Sermones en diversas ocasiones
Sobre las riquezas

Capítulo 109 · 18 min de lectura · 23 min de escucha

Sobre las riquezas

Sermón 108

Sobre las riquezas

«Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios».

Mateo 19:24.

1. En los versículos anteriores tenemos el relato de un joven que vino corriendo a nuestro Señor, y, arrodillándose, no con hipocresía, sino con profunda sinceridad de alma, le dijo: «Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?». «Todos los mandamientos», dice él, «los he guardado desde mi juventud: ¿qué más me falta?». Probablemente los había guardado en sentido literal; y, sin embargo, todavía amaba al mundo. Y Aquel que sabía lo que había en el hombre sabía que, en este caso particular (porque de ningún modo es esta una regla general), no podía ser sanado de aquella enfermedad desesperada sino mediante un remedio desesperado. Por eso le respondió: «Anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres; y ven, sígueme. Pero oyendo esto, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. ¡Así se marchitaron todas aquellas hermosas flores! ¡Porque no quería hacerse tesoro en el cielo a tan alto precio! Jesús, observando esto, «mirando alrededor, dice a sus discípulos» (Marcos 10:23): «¡Cuán dificultosamente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas! ¡Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios! Y ellos se espantaban sobremanera, diciendo dentro de sí: ¿Y quién podrá salvarse?»; si tan difícil es que se salven los ricos, que tienen tantas y tan grandes ventajas, que están libres de los afanes de este mundo y de mil dificultades a que los pobres están continuamente expuestos.

2. Se ha supuesto, en verdad, que él retracta en parte lo que había dicho acerca de la dificultad de que los ricos se salven, mediante lo que se añade en el capítulo décimo de san Marcos. Porque después de haber dicho (versículo 23): «¡Cuán dificultosamente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!», cuando «los discípulos se espantaron de sus palabras, Jesús, respondiendo, les volvió a decir»: «¡Cuán difícil es entrar en el reino de Dios los que confían en las riquezas!» (versículo 24). Pero observad: (1.) Nuestro Señor no quiso con esto retractar lo que había dicho antes. Tan lejos de ello, que lo confirma inmediatamente con aquella terrible declaración: «Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios». Observad: (2.) Tanto una de estas sentencias como la otra afirman exactamente lo mismo. Porque más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja que el que los que tienen riquezas no confíen en ellas.

3. Percibiendo el espanto de ellos ante esta dura palabra, «Jesús, mirándolos» (sin duda con un aire de inexpresable ternura, para que no pensaran que el caso de los ricos era desesperado), «dice: Para los hombres es imposible; mas para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios».

4. Entiendo que por un rico se quiere decir aquí no solo un hombre que tiene inmensos tesoros, uno que ha amontonado oro como polvo y plata como la arena del mar, sino cualquiera que posee más de lo necesario y conveniente para la vida. El que tiene alimento y vestido suficiente para sí y para su familia, y algo de sobra, es rico. Por el reino de Dios, o de los cielos (términos exactamente equivalentes), creo que se quiere decir, no el reino de la gloria (aunque este, sin duda, seguirá), sino el reino de los cielos, es decir, la religión verdadera, sobre la tierra. El significado, pues, de la afirmación de nuestro Señor es este: que es absolutamente imposible, a no ser por aquel poder para el cual todas las cosas son posibles, que un rico sea cristiano; que tenga la mente que hubo en Cristo y que ande como Cristo anduvo. Tales son los estorbos para la santidad, así como las tentaciones al pecado, que le rodean por todas partes.

I. Primero. Tales son los estorbos para la santidad que le rodean por todas partes. Enumerarlos todos requeriría un grueso volumen: solo quisiera tocar unos pocos de ellos.

