en nuestros corazones por la fe, para «echar mano de la vida eterna». Este es nuestro gozo: que así como nuestro «Padre hasta ahora obra», así también nosotros (no por nuestra propia fuerza o sabiduría, sino por el poder de su Espíritu, dado gratuitamente en Cristo Jesús) hacemos las obras de Dios. ¡Y obre él en nosotros todo lo que es agradable delante de él! ¡A él sea la alabanza por los siglos de los siglos!
[Puede observarse fácilmente que el discurso precedente describe la experiencia de los que son fuertes en la fe; pero con ello los que son débiles en la fe podrían desanimarse; para prevenir lo cual, el discurso siguiente puede ser de utilidad.]
Capítulo 13 completado
El testimonio de nuestro propio espíritu