Sermones en diversas ocasiones
La diferencia entre andar por vista y andar por fe

Capítulo 114 · 18 min de lectura · 23 min de escucha

La diferencia entre andar por vista y andar por fe

Sermón 113

La diferencia entre andar por vista y andar por fe

«Por fe andamos, no por vista.»

2 Corintios 5:7.

1. ¡Qué breve es esta descripción de los verdaderos cristianos! ¡Y, sin embargo, qué sumamente completa! Abarca, resume, toda la experiencia de quienes lo son de verdad, desde el momento en que nacen de Dios hasta que pasan al seno de Abraham. Porque, ¿quiénes son los nosotros de que aquí se habla? Todos los que son verdaderos creyentes cristianos. Digo creyentes cristianos, no judíos. Todos los que no son solamente siervos, sino hijos de Dios. Todos los que tienen «el Espíritu de adopción, que clama en sus corazones: Abba, Padre». Todos los que tienen «el Espíritu de Dios, que da testimonio a su espíritu de que son hijos de Dios».

2. Todos estos, y solo estos, pueden decir: «Por fe andamos, y no por vista». Pero antes de que podamos de algún modo «andar por fe», tenemos que vivir por fe, y no por vista. Y a todos los verdaderos cristianos dice nuestro Señor: «Porque yo vivo, vosotros también viviréis»: vivís una vida que el mundo, sea docto o indocto, «no conoce». «A vosotros que», como el mundo, «estabais muertos en delitos y pecados, os dio vida», y os hizo vivir; os ha dado nuevos sentidos —sentidos espirituales—, «sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal espirituales».

3. Para entender a fondo esta importante verdad, puede ser oportuno considerar toda la cuestión. Todos los hijos de los hombres que no han nacido de Dios «andan por vista», pues no tienen principio más alto. Por vista, es decir, por los sentidos, tomándose la parte por el todo: la vista por todos los sentidos; y con tanta más razón cuanto que es más noble y de mayor alcance que cualquiera de los demás, o que todos ellos juntos. Son muy pocos los objetos que podemos discernir con los tres sentidos inferiores del gusto, el olfato y el tacto; y ninguno de ellos puede tener noticia alguna de su objeto si este no se pone en contacto directo con él. El oído, es verdad, tiene un campo de acción más amplio y nos da algún conocimiento de cosas que están lejos. Pero ¡qué pequeña es esa distancia, aunque fuera de cincuenta o cien millas, comparada con la que hay entre la tierra y el sol! ¡Y qué es aun esta en comparación con la distancia del sol, de la luna y de las estrellas fijas! Sin embargo, la vista conoce continuamente objetos aun a esta asombrosa distancia.

4. Por la vista conocemos el mundo visible, desde la superficie de la tierra hasta la región de las estrellas fijas. Pero ¿qué es el mundo que vemos sino «una mota de la creación», comparado con el universo entero?, ¿con el mundo invisible?, esa parte de la creación que no podemos ver en absoluto por causa de su distancia, y en cuyo lugar, por la imperfección de nuestros sentidos, se nos presenta un vacío universal. 5. Pero, además de estos innumerables objetos que no podemos ver por causa de su distancia, ¿no tenemos fundamento suficiente para creer que hay otros innumerables de naturaleza demasiado sutil para que los discierna ninguno de nuestros sentidos? ¿No admiten todos los hombres de razón no prevenida esto mismo (al pequeño número de materialistas o ateos no puedo llamarlos hombres de razón): que hay un mundo invisible, invisible por su propia naturaleza, así como hay uno visible? Pero ¿cuál de nuestros sentidos es lo bastante fino para tener el menor conocimiento de él? No podemos percibir parte alguna de él con la vista más que con el tacto. Si admitiéramos con el antiguo poeta que

millones de criaturas espirituales andan por la tierra,

sin ser vistas, tanto cuando velamos como cuando dormimos;

si admitiéramos que el gran Espíritu, el Padre de todos, llena el cielo y la tierra, aun así el más fino de nuestros sentidos es del todo incapaz de percibirle a él o a ellas.