1. La raíz de toda religión es la fe, sin la cual es imposible agradar a Dios. Ahora bien, si la tomáis en su acepción general, como la «demostración de las cosas que no se ven», del mundo invisible y eterno, de Dios y de las cosas de Dios, ¡qué tendencia tan natural tienen las riquezas a oscurecer esta demostración, a impedir vuestra atención a Dios y a las cosas de Dios, y a las cosas invisibles y eternas! Y si la tomáis en otro sentido, como confianza, ¡qué tendencia tienen las riquezas a destruirla; a haceros confiar, sea para vuestra felicidad o para vuestra defensa, en ellas, y no «en el Dios vivo»! O si tomáis la fe en el propio sentido cristiano, como una confianza divina en un Dios que perdona, ¡qué estorbo tan mortal, tan casi insuperable, son las riquezas para esta fe! ¡Qué! ¿Puede un hombre acaudalado, y por consiguiente honrado, venir a Dios como quien no tiene con qué pagar? ¿Puede dejar a un lado toda su grandeza y venir como pecador, como mero pecador, el más vil de los pecadores; como al mismo nivel de los que dan de comer a los perros de su ganado; de aquel «mendigo que yace a su puerta lleno de llagas»? Imposible; a no ser por el mismo poder que hizo los cielos y la tierra. Y, sin embargo, sin hacer esto, no puede en ningún sentido «entrar en el reino de Dios».

2. ¡Qué estorbo son las riquezas para el primer fruto mismo de la fe, a saber, el amor de Dios! «Si alguno ama al mundo», dice el apóstol, «el amor del Padre no está en él». Pero ¿cómo es posible que no ame al mundo un hombre que está rodeado de todos sus atractivos? ¿Cómo podrá entonces oír aquel silbo apacible y delicado que dice: «Dame, hijo mío, tu corazón»? ¿Qué poder, menos que el omnipotente, puede enviar al rico respuesta a aquella oración:

Guárdame muerto a todo lo de abajo,

resuelto a no saber sino a Cristo;

firme, y desasido, y libre,

¡buscando en ti toda mi dicha!

3. Las riquezas son igualmente un estorbo para amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos; es decir, para amar a todo el género humano como Cristo nos amó. Un rico puede, en verdad, amar a los que son de su propio partido o de su propia opinión. Puede amar a los que le aman: «¿No hacen también así los paganos», bautizados o no bautizados? Pero no puede tener una buena voluntad pura y desinteresada hacia todo hijo de hombre. Esta solo puede brotar del amor de Dios, que sus grandes posesiones expulsaron de su alma.

4. Del amor de Dios, y de ninguna otra fuente, fluye asimismo la verdadera humildad. Por tanto, en la medida en que estorban el amor de Dios, las riquezas han de estorbar también la humildad. La estorban también en los ricos privándolos de aquella libertad de trato por la cual podrían hacerse conscientes de sus defectos y llegar a un verdadero conocimiento de sí mismos. Pero ¡cuán rara vez hallan un amigo fiel, uno que pueda y quiera tratarlos con franqueza! Y sin esto es probable que encanezcamos en nuestras faltas; sí, que muramos «con todas nuestras imperfecciones sobre nuestra cabeza».

5. Tampoco puede subsistir la mansedumbre sin la humildad; porque «la soberbia» naturalmente «parirá contienda». Por eso nuestro Señor nos manda aprender de él, a la vez, a ser «manso y humilde de corazón». Las riquezas, por tanto, son tan gran estorbo para la mansedumbre como lo son para la humildad. Al impedir la humildad de ánimo, impiden por consiguiente la mansedumbre; la cual aumenta en la misma proporción en que descendemos en nuestra propia estima, y, por el contrario, disminuye necesariamente a medida que pensamos más altamente de nosotros mismos.

6. Hay otra disposición cristiana que está estrechamente emparentada con la mansedumbre y la humildad; pero apenas tiene nombre. San Pablo la llama epieikeia. Quizá, hasta que hallemos un nombre mejor, podemos llamarla condescendencia; una prontitud a someterse a los