Sermones en diversas ocasiones
Sobre los descubrimientos de la fe

Capítulo 111 · 16 min de lectura · 21 min de escucha

Sobre los descubrimientos de la fe

Sermón 110

Sobre los descubrimientos de la fe

«La fe es, pues, la demostración de las cosas que no se ven».

Hebreos 11:1.

1. Desde hace muchos siglos los hombres sensatos han admitido que Nihil est in intellectu quod non fuit prius in sensu: es decir, «nada hay en el entendimiento que no haya sido percibido primero por alguno de los sentidos». Todo el conocimiento que tenemos naturalmente se deriva en su origen de nuestros sentidos. Por eso, quienes carecen de algún sentido no pueden tener el menor conocimiento ni la menor idea de los objetos de ese sentido; así como los que nunca tuvieron vista no tienen el menor conocimiento ni concepto de la luz o de los colores. Es cierto que algunos se han esforzado en estos últimos años por probar que tenemos ideas innatas, no derivadas de ninguno de los sentidos, sino coetáneas del entendimiento. Pero esta cuestión ha sido ya discutida a fondo por hombres del más eminente juicio y saber. Y todas las personas imparciales están de acuerdo en que, aunque algunas cosas son tan claras y evidentes que difícilmente podemos dejar de conocerlas en cuanto llegamos al uso de nuestro entendimiento, aun el conocimiento de estas no es innato, sino derivado de alguno de nuestros sentidos.

2. Pero hay una gran diferencia entre nuestros sentidos, considerados como vías de nuestro conocimiento. Algunos tienen una esfera de acción muy estrecha; otros, una más extensa. Por el tacto discernimos solo aquellos objetos que tocan alguna parte de nuestro cuerpo; y, por consiguiente, este sentido se extiende solo a un pequeño número de objetos. Nuestros sentidos del gusto y del olfato (que algunos cuentan como especies del tacto) se extienden a menos aún. Pero, por otra parte, nuestro sentido más noble del oído tiene una esfera de acción sumamente amplia; sobre todo en el caso de los sonidos fuertes, como el trueno, el rugido del mar o la descarga de los cañones; este último sonido se ha oído con frecuencia a una distancia de cerca de cien millas. Sin embargo, el espacio al que se extiende el oído es pequeño comparado con aquel por el que se extiende la vista. La vista abarca de una sola mirada no solo los panoramas más ilimitados de la tierra, sino también la luna y los demás planetas, el sol, y aun las estrellas fijas; aunque están a una distancia tan inmensurable que a través de nuestros mejores telescopios no parecen mayores que a simple vista.

3. Pero aun así ninguno de nuestros sentidos, no, ni siquiera la vista misma, puede alcanzar más allá de los límites de este mundo visible. Nos proporcionan del mundo material el conocimiento que basta para todos los fines de la vida. Pero como este fue el propósito para el cual nos fueron dados, más allá de esto no pueden ir. No nos dan información alguna acerca del mundo invisible.

4. Pero el sabio y misericordioso Gobernador de los mundos, tanto del visible como del invisible, ha preparado un remedio para este defecto. Ha dispuesto que la fe supla el defecto de los sentidos; que nos tome donde los sentidos nos dejan y nos ayude a cruzar el gran abismo. Su oficio comienza donde termina el de los sentidos. Los sentidos son una evidencia de las cosas que se ven; del mundo visible y material, y de sus diversas partes. La fe, por otra parte, es «la demostración de las cosas que no se ven»; del mundo invisible; de todas aquellas cosas invisibles que están reveladas en los oráculos de Dios. Pero, en verdad, estos nada revelan, son mera letra muerta, si no van «mezclados con fe en los que los oyen».

5. En particular, la fe es para mí una evidencia de la existencia de esa cosa no vista, mi propia alma. Sin ella yo estaría en total incertidumbre respecto de ella. Me vería obligado a hacer aquella triste pregunta:

¿Oyes, sumiso, que es de humilde cuna,

unas partículas sueltas de tierra más fina?

Pero por la fe sé que es un espíritu inmortal, hecho a imagen de Dios; a su imagen natural y a su imagen moral; «una imagen incorruptible del Dios de gloria». Por la misma evidencia sé que ahora estoy destituido de la gloriosa imagen de Dios; más aún, que yo, lo mismo que todo el género humano, estoy «muerto en delitos y pecados»; tan completamente muerto, que «en mí no mora el bien»; que estoy inclinado a todo mal y soy totalmente incapaz de vivificar mi propia alma.

