Sermones en diversas ocasiones
Sobre conocer a Cristo según la carne

Capítulo 118 · 13 min de lectura · 16 min de escucha

Sobre conocer a Cristo según la carne

Sermón 117

Sobre conocer a Cristo según la carne

«De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ahora ya no le conocemos».

2 Corintios 5:16.

1. Hace mucho que deseo ver algo escrito con claridad e inteligencia sobre estas palabras. Es sin duda un punto de no pequeña importancia: penetra hondo en la naturaleza de la religión; y, sin embargo, ¿qué tratado tenemos en lengua inglesa escrito sobre él? Puede que lo haya; pero ninguno ha llegado a mi conocimiento, no, ni siquiera un solo sermón.

2. El apóstol lo introduce aquí de manera muy solemne. Las palabras, traducidas literalmente, dicen así: «Murió por todos, para que los que viven», todos los que viven sobre la tierra, «no vivan ya desde ahora, desde el momento en que le conocieron, «para sí mismos, buscando su propia honra, o provecho, o placer, «sino para él», en justicia y santidad de verdad (2 Corintios 5:15). «De modo que nosotros, desde este tiempo», nosotros que le conocemos por la fe, «a nadie conocemos», ni a los demás apóstoles, ni a vosotros, ni a ninguna otra persona, «según la carne». Esta expresión poco común, de la que depende toda la doctrina, parece significar: no consideramos a ningún hombre según su estado anterior, su país, sus riquezas, su poder o su sabiduría. Consideramos a todos los hombres solo en su estado espiritual, y según su relación con un mundo mejor. «Y aun si hemos conocido a Cristo mismo según la carne (como sin duda lo habían hecho, viéndole y amándole como hombre, con un afecto natural), ahora ya no le conocemos así. Ya no le conocemos como hombre, por su rostro, su figura, su voz o su modo de conversar. Ya no pensamos en él como hombre, ni le amamos bajo ese carácter.

3. El significado, pues, de esta expresión tan figurada no parece ser otro que este: desde el momento en que somos creados de nuevo en Cristo Jesús, no pensamos, ni hablamos, ni obramos respecto de nuestro bendito Señor como de un mero hombre. Ya no usamos ninguna expresión con relación a Cristo que no pueda aplicársele no solo en cuanto es hombre, sino en cuanto es «Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos».

4. Quizá, para poner esto en una luz más clara, y al mismo tiempo guardarnos de errores peligrosos, convenga citar como ejemplo a algunos de los que de la manera más llana y palpable «conocen a Cristo según la carne». Podemos contar entre los primeros de estos a los socinianos, aquellos que rotundamente «niegan al Señor que los rescató»; que no solo no admiten que sea el Dios supremo, sino que niegan que sea Dios en modo alguno. Creo que el más eminente de estos que ha aparecido en Inglaterra, al menos en el presente siglo, fue un hombre de gran erudición y de capacidad nada común, el doctor John Taylor, durante muchos años pastor en Norwich, y después presidente de la Academia de Warrington. Sin embargo, no puede negarse que trata a nuestro Señor con gran cortesía; le dedica muy buenas palabras; le llama «un personaje muy digno»; sí, «un hombre de virtud consumada»

5. Después de estos vienen los arrianos. Pero no quisiera que se pensase que los pongo en el mismo rango que a los socinianos. Hay una diferencia considerable entre ellos. Porque mientras los primeros niegan que Cristo sea Dios en modo alguno, los segundos no lo niegan; solo niegan que sea el gran Dios. De buena gana admiten, más aún, sostienen, que es un Dios pequeño. Pero esto trae consigo un inconveniente particular: destruye por completo la unidad de la Deidad. Porque, si hay un Dios grande y un Dios pequeño, ha de haber dos dioses. Pero, dejando esto y ciñéndonos al punto que tenemos delante: todos los que hablan de Cristo como inferior al Padre, por poco que sea, sin duda «le conocen según la carne»; no como «el resplandor de la gloria del Padre, la misma imagen de su sustancia; como quien sustenta», sostiene, «todas las cosas», tanto en el cielo como en la tierra, «con la palabra de su potencia», la misma palabra poderosa con la que en tiempos antiguos las llamó a todas a la existencia.

6. Hay algunos de estos que se han atrevido a reclamar a aquel grande y buen hombre, el doctor Watts, como de su misma opinión; y para probarlo han citado aquel hermoso soliloquio que se publicó en sus obras póstumas. Sin embargo, los hombres imparciales no admitirán su pretensión sin una prueba más sólida que la que hasta ahora ha aparecido. Pero si él está libre de este cargo, no lo está igualmente de «conocer a Cristo según la carne» en otro sentido. Yo no lo había advertido, sino que leía todas sus obras con una admiración casi uniforme, cuando una persona de profunda piedad, y también de buen juicio, observó en cierta ocasión que algunos de los himnos impresos en sus Horae Lyricae, dedicados al Amor divino, eran (como lo expresó) «demasiado amorosos, y más propios para ser dirigidos por un amante a su semejante mortal que por un pecador al Dios Altísimo». Dudo si no hay otros escritores que, aunque creen en la divinidad de Cristo, hablan de la misma manera incauta.

