Capítulo 113 · 24 min de lectura · 31 min de escucha
El rico y Lázaro
Sermón 112
El rico y Lázaro
«Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levante de los muertos».
Lucas 16:31.
1. ¡Qué paradoja tan extraña es esta! ¡Cuán contraria a la opinión común de los hombres! ¿Quién está tan afirmado en la incredulidad que no piense: «Si alguno viniera a mí de entre los muertos, quedaría eficazmente persuadido a arrepentirme»? Pero este pasaje nos ofrece un dicho más extraño aún (Lucas 16:13): «No podéis servir a Dios y a las riquezas». «¡No! ¿Por qué no? ¿Por qué no podemos servir a ambos?», dirá un verdadero siervo de las riquezas. Por eso los fariseos, que suponían que servían a Dios y servían de corazón a las riquezas, se burlaban de él: exemykterizon. Palabra que expresa el más profundo desprecio. Pero él dijo (Lucas 16:15): «Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones: y lo que los hombres tienen por sublime es (muy comúnmente) abominación delante de Dios»: prueba terrible de lo cual añade nuestro Señor en el resto del capítulo.
2. Pero ¿es el relato que sigue una mera parábola, o una historia real? Muchos han creído, y afirmado rotundamente, que es una mera parábola, a causa de una o dos circunstancias que hay en él y que no son fáciles de explicar. En particular, es difícil concebir cómo una persona en el infierno pudiera conversar con otra en el paraíso. Pero, aun admitiendo que no podamos explicar esto, ¿pesará más que una afirmación expresa de nuestro Señor? «Había —dice nuestro Señor— un hombre rico». ¿No lo había? ¿No existió nunca tal hombre? «Había también un mendigo llamado Lázaro». ¿Lo había, o no lo había? ¿No es bastante atrevido negar positivamente lo que nuestro bendito Señor afirma positivamente? Por tanto, no podemos dudar razonablemente de que toda la narración, con todas sus circunstancias, es exactamente verdadera. Y Teofilacto (uno de los antiguos comentaristas de las Escrituras) observa sobre este texto que, «según la tradición de los judíos, Lázaro vivía en Jerusalén».
Me propongo, con la ayuda de Dios, primero, explicar esta historia; en segundo lugar, aplicarla; y, en tercer lugar, probar la verdad de aquella grave sentencia con que concluye, a saber: «Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levante de los muertos».
I. 1. Y, primero, procuraré, con la ayuda de Dios, explicar esta historia. «Había un hombre rico»; y, sin duda, por eso mismo muy estimado entre los hombres, «que se vestía de púrpura y de lino fino»; y, por consiguiente, estimado aún más, tanto por presentarse conforme a su fortuna como por ser un fomentador del comercio; «y hacía cada día banquete con esplendidez». He aquí otra razón para que fuera muy estimado, su hospitalidad y generosidad, tanto por los que se sentaban con frecuencia a su mesa como por los comerciantes que la abastecían.
2. «Había también un mendigo»; uno que estaba en el escalón más bajo de la ignominia humana; «llamado Lázaro», según la terminación griega; en hebreo, Eleazar. Por su nombre podemos colegir que no era de familia humilde, aunque esta rama de ella estaba entonces tan venida a menos. Es probable que fuera bien conocido en la ciudad; y no era deshonra para él ser nombrado. «El cual estaba echado a la puerta de él»; aunque no era un espectáculo agradable, de modo que uno podría extrañarse de que se le permitiera yacer allí; «lleno de llagas»; de úlceras supurantes; «y deseando hartarse de las migajas que caían de la mesa del rico». ¡Así pesaba sobre él a la vez la complicada aflicción de la pobreza, el dolor y la falta de pan! ¡Pero no parece que criatura alguna hiciera el menor caso de aquel despreciable desdichado! Solo «los perros venían y le lamían las llagas»: ¡todo el consuelo que este mundo le ofrecía!
