Sermones en diversas ocasiones
Discurso I

Capítulo 11 · 26 min de lectura · 33 min de escucha

Discurso I

Sermón 10

EL TESTIMONIO DEL ESPÍRITU

Discurso I

«El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.»

Romanos 8:16

1. ¡Cuántos hombres vanos, sin entender lo que hablaban ni lo que afirmaban, han torcido esta Escritura para gran perjuicio, si no para perdición, de sus almas! ¡Cuántos han confundido la voz de su propia imaginación con este testimonio del Espíritu de Dios, y de ahí han presumido neciamente que eran hijos de Dios mientras hacían las obras del diablo! Estos son, verdadera y propiamente, entusiastas; y, en efecto, en el peor sentido de la palabra. ¡Pero con qué dificultad se les convence de ello, sobre todo si han bebido hondo de ese espíritu de error! Todo esfuerzo por llevarlos al conocimiento de sí mismos lo tendrán entonces por pelear contra Dios; y esa vehemencia e impetuosidad de espíritu que ellos llaman «contender eficazmente por la fe» los coloca tan por encima de todos los medios habituales de convencimiento que bien podemos decir: «Para con los hombres esto es imposible».

2. ¿Quién puede, pues, sorprenderse de que muchos hombres razonables, viendo los terribles efectos de este engaño y esforzándose por mantenerse a la mayor distancia posible de él, se inclinen a veces hacia el extremo opuesto? ¿De que no se apresuren a creer a quienes hablan de tener este testimonio acerca del cual otros han errado tan gravemente? ¿De que estén casi dispuestos a tener por entusiastas a todos los que usan las expresiones de las que tan terriblemente se ha abusado? Más aún, ¿de que lleguen a dudar si el testimonio de que aquí se habla es privilegio de los cristianos ordinarios, y no, más bien, uno de aquellos dones extraordinarios que suponen pertenecieron solo a la era apostólica?

3 . Pero ¿hay alguna necesidad que nos obligue a correr a uno u otro extremo? ¿No podemos seguir un camino intermedio, mantenernos a suficiente distancia de aquel espíritu de error y entusiasmo, sin negar el don de Dios ni renunciar al gran privilegio de sus hijos? Ciertamente podemos. Para ello, consideremos, en la presencia y el temor de Dios:

Primero. ¿Qué es este testimonio de nuestro espíritu? ¿Qué es el testimonio del Espíritu de Dios? ¿Y cómo «da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios»?

Segundo. ¿Cómo se distingue, clara y sólidamente, este testimonio conjunto del Espíritu de Dios y del nuestro, de la presunción de una mente natural y del engaño del diablo?

I. 1. Consideremos primero qué es el testimonio de nuestro espíritu. Pero aquí no puedo menos que pedir a todos los que pretenden absorber el testimonio del Espíritu de Dios en el testimonio racional de nuestro propio espíritu, que observen que en este texto el Apóstol está tan lejos de hablar solo del testimonio de nuestro propio espíritu, que puede ponerse en duda si habla de él en absoluto, si no habla únicamente del testimonio del Espíritu de Dios. No parece sino que el texto original puede entenderse razonablemente así. El Apóstol acababa de decir, en el versículo anterior: «Habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!»; e inmediatamente añade: Auto to pneuma (algunas copias leen to auto pneuma) symmartyrei toi pneumati hemon, hoti esmen tekna Theou, lo cual puede traducirse: El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (pues la preposición syn solo indica que él da este testimonio al mismo tiempo que nos capacita para clamar: Abba, Padre). Pero no disputo sobre ello, pues tantos otros textos, junto con la experiencia de todos los cristianos verdaderos, demuestran suficientemente que en todo creyente hay a la vez el testimonio del Espíritu de Dios y el testimonio de su propio espíritu de que es hijo de Dios.

