Capítulo 117 · 20 min de lectura · 25 min de escucha
Causas de la ineficacia del cristianismo
Sermón 116
Causas de la ineficacia del cristianismo
«¿No hay bálsamo en Galaad? ¿No hay allí médico? ¿Por qué, pues, no se ha restaurado la salud de la hija de mi pueblo?»
Jeremías 8:22
1. Esta pregunta, tal como aquí la plantea el profeta, se refiere solo a un pueblo en particular, los hijos de Israel. Pero yo quisiera considerarla aquí en un sentido general, en relación con todo el género humano. Quisiera preguntar seriamente: ¿por qué ha hecho el cristianismo tan poco bien en el mundo? ¿No es él el bálsamo, el medio exterior, que el gran Médico ha dado a los hombres para restaurar su salud espiritual? ¿Por qué, pues, no se ha restaurado? Decís: por la profunda y universal corrupción de la naturaleza humana. Muy cierto; pero ahí está precisamente la dificultad. ¿No lo destinó nuestro Creador, sapientísimo y todopoderoso, a ser el remedio de esa corrupción? ¿Un remedio universal para un mal universal? Pero no ha respondido a ese propósito; nunca lo hizo; no responde a él en el día de hoy. La enfermedad sigue en toda su fuerza: la maldad de toda clase, el vicio interior y exterior en todas sus formas, cubre todavía la faz de la tierra.
2. Oh Señor Dios, «¡justo eres tú! Con todo, déjanos razonar contigo». ¿Cómo es esto? ¿Has olvidado el mundo que hiciste, que creaste para tu propia gloria? ¿Puedes despreciar la obra de tus propias manos, la adquisición de la sangre de tu Hijo? Has dado medicina para sanar nuestra enfermedad; y, sin embargo, nuestra enfermedad no está sanada. Todavía las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos; sí,
tinieblas como las que sienten los demonios,
que brotan del abismo del infierno.
3. ¡Qué misterio es este, que el cristianismo haya hecho tan poco bien en el mundo! ¿Puede darse alguna explicación de ello? ¿Pueden señalarse algunas razones? ¿No parece que una de las razones por las que ha hecho tan poco bien es esta: que es tan poco conocido? Ciertamente no puede hacer ningún bien donde no se le conoce. Y en el día de hoy no lo conoce la mayor parte, con mucho, de los habitantes de la tierra. En el siglo pasado, nuestro ingenioso y laborioso compatriota, el señor Brerewood, recorrió gran parte del mundo conocido con el propósito expreso de averiguar, en cuanto fuera posible, qué proporción guardan los cristianos respecto de los paganos y los mahometanos. Y, según su cálculo (probablemente el más exacto que se haya hecho hasta ahora), si suponemos el género humano dividido en treinta partes, diecinueve de ellas son todavía paganos declarados, sin más conocimiento del cristianismo que las bestias que perecen. Y podemos añadir a estos las numerosas naciones que se han descubierto en el presente siglo. Añádanse a estos los que profesan la religión mahometana y desprecian por completo el cristianismo, y veinticinco partes de las treinta del género humano no son cristianas ni siquiera de nombre. De modo que cinco partes de cada seis del género humano ignoran totalmente el cristianismo. No es de extrañar, por tanto, que cinco de cada seis hombres, quizá nueve de cada diez, no saquen de él provecho alguno.