3. ¡Pero ved el cambio! «Murió el mendigo»: aquí terminaron la pobreza y el dolor; «y fue llevado por los ángeles», siervos más nobles que cualquiera de los que servían al rico, «al seno de Abraham». Así llamaban comúnmente los judíos a lo que nuestro bendito Señor llama paraíso; el lugar «donde los impíos dejan de perturbar, y donde descansan los cansados»; el receptáculo de las almas santas desde la muerte hasta la resurrección. Es cierto que se supone muy generalmente que las almas de los hombres buenos, tan pronto como son liberadas del cuerpo, van directamente al cielo; pero esta opinión no tiene el menor fundamento en los oráculos de Dios. Al contrario, nuestro Señor dice a María, después de la resurrección: «No me toques: porque aún no he subido a mi Padre» en el cielo. Pero él había estado en el paraíso, conforme a su promesa al ladrón arrepentido: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». De aquí es claro que el paraíso no es el cielo. Es, en verdad (si se nos permite la expresión), la antecámara del cielo, donde las almas de los justos permanecen hasta que, después del juicio general, son recibidas en la gloria.
4. ¡Pero ved cómo cambia de nuevo la escena! «Murió también el rico». ¡Cómo! ¿También los ricos han de morir? ¿Han de caer «como cualquiera del pueblo»? ¿No hay remedio? Un hombre rico de Londres, hace algunos años, cuando el médico le dijo que había de morir, rechinó los dientes, apretó el puño y gritó con vehemencia: «¡Dios, Dios, no quiero morir!». Pero murió con esas mismas palabras en la boca. «Y fue sepultado»; sin duda con bastante pompa, conforme a su rango; aunque no hallamos que hubiera entonces en todo el mundo aquel exquisito ejemplo de la locura humana, aquella burla insensata y cruel de un pobre cadáver en putrefacción, que llamamos exponer el cuerpo con honores de capilla ardiente!
5. Y en el infierno alzó sus ojos». ¡Oh, qué cambio! ¡Cómo ha caído el poderoso! Pero la palabra que aquí se traduce por infierno no siempre significa el lugar de los condenados. Literalmente es el mundo invisible; y es de muy vasta extensión, pues incluye el receptáculo de los espíritus separados, sean buenos o malos. Pero aquí significa evidentemente aquella región del hades donde residen las almas de los hombres malvados, como se ve por las palabras siguientes: «Estando en los tormentos»; «a fin —dicen algunos— de expiar los pecados cometidos mientras estaban en el cuerpo, así como de purificar el alma de todo su pecado inherente». Exactamente así decía el eminente poeta pagano, hace cerca de dos mil años:
Necesse est
Multa diu concreta modis inolescere miris,
Ergo exercentur poenis —
— Aliae panduntur inanes
Suspensae ad ventos: Aliis sub gurgite vasto
Infectum eluitur scelus, aut exuritur igni.
[Esta cita de Virgilio (Eneida vi.737–742) la traduce así Pitt:
«Aun cuando esos cuerpos a la muerte se rinden,
quedan atrás algunas viejas manchas inherentes;
un tinte que ensucia, de máculas corporales,
permanece hondo en la sustancia del alma.
Así se empañan sus esplendores, y se cubren de costra
con aquellos oscuros vicios que conoció antes.
Por eso las almas pagan diversas penitencias,
para purgar la mancha de sus crímenes pasados.
Unas se refinan en las brisas que barren,
y cuelgan en lo alto para blanquearse al viento:
otras limpian sus manchas bajo los torrentes que brotan,
y otras se alzan gloriosas de las llamas que escudriñan». — N. del E.]
¡Ved la estrecha semejanza entre el purgatorio antiguo y el moderno! Solo que en el antiguo, el purgatorio pagano, se empleaban el fuego, el agua y el aire para expiar el pecado y purificar el alma; mientras que en el purgatorio místico se supone que el fuego solo basta tanto para purgar como para expiar. ¡Vana esperanza! Ningún sufrimiento, sino el de Cristo, tiene poder alguno para expiar el pecado; y ningún fuego, sino el del amor, puede purificar el alma, ni en el tiempo ni en la eternidad.
