Capítulo 127 · 17 min de lectura · 23 min de escucha
Sobre el peligro de las riquezas que aumentan
Sermón 126
Sobre el peligro de las riquezas que aumentan
«Si se aumentare la hacienda, no pongas el corazón en ella».
Salmo 62:10.
1. De aquella declaración expresa de nuestro Señor: «Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de los cielos», podemos aprender fácilmente que nadie puede tener riquezas sin correr gran peligro por causa de ellas. Pero si el peligro de simplemente tenerlas es tan grande, ¡cuánto mayor es el peligro de aumentarlas! Este peligro es grande aun para quienes reciben lo que les transmitieron sus antepasados; pero es mucho mayor para quienes las adquieren con su habilidad y su industria. Por tanto, nada puede ser más prudente que esta advertencia: «Si se aumentare la hacienda, no pongas el corazón en ella».
2. Es verdad que las riquezas, y su aumento, son don de Dios. Pero hay que tener gran cuidado de que lo que se nos da por bendición no se convierta en maldición. Para impedirlo, es muy conveniente considerar seriamente:
I. Qué se entiende por riquezas, y cuándo puede decirse que aumentan.
II. Qué implica poner el corazón en ellas, y cómo podemos evitarlo.
I. Consideremos, en primer lugar, qué se entiende aquí por riquezas. Algunos quizá imaginen que es casi imposible equivocarse sobre el sentido de esta palabra tan común. Y, sin embargo, en verdad, hay miles que se equivocan; y muchos de ellos con toda inocencia. Una persona de cierta posición, oyendo hace varios años un sermón predicado sobre este tema, entre sorprendida e indignada, exclamó en voz alta: «¿Para qué habla aquí de riquezas? No hay en Whitehaven ningún rico, salvo sir James L——r». Y es verdad que no había otro sino él que tuviera cuarenta mil libras al año y algunos millones en dinero contante. Pero un hombre puede ser rico sin tener cien libras al año, ni siquiera mil libras en efectivo. Todo el que tiene comida que comer y ropa que ponerse, y algo de sobra, es rico. Quienquiera que tiene lo necesario y lo conveniente de la vida para sí y para su familia, y un poco de sobra para los que no tienen, es propiamente un hombre rico; a menos que sea un avaro, un amante del dinero, uno que atesora lo que puede y debe dar a los pobres. Porque, si es así, sigue siendo un hombre pobre, aunque tenga millones en el banco; sí, es el más pobre de los hombres; porque
los mendigos solo lloran una suerte común;
el rico pobre es pobre por excelencia.
2. Pero aquí puede hacerse una excepción. Una persona puede tener más de lo necesario y conveniente para su familia, y sin embargo no ser rica. Porque puede tener deudas; y sus deudas pueden montar a más de lo que posee. Si tal es el caso, no es un hombre rico, por mucho dinero que tenga en sus manos. Más aún, un hombre de negocios puede temer que esta sea la verdadera condición de sus asuntos, lo sea o no; y entonces no puede ser tan caritativo como quisiera, por temor de ser injusto. ¡Cuántos de los que se dedican al comercio se hallan en esta misma condición! Especialmente los que comercian en gran escala; porque sus asuntos están con frecuencia tan enredados que no es posible determinar con exactitud cuánto poseen, ni, a decir verdad, si poseen algo o nada. ¿No deberíamos tener con ellos una justa consideración?
3. Y guardaos de formar un juicio precipitado acerca de la fortuna de otros. Puede haber secretos en la situación de una persona que pocos conocen, fuera de Dios. Hace algunos años le dije a un caballero: «Señor, me temo que sois avaro». Me preguntó: «¿Cuál es la razón de vuestro temor?». Le respondí: «Hace un año, cuando hice una colecta para los gastos de reparar la Foundery, suscribisteis cinco guineas. En la suscripción de este año habéis suscrito solo media guinea». No respondió nada; pero al cabo de un rato me preguntó: «Os ruego, señor, que me contestéis a una pregunta: ¿por qué vivís de patatas?». (Así lo hice entre tres y cuatro años). Le respondí: «Ha contribuido mucho a mi salud». Él contestó: «Lo creo. Pero ¿no lo hacíais también para ahorrar dinero?». Le dije: «Sí; porque lo que ahorro de mi propia comida alimentará a otro que de otro modo no tendría nada». «Pero, señor —dijo él—, si ese es vuestro motivo, podéis ahorrar mucho más. Conozco a un hombre que va al mercado al comienzo de cada semana: allí compra un penique de chirivías, que hierve en una gran cantidad de agua. Las chirivías le sirven de comida, y el agua de bebida, durante la semana siguiente. Así que su comida y su bebida juntas le cuestan solo un penique a la semana». ¡Esto lo hacía él constantemente, aunque tenía entonces doscientas libras al año, para pagar las deudas que había contraído antes de conocer a Dios! ¡Y este era el hombre a quien yo había tenido por avaro!