4. Pero ¿por qué el mundo cristiano saca de él tan poco provecho? ¿Son los cristianos mejores en algo que los demás hombres? ¿Son mejores que los mahometanos o que los paganos? A decir verdad, bien está si no son peores; peores que los mahometanos y que los paganos. En muchos aspectos son muchísimo peores; pero es que no son propiamente cristianos. La generalidad de ellos, aunque llevan el nombre cristiano, no saben qué es el cristianismo. No lo entienden más que el griego o el hebreo; por tanto, no pueden ser mejores por él. ¿Qué saben del cristianismo genuino los llamados cristianos de la Iglesia oriental, dispersos por todos los dominios turcos? ¿Los de Morea, de Circasia, de Mingrelia, de Georgia? ¿No son la hez misma del género humano? ¿Y tenemos razón para pensar que los de la Iglesia del sur, los que habitan Abisinia, tienen más idea que ellos de «adorar a Dios en espíritu y en verdad»? Miremos más cerca de casa. Ved las Iglesias del norte, las que están bajo el patriarca de Moscú. ¡Qué poquísimo saben del cristianismo, sea exterior o interior! ¡Cuántos miles, sí, miríadas de esos pobres salvajes no saben del cristianismo más que el nombre! ¡Qué poco más saben que los tártaros paganos por un lado, o los chinos paganos por el otro!
5. Pero ¿no es el cristianismo bien conocido, al menos, por todos los habitantes del mundo occidental, gran parte del cual se llama por excelencia la cristiandad, o la tierra de los cristianos? Una parte de ellos son todavía miembros de la Iglesia de Roma; otra parte se llaman protestantes. En cuanto a los primeros, portugueses, españoles, italianos, franceses, alemanes, ¿qué sabe la masa de ellos del cristianismo bíblico? Habiendo tenido frecuente ocasión de conversar con muchos de ellos, tanto en mi país como en el extranjero, me atrevo a afirmar que en general lo ignoran totalmente, tanto en la teoría como en la práctica del cristianismo; de modo que «perecen» por millares «porque les falta conocimiento», por no conocer los primerísimos principios del cristianismo.
6. «Pero seguramente este no puede ser el caso de los protestantes de Francia, Suiza, Alemania y Holanda; y mucho menos de Dinamarca y Suecia». Espero, en verdad, que no lo sea del todo. Estoy persuadido de que hay entre ellos muchos cristianos instruidos; pero me temo que no debemos pensar que uno de cada diez, si acaso uno de cada cincuenta, sea de ese número; ciertamente no, si podemos formarnos un juicio de ellos por los que encontramos en Gran Bretaña e Irlanda. Veamos cómo están las cosas a nuestra propia puerta. ¿Entiende el pueblo de Inglaterra, en general (no los más altos ni los más bajos, pues estos por lo común nada saben del asunto, sino la gente de condición media), el cristianismo? ¿Conciben qué es? ¿Pueden dar razón inteligible de su parte especulativa o de su parte práctica? ¿Qué saben de sus primerísimos principios: de los atributos naturales y morales de Dios; de su providencia particular; de la redención del hombre; de los oficios de Cristo; de las operaciones del Espíritu Santo; de la justificación; del nuevo nacimiento; de la santificación interior y exterior? Hablad de cualquiera de estas cosas con las diez primeras personas con quienes estéis en compañía; ¿y no hallaréis que nueve de cada diez ignoran todo el asunto? ¿Y no son la mayoría de los habitantes de las Tierras Altas de Escocia del todo tan ignorantes como estos; sí, y el pueblo llano de Irlanda? (Me refiero a los protestantes, que son los únicos de quienes ahora hablamos). Haced una indagación imparcial, no solo en las cabañas del campo, sino en las ciudades de Cork, Waterford, Limerick; sí, en el mismo Dublín. ¡Cuán pocos saben lo que significa el cristianismo! ¡Cuán pequeño número hallaréis que tenga alguna idea de la analogía de la fe, de la cadena trabada de las verdades de la Escritura y de su relación mutua, a saber: la corrupción natural del hombre; la justificación por la fe; el nuevo nacimiento; la santidad interior y exterior! Todos los jueces competentes que conversan libremente con sus vecinos en estos reinos han de reconocer que una vastísima mayoría de ellos no saben de estas cosas más que de hebreo o de árabe. ¿Y qué bien puede hacer el cristianismo a quienes lo ignoran tan por completo?
