Capítulo 121 · 14 min de lectura · 19 min de escucha
Sobre el vestido de boda
Sermón 120
Sobre el vestido de boda
«¿Cómo entraste aquí sin tener vestido de boda?
Mateo 22:12.
1. En los versículos que preceden al texto leemos: «Después de estas cosas, Jesús les volvió a hablar en parábolas, y dijo: Un rey hizo una cena para su hijo. Y cuando el rey entró para ver a los convidados, vio a uno que no estaba vestido de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí sin tener vestido de boda? Mas él enmudeció. Entonces el rey dijo a los que servían: Atadlo de pies y manos, y echadlo a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes».
2. Sobre esta parábola, uno de nuestros más célebres comentaristas escribe de la manera siguiente: — «El propósito de esta parábola es dar a conocer aquella provisión llena de gracia que Dios hace a los hombres en la predicación del evangelio y por medio de ella. Para invitarlos a ella, Dios envió a sus siervos, los profetas y los apóstoles». — Y sobre estas palabras: — «¿Por qué entraste aquí sin tener vestido de boda?», prosigue así: «El castigo de este no debe desanimarnos, ni hacernos volver la espalda a las santas ordenanzas». Ciertamente no debe; pero nada de esta clase puede inferirse de esta parábola, que no tiene relación alguna con las ordenanzas, como tampoco la tiene con el bautismo o el matrimonio. Y probablemente nunca lo habríamos imaginado, de no ser porque en ella aparece la palabra cena.
3. Sin embargo, la mayoría de los comentaristas ingleses han caído en el mismo error que el señor Burkitt. Y lo mismo millares de sus lectores. Con todo, un error es sin duda; y un error tal que no tiene la menor sombra de fundamento en el texto. Es verdad, ciertamente, que nadie debe acercarse a la mesa del Señor sin una preparación habitual, al menos, si no actual; es decir, sin un firme propósito de guardar todos los mandamientos de Dios y un sincero deseo de recibir todas sus promesas. Pero esa obligación no puede inferirse de este texto, aunque sí de muchos otros pasajes de la Escritura. Mas no hay necesidad de multiplicar textos; uno vale tanto como mil: no hace falta más para inducir a cualquier hombre de conciencia sensible a comulgar en toda oportunidad que aquel único mandamiento de nuestro Señor: «Haced esto en memoria de mí».
4. Pero sea cual sea la preparación necesaria para que seamos dignos participantes de la Cena del Señor, no tiene relación alguna con el «vestido de boda» mencionado en esta parábola. No puede tenerla, pues aquella conmemoración de su muerte no había sido instituida todavía. Se refiere enteramente a lo que hará nuestro Señor cuando venga en las nubes del cielo a juzgar a los vivos y a los muertos, y a las condiciones que entonces serán necesarias para que hereden «el reino preparado para ellos desde la fundación del mundo».
5. Muchos hombres excelentes, que están plenamente enterados de esto — que están convencidos de que el vestido de boda aquí mencionado no ha de entenderse de ninguna condición para la Cena del Señor, sino de la condición para la gloria — lo interpretan como la justicia de Cristo; «la cual», dicen, es la única condición para el cielo, pues esta es la única justicia en la que hombre alguno puede estar en pie en el día del Señor. Porque ¿quién», preguntan, «se atreverá entonces a comparecer delante del gran Dios, sino en la justicia de su Hijo amado? ¿No hallaremos entonces, por lo menos, si no antes, la necesidad de tener una justicia mejor que la nuestra? ¿Y qué otra puede ser esa sino la justicia de Dios nuestro Salvador?» El difunto señor Hervey, piadoso e ingenioso, se extiende largamente sobre esto, en particular en sus elaborados «Diálogos entre Theron y Aspasio».