4. Pero hay quienes saben delante de Dios que son ricos. Y, sin duda, algunos de vosotros sois de ese número. Tenéis más bienes de este mundo de lo que es necesario para vosotros o para vuestras familias. Considérelo cada uno por sí mismo. ¿Aumentan vuestras riquezas? ¿No entendéis esa expresión tan sencilla? ¿No tenéis más dinero, o más bienes equivalentes al dinero, que hace diez o veinte años, o que por este tiempo el año pasado? Si lleváis alguna cuenta, podéis saberlo fácilmente. En verdad, deberíais saberlo; de otro modo no sois buenos mayordomos, ni aun en este respecto, de las riquezas de maldad. Y todo hombre, se dedique o no al comercio, debe saber si su hacienda disminuye o aumenta.
5. Pero muchos han descubierto una manera de no ser nunca ricos, por mucho que aumente su hacienda. Es esta: tan pronto como entra el dinero, lo invierten, ya en tierras, ya en ampliar su negocio. De este modo, cada uno de ellos, manteniéndose sin dinero en mano, puede seguir diciendo: «Yo no soy rico»; sí, aunque tenga diez, veinte, cien veces más hacienda que hace algunos años. Esto puede explicarse con un caso reciente: hace pocos años, un caballero fue a ver a un comerciante de Londres y le dijo: «Señor, os ruego que me deis una guinea para una familia digna que está en gran aflicción». Él respondió: «En verdad, señor M., no puedo permitirme dárosla ahora mismo; pero si venís a verme cuando yo posea diez mil libras, en una ocasión semejante os daré diez guineas». El señor M., al cabo de algún tiempo, volvió a verlo y le dijo: «Señor, reclamo vuestra promesa; ahora poseéis diez mil libras». Él respondió: «Es muy cierto; pero os aseguro que no puedo desprenderme de una guinea tan fácilmente como entonces».
6. Es posible que un hombre se engañe a sí mismo con este ingenioso recurso. Y puede engañar a otros hombres; porque mientras «te hagas bien a ti mismo, los hombres hablarán bien de ti». «Todo un buen hombre —dice el londinense—: tiene una ciruela» (cien mil libras). Pero, ¡ay!, no puede engañar a Dios; y no puede engañar al diablo. ¡Ah, no! La maldición de Dios está ya sobre ti y sobre todo lo que tienes. Y mañana, cuando el diablo se apodere de tu alma, ¿no te dirá: «¿De qué te aprovechan todas tus riquezas?». ¿Te comprarán una almohada para tu cabeza en el lago que arde con fuego y azufre? ¿O te procurarán una copa de «agua para refrescar tu lengua», mientras eres atormentado en esa llama?» ¡Oh, sigue el sabio consejo que aquí se te da!, para que Dios no te diga: «¡Necio!».
7. Este recurso, por tanto, no te valdrá. No te servirá de protección alguna, ni contra la ira de Dios ni contra la malicia y el poder del diablo. Ya estás convicto de «poner tu corazón» en tus riquezas si empleas todo lo que tienes, por encima de lo conveniente para la vida, en añadir dinero a dinero, casa a casa o heredad a heredad, sin dar a los pobres por lo menos la décima parte de tus ingresos (la proporción judía). Sea cual sea el medio por el que aumenten tus riquezas, con trabajo o sin él, por el comercio, por legados o de cualquier otra manera, a menos que tus limosnas aumenten en la misma proporción, a menos que des una décima parte completa de tu hacienda, de tus ingresos fijos y ocasionales, sin duda pones tu corazón en tu oro, ¡y este «comerá tus carnes como fuego»!
