Capítulo 128 · 18 min de lectura · 23 min de escucha
La aflicción y el descanso de los hombres buenos
Sermón 127
La aflicción y el descanso de los hombres buenos 130130Predicado en St. Mary’s, en Oxford, el domingo 21 de septiembre de 1735 131131Publicado a petición de varios de los oyentes 132132[Este parece haber sido el primer sermón que el señor Wesley dio a la imprenta. Fue predicado cerca de un mes antes de que se embarcara para Georgia, y publicado el mismo año por C. Rivington, en St. Paul’s Church-Yard. Tras haber estado agotado más de noventa años, se reedita aquí como muestra auténtica, y no carente de interés, de su predicación en el tiempo en que dejó su país natal para convertir a los paganos; y, como él mismo declara, aprendió en los confines de la tierra lo que menos sospechaba: que él mismo nunca se había convertido. El lector observará que, si bien el sermón muestra gran seriedad y celo, presenta una visión muy deficiente del verdadero cristianismo. El predicador atribuye la santificación de la naturaleza humana, en gran medida, a los sufrimientos personales; supone que el cuerpo es la sede del mal moral, y que el pecado subsiste en los mejores cristianos hasta que obtienen la liberación por mano de la muerte. Con qué habilidad y éxito se opuso después a estos principios no evangélicos, y enseñó la doctrina de la salvación presente de todo pecado por la fe en Jesucristo, es bien sabido de todos los que conocen sus Obras, y especialmente su Diario y sus Sermones. Considerado en relación con sus escritos posteriores, este sermón tiene considerable importancia, pues sirve para ilustrar de modo muy notable el cambio que se produjo en sus sentimientos religiosos antes de emprender aquella asombrosa carrera de trabajo y utilidad ministerial por la que se distinguió tan eminentemente. Como perfecto antídoto contra los errores doctrinales que contiene, se remite al lector al admirable sermón titulado «El camino bíblico de la salvación», [43] (Sermones, vol. 2, p. 43). — N. del E.]
«Allí los impíos dejan de perturbar, y allí descansan los cansados».
Job 3:17.
Cuando Dios contempló al principio todas las obras que había hecho, «he aquí que eran buenas en gran manera». Todas eran perfectas en hermosura, y el hombre, señor de todas ellas, era perfecto en santidad. Y como era su santidad, así era su felicidad. No conociendo pecado, no conocía dolor. Pero cuando el pecado fue concebido, pronto dio a luz el dolor; toda la escena cambió en un momento. Ahora gemía bajo el peso de un cuerpo mortal y, lo que era mucho peor, de un alma corrompida. Aquel «ánimo» que habría podido soportar todas sus demás «enfermedades» estaba él mismo «angustiado», y enfermo de muerte. Así, «en el día en que pecó, comenzó a «morir»; y así «en medio de la vida estamos en la muerte»; sí, «todas las criaturas gimen a una», «estando en servidumbre del pecado», y por tanto de la miseria.
El mundo entero no es, en verdad, en su estado presente, sino una gran enfermería. Todos los que en él están se hallan enfermos de pecado; y su única tarea allí es ser sanados. Y para este mismo fin, el gran Médico de las almas está continuamente presente con ellos, observando todas las dolencias de cada alma y «dándole medicina para sanar su enfermedad». Estas medicinas son con frecuencia dolorosas también; no porque Dios aflija de buen grado a sus criaturas, sino que les asigna exactamente tanto dolor como es necesario para su salud; y por esta razón: porque lo es.
El dolor de la cura, pues, tiene que soportarlo todo hombre, lo mismo que el dolor de la enfermedad. Y en esto se manifiesta la infinita sabiduría de aquel que tiene cuidado de nosotros: que la misma enfermedad de aquellos con quienes uno trata puede ser un gran medio para la curación de cada hombre. La misma maldad de los demás contribuye de mil maneras a la santidad del hombre bueno. Lo perturban, es verdad; pero aun esa perturbación es «medicina para su alma y tuétano para sus huesos». Padece muchas cosas de parte de ellos; pero es con este fin: que sea «perfeccionado por» esos «padecimientos».
