Sermones en diversas ocasiones
La unidad del Ser divino

Capítulo 115 · 19 min de lectura · 25 min de escucha

La unidad del Ser divino

Sermón 114

La unidad del Ser divino

«Uno es Dios.»

Marcos 12:32.

1. Y así como hay un solo Dios, así hay una sola religión y una sola felicidad para todos los hombres. Dios nunca quiso que hubiera más, y no es posible que las haya. Ciertamente, en otro sentido, como observa el Apóstol, «hay muchos dioses y muchos señores». Todas las naciones paganas tenían sus dioses; y muchos, multitudes enteras de ellos. Y, por lo general, cuanto más cultas eran, más dioses amontonaban para sí. Pero para nosotros, para todos los que somos favorecidos con la revelación cristiana, «no hay más que un Dios», el cual declara de sí mismo: «¿Hay Dios fuera de mí? No lo hay; no conozco ninguno».

2. Pero ¿quién puede llegar a la perfección del conocimiento de este Dios? Ninguna de las criaturas que él ha hecho. Solo algunos de sus atributos ha tenido a bien revelarnos en su palabra. De ahí aprendemos que Dios es un Ser eterno. «Sus salidas son desde la eternidad», y continuarán por la eternidad. Como siempre fue, así siempre será; como no hubo principio de su existencia, así no habrá fin. Universalmente se admite que esto está contenido en su mismo nombre, Jehová, que el apóstol Juan, en consecuencia, vierte así: «El que era, y que es, y que ha de venir». Quizá sería igualmente apropiado decir: «Él es desde la eternidad y hasta la eternidad».

3. Estrechamente ligada a la eternidad de Dios está su omnipresencia. Así como existe a través de una duración infinita, no puede menos que existir a través de un espacio infinito, conforme a su propia pregunta, equivalente a la más fuerte afirmación: «¿No lleno yo el cielo y la tierra?, dice el Señor» (el cielo y la tierra, en el modismo hebreo, significan el universo entero); el cual, por tanto, conforme a su propia declaración, está lleno de su presencia.

4. Este Ser uno, eterno y omnipresente es asimismo perfectísimo. Tiene, de eternidad a eternidad, todas las perfecciones, e infinitamente más de lo que jamás ha subido o puede subir al corazón del hombre concebir; sí, infinitamente más de lo que pueden concebir los ángeles del cielo. A estas perfecciones solemos llamarlas los atributos de Dios.

5. Y es omnipotente, así como omnipresente; no puede haber más límites a su poder que a su presencia. Él «tiene un brazo poderoso; fuerte es su mano, y ensalzada su diestra». Hace todo lo que le place, en los cielos, en la tierra, en el mar y en todos los abismos. Sabemos que para los hombres muchas cosas son imposibles, pero no para Dios: para él «todo es posible». Siempre que él quiere, el hacer está presente en él.

6. La omnisciencia de Dios es una consecuencia clara y necesaria de su omnipresencia. Si está presente en toda parte del universo, no puede menos que conocer todo lo que allí es o se hace, conforme a la palabra de Santiago: «Conocidas son a Dios todas sus obras», y las obras de toda criatura, «desde el principio» del mundo; o más bien, como la frase significa literalmente, «desde la eternidad». Sus ojos no solamente están «sobre toda la tierra, mirando a los malos y a los buenos», sino también sobre toda la creación, sí, y sobre las sendas de la noche increada. ¿Hay alguna diferencia entre su conocimiento y su sabiduría? Si la hay, ¿no es su conocimiento el término más general (al menos según nuestros débiles conceptos), y su sabiduría una rama particular de él, a saber, el conocer el fin de todo lo que existe y los medios de aplicarlo a ese fin?

7. La santidad es otro de los atributos del Dios todopoderoso y sapientísimo. Está infinitamente lejos de todo contacto con el mal. Él «es luz, y en él no hay ningunas tinieblas». Es un Dios de justicia y verdad sin mancha; pero por encima de todo está su misericordia. Esto podemos aprenderlo fácilmente de aquel hermoso pasaje de los capítulos treinta y tres y treinta y cuatro del Éxodo: «Y Moisés dijo: Te ruego que me muestres tu gloria. Y el Señor descendió en la nube, y proclamó el nombre del Señor: El Señor, el Señor Dios, misericordioso y piadoso, tardo para la ira, y grande en benignidad y verdad, que guarda la misericordia por millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado».