2. En cuanto a este último, su fundamento está puesto en aquellos numerosos textos de la Escritura que describen las señales de los hijos de Dios, y eso tan claramente que el que corre pueda leerlas. Estas señales han sido además reunidas y puestas bajo la luz más fuerte por muchos escritores, tanto antiguos como modernos. Si alguno necesita más luz, puede recibirla asistiendo al ministerio de la Palabra de Dios, meditando en ella delante de Dios en secreto y conversando con quienes tienen el conocimiento de sus caminos. Y por la razón o el entendimiento que Dios le ha dado, el cual la religión no fue destinada a apagar, sino a perfeccionar, conforme a aquello del Apóstol: «Hermanos, no seáis niños en el entendimiento; en la malicia» o maldad «sed niños; pero en el entendimiento sed hombres» (1 Corintios 14:20; ), todo hombre, aplicándose esas señales bíblicas, puede saber si es hijo de Dios. Así, si sabe, primero, que «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios», a todas las disposiciones y acciones santas, «estos son hijos de Dios» (de lo cual tiene la seguridad infalible de la Sagrada Escritura), y segundo, que él es así «guiado por el Espíritu de Dios», concluirá fácilmente: «Por tanto, soy hijo de Dios».

3. Con esto concuerdan todas aquellas claras declaraciones de San Juan en su Primera Epístola: «Y en esto sabemos que nosotros le hemos conocido, si guardamos sus mandamientos.» (1 Juan 2:3.) «El que guarda su palabra, en este verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él»; es decir, que somos verdaderamente hijos de Dios. (1 Juan 2:5.) «Si sabéis que él es justo, sabéis que todo el que hace justicia es nacido de él.» (1 Juan 2:29.) «Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos.» (1 Juan 3:14) «En esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él»; a saber, porque nos «amamos unos a otros, no de palabra ni de lengua, sino de obra y en verdad». «En esto conocemos que permanecemos en él, porque nos ha dado de su» amoroso «Espíritu». (1 Juan 4:13.) Y: «en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el» obediente «espíritu que nos ha dado». (1 Juan 3:24.)

4. Es muy probable que nunca haya habido hijos de Dios, desde el principio del mundo hasta hoy, más adelantados en la gracia de Dios y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo que el apóstol Juan cuando escribió estas palabras, y que los padres en Cristo a quienes escribía. No obstante, es evidente que tanto el mismo Apóstol como todas aquellas columnas del templo de Dios estaban muy lejos de despreciar estas señales de que eran hijos de Dios, y que las aplicaban a sus propias almas para confirmación de su fe. Sin embargo, todo esto no es otra cosa que evidencia racional: el testimonio de nuestro espíritu, de nuestra razón o entendimiento. Todo se reduce a esto: Los que tienen estas señales son hijos de Dios; pero nosotros tenemos estas señales; por tanto, somos hijos de Dios.

5. Pero ¿cómo consta que tenemos estas señales? Esta es una pregunta que aún queda en pie. ¿Cómo consta que amamos a Dios y a nuestro prójimo, y que guardamos sus mandamientos? Obsérvese que el sentido de la pregunta es: ¿cómo nos consta a nosotros mismos, no a los demás? Yo preguntaría, pues, al que propone esta cuestión: ¿Cómo te consta que estás vivo, y que ahora estás en sosiego y no en dolor? ¿No eres inmediatamente consciente de ello? Por esa misma conciencia inmediata sabrás si tu alma está viva para Dios; si has sido librado del dolor de la ira soberbia y tienes el sosiego de un espíritu manso y apacible. Por el mismo medio no puedes dejar de percibir si amas a Dios, si te regocijas y deleitas en él. Por el mismo debes tener seguridad directa de si amas a tu prójimo como a ti mismo; de si tienes afecto bondadoso hacia todo el género humano y estás lleno de benignidad y longanimidad. Y en cuanto a la señal externa de los hijos de Dios, que es, según San Juan, guardar sus mandamientos, sin duda sabes en tu propio pecho si, por la gracia de Dios, te pertenece. Tu conciencia te informa día tras día si no tomas el nombre de Dios en tus labios sino con seriedad y devoción, con reverencia y temor piadoso; si te acuerdas del día de reposo para santificarlo; si honras a tu padre y a tu madre; si haces a todos como quisieras que ellos te hicieran a ti; si tienes tu cuerpo en santificación y honor; y si, ya sea que comas o bebas, eres templado en ello y lo haces todo para la gloria de Dios.

