Capítulo 122 · 16 min de lectura · 21 min de escucha
La vida humana, un sueño
Sermón 121
La vida humana, un sueño
«Como el sueño del que despierta, así harás desvanecer su imagen de la ciudad».
Salmos 73:20.
1. Cualquiera que considere los versículos anteriores observará fácilmente que el salmista habla directamente de los impíos que prosperan en su impiedad. Es muy común que estos olviden por completo que son criaturas de un día; que vivan como si nunca hubieran de morir; como si su estado presente hubiera de durar para siempre; o, al menos, como si estuvieran indiscutiblemente seguros de que «tenían muchos bienes guardados para muchos años»; de modo que pudieran decir sin peligro: «Alma, repósate, come, bebe, regocíjate». ¡Pero qué miserable error es este! ¡Cuántas veces dice Dios a uno de estos: «¡Necio! Esta noche vienen a pedirte tu alma»! Bien puede, pues, decirse de ellos: «¡Oh, cuán de repente son consumidos!» — perecen, y tienen un fin espantoso. Sí, «como el sueño del que despierta, así harás desvanecer su imagen de la ciudad».
2. Pero quisiera ahora llevar más lejos este pensamiento; quisiera considerarlo en un sentido general, y mostrar cuán estrecha semejanza hay entre la vida humana y un sueño. Un antiguo poeta lleva la comparación aún más lejos cuando llama a la vida «el sueño de una sombra». Y así lo hace Cowley cuando exclama:
¡Oh vida, tú, hermana menor de la nada!
¡Tan parecidas, que tomamos la una por la otra!
Pero, dejando a un lado estos y todos los demás vuelos de la poesía, quisiera indagar seriamente en qué consiste esta semejanza; en qué consiste propiamente la analogía entre lo uno y lo otro.
3. Para esto, quisiera indagar, en primer lugar: ¿Qué es un sueño? Diréis: «¿Quién no lo sabe?» ¿No podríais más bien decir: ¿Quién lo sabe? ¿Hay algo más misterioso en la naturaleza? ¿Quién hay que no lo haya experimentado, que no haya soñado mil veces? Y, con todo, no es más capaz de explicar su naturaleza que de abarcar los cielos con la mano. ¿Quién puede dar una explicación clara y satisfactoria del padre de los sueños, el dormir? Es verdad que muchos médicos lo han intentado, pero lo han intentado en vano. Han hablado doctamente de ello, pero al fin han dejado la cuestión tan oscura como estaba antes. Nos dicen algunas de sus propiedades y efectos; pero nadie puede decir cuál es su esencia.
4. Sin embargo, conocemos el origen de los sueños, y eso con cierto grado de certeza. No cabe duda de que algunos nacen de la constitución presente del cuerpo, mientras que otros son ocasionados probablemente por las pasiones del alma. Además, la Escritura nos informa claramente de que algunos son causados por la acción de ángeles buenos; así como otros, sin duda, se deben al poder y la malicia de ángeles malos (si nos atrevemos a suponer que haya ahora algunos tales, o, al menos, que tengan algo que hacer en el mundo). Del mismo divino tesoro del conocimiento aprendemos que, en algunas ocasiones extraordinarias, el gran Padre de los espíritus se ha manifestado a los espíritus humanos «en sueños y visiones de la noche». Pero cuáles de todos estos proceden de una influencia natural, y cuáles de una sobrenatural, muchas veces no somos capaces de determinarlo.