8. Este Dios es Espíritu; no tiene cuerpo, ni partes ni pasiones como los hombres. Fue opinión tanto de los antiguos judíos como de los antiguos cristianos que solo él es Espíritu puro, totalmente separado de toda materia; mientras que suponían que todos los demás espíritus, aun los ángeles más altos, aun los querubines y serafines, habitan en vehículos materiales, aunque de una sustancia sumamente ligera y sutil. En aquel punto de la duración que la infinita sabiduría de Dios vio ser el más apropiado, por razones que yacen ocultas en el abismo de su propio entendimiento y que ninguna mente finita puede sondear, Dios «llamó a la existencia todo lo que es»: creó los cielos y la tierra, junto con todo lo que contienen. «Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.» Creó al hombre, en particular, a su propia imagen, para que fuera «un retrato de su propia eternidad». Cuando hubo levantado al hombre del polvo de la tierra, sopló en él un espíritu inmortal. De ahí que se le llame de modo peculiar «el Padre de nuestros espíritus»; sí, «el Padre de los espíritus de toda carne».

9. Él «hizo todas las cosas», como observa el sabio, «para sí mismo»; «por su voluntad fueron creadas» para su gloria. No «como si necesitase de algo», puesto que «él da a todos vida, y aliento, y todas las cosas». Hizo todas las cosas para que fueran felices. Hizo al hombre para que fuera feliz en él. Él es el centro propio de los espíritus, para quien fue hecho todo espíritu creado. Tan verdadero es aquel conocido dicho de los antiguos Padres: Fecisti nos ad te: et irrequietum est cor nostrum, donec requiescat in te: «Nos hiciste para ti, y nuestro corazón no puede descansar hasta que descanse en ti».

10. Esta observación nos da una respuesta clara a aquella pregunta del Catecismo de la Asamblea: «¿Con qué fin creó Dios al hombre?». La respuesta es: «Para glorificarle y gozar de él para siempre». Esto es indudablemente verdad; pero ¿es del todo claro, especialmente para hombres de capacidad ordinaria? ¿Entiende la generalidad de la gente común esa expresión, «glorificar a Dios»? No; no más de lo que entienden el griego. Y está del todo por encima de la capacidad de los niños, a quienes apenas podemos hablarles con suficiente sencillez. Ahora bien, ¿no es este precisamente el principio que debería inculcarse a toda criatura humana —«Fuiste hecho para ser feliz en Dios»— tan pronto como amanece la razón? ¿No debería todo padre, tan pronto como un niño empieza a hablar o a andar solo, decirle algo así: «¡Mira! ¿Qué es eso que brilla tanto sobre tu cabeza? Eso lo llamamos el sol. ¡Mira qué brillante es! ¡Siente cómo te calienta! Hace brotar la hierba y crecer todas las cosas. Pero Dios hizo el sol. El sol no podría brillar, ni calentar, ni hacer ningún bien sin él». De esta manera llana y familiar, un padre sabio podría, muchas veces al día, decir algo de Dios, insistiendo particularmente: «Él te hizo a ti; y te hizo para que fueras feliz en él; y ninguna otra cosa puede hacerte feliz». No podemos inculcar esto demasiado pronto. Si decís: «No; pero no pueden entenderos cuando son tan pequeños», respondo: No; ni tampoco cuando tienen cincuenta años, a menos que Dios abra su entendimiento. ¿Y no puede él hacerlo a cualquier edad?

11. En verdad, esto debería inculcarse a toda criatura humana, joven y vieja, con tanto mayor fervor y diligencia, cuanto que poquísimos, aun de los que se llaman cristianos, parecen saber nada de ello. Muchos, en efecto, piensan en ser felices con Dios en el cielo; pero el ser felices en Dios en la tierra nunca ha entrado en sus pensamientos. Tanto menos cuanto que, desde que vienen al mundo, están rodeados de ídolos. Tales son, sucesivamente, todas «las cosas que se ven» (mientras que a Dios no se le ve), que todas prometen una felicidad independiente de Dios. Ciertamente, es verdad que

rectos de corazón y de voluntad

por nuestro Dios fuimos hechos;

mas nos volvimos del bien al mal,

y vagamos tras las criaturas;

multiplicamos nuestro errante pensamiento,

que al principio estaba fijo solo en Dios;

en diez mil objetos buscamos

la dicha que en uno perdimos.

12. Estos ídolos, estos rivales de Dios, son innumerables; pero pueden reducirse aproximadamente a tres clases. Primero: objetos de los sentidos, como los que satisfacen uno o más de nuestros sentidos exteriores. Estos excitan la primera especie de «amor del mundo», que san Juan llama «el deseo de la carne». Segundo: objetos de la imaginación, cosas que satisfacen nuestra fantasía por su grandeza, su belleza o su novedad. Todos estos nos hacen hermosas promesas de felicidad, y con ello nos impiden buscarla en Dios. A esto llama el Apóstol «el deseo de los ojos», por el cual se satisface principalmente la imaginación. Están, en tercer lugar, lo que san Juan llama «la soberbia de la vida». Parece referirse a la honra, la riqueza y todo lo que tiende directamente a engendrar orgullo.

13. Pero, suponiendo que estuviéramos guardados contra todos estos, ¿no hay otros ídolos que debemos temer, ídolos tanto más peligrosos cuanto que no sospechamos de ellos peligro alguno? Porque, ¿hay algún peligro que temer de nuestros amigos y parientes, del mutuo cariño de maridos y esposas, o de padres e hijos? ¿No debemos tenerles un afecto muy tierno? ¿No debemos amarlos solamente menos que a Dios? Sí, ¿y no se debe un tierno afecto a aquellos a quienes Dios ha hecho provechosos para nuestras almas? ¿No se nos manda «tenerlos en mucha estima y amor por causa de su obra»? Todo esto es indudablemente verdad; y esto mismo es lo que crea la dificultad. ¿Quién es suficiente para esto?, ¿para ir lo bastante lejos en ello, y no más allá?, ¿para amarlos lo suficiente, y no demasiado? ¿Podemos amar a una esposa, a un hijo, a un amigo lo suficiente, sin amar a la criatura más que al Creador? ¿Quién es capaz de seguir la advertencia que san Pablo da a los cristianos de Tesalónica? (1 Tesalonicenses 4:5.)

14. Quisiera que se considerara debidamente aquel pasaje de peso (tan extrañamente disfrazado en nuestra traducción): «Que cada uno de vosotros sepa tener su vaso», su esposa, «en santificación y honor»; de modo que no deshonre ni a Dios ni a sí mismo, y que no estorbe, sino que promueva, la santidad. San Pablo continúa: me en pathei epithymias, que nosotros vertimos: No en la pasión de la concupiscencia (¿Qué es esto? No da al lector inglés idea alguna. pathos significa cualquier afecto violento o impetuoso. epithymia es deseo. Con las dos palabras el Apóstol quiere decir indudablemente afectos vehementes e impetuosos), «como los gentiles que no conocen a Dios», y que por eso pueden buscar naturalmente la felicidad en una criatura.

15. Si, por la gracia de Dios, hemos evitado o abandonado todos estos ídolos, queda todavía uno más peligroso que todos los demás, a saber, la religión. Fácilmente se comprenderá que me refiero a la falsa religión; es decir, a cualquier religión que no implique entregar el corazón a Dios. Tal es, en primer lugar, una religión de opiniones, o lo que se llama ortodoxia. En esta trampa caen miles de los que profesan sostener «la salvación por la fe»; en verdad, todos los que por fe entienden solamente un sistema de opiniones arminianas o calvinistas. Tal es, en segundo lugar, una religión de formas, de culto meramente exterior, por constantemente que se practique; sí, aunque asistamos al oficio de la Iglesia todos los días y a la Cena del Señor todos los domingos. Tal es, en tercer lugar, una religión de obras, que busca el favor de Dios haciendo bien a los hombres. Tal es, por último, una religión de ateísmo; es decir, toda religión en la que Dios no se pone por fundamento. En una palabra, una religión en la que «Dios en Cristo, reconciliando el mundo consigo mismo», no es el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último punto.

16. La verdadera religión consiste en disposiciones rectas para con Dios y para con el hombre. Es, en dos palabras, gratitud y benevolencia: gratitud a nuestro Creador y supremo Benefactor, y benevolencia para con nuestros semejantes. En otras palabras, es amar a Dios con todo nuestro corazón, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

17. Es como consecuencia de saber que Dios nos ama que nosotros le amamos a él, y amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. La gratitud hacia nuestro Creador no puede menos que producir benevolencia para con nuestros semejantes. El amor de Cristo nos constriñe, no solamente a ser inofensivos, a no hacer ningún mal a nuestro prójimo, sino a ser útiles, a ser «celosos de buenas obras»; a «hacer bien a todos, según tengamos oportunidad»; y a ser para todos modelos de verdadera y genuina moralidad, de justicia, misericordia y verdad. Esto es religión, y esto es felicidad, la felicidad para la que fuimos hechos. Comienza cuando comenzamos a conocer a Dios por la enseñanza de su propio Espíritu. Tan pronto como el Padre de los espíritus revela a su Hijo en nuestros corazones, y el Hijo revela a su Padre, el amor de Dios es derramado en nuestros corazones; entonces, y no antes, somos felices. Somos felices, primero, en la conciencia de su favor, que en verdad es mejor que la vida misma; después, en la constante comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo; luego, en todas las disposiciones celestiales que él ha obrado en nosotros por su Espíritu; además, en el testimonio de su Espíritu de que todas nuestras obras le agradan; y, por último, en el testimonio de nuestro propio espíritu de que «con sencillez y sinceridad de Dios nos hemos conducido en el mundo». Firmes en esta libertad del pecado y del dolor con que Cristo los hizo libres, los verdaderos cristianos «están siempre gozosos, oran sin cesar y dan gracias en todo». Y su felicidad sigue aumentando a medida que «crecen hasta la medida de la estatura de la plenitud de Cristo».

18. Pero ¡qué poco se experimenta esta religión, y aun qué poco se piensa en ella, en el mundo cristiano! Por el contrario, ¡cuánta razón tenemos para hacer nuestro el lamento de un santo moribundo (el señor Haliburton, de St. Andrews, en Escocia): «¡Oh, señores, temo que una especie de religión racional va prevaleciendo más y más entre nosotros; una religión que nada tiene de Cristo; más aún, que no solamente nada tiene de Cristo, sino que nada tiene de Dios!». Y, en efecto, ¡cuán generalmente prevalece esto, no solo entre los incrédulos declarados, sino también entre los que se llaman cristianos, que profesan creer que la Biblia es la palabra de Dios! Así nuestro compatriota, el señor Wollaston, en aquella elaborada obra, «La religión de la naturaleza delineada», nos presenta un sistema completo de religión sin nada de Dios en él, sin deber nada, en ningún grado, ni a la revelación judía ni a la cristiana. Así el señor Burlamaqui, de Ginebra, en su curioso «Tratado de la ley natural», no hace más uso de la Biblia que si nunca la hubiera visto. Y así el difunto profesor Hutcheson, de Glasgow (escritor más extraño que cualquiera de los otros dos), está tan lejos de fundar la virtud en el temor o en el amor de Dios, que excluye a Dios por completo de la cuestión; y no tiene reparo en declarar, en términos expresos, que tener en cuenta a Dios es incompatible con la virtud; de tal manera que, si al hacer una acción benéfica esperáis que Dios la recompense, la virtud de la acción se pierde: ya no es una acción virtuosa, sino egoísta.

19. Quizá, en verdad, no son muchos los que llevan la cosa a tal extremo. Pero ¡qué grande es el número de los que, admitiendo que la religión consta de dos ramas —nuestro deber para con Dios y nuestro deber para con el prójimo—, olvidan por completo la primera parte y ponen la segunda por el todo, por el deber entero del hombre! Así casi todos los hombres de letras, tanto en Inglaterra como en Francia y Alemania, sí, y en todos los países civilizados de Europa, ensalzan hasta los cielos la humanidad como la esencia misma de la religión. A esto ha contribuido con todos sus trabajos el gran triunvirato, Rousseau, Voltaire y David Hume, sin escatimar esfuerzo para establecer una religión que se sostenga sobre su propio fundamento, independiente de toda revelación cualquiera; sí, sin suponer siquiera la existencia de un Dios. Así, dejándole a él, si es que tiene algún ser, a sí mismo, han descubierto una religión y una felicidad que no tienen relación alguna con Dios ni dependencia alguna de él.

20. No es de extrañar que esta religión se ponga de moda y se extienda por todo el mundo. Pero llamadla humanidad, virtud, moralidad, o como os plazca, no es ni mejor ni peor que ateísmo. Los hombres separan con ello, voluntaria y deliberadamente, lo que Dios ha unido: los deberes de la primera y de la segunda tabla. Es separar el amor del prójimo del amor de Dios. Es una manera plausible de echar a Dios fuera del mundo que él ha hecho. Pueden hacer el negocio sin él; y así, o lo dejan por completo, sin tenerlo en cuenta en absoluto, o suponen que, ya que

él dio a las cosas su principio

y puso a girar esta peonza, no se ha ocupado de estas bagatelas, sino que ha dejado que cada cosa siga su propio curso.

21. Por el contrario, tenemos la más plena evidencia de que el Espíritu eterno, omnipresente, todopoderoso y sapientísimo, así como creó todas las cosas, así también vigila continuamente todo lo que ha creado. Lo gobierna todo, no solo hasta los límites de la creación, sino a través de la máxima extensión del espacio; y no solo a través del breve tiempo que se mide por la tierra y el sol, sino desde la eternidad hasta la eternidad. Sabemos que, así como toda la naturaleza, así también toda religión y toda felicidad dependen de él; y sabemos que cuantos enseñan a buscar la felicidad sin él son monstruos y la peste de la sociedad.

22. Pero, después de todos los vanos intentos de hombres doctos o indoctos, se hallará que, así como no hay más que un Dios, así no hay más que una felicidad y una religión. Y ambas tienen su centro en Dios. Tanto por la Escritura como por la experiencia sabemos que un hombre impío, y por tanto desdichado, que busca reposo y no lo halla, tarde o temprano se convence de que el pecado es la causa de su miseria; y clama desde lo profundo a Aquel que puede salvar: «¡Dios, sé propicio a mí, pecador!». No pasa mucho tiempo antes de que halle «redención por la sangre de Jesús, el perdón de pecados». Entonces «el Padre revela a su Hijo» en su corazón; y él «llama a Jesús Señor por el Espíritu Santo». Y entonces el amor de Dios es «derramado en su corazón por el Espíritu Santo que le es dado». De este principio brota una benevolencia real y desinteresada para con toda la humanidad, que le hace humilde, manso, amable con todos los hombres, fácil de persuadir —de convencer de lo que es recto y de inclinar a lo que es bueno—, inviolablemente paciente, con un agradecido asentimiento a cada paso de su adorable providencia. Esto es religión, sí, todo el sentir que hubo también en Cristo Jesús. ¿Y tiene algún hombre la insolencia o la estupidez de negar que esto es felicidad, sí, que

rinde más felicidad aquí abajo

que la que conocen los vencedores en su triunfo?

23. No cabe duda de que de este amor a Dios y al hombre se seguirá una conducta conforme. Su «palabra», es decir, su conversación, será «siempre con gracia, sazonada con sal, y apta para dar gracia a los oyentes». Siempre «abrirá su boca con sabiduría, y la ley de clemencia estará en su lengua». De ahí que sus palabras afectuosas «destilarán como el rocío, y como la lluvia sobre la tierna hierba». Y los hombres sabrán que no es solamente él quien habla, sino el Espíritu del Padre que habla en él. Sus acciones brotarán de la misma fuente que sus palabras, de la abundancia de un corazón amante. Y mientras todas ellas apuntan a la gloria de Dios y tienden a este único fin, haga lo que haga, puede decir con verdad:

Fin de cada acción mía eres tú,

en todas las cosas te veo a ti:

acepta ahora mi santificada labor,

¡la hago como para ti!

24. Aquel a quien corresponde este carácter, y solo él, es cristiano. Para él, el Espíritu uno, eterno, omnipresente y perfectísimo es «el Alfa y la Omega, el primero y el último»; no solo su Creador, sino su Sustentador, su Preservador, su Gobernador; sí, su Padre, su Salvador, Santificador y Consolador. Este Dios es su Dios y su Todo, en el tiempo y en la eternidad. La benevolencia que brota de esta raíz es la religión pura y sin mácula. Pero si se edifica sobre cualquier otro fundamento, así como no vale nada a los ojos de Dios, tampoco trae al hombre una felicidad real, sólida y permanente, sino que lo deja todavía como una criatura pobre, seca, menesterosa e insatisfecha.

25. Por tanto, que todos los que desean agradar a Dios se dignen ser enseñados por Dios, y cuiden de andar en el camino que Dios mismo ha señalado. Guardaos de tomar la mitad de esta religión por el todo; tomad más bien sus dos partes juntas. Y mirad que comencéis donde Dios mismo comienza: «No tendrás dioses ajenos delante de mí». ¿No es este, a juicio de nuestro mismo Señor, el primero y el grande mandamiento? Por tanto, mirad primero que améis a Dios; después, a vuestro prójimo, a todo hijo de hombre. De esta fuente fluya toda disposición, todo afecto, toda pasión. Así «habrá en vosotros el sentir que hubo también en Cristo Jesús». ¡Brote de aquí todo vuestro pensamiento, palabra y acción! Así «heredaréis el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo». Predicado en DUBLÍN, el 9 de abril de 1789.

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