6. Ahora bien, este es propiamente el testimonio de nuestro propio espíritu; a saber, el testimonio de nuestra conciencia de que Dios nos ha concedido ser santos de corazón y santos en nuestra conducta exterior. Es la conciencia de haber recibido, en y por el Espíritu de adopción, las disposiciones que la Palabra de Dios menciona como propias de sus hijos adoptivos: un corazón amante hacia Dios y hacia todo el género humano, que pende con confianza filial de Dios nuestro Padre, que no desea nada sino a él, que echa toda su ansiedad sobre él y que abraza a todo hijo de hombre con afecto ferviente y tierno; la conciencia de que estamos interiormente conformados, por el Espíritu de Dios, a la imagen de su Hijo, y de que andamos delante de él en justicia, misericordia y verdad, haciendo las cosas que son agradables delante de él.

7. Pero ¿qué es ese testimonio del Espíritu de Dios que se añade a este y se une con él? ¿Cómo «da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios»? Es difícil hallar palabras en el lenguaje de los hombres para explicar «lo profundo de Dios». En verdad, no hay ninguna que exprese adecuadamente lo que experimentan los hijos de Dios. Pero quizá podría decirse (deseando que cualquiera que sea enseñado por Dios corrija, suavice o refuerce la expresión): El testimonio del Espíritu es una impresión interior en el alma, por la cual el Espíritu de Dios atestigua directamente a mi espíritu que soy hijo de Dios; que Jesucristo me ha amado y se ha entregado a sí mismo por mí; y que todos mis pecados han sido borrados, y yo, aun yo, estoy reconciliado con Dios.

8. Que este testimonio del Espíritu de Dios ha de ser necesariamente, por la naturaleza misma de las cosas, anterior al testimonio de nuestro propio espíritu, puede verse por esta sola consideración: Hemos de ser santos de corazón y santos de vida antes de poder ser conscientes de que lo somos; antes de poder tener el testimonio de nuestro espíritu de que somos santos interior y exteriormente. Pero hemos de amar a Dios antes de poder ser santos en absoluto, pues este amor es la raíz de toda santidad. Ahora bien, no podemos amar a Dios hasta que sepamos que él nos ama. «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.» Y no podemos conocer su amor perdonador para con nosotros hasta que su Espíritu lo atestigüe a nuestro espíritu. Puesto que, por tanto, este testimonio de su Espíritu debe preceder al amor de Dios y a toda santidad, en consecuencia debe preceder a nuestra conciencia interior de ellos, o sea, al testimonio de nuestro espíritu acerca de ellos.

9. Entonces, y no antes, cuando el Espíritu de Dios da este testimonio a nuestro espíritu: «Dios te ha amado, y ha dado a su propio Hijo en propiciación por tus pecados; el Hijo de Dios te ha amado, y te ha lavado de tus pecados con su sangre», entonces «amamos a Dios, porque él nos amó primero»; y, por amor de él, amamos también a nuestro hermano. Y de esto no podemos menos que ser conscientes en nosotros mismos: «conocemos lo que Dios nos ha dado gratuitamente». Sabemos que amamos a Dios y guardamos sus mandamientos; y «en esto también sabemos que somos de Dios». Este es aquel testimonio de nuestro propio espíritu que, mientras sigamos amando a Dios y guardando sus mandamientos, permanece unido al testimonio del Espíritu de Dios, «de que somos hijos de Dios».

10. No quisiera en modo alguno que se entendiera, por cosa alguna que se haya dicho acerca de ello, que excluyo la operación del Espíritu de Dios aun del testimonio de nuestro propio espíritu. De ninguna manera. Es él quien no solo obra en nosotros todo lo que es bueno, sino que también resplandece sobre su propia obra y muestra claramente lo que ha hecho. Por eso San Pablo habla de esto como de uno de los grandes fines por los que recibimos el Espíritu: «para que conozcamos lo que Dios nos ha dado gratuitamente»; para que él fortalezca el testimonio de nuestra conciencia acerca de nuestra «sencillez y sinceridad de Dios», y nos dé a discernir, con una luz más plena y más fuerte, que ahora hacemos las cosas que le agradan.

