Sermones en diversas ocasiones
Sobre vivir sin Dios

Capítulo 126 · 12 min de lectura · 16 min de escucha

Sobre vivir sin Dios

Sermón 125

Sobre vivir sin Dios

«Sin Dios en el mundo».

Efesios 2:12.

1. Quizá estas palabras podrían traducirse con más propiedad: Ateos en el mundo. Esta parece una expresión algo más fuerte que «sin Dios en el mundo», que suena casi negativa y no implica necesariamente más que no tener comunión ni trato con Dios. Por el contrario, la palabra ateo se entiende comúnmente como algo positivo: no solo rechazar todo trato con él, sino negar su mismo ser.

2. El caso de estos hombres desdichados puede ilustrarse mucho con un suceso reciente, cuya verdad no puede razonablemente ponerse en duda, pues hubo un gran número de testigos oculares. Al derribar un roble antiguo y partirlo por en medio, del mismo corazón del árbol salió arrastrándose un sapo grande, que se alejó con toda la prisa que pudo. Ahora bien, ¿cuánto tiempo podemos imaginar probablemente que esta criatura había permanecido allí? No es improbable que hubiera estado en su nido más de cien años. Tampoco es improbable que fuera casi, si no del todo, de la misma edad que el roble, habiendo quedado encerrado en él de un modo u otro en el tiempo en que se plantó. No es, pues, irrazonable suponer que había vivido esa extraña clase de vida por lo menos un siglo. Decimos: había vivido; ¡pero qué clase de vida! ¡Qué deseable! ¡Qué envidiable! Como dice Cowley:

¡Oh vida, la más preciosa y la más querida!

¡Oh vida que los epicúreos ansiarían compartir!

Dediquemos algunos pensamientos a un caso tan poco común, y saquemos de él algún provecho.

3. Este pobre animal tenía órganos de los sentidos; y, sin embargo, no tenía ninguna sensación. Tenía ojos, pero ningún rayo de luz entró jamás en su negra morada. Desde el primer instante de su existencia allí, estuvo encerrado en tinieblas impenetrables. Estaba privado del sol, de la luna y de las estrellas, y de la hermosa faz de la naturaleza; de hecho, de todo el mundo visible, tanto como si no existiera.

4. Como ningún aire podía penetrar en su oscuro escondrijo, no podía tener, por consiguiente, oído. Cualesquiera órganos que tuviera, no le podían servir de nada, puesto que ninguna ondulación del aire podía abrirse paso a través de las paredes que lo rodeaban. Y no hay razón para creer que tuviera ningún sentido análogo a los del olfato o del gusto. En una criatura que no necesitaba alimento alguno, estos no habrían podido serle de ninguna utilidad. Ni había tampoco manera alguna de que los objetos del olfato o del gusto llegaran hasta ella. Muy poco, si acaso algo, podía conocer siquiera el sentido general, el del tacto: como permaneció siempre en una misma postura invariable entre las partes que lo rodeaban, y todas ellas estaban fijas e inmóviles, no podían causarle ninguna impresión nueva. De modo que tuvo una sola sensación de hora en hora y de día en día, durante toda su existencia.

5. Y como este pobre animal estaba desprovisto de sensación, tuvo que estar igualmente desprovisto de reflexión. Su cabeza (fuera de la clase que fuese), al no tener materiales sobre los que trabajar, ninguna idea de sensación de ninguna especie, no podía producir ningún grado de reflexión. Apenas podía, por tanto, tener memoria ni imaginación. Tampoco podía tener facultad alguna de moverse de lugar, estando tan estrechamente aprisionado por todos lados. Si tenía en sí algunos resortes de movimiento, era imposible que esa facultad se ejerciera, porque la estrechez de su caverna no permitía ningún cambio de lugar.

6. ¡Qué exacto paralelo puede trazarse entre esta criatura (que apenas merece llamarse animal) y un hombre que está «sin Dios en el mundo»! ¡Como lo está una gran mayoría aun de los que se llaman cristianos! No quiero decir que sean ateos, en el sentido común de la palabra. No creo que estos sean tan numerosos como muchos han imaginado. Haciendo todas las averiguaciones y observaciones que pude durante más de cincuenta años, no logré encontrar veinte que seriamente no creyeran en la existencia de Dios; más aún, solo he hallado dos de ellos (según mi mejor juicio) en las Islas Británicas. Ambos vivían entonces en Londres, y habían tenido esta convicción muchos años. Pero varios años antes de ser llamados a comparecer ante Dios, tanto John S—- como John B—- quedaron plenamente convencidos de que hay un Dios; y, lo que es más notable, se convencieron primero de que es un Dios terrible, y luego de que es un Dios misericordioso. Menciono estos dos casos para mostrar no solo que hay en el mundo ateos verdaderos y literales, sino también que aun ellos, si se dignan pedirla, pueden hallar «gracia para el oportuno socorro».

