Capítulo 125 · 10 min de lectura · 13 min de escucha
El tesoro celestial en vasos de barro
Sermón 124
El tesoro celestial en vasos de barro
«Tenemos este tesoro en vasos de barro».
2 Corintios 4:7.
1. ¡Cuánto tiempo fue el hombre un mero enigma para sí mismo! ¡Durante cuántas edades fueron los más sabios de los hombres del todo incapaces de desvelar el misterio, de conciliar las extrañas contradicciones que hay en él: la asombrosa mezcla de bien y de mal, de grandeza y de pequeñez, de nobleza y de bajeza [esterilidad]! Cuanto más profundamente consideraban estas cosas, más se enredaban. Cuanto más se esforzaban por aclarar la cuestión, más se extraviaban en vanas e inciertas conjeturas.
2. Pero lo que toda la sabiduría del hombre fue incapaz de hacer lo hizo a su debido tiempo la sabiduría de Dios. Cuando plugo a Dios dar cuenta del origen de las cosas, y del hombre en particular, toda la oscuridad se desvaneció y resplandeció la luz clara. «Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen». Así se hizo. A imagen de Dios fue hecho el hombre. De aquí que podamos dar razón clara y satisfactoria de la grandeza, la excelencia y la dignidad del hombre. Pero «el hombre», estando «en honra», no permaneció en ella, sino que se rebeló contra su soberano Señor. Con ello perdió totalmente no solo el favor, sino también la imagen de Dios. Y «en Adán todos murieron». Porque Adán caído «engendró un hijo a su semejanza». Y de aquí se nos enseña a dar razón clara e inteligible de la pequeñez y la bajeza del hombre. Ha caído aún por debajo de las bestias que perecen. La naturaleza humana es ahora no solo sensual, sino diabólica. Hay en todo hombre nacido en el mundo (lo que no hay en ninguna parte de la creación bruta; ninguna bestia ha caído tan bajo) una «intención de la carne», que «es enemistad», enemistad directa, «contra Dios».
3. Por tanto, considerando estas cosas de una sola mirada —la creación y la caída del hombre—, todas las contradicciones de su naturaleza se entienden fácil y plenamente. La grandeza y la pequeñez, la dignidad y la bajeza, la felicidad y la miseria de su estado presente ya no son un misterio, sino claras consecuencias de su estado original y de su rebelión contra Dios. Esta es la llave que abre todo el misterio, que quita toda dificultad, mostrando lo que Dios hizo al hombre al principio y lo que el hombre ha hecho de sí mismo. Es cierto que puede recobrar una medida considerable de «la imagen de Dios en que fue creado»; pero, con todo, recobremos lo que recobremos, seguiremos teniendo «este tesoro en vasos de barro».
Para tener una idea clara de esto, podemos indagar, en primer lugar, cuál es «el tesoro» que ahora tenemos; y, en segundo lugar, considerar cómo «tenemos este tesoro en vasos de barro».
I. 1. Y, en primer lugar, indaguemos: ¿cuál es este tesoro que tienen los creyentes cristianos? Digo los creyentes, porque es de ellos directamente de quienes el apóstol habla aquí. Una parte de él la tienen en común con los demás hombres, en los restos de la imagen de Dios. ¿No podemos incluir en ello, primero, un principio inmaterial, una naturaleza espiritual, dotada de entendimiento, de afectos y de cierto grado de libertad, de un poder que se mueve por sí mismo, sí, y que se gobierna a sí mismo (pues de otro modo seríamos meras máquinas, troncos y piedras)? ¿Y, en segundo lugar, todo lo que vulgarmente se llama conciencia natural, que implica algún discernimiento de la diferencia entre el bien y el mal morales, con aprobación del uno y desaprobación del otro, por medio de un monitor interior que excusa o acusa? Ciertamente, sea esto natural o añadido por la gracia de Dios, se encuentra, al menos en algún pequeño grado, en todo hijo de hombre. Algo de ello se halla en todo corazón humano, dictando sentencia acerca del bien y del mal, no solo en todos los cristianos, sino en todos los mahometanos, en todos los paganos, sí, en los más viles de los salvajes.
2. ¿No podemos creer que todos los cristianos, aunque lo sean solo de nombre, tienen, al menos a veces, algún deseo de agradar a Dios, así como alguna luz acerca de lo que realmente le agrada, y algunas convicciones cuando son conscientes de desagradarle? Tal tesoro tienen todos los hijos de los hombres, en mayor o menor grado, aun cuando todavía no conocen a Dios.
3. Pero no es de estos de quienes el apóstol habla aquí, ni es este el tesoro que es objeto de su discurso. Las personas de quienes habla aquí son las que son nacidas de Dios; las que, «justificadas por la fe», tienen ahora redención en la sangre de Jesús, la remisión de los pecados; las que gozan de aquella paz de Dios que sobrepuja todo entendimiento; cuya alma engrandece al Señor y se alegra en él con gozo inefable; y que sienten «el amor de Dios derramado en sus corazones por el Espíritu Santo que les es dado». Este es, pues, el tesoro que han recibido: una fe de la operación de Dios; una paz que los pone por encima del temor de la muerte y los capacita para estar contentos en todo; una esperanza llena de inmortalidad, por la cual ya «gustan las virtudes del siglo venidero»; el amor de Dios derramado en sus corazones, con amor a todo hijo de hombre; y una renovación en toda la imagen de Dios, en toda justicia y verdadera santidad. Este es propia y directamente el tesoro del cual habla aquí el apóstol.
II. 1. Pero esto, inestimable como es, «lo tenemos en vasos de barro». La palabra es exquisitamente apropiada, pues denota tanto la fragilidad de los vasos como la bajeza de la materia de que están hechos. Significa directamente lo que llamamos loza: la china, la porcelana y cosas semejantes. ¡Cuán débil, cuán fácilmente se hace pedazos! Tal es precisamente el caso de un cristiano santo. Tenemos el tesoro celestial en cuerpos terrenales, mortales y corruptibles. «Polvo eres», dijo el justo Juez a su criatura rebelde, hasta entonces incorruptible e inmortal, «y al polvo volverás». ¡Con qué finura (aunque con qué mezcla de luz y de tinieblas) toca el poeta pagano este cambio! Post ignem etherea domo subduxerat: «Después que el hombre hubo robado el fuego del cielo» (¡qué emblema del conocimiento prohibido!), macies et nova febrium: aquel ejército desconocido de consunciones, fiebres, enfermedades y dolores de toda especie asentó su campamento sobre la tierra, en la que hasta entonces no habrían podido entrar más de lo que podrían escalar el cielo; y todo tendía a introducir y preparar el camino del postrer enemigo, la muerte. Desde el momento en que se pronunció aquella terrible sentencia, el cuerpo recibió en sí mismo la sentencia de muerte; si no desde el momento en que nuestros primeros padres consumaron su rebelión comiendo del fruto prohibido. ¿No podemos conjeturar con probabilidad que había en este alguna cualidad natural que sembró las semillas de la muerte en el cuerpo humano, hasta entonces incorruptible e inmortal? Sea como fuere, es cierto que desde entonces «el cuerpo corruptible ha agravado el alma». Y no es de extrañar, puesto que el alma, durante su unión vital con el cuerpo, no puede ejercer ninguna de sus operaciones sino en unión con el cuerpo, con sus órganos corporales. Pero todos ellos están más rebajados y depravados por la caída del hombre de lo que podemos concebir; y el cerebro, del cual el alma depende más directamente, no menos que el resto del cuerpo. Por consiguiente, si estos instrumentos por los cuales obra el alma están desordenados, el alma misma ha de verse estorbada en sus operaciones. Por diestro que sea un músico, hará una música bien pobre si su instrumento está desafinado. De un cerebro desordenado (como lo es, más o menos, el de todo hijo de hombre) surgirá necesariamente la confusión de la aprehensión, que se manifiesta en mil casos; el juicio falso, su resultado natural, y las inferencias erróneas; y de estas se seguirán innumerables equivocaciones, a pesar de toda la cautela que podamos usar. Pero las equivocaciones del juicio darán ocasión con frecuencia a equivocaciones en la práctica; nos harán naturalmente hablar mal en algunos casos y obrar mal en otros; más aún, pueden ocasionar no solo palabras o acciones erróneas, sino también disposiciones erróneas. Si juzgo que un hombre es mejor de lo que realmente es, en consecuencia lo amo realmente más de lo que merece. Si juzgo que otro es peor de lo que realmente es, en consecuencia lo amaré menos de lo que merece. Ahora bien, ambas son disposiciones erróneas. Y, sin embargo, posiblemente no esté en mi poder evitar ni la una ni la otra.
2. Tales son las consecuencias inevitables de «tener estos tesoros en vasos de barro». No solo la muerte y sus precursores —la enfermedad, la debilidad, el dolor y mil flaquezas—, sino también el error, en diez mil formas, estarán siempre prontos a atacarnos. ¡Tal es la condición presente de la humanidad! ¡Tal es el estado de los hombres más sabios! Señor, «¿qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo estimes?».
3. Algo de esta gran verdad, que el «cuerpo corruptible agrava el alma», se expresa con fuerza en aquellos célebres versos del antiguo poeta. Hablando de las almas de los hombres, dice:
Igneus est ollis vigor, et coelestis origo
Seminibus; quantum non noxia corpora tardant,
Terrenique hebetant artus, moribundaque membra.
Estas semillas de fuego celestial,
con fuerza innata, aspirarían a su fuente,
si sus miembros terrenos no estorbaran su vuelo
y no frenaran su ascenso a las llanuras de la luz.
4. Pero, supuesto que al Creador, que es todo sabiduría, le plugo, por el pecado del hombre, permitir que las almas de los hombres en general fueran agobiadas de esta miserable manera por su cuerpo corruptible, ¿por qué permite que el excelente tesoro que ha confiado a sus propios hijos siga alojado en estos pobres vasos de barro?». ¿No se le ocurriría naturalmente esta pregunta a cualquier mente reflexiva? Quizá sí; y por eso el apóstol nos da en seguida una respuesta completa: Dios ha hecho esto «para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros»; para que fuera innegablemente claro a quién pertenecía aquel excelente poder; para que ninguna carne se jacte en su presencia; sino que todos los que han recibido este tesoro clamen continuamente: «No a nosotros, sino a ti, oh Señor, sea la alabanza, por tu nombre y por tu verdad».
5. Sin duda, este fue el designio principal de Dios en esta maravillosa dispensación: humillar al hombre, hacerlo y mantenerlo pequeño, pobre, bajo y vil a sus propios ojos. Y todo lo que suframos por ello queda bien recompensado si es un medio de «apartar del hombre la soberbia», de abatirnos hasta el polvo, precisamente cuando más peligro corremos de envanecernos por los excelentes dones de Dios.
6. Más aún, si sufrimos por ello, a causa de la humilde morada del espíritu inmortal; si el dolor, la enfermedad y otras innumerables aflicciones, a las que de otro modo no habríamos estado expuestos, nos asaltan por todas partes y al fin nos derriban hasta el polvo de la muerte, ¿qué perdemos con ello? ¡Perder! No: «En todas estas cosas hacemos más que vencer por medio de aquel que nos amó». Venid, pues, enfermedad, debilidad, dolor, aflicciones, en el lenguaje de los hombres. ¿No saldremos infinitamente ganando con ellas? ¡Ganando por los siglos de los siglos!, puesto que «estas leves tribulaciones, que son momentáneas, nos obran un sobremanera alto y eterno peso de gloria».
7. ¿Y no se nos enseña eficazmente, por la conciencia de nuestra presente debilidad, en qué consiste nuestra fuerza? ¡Con qué fuerte voz proclama: «Confiad en el Señor Jehová, porque en él está la fortaleza de los siglos»! ¡Confiad en Aquel que sufrió mil veces más de lo que vosotros jamás podréis sufrir! ¿No tiene él toda potestad en el cielo y en la tierra? Entonces, ¿qué importa que
el tesoro celestial lo tengamos ahora
en una vil casa de barro?
Él lo salvará hasta lo sumo,
y lo guardará para aquel día.
Potto, 17 de junio de 1790
Capítulo 125 completado
El tesoro celestial en vasos de barro