6. Todos nuestros sentidos externos están evidentemente adaptados a este mundo externo y visible. Están destinados a servirnos solo mientras peregrinamos aquí, mientras habitamos en estas casas de barro. Nada tienen que ver con el mundo invisible; no están adaptados a él. Y no pueden tener más noticia del mundo eterno que del invisible, aunque estamos tan plenamente seguros de la existencia de aquel como de cualquier cosa del mundo presente. No podemos pensar que la muerte ponga fin a nuestro ser. El cuerpo, ciertamente, vuelve al polvo; pero el alma, siendo de naturaleza más noble, no es afectada por ello. Hay, pues, un mundo eterno, sea de la clase que sea. Pero ¿cómo llegaremos a conocerlo? ¿Qué nos enseñará a descorrer el velo «que pende entre el ser mortal y el inmortal»? Todos sabemos que «la vasta, la ilimitada perspectiva se extiende ante nosotros»; pero no nos vemos obligados a añadir: «Mas nubes, ¡ay!, y tinieblas reposan sobre ella».

7. Es innegablemente claro que el más excelente de nuestros sentidos no puede darnos ayuda alguna en esto. ¿Y qué puede hacer nuestra jactanciosa razón? Hoy se admite universalmente: Nihil est in intellectu quod non fuit prius in sensu: «Nada hay en el entendimiento que no haya sido percibido primero por alguno de los sentidos». Por consiguiente, el entendimiento, no teniendo aquí nada sobre qué trabajar, no puede prestarnos ayuda alguna. De modo que, a pesar de toda la información que podamos obtener, ya de los sentidos, ya de la razón, tanto el mundo invisible como el eterno son desconocidos para todos los que «andan por vista».

8. Pero ¿no hay ayuda? ¿Han de quedar en total oscuridad acerca del mundo invisible y del eterno? No podemos afirmarlo: ni siquiera los paganos quedaron todos en total oscuridad acerca de ellos. Algunos pocos rayos de luz han brillado a través de la sombra en todas las edades y naciones. Alguna luz acerca del mundo invisible obtuvieron de diversas fuentes. «Los cielos contaban la gloria de Dios», aunque no a su vista exterior: «La expansión mostraba», a los ojos de su entendimiento, la existencia de su Hacedor. De la creación dedujeron la existencia de un Creador poderoso y sabio, justo y misericordioso. Y de ahí concluyeron que debe haber un mundo eterno, un estado futuro, que comenzará después del presente, en el cual la justicia de Dios al castigar a los malvados, y su misericordia al recompensar a los justos, se mostrarán abierta e innegablemente a la vista de todas las criaturas inteligentes.

9. Podemos también suponer razonablemente que algunos vestigios de conocimiento, tanto del mundo invisible como del eterno, fueron transmitidos desde Noé y sus hijos a sus descendientes, próximos y lejanos. Y por mucho que se oscurecieran o disfrazaran con el añadido de fábulas sin número, todavía se mezclaba con ellas algo de verdad, y estos destellos de luz impidieron la oscuridad total. Añádase a esto que Dios nunca, en ninguna edad o nación, «se dejó a sí mismo» del todo «sin testimonio» en el corazón de los hombres; sino que, mientras «les daba lluvias y tiempos fructíferos», les impartía algún conocimiento imperfecto del Dador. «Él es la luz verdadera que» todavía, en alguna medida, «alumbra a todo hombre que viene a este mundo».

10. Pero todas estas luces juntas no alcanzaron más que a producir un débil crepúsculo. No les dieron, ni aun a los más ilustrados de ellos, ningún elegchos, ninguna demostración, ninguna convicción demostrativa, ni del mundo invisible ni del eterno. Nuestro poeta filósofo llama con justicia a Sócrates «el más sabio de todos los hombres morales», es decir, de todos los que no fueron favorecidos con la revelación divina. Sin embargo, ¿qué evidencia tenía él de otro mundo cuando se dirigió a quienes lo habían condenado a muerte? «Y ahora, oh jueces, vosotros vais a vivir, y yo voy a morir. Cuál de estas cosas es mejor, Dios lo sabe; pero supongo que ningún hombre lo sabe.» ¡Ay! ¡Qué confesión es esta! ¿Es esta toda la evidencia que el pobre Sócrates moribundo tenía de un mundo invisible o de un mundo eterno? Y, sin embargo, aun esto es preferible a la luz del grande y buen emperador Adriano. Recordad, paganos modernos, e imitad su patética despedida a su alma que partía. Para no confundiros con el latín, os la doy en la hermosa traducción de Prior:

Pobre, pequeña, linda, cosa aleteante,

¿ya no hemos de vivir juntos?