5. ¿Y cómo podemos distinguir con certeza entre nuestros sueños y nuestros pensamientos de vigilia? ¿Qué criterio hay por el cual podamos saber con seguridad si estamos despiertos o dormidos? Es verdad que, en cuanto despertamos del sueño, sabemos que hemos estado soñando y que ahora estamos despiertos. Pero ¿cómo sabremos que un sueño es tal mientras seguimos en él? ¿Qué es un sueño? Por dar una explicación tosca y superficial, no filosófica: es una serie de personas y cosas presentadas a nuestra mente durante el dormir, que no tienen existencia sino en nuestra propia imaginación. Un sueño, por tanto, es una especie de digresión de nuestra vida real. Parece ser una suerte de eco de lo que se dijo o se hizo poco antes, cuando estábamos despiertos. ¿O podemos decir que un sueño es un fragmento de vida, roto por ambos extremos; que no está conectado ni con la parte que va antes ni con la que sigue después? ¿Y hay alguna manera mejor de distinguir nuestros sueños de nuestros pensamientos de vigilia que esta misma circunstancia? Es una especie de paréntesis insertado en la vida, como lo está en un discurso, que prosigue igual de bien con él o sin él. Por esto, pues, podemos conocer infaliblemente un sueño: por estar roto por ambos extremos; por no tener una conexión propia con las cosas reales que lo preceden o lo siguen.
6. No es necesario probar que hay una estrecha semejanza entre estos sueños pasajeros y el sueño de la vida. Puede ser de más provecho ilustrar esta importante verdad; ponerla bajo una luz tan vívida como sea posible. Consideremos, pues, seriamente, en unos pocos detalles evidentes, el caso de uno que acaba de despertar de la vida y abre los ojos en la eternidad.
7. Planteemos, pues, el caso. Supongamos que tuviéramos ahora delante a uno que acaba de pasar al mundo de los espíritus. ¿No podríais dirigiros a esa alma recién nacida más o menos de esta manera? Has sido habitante de la tierra cuarenta años, quizá cincuenta o sesenta. Pero ahora Dios ha cambiado su voz: «¡Despiértate, tú que duermes!» Despiertas; te levantas; ya no tienes nada que ver con estas pobres sombras pasajeras. ¡Levántate y sacúdete del polvo! ¡Mira, aquí todo es real! ¡Todo es permanente; todo eterno! Mucho más estable que los cimientos de la tierra; sí, que las columnas de aquel cielo inferior. Ahora que tus ojos están abiertos, ¡mira cuán indeciblemente diferentes son todas las cosas que te rodean ahora! ¡Qué diferencia percibes en ti mismo! ¿Dónde está tu cuerpo, tu casa de barro? ¿Dónde están tus miembros, tus manos, tus pies, tu cabeza? ¡Allí yacen, fríos, insensibles!
Ni la ira, en adelante, ni la vergüenza
enrojecerán el barro inocente;
extinta está la llama animal,
y la pasión se ha desvanecido.
¡Qué cambio hay en el espíritu inmortal! Ves todo lo que te rodea; pero ¿cómo? ¡No con ojos de carne y sangre! Oyes; pero no por una corriente de aire ondulante que golpea una membrana tendida. Sientes; ¡pero de qué manera tan maravillosa! No tienes nervios que lleven el fuego etéreo al sensorio común; antes bien, ¿no eres ahora todo ojo, todo oído, todo sentimiento, toda percepción? ¡Cuán diferentes, ahora que estás completamente despierto, son todos los objetos que te rodean! ¿Dónde están las casas, y los jardines, y los campos, y las ciudades que hace poco veías? ¿Dónde están los ríos, y los mares, y los collados eternos? ¿Fue, pues, solo en un sueño donde nuestro poeta descubrió:
¿Tiene la tierra esta variedad del cielo,
de deleites situados en monte y valle?
No; me temo que todo esto se desvaneció como el humo en el momento en que despertaste del cuerpo.
8. ¡Cuán extraños han de parecerte no solo el modo de existencia y el lugar en que estás (si puede llamarse lugar; aunque ¿quién puede definir o describir el lugar de los espíritus?), sino también los habitantes de aquella región desconocida!, ya sean del número de aquellos espíritus desdichados que «no guardaron su dignidad primera», o de aquellos santos que todavía «sirven a los herederos de la salvación». ¡Cuán extrañas son las ocupaciones de los espíritus de que ahora estás rodeado! ¡Cuán amargas son al gusto de los que todavía están soñando sobre la tierra! «No tengo ningún gusto», dijo uno de estos (un ingenio muy aplaudido, que hace poco dejó el cuerpo), «en estar sentado sobre una nube todo el día, cantando alabanzas a Dios». Bien podemos creerle; y no hay peligro de que se le someta a esa molestia. Sin embargo, no es ninguna molestia para aquellos que no cesan día y noche, sino que cantan continuamente: «¡Santo, santo, santo, Señor Dios de los ejércitos!»