7. Sin embargo, en algunas partes, tanto de Inglaterra como de Irlanda, el cristianismo bíblico es bien conocido; especialmente en Londres, Bristol, Dublín y casi todas las ciudades y villas grandes y populosas de ambos reinos. En ellas se proclama abierta y extensamente cada rama del cristianismo; y millares sobre millares oyen y reciben continuamente «la verdad que está en Jesús». ¿Por qué es, entonces, que aun en estos lugares el cristianismo ha tenido tan poco efecto? ¿Por qué la generalidad de la gente, en todos estos lugares, sigue siendo pagana, no mejor que los paganos de África o de América, ni en sus disposiciones ni en sus vidas? Ahora bien, ¿cómo se explica esto? Lo entiendo así: era un dicho común entre los cristianos de la Iglesia primitiva: «El alma y el cuerpo hacen un hombre; el espíritu y la disciplina hacen un cristiano»; lo cual implicaba que nadie podía ser verdadero cristiano sin la ayuda de la disciplina cristiana. Pero si esto es así, ¿es de extrañar que hallemos tan pocos cristianos? Pues ¿dónde está la disciplina cristiana? ¿En qué parte de Inglaterra (por no ir más lejos) se añade la disciplina cristiana a la doctrina cristiana? Ahora bien, cualquiera que sea la doctrina que se predique, donde no hay disciplina no puede surtir todo su efecto en los oyentes.
8. Para acercar todavía más el asunto: ¿no se predica el cristianismo bíblico, y no es generalmente conocido, entre el pueblo comúnmente llamado metodista? Las personas imparciales admiten que sí. ¿Y no tienen también la disciplina cristiana, en todas sus ramas esenciales, ejercida regular y constantemente? Que quienes piensen que falta alguna parte esencial de ella la señalen, y no faltará por mucho tiempo. ¿Por qué, pues, no son del todo cristianos estos que tienen tanto la doctrina cristiana como la disciplina cristiana? ¿Por qué no se ha restaurado la salud espiritual del pueblo llamado metodista? ¿Por qué no hay en nosotros todo aquel «sentir que hubo también en Cristo Jesús»? ¿Por qué no hemos aprendido de él nuestra primerísima lección, a ser mansos y humildes de corazón, a decir con él, en todas las circunstancias de la vida: «No como yo quiero, sino como tú. No he venido para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió»? ¿Por qué no estamos nosotros «crucificados al mundo, y el mundo crucificado a nosotros», muertos a «la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida»? ¿Por qué no vivimos todos nosotros «la vida que está escondida con Cristo en Dios»? ¡Oh!, ¿por qué no nosotros, que tenemos todas las ayudas posibles, «andamos como él anduvo»? ¿No nos dejó ejemplo para que siguiésemos sus pisadas? Pero ¿hacemos caso de su ejemplo o de su precepto? Por poner un solo ejemplo: ¿quién hace caso de aquellas solemnes palabras: «No os hagáis tesoros en la tierra»? De las tres reglas que se establecen sobre este punto en el sermón sobre «El mammón de injusticia», podéis hallar a muchos que observan la primera regla, a saber, «Ganad todo lo que podáis». Podéis hallar a unos pocos que observan la segunda, «Ahorrad todo lo que podáis»; pero ¿a cuántos habéis hallado que observen la tercera regla, «Dad todo lo que podáis»? ¿Tenéis razón para creer que se hallen quinientos de estos entre cincuenta mil metodistas? Y, sin embargo, nada puede ser más claro que esto: todos los que observan las dos primeras reglas sin la tercera serán hijos del infierno dos veces más que lo que fueron antes.