6. «Ve a Abraham de lejos». ¡Lejos, en verdad! ¡Tan lejos como del infierno al paraíso! Quizá «diez veces la longitud de esta tierra». Pero ¿cómo podía ser esto? No lo sé; pero de ninguna manera es increíble. Porque ¿quién sabe «hasta dónde alcanza la vista de un ángel», o la de un espíritu despojado de carne y sangre? «Y a Lázaro en su seno». Es bien sabido que en los antiguos banquetes de los judíos, lo mismo que de los romanos, los convidados no se sentaban a la mesa, como ahora se acostumbra, sino que se reclinaban en lechos, cada uno con una almohada a su lado izquierdo, sobre la cual apoyaba el codo; y del que estaba junto a él, a su lado derecho, se decía que estaba recostado en su seno. En este sentido el apóstol Juan estaba recostado en el seno de su Maestro. Por consiguiente, la expresión de que Lázaro estaba recostado en el seno de Abraham implica que se hallaba en el lugar más alto de honor y felicidad.
7. «Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí». ¡Necio! ¿Qué puede hacer Abraham? ¿Qué puede hacer criatura alguna, más aún, toda la creación, para romper los cerrojos del abismo sin fondo? ¡Quien quiera escapar del lugar de tormento, clame a Dios, el Padre de misericordia! ¡Pero no, el tiempo ha pasado! ¡Ahora tiene lugar la justicia, y se gloría sobre la misericordia! «Y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque soy atormentado en esta llama». ¡Cuán sumamente modesta es esta petición! No dice: «Que me saque de esta llama». No pide: «Que me traiga una copa de agua, o tanta como pudiera contener en la palma de su mano»; sino solamente: «Que moje», aunque no sea más que «la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua». ¡No! ¡No puede ser! ¡Ninguna misericordia puede entrar en las sombras del infierno!
8. «Y le dijo Abraham: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; mas ahora este es consolado, y tú atormentado». Quizá estas palabras nos den la respuesta a una pregunta importante: ¿cómo llegó este rico a estar en el infierno? No parece que fuera un hombre malvado en el sentido común de la palabra; que fuera un borracho, un blasfemo habitual, un quebrantador del día de reposo, o que viviera en algún pecado conocido. Es probable que fuera fariseo; y, como tal, irreprensible en todas las partes externas de la religión. ¿Cómo, pues, llegó al «lugar de tormento»? Si no hubiera otra razón que señalar, hay una suficiente implícita en aquellas palabras («¡el que tiene oídos para oír, oiga!»): «Recibiste tus bienes en tu vida»; las cosas que habías escogido para tu felicidad. Habías puesto tu afecto en las cosas de abajo, y recibiste tu recompensa: recibiste la porción que habías escogido, y no puedes tener porción arriba. «Y Lázaro también males». No sus males; porque él no los escogió. Sino que fueron escogidos para él por la sabia providencia de Dios: y «ahora él es consolado, mientras tú eres atormentado».
9. «Además de todo esto, una gran sima está puesta»: un gran abismo, un vasto vacío. ¿Puede alguien decirnos qué es esto? ¿Cuál es su naturaleza, cuáles sus límites? No, ninguno de los hijos de los hombres; nadie sino un habitante del mundo invisible. «De manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros no pueden, ni de allá pasar acá». Sin duda un espíritu sin cuerpo podría atravesar cualquier espacio. Pero la voluntad de Dios, que determina que nadie cruce esa sima, es un límite que ninguna criatura puede traspasar.
10. Entonces dijo: «Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre; porque tengo cinco hermanos; para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento». (Lucas 16:27, 28.) Se han asignado dos motivos enteramente distintos a esta extraordinaria petición. Algunos la atribuyen enteramente al amor propio, al temor de los amargos reproches que, como podía suponer fácilmente, sus hermanos derramarían sobre él si, a consecuencia de su ejemplo, y quizá de su consejo, llegaran al mismo lugar de tormento. Otros la han atribuido a un motivo más noble. Suponen que, así como la miseria de los impíos no será completa hasta el día del juicio, tampoco lo será su maldad. Por consiguiente, creen que, hasta ese tiempo, pueden conservar algunas chispas de afecto natural; e imaginan, no sin probabilidad, que esto pudo haber ocasionado su deseo de impedir que compartieran su propio tormento.