¿Y alisas tu ala temblorosa

para emprender el vuelo, sin saber adónde?

Tu grata vena, tu humorística locura,

¡yacen del todo olvidadas, del todo descuidadas!

Y pensativa, vacilante, melancólica,

esperas y temes, sin saber qué.

11. «¡Sin saber qué!» Es verdad: no hubo conocimiento de lo que había de esperarse o temerse después de la muerte hasta que «el Sol de justicia» se levantó para disipar todas sus vanas conjeturas, y «sacó a la luz la vida y la inmortalidad», es decir, la vida inmortal, «por el evangelio». Entonces (y no antes, salvo en algunos casos raros) Dios reveló, descubrió el mundo invisible. Entonces se reveló a sí mismo a los hijos de los hombres. «El Padre reveló al Hijo» en sus corazones, y el Hijo reveló al Padre. Aquel que antiguamente «mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, resplandeció en sus corazones, y los iluminó con el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo».

12. Es allí donde los sentidos ya no sirven de nada donde la fe acude en nuestra ayuda; ella es el gran desideratum; hace lo que ninguno de los sentidos puede hacer; no, ni con todas las ayudas que el arte ha inventado. Todos nuestros instrumentos, por mucho que los haya perfeccionado la destreza y el trabajo de tantas edades sucesivas, no nos permiten hacer el menor descubrimiento de esas regiones desconocidas. Apenas sirven para los fines para los que fueron hechos en el presente mundo visible.

13. ¡Qué distinto es el caso, qué inmensa la preeminencia, de los que «andan por fe»! Dios, habiendo «alumbrado los ojos de su entendimiento», derrama luz divina en su alma, por la cual se les capacita para «ver al Invisible», para ver a Dios y las cosas de Dios. Lo que «ojo no vio, ni oreja oyó, ni ha subido en corazón de hombre», Dios se lo revela de tiempo en tiempo por la «unción del Santo, que les enseña todas las cosas». Habiendo «entrado en el santuario por la sangre de Jesús», por ese «camino nuevo y vivo», y estando unidos «a la congregación de los primogénitos, y a Dios el Juez de todos, y a Jesús el Mediador del nuevo pacto», cada uno de ellos puede decir: «ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» [Gálatas 2:20]; ahora vivo esa vida que «está escondida con Cristo en Dios»; «y cuando Cristo, mi vida, se manifieste, entonces yo también seré manifestado con él en gloria».

14. Los que viven por fe andan por fe. Pero ¿qué implica esto? Regulan todos sus juicios acerca del bien y del mal, no en relación con las cosas visibles y temporales, sino con las invisibles y eternas. Tienen las cosas visibles por de poco valor, porque pasan como un sueño; pero, por el contrario, estiman de gran valor las cosas invisibles, porque nunca pasarán. Todo lo invisible es eterno; las cosas que no se ven no perecen. Así dice el Apóstol: «Las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas». Por tanto, los que «andan por fe» no desean las «cosas que se ven», ni son ellas el objeto de su búsqueda. «Ponen la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.» Buscan solamente las cosas que están «donde Jesús está sentado a la diestra de Dios». Porque saben que «las cosas que se ven son temporales», que pasan como una sombra, por eso «no miran a ellas»; no las desean; las tienen por nada; sino que «miran a las cosas que no se ven, que son eternas», que nunca pasan. Por estas forman su juicio de todas las cosas. Las juzgan buenas o malas según promuevan o estorben su bienestar, no en el tiempo, sino en la eternidad. Pesan en esta balanza todo cuanto sucede: «¿Qué influencia tiene esto en mi estado eterno?». Regulan por esta norma todas sus disposiciones y pasiones, todos sus deseos, gozos y temores. Regulan todos sus pensamientos y propósitos, todas sus palabras y acciones, de modo que los preparen para ese mundo invisible y eterno al que pronto van. No moran aquí, sino que solo peregrinan; no miran la tierra como su hogar, sino solo como el lugar por donde van

viajando por la tierra de Emanuel

hacia mundos más hermosos en lo alto.