6. Por la fe sé que, además de las almas de los hombres, hay otros órdenes de espíritus; más aún, creo que

millones de criaturas andan por la tierra,

sin ser vistas, ya velemos, ya durmamos.

A estos los llamo ángeles, y creo que una parte de ellos es santa y feliz, y la otra parte malvada y desdichada. Creo que los primeros, los ángeles buenos, son enviados continuamente por Dios «para servicio a favor de los que serán herederos de salvación»; los cuales serán dentro de poco «iguales a los ángeles», aunque ahora son un poco inferiores a ellos. Creo que los segundos, los ángeles malos, llamados en la Escritura demonios, unidos bajo una sola cabeza (llamada en la Escritura Satanás; enfáticamente, el enemigo, el adversario tanto de Dios como del hombre), o bien recorren las regiones superiores, por lo cual se les llama «príncipes de la potestad del aire», o bien, como él, andan por la tierra como «leones rugientes, buscando a quien devorar».

7. Pero sé por la fe que por encima de todos estos está el Señor Jehová, el que es, el que era y el que ha de venir; que es Dios desde la eternidad y por los siglos de los siglos; el que llena el cielo y la tierra; el que es infinito en poder, en sabiduría, en justicia, en misericordia y en santidad; el que creó todas las cosas, visibles e invisibles, por el aliento de su boca, y aún las «sustenta» a todas, las conserva en su ser, «con la palabra de su potencia»; y que gobierna todas las cosas que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra y debajo de la tierra. Por la fe sé que «tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo», y que «estos tres son uno»; que el Verbo, Dios el Hijo, «fue hecho carne», vivió y murió por nuestra salvación, resucitó, subió al cielo y ahora está sentado a la diestra del Padre. Por la fe sé que el Espíritu Santo es el dador de toda vida espiritual; de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo; de santidad y felicidad, por la restauración de aquella imagen de Dios en la cual fuimos creados. De todas estas cosas la fe es la evidencia, la única evidencia, para los hijos de los hombres.

8. Y así como la información que recibimos de nuestros sentidos no se extiende al mundo invisible, tampoco se extiende (a lo que está estrechamente relacionado con él) al mundo eterno. A pesar de toda la instrucción que la vista o cualquiera de los sentidos pueda dar,

el vasto, el ilimitado panorama se extiende ante nosotros;

pero nubes, ¡ay!, y tinieblas reposan sobre él.

Los sentidos no dejan entrar un solo rayo de luz para descubrir

«los secretos del abismo sin límites». Este, el mundo eterno, comienza con la muerte, la muerte de cada persona individual. En el momento en que sale el aliento del hombre, este es un habitante de la eternidad. En ese mismo instante el tiempo se desvanece, «como sueño del que despierta». Y aquí, de nuevo, la fe ocupa el lugar de los sentidos y nos da una visión de las cosas por venir: de una vez descorre el velo que cuelga entre el ser mortal y el inmortal. La fe nos descubre las almas de los justos, recibidas inmediatamente por los santos ángeles y llevadas por esos espíritus ministradores al seno de Abraham; a las delicias del paraíso, el jardín de Dios, donde la luz de su rostro brilla perpetuamente; donde el justo conversa no solo con sus antiguos parientes, amigos y compañeros de armas, sino con los santos de todas las naciones y de todas las edades, con los gloriosos muertos de los tiempos antiguos, con el noble ejército de los mártires, los apóstoles, los profetas, los patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob; y, por encima de todo esto, estará con Cristo de una manera que no era posible mientras permanecía en el cuerpo.

9. Descubre asimismo las almas de los hombres impíos; apresadas en el mismo momento en que se apartan de los labios temblorosos por aquellos ministros de la venganza, los ángeles malos, y arrastradas a su propio lugar. Es verdad que este no es el infierno más profundo: no han de ser atormentadas allí «antes de tiempo»; antes del fin del mundo, cuando cada uno recibirá la justa retribución de su galardón. Hasta entonces serán probablemente empleadas por su mal amo en el adelanto de su reino infernal, y en hacer todo el daño que esté en su poder a los pobres y débiles hijos de los hombres. Pero, con todo, dondequiera que busquen descanso, no lo hallarán. Llevan consigo su propio infierno, en el gusano que nunca muere; en una conciencia de culpa y de la ira de Dios, que continuamente consume sus espíritus; en disposiciones diabólicas e infernales, que son en sí mismas miseria; y en aquello de lo que no pueden librarse, no, ni por una hora, más de lo que pueden librarse de su propio ser: esa «horrenda expectación de hervor de fuego, que ha de devorar a los adversarios de Dios».