11. «Y Abraham le dice: A Moisés y a los profetas tienen: óiganlos». (Lucas 16:29.) «Él entonces dijo: No, padre Abraham; mas si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán». ¿Quién no sería de la misma opinión? ¿No podría cualquiera suponer razonablemente que un mensaje entregado solemnemente por uno que viniera de entre los muertos habría de tener una fuerza irresistible? ¿Quién no pensaría: «Yo mismo no podría en modo alguno resistir a semejante predicador del arrepentimiento»?
II. Este entiendo que es el sentido de las palabras. Procuraré ahora, con la ayuda de Dios, aplicarlas. Y os ruego, hermanos. mientras hago esto, que «soportéis la palabra de exhortación». Cuanto más de cerca se apliquen estas cosas a vuestras almas, más provecho podréis sacar de ellas.
1. «Había un hombre rico». Y no es más pecaminoso ser rico que ser pobre. Pero es peligroso más de lo que puede expresarse. Por tanto, os recuerdo a todos los que sois de este número, los que tenéis las comodidades de la vida y algo más, que andáis sobre terreno resbaladizo. Pisáis continuamente lazos y muertes. ¡Estáis a cada momento al borde del infierno! «Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja que entrar vosotros en el reino de los cielos». «Que se vestía de púrpura y de lino fino». Y algunos pueden tener una excusa para esto. Nuestro Señor menciona a los que «están en las casas de los reyes» como vestidos con ropas suntuosas, es decir, espléndidas, y no los censura por ello. Pero ciertamente esta no es excusa para ninguno de los que no están en las casas de los reyes. ¡Guárdense, pues, todos ellos de seguir el ejemplo de aquel que está «alzando sus ojos en el infierno»! Sigamos el consejo del apóstol, estando «adornados de buenas obras, y del ornato de un espíritu manso y sosegado».
2. «Hacía cada día banquete con esplendidez». Concilie esto con la religión quien pueda. Sé con cuánta apariencia de razón pueden hablar los profetas de cosas halagüeñas en favor de la hospitalidad; de dar buena acogida a nuestros amigos; de mantener una mesa espléndida para honrar la religión; de fomentar el comercio, y cosas semejantes. Pero Dios no puede ser burlado: no se dejará engañar con pretextos como estos. Quienquiera que seas tú que participas del pecado de este rico, aunque no sea otro que el de «hacer cada día banquete con esplendidez», tan ciertamente participarás de su castigo, si no te arrepientes, como si ya estuvieras clamando por una gota de agua que refresque tu lengua.
3. «Había también un mendigo llamado Lázaro, el cual estaba echado a la puerta de él, lleno de llagas, y deseando hartarse de las migajas que caían de la mesa del rico». (Lucas 16:20, 21.) ¡Pero parece que tanto el rico como sus convidados eran demasiado religiosos para socorrer a los mendigos comunes! Pecado contra el cual el piadoso señor H. advierte con tanto fervor a sus lectores; ¡y una amonestación del mismo género he leído en la puerta de la buena ciudad de Winchester! Quisiera que los caballeros que la pusieron allí hubieran visto una pequeña circunstancia que ocurrió hace algunos años. En Epworth, en Lincolnshire, el pueblo donde nací, una mendiga llegó a una casa de la plaza del mercado y pidió un bocado de pan, diciendo que tenía mucha hambre. El amo de la casa le mandó que se fuera, por holgazana. Llamó a una segunda casa y pidió un poco de cerveza floja, diciendo que tenía mucha sed. Recibió casi la misma respuesta. En una tercera puerta pidió un poco de agua, diciendo que estaba muy débil. Pero también este hombre era demasiado escrupuloso para fomentar a los mendigos comunes. Los muchachos, viendo a una criatura andrajosa rechazada de puerta en puerta, comenzaron a tirarle bolas de nieve. Ella alzó los ojos, se tendió en el suelo y murió. ¿Querríais vosotros ser el hombre que negó a aquella pobre desdichada un bocado de pan o un vaso de agua? «Y aun los perros venían y le lamían las llagas», siendo más compasivos que su amo. «Y aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham». Oíd esto, todos vosotros los que sois pobres en este mundo. Vosotros que muchas veces no tenéis alimento que comer ni ropa que poneros; vosotros que no tenéis donde recostar la cabeza, a no ser una fría buhardilla o un sótano sucio y húmedo. Os veis ahora reducidos a «solicitar la fría mano de la caridad». Pero levantad vuestra carga; no siempre será así. Os amo, os compadezco, os admiro, cuando «en vuestra paciencia poseéis vuestras almas». Pero no puedo ayudaros. Mas hay Uno que puede: el Padre de los huérfanos y el Esposo de la viuda. «Este pobre clamó, y el Señor le oyó, y lo libró de todas sus angustias». Todavía un poco, si os volvéis de veras a él, y sus ángeles os llevarán al seno de Abraham. Allí «no tendréis más hambre, ni sed»; no sentiréis más tristeza ni dolor; sino que «el Cordero limpiará toda lágrima de vuestros ojos, y os guiará a fuentes vivas de aguas».