6. Otro escritor elegante, que ahora, confío, está con Dios, habla enérgicamente en el mismo sentido en el prefacio de su comentario a la Epístola de San Pablo a los Romanos: «Ciertamente», dice, «necesitaremos una justicia mejor que la nuestra en la cual estar en pie ante el tribunal de Dios en el día del juicio». No entiendo la expresión. ¿Es bíblica? ¿La leemos en la Biblia, sea en el Antiguo Testamento o en el Nuevo? Sospecho que es una frase torpe y ajena a la Escritura, que no tiene un sentido determinado. Si con esa pregunta extraña y tosca, «¿En la justicia de quién habéis de estar en pie en el último día?», queréis decir: ¿por causa de quién, o por los méritos de quién, esperáis entrar en la gloria de Dios?, respondo sin la menor vacilación: Por causa de Jesucristo el Justo. Solo por sus méritos son salvos todos los creyentes; es decir, justificados — salvos de la culpa —, santificados — salvos de la naturaleza del pecado —; y glorificados — llevados al cielo.
7. Quizá valga la pena dedicar unas pocas palabras más a este importante punto. ¿Es posible idear una expresión más ininteligible que esta: — «¿En qué justicia hemos de estar en pie delante de Dios en el último día?» ¿Por qué no habláis llanamente y decís: «Por causa de quién esperáis ser salvos?» Cualquier sencillo campesino respondería entonces al punto: «Por causa de Jesucristo». Pero todas esas frases oscuras y ambiguas solo sirven para enredar la cuestión y abrir camino para que los oyentes incautos se deslicen en el antinomianismo.
8. ¿Se halla en la Santa Escritura alguna expresión semejante a esta del «vestido de boda»? En el Apocalipsis hallamos mención del «lino fino, limpio y blanco, que es la justicia de los santos». Y también esto, sostienen muchos con vehemencia, significa la justicia de Cristo. Pero ¿cómo, entonces, hemos de conciliar esto con aquel pasaje del capítulo séptimo: «Han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero»? ¿Dirán: «La justicia de Cristo fue lavada y emblanquecida en la sangre de Cristo»? ¡Fuera con semejante jerga antinomiana! ¿No es este el sentido llano: — que de la sangre expiatoria derivaba su valor y su aceptación ante Dios la misma justicia de los santos?
9. En el capítulo diecinueve del Apocalipsis, en el versículo noveno, hay una expresión que se acerca mucho más a esta: — «La cena de las bodas del Cordero». [Apocalipsis 19] Hay una estrecha semejanza entre esta y la cena de bodas mencionada en la parábola. Sin embargo, no son del todo lo mismo: hay entre ellas una clara diferencia. La cena mencionada en la parábola pertenece a la Iglesia militante; la mencionada en el Apocalipsis, a la Iglesia triunfante: la una, al reino de Dios en la tierra; la otra, al reino de Dios en el cielo. Por consiguiente, en la primera pueden hallarse algunos que no tienen «vestido de boda». Pero en la segunda no se hallará ninguno así: no, ni uno «en aquella gran multitud, la cual nadie podía contar, de todo linaje y lengua y pueblo y nación». Todos serán «reyes y sacerdotes para Dios, y reinarán con él por los siglos de los siglos».
10. ¿No señala aquella expresión, «la justicia de los santos», qué es el «vestido de boda» de la parábola? Es «la santidad, sin la cual nadie verá al Señor». La justicia de Cristo es sin duda necesaria para toda alma que entra en la gloria; pero también lo es la santidad personal, para todo hijo de hombre. Mas es sumamente necesario observar que son necesarias en sentidos diferentes. La primera es necesaria para darnos derecho al cielo; la segunda, para hacernos aptos para él. Sin la justicia de Cristo no podríamos tener ningún título a la gloria; sin la santidad no podríamos tener ninguna idoneidad para ella. Por la primera llegamos a ser miembros de Cristo, hijos de Dios y herederos del reino de los cielos. Por la segunda «somos hechos aptos para participar de la herencia de los santos en luz».
11. Desde el momento mismo en que el Hijo de Dios entregó esta grave verdad a los hijos de los hombres — que todos los que no tuvieran el «vestido de boda» serían «echados a las tinieblas de afuera, donde está el lloro y el crujir de dientes» —, el enemigo de las almas ha estado trabajando por oscurecerla, para que ellos sigan buscando la muerte en el error de su vida; y de muchas maneras ha intentado disfrazar la santidad sin la cual no podemos ser salvos. ¡Cuántas cosas se han hecho pasar, aun en el mundo cristiano, en lugar de ella! Algunas de ellas le son enteramente contrarias y la trastornan. Otras no tenían conexión ni relación alguna con ella, sino que eran nimiedades inútiles e insignificantes. Otras podían considerarse una parte de ella, pero de ningún modo el todo. Puede ser útil enumerar algunas, para que no ignoréis las maquinaciones de Satanás.