11. Si todavía se preguntara: «¿Cómo da el Espíritu de Dios testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios”, de manera que excluya toda duda y demuestre la realidad de nuestra filiación?», la respuesta es clara por lo que se ha observado arriba. Y, primero, en cuanto al testimonio de nuestro espíritu: El alma percibe tan íntima y evidentemente cuándo ama a Dios, se deleita y se regocija en él, como cuándo ama algo de la tierra y se deleita en ello. Y no puede dudar más de si ama, se deleita y se regocija o no, que de si existe o no. Si, por tanto, este es un razonamiento justo:

El que ahora ama a Dios, el que se deleita y se regocija en él con un gozo humilde, un deleite santo y un amor obediente, es hijo de Dios;

Pero yo así amo a Dios, me deleito y me regocijo en él;

Por tanto, soy hijo de Dios: — Entonces un cristiano de ninguna manera puede dudar de que es hijo de Dios. De la primera proposición tiene una seguridad tan plena como la que tiene de que las Escrituras son de Dios; y de que él así ama a Dios tiene una prueba interior que no es nada menos que la evidencia de sí misma. Así, el testimonio de nuestro propio espíritu se manifiesta a nuestro corazón con la convicción más íntima, de tal manera que demuestra, más allá de toda duda razonable, la realidad de nuestra filiación.

12. La manera en que el testimonio divino se manifiesta al corazón no me atrevo a explicarla. Tal conocimiento es demasiado maravilloso y excelente para mí: no puedo alcanzarlo. El viento sopla, y oigo su sonido; pero no sé de dónde viene ni a dónde va. Así como nadie conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él, así nadie conoce la manera de las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Pero el hecho lo conocemos; a saber, que el Espíritu de Dios da al creyente tal testimonio de su adopción que, mientras está presente en el alma, él no puede dudar de la realidad de su filiación más de lo que puede dudar del brillo del sol cuando está de pie bajo el pleno resplandor de sus rayos.

II. 1. Lo siguiente que hemos de considerar es cómo este testimonio conjunto del Espíritu de Dios y de nuestro espíritu puede distinguirse clara y sólidamente de la presunción de una mente natural y del engaño del diablo. Y importa en gran manera a todos los que desean la salvación de Dios considerarlo con la más profunda atención, si no quieren engañar a sus propias almas. Se observa generalmente que un error en esto tiene las consecuencias más funestas; tanto más cuanto que el que yerra rara vez descubre su equivocación hasta que es demasiado tarde para remediarla.

2. Y, primero, ¿cómo ha de distinguirse este testimonio de la presunción de una mente natural? Es cierto que quien nunca fue convencido de pecado está siempre dispuesto a lisonjearse a sí mismo y a pensar de sí, sobre todo en las cosas espirituales, más alto de lo que debe pensar. Y de ahí que no sea nada extraño que alguien vanamente hinchado por su mente carnal, cuando oye hablar de este privilegio de los verdaderos cristianos, entre los cuales sin duda se cuenta, llegue pronto a convencerse de que ya lo posee. Tales casos abundan hoy en el mundo y han abundado en todas las épocas. ¿Cómo, pues, puede distinguirse el verdadero testimonio del Espíritu con nuestro espíritu de esta presunción que condena?

3. Respondo: las Sagradas Escrituras abundan en señales por las cuales puede distinguirse lo uno de lo otro. Describen, de la manera más clara, las circunstancias que preceden, que acompañan y que siguen al verdadero y genuino testimonio del Espíritu de Dios con el espíritu del creyente. Quien pese con cuidado estas cosas y les preste atención no tendrá necesidad de tomar las tinieblas por luz. Percibirá, respecto de todas ellas, una diferencia tan grande entre el testimonio real y el fingido del Espíritu, que no habrá peligro, y aun podría decir que no habrá posibilidad, de confundir el uno con el otro.