10. Además, la fe abre otra escena en el mundo eterno; a saber, la venida de nuestro Señor en las nubes del cielo para «juzgar a los vivos y a los muertos». Nos capacita para ver el «gran trono blanco que desciende del cielo, y al que está sentado sobre él, de delante del cual huyen el cielo y la tierra, y no se halla lugar para ellos». Vemos «los muertos, grandes y pequeños, de pie delante de Dios». Vemos «los libros abiertos, y los muertos juzgados por las cosas que están escritas en los libros». Vemos la tierra y el mar entregando sus muertos, y el infierno (es decir, el mundo invisible)«entregando los muertos que había en él, y cada uno juzgado según sus obras.

11. Por la fe se nos muestran también las consecuencias inmediatas del juicio general. Vemos la ejecución de aquella dichosa sentencia pronunciada sobre los que están a la derecha: «¡Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo!». Después de lo cual los santos ángeles templan sus arpas y cantan: «¡Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, para que entren los herederos de la gloria!». Y entonces beberán de los ríos de delicias que están a la diestra de Dios para siempre. Vemos asimismo la ejecución de aquella terrible sentencia pronunciada sobre los que están a la izquierda: «Apartaos, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles». Y entonces los ministros de la venganza divina los arrojarán en «el lago de fuego que arde con azufre; donde no tienen reposo ni de día ni de noche, sino que el humo de su tormento sube para siempre jamás».

12. Pero además del mundo invisible y del eterno, que no se ven, que solo pueden descubrirse por la fe, hay todo un sistema de cosas que no se ven, que no pueden ser discernidas por ninguno de nuestros sentidos exteriores. Me refiero al mundo espiritual, entendiendo por tal el reino de Dios en el alma del hombre. «Ojo no vio esto, ni oído oyó; ni puede subir en corazón de hombre concebir las cosas de» este reino interior, a menos que Dios las revele por su Espíritu. El Espíritu Santo nos prepara para su reino interior quitando el velo de nuestro corazón y capacitándonos para conocernos a nosotros mismos como somos conocidos por él; «convenciéndonos de pecado», de nuestra mala naturaleza, de nuestras malas disposiciones y de nuestras malas palabras y acciones; todo lo cual no puede menos que participar de la corrupción del corazón de donde brota. Luego nos convence de lo que merecen nuestros pecados; de manera que nuestra boca se cierra y nos vemos obligados a declararnos culpables delante de Dios. Al mismo tiempo, «recibimos el espíritu de servidumbre para temor»; temor de la ira de Dios, temor del castigo que hemos merecido; y, sobre todo, temor de la muerte, no sea que nos entregue a la muerte eterna. Las almas así convencidas sienten que están tan encerradas en la cárcel que no pueden salir. Se sienten a la vez enteramente pecadoras, enteramente culpables y enteramente impotentes. Pero toda esta convicción implica una especie de fe, pues es «una demostración de las cosas que no se ven»; y que en verdad no es posible ver ni conocer hasta que Dios nos las revela.

13. Pero obsérvese con cuidado (porque es un punto de no poca importancia) que esta fe es solo la fe de un siervo, y no la fe de un hijo. Como este es un punto que muchos no entienden con claridad, procuraré hacerlo un poco más claro. La fe de un siervo implica una evidencia divina del mundo invisible y del eterno; más aún, una evidencia del mundo espiritual, en cuanto puede existir sin experiencia viva. Quien ha alcanzado esto, la fe de un siervo, «teme a Dios y se aparta del mal»; o, como lo expresa san Pedro, «teme a Dios y obra justicia». A consecuencia de lo cual es en cierto grado, como observa el apóstol, «acepto a él». En otro lugar se le describe con estas palabras: «El que teme a Dios y guarda sus mandamientos». Aun quien ha llegado hasta aquí en la religión, quien obedece a Dios por temor, no ha de ser en manera alguna despreciado; puesto que «el principio de la sabiduría es el temor del Señor». Sin embargo, se le debe exhortar a no detenerse ahí; a no descansar hasta que alcance la adopción de hijos; hasta que obedezca por amor, que es el privilegio de todos los hijos de Dios.

