Capítulo 112 · 13 min de lectura · 17 min de escucha
Sobre la omnipresencia de Dios
Sermón 111
Sobre la omnipresencia de Dios
«¿No lleno yo el cielo y la tierra?, dice el Señor».
Jeremías 23:24.
1. ¡Con cuánta fuerza y belleza expresan estas palabras la omnipresencia de Dios! ¿Y puede haber en toda la extensión de la naturaleza un tema más sublime? ¿Puede haber alguno más digno de la consideración de toda criatura racional? ¿Hay alguno que sea más necesario considerar y entender, hasta donde lo permitan nuestras pobres facultades? ¡A cuántos excelentes fines puede servir! ¡Qué profunda instrucción puede dar a todos los hijos de los hombres! Y más directamente a los hijos de Dios.
2. ¿Cómo es, entonces, que se ha escrito tan poco sobre un tema tan sublime y tan útil? Es verdad que algunos de nuestros escritores más eminentes lo han tocado ocasionalmente, y tienen varias reflexiones fuertes y hermosas que este les sugirió de manera natural. Pero ¿cuál de ellos ha publicado un tratado formal, o siquiera un sermón, sobre este punto? Quizá muchos eran conscientes de su incapacidad para hacer justicia a un tema tan vasto. Es posible que algunos de esos escritos yazcan escondidos en las voluminosas obras del siglo pasado. Pero si están escondidos aun en su propio país, si ya están sepultados en el olvido, para el provecho que prestan es lo mismo que si nunca se hubieran escrito.
3. Lo que parece faltar todavía, para uso general, es un discurso sencillo sobre la omnipresencia o ubicuidad de Dios. Primero, explicando y probando de algún modo esta gloriosa verdad: «Dios está en este y en todo lugar»; y luego, aplicándola a la conciencia de todos los hombres que piensan, en unas pocas inferencias prácticas.
I. 1. Así pues, procuraré, con la ayuda de su Espíritu, primero explicar un poco la omnipresencia de Dios; mostrar cómo hemos de entender esta gloriosa verdad: «Dios está en este y en todo lugar. El salmista, como recordaréis, habla de ella con fuerza y belleza en el salmo ciento treinta y nueve; observando en el orden más exacto, primero, «Dios está en este lugar»; y luego, «Dios está en todo lugar». Observa primero: «Mi senda y mi acostarme has rodeado, y estás impuesto en todos mis caminos». (Salmo 139:3.) «Detrás y delante me formaste, y sobre mí pusiste tu mano». (Salmo 139:5) Aunque no podía explicar la manera de ello; cómo era, no lo podía decir. «Tal conocimiento —dice— es demasiado maravilloso para mí: alto es, no lo puedo alcanzar». (Salmo 139:6) Observa luego, de la manera más viva y conmovedora, que Dios está en todo lugar. «¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; si descendiere al infierno, allí estás también».(Salmo 139:7, 8.) Si pudiera subir, hablando a la manera de los hombres, a la parte más alta del universo, o si pudiera descender al punto más bajo, tú estás igualmente presente en el uno y en el otro. «Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano» —tu poder y tu presencia irían delante de mí— «y me asirá tu diestra», puesto que tú estás igualmente en la longitud y la anchura, y en la altura y la profundidad del universo. En verdad, tu presencia y tu conocimiento no solo alcanzan los últimos límites de la creación; sino que
tu mirada omnipresente
se extiende aun a los reinos sin camino
de la noche increada.
En una palabra, no hay punto del espacio, ya dentro ya fuera de los límites de la creación, donde Dios no esté.
2. En verdad, este tema es demasiado vasto para ser abarcado por los estrechos límites del entendimiento humano. Solo podemos decir: el gran Dios, el Espíritu eterno y todopoderoso, es tan ilimitado en su presencia como en su duración y en su poder. Es cierto que, por condescendencia con nuestro débil entendimiento, se dice que mora en el cielo; pero, hablando con propiedad, los cielos de los cielos no le pueden contener, sino que él está en cada parte de su dominio. El Dios universal mora en el espacio universal; de modo que podemos decir:
¡Salve, Padre, a cuyo llamado creador
acuden innumerables mundos!
Jehová, que lo abarca todo,
¡a quien nadie puede abarcar!
3. Si nos atrevemos a ilustrar esto un poco más, ¿qué es el espacio que ocupa un grano de arena comparado con el espacio que ocupan los cielos estrellados? Es como un cero; es nada; se desvanece en la comparación. ¿Qué es, pues, comparado con toda la extensión del espacio, frente a la cual la creación entera es infinitamente menos que un grano de arena? Y, sin embargo, este espacio, con el que la creación entera no guarda proporción alguna, es infinitamente menos, en comparación con el gran Dios, de lo que un grano de arena, y aun la millonésima parte de él, es con respecto a todo ese espacio.