8. Pero, ¡oh!, ¿quién puede convencer a un rico de que pone su corazón en las riquezas? Durante bastante más de medio siglo he hablado sobre este punto con toda la claridad que estaba a mi alcance. ¡Pero con qué poco efecto! Dudo que en todo ese tiempo haya convencido de avaricia a cincuenta avaros. Cuando se describía al amante del dinero con la mayor claridad, y se le pintaba con los colores más vivos, ¿quién se lo aplicaba a sí mismo? ¿A quién decían Dios, y todos los que lo conocían: «¡Tú eres aquel hombre!»? Si él habla a alguno de los que estáis presentes, ¡oh, no os tapéis los oídos! Decid más bien con Zaqueo: «He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, lo devuelvo cuadruplicado». No quería decir que lo hubiera hecho en tiempo pasado, sino que estaba resuelto a hacerlo en adelante. ¡Te encargo delante de Dios, tú, amante del dinero, que «vayas y hagas tú lo mismo»!
9. Tengo un mensaje de Dios para ti, ¡oh hombre rico!, ya sea que oigas, ya sea que dejes de oír. Las riquezas han aumentado contigo; ¡so pena de perder tu alma, «no pongas el corazón en ellas»! Sé agradecido a aquel que te dio tal talento, tanto poder para hacer el bien. Pero no te atrevas a regocijarte en ellas sino con temor y temblor. Cave ne inhaereas, dice el piadoso Kempis, ne capiaris et pereas: «Guárdate de apegarte a ellas, no sea que quedes enredado y perezcas». ¡No las hagas tu fin, tu principal deleite, tu felicidad, tu Dios! Mira que no esperes la felicidad en el dinero, ni en cosa alguna que con él se pueda comprar; en satisfacer ya la concupiscencia de la carne, ya la concupiscencia de los ojos, ya la soberbia de la vida.
10. Pero descendamos a los detalles; y procure cada uno de vosotros tratar fielmente con su propia alma. Si alguno de vosotros tiene ahora dos, tres o cuatro veces más hacienda que cuando visteis mi rostro por primera vez, examinaos fielmente y ved si no ponéis vuestro corazón, si no directamente en el dinero o en las riquezas mismas, sí en algunas de las cosas que con ellas se pueden comprar; lo cual viene a ser lo mismo. Todas ellas las incluye el apóstol Juan bajo aquel nombre general, el mundo; y el deseo de ellas, o el buscar la felicidad en ellas, bajo esta forma: «el amor del mundo». Este lo divide en tres ramas: «la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida». Examinaos con imparcialidad en cuanto a ellas. Y, en primer lugar, en cuanto a «la concupiscencia de la carne». Creo que esto significa buscar la felicidad en las cosas que satisfacen los sentidos. Para poner un solo ejemplo: ¿no buscáis vuestra felicidad en aumentar el placer del gusto? Para ser más concreto: ¿no coméis más abundantemente, o con más refinamiento, que hace diez o veinte años? ¿No usáis más bebida, o bebéis de una clase más costosa, que entonces? ¿Dormís en una cama tan dura como en otro tiempo, suponiendo que vuestra salud lo soporte? Para tocar un punto más: ¿ayunáis tan a menudo, ahora que sois ricos, como cuando erais pobres? ¿No deberíais, con toda razón, hacerlo más bien con más frecuencia que con menos? Me temo que vuestro propio corazón os condena. No estáis limpios en este asunto.
11. La segunda rama del amor del mundo, «la concupiscencia de los ojos», es de mayor extensión. Podemos entender por ella el buscar nuestra felicidad en satisfacer la imaginación (lo cual se hace principalmente por medio de los ojos) con objetos grandiosos, o nuevos, o hermosos; si es que no pueden reducirse todos a un solo capítulo, puesto que ni los objetos grandiosos ni los hermosos agradan cuando se ha pasado su novedad. ¿Pero no agradan las más insignificantes bagatelas mientras son nuevas? ¿No buscan algunos de vosotros, a título de novedad, una parte nada pequeña de su felicidad en aquella bagatela de bagatelas, el vestido? ¿No gastáis en él más dinero, o (lo que es lo mismo) más tiempo o más esfuerzo, que en otro tiempo? Dudo que esto se haga para agradar a Dios. Entonces agrada al diablo. Si hace algunos años dejasteis vuestros adornos innecesarios —volantes, collares, cofias de encaje, feos e impropios sombreros, lienzos costosos, encajes caros—, ¿no habéis vuelto a ellos, desafiando a la religión y a la razón?