9. ¡Oh, que Dios me capacitara una vez más, antes que me vaya y no sea más visto, para alzar mi voz como trompeta ante aquellos que ganan y ahorran todo lo que pueden, pero no dan todo lo que pueden! Vosotros sois los hombres, algunos de los principales, que continuamente contristáis al Espíritu Santo de Dios, y en gran medida impedís que su influencia de gracia descienda sobre nuestras asambleas. Muchos de vuestros hermanos, amados de Dios, no tienen alimento que comer; no tienen ropa que ponerse; no tienen dónde recostar la cabeza. ¿Y por qué están en tal aflicción? ¡Porque vosotros, impía, injusta y cruelmente, les retenéis lo que vuestro Señor y el suyo deposita en vuestras manos con el propósito expreso de suplir sus necesidades! ¡Mirad a ese pobre miembro de Cristo, consumido por el hambre, tiritando de frío, medio desnudo! Mientras tanto, vosotros tenéis abundancia de los bienes de este mundo: de comida, de bebida y de vestido. En el nombre de Dios, ¿qué estáis haciendo? ¿Ni teméis a Dios ni respetáis a hombre? ¿Por qué no partís vuestro pan con el hambriento y cubrís al desnudo con vestido? ¿Habéis gastado en vuestra propia ropa costosa lo que habría servido para ambos fines? ¿Os mandó Dios hacerlo así? ¿Os alaba por hacerlo así? ¿Os confió sus bienes (no los vuestros) para este fin? ¿Y os dice ahora: «Siervo de Dios, bien hecho»? Bien sabéis que no. Este gasto ocioso no tiene aprobación ni de Dios ni de vuestra propia conciencia. ¡Pero decís que podéis permitíroslo! ¡Oh, avergonzaos de poner en vuestra boca semejante necedad miserable! ¡No profiráis nunca más tan estúpida jerga, tan palpable absurdo! ¿Puede algún mayordomo permitirse ser un redomado bribón, desperdiciar los bienes de su señor? ¿Puede algún siervo permitirse gastar el dinero de su amo de otro modo que como su amo le señala? Tan lejos está de ello, que todo el que hace esto debería ser excluido de una sociedad cristiana.
10. «Pero ¿es posible proveer a todos los pobres de nuestra sociedad de lo necesario para la vida?». Fue posible hacerlo una vez, en una sociedad mayor que esta. En la primera Iglesia de Jerusalén no había entre ellos ningún necesitado; sino que se repartía a cada uno según su necesidad». Y tenemos plena prueba de que puede ser así todavía. Así es entre el pueblo llamado cuáquero. Sí, y entre los llamados moravos. ¿Y por qué no habría de ser así entre nosotros? «Porque ellos son diez veces más ricos que nosotros». Quizá cincuenta veces; y, sin embargo, somos bastante capaces, si estuviésemos igualmente dispuestos, de hacer esto.
Un caballero (metodista) me dijo hace algunos años: «Dejaré cuarenta mil libras entre mis hijos». Ahora bien, suponed que les hubiera dejado solo veinte mil, y hubiera dado las otras veinte mil a Dios y a los pobres, ¿le habría dicho Dios: «Necio»? Y esto habría puesto a toda la sociedad muy por encima de la necesidad.
11. Pero no hablaré de dar a Dios, o de dejar, la mitad de vuestra fortuna. Podríais pensar que es un precio demasiado alto por el cielo. Bajaré a condiciones más modestas. ¿No hay unos pocos entre vosotros que podrían dar cien libras, quizá algunos que podrían dar mil, y aun así dejar a sus hijos lo suficiente para ayudarles a ocuparse en su propia salvación? Con dos mil libras, y no mucho menos, podríamos suplir las necesidades presentes de todos nuestros pobres, y ponerlos en camino de suplir sus propias necesidades en lo sucesivo. Ahora bien, suponiendo que esto pudiera hacerse, ¿estamos limpios delante de Dios mientras no se hace? ¿No es su descuido una de las causas por las que tantos siguen enfermos y débiles entre vosotros, y eso tanto en el alma como en el cuerpo? ¿Por la que siguen contristando al Espíritu Santo, prefiriendo las modas del mundo a los mandamientos de Dios? Y muchas veces dudo si nosotros, los predicadores, no somos en alguna medida partícipes de su pecado. Dudo si no es una especie de parcialidad. Dudo si no es un gran pecado mantenerlos en nuestra sociedad. ¿No puede dañar sus almas, alentándolos a perseverar en andar contra la Biblia? ¿Y no puede, en alguna medida, interceptar las saludables influencias del bendito Espíritu sobre toda la comunidad?
12. Estoy angustiado. No sé qué hacer. Veo lo que pude haber hecho en otro tiempo. Pude haber dicho de modo terminante y expreso: «Aquí estoy: yo y mi Biblia. No me apartaré, no me atrevo a apartarme, de este libro, ni en cosas grandes ni en pequeñas. No tengo potestad para dispensar ni una jota ni una tilde de lo que en él se contiene. Estoy resuelto a ser un cristiano bíblico, no casi, sino del todo. ¿Quién se unirá a mí en este terreno? Uníos a mí en esto, o no os unáis en modo alguno». En cuanto al vestido, en particular, pude haber sido tan firme (y ahora veo que habría sido mucho mejor) como el pueblo llamado cuáquero o los Hermanos moravos; pude haber dicho: «Esta es nuestra manera de vestir, que sabemos que es a la vez bíblica y racional. Si os unís a nosotros, habéis de vestir como nosotros; pero no tenéis por qué uniros a nosotros si no queréis». Pero, ¡ay!, el tiempo ya pasó; y lo que pueda hacer ahora, no lo sé.
13. Pero volvamos a la cuestión principal. ¿Por qué ha hecho el cristianismo tan poco bien, aun entre nosotros, entre los metodistas, entre los que oyen y reciben toda la doctrina cristiana, y tienen añadida a ella la disciplina cristiana en sus partes más esenciales? Claramente, porque hemos olvidado, o al menos no hemos atendido debidamente, aquellas solemnes palabras de nuestro Señor: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz cada día, y sígame». Fue observación de un hombre santo, hace varios años: «Nunca antes hubo en la Iglesia cristiana un pueblo que tuviera tanto del poder de Dios entre ellos con tan poca negación de sí mismo». En verdad, la obra de Dios sigue adelante, y de manera sorprendente, a pesar de este defecto capital; pero no puede avanzar en el mismo grado en que lo haría de otro modo; ni puede la palabra de Dios surtir todo su efecto, a menos que sus oyentes «se nieguen a sí mismos, y tomen su cruz cada día».
14. Sería fácil mostrar en cuántos aspectos los metodistas, en general, adolecen lamentablemente de la práctica de la negación de sí mismo cristiana; de la cual, en verdad, los han ahuyentado continuamente los necios clamores de los antinomianos. Por poner un solo ejemplo: mientras estábamos en Oxford, la regla de todo metodista era (salvo en caso de enfermedad) ayunar todos los miércoles y viernes del año, a imitación de la Iglesia primitiva, por la que sentían la más alta reverencia. Ahora bien, esta práctica de la Iglesia primitiva es reconocida universalmente. «¿Quién no sabe», dice Epifanio, un escritor antiguo, «que los ayunos del cuarto y del sexto día de la semana» (miércoles y viernes) «son observados por los cristianos en todo el mundo?». Así los observaron los metodistas durante varios años; todos ellos, sin excepción alguna; pero después algunos en Londres llevaron esto al exceso, y ayunaron de tal modo que dañaron su salud. No pasó mucho tiempo antes de que otros hicieran de ello un pretexto para no ayunar en absoluto. Y temo que hay ahora miles de los llamados metodistas, tanto en Inglaterra como en Irlanda, que, siguiendo el mismo mal ejemplo, han dejado por completo de ayunar; que están tan lejos de ayunar dos veces a la semana (como lo hacían todos los fariseos más estrictos), que no ayunan dos veces al mes. Sí, ¿no hay algunos de vosotros que no ayunan un solo día desde el principio del año hasta el fin? Pero ¿qué excusa puede haber para esto? No digo para los que se llaman miembros de la Iglesia de Inglaterra, sino para cualquiera que profese creer que la Escritura es la palabra de Dios. Pues, según ella, el hombre que nunca ayuna no está más en el camino del cielo que el hombre que nunca ora.
15. Pero ¿puede alguien negar que los miembros de la Iglesia de Escocia ayunan constantemente, en particular en sus ocasiones sacramentales? En algunas parroquias estas vuelven solo una vez al año; pero en otras, por ejemplo en las grandes ciudades, ocurren dos o aun tres veces al año. Ahora bien, es bien sabido que siempre hay un día de ayuno en la semana que precede a la administración de la Cena del Señor. Pero, examinando ocasionalmente un libro de cuentas en una de sus sacristías, observé anotada tal suma para las comidas de los ministros en el día de ayuno; y se me informa que la misma partida figura en todos ellos. ¿Y hay duda alguna de que el pueblo ayuna exactamente como sus ministros? Pero ¡qué farsa es esta! ¡Qué miserable parodia de un claro deber cristiano! ¡Oh, si la Asamblea General mirara por el honor de su nación! Quiten de ella este vergonzoso oprobio, ya sea haciendo cumplir el deber, ya quitando esa partida de sus libros. ¡Que no aparezca allí nunca más! ¡Que desaparezca para siempre
16. Pero ¿por qué se practica en general tan poco la negación de sí mismo en el presente entre los metodistas? ¿Por qué se halla tan sumamente poco de ella aun en las sociedades más antiguas y numerosas? Cuanto más observo y considero las cosas, más claramente aparece cuál es la causa de esto en Londres, en Bristol, en Birmingham, en Manchester, en Leeds, en Dublín, en Cork. Los metodistas se vuelven cada vez más indulgentes consigo mismos, porque se enriquecen. Aunque muchos de ellos son todavía lamentablemente pobres («no lo anunciéis en Gat, no deis las nuevas en las plazas de Ascalón»), muchos otros, en el espacio de veinte, treinta o cuarenta años, son veinte, treinta, sí, cien veces más ricos que cuando entraron por primera vez en la sociedad. Y es una observación que admite pocas excepciones, que nueve de cada diez de estos decrecieron en la gracia en la misma proporción en que crecieron en riqueza. En verdad, según la tendencia natural de las riquezas, no podemos esperar que sea de otro modo.
17. Pero ¡qué cosa tan asombrosa es esta! ¿Cómo podemos entenderla? ¿No parece (y, sin embargo, esto no puede ser) que el cristianismo, el verdadero cristianismo bíblico, tiende, con el paso del tiempo, a socavarse y destruirse a sí mismo? Porque dondequiera que se extiende el verdadero cristianismo, ha de producir diligencia y frugalidad, las cuales, en el curso natural de las cosas, han de engendrar riquezas; y las riquezas engendran naturalmente orgullo, amor al mundo y toda disposición destructiva del cristianismo. Ahora bien, si no hay manera de impedir esto, el cristianismo es incoherente consigo mismo y, en consecuencia, no puede mantenerse, no puede durar mucho en ningún pueblo; pues dondequiera que prevalece de forma general, socava su propio fundamento.
18. Pero ¿no hay manera de impedir esto, de mantener el cristianismo en un pueblo? Admitiendo que la diligencia y la frugalidad han de producir riquezas, ¿no hay medio de impedir que las riquezas destruyan la religión de quienes las poseen? Yo no veo más que un camino posible; quien pueda, que halle otro. ¿Ganáis todo lo que podéis y ahorráis todo lo que podéis? Entonces, por la naturaleza de las cosas, habéis de enriqueceros. Entonces, si tenéis algún deseo de escapar de la condenación del infierno, dad todo lo que podáis; de lo contrario, no puedo tener más esperanza de vuestra salvación que de la de Judas Iscariote.
19. Pongo a Dios por testigo sobre mi alma de que no aconsejo más de lo que practico. Yo, bendito sea Dios, gano, ahorro y doy todo lo que puedo. Y así, confío en Dios, lo haré mientras haya hálito de Dios en mis narices. Pero ¿qué importa? ¡Reputo todas las cosas pérdida por el eminente conocimiento de Jesús mi Señor! Aun así,
renuncio a todo otro alegato:
¡Señor, condenado estoy!, ¡mas tú has muerto!
Dublín, 2 de julio de 1789.
Capítulo 117 completado
Causas de la ineficacia del cristianismo