7. ¿Podemos afirmar que los himnos publicados por un gran hombre recientemente fallecido (cuya memoria amo y estimo) están libres de esta falta? ¿No están llenos de expresiones que saben fuertemente a «conocer a Cristo según la carne»? Sí, y de manera más burda que cualquier cosa que se haya publicado antes en lengua inglesa. ¡Qué lástima que esas expresiones groseras aparezcan en muchos himnos verdaderamente espirituales! ¡Cuántas veces, en medio de versos excelentes, se insertan líneas que deshonran a las que preceden y siguen! ¿Por qué no habrían de ser todas las composiciones de ese libro no solo tan poéticas, sino también tan racionales y tan bíblicas como se reconoce que lo son muchas de ellas?

8. Hace entre cincuenta y sesenta años que, por la bondadosa providencia de Dios, mi hermano y yo, en nuestro viaje a América, trabamos conocimiento con los (así llamados) Hermanos moravos. Pronto advertimos de qué espíritu eran, pues veintiséis de ellos iban en el mismo barco que nosotros. No solo concebimos mucha estima, sino un fuerte afecto por ellos. Cada día conversábamos con ellos y los consultábamos en todas las ocasiones. Traduje muchos de sus himnos para uso de nuestras propias congregaciones. En verdad, como no me atrevía a seguir ciegamente a ningún hombre, no tomé todo lo que tenía delante, sino que escogí aquellos que juzgué más bíblicos y más adecuados a una sana experiencia. Con todo, no estoy seguro de haber puesto suficiente cuidado en recortar toda palabra o expresión impropia, toda aquella que pueda parecer rayana en una familiaridad que no conviene tanto a la boca de un gusano de la tierra cuando se dirige al Dios del cielo. Me he esforzado, en efecto, particularmente, en todos los himnos dirigidos a nuestro bendito Señor, en evitar toda expresión melindrosa, y en hablar como al Dios Altísimo, a aquel que es «igual al Padre en gloria, coeterno en majestad».

9. Algunos pensarán probablemente que he sido demasiado escrupuloso respecto de una palabra en particular, que yo nunca uso, ni en verso ni en prosa, ni al orar ni al predicar, aunque la usan con mucha frecuencia los teólogos modernos, tanto de la Iglesia romana como de las reformadas. Es la palabra querido. Muchos de ellos dicen con frecuencia, tanto al predicar como en la oración y en la acción de gracias, «Querido Señor» o «Querido Salvador»; y mi hermano usó lo mismo en muchos de sus himnos, aun mientras vivió. Pero ¿no puedo preguntar si no es esto usar demasiada familiaridad con el gran Señor del cielo y de la tierra? ¿Hay alguna escritura, algún pasaje del Antiguo o del Nuevo Testamento, que justifique esta manera de hablar? ¿La usa alguno de los escritores inspirados, aun en las Escrituras poéticas? Quizá algunos respondan: «Sí, el apóstol Pablo la usa. Dice: “el querido Hijo de Dios”». Respondo, primero: esto no alcanza al caso, pues la palabra que traducimos querido no se dirige aquí a Cristo en absoluto, sino que solo se dice de él. Por tanto, no es precedente ni justificación para que nosotros se la dirijamos a él. Respondo, en segundo lugar: no es la misma palabra. Traducida literalmente, la frase no dice su querido Hijo, sino el Hijo de su amor, o su amado Hijo. Por tanto, sigo dudando de que alguno de los escritores inspirados dirija jamás esa palabra al Padre o al Hijo. De ahí que no pueda menos que aconsejar a todos los que aman la Biblia que, si usan la expresión, la usen con mucha moderación, puesto que la Escritura no ofrece para ella ni mandamiento ni precedente. Y ciertamente, «si alguno habla», sea al predicar o al orar, «hable conforme a las palabras de Dios».

10. ¿No usamos también con frecuencia esta expresión ajena a la Escritura acerca de nuestro bendito Señor en la conversación privada? ¿Y no somos entonces especialmente propensos a hablar de él como de un mero hombre? ¡Con qué facilidad nos deslizamos a esto, en particular cuando describimos sus padecimientos! Hacemos bien en ser cautos en esta materia. Aquí no hay lugar para dar rienda suelta a una imaginación ardiente. A veces casi he tenido escrúpulo en cantar (aun en medio del excelente himno de mi hermano) «Aquel rostro querido y desfigurado», o aquella expresión encendida, «Derrama tu sangre caliente sobre mi corazón», no fuera que pareciera implicar que olvido que hablo «del hombre compañero mío, dice el Señor de los ejércitos». Aunque él «se humilló a sí mismo hasta tomar forma de siervo, hallado en la condición como hombre»; sí, aunque fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz»; recuérdese siempre, sin embargo, que «no tuvo por usurpación ser igual a Dios». Y clamen todavía nuestros corazones: «Eres sumamente glorioso; estás vestido de majestad y de honra».

