Sermones en diversas ocasiones
El engaño del corazón humano

Capítulo 124 · 18 min de lectura · 23 min de escucha

El engaño del corazón humano

Sermón 123

El engaño del corazón humano

«Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?».

Jeremías 17:9.

1. Los más eminentes de los antiguos paganos nos han dejado muchos testimonios de esto. Era, en efecto, opinión común entre ellos que hubo un tiempo en que los hombres en general eran virtuosos y felices; a esto lo llamaban la «edad de oro». Y el relato de ello se extendió por casi todas las naciones. Pero se creía igualmente, de modo general, que esta edad feliz había expirado hacía mucho tiempo, y que los hombres se hallan ahora en medio de la «edad de hierro». Al comienzo de esta, dice el poeta:

Irumpit venae pejoris in aeuum

Omne nefas: fugere pudor, verumque, fidesque

In quorum subiere locum, fraudesque, dolique

Insidiaeque, et vis, et amor sceleratus habendi.

Al instante irrumpió,

en plena marea, toda maldad y pecado:

la vergüenza, la verdad, la fidelidad huyeron veloces;

y la maldita sed de oro reinó sin resistencia.

2. ¡Pero cuánto más entendida que estos antiguos paganos es la presente generación de cristianos! ¡Cuántos panegíricos elaborados leemos y oímos ahora sobre la dignidad de la naturaleza humana! Un predicador eminente, en uno de sus sermones, predicado e impreso hace pocos años, no tiene escrúpulo en afirmar, primero, que los hombres en general (si no cada individuo) son muy sabios; segundo, que los hombres en general son muy virtuosos; y tercero, que son muy felices. Y no sé que nadie haya tenido todavía la osadía de contradecir esta afirmación.

3. Muy afines a estas eran las opiniones de un ingenioso caballero que, al preguntársele: «Milord, ¿qué pensáis de la Biblia?», respondió: «Pienso que es el libro más hermoso que he leído en mi vida. Solo aquella parte que indica el plan de mediación no la entiendo; porque no concibo que haya necesidad alguna de un Mediador entre Dios y el hombre. Si en verdad —prosiguió—, yo fuera pecador, entonces necesitaría un Mediador; pero no concibo que lo sea. Es cierto que a menudo obro mal, por falta de mayor entendimiento; y con frecuencia siento disposiciones malas, en particular una propensión a la ira; pero no puedo admitir que esto sea pecado, porque depende del movimiento de mi sangre y de mis humores, que no puedo evitar. Por tanto, no puede ser pecado; o, si lo es, la culpa ha de recaer, no sobre mí, sino sobre quien me hizo». ¡Las mismísimas opiniones del piadoso lord Kames y del modesto señor Hume!

4. Hace algunos años, una mujer caritativa descubrió que no había en el mundo otro pecador que el diablo. «Porque —decía ella— él obliga a los hombres a obrar como obran; por tanto, ellos no son responsables: la culpa recae sobre Satanás». Pero estos caballeros más ilustrados han descubierto que «¡no hay en el mundo otro pecador que Dios! Porque él obliga a los hombres a pensar, hablar y obrar como lo hacen; por tanto, la culpa recae solo sobre Dios. ¡Atrás, Satanás! Puede dudarse de que él mismo haya proferido jamás una blasfemia tan necia como esta.

5. Pero, digan lo que digan los incrédulos, bautizados o sin bautizar, acerca de la inocencia del género humano, Aquel que hizo al hombre, y que mejor conoce lo que ha hecho, da de él un relato muy diferente. Nos informa de que «el corazón» del hombre, de todo el género humano, de todo hombre nacido en el mundo, es «perverso», y de que es «engañoso... más que todas las cosas»; de modo que bien podemos preguntar: «¿Quién lo conocerá?».

I. 1. Comencemos por esto: el corazón del hombre es «perverso». Al considerarlo, no necesitamos referirnos a ningún pecado particular; estos no son más que las hojas, o, a lo sumo, los frutos que brotan de aquel árbol malo;) sino más bien a la raíz general de todos. Ved cómo fue plantada primero en el cielo mismo por «Lucero, hijo de la mañana», hasta entonces sin duda «uno de los primeros arcángeles, si no el primero»: «Tú que decías: Me sentaré a los lados del aquilón». ¡Ved la voluntad propia, la primogénita de Satanás! «Seré semejante al Altísimo». Ved el orgullo, hermano gemelo de la voluntad propia. Este fue el verdadero origen del mal. De ahí vino el diluvio inagotable de males sobre el mundo inferior. Una vez que Satanás hubo infundido su propia voluntad propia y su orgullo en los padres del género humano, junto con una nueva especie de pecado —el amor al mundo, el amar a la criatura más que al Creador—, pronto irrumpió toda clase de maldad, toda impiedad e injusticia, brotando en crímenes de toda especie y cubriendo pronto toda la faz de la tierra de toda clase de abominaciones. Sería tarea interminable enumerar todas las enormidades que estallaron. Entonces «fueron rotas todas las fuentes del grande abismo». La tierra se convirtió pronto en un campo de sangre: la venganza, la crueldad, la ambición, con toda suerte de injusticia, toda especie de agravios públicos y privados, se difundieron por todas partes de la tierra. La injusticia en diez mil formas, el odio, la envidia, la malicia, la sed de sangre, con toda especie de falsedad, cabalgaron triunfantes; hasta que el Creador, mirando desde el cielo, no quiso ya ser rogado por una raza incorregible, sino que la barrió de la faz de la tierra. ¡Pero cuán poco mejoraron las generaciones siguientes con aquel severo juicio! Los que vivieron después del diluvio no parecen haber sido ni un ápice mejores que los que vivieron antes. En poco tiempo, probablemente antes de que Noé fuera quitado de la tierra, toda injusticia prevaleció como antes.

2. Pero ¿no hay un Dios en el mundo? Sin duda lo hay; y es «él quien nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos». Nos hizo gratuitamente, por su pura misericordia; porque nada podíamos merecer de él antes de tener ser. Es por su misericordia que nos hizo; que nos hizo criaturas sensibles y racionales y, sobre todo, criaturas capaces de Dios. Es esto, y solo esto, lo que pone la diferencia esencial entre los hombres y los brutos. Pero si él nos ha hecho y nos ha dado todo lo que tenemos, si le debemos todo lo que somos y tenemos, entonces ciertamente tiene derecho a todo lo que somos y tenemos, a todo nuestro amor y obediencia. Esto lo han reconocido casi todos los que se creyeron criaturas suyas, en todas las edades y naciones. Pero hace pocos años un hombre docto confesó francamente: «Nunca he podido comprender que el haber Dios creado nos diera título alguno para gobernarnos; ni que el habernos creado nos pusiera bajo obligación alguna de rendirle obediencia». Creo que el doctor Hutcheson fue el primer hombre que jamás puso esto en duda, o que jamás dudó, y mucho menos negó, que una criatura estuviera obligada a obedecer a su Creador. Si Satanás alguna vez abrigó este pensamiento (pero no es probable que lo hiciera), no sería de extrañar que se rebelara contra Dios y levantara guerra en el cielo. Y de ahí surgiría también la enemistad contra Dios en el corazón de los hombres, junto con todas las ramas de impiedad que abundan en él en este día. De ahí surgiría naturalmente el descuido de todo deber que le debemos como nuestro Creador, y todas las pasiones y esperanzas que se oponen directamente a cada uno de tales deberes.

3. Desde el diablo, el espíritu de independencia, de voluntad propia y de orgullo, productor de toda impiedad e injusticia, se infundió rápidamente en el corazón de nuestros primeros padres en el paraíso. Después que comieron del árbol de la ciencia, la maldad y la miseria de toda especie irrumpieron en plena marea sobre la tierra, nos enajenaron de Dios y abrieron camino a todo lo demás. El ateísmo (ahora llamado, a la moda, disipación) y la idolatría, el amor al mundo, el buscar la felicidad en esta o aquella criatura, cubrieron toda la tierra.

Rectos de corazón y de voluntad

nos hizo nuestro Dios;

mas nos volvimos del bien al mal

y vagamos por las criaturas;

multiplicamos nuestro errante pensamiento,

que al principio solo en Dios se fijaba;

en diez mil objetos buscamos

la dicha que en uno perdimos.

4. Sería interminable enumerar todas las especies de maldad, sea de pensamiento, de palabra o de obra, que ahora cubren la tierra, en toda nación, ciudad y familia. Todas se centran en esto: ateísmo o idolatría; orgullo, ya teniendo de sí más alto concepto que el que deben tener, ya gloriándose de algo que han recibido como si no lo hubieran recibido; independencia y voluntad propia, haciendo su propia voluntad y no la voluntad de Aquel que los hizo. Añádase a esto el buscar la felicidad fuera de Dios, satisfaciendo la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. De ahí que sea una triste verdad que (salvo donde el Espíritu de Dios ha hecho la diferencia) todo el género humano, ahora como hace cuatro mil años, «ha corrompido su camino delante del Señor, y todo designio de los pensamientos del corazón del hombre es malo, solamente el mal, y de continuo». Por tanto, por mucho que los hombres difieran en sus caminos exteriores (en los cuales hay sin duda mil diferencias), en la raíz interior, la enemistad contra Dios, el ateísmo, el orgullo, la voluntad propia y la idolatría, es verdad de todos que «el corazón» del hombre, de todo hombre natural, es «perverso».

5. Pero si así es, ¿cómo es que no todos tienen conciencia de ello? Porque ¿quién ha de «saber las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él»? ¿Por qué son tan pocos los que se conocen a sí mismos? Por esta sencilla razón: porque el corazón no solo es «perverso», sino «engañoso... más que todas las cosas». Tan engañoso, que bien podemos preguntar: «¿Quién lo conocerá?». ¿Quién, en verdad, sino Dios que lo hizo? Con su ayuda podemos considerar, en segundo lugar, esto: el engaño del corazón del hombre.

II. 1. Es engañoso más que todas las cosas», es decir, en el más alto grado, por encima de todo lo que podemos concebir. Tan engañoso, que la generalidad de los hombres está continuamente engañándose a sí misma y a los demás. ¡Cuán extrañamente se engañan a sí mismos, sin conocer sus propias disposiciones ni su carácter, imaginándose mucho mejores y más sabios de lo que son! El antiguo poeta supone que no hay excepción a esta regla, «que ningún hombre está dispuesto a conocer su propio corazón». Ut nemo in sese tentat descendere, nemo! ¡Ninguno, sino aquellos que son enseñados por Dios!

2. Y si los hombres se engañan así a sí mismos, ¿es de extrañar que engañen también a los demás, y que tan rara vez hallemos «un verdadero israelita, en el cual no hay engaño»? Repasando mis papeles hace algunos años, encontré la siguiente nota: «Cumplo hoy treinta años; y hasta este día no sé que haya encontrado a una sola persona de esa edad, salvo en la casa de mi padre, que no usara engaño, en mayor o menor grado».

3. Esta es una de las clases de perversidad desesperada que se adhiere a la naturaleza de todo hombre, procedente de aquellas fecundas raíces: la voluntad propia, el orgullo y la independencia respecto de Dios. De ahí brota toda especie de vicio y de maldad; de ahí todo pecado contra Dios, contra nuestro prójimo y contra nosotros mismos. Contra Dios: el olvido y el desprecio de Dios, de su nombre, de su día, de su palabra, de sus ordenanzas; el ateísmo por un lado y la idolatría por el otro; en particular, el amor al mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida; el amor al dinero, el amor al poder, el amor a la comodidad, el amor a la «gloria» que viene de los hombres, el amor a la criatura más que al Creador, el ser amadores de los deleites más que de Dios. Contra nuestro prójimo: la ingratitud, la venganza, el odio, la envidia, la malicia, la falta de caridad.

4. De ahí que haya en el corazón de todo hijo de hombre un fondo inagotable de impiedad e injusticia, tan profunda y fuertemente arraigado en el alma que nada menos que la gracia todopoderosa puede curarlo. De ahí surge naturalmente una abundante cosecha de toda palabra y obra mala; y, para completarlo todo, aquel compendio de todos los males:

—Ese monstruo inmundo, la Guerra, que encontramos,

abate la obra más noble de la creación,

que en vano lleva la gloriosa imagen de su Hacedor,

¡sin privilegio alguno frente a ti!

En el séquito de este monstruo cruel van el asesinato, el adulterio, la violación, la violencia y la crueldad de toda especie. Y todas estas abominaciones no se encuentran solo en los países mahometanos o paganos, donde su horrible práctica puede parecer el resultado natural de principios igualmente horribles, sino en los que se llaman países cristianos; sí, en los Estados y reinos más instruidos y civilizados. Y no se diga: «Esto solo ocurre en los países católicos romanos». No; nosotros, los que nos llamamos reformados, no vamos ni un ápice a la zaga de ellos en toda clase de maldad. En verdad, jamás prevaleció entre los turcos o los tártaros crimen alguno que no podamos igualar aquí en cualquier parte de la cristiandad. Más aún, ningún pecado apareció jamás en la Roma pagana o papal que no se encuentre hoy en Alemania, Francia, Holanda, Inglaterra y todos los demás países, tanto protestantes como papistas. De modo que podría decirse ahora de toda corte de Europa, con tanta verdad y con tan pocas excepciones como se dijo antaño de la corte de Saúl: «No hay justo, ni aun uno; todos se han hecho abominables; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios».

5. Pero ¿no hay excepción en cuanto a la perversidad del corazón del hombre? Sí, en los que son nacidos de Dios. «El que es engendrado de Dios se guarda a sí mismo, y el maligno no le toca». Dios ha «purificado con la fe» su corazón, de modo que su perversidad se ha apartado de él. «Las cosas viejas pasaron; he aquí todas» en él «son hechas nuevas». De modo que su corazón ya no es perverso, sino renovado «en justicia y en santidad de verdad». Solo recuérdese que el corazón, aun el de un creyente, no queda enteramente purificado cuando es justificado. El pecado queda entonces vencido, pero no desarraigado; está conquistado, pero no destruido. La experiencia le muestra, primero, que las raíces del pecado —la voluntad propia, el orgullo y la idolatría— permanecen todavía en su corazón. Pero mientras siga velando y orando, ninguna de ellas puede prevalecer contra él. La experiencia le enseña, en segundo lugar, que el pecado (generalmente el orgullo o la voluntad propia) se adhiere a sus mejores acciones; de modo que, aun respecto de estas, halla una necesidad absoluta de la sangre de la expiación.

6. ¡Pero con cuánta astucia se oculta esto, no solo a los demás, sino aun a nosotros mismos! ¿Quién puede descubrirlo bajo todos los disfraces que asume, o seguirlo por todos sus laberintos ocultos? Y si es tan difícil conocer el corazón de un hombre bueno, ¿quién puede conocer el corazón de un malvado, que es mucho más engañoso? Ningún hombre no regenerado, por sensato, por experimentado, por sabio en su generación que sea. Y, sin embargo, estos son los que se precian de «conocer el mundo» y se imaginan que ven el fondo de todos los hombres. ¡Hombres vanos! Puede decirse con osadía que «aún no saben nada como deben saber». Ni siquiera aquel político del reinado pasado, cuyo dicho favorito era: «No me habléis de vuestra virtud ni de vuestra religión; os digo que todo hombre tiene su precio», conocía su propio corazón ni el de los demás hombres. Sí, sir R[obert]: todo hombre como vos; todo el que se vende al diablo.

7. ¿Conocía el corazón del hombre aquel muy honorable miserable, comparado con el cual sir R[obert] era un santo; aquel que tan encarecidamente aconsejó a su propio hijo «no decir nunca la verdad, mentir o disimular cada vez que hable, llevar continuamente una máscara»?; ¿que le aconsejó encarecidamente «no seducir a mujeres solteras» (porque podrían seguirse algunos inconvenientes), «sino siempre a mujeres casadas»? ¿Quién imaginaría que este animal rastrero tuvo jamás una esposa o una hija casada propias? ¡Oh, singular lord C[hesterfield]! ¿Mereció jamás hombre alguno tanto, aunque fuera par del reino, morir junto a Newgate? ¿O mereció jamás libro alguno tanto ser quemado por el verdugo público como sus Cartas? ¿Conocía el corazón del hombre el señor David Hume, más bajo aún, si es posible, que cualquiera de los anteriores? No más que un gusano o un escarabajo. Después de «jugar tan ociosamente con los dardos de la muerte», ¿lo encuentras ahora cosa de risa? ¿Qué piensas ahora de Caronte? ¿Te ha pasado al otro lado de la Estigia? ¡Al fin te ha enseñado a conocer un poco de tu propio corazón! ¡Al fin sabes que horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo!

8. Uno de los más hábiles campeones de la incredulidad (quizá el escritor más elegante y más decoroso que jamás produjo un sistema de religión sin deber en lo más mínimo nada a la Biblia) prorrumpe desde la plenitud de su corazón: «¿Quién no desearía que hubiera plena prueba de la revelación cristiana, puesto que es sin duda el sistema más benévolo que jamás ha aparecido en el mundo?». ¿No podría añadir una razón de otra clase: que sin ella el hombre ha de ser enteramente un misterio para sí mismo? Aun con la ayuda de la revelación sabe poquísimo; pero sin ella sabría mucho menos, y nada con certeza alguna. Sin la luz que se nos da por los oráculos de Dios, ¿cómo podríamos conciliar su grandeza con su bajeza? Mientras reconocemos con sir John Davies:

Sé que mi alma tiene poder para conocerlo todo,

y, sin embargo, es ciega e ignorante de todo;

sé que soy uno de los pequeños reyes de la naturaleza,

y, sin embargo, esclavo de las cosas más pequeñas y viles.

9. ¿Quién, pues, conoce el corazón de todos los hombres? Ciertamente nadie sino Aquel que los hizo. ¿Quién conoce su propio corazón? ¿Quién puede decir la profundidad de su enemistad contra Dios? ¿Quién sabe cuán hondo se ha hundido en la naturaleza de Satanás?

III. 1. De las consideraciones precedentes, ¿no podemos aprender, en primer lugar, que «el que confía en su corazón es necio»? Porque ¿quién que sea sabio se fiaría de uno a quien sabe «perverso», sobre todo de uno a quien ha conocido, por mil experiencias, como «engañoso... más que todas las cosas»? ¿Qué podemos esperar, si seguimos fiándonos de un mentiroso y engañador conocido, sino ser engañados y estafados hasta el fin?

2. De aquí podemos inferir, en segundo lugar, la verdad de aquella otra reflexión de Salomón: «¿Has visto hombre sabio en su opinión? Más esperanza hay del necio que de él». Porque ¿a qué distancia de la sabiduría ha de estar aquel hombre que nunca sospechó que le faltaba? ¿Y no le impedirá el pensar tan bien de sí mismo recibir instrucción de otros? ¿No estará inclinado a disgustarse con la amonestación y a tomar la reprensión por afrenta? ¿No estará, por tanto, menos dispuesto a recibir instrucción que aun quien tiene escaso entendimiento natural? Ciertamente ningún necio es tan incapaz de enmienda como el que se imagina sabio. El que supone que no necesita médico difícilmente sacará provecho de su consejo.

3. ¿No podemos aprender de aquí, en tercer lugar, la sabiduría de aquella advertencia: «El que piensa estar firme, mire no caiga»? O, para traducir el texto con más propiedad,) «El que con certeza está firme, mire no caiga». Por firme que esté, todavía tiene un corazón engañoso. ¡En cuántos casos ha sido engañado ya! Y así puede serlo de nuevo. Supongamos que no esté engañado ahora, ¿se sigue de ello que nunca lo estará? ¿No está de pie sobre terreno resbaladizo? ¿Y no está rodeado de lazos, en los que puede caer para no levantarse más?

4. ¿No es sabiduría que el que ahora está en pie clame continuamente a Dios: «Examíname, oh Señor, y pruébame; sondea mis riñones y mi corazón; mira si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno»? Solo tú, oh Dios, «conoces el corazón de todos los hijos de los hombres». ¡Oh, muéstrame de qué espíritu soy, y no permitas que engañe a mi propia alma! No me dejes «tener de mí más alto concepto que el que debo tener». ¡Antes haz que siempre «piense de mí con templanza, conforme a la medida de la fe» que tú me has dado!

Halifax, 21 de abril de 1790

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