12. De la primera clase — cosas prescritas como santidad cristiana aunque abiertamente contrarias a ella — es la idolatría. ¡Cómo se ha enseñado esta, bajo diversas formas, y se enseña hasta el día de hoy, como esencial a la santidad! ¡Con cuánta diligencia se difunde ahora en una gran parte de la Iglesia cristiana! Algunos de sus ídolos son de plata y oro, o de madera y piedra, «escultura de artificio y de imaginación de hombres»; otros, hombres sujetos a las mismas pasiones que ellos, en particular los apóstoles de nuestro Señor y la Virgen María. A estos añaden innumerables santos de su propia creación, con no pequeña compañía de ángeles.
13. Otra cosa tan directamente contraria a todo el tenor de la verdadera religión es lo que se enseña con diligencia en muchas partes de la Iglesia cristiana; me refiero al espíritu de persecución: de perseguir a sus hermanos hasta la muerte; de modo que la tierra ha sido muchas veces cubierta de sangre por los que se llamaban cristianos, a fin de «hacer firme su vocación y elección». Es verdad que muchos, aun en la Iglesia de Roma, a quienes se enseñó esta horrible doctrina, parecen ahora avergonzarse de ella. Pero ¿han renunciado los jefes de aquella comunidad a esa capital doctrina de demonios tan abierta y explícitamente como la proclamaron en el Concilio de Constanza y la practicaron durante muchos siglos? Mientras no lo hayan hecho, serán responsables de la sangre de Jerónimo de Praga, vilmente asesinado, y de muchos millares más, tanto ante Dios como ante los hombres.
14. No se diga: «Esto no nos concierne a nosotros, los protestantes: pensamos y dejamos pensar. Aborrecemos el espíritu de persecución, y sostenemos, como verdad indiscutible, que toda criatura racional tiene derecho a adorar a Dios según esté persuadida en su propio ánimo». Pero ¿somos fieles a nuestros propios principios? Hasta el punto de no usar la hoguera y la leña. No perseguimos hasta la sangre a los que no suscriben nuestras opiniones. Bendito sea Dios, las leyes de nuestro país no lo permiten; pero ¿no se halla en Inglaterra tal cosa como la persecución doméstica? Decir o hacer algo poco amable a otro por seguir su propia conciencia es una especie de persecución. Ahora bien, ¿estamos todos limpios de esto? ¿No hay ningún marido que, en este sentido, persiga a su mujer? ¿Que la trate sin bondad, de palabra o de obra, por adorar a Dios según su propia conciencia? ¿No persiguen así algunos padres a sus hijos? ¿Ningunos amos o amas a sus criados? Si hacen esto, y piensan que con ello rinden servicio a Dios, no deben arrojar la primera piedra contra los católicos romanos.
15. Cuando se presentan como necesarias para la salvación cosas de naturaleza indiferente, es una necedad de la misma clase, aunque no de la misma magnitud. A la verdad, no es pequeño pecado presentar nimiedades como necesarias para la salvación, tales como ir en peregrinación o cualquier cosa que no esté expresamente ordenada en la Santa Escritura. Entre ellas podemos sin duda contar la ortodoxia, o las opiniones correctas. Sabemos, ciertamente, que las opiniones erróneas en religión conducen naturalmente a disposiciones erróneas o a prácticas erróneas; y que, por consiguiente, es nuestro deber ineludible orar para que tengamos un recto juicio en todas las cosas. Pero, con todo, un hombre puede juzgar con tanta exactitud como el diablo, y aun así ser tan malvado como él.