9. Suponed que este sea el caso de cualquiera de vosotros que estáis ahora presentes delante de Dios. Puede serlo mañana; quizá esta noche; quizá esta misma noche «vengan a pedir vuestra alma»; el sueño de la vida puede acabar, y vosotros podéis despertar a la anchura de la eternidad. Mirad, allí yace el pobre cadáver inanimado, que pronto será sembrado en corrupción y en deshonra. Pero ¿dónde está el espíritu inmortal e incorruptible? ¡Allí está, desnudo ante los ojos de Dios! Entretanto, ¿qué ha sido de todos los negocios en que os ocupabais afanosamente debajo del sol? ¿Qué provecho habéis cosechado de todo vuestro trabajo y vuestro afán? ¿Os sigue vuestro dinero? No; lo habéis dejado atrás; — ¡para vosotros es lo mismo que si se hubiera desvanecido en el aire! ¿Os sigue vuestro vestido alegre o lujoso? Vuestro cuerpo está vestido de polvo y podredumbre. Vuestra alma, en verdad, está vestida de inmortalidad. Pero, ¡oh!, ¿de qué inmortalidad? ¿Es una inmortalidad de felicidad y de gloria, o de vergüenza y confusión perpetua? ¿Dónde está la honra, la pompa de los ricos y de los grandes; el aplauso que os rodeaba? Todo se fue; todo se ha desvanecido «como la sombra que se va». «Se acabó la función», dijo Monsieur Moultray cuando vio la bala atravesar las sienes de su amo moribundo. [Carlos XII, rey de Suecia, en el sitio de Frederickshall.] ¿Y qué le importó esto al cortesano? No más que si hubiera sido el final de una farsa o de un baile. Pero mientras el bufón seguía durmiendo y descansando, no era así con el monarca. Aunque nada en la tierra lo aterraba, se hallaría a las mismas puertas del infierno. ¡Vano valor! ¡En el mismo trance de la muerte empuñó la empuñadura de su espada! Pero ¿dónde estuvo al momento siguiente, cuando la espada se le cayó de la mano, y el alma del cuerpo? ¡Entonces acabó el espléndido sueño de la realeza, — de la gloria, de destruir ciudades y de conquistar reinos!
10. «¡Cómo han caído los valientes, y han perecido las armas de guerra!» ¿Qué son, para los habitantes de la eternidad, las armas que son tan terribles entre nosotros? ¡Cómo han caído el sabio, el docto, el poeta, el crítico, y se ha desvanecido su gloria! ¡Cómo ha caído la belleza, el ídolo reciente de una multitud que la contemplaba! ¡En qué sentido tan completo «todas las hijas del canto son abatidas», y olvidados todos sus instrumentos! ¿No estáis ahora convencidos de que (según el proverbio hebreo) «mejor es perro vivo que león muerto»? Porque los que viven saben, sí, han de saber, a menos que se nieguen obstinadamente, «que han de morir; mas los muertos nada saben» que les valga para aliviar su dolor o disminuir su miseria. También «su esperanza y su temor, y su deseo», todo ha perecido; todo ha huido; «¡no tienen ya parte alguna en todo lo que se hace debajo del sol!»