II. 1. Este parece ser el sentido llano de aquellas solemnes palabras que Dios dice de sí mismo: «¿No lleno yo el cielo y la tierra?». Y ellas prueban suficientemente su omnipresencia; la cual puede probarse además por esta consideración: Dios obra en todas partes, y, por tanto, está en todas partes; pues es absolutamente imposible que ningún ser, creado o increado, obre donde no está. Dios obra en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, por toda la extensión de su creación; sustentando todas las cosas, sin lo cual todo se hundiría en un instante en su nada primitiva; gobernándolo todo, vigilando a cada momento todo lo que ha hecho; influyendo en todo con fuerza y suavidad, y sin destruir, no obstante, la libertad de sus criaturas racionales. Aun los paganos reconocían que el gran Dios gobierna las partes grandes y visibles del universo; que regula los movimientos de los cuerpos celestes, del sol, la luna y las estrellas; que él es
Totam
Mens agitans molem, et magno se corpore miscens:
el alma que todo lo informa,
que llena, penetra y mueve el conjunto entero.
Pero no tenían idea de que él atiende a las cosas más pequeñas tanto como a las más grandes; de que preside sobre todo lo que ha hecho y gobierna los átomos tanto como los mundos. Esto no lo habríamos podido saber si no hubiera agradado a Dios revelárnoslo él mismo. Si él mismo no nos lo hubiera dicho, no nos habríamos atrevido a pensar que «ni un pajarillo cae a tierra sin la voluntad de nuestro Padre que está en los cielos»; ¡y mucho menos a afirmar que «aun los cabellos de nuestra cabeza están todos contados»!
2. Esta consoladora verdad, que «Dios llena el cielo y la tierra», la aprendemos también del salmo antes citado: «Si subiere a los cielos, allí estás tú; si descendiere al infierno, allí estás también. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano». El sentido llano es: si me alejo a cualquier distancia, allí estás tú; aún me rodeas y pones sobre mí tu mano. Huya yo a cualquier distancia concebible o inconcebible, arriba, abajo o a cualquier lado, no hay diferencia; tú estás igualmente allí: en ti aún «vivo, y me muevo, y soy».
3. Y donde no hay criatura alguna, aun allí está Dios. La presencia o ausencia de cualquiera de las criaturas, o de todas ellas, no hace diferencia alguna respecto de él. Está igualmente en todas, o fuera de todas. Muchas han sido las disputas entre los filósofos sobre si hay en el universo algo semejante al espacio vacío; y ahora se supone generalmente que todo el espacio está lleno. Quizá no pueda probarse que todo el espacio esté lleno de materia. Pero el mismo pagano nos dará testimonio: Jovis omnia plena: «Todas las cosas están llenas de Dios». Más aún, y si el espacio existe más allá de los límites de la creación (pues la creación ha de tener límites, ya que nada es ilimitado, nada puede serlo, sino el gran Creador), aun ese espacio no puede excluir a aquel que llena el cielo y la tierra.
4. Exactamente equivalente a esto es la expresión del apóstol (Efesios 1:23, no, como algunos extrañamente han supuesto, acerca de la Iglesia, sino acerca de su Cabeza): «La plenitud de aquel que lo llena todo en todos»; ta panta en pasin, literalmente traducido, «todas las cosas en todas las cosas»; la expresión de universalidad más fuerte que pueda concebirse. Incluye necesariamente la última y la mayor de todas las cosas que existen. De modo que, si alguna expresión pudiera ser más fuerte, sería más fuerte aún que aquella: el «llenar el cielo y la tierra».
5. En verdad, esta misma expresión, «¿No lleno yo el cielo y la tierra?» (pues la pregunta equivale a la afirmación más fuerte), implica la aserción más clara de que Dios está presente en todas partes y llena todo el espacio; porque es bien sabido que la frase hebrea «el cielo y la tierra» incluye el universo entero; toda la extensión del espacio, creado o increado, y todo lo que hay en él.
6. Más aún, no podemos creer en la omnipotencia de Dios a menos que creamos en su omnipresencia; porque, como ya se observó, nada puede obrar donde no está; si hubiera algún espacio donde Dios no estuviera presente, no podría hacer nada allí. Por tanto, negar la omnipresencia de Dios implica también negar su omnipotencia. Poner límites a la una es, sin duda, poner límites también a la otra.
7. En verdad, dondequiera que supongamos que él no está, allí suponemos que todos sus atributos son vanos. No puede ejercer allí ni su justicia ni su misericordia, ni su poder ni su sabiduría. En el espacio extramundano (por decirlo así), donde suponemos que Dios no está presente, hemos de suponer, naturalmente, que no tiene duración; pero así como se supone que está fuera de los límites de la creación, así está fuera de los límites del poder del Creador. Tal es el absurdo blasfemo que esta suposición implica.