12. Quizá digáis que ahora podéis permitiros ese gasto. Esto es la quintaesencia del disparate. ¿Quién os dio este aumento de vuestra fortuna, o (por hablar con propiedad) os lo prestó? Por hablar con más propiedad aún, ¿quién lo depositó por un tiempo en vuestras manos como mayordomos suyos, informándoos al mismo tiempo para qué fines os lo confiaba? ¿Y podéis permitiros malgastar los bienes de vuestro Señor, de cada parte de los cuales tenéis que dar cuenta, o emplearlos de cualquier otra manera que la que él ha dispuesto expresamente? ¡Fuera con esa jerga vil y diabólica! Que nunca más salga de vuestros labios. Este permitirse robar a Dios es la jerga misma del infierno. ¿No sabéis que Dios os confió ese dinero (todo lo que pasa de lo que compra lo necesario para vuestras familias) para alimentar al hambriento, vestir al desnudo, ayudar al forastero, a la viuda y al huérfano; y, en verdad, hasta donde alcance, para aliviar las necesidades de todo el género humano? ¿Cómo podéis, cómo os atrevéis a defraudar a vuestro Señor, aplicándolo a cualquier otro propósito? Cuando os confió poco, ¿no os lo confió para que emplearais todo ese poco en hacer el bien? Y cuando os confió más, ¿no os confió ese dinero adicional para que hicierais tanto más bien cuanto mayor era vuestra capacidad? ¿Teníais más derecho a malgastar una libra, un chelín o un penique que antes? No tenéis, pues, más derecho a satisfacer la concupiscencia de la carne o la concupiscencia de los ojos ahora que cuando erais mendigos. ¡Oh, no! ¡No deis tan pobre retribución a vuestro bondadoso Señor! Antes bien, cuanto más os confíe, tened tanto más cuidado de emplear cada blanca como él lo ha dispuesto.
13. ¡Ángeles de Dios, ministros suyos, que hacéis continuamente su voluntad! Nuestro común Señor os ha confiado también a vosotros talentos mucho más preciosos que el oro y la plata, para que sirváis en vuestros diversos oficios a los que serán herederos de la salvación. ¿No empleáis cada blanca de lo que habéis recibido para el fin con que se os dio? ¿Y no nos ha mandado él a nosotros hacer su voluntad en la tierra como la hacéis vosotros en el cielo? Hermanos, ¿qué estamos haciendo? ¡Despertemos! ¡Levantémonos! ¡Imitemos a esos ministros llameantes! ¡Empleemos toda nuestra alma, nuestro cuerpo y nuestra hacienda según la voluntad de nuestro Señor! ¡Demos a Dios lo que es de Dios, es decir, todo lo que somos y todo lo que tenemos!
14. La mayoría de los que, cuando aumentan las riquezas, ponen en ellas el corazón, lo hacen indirectamente en algunos de los casos que preceden. Pero hay otros que lo hacen más directamente, siendo propiamente «amadores del dinero», que lo aman por sí mismo y no solo por lo que procura. Ahora bien, este vicio muy rara vez se halla en los niños o en los jóvenes, sino solo, o principalmente, en los ancianos, en los que tienen menos necesidad de dinero y menos tiempo para disfrutarlo. ¿No podría esto inducirnos a pensar que en muchos casos es un mal penal, un mal que castiga el pecado; que cuando un hombre ha escondido durante muchos años en la tierra su precioso talento, Dios lo entrega a Satanás para que lo castigue con el amor desordenado del dinero? Entonces es cuando lo atormenta más y más aquella auri sacra fames, «aquella execrable hambre de oro» que nunca puede saciarse. No; es muy cierto, como observa el mismo pagano, Crescit amor nummi, quantum ipsa pecunia crescit: «Como crece el dinero, así crece el amor al dinero; aumenta en la misma proporción». Como en la hidropesía, cuanto más bebéis, más sed tenéis, ¡hasta que esa sed insaciable os hunda en el fuego que nunca se apagará!