4. Por medio de ellas, quien presume vanamente del don de Dios podría ciertamente saber, si de veras lo deseara, que hasta ahora ha sido «entregado a un poderoso engaño», y se le ha permitido creer una mentira. Porque las Escrituras establecen señales claras y evidentes que preceden, acompañan y siguen a ese don, y un poco de reflexión le convencería, más allá de toda duda, de que nunca se hallaron en su alma. Por ejemplo: la Escritura describe el arrepentimiento, o convicción de pecado, como algo que siempre va delante de este testimonio del perdón. Así: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.» (Mateo 3:2.) «Arrepentíos, y creed en el evangelio.» (Marcos 1:15.) «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros para perdón de los pecados.» (Hechos 2:38.) «Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados.» (Hechos 3:19.) En conformidad con esto, también nuestra Iglesia pone continuamente el arrepentimiento antes del perdón o del testimonio de él: «Él perdona y absuelve a todos los que verdaderamente se arrepienten y creen sin fingimiento su santo evangelio.» «Dios todopoderoso — ha prometido el perdón de los pecados a todos los que, con sincero arrepentimiento y fe verdadera, se vuelven a él.» Pero este hombre es extraño aun a este arrepentimiento: nunca ha conocido un corazón quebrantado y contrito; «el recuerdo de sus pecados» nunca le fue «penoso», ni «su carga intolerable». Al repetir esas palabras, nunca quiso decir lo que decía; simplemente le hizo un cumplido a Dios. Y aunque no fuera más que por la falta de esta obra previa de Dios, tiene sobrada razón para creer que ha asido una mera sombra y que nunca ha conocido todavía el verdadero privilegio de los hijos de Dios.

5. Además, las Escrituras describen el nacer de Dios, que debe preceder al testimonio de que somos sus hijos, como un cambio vasto y poderoso; un cambio «de las tinieblas a la luz», así como «de la potestad de Satanás a Dios»; como un «paso de muerte a vida», una resurrección de entre los muertos. Así dice el Apóstol a los efesios: «Y él os dio vida a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y pecados.» (Efesios 2:1.) Y otra vez: «aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo; y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales en Cristo Jesús». (Efesios 2:5, 6.) Pero ¿qué sabe aquel de quien ahora hablamos de un cambio semejante? Es del todo ajeno a todo este asunto. Este es un lenguaje que no entiende. Os dice que siempre fue cristiano. No conoce ningún tiempo en que haya tenido necesidad de tal cambio. Por esto también, si se permite pensar, puede saber que no es nacido del Espíritu; que nunca ha conocido aún a Dios, sino que ha confundido la voz de la naturaleza con la voz de Dios.

6. Pero, dejando a un lado la consideración de lo que haya experimentado o no en el pasado, por las señales presentes podemos distinguir fácilmente a un hijo de Dios de un presuntuoso que se engaña a sí mismo. Las Escrituras describen el gozo en el Señor que acompaña al testimonio de su Espíritu como un gozo humilde; un gozo que abate hasta el polvo, que hace exclamar al pecador perdonado: «¡Soy vil! ¿Quién soy yo, o qué es la casa de mi padre? Ahora mis ojos te ven; me aborrezco en el polvo y en la ceniza.» Y dondequiera que hay humildad, hay mansedumbre, paciencia, benignidad, longanimidad. Hay un espíritu suave y dócil; una apacibilidad y dulzura, una ternura de alma que las palabras no pueden expresar. Pero ¿acompañan estos frutos a ese supuesto testimonio del Espíritu en un hombre presuntuoso? Todo lo contrario. Cuanto más confiado está en el favor de Dios, tanto más se envanece; cuanto más se ensalza a sí mismo, tanto más altivo y arrogante es todo su comportamiento. Cuanto más fuerte es el testimonio que imagina tener, tanto más avasallador es con todos los que le rodean; tanto más incapaz de recibir reprensión alguna; tanto más impaciente ante la contradicción. En lugar de ser más manso, benigno y dócil, más «pronto para oír, y tardo para hablar», es más tardo para oír y pronto para hablar; más reacio a aprender de nadie; más fogoso y vehemente en su temperamento, y más impetuoso en su conversación. Más aún, quizá aparezca a veces una especie de fiereza en su aire, en su manera de hablar, en todo su porte, como si estuviera a punto de quitar el asunto de las manos de Dios y «devorar» él mismo «a los adversarios».