14. Exhortadle a avanzar por todos los medios posibles, hasta que pase «de fe en fe»; de la fe de un siervo a la fe de un hijo; del espíritu de servidumbre para temor al espíritu de amor filial. Entonces tendrá a «Cristo revelado en su corazón», que le capacitará para testificar: «Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí», que es la voz propia de un hijo de Dios. Entonces será «nacido de Dios», cambiado interiormente por el gran poder de Dios, de una mente «terrena, animal, diabólica» a «el sentir que hubo también en Cristo Jesús». Experimentará lo que san Pablo quiere decir con aquellas notables palabras a los gálatas: «Sois hijos de Dios por la fe; y por cuanto sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo a vuestros corazones, el cual clama: Abba, Padre». «El que cree», como hijo (según observa san Juan), «tiene el testimonio en sí mismo». «El mismo Espíritu da testimonio a su espíritu de que es hijo de Dios». «El amor de Dios está derramado en su corazón por el Espíritu Santo que le es dado».

15. Pero muchas dudas y temores pueden permanecer todavía, aun en un hijo de Dios, mientras es débil en la fe; mientras está en el número de aquellos a quienes san Pablo llama «niños en Cristo». Pero cuando su fe se fortalece, cuando recibe la impresión permanente de la fe, que hace reales las cosas por venir; cuando ha recibido el testimonio permanente del Espíritu, las dudas y los temores se desvanecen. Entonces goza de la pleroforia, o «plena certidumbre de fe»; que excluye toda duda y todo «temor que lleva en sí castigo». A los que llama jóvenes, san Juan les dice: «Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno». Estos, observa el apóstol en el otro versículo, tenían «la palabra de Dios permaneciendo en ellos». Puede, no sin probabilidad, significar «la palabra de perdón», la palabra que declaró perdonados todos sus pecados. A consecuencia de lo cual tienen la conciencia del favor divino sin interrupción alguna.

16. A estos, más especialmente, podemos aplicar la exhortación del apóstol Pablo: «Dejando los primeros principios de la doctrina de Cristo», a saber, el arrepentimiento y la fe, «vamos adelante a la perfección». Pero ¿en qué sentido hemos de «dejar esos principios? No absolutamente; porque hemos de retener tanto el uno como el otro, el conocimiento de nosotros mismos y el conocimiento de Dios, hasta el fin de nuestra vida; sino solo comparativamente; no fijando en ellos, como hicimos al principio, toda nuestra atención; pensando y hablando perpetuamente de ninguna otra cosa sino del arrepentimiento o de la fe. Pero ¿cuál es la «perfección» de que aquí se habla? No es solo una liberación de las dudas y los temores, sino del pecado; de todo pecado interior tanto como exterior; de los malos deseos y las malas disposiciones, tanto como de las malas palabras y obras. Más aún, no es solo una bendición negativa, una liberación de todas las malas disposiciones, implícita en aquella expresión: «Circuncidaré tu corazón»; sino también una positiva; a saber, la implantación de todas las buenas disposiciones en su lugar; claramente implícita en aquella otra expresión: «Amar al Señor vuestro Dios con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma».

17. Estos son aquellos a quienes el apóstol Juan da el venerable título de padres, los cuales «han conocido al que es desde el principio»; el eterno Dios trino y uno. Uno de ellos se expresa así: «Llevo conmigo una verdad experimental y una plenitud de la presencia de la siempre bendita Trinidad». Y los que son padres en Cristo generalmente, aunque creo que no siempre, gozan de la pleroforia, o «plena certidumbre de la esperanza»; sin tener más duda de reinar con él en gloria que si ya le vieran venir en las nubes del cielo. Pero esto no impide que crezcan continuamente en el conocimiento y el amor de Dios. Mientras «están siempre gozosos, oran sin cesar y dan gracias en todo», oran en particular para que nunca dejen de velar, de negarse a sí mismos, de tomar su cruz cada día, de pelear la buena batalla de la fe, y contra el mundo, el diablo y sus propias y múltiples flaquezas; hasta que sean capaces de «comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento»; más aún, de «ser llenos de toda la plenitud de Dios». Yarm, 11 de junio de 1788.

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