11. ¿Dónde está, en verdad, la esperanza de aquellos que hace poco trazaban hondos planes y decían: «Hoy o mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y negociaremos, y ganaremos»? ¡Cuán por completo habían olvidado aquella sabia amonestación: «¡No sabéis lo que será mañana! Porque ¿qué es vuestra vida? ¡Es un vapor que aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece!» ¿Dónde están todos vuestros negocios? ¿Dónde vuestros afanes mundanos, vuestras inquietudes o compromisos? Todas estas cosas han huido como el humo; y vuestra alma queda. ¿Y cómo está preparada para disfrutar de este nuevo mundo? ¿Tiene gusto por los objetos y los goces del mundo invisible? ¿Están vuestros afectos desprendidos de las cosas de abajo y puestos en las de arriba, — puestos en aquel lugar donde Jesús está sentado a la diestra de Dios? Entonces bienaventurados sois; y cuando aparezca aquel a quien amáis, «vosotros también seréis manifestados con él en gloria».
12. Pero ¿qué gusto encuentras en la compañía que te rodea? Tus antiguos compañeros se han ido; gran parte de ellos probablemente separados de ti para no volver jamás. ¿Son tus compañeros presentes ángeles de luz? — espíritus servidores que hace un instante susurraban: «¡Espíritu hermano, ven! Somos enviados para conducirte sobre aquella sima hasta el seno de Abraham». ¿Y quiénes son aquellos? Algunas de las almas de los justos, a quienes antes socorriste con «las riquezas de maldad», y que ahora están comisionados por vuestro común Señor para recibirte, para darte la bienvenida «en las moradas eternas». Entonces los ángeles de las tinieblas discernirán pronto que no tienen parte en ti. Así que tendrán que rondar a distancia o huir desesperados. ¿Son algunos de estos espíritus felices que traban conocimiento contigo los mismos que viajaron contigo aquí abajo y tomaron parte en tus tentaciones; que, juntamente contigo, pelearon la buena batalla de la fe y echaron mano de la vida eterna? Así como entonces llorasteis juntos, podéis regocijaros juntos, tú y quizá tus ángeles guardianes, a fin de acrecentar tu gratitud por haber sido «librado de tan gran muerte». Puede que te muestren las regiones de abajo; aquellas
regiones de dolor, lúgubres sombras, donde la paz
y el reposo jamás pueden morar.
Mira, por otra parte, las moradas que fueron «preparadas para ti desde la fundación del mundo». ¡Oh, qué diferencia entre el sueño que ha pasado y la escena real que ahora tienes presente! ¡Alza los ojos! ¡Mira!
No hay necesidad del sol en aquel día,
al que nunca sigue la noche;
donde las bellezas de Jesús despliegan
una luz pura y permanente.
¡Baja los ojos! ¡Qué cárcel hay allí! «¡Entre fuego de arriba, de abajo y de alrededor!» ¡Y qué habitantes! ¡Qué formas horribles y espantosas, emblemas de la rabia contra Dios y contra los hombres, de la envidia, la furia, la desesperación fijadas dentro de ellos, — que les hacen crujir los dientes contra aquel a quien por tanto tiempo despreciaron! Entretanto, ¿los consuela ver, al otro lado de la gran sima, a los justos en el seno de Abraham? ¡Qué lugar es aquel! ¡Qué «casa de Dios, eterna en los cielos»! La tierra es solo el estrado de sus pies; sí,
el espacioso firmamento en lo alto,
y todo el azul cielo etéreo.
Bien podemos, pues, decir a sus habitantes:
Proclamad las glorias de nuestro Señor,
esparcidas por toda la calle celestial;
cuyos tesoros sin límite pueden ofrecer
un pavimento tan rico para sus pies.
¡Y, sin embargo, cuán insignificante es la gloria de aquella casa comparada con la de su gran Habitante!, ante cuya vista todos los primogénitos hijos de la luz, ángeles, arcángeles y toda la compañía del cielo, llenos de luz como están llenos de amor,
no se acercan, sino que con ambas alas velan sus ojos.
13. ¡Cuán maravillosas, pues, ahora que el sueño de la vida ha terminado, ahora que estáis del todo despiertos, aparecen todas estas escenas! ¡Una visión tal como nunca entró, ni pudo entrar, en vuestro corazón concebir! ¡Cómo están todos los que «despiertan a su semejanza, ahora saciados de ella»! Tienen ahora una porción real, sólida, incorruptible, «que no se marchita». Entretanto, ¡cuán exquisitamente desdichados son los que (por dejar a un lado toda otra consideración) han escogido por porción aquellas sombras transitorias que ahora se han desvanecido, y los han dejado en un abismo de miseria real, que ha de permanecer por toda la eternidad!