7. Una vez más: las Escrituras enseñan: «Este es el amor de Dios», la señal segura de él, «que guardemos sus mandamientos». (1 Juan 5:3.) Y nuestro mismo Señor dice: «El que guarda mis mandamientos, ese es el que me ama.» (Juan 14:21.) El amor se goza en obedecer; en hacer, en todo punto, cuanto es agradable al amado. El que verdaderamente ama a Dios se apresura a hacer su voluntad en la tierra como se hace en el cielo. Pero ¿es este el carácter del presuntuoso que pretende amar a Dios? No, sino que su amor le da libertad para desobedecer, para quebrantar, y no guardar, los mandamientos de Dios. Quizá, cuando temía la ira de Dios, se esforzaba por hacer su voluntad. Pero ahora, considerándose «no bajo la ley», piensa que ya no está obligado a observarla. Por eso es menos celoso de buenas obras; menos cuidadoso en abstenerse del mal; menos vigilante sobre su propio corazón; menos celoso sobre su lengua. Es menos diligente en negarse a sí mismo y en tomar su cruz cada día. En una palabra, toda la forma de su vida ha cambiado desde que se ha imaginado estar en libertad. Ya no está «ejercitándose para la piedad»; «luchando no solo contra sangre y carne, sino contra principados y potestades», soportando penalidades, «porfiando por entrar por la puerta angosta». No; ha hallado un camino más fácil al cielo; una senda ancha, llana y florida, en la que puede decir a su alma: «Alma, repósate; come, bebe, regocíjate.» Se sigue, con evidencia innegable, que no tiene el verdadero testimonio de su propio espíritu. No puede ser consciente de tener aquellas señales que no tiene: esa humildad, mansedumbre y obediencia. Ni puede tampoco el Espíritu del Dios de verdad dar testimonio de una mentira, o atestiguar que es hijo de Dios cuando manifiestamente es hijo del diablo.

8. ¡Descúbrete, pobre engañado de ti mismo, tú que estás confiado en ser hijo de Dios; tú que dices: «Tengo el testimonio en mí mismo», y por eso desafías a todos tus enemigos! Has sido pesado en balanza y hallado falto; sí, en la balanza del santuario. La palabra del Señor ha probado tu alma, y te ha mostrado como plata desechada. No eres humilde de corazón; por tanto, no has recibido hasta hoy el Espíritu de Jesús. No eres benigno ni manso; por tanto, tu gozo nada vale: no es gozo en el Señor. No guardas sus mandamientos; por tanto, no le amas, ni eres partícipe del Espíritu Santo. Es, por consiguiente, tan cierto y tan evidente como los oráculos de Dios pueden hacerlo, que su Espíritu no da testimonio a tu espíritu de que eres hijo de Dios. ¡Oh, clama a él, para que caigan las escamas de tus ojos; para que te conozcas a ti mismo como eres conocido; para que recibas en ti mismo la sentencia de muerte, hasta que oigas la voz que levanta a los muertos, diciendo: «Ten ánimo; tus pecados te son perdonados; tu fe te ha salvado»!

9. «Pero ¿cómo puede el que tiene el verdadero testimonio en sí mismo distinguirlo de la presunción?» ¿Cómo, te ruego, distingues el día de la noche? ¿Cómo distingues la luz de las tinieblas; o la luz de una estrella, o de una vela que apenas titila, de la luz del sol del mediodía? ¿No hay una diferencia inherente, evidente, esencial entre la una y la otra? ¿Y no percibes esa diferencia inmediata y directamente, con tal que tus sentidos estén bien dispuestos? De igual manera, hay una diferencia inherente y esencial entre la luz espiritual y las tinieblas espirituales; y entre la luz con que el Sol de justicia resplandece sobre nuestro corazón y aquella luz vacilante que procede solo de «centellas que nosotros mismos encendimos»; y también esta diferencia se percibe inmediata y directamente, si nuestros sentidos espirituales están bien dispuestos.

10. Exigir una explicación más minuciosa y filosófica de la manera en que distinguimos estas cosas, y de los criteria, o señales intrínsecas, por los cuales conocemos la voz de Dios, es hacer una demanda que jamás puede ser satisfecha; no, ni siquiera por quien tenga el más profundo conocimiento de Dios. Supongamos que, cuando Pablo respondía ante Agripa, el sabio romano le hubiera dicho: «Hablas de haber oído la voz del Hijo de Dios. ¿Cómo sabes que era su voz? ¿Por qué criteria, por qué señales intrínsecas, conoces la voz de Dios? Explícame la manera de distinguirla de una voz humana o angélica.» ¿Puedes creer que el mismo Apóstol habría intentado siquiera responder a una demanda tan vana? Y, sin embargo, sin duda, en el momento en que oyó aquella voz supo que era la voz de Dios. Pero cómo lo supo, ¿quién es capaz de explicarlo? Quizá ni hombre ni ángel.