16. Algo más excusables son los que imaginan que la santidad consiste en cosas que son solo una parte de ella (es decir, cuando están unidas con el resto; de otro modo no son parte de ella en absoluto); por ejemplo, en no hacer daño. ¡Y cuán sumamente común es esto! ¡Cuántos toman la santidad y la inocuidad por una y la misma cosa! Mientras que, aunque un hombre fuera tan inofensivo como un poste, podría estar tan lejos de la santidad como el cielo de la tierra. Supongamos, pues, que un hombre es exactamente honrado, que paga a cada uno lo suyo, que no engaña a nadie, no agravia a nadie, no hace daño a nadie, que es justo en todos sus tratos; supongamos que una mujer es constantemente modesta y virtuosa en todas sus palabras y acciones; supongamos que el uno y la otra practican firmemente la moralidad, es decir, la justicia, la misericordia y la verdad; con todo, todo esto, aunque es bueno hasta donde llega, no es sino una parte de la santidad cristiana. Sí, supongamos que una persona de este carácter amable hace mucho bien dondequiera que está: que da de comer al hambriento, viste al desnudo, socorre al forastero, al enfermo, al preso; sí, y que salva a muchas almas de la muerte: es posible que aun así se quede muy lejos de aquella santidad sin la cual no puede ver al Señor.
17. ¿Cuál es, pues, aquella santidad que es el verdadero «vestido de boda», la única condición para la gloria? «En Cristo Jesús» (es decir, según la institución cristiana, sea cual sea el caso del mundo pagano), «ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino la nueva criatura, — la renovación del alma «conforme a la imagen de Dios en que fue creada». En «Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor». [Gálatas 5:6] Primero, por la energía de Dios, obra amor a Dios y a todo el género humano; y, por medio de este amor, toda disposición santa y celestial, — en particular, la humildad, la mansedumbre, la benignidad, la templanza y la longanimidad. «No es la circuncisión», — la asistencia a todas las ordenanzas cristianas, — «ni la incircuncisión», — el cumplimiento de toda la moralidad pagana, — sino «la observancia de los mandamientos de Dios; en particular de estos, — «Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y a tu prójimo como a ti mismo». En una palabra, la santidad es tener «el sentir que hubo en Cristo», y «andar como Cristo anduvo».
18. Tal ha sido mi juicio durante estos sesenta años, sin ninguna alteración sustancial. Solo que, hace unos cincuenta años, tuve una visión más clara que antes de la justificación por la fe; y en esto, desde aquella misma hora, nunca he variado, no, ni un ápice. Sin embargo, un hombre ingenioso me ha acusado públicamente de mil variaciones. ¡Ruego a Dios que no se lo impute! Estoy ahora al borde de la tumba; pero, por la gracia de Dios, sigo dando testimonio de la misma confesión. A la verdad, algunos han supuesto que, cuando comencé a declarar: «Por gracia sois salvos por la fe», me retracté de lo que antes había sostenido: «Sin santidad nadie verá al Señor». Pero es un completo error: estas escrituras concuerdan bien la una con la otra, siendo el sentido de la primera claramente este: — por la fe somos salvos del pecado y hechos santos. La imaginación de que la fe sustituye a la santidad es la médula del antinomianismo.
19. La suma de todo es esta: el Dios de amor quiere salvar a todas las almas que ha creado. Esto les ha proclamado en su palabra, junto con las condiciones de la salvación, reveladas por el Hijo de su amor, que dio su propia vida para que los que creen en él tengan vida eterna. Y para estos ha preparado un reino desde la fundación del mundo. Pero no los forzará a aceptarlo; los deja en manos de su propio albedrío; les dice: «He aquí, os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición: escoged, pues, la vida, para que viváis». Escoged la santidad, por mi gracia; que es el camino, el único camino, a la vida eterna. Él clama a gran voz: «Sed santos, y sed felices; felices en este mundo, y felices en el mundo venidero». «¡La santidad conviene a su casa para siempre!» Este es el vestido de boda de todos los que son llamados a «las bodas del Cordero». Vestidos de él, no serán hallados desnudos: «Han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero». Pero en cuanto a todos los que comparezcan en el último día sin el vestido de boda, el Juez dirá: «Echadlos a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes». MADELEY, 26 de marzo de 1790
Capítulo 121 completado
Sobre el vestido de boda