15. Hermanos, ¿sois vosotros, los que estáis ahora aquí delante de Dios, de este número? ¿Veis vosotros «al Invisible»? ¿Tenéis fe, fe viva, la fe de un hijo? ¿Podéis decir: «La vida que ahora vivo, la vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí»? ¿«Andáis por fe»? Fijaos en la pregunta. No pregunto si maldecís, o juráis, o profanáis el día de reposo, o vivís en algún pecado exterior. No pregunto si hacéis el bien, más o menos, o si asistís a todas las ordenanzas de Dios. Sino que, suponiendo que seáis irreprensibles en todos estos aspectos, os pregunto, en el nombre de Dios: ¿con qué norma juzgáis el valor de las cosas?, ¿con la del mundo visible o con la del invisible? Llevad el asunto a una decisión en un solo caso. ¿Qué juzgáis mejor: que vuestro hijo sea un zapatero piadoso, o un lord profano? ¿Qué os parece más deseable: que vuestra hija sea hija de Dios y vaya a pie, o hija del diablo y vaya en un coche de seis caballos? Cuando se trate de casar a vuestra hija, si tenéis en cuenta su cuerpo más que su alma, conoceos a vosotros mismos: vais camino del infierno, y no del cielo; porque andáis por vista, y no por fe. No pregunto si vivís en algún pecado o descuido exterior; sino: ¿buscáis en el tenor general de vuestra vida «las cosas de arriba», o las cosas de abajo? ¿«Ponéis la mira en las cosas de arriba», o en las «cosas de la tierra»? Si en estas últimas, estáis tan ciertamente en el camino de la destrucción como un ladrón o un borracho habitual. Mis queridos amigos, que cada hombre, cada mujer de entre vosotros, se trate con honradez a sí mismo. Preguntad a vuestro propio corazón: «¿Qué busco día tras día? ¿Qué deseo? ¿Qué persigo?, ¿la tierra o el cielo?, ¿las cosas que se ven, o las que no se ven?». ¿Cuál es vuestro objeto, Dios o el mundo? Vive el Señor que, si el mundo es vuestro objeto, toda vuestra religión es todavía vana.

16. Mirad, pues, mis queridos hermanos, que desde este momento, por lo menos, escojáis la mejor parte. Que vuestro juicio de todas las cosas que os rodean sea conforme al valor real de las cosas, con referencia al mundo invisible y eterno. Mirad que juzguéis cada cosa digna de buscarse o de evitarse según la influencia que tendrá en vuestro estado eterno. Mirad que vuestros afectos, vuestro deseo, vuestro gozo, vuestra esperanza, se pongan, no en objetos pasajeros, no en cosas que huyen como una sombra, que pasan como un sueño, sino en las que son incapaces de cambio, que son incorruptibles y no se marchitan; las que permanecen iguales cuando el cielo y la tierra «huyen, y no se halla lugar para ellos». Mirad que en todo lo que penséis, digáis o hagáis, el ojo de vuestra alma sea sincero, fijo en «el Invisible» y en «la gloria que ha de ser manifestada». Entonces «todo vuestro cuerpo estará lleno de luz»: toda vuestra alma gozará de la luz del rostro de Dios; y veréis continuamente la luz del glorioso amor de Dios «en la faz de Jesucristo».

17. Mirad, en particular, que todo vuestro «deseo sea a su nombre y a su memoria». Guardaos de las «codicias necias y dañosas», como las que nacen de cualquier cosa visible o temporal. De todas ellas nos advierte san Juan bajo aquel término general de «amor del mundo» [1 Juan 2:15]. No tanto a los hombres del mundo como a los hijos de Dios da él este importante mandato: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo». No deis lugar al «deseo de la carne», es decir, a la satisfacción de los sentidos exteriores, sea del gusto o de cualquier otro. No deis lugar al «deseo de los ojos», es decir, del sentido interno o imaginación, satisfaciéndolo con cosas grandiosas, o hermosas, o raras. No deis lugar a «la soberbia de la vida», es decir, al deseo de riquezas, de pompa o de la honra que viene de los hombres. San Juan confirma este consejo con una consideración paralela a la observación que san Pablo había hecho a los corintios: «Porque el mundo y su apariencia se pasan» [1 Juan 2:16, 17]. «Su apariencia» —todos los objetos mundanos, los negocios, los placeres, los cuidados, cuanto ahora atrae nuestra consideración o atención— «se pasa», está en el acto mismo de pasar, y no volverá más. Por tanto, no deseéis ninguna de estas cosas fugaces, sino aquella gloria que «permanece para siempre».