11. Quizá algunos teman que abstenerse de estas expresiones ardientes, o aun refrenarlas suavemente, refrene el fervor de nuestra devoción. Es muy posible que refrene, o aun impida, cierta clase de fervor que ha pasado por devoción. Posiblemente impida los gritos estruendosos, los alaridos horribles y antinaturales, la repetición de las mismas palabras veinte o treinta veces, los saltos de dos o tres pies de altura y el agitar de brazos o piernas, tanto de hombres como de mujeres, de un modo que escandaliza no solo a la religión, sino a la decencia común. Pero nunca refrenará, y mucho menos impedirá, la verdadera devoción bíblica. Antes bien, avivará la oración debidamente dirigida a aquel que, aunque era verdadero hombre, era también verdadero Dios; que, aunque nació de mujer para redimir al hombre, era sin embargo «Dios desde la eternidad y por los siglos de los siglos».

12. Y no se piense que conocer a Cristo según la carne, considerarle como un mero hombre y, en consecuencia, usar tanto en público como en privado un lenguaje acorde con tales concepciones de él, sea cosa de naturaleza puramente indiferente o, en todo caso, de poca importancia. Al contrario, usar esta impropia familiaridad con Dios nuestro Creador, nuestro Redentor, nuestro Gobernador, produce naturalmente frutos muy malos. Y esto no solo en los que hablan, sino también en los que los oyen. Tiende directamente a disminuir aquella tierna reverencia que se debe al Señor su Gobernador. Insensiblemente apaga

aquel asombro sin palabras que no osa moverse,

y todo el silencioso cielo del amor

Es imposible que nos acostumbremos a esta odiosa e indecorosa familiaridad con nuestro Hacedor mientras conservamos en nuestra mente un vivo sentido de lo que se pinta con tanta fuerza en aquellos versos solemnes:

Oscuras de excesivo resplandor aparecen sus orlas,

mas deslumbran al cielo, tanto que los más brillantes serafines

no se acercan sino velando sus ojos con ambas alas.

13. Ahora bien, ¿no desearía sinceramente todo cristiano sobrio experimentar constantemente hacia su Redentor (puesto que es Dios tanto como hombre) un amor tal que vaya mezclado con temor angélico? ¿No es esta misma disposición la que el buen doctor Watts expresa tan bien en aquellos versos:

Tu misericordia nunca se apartará

de los hombres de corazón sincero;

tú salvas las almas cuyo humilde amor

va unido a un santo temor?

14. No es que yo recomiende una oración fría, muerta y formal, de la cual estén excluidos tanto el amor como el deseo, la esperanza como el temor. Tal parece haber sido «el método de oración sereno e imperturbable» tan encarecidamente recomendado por el difunto obispo Hoadly, que ocasionó durante algunos años tan violenta contienda en el mundo religioso. ¿No es probable que el bienintencionado obispo se hubiera encontrado con algunos de los místicos o quietistas (como Madame Guion, o el arzobispo [Fénelon] de Cambray), y que, no teniendo experiencia de estas cosas, remendara una teoría propia tan parecida a la de ellos como pudo? Pero es cierto que nada está más lejos de la apatía que la devoción real y bíblica. Ella excita, ejercita y da pleno campo a todas nuestras pasiones más nobles; y no excluye sino las que son desordenadas, irracionales e indignas del hombre.

15. Pero ¿cómo podemos explicar, entonces, que tantos hombres santos, hombres de afectos verdaderamente elevados, sin exceptuar al piadoso Kempis mismo, hayan usado con tanta frecuencia esta manera de hablar, estas expresiones melindrosas, puesto que no podemos dudar de que eran hombres verdaderamente piadosos? Se admite que lo eran; pero no admitimos que su juicio estuviera a la altura de su piedad. Y de ahí vino que sus afectos, realmente buenos, excedieran un poco los límites de la razón, y los llevaran a una manera de hablar no autorizada por los oráculos de Dios. Y ciertamente estos son la verdadera norma tanto de nuestros afectos como de nuestro lenguaje. Pero ¿habló así alguna vez alguno de los santos hombres de la antigüedad, sea en el Antiguo o en el Nuevo Testamento? ¿Se expresó así alguna vez ante Dios Daniel, el «varón muy amado»? ¿O nos dejó «el discípulo al cual amaba Jesús», y que sin duda amaba a su Maestro con el más fuerte afecto, un ejemplo de dirigirse a él de este modo, aun cuando estaba en el umbral de la gloria? Aun entonces sus palabras finales no fueron tiernas, sino solemnes: «¡Ven, Señor Jesús!».

16. La suma de todo es que hemos de «honrar al Hijo como honramos al Padre». Hemos de rendirle el mismo culto que rendimos al Padre. Hemos de amarle con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma; y consagrar todo lo que tenemos y somos, todo lo que pensamos, hablamos y hacemos, al DIOS TRINO Y UNO, Padre, Hijo y Espíritu, ¡por los siglos de los siglos!

PLYMOUTH-DOCK, 15 de agosto de 1789.

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