15. «Pero ¿no hay modo alguno —preguntaréis— ni de prevenir ni de curar esta terrible enfermedad?». Hay un preservativo contra ella, que es también un remedio para ella; y creo que no hay otro debajo del cielo. Es este. Después de haber ganado (con las precauciones arriba indicadas) todo lo que podáis, y ahorrado todo lo que podáis, sin que os falte nada, no gastéis una libra, un chelín ni un penique en satisfacer la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos o la soberbia de la vida; ni, en verdad, para ningún otro fin que agradar y glorificar a Dios. Evitado este escollo a mano derecha, guardaos del de la izquierda. En segundo lugar: no atesoréis nada. No os hagáis tesoros en la tierra, sino dad todo lo que podáis; es decir, todo lo que tenéis. Desafío a todos los hombres de la tierra, sí, a todos los ángeles del cielo, a que hallen cualquier otro modo de extraer el veneno de las riquezas.
16. Permitidme añadir una palabra más. Después de haberos servido entre sesenta y setenta años, con ojos apagados, manos temblorosas y pies vacilantes, os doy un consejo más antes de bajar al polvo. Notad aquellas palabras de san Pablo: «Los que quieren», o se esfuerzan por, «enriquecerse», en ese mismo momento «caen en tentación». Sí, en un profundo abismo de tentación, del cual nada menos que el poder omnipotente puede librarlos. «Caen en lazo» —la palabra significa propiamente un cepo de acero, que al instante hace pedazos al animal que cae en él—, «y en muchas codicias locas y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición». ¡Vosotros, más que todos los hombres, los que ahora prosperáis en el mundo, no olvidéis nunca estas terribles palabras! ¡Cuán indeciblemente resbaladizo es vuestro sendero! ¡Cuán peligroso cada paso! ¡Que el Señor Dios os capacite para ver vuestro peligro y os haga sentirlo profundamente! ¡Oh, que «despertéis a su semejanza y quedéis saciados de ella»!
17. Permitidme acercarme todavía un poco más. Quizá no vuelva a molestaros sobre este punto. Me duele por vosotros, los que sois «ricos en este siglo». ¿Dais todo lo que podéis? Tú, que recibes quinientas libras al año y gastas solo doscientas, ¿devuelves a Dios las trescientas? Si no, ciertamente robas a Dios esas trescientas. Tú, que recibes doscientas y gastas solo cien, ¿das a Dios las otras cien? Si no, le robas otro tanto. «Pero ¿no me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?». Ahí está el fundamento de vuestro error. No es vuestro. No puede serlo, a menos que seáis señores del cielo y de la tierra. «Sin embargo, tengo que proveer para mis hijos». Ciertamente. Pero ¿cómo? ¿Haciéndolos ricos? Entonces probablemente los haréis paganos, como algunos de vosotros ya lo habéis hecho. «¿Qué haré, pues?». ¡Señor, habla a sus corazones!, porque de otro modo el predicador habla en vano. Dejadles lo suficiente para vivir, no en la ociosidad y el lujo, sino con un trabajo honrado. Y si no tenéis hijos, ¿sobre qué principio bíblico o racional podéis dejar tras vosotros un solo cuarto más de lo que cueste enterraros? Os ruego que consideréis: ¿qué ganáis con lo que dejáis tras vosotros? ¿Qué importa que dejéis tras vosotros diez mil libras o diez mil zapatos y botas? ¡Oh, no dejéis nada tras vosotros! ¡Enviad todo lo que tenéis delante de vosotros a un mundo mejor! ¡Prestadlo, prestadlo todo al Señor, y él os lo devolverá! ¿Hay algún peligro de que falle su verdad? Está firme como las columnas del cielo. ¡Apresuraos, apresuraos, hermanos míos, apresuraos!, no sea que seáis llamados antes de haber puesto lo que tenéis bajo esta garantía. Hecho esto, podréis decir confiadamente: «¡Ahora no me queda nada que hacer sino morir! ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! ¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven pronto!».
Bristol, 21 de septiembre de 1790.
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