11. Para acercarnos aún más: supongamos que Dios dijera ahora a un alma: «Tus pecados te son perdonados»; él ha de querer que esa alma conozca su voz; de otro modo hablaría en vano. Y es poderoso para lograrlo, pues, siempre que él quiere, el hacer está presente en él. Y lo logra: esa alma tiene absoluta seguridad de que «esta voz es la voz de Dios». Pero, con todo, el que tiene ese testimonio en sí mismo no puede explicarlo a quien no lo tiene; ni es de esperar que pueda. Si hubiera algún medio natural para probar, o algún método natural para explicar, las cosas de Dios a hombres sin experiencia, entonces el hombre natural podría discernir y conocer las cosas del Espíritu de Dios. Pero esto es totalmente contrario a la afirmación del Apóstol, de que «no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente» [1 Corintios 2:14]; es decir, por los sentidos espirituales, que el hombre natural no tiene.

12. «Pero ¿cómo sabré que mis sentidos espirituales están bien dispuestos?» También esta es una cuestión de enorme importancia; pues si un hombre se equivoca en esto, puede correr por un error y un engaño sin fin. «¿Y cómo tengo seguridad de que este no es mi caso, y de que no confundo la voz del Espíritu?» Por el testimonio de tu propio espíritu; por «la respuesta de una buena conciencia delante de Dios». [1 Pedro 3:21] Por los frutos que él ha obrado en tu espíritu conocerás el testimonio del Espíritu de Dios. En esto conocerás que no estás bajo ningún engaño, que no has engañado a tu propia alma. Los frutos inmediatos del Espíritu cuando gobierna en el corazón son «amor, gozo, paz, entrañas de misericordia, humildad, mansedumbre, benignidad, paciencia». [Gálatas 5:22, 23] Y los frutos externos son hacer el bien a todos los hombres, no hacer mal a nadie y andar en la luz [1 Juan 1:7]: una obediencia celosa y constante a todos los mandamientos de Dios.

13. Por los mismos frutos distinguirás esta voz de Dios de cualquier engaño del diablo. Aquel espíritu soberbio no puede humillarte delante de Dios. Ni puede ni quiere ablandar tu corazón y derretirlo, primero en un llanto ferviente en pos de Dios y luego en amor filial. No es el adversario de Dios y del hombre quien te capacita para amar a tu prójimo, o para revestirte de mansedumbre, benignidad, paciencia, templanza y toda la armadura de Dios. [véase Colosenses 3:12–14; Efesios 6:11] Él no está dividido contra sí mismo, ni es destructor del pecado, que es su propia obra. No; no es otro sino el Hijo de Dios quien viene a «deshacer las obras del diablo». [1 Juan 3:8] Tan cierto, pues, como que la santidad es de Dios y que el pecado es obra del diablo, así de cierto el testimonio que tienes en ti mismo no es de Satanás, sino de Dios.

14. Bien puedes, entonces, decir: «¡Gracias a Dios por su don inefable!» [2 Corintios 9:15] ¡Gracias a Dios, que me concede «saber a quién he creído»; [2 Timoteo 1:12] que ha «enviado el Espíritu de su Hijo a mi corazón, el cual clama: ¡Abba, Padre!», [Gálatas 4:6] y que aun ahora está «dando testimonio a mi espíritu de que soy hijo de Dios»! [Romanos 8:16] Y procura que no solo tus labios, sino tu vida, publiquen su alabanza. Él te ha sellado como suyo; glorifícalo, pues, en tu cuerpo y en tu espíritu, los cuales son suyos. [1 Corintios 6:20] Amado, si tienes esta esperanza en ti, purifícate como él es puro. Mientras contemplas cuál amor te ha dado el Padre, para que seas llamado hijo de Dios, [1 Juan 3:1] límpiate «de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios»; [2 Corintios 7:1] ¡y sean todos tus pensamientos, palabras y obras un sacrificio espiritual, santo, agradable a Dios por Cristo Jesús! [Romanos 12:1, 2]

Página 1 / 1 · 26 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente