Capítulo 116 · 18 min de lectura · 23 min de escucha
El oficio ministerial
Sermón 115
El oficio ministerial 117117[También conocido como «Profetas y sacerdotes» (Sermón 121 en la Bicentennial Edition)] 118118[Acerca de este sermón, el señor Moore da la siguiente información en su «Vida del señor Wesley», vol. II, p. 339: «Yo estaba con el señor Wesley en Londres cuando publicó aquel sermón. Él me había animado a ser hombre de un solo libro, y repetidas veces me había invitado a expresar plenamente cualquier objeción que tuviera a cualquier cosa que él publicase. Me pareció que algunas cosas de aquel discurso no se hallaban en EL LIBRO, y resolví decírselo en la primera oportunidad. Esta no tardó en presentarse. Le hice notar respetuosamente que estaba de acuerdo con él en que el Señor siempre había enviado por medio de quien quiso enviar instrucción, reprensión y corrección en justicia a la humanidad; y en que había una distinción real entre el oficio profético y el sacerdotal en el Antiguo Testamento, y entre el oficio profético y el pastoral en el Nuevo (donde no se menciona más sacerdocio que el de nuestro Señor); pero que no podía pensar que lo que había dicho acerca de los evangelistas y de los pastores u obispos fuera conforme a lo que allí leemos, a saber, que estos últimos tenían un derecho a administrar los sacramentos que los primeros no poseían. Le hice notar: “Señor, sabido es que el Apóstol mandó a los evangelistas Timoteo y Tito que ordenaran obispos en cada lugar; y ciertamente no podían conferirles una autoridad que ellos mismos no poseían”. Me miró fijamente durante un rato, pero no con desagrado. No respondió nada, y pronto introdujo otro tema. Yo no dije más. El hombre de un solo libro no quiso disputar contra él. Creo que comprendió que su amor a la Iglesia, de la que nunca se apartó sin necesidad, lo había llevado en este caso un poco demasiado lejos». — N. del E.]
«Nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado de Dios, como Aarón.»
Hebreos 5:4.
1. Hay poquísimos textos de la Sagrada Escritura que se hayan alegado con más frecuencia que este contra los laicos que, no siendo presbíteros ni diáconos, se ponen a predicar. Muchos han preguntado: «¿Cómo se atreve nadie a “tomar para sí esta honra, a menos que sea llamado de Dios, como Aarón”?». Y un clérigo piadoso y sensato publicó hace algunos años un sermón sobre estas palabras, en el que procura mostrar que no basta ser llamado interiormente por Dios a predicar, como muchos se imaginan serlo, a menos que sean llamados exteriormente por hombres enviados de Dios con ese fin, como Aarón fue llamado de Dios por medio de Moisés.
2. Pero hay un grave defecto en este argumento, cuantas veces se ha alegado. «¡Llamado de Dios, como Aarón!» Pero Aarón no predicaba en absoluto: no fue llamado a ello ni por Dios ni por los hombres. Aarón fue llamado a ministrar en las cosas santas: a ofrecer oraciones y sacrificios, a ejercer el oficio de sacerdote. Pero nunca fue llamado a ser predicador.
3. En los tiempos antiguos se sabía que el oficio de sacerdote y el de predicador eran enteramente distintos. Y así se convencerá cualquiera que examine imparcialmente la cuestión desde el principio. Desde Adán hasta Noé, todos admiten que el primogénito de cada familia era, como cosa natural, el sacerdote de esa familia, en virtud de su primogenitura. Pero esto no le daba derecho alguno a ser predicador o (en el lenguaje de la Escritura) profeta. Este oficio pertenecía no pocas veces a la rama más joven de la familia. Porque en este punto Dios siempre afirmó su derecho a enviar por medio de quien él quisiera enviar.
4. Desde el tiempo de Noé hasta el de Moisés puede hacerse la misma observación. El mayor de la familia era el sacerdote, pero cualquier otro podía ser el profeta. Este oficio de sacerdote lo heredó Esaú, según vemos, en virtud de su derecho de primogenitura, hasta que profanamente lo vendió a Jacob por un plato de guiso. Y esto fue lo que nunca pudo recobrar, «aunque lo procuró con lágrimas».
5. En efecto, en tiempos de Moisés se hizo un cambio muy considerable en cuanto al sacerdocio. Dios dispuso entonces que, en lugar del primogénito de cada casa, se le dedicara toda una tribu; y que todos los que en adelante le ministrasen como sacerdotes fueran de esa tribu. Así, Aarón era de la tribu de Leví. Y también lo era Moisés. Pero él no era sacerdote, aunque era el mayor profeta que jamás vivió antes de que Dios introdujera a su Primogénito en el mundo. Entretanto, no muchos de los levitas eran profetas. Y si alguno lo era, era algo meramente accidental. No lo eran por ser de esa tribu. Muchos de los profetas, si no la mayoría (según nos informan los antiguos escritores judíos), eran de la tribu de Simeón. Y algunos eran de la tribu de Benjamín o de Judá, y probablemente también de otras tribus.
6. Pero tenemos razones para creer que hubo, en todas las épocas, dos clases de profetas. Los extraordinarios, como Natán, Isaías, Jeremías y muchos otros, sobre quienes el Espíritu Santo vino de manera extraordinaria. Tal era en particular Amós, que dice de sí mismo: «No era profeta, ni hijo de profeta, sino que era boyero; y el Señor me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo Israel». Los ordinarios eran los que se educaban en «las escuelas de los profetas», una de las cuales estaba en Ramá y la presidía Samuel (1 Samuel 19:18). Estos eran formados para instruir al pueblo, y eran los predicadores ordinarios en sus sinagogas. En el Nuevo Testamento se les llama por lo general escribas, o nomikoi, «intérpretes de la ley». Pero pocos de ellos, si es que alguno, eran sacerdotes. Estos fueron siempre un orden diferente.
7. Muchos hombres doctos han mostrado extensamente que nuestro Señor mismo y todos sus apóstoles edificaron la Iglesia cristiana, en cuanto fue posible, según el plan de la judía. Así, el gran Sumo Sacerdote de nuestra profesión envió apóstoles y evangelistas a proclamar las buenas nuevas a todo el mundo; y después pastores, predicadores y maestros, para edificar en la fe a las congregaciones que se fueran formando. Pero no encuentro que el oficio de evangelista fuera jamás el mismo que el de pastor, llamado con frecuencia obispo. Este presidía el rebaño y administraba los sacramentos; aquel le ayudaba y predicaba la palabra, ya en una, ya en varias congregaciones. No puedo probar por ninguna parte del Nuevo Testamento, ni por ningún autor de los tres primeros siglos, que el oficio de evangelista diera a nadie derecho a actuar como pastor u obispo. Creo que estos oficios se consideraron enteramente distintos el uno del otro hasta el tiempo de Constantino.
8. En verdad, en aquella hora aciaga en que Constantino el Grande se llamó a sí mismo cristiano, y derramó honra y riquezas sobre los cristianos, el caso cambió por completo. Pronto se hizo común que un solo hombre tomara a su cargo toda una congregación, a fin de acaparar toda la paga. De ahí que la misma persona actuara como sacerdote y profeta, como pastor y evangelista. Y esto se fue extendiendo gradualmente más y más por toda la Iglesia cristiana. Sin embargo, aun hoy día, aunque la misma persona desempeña por lo general ambos oficios, el oficio de evangelista o maestro no implica el de pastor, a quien pertenece de modo peculiar la administración de los sacramentos; ni entre los presbiterianos, ni en la Iglesia de Inglaterra, ni siquiera entre los católicos romanos. Es bien sabido que todas las iglesias presbiterianas, y en particular la de Escocia, autorizan a hombres a predicar antes de ser ordenados, en todo aquel reino. Y nunca se entiende que este nombramiento para predicar les dé derecho alguno a administrar los sacramentos. Asimismo en nuestra propia Iglesia pueden ser autorizadas a predicar personas, sí, pueden ser doctores en teología (como lo era el doctor Alwood en Oxford cuando yo residía allí), que no están ordenadas en absoluto y, por consiguiente, no tienen derecho a administrar la Cena del Señor. Más aún, incluso en la misma Iglesia de Roma, si un hermano lego cree que es llamado a ir a una misión, como dicen, se le envía, aunque no sea ni sacerdote ni diácono, a ejercer ese oficio, y no el otro.
9. Pero ¿no podría pensarse que el caso que ahora tenemos delante es diferente de todos estos? Indudablemente lo es en muchos aspectos. Ha aparecido ahora un fenómeno tal como no había aparecido antes en el mundo cristiano, al menos no en muchos siglos. Dos jóvenes sembraron la palabra de Dios, no solo en las iglesias, sino también literalmente «junto al camino»; y en verdad en todo lugar donde veían una puerta abierta, donde los pecadores tenían oídos para oír. Eran miembros de la Iglesia de Inglaterra y no tenían ningún propósito de separarse de ella. Y aconsejaban a todos los que pertenecían a ella que siguieran en ella, aunque se unieran a la sociedad metodista; porque esto no implicaba dejar su congregación anterior, sino solamente dejar sus pecados. Los anglicanos podían seguir yendo a la iglesia; el presbiteriano, el anabaptista, el cuáquero podían conservar sus propias opiniones y asistir a sus propias congregaciones. Tener un deseo real de huir de la ira venidera era la única condición que se les exigía. Por tanto, cualquiera que «temía a Dios y obraba justicia» reunía las condiciones para esta sociedad.
10. No mucho después, un joven, Thomas Maxfield, se ofreció a servirles como hijo en el evangelio. Y luego otro, Thomas Richards, y poco después un tercero, Thomas Westell. Obsérvese bien en qué condiciones recibimos a estos, a saber, como profetas, no como sacerdotes. Los recibimos total y únicamente para predicar, no para administrar sacramentos. Y los que imaginan que estos oficios están inseparablemente unidos ignoran por completo la constitución de toda la Iglesia judía, así como de la cristiana. Ni la Iglesia romana, ni la inglesa, ni la presbiteriana los consideraron jamás así. De otro modo, nunca habríamos aceptado el servicio ni del señor Maxfield, ni de Richards, ni de Westell.
11. En 1744 todos los predicadores metodistas tuvieron su primera Conferencia. Pero ninguno de ellos soñó que el ser llamado a predicar les diera derecho alguno a administrar sacramentos. Y cuando se propuso aquella pregunta: «¿Bajo qué luz hemos de considerarnos?», se respondió: «Como mensajeros extraordinarios, levantados para provocar a celos a los ordinarios». Con este fin, una de nuestras primeras reglas, dada a cada predicador, fue: debéis hacer aquella parte de la obra que nosotros os señalemos.» Pero ¿qué obra era esta? ¿Os señalamos alguna vez administrar sacramentos, ejercer el oficio sacerdotal? Tal propósito nunca entró en nuestra mente; era lo más alejado de nuestros pensamientos. Y si algún predicador hubiera dado tal paso, lo habríamos considerado una violación palpable de esta regla y, por consiguiente, una renuncia a nuestra conexión.
12. Porque, suponiendo (lo que niego rotundamente) que el recibiros como predicadores os diera al mismo tiempo autoridad para administrar los sacramentos, aun así no os daba otra autoridad que la de hacerlo, o cualquier otra cosa, donde yo os señale. Pero ¿dónde os señalé que hicierais esto? En ninguna parte. Por tanto, por esta misma regla quedáis excluidos de hacerlo. Y al hacerlo renunciáis al primer principio del metodismo, que era total y únicamente predicar el evangelio.
13. Pasaron varios años después de formada nuestra sociedad antes de que se hiciera intento alguno de esta clase. El primero fue, según entiendo, en Norwich. Uno de nuestros predicadores de allí cedió a la importunidad de unas pocas personas y bautizó a sus hijos. Pero tan pronto como se supo, se le informó de que no debía hacerse, a menos que se propusiera dejar nuestra Conexión. Prometió no hacerlo más, y supongo que cumplió su promesa.
14. Ahora bien, mientras los metodistas se atengan a este plan, no pueden separarse de la Iglesia. Y esta es nuestra gloria peculiar. Es algo nuevo sobre la tierra. Recorred todas las historias de la Iglesia, desde los primeros siglos, y encontraréis que, siempre que hubo una gran obra de Dios en alguna ciudad o nación en particular, los objetos de esa obra pronto decían a sus vecinos: «¡Apartaos, porque somos más santos que vosotros!». En cuanto se separaban, o se retiraban a los desiertos, o edificaban casas religiosas, o al menos formaban partidos en los que no se admitía a nadie sino a quienes suscribían tanto su juicio como su práctica. Pero con los metodistas sucede muy de otro modo: no son una secta ni un partido; no se separan de la comunidad religiosa a la que pertenecieron al principio. Siguen siendo miembros de la Iglesia; así desean vivir y morir. Y creo que una de las razones por las que Dios tiene a bien prolongar tanto mi vida es confirmarlos en su presente propósito de no separarse de la Iglesia.
15. Pero, a pesar de esto, muchos hombres acalorados dicen: «No, tú sí te separas de la Iglesia». Otros se acaloran igualmente porque dicen que no me separo. Declararé la cosa llanamente tal como es.
Sostengo todas las doctrinas de la Iglesia de Inglaterra. Amo su liturgia. Apruebo su plan de disciplina, y solo deseo que pudiera ponerse en práctica. No me aparto a sabiendas de ninguna regla de la Iglesia, salvo en aquellos pocos casos en que juzgo, y en la medida en que juzgo, que hay una necesidad absoluta.
Por ejemplo: (1.) Como pocos clérigos me abren sus iglesias, me veo en la necesidad de predicar al aire libre.
(2.) Como no conozco formas que se ajusten a todas las ocasiones, me veo a menudo en la necesidad de orar de forma improvisada.
(3.) A fin de edificar el rebaño de Cristo en la fe y el amor, me veo en la necesidad de unirlos y de dividirlos en pequeños grupos, para que se estimulen unos a otros al amor y a las buenas obras.
(4.) Para que mis colaboradores y yo podamos ayudarnos más eficazmente unos a otros a salvar nuestras propias almas y las de los que nos oyen, juzgo necesario reunirme con los predicadores, o al menos con la mayor parte de ellos, una vez al año.
(5.) En esas Conferencias fijamos los destinos de todos los predicadores para el año siguiente.
Pero nada de esto es separarse de la Iglesia. Tan lejos está de ello que, siempre que tengo oportunidad, asisto yo mismo al oficio de la Iglesia, y aconsejo a todas nuestras sociedades que lo hagan.
16. Sin embargo, en cuanto a la generalidad aun de las personas religiosas, que no entienden los motivos de mi conducta, y que por una parte me oyen declarar que no me separaré de la Iglesia, y por otra que sí me aparto de ella en estos casos, pensarán naturalmente que soy incoherente conmigo mismo. Y no pueden menos que pensarlo, a menos que tengan en cuenta mis dos principios: el uno, que no me atrevo a separarme de la Iglesia, que creo que sería pecado hacerlo; el otro, que creo que sería pecado no apartarme de ella en los puntos antes mencionados. Digo que, si se juntan estos dos principios —primero, no me separaré de la Iglesia; pero, segundo, en casos de necesidad me apartaré de ella (ambos los he declarado constante y abiertamente durante más de cincuenta años)—, la incoherencia desaparece. He sido fiel a mi profesión desde 1730 hasta el día de hoy.
17. «Pero ¿no es contrario a vuestra profesión permitir culto en Dublín a las horas de la iglesia? Porque, ¿qué necesidad hay de ello?, ¿o a qué buen fin sirve?» Creo que sirve a varios buenos fines a los que no se podría servir tan bien de ninguna otra manera. El primero es (por extraño que parezca) impedir una separación de la Iglesia. Muchos de nuestra sociedad estaban totalmente separados de la Iglesia; nunca asistían a ella. Pero ahora asisten debidamente a la iglesia cada primer domingo del mes. «Pero ¿no sería mejor que asistieran todas las semanas?» Sí; pero ¿quién puede persuadirlos a ello? Yo no puedo. Me he esforzado por hacerlo durante veinte o treinta años, pero en vano. El segundo es apartarlos de asistir a las reuniones disidentes, a las que muchos de ellos asistían constantemente, pero que ahora han dejado del todo. El tercero es que oigan constantemente aquella sana doctrina que puede salvar sus almas.
18. Quisiera que todos vosotros, a quienes vulgarmente se llama metodistas, considerarais seriamente lo que se ha dicho. Y en particular vosotros, a quienes Dios ha comisionado para llamar a los pecadores al arrepentimiento. De esto no se sigue en modo alguno que estéis comisionados para bautizar o para administrar la Cena del Señor. Nunca soñasteis con esto durante diez o veinte años después de comenzar a predicar. Entonces no «procurabais también el sacerdocio», como Coré, Datán y Abiram. Sabíais que «nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado de Dios, como Aarón». ¡Oh, conteneos dentro de vuestros propios límites; contentaos con predicar el evangelio; «haced la obra de evangelistas»; proclamad a todo el mundo la misericordia de Dios nuestro Salvador; declarad a todos: «El reino de los cielos se ha acercado: arrepentíos, y creed en el evangelio»! Os aconsejo encarecidamente: permaneced en vuestro lugar; guardad vuestro puesto. Hace cincuenta años, los que entonces erais predicadores metodistas erais mensajeros extraordinarios de Dios, que no ibais por vuestra propia voluntad, sino empujados, no para suplantar, sino para «provocar a celos» a los mensajeros ordinarios. ¡En el nombre de Dios, deteneos ahí! Tanto con vuestra predicación como con vuestro ejemplo, estimuladlos al amor y a las buenas obras. Sois un fenómeno nuevo en la tierra: un cuerpo de personas que, no siendo de ninguna secta ni partido, son amigos de todos los partidos, y procuran adelantar a todos en la religión del corazón, en el conocimiento y el amor de Dios y del hombre. Vosotros mismos fuisteis llamados al principio en la Iglesia de Inglaterra; y aunque tenéis y tendréis mil tentaciones de dejarla y estableceros por vuestra cuenta, no les hagáis caso. Seguid siendo hombres de la Iglesia de Inglaterra; no desechéis la gloria peculiar que Dios ha puesto sobre vosotros, ni frustréis el designio de la Providencia, el fin mismo para el que Dios os levantó.
19. Quisiera añadir unas pocas palabras a aquellas personas serias que no están vinculadas a los metodistas, muchas de las cuales son de nuestra propia Iglesia, la Iglesia de Inglaterra. ¿Y por qué habríais de estar vosotros disgustados con nosotros? No os hacemos ningún daño; no pretendemos ni deseamos ofenderos en nada; sostenemos vuestras doctrinas; observamos vuestras reglas más que la mayoría de la gente del reino. Algunos de vosotros sois clérigos. ¿Y por qué habríais de estar vosotros, más que nadie, disgustados con nosotros? No atacamos ni vuestra reputación ni vuestras rentas; ¡os honramos «por amor de vuestra obra»! Si vemos algunas cosas que no aprobamos, no las publicamos; más bien echamos un manto sobre ellas y ocultamos lo que no podemos alabar. Cuando nos tratáis con falta de bondad o con injusticia, lo sufrimos. «Nos maldicen, y bendecimos»; no devolvemos maldición por maldición. ¡Oh, no sea vuestra mano contra nosotros!
20. Vosotros, los ricos de este mundo, no nos tengáis por enemigos porque os decimos la verdad, y quizá de manera más plena y más fuerte que ningún otro querrá o se atreverá a hacerlo. Por eso tenéis necesidad de nosotros, una necesidad inexpresable. No podéis comprar tales amigos a ningún precio. Todo vuestro oro y vuestra plata no pueden adquirirlos. Aprovechaos de nosotros mientras podáis. Si es posible, no estéis nunca sin algunos de los que os digan la verdad de corazón. De otro modo, podéis encanecer en vuestros pecados; podéis decir a vuestras almas: «¡Paz, paz!», cuando no hay paz. Podéis seguir durmiendo y soñando que vais camino del cielo, hasta que despertéis en el fuego eterno.
21. Pero, ya escuchéis, ya dejéis de escuchar, nosotros, por la gracia de Dios, seguimos nuestro camino; siendo nosotros mismos todavía miembros de la Iglesia de Inglaterra, como lo fuimos desde el principio, pero recibiendo a todos los que aman a Dios en cualquier iglesia como nuestro hermano, y hermana, y madre. Y para su unión con nosotros no exigimos unidad de opiniones ni de formas de culto, sino solamente que «teman a Dios y obren justicia», como se ha observado. Ahora bien, esto es algo enteramente nuevo, inaudito en cualquier otra comunidad cristiana. ¿En qué otra iglesia o congregación, en todo el mundo cristiano, pueden admitirse miembros en estas condiciones, sin ninguna otra? Señálela quien pueda. ¡Yo no conozco ninguna en Europa, Asia, África ni América! ¡Esta es la gloria de los metodistas, y solo de ellos! Ellos mismos no son ninguna secta ni partido particular; pero reciben a los de todos los partidos que «procuran hacer justicia, y amar misericordia, y andar humildemente con su Dios». Cork, 4 de mayo de 1789
Capítulo 116 completado
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