18. Observad bien: esto es religión, y solo esto; solo esto es la verdadera religión cristiana; no esta o aquella opinión, o sistema de opiniones, por muy verdaderas, por muy bíblicas que sean. Es cierto que a esto se le llama comúnmente fe. Pero los que suponen que eso es religión están entregados a un poderoso engaño para que crean la mentira, y si suponen que es un pasaporte seguro al cielo, van por el camino real al infierno. Observad bien: la religión no es inocuidad, a la que un atento observador de la humanidad llama con propiedad inocuidad infernal, pues envía a miles al abismo sin fondo. No es moralidad; excelente como esta es cuando se edifica sobre el fundamento correcto —la fe amante—, pero de otro modo no tiene valor alguno a los ojos de Dios. No es formalismo, es decir, la más exacta observancia de todas las ordenanzas de Dios. Tampoco esto, a menos que se edifique sobre el fundamento correcto, es más agradable a Dios que «degollar un perro». No: la religión no es nada menos que vivir en la eternidad y andar en la eternidad; y así andar en el amor de Dios y del hombre, en humildad, mansedumbre y resignación. Esto, y solo esto, es aquella «vida que está escondida con Cristo en Dios». Solo el que experimenta esto «vive en Dios, y Dios en él». Solo esto es poner la corona sobre la cabeza de Cristo, y hacer su «voluntad, como en el cielo, así también en la tierra».

19. Fácilmente se observará que esto es precisamente lo que los hombres del mundo llaman entusiasmo, palabra muy a propósito para su fin, porque nadie puede decir ni su significado ni aun su etimología. Si tiene algún sentido determinado, significa una especie de locura religiosa. De ahí que, cuando habláis de vuestra experiencia, enseguida exclaman: «La mucha religión te ha vuelto loco». Y todo lo que experimentáis, ya del mundo invisible, ya del eterno, suponen que no son más que sueños en vela de una imaginación acalorada. No puede ser de otro modo cuando hombres nacidos ciegos se ponen a razonar acerca de la luz y los colores. Fácilmente declararán dementes a quienes afirman la existencia de cosas de las que ellos no tienen idea.

20. De todo lo dicho puede verse con la mayor claridad cuál es la naturaleza de esa cosa de moda llamada disipación. ¡El que tiene oídos para oír, oiga! Es la quintaesencia misma del ateísmo; es impiedad artificial añadida a la natural. Es el arte de olvidar a Dios, de estar del todo «sin Dios en el mundo»; el arte de excluirle, si no del mundo que ha creado, sí de la mente de todas sus criaturas inteligentes. Es una total y estudiada falta de atención a todo el mundo invisible y eterno; y más especialmente a la muerte, la puerta de la eternidad, y a las importantes consecuencias de la muerte: ¡el cielo y el infierno!

21. Esta es la verdadera naturaleza de la disipación. ¿Y es una cosa tan inofensiva como suele pensarse? Es uno de los instrumentos más selectos para destruir espíritus inmortales que jamás se forjaron en los arsenales del infierno. Ha sido el medio de precipitar a miríadas de almas, que podrían haber gozado de la gloria de Dios, en el fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Borra toda religión de un solo golpe, y rebaja al hombre al nivel de las bestias que perecen. ¡Todos los que teméis a Dios, huid de la disipación! ¡Temed y aborreced aun su nombre! ¡Esforzaos por tener a Dios en todos vuestros pensamientos, por tener siempre la eternidad ante los ojos! «Mirad» continuamente, «no a las cosas que se ven, sino a las que no se ven». ¡Que vuestros corazones estén fijos allí, «donde Cristo está sentado a la diestra de Dios»!, ¡para que, cuando quiera que él os llame, «os sea abundantemente administrada la entrada en su reino eterno»!

Londres, 30 de diciembre de 1788

Capítulo 114 completado

La diferencia entre andar por vista y andar por fe

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