8. Pero contra todo lo que se dice o puede decirse de la omnipresencia de Dios, el mundo tiene una gran objeción: no pueden verle. Y esta está realmente en la raíz de todas sus demás objeciones. Nuestro bendito Señor lo observó hace mucho tiempo: «Al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve». Pero ¿no es fácil responder: «¿Podéis ver el viento?». No podéis. Pero ¿negáis por eso su existencia o su presencia? Decís: «No, porque puedo percibirlo por mis otros sentidos». Pero ¿por cuál de vuestros sentidos percibís vuestra alma? ¡Ciertamente no negáis ni la existencia ni la presencia de esta! Y, sin embargo, no es objeto de vuestra vista ni de ninguno de vuestros otros sentidos. Baste, pues, considerar que Dios es Espíritu, como lo es también nuestra alma. Por consiguiente, «a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver» con ojos de carne y sangre.
III. 1. Pero admitiendo que Dios está aquí, como en todo lugar, que «rodea nuestra senda y nuestro acostarnos»; que «detrás y delante nos rodea, y pone sobre nosotros su mano», ¿qué inferencia hemos de sacar de esto? ¿Qué uso hemos de hacer de esta consideración tremenda? ¿No es justo y digno humillarnos ante los ojos de su Majestad? ¿No deberíamos esforzarnos continuamente por reconocer su presencia «con temor y reverencia»?; no, en verdad, con el temor de los demonios, que creen y tiemblan, sino con el temor de los ángeles, con algo semejante a lo que sienten los habitantes del cielo cuando
oscuros por exceso de fulgor aparecen sus vestidos,
y aun deslumbran al cielo, de modo que los más brillantes serafines
no se acercan sino velando sus ojos con ambas alas.
2. En segundo lugar. Si creéis que Dios rodea vuestro acostaros y vuestra senda, y está impuesto en todos vuestros caminos, guardaos entonces de hacer la menor cosa, de decir la menor palabra, de consentir el menor pensamiento que tengáis razón para pensar que le ofendería. Suponed que un mensajero de Dios, un ángel, estuviera ahora de pie a vuestra derecha con los ojos fijos en vosotros: ¿no os guardaríais de toda palabra o acción que supierais que le ofendería? Más aún, suponed que uno de vuestros consiervos mortales, suponed tan solo que un hombre santo estuviera junto a vosotros: ¿no seríais sumamente cautos en vuestra conducta, tanto de palabra como de obra? ¡Cuánto más cautos debéis ser cuando sabéis que no un hombre santo, no un ángel de Dios, sino Dios mismo, el Santo «que habita la eternidad», está examinando vuestro corazón, vuestra lengua, vuestra mano, a cada momento; y que él mismo os traerá ciertamente a juicio por todo lo que penséis, y digáis, y hagáis debajo del sol!
3. En particular: si no hay palabra en vuestra lengua, ni sílaba que digáis, que él no «la sepa toda», ¡cuán exactos debéis ser en «poner guarda a vuestra boca y guardar la puerta de vuestros labios»! ¡Cuán precavidos os conviene ser en toda vuestra conversación, advertidos de antemano por vuestro Juez de que «por vuestras palabras seréis justificados, y por vuestras palabras seréis condenados»! ¡Cuán cautos, no sea que «alguna palabra torpe», alguna conversación falta de caridad, o aun inútil, «salga de vuestra boca», en lugar de «la que sea buena para edificación, para que dé gracia a los oyentes»!
4. Más aún, si Dios ve nuestros corazones tanto como nuestras manos, y en todo lugar; si entiende nuestros pensamientos mucho antes de que se revistan de palabras, ¡con cuánto fervor debemos insistir en aquella petición: «Examíname, oh Señor, y pruébame; escudriña mis riñones y mi corazón; mira bien si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno»! Más aún, ¡cuán necesario es obrar juntamente con él, «guardando nuestro corazón con toda diligencia», hasta que haya «derribado los razonamientos», los malos razonamientos, «y toda altura que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevado cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo»!
5. Por otra parte, si ya estáis alistados bajo el gran Capitán de vuestra salvación, puesto que estáis continuamente bajo la mirada de vuestro Capitán, ¡cuán celosos y activos debéis ser para «pelear la buena batalla de la fe y echar mano de la vida eterna»; para «sufrir trabajos como buenos soldados de Jesucristo»; para poner toda diligencia en «militar la buena milicia» y hacer todo lo que sea agradable delante de él! ¡Con cuánto empeño debéis procurar que todos vuestros caminos sean aprobados ante sus ojos que todo lo ven; para que diga a vuestros corazones lo que proclamará en voz alta en la gran asamblea de los hombres y los ángeles: «¡Bien, buenos siervos y fieles!».
6. Para alcanzar estos gloriosos fines, no escatiméis esfuerzo alguno en conservar siempre un sentido profundo, continuo, vivo y gozoso de su presencia misericordiosa. No olvidéis nunca su palabra tan abarcadora al gran padre de los fieles: «Yo soy el Todopoderoso» (más bien, el Todosuficiente) «Dios; anda delante de mí, y sé perfecto». Esperad con alegría que aquel en cuya presencia estáis os guiará siempre con su ojo, os sostendrá con su mano protectora, os guardará de todo mal, y «después que hayáis padecido un poco de tiempo, [él] os perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá»; y entonces «os guardará irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo».
Portsmouth, 12 de agosto de 1788
Capítulo 112 completado
Sobre la omnipresencia de Dios