Pero así como la santidad perfecta no se halla en la tierra, tampoco la felicidad perfecta. [En esta vida los cristianos adultos son salvos de todo pecado y son perfeccionados en el amor. Véase «Una explicación sencilla de la perfección cristiana», del señor Wesley. — N. del E.] Siempre se sentirán algunos restos de nuestra enfermedad, y siempre será necesaria alguna medicina para sanarla. Por tanto, hemos de estar, más o menos, sujetos al dolor de la cura así como al dolor de la enfermedad. Y, en consecuencia, ni «los impíos dejan» aquí «de perturbar», ni pueden «los cansados» descansar.
¿Quién, pues, nos «librará del cuerpo de esta muerte»? La muerte nos librará. La muerte pondrá en libertad en un momento a los que «estaban por toda la vida sujetos a servidumbre». La muerte destruirá de una vez todo el cuerpo del pecado, [Esta doctrina, de que somos salvos del pecado por la muerte, no se enseña en ninguna parte de la Sagrada Escritura, como el señor Wesley percibió después y demostró en el tratado recién mencionado y en varios de sus sermones. — N. del E.] y con él a su compañero, el dolor. Y por eso, «allí los impíos dejan de perturbar, y allí descansan los cansados».
Las Escrituras no nos dan noticia alguna del lugar donde permanecen las almas de los justos desde la muerte hasta la resurrección; pero sí tenemos noticia de su estado en estas palabras. Al explicarlas consideraré:
I. Cómo los impíos perturban aquí a los hombres buenos; y
II. Cómo los cansados descansan allí».
[I.] Consideremos, en primer lugar, cómo los «impíos» «perturban» aquí a los hombres buenos. Y este es un campo muy vasto. Mirad en derredor del mundo; considerad todas las aflicciones que hay en él: ¡qué pocas hay de las que no sean ocasión los impíos! «¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros?». ¿De dónde todos los males que amargan la sociedad, que a menudo convierten esa suprema bendición en maldición y hacen que sea «bueno que el hombre esté solo»? «¿No vienen de aquí?»: de la voluntad propia, del orgullo, de los afectos desordenados; en una palabra, ¿de la maldad? ¿Y puede ser de otro modo mientras ella permanezca en la tierra? Antes podrá «el etíope mudar su piel» que un hombre impío dejar de perturbarse a sí mismo y a su prójimo, pero especialmente a los hombres buenos; por cuanto, mientras es impío, está continuamente agraviando ya a ellos, ya a sí mismo, ya a Dios.
Primero. Los hombres impíos perturban a los que sirven a Dios con los agravios que les hacen. Como al principio «el que era engendrado según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora». Y así ha de ser hasta que todas las cosas se cumplan; «hasta que perezca el cielo y la tierra», «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución». Porque hay una enemistad irreconciliable entre el Espíritu de Cristo y el espíritu del mundo. Si los seguidores de Cristo «fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no son del mundo, por eso los aborrece el mundo». Y este odio no dejarán de mostrarlo con sus palabras: «dirán de ellos toda clase de mal, mintiendo»; «buscarán muchas invenciones» para que aun «el bien que hay en ellos sea vituperado», y en mil casos les imputarán males que ellos no conocen. De las palabras pasan a su tiempo a los hechos, tratando a los siervos como sus antepasados trataron a su Señor; agraviándolos y ultrajándolos de tantas maneras como el fraude pueda inventar y la fuerza llevar a cabo.
[2.] Es verdad que estas aflicciones pesan más sobre los que todavía son débiles en la fe; y cuanto más del Espíritu de Cristo alcanza un hombre, más ligeras le parecen. De modo que para el que está verdaderamente renovado en él, para el que está lleno del conocimiento y del amor de Dios, todos los agravios de los impíos no solo no son males, sino que son motivo de gozo real y sólido. Pero, aunque se regocija por sí mismo, no puede menos de entristecerse por ellos. «Tiene gran tristeza y continuo dolor en» su «corazón por» sus «hermanos según la carne», que así «atesoran para sí mismos ira para el día de la ira y de la manifestación del justo juicio de Dios». Sus ojos lloran por ellos en lugares secretos; teme horriblemente por ellos; sí, «aun desearía ser anatema» él mismo, con tal que ellos heredaran bendición. Y así es como aquellos que no solo pueden despreciar, sino regocijarse en el mayor agravio hecho a ellos, se turban, sin embargo, por lo que los impíos se hacen a sí mismos y por la grave miseria que les acompaña.
[3.] ¡Cuánto más se turban por los agravios que los impíos están continuamente haciendo a Dios! Esta fue la circunstancia que hizo de la contradicción de los pecadores una prueba tan dura para nuestro Señor mismo: «El que me desecha, desecha al que me envió». ¡Y cómo se han multiplicado ahora sobre la tierra estos que desechan! Que no temen al Hijo, ni al Padre. ¡Cómo estamos rodeados de los que blasfeman contra el Señor y contra su Ungido; ya vituperando todo su glorioso evangelio, ya haciéndolo mentiroso en cuanto a alguna de las benditas verdades que en él ha revelado misericordiosamente! ¡Cuántos de los que profesan creerlo todo predican, en efecto, otro evangelio; disfrazando de tal modo sus doctrinas más esenciales con sus nuevas interpretaciones que retienen solo las palabras, pero nada de «la fe que ha sido una vez dada a los santos»! ¡Cuántos de los que aún no han hecho naufragio en la fe son extraños a sus frutos! No ha purificado sus corazones; no ha vencido al mundo; están todavía «en hiel de amargura y en prisión de maldad». Son todavía «amadores de sí mismos», «amadores del mundo», «amadores de los deleites», y no «amadores de Dios». ¿Amadores de Dios? No. Dios «no está en ninguno de sus pensamientos». No se deleitan en él, no tienen sed de él; no se regocijan en hacer su voluntad, ni se glorían en su alabanza. ¡Oh fe que obras por el amor!, ¿adónde has huido? Ciertamente el Hijo del hombre te plantó una vez en la tierra. ¿Dónde estás, pues, ahora? ¿Entre los ricos? No. Allí «el engaño de las riquezas ahoga la palabra, y se hace infructuosa». ¿Entre los pobres? No. Allí están «los cuidados del mundo», de modo que no lleva fruto a la perfección. Sin embargo, nada hay que impida su crecimiento entre los que no tienen ni pobreza ni riquezas». Sí lo hay: «las codicias de otras cosas». Y la experiencia muestra, con mil tristes ejemplos, que el deseo consentido de cualquier cosa, grande o pequeña, que no sea como medio para la única cosa necesaria, desterrará poco a poco del alma el cuidado de esta, y la incapacitará para toda buena palabra y obra.
Tal es la aflicción —por no descender a pormenores, que son infinitos— que los impíos [continuamente] ocasionan a los buenos. Tal es el estado de todos los hombres buenos mientras están en la tierra; pero no así el de sus almas en el paraíso. En el momento en que son desatados del cuerpo, ya no conocen más el dolor. Aunque todavía no poseen la «plenitud de gozo», toda tristeza ha desaparecido. Porque «allí los impíos dejan de perturbar, y allí descansan los cansados».
II. 1. «Allí descansan los cansados» —que era lo segundo que había que considerar—, no solo de aquellos males que la prudencia habría podido prevenir, o la piedad quitar, aun en esta vida, sino de los que eran inseparables de ella y constituían su porción inevitable en la tierra. Descansan ahora aquellos a quienes los impíos no dejaban descansar antes; porque en la morada de los espíritus de los justos no pueden entrar sino los espíritus de los justos. Están por fin escondidos del azote de la lengua: allí su nombre no es desechado como malo. Abraham, Isaac y Jacob, y los profetas, no los vituperan ni los apartan de su compañía. Ya no son ultrajados ni perseguidos; ni gimen bajo la mano del opresor. No hay allí injusticia, ni malicia, ni fraude; todos son «verdaderos israelitas, en los cuales no hay engaño». No hay allí pecadores contra su propia alma; por tanto, no hay compasión dolorosa ni temor por ellos. No hay blasfemos contra Dios ni contra su palabra; ni profanadores de su nombre ni de sus días de reposo; nadie que niegue al Señor que lo rescató; nadie que pisotee la sangre de su pacto eterno; en una palabra, ningún espíritu terrenal, sensual ni diabólico; nadie que no ame al Señor su Dios con todo su corazón.
2. Allí, por tanto, «descansan los cansados» de todas las aflicciones que ocasionaban los impíos; y, en verdad, de todos los demás males que son necesarios en este mundo, ya como consecuencia del pecado, ya para su curación. Descansan, en primer lugar, del dolor corporal. Para juzgar de la grandeza de esta liberación, basta que los que no la han sentido contemplen a uno que yace en un lecho de enfermedad o de muerte. ¿Es este aquel que fue «hecho un poco menor que los ángeles»? ¡Cómo se ha apartado de él la gloria! Su ojo está apagado y pesado; su mejilla, pálida y descolorida; su lengua balbucea; [su mano tiembla;] su pecho se agita y jadea; todo su cuerpo, ora contorsionado y retorciéndose de un lado a otro, ora húmedo, frío e inmóvil, como la tierra a la que va. Y, sin embargo, todo esto que veis no es sino la sombra de lo que él siente. No veis el dolor que le desgarra el corazón, que le atraviesa todas las venas y persigue al alma fugitiva por todos los rincones de su morada antes amada. Si pudiéramos ver también esto, ¡con cuánto fervor clamaríamos: «¡Oh pecado, qué has hecho! ¡A qué has reducido la parte más noble de la creación visible! ¿Fue para esto para lo que el buen Dios hizo al hombre?». ¡Oh, no! Ni lo permitirá por mucho tiempo. Todavía un poco, y todas las tormentas de la vida habrán pasado, y tú serás recogido en el granero de los muertos; y «allí «descansan los cansados».
3. «Descansan» de todas aquellas flaquezas y necedades de las que no podían librarse en esta vida. Ya no están expuestos a los engaños de los sentidos ni a los sueños de la imaginación. No se les impide ver las verdades más nobles por descuido; ni pierden nunca, por falta de atención, la visión que una vez alcanzaron. No están enredados en prejuicios, ni nunca los extravían visiones precipitadas o parciales del objeto; y, en consecuencia, allí no hay error. ¡Oh lugar bendito, donde solo la verdad puede entrar!; la verdad sin mezcla, sin disfraz, que alumbra a todo hombre que viene al mundo; donde no hay diversidad de opiniones, sino que todos piensan igual; todos son de un corazón y de un alma; adonde nunca puede llegar aquel engendro del infierno, la controversia, que trastorna este mundo; donde los que por ella fueron aserrados, y a menudo clamaron en la amargura de su alma: «¡Paz, paz!», hallarán lo que entonces buscaron en vano, es decir, una paz que nadie les quita.
4. Y, sin embargo, todo esto, por inconcebiblemente grande que sea, es la parte menor de su liberación. Porque en el momento en que se despojan de la carne, quedan libres no solo de la perturbación de los impíos, no solo del dolor y la enfermedad, de la necedad y la flaqueza, sino también de todo pecado. Liberación es esta ante la cual todas las demás se desvanecen. Este es el canto triunfal que oye cada uno cuando entra por las puertas del paraíso: «Tú, habiendo muerto, ya no pecas más. El pecado no se enseñoreará más de ti. Porque en cuanto moriste, al pecado moriste una vez; mas en cuanto vives, para Dios vives». [El sentimiento que aquí se expresa de nuevo, de que es la muerte la que destruye el pecado en el corazón humano, aunque expresado en el lenguaje de un apóstol, es una rama de aquel misticismo filosófico que el señor Wesley sostenía en este temprano período de su vida, y al que renunció después por la doctrina bíblica de la salvación por la fe. Según el Nuevo Testamento, todo creyente está ya libre del dominio del pecado; y la Biblia nunca presenta la entera santificación de nuestra naturaleza como efectuada por la muerte. Es obra del Espíritu Santo; y no depende de la disolución del cuerpo, sino del ejercicio de una fe firme en el Salvador todopoderoso. — N. del E.]
5. Allí, pues, «descansan los cansados». La sangre del Cordero ha sanado toda su enfermedad, los ha lavado enteramente de su maldad y los ha limpiado de su pecado. La enfermedad de su naturaleza está curada; están por fin sanos; han sido restaurados a una salud perfecta. Ya no lamentan que «la carne codicia contra el Espíritu»; la «ley en sus miembros» ha llegado a su fin, y ya no «se rebela contra la ley de su espíritu y los lleva cautivos a la ley del pecado». No queda ninguna raíz de amargura; ningún resto siquiera de aquel pecado que «tan fácilmente los rodeaba»; ningún olvido de «aquel en quien viven, se mueven y son»; ninguna ingratitud para con su misericordioso Redentor, que derramó su vida hasta la muerte por ellos; ninguna infidelidad para con aquel bendito Espíritu que tanto tiempo soportó sus flaquezas. En una palabra, no hay allí orgullo ni voluntad propia; de modo que los que así son «librados de la servidumbre de corrupción» pueden en verdad decirse unos a otros, y en un sentido enfático: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero seremos semejantes a él, porque lo veremos como él es».
6. Contemplemos un poco más de cerca el estado de un cristiano al entrar en el otro mundo. Supongamos que «la cadena de plata» de la vida acaba de «quebrarse», y que «la rueda se ha roto sobre el pozo»; el corazón ya no puede latir más; la sangre deja de moverse; el último aliento huye de los labios temblorosos, y el alma se lanza a la eternidad. ¿Cuáles son los pensamientos de un alma así, que acaba de vencer a su último enemigo, la muerte? ¿Que ve el cuerpo del pecado yaciendo debajo de ella, y ha nacido de nuevo al mundo de los espíritus? ¡Cómo canta: «“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Gracias sean dadas a Dios”, que me ha dado “la victoria por nuestro Señor Jesucristo”! ¡Oh día feliz, en que comenzaré a vivir!, ¡en que gustaré mi libertad nativa! Cuando fui “nacido de mujer”, tenía “poco tiempo de vida”, y ese tiempo estaba “harto de sinsabores”; aquel cuerpo corruptible me oprimía y me esclavizaba al pecado y al dolor. Pero el lazo se ha roto, y he sido librado. En adelante ya no los conozco más. Esa cabeza ya no es una cabeza dolorida; esos ojos ya no derramarán lágrimas; ese corazón ya no palpitará de angustia ni de temor, ni estará abrumado de tristeza o de cuidado; esos miembros ya no serán atormentados por el dolor; sí, “el pecado ya no se enseñoreará” de mí. Por fin me he separado de ti, oh enemigo mío, ¡y no veré más tu rostro! Nunca más seré infiel a mi Señor, ni ofenderé los ojos de su gloria; ya no soy aquella criatura vacilante, inconstante, contradictoria consigo misma, que pecaba y se arrepentía, y volvía a pecar. No. Nunca cesaré, ni de día ni de noche, de amar y alabar al Señor mi Dios con todo mi corazón y con todas mis fuerzas. Pero ¿qué sois vosotros? ¿Son “todos estos espíritus administradores, enviados para servir” a un “heredero de la salvación”? ¡Entonces, polvo y ceniza, adiós! Oigo una voz del cielo que dice: “Ven, y descansa de tus trabajos. Tu tiempo de milicia es cumplido, tu pecado es perdonado, y los días de tu luto han acabado”».
7. Hermanos míos, estas verdades necesitan poca aplicación. ¿Creéis que estas cosas son así? ¿Qué le queda entonces a cada uno de vosotros por hacer, sino «dejar todo peso y correr con paciencia la carrera que le es propuesta»? ¿«Tener por estiércol» y escoria «todas» las demás «cosas», especialmente aquellos grandes ídolos, la erudición y la reputación, si se persiguen en cualquier otra medida, o con cualquier otra mira, que en cuanto conducen al conocimiento y al amor de Dios? ¿Tener esta «única cosa» continuamente en tu corazón, «estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes»? ¿Tener tus «lomos» siempre «ceñidos» y «tu antorcha encendida»? ¿Servir al Señor tu Dios con todas tus fuerzas, por si de algún modo, cuando él te pida el alma, quizá a una hora en que no lo esperas, puedes entrar «donde los impíos dejan de perturbar, y donde descansan los cansados»?
Capítulo 128 completado
La aflicción y el descanso de los hombres buenos