7. Pero no me refiero a estos cuando hablo de los que son ateos o están «sin Dios en el mundo», sino a los que son solo ateos prácticos; a los que no tienen a Dios en ninguno de sus pensamientos; a los que no se han familiarizado con él ni tienen comunión alguna con él; a los que no tienen más trato con Dios, o con el mundo invisible, que el que este animal tenía con el visible. Procuraré trazar el paralelo entre ellos. ¡Y que Dios lo aplique a sus corazones!

8. Cada uno de ellos se halla exactamente en la misma situación respecto del mundo invisible en que estaba el sapo respecto del visible. Aquella criatura tenía sin duda una especie de vida, tal cual era. Ciertamente tenía todas las partes internas y externas esenciales para la vida animal; y, sin duda alguna, tenía los humores adecuados, que mantenían una especie de circulación. ¡Valiente vida era esa! Y exactamente tal es la vida del ateo, del hombre «sin Dios en el mundo». ¡Qué espeso velo hay entre él y el mundo invisible, que, en lo que a él toca, es como si no existiera! No tiene la menor percepción de él; ni la más remota idea. No tiene la menor visión de Dios, el Sol intelectual; ni la menor atracción hacia él, ni deseo alguno de conocer sus caminos. Aunque su luz haya salido por toda la tierra, y su voz hasta el cabo del mundo, él no oye de ello más que de la fabulosa música de las esferas. No gusta nada de la bondad de Dios ni de los poderes del siglo venidero. No siente (como dice nuestra Iglesia) la obra del Espíritu Santo en su corazón. En una palabra, no tiene más trato ni conocimiento del mundo espiritual que el que esta pobre criatura tenía del natural, mientras estaba encerrada en su oscuro recinto.

9. Pero en el instante en que el Espíritu del Todopoderoso hiere el corazón de aquel que hasta entonces estaba sin Dios en el mundo, quebranta la dureza de su corazón y hace nuevas todas las cosas. Aparece el Sol de justicia y resplandece sobre su alma, mostrándole la luz de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Está en un mundo nuevo. Todas las cosas a su alrededor son hechas nuevas, tales como nunca antes había llegado a concebir su corazón. Ve, en cuanto sus ojos recién abiertos pueden soportar la vista,

los cielos que se abren resplandecer en torno de él

con rayos de sagrada dicha.

Ve que tiene «abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo», y que tiene «redención por su sangre, la remisión de sus pecados». Ve «un camino nuevo abierto al santuario por la sangre de Jesús», y su «luz va en aumento hasta que el día es perfecto».

10. Por el mismo golpe de gracia, el que antes tenía oídos pero no oía queda ahora capacitado para oír. Oye la voz que resucita a los muertos, la voz de aquel que es «la resurrección y la vida». Ya no es sordo a sus invitaciones ni a sus mandatos, a sus promesas ni a sus amenazas; sino que oye con gozo toda palabra que sale de su boca, y gobierna por ella todos sus pensamientos, palabras y acciones.

11. Al mismo tiempo, recibe otros sentidos espirituales, capaces de discernir el bien y el mal espirituales. Se le capacita para gustar, así como para ver, cuán bueno es el Señor. Entra en el santuario por la sangre de Jesús, y gusta los poderes del siglo venidero. Halla que el amor de Jesús es mucho mejor que el vino; sí, más dulce que la miel y que el panal. Sabe lo que significa: «Mirra, áloe y casia exhalan todos tus vestidos». Siente el amor de Dios derramado en su corazón por el Espíritu Santo que le es dado; o, como lo expresa nuestra Iglesia, «siente la obra del Espíritu de Dios en su corazón». Entretanto, puede observarse con facilidad que la sustancia de todas estas expresiones figuradas está comprendida en esa sola palabra, fe, tomada en su sentido más amplio; de la cual goza, en mayor o menor medida, todo el que cree en el nombre del Hijo de Dios. Este cambio, de la muerte espiritual a la vida espiritual, es propiamente el nuevo nacimiento; y todos sus pormenores los expresa admirablemente el doctor Watts en una sola estrofa:

Renueva mis ojos, abre mis oídos,

y forma de nuevo mi alma;

dame nuevas pasiones, gozos y temores,

¡y vuelve la piedra en carne!

12. Pero antes de este cambio universal puede haber muchos cambios parciales en un hombre natural, que con frecuencia se confunden con él, y por los cuales muchos dicen a sus almas: «¡Paz, paz!», cuando no hay paz. Puede haber no solo un cambio considerable en la vida, de modo que uno se abstenga del pecado manifiesto, sí, aun del pecado que más fácilmente lo asedia; sino también un cambio considerable de disposiciones, convicción de pecado, fuertes deseos y buenos propósitos. Y aquí tenemos necesidad de poner gran cuidado: por una parte, en no menospreciar el día de las pequeñeces; y por otra, en no confundir ninguno de estos cambios parciales con aquel cambio entero y general, el nuevo nacimiento; aquel cambio total de la imagen del Adán terrenal a la imagen del celestial, de una mente terrenal, sensual y diabólica a la mente que hubo en Cristo.