4. ¡Pero ved, la escena ha cambiado! «Murió también el rico». ¿Cómo? ¿A pesar de sus riquezas? Probablemente antes de lo que deseaba. Porque ¡cuán justa es aquella palabra: «Oh muerte, cuán amarga es tu memoria para el hombre que vive en paz en medio de sus posesiones»! Sin embargo, si eso pudiera servir de consuelo, «fue sepultado». Pero ¡qué poco importaba si lo pusieron bajo un alto monumento o entre
tumbas ceñidas de mimbres doblados
que sin nombre abultan la tierra desmenuzada!
¿Y qué siguió? «En el infierno alzó sus ojos». Es cierto que vosotros no necesitáis hacer esto. Dios no os lo exige: «No quiere que ninguno perezca». No podéis, a no ser por vuestra propia elección voluntaria, metiéndoos en aquellas regiones de dolor que Dios no preparó para vosotros, sino para «el diablo y sus ángeles».
5. ¡Ved cómo cambia de nuevo la escena! «Ve a Abraham de lejos, y a Lázaro en su seno». Y lo reconoció; aunque quizá solo le había echado una mirada mientras «estaba echado a su puerta». ¿Duda alguno de vosotros si nos conoceremos unos a otros en el otro mundo? Aquí vuestras dudas pueden hallar plena solución. Si un alma en el infierno reconoció a Lázaro en el paraíso, por lejos que estuviera, ciertamente los que están juntos en el paraíso se conocerán perfectamente unos a otros.
6. «Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí». No recuerdo en toda la Biblia ninguna oración hecha a un santo sino esta. Y si observamos quién la hizo, un hombre en el infierno, y con qué éxito, difícilmente desearemos seguir ese precedente. ¡Oh, clamemos por misericordia a Dios, no al hombre! Y es nuestra sabiduría clamar ahora, mientras estamos en la tierra de la misericordia; ¡de otro modo será demasiado tarde! «¡Soy atormentado en esta llama!». Atormentado, observadlo, no purificado. ¡Vana esperanza, que el fuego pueda purificar un espíritu! Lo mismo podríais esperar que el agua limpiara el alma que el fuego. ¡No permita Dios que vosotros o yo hagamos la prueba!
7. Y «le dijo Abraham: Hijo, acuérdate»: notad cómo se dirige Abraham a un espíritu condenado. ¿Y nos portaremos nosotros con menos ternura con cualquiera de los hijos de Dios «porque no son de nuestra opinión»? «Recibiste tus bienes en tu vida». ¡Oh, guardaos de que no sea vuestro caso! ¿No son las cosas del mundo «tus bienes»?, ¿los principales objetos de tu deseo y de tu búsqueda? ¿No son tu principal gozo? Si es así, estás en un estado muy peligroso; ¡en la misma condición en que estaba el rico en la tierra! No sueñes, pues, que todo va bien porque eres «muy estimado entre los hombres»; porque no haces daño, o haces mucho bien, o asistes a todas las ordenanzas de Dios. ¿Qué es todo esto, si tu alma está pegada al polvo; si tu corazón está en el mundo; si amas a la criatura más que al Creador?