14. Ahora bien, considerando que todo hijo de hombre que todavía está sobre la tierra ha de despertar tarde o temprano de este sueño y entrar en la vida real, ¡cuán infinitamente nos concierne a cada uno de nosotros atender a esto antes de que llegue nuestro gran cambio! ¡De qué importancia es tener un sentido continuo de la condición en que estamos! ¡Cuán aconsejable es, por todos los medios posibles, unir las ideas del tiempo y de la eternidad!, asociarlas de tal modo que el pensamiento de la una nunca vuelva a vuestra mente sin el pensamiento de la otra. Nuestra más alta sabiduría es asociar las ideas del mundo visible y del invisible; unir el ser temporal y el espiritual, el mortal y el inmortal. A la verdad, en nuestros sueños comunes no solemos saber que estamos dormidos mientras estamos en medio de nuestro sueño. Como tampoco lo sabemos mientras estamos en medio del sueño que llamamos vida. ¡Pero podéis tener conciencia de ello ahora! ¡Dios os conceda tenerla, antes de que despertéis en una mortaja de fuego!
15. ¡Qué admirable fundamento para asociar así las ideas del tiempo y de la eternidad, del mundo visible y del invisible, está puesto en la naturaleza misma de la religión! Porque ¿qué es la religión, — me refiero a la religión bíblica?, pues toda otra es el más vano de todos los sueños. ¿Cuál es la raíz misma de esta religión? ¡Es Emanuel, Dios con nosotros! ¡Dios en el hombre! ¡El cielo unido con la tierra! La inefable unión de lo mortal con lo inmortal. Porque «nuestra comunión verdaderamente» (pueden decir todos los cristianos) «es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo». ¿Qué se sigue? «El que tiene al Hijo, tiene la vida; y el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida».
16. Pero ¿cómo conservaremos un sentido constante de esto? Muchas veces he pensado, en mis horas de vigilia: «Ahora, cuando me duerma y vea tales y tales cosas, recordaré que no era más que un sueño». Y, sin embargo, no pude hacerlo mientras duraba el sueño; y probablemente nadie más puede. Pero es otra cosa con el sueño de la vida, que sí recordamos que lo es, aun mientras dura. Y si lo olvidamos (como en verdad somos propensos a hacerlo), un amigo puede recordárnoslo. Es muy de desear que tal amigo estuviera siempre cerca; uno que hiciera resonar con frecuencia en nuestro oído: «¡Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos!» Pronto despertaréis a la vida real. Estaréis, espíritus desnudos, en el mundo de los espíritus, delante del rostro del gran Dios. ¡Mirad que retengáis ahora aquella «vida eterna que él os ha dado en su Hijo»!
17. ¡Cuán admirablemente se ramifica esta vida de Dios en toda la religión, — me refiero a la religión bíblica! Tan pronto como Dios revela a su Hijo en el corazón de un pecador, este es capacitado para decir: «Lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí». Entonces «se gloría en la esperanza de la gloria de Dios», aun con gozo inefable. Y, como consecuencia tanto de esta fe como de esta esperanza, el amor de Dios es derramado en su corazón; el cual, llenando el alma de amor a todo el género humano, «es el cumplimiento de la ley».
18. ¡Y cuán maravillosamente unen la fe, la esperanza y el amor a Dios con el hombre, y el tiempo con la eternidad! En consideración de esto, podemos decir con denuedo: —
¡Desvanézcase, pues, este mundo de sombras;
pasen las cosas primeras!
¡Señor, aparece! ¡Aparece para alegrarnos
con el alba del día sin fin!
¡Oh, concluye esta historia mortal,
arroja a un lado este universo!
Ven, eterno Rey de gloria,
desciende ya, y toma a tu esposa.
[Agosto de 1789]
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