13. Afirmad, pues, en vuestros corazones que, por mucho que hayáis cambiado en otros muchos aspectos, en Cristo Jesús, es decir, según la institución cristiana, nada valdrá sin todo el sentir que hubo en Cristo, que os capacite para andar como Cristo anduvo. Nada hay más seguro que esto: «Si alguno está en Cristo», si es un verdadero creyente en él, «nueva criatura es: las cosas viejas», en él, «pasaron; todas son hechas nuevas».

14. De aquí podemos percibir claramente la gran diferencia que hay entre el cristianismo y la moralidad. Ciertamente nada puede ser más seguro que el hecho de que el verdadero cristianismo no puede existir sin la experiencia interior y la práctica exterior de la justicia, la misericordia y la verdad; y solo esto es lo que da la moralidad. Pero es igualmente cierto que toda moralidad, toda la justicia, misericordia y verdad que pueda existir sin el cristianismo, de nada aprovecha, no tiene ningún valor a los ojos de Dios, para los que están bajo la dispensación cristiana. Obsérvese que añado a propósito «para los que están bajo la dispensación cristiana», porque no tengo autoridad de la Palabra de Dios «para juzgar a los que están fuera». Ni creo que hombre alguno en vida tenga derecho a condenar a todo el mundo pagano y mahometano. Es mucho mejor dejarlos a aquel que los hizo, y que es «el Dios de los espíritus de toda carne»; que es el Dios de los paganos tanto como de los cristianos, y que no aborrece nada de lo que ha hecho. Pero, entretanto, nada de esto toca a los que invocan el nombre de Cristo: todos ellos, estando bajo la ley, la ley cristiana, serán sin duda juzgados por ella; y, en consecuencia, a menos que sean transformados como lo fue el animal arriba mencionado, a menos que tengan nuevos sentidos, ideas, pasiones y disposiciones, no son cristianos. Por justos, veraces o misericordiosos que sean, ¡no son todavía sino ateos!

15. Quizá haya algunas personas bien intencionadas que llevan esto aún más lejos; que afirman que, sea cual sea el cambio obrado en los hombres, ya en sus corazones, ya en sus vidas, si no tienen ideas claras de aquellas doctrinas capitales, la caída del hombre, la justificación por la fe, la expiación hecha por la muerte de Cristo y su justicia imputada a ellos, no pueden recibir ningún beneficio de su muerte. De ningún modo me atrevo a afirmar esto. En verdad, no lo creo. Creo que el Dios misericordioso mira más las vidas y las disposiciones de los hombres que sus ideas. Creo que atiende a la bondad del corazón más que a la claridad de la cabeza; y que si el corazón de un hombre está lleno (por la gracia de Dios y el poder de su Espíritu) del amor humilde, apacible y paciente a Dios y al hombre, Dios no lo arrojará al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles porque sus ideas no sean claras o porque sus conceptos sean confusos. Sin santidad, lo reconozco, «nadie verá al Señor»; pero no me atrevo a añadir: «ni sin ideas claras».

16. Pero volvamos al texto. Permitidme rogaros a todos los que todavía estáis «sin Dios en el mundo» que consideréis que, con toda vuestra humanidad, benevolencia y virtud, aún estáis

Inclusi tenebris, et carcere caeco:

encerrados en tinieblas y en sombra infernal.

¡Queridos amigos míos! No veis a Dios. No veis al Sol de justicia. No tenéis comunión con el Padre, ni con su Hijo Jesucristo. Nunca habéis oído la voz que resucita a los muertos. No conocéis la voz de vuestro Pastor. No habéis recibido el Espíritu Santo. No tenéis sentidos espirituales. Tenéis vuestras viejas ideas naturales, vuestras pasiones, gozos y temores; no sois nuevas criaturas. ¡Oh, clamad a Dios, para que rasgue el velo que todavía está sobre vuestros corazones, y que os da ocasión de lamentaros:

¡Oh, oscuro, oscuro, oscuro, aún he de decir,

en medio del fulgor del día del evangelio!

¡Oh, que oigáis hoy su voz, la de aquel que habla como nunca ha hablado hombre alguno, diciendo: «Levántate, resplandece, que ha venido tu luz, y la gloria del Señor ha nacido sobre ti»! ¿No es su voz la que clama en alta voz: «Mirad a mí, y sed salvos»? Él dice: «¡He aquí, vengo!». ¡Así sea, Señor Jesús! ¡Ven pronto!

Rotherham, 6 de julio de 1790

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