8. ¡Cuán impresionantes son las palabras siguientes! «Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros no pueden, ni de allá pasar acá». Este fue el texto que dio ocasión al epitafio de un muy honorable incrédulo y jugador:
Aquí yace un jugador de dados; mucho tiempo dudó
si la muerte podía matar el alma o no:
aquí acaba su duda; por fin
convencido; pero, ¡ay!, ¡la suerte está echada!
Pero, bendito sea Dios, vuestra suerte no está echada todavía. No habéis pasado la gran sima, sino que aún está en vuestro poder escoger si os acompañarán ángeles o demonios cuando vuestra alma deje su morada terrenal. ¡Extended ahora vuestra mano a la vida eterna o a la muerte eterna! Y Dios dice: «¡Hágase contigo como quieres!».
9. Rechazado en esto, hace otra petición: «Te ruego, pues, que le envíes a la casa de mi padre; porque tengo cinco hermanos; para que les testifique». No es imposible que otros espíritus desdichados deseen el bien de los parientes que dejaron atrás. Pero este es el tiempo aceptable para ellos, lo mismo que para nosotros. Dirijámonos, pues, a ellos nosotros mismos; y roguemos a nuestros amigos vivos que nos den toda la ayuda que puedan, sin esperar auxilio de los habitantes de otro mundo. Exhortémosles con fervor a que usen las ayudas que tienen; a que «oigan a Moisés y a los profetas». Ciertamente somos propensos a pensar, como aquel espíritu desdichado: «Si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán». «Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levante de los muertos».
III. 1. He de probar, en tercer lugar, la verdad de esta grave sentencia; lo cual haré, primero, brevemente, y luego más extensamente.
Y, primero, para expresar el asunto brevemente: es cierto que ningún espíritu humano, mientras está en el cuerpo, puede persuadir a otro a arrepentirse; puede obrar en él un cambio completo, tanto de corazón como de vida; un cambio de la maldad universal a la santidad universal. Y supongamos que ese espíritu es liberado del cuerpo: no es más capaz de hacer esto que antes. Ningún poder menor que el que lo creó al principio puede crear de nuevo un alma. Ningún ángel, y mucho menos ningún espíritu humano, ya en el cuerpo ya fuera del cuerpo, puede traer a un alma «de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios». Muy posiblemente podría asustarle hasta la muerte, o hasta la creencia en alguna verdad especulativa; pero no podría asustarle hasta la vida espiritual. Solo Dios puede resucitar a los que están «muertos en delitos y pecados».
2. Para probar más extensamente que si los hombres «no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán» eficazmente a arrepentirse, «aunque alguno se levante de los muertos», propondré un caso de esta clase, con todas las ventajas que puedan concebirse. Supongamos, pues, que uno que no «oye a Moisés y a los profetas», que no cree que la Escritura sea de Dios, está profundamente dormido en su cama y despierta de repente justo cuando el reloj da la una. Se sorprende al observar el aposento tan iluminado como si fuera mediodía. Alza los ojos y ve, de pie junto a su cama, a uno a quien conocía perfectamente. Aunque al principio un poco sobresaltado, pronto se recobra y tiene el valor de preguntar: «¿No eres tú mi amigo, que murió en tal fecha?». Él responde: «Lo soy. Vengo de Dios con un mensaje para ti. A menudo has deseado ver a uno resucitado de entre los muertos, y has dicho que entonces te arrepentirías. Tienes lo que deseabas; y se me ha ordenado informarte que estás buscando la muerte en el error de tu vida. Si mueres en el estado en que estás ahora, morirás eternamente. Te advierto, en su nombre, que las Escrituras son la verdadera palabra de Dios; que desde el momento en que mueras serás extraordinariamente feliz o indeciblemente desdichado; que no puedes ser feliz en el más allá a menos que seas santo aquí; lo cual no puede ser a menos que nazcas de nuevo. ¡Recibe este llamamiento de Dios! La eternidad está a la mano. ¡Arrepiéntete y cree al evangelio!». Dichas estas palabras, se desvanece, y el aposento queda oscuro como estaba antes.
3. Se puede creer fácilmente que le sería imposible no quedar convencido por el momento. No dormiría más aquella noche; y, tan pronto como fuera posible, contaría a su familia lo que había visto y oído. No contento con esto, estaría impaciente por contarlo a sus antiguos compañeros. Y, probablemente, al observar el fervor con que hablaba, ellos no le contradirían entonces. Se dirían unos a otros: «Dadle tiempo para que se enfríe; entonces volverá a ser un hombre razonable».
4. Ahora bien, se ve constantemente que las impresiones hechas en la memoria decaen gradualmente; que se hacen cada vez más débiles con el paso del tiempo, y sus huellas cada vez más tenues. Así habría de suceder en este caso; y sus compañeros, observándolo, no dejarían de aprovechar la ocasión. Hablarían en este sentido: «Fue un relato extraño el que nos hiciste hace algún tiempo; tanto más cuanto que sabemos que tú eres un hombre sensato y no inclinado al entusiasmo. Pero quizá no has considerado plenamente cuán difícil es, en algunos casos, distinguir nuestros sueños de nuestros pensamientos despiertos. ¿Ha podido alguien hallar todavía un criterio infalible entre ellos? ¿No es posible, pues, que estuvieras dormido cuando se hizo en tu mente esa viva impresión?». Cuando se le hubiera llevado a pensar que posiblemente fuera un sueño, pronto le persuadirían de que probablemente lo era; y no mucho después, a creer que ciertamente fue un sueño. ¡Tan poco valdría que uno viniera de entre los muertos!
5. No podía esperarse otra cosa. Porque ¿cuál fue el efecto que se obró en él? (1.) Quedó sumamente asustado: (2.) este susto abrió camino a una convicción más profunda de la verdad entonces declarada: pero (3.) su corazón no fue cambiado. Nadie sino el Todopoderoso podía efectuar esto. Por tanto, (4.) la inclinación de su alma seguía dirigida en el sentido equivocado; aún amaba el mundo y, por consiguiente, deseaba que la Escritura no fuera verdadera. ¡Con cuánta facilidad, pues, a medida que se le pasaba el susto, volvería a creer lo que deseaba! La conclusión es, entonces, clara e innegable. Si los hombres «no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán» a arrepentirse y a creer el evangelio, «aunque alguno se levante de los muertos».
6. Podemos añadir una consideración más, que lleva el asunto a una conclusión plena. Antes de que Lázaro fuera llevado al seno de Abraham, o por el mismo tiempo, otro Lázaro, el hermano de Marta y María, fue realmente resucitado de entre los muertos. Pero ¿fueron persuadidos a arrepentirse aun los que creyeron el hecho? Tan lejos de ello, que «consultaron matar también a Lázaro», lo mismo que a su Maestro. ¡Fuera, pues, con la vana imaginación de que los que «no oyen a Moisés y a los profetas se persuadirían aunque alguno se levantara de los muertos»!
7. De todo ello podemos sacar esta conclusión general: que la revelación permanente es el mejor medio de convicción racional; muy preferible a cualquiera de esos medios extraordinarios que algunos imaginan que serían más eficaces. Es, pues, nuestra sabiduría valernos de ella; hacer pleno uso de ella; de modo que sea lámpara a nuestros pies y luz en todas nuestras sendas. Cuidemos de que todo nuestro corazón y nuestra vida se conformen a ella; de que sea la regla constante de todas nuestras disposiciones, de todas nuestras palabras y de todas nuestras acciones. Así conservaremos en todas las cosas el testimonio de una buena conciencia delante de Dios; y, cuando hayamos acabado nuestra carrera, también nosotros seremos «llevados por los ángeles al seno de Abraham». Birmingham, 25 de marzo de 1788.
Capítulo 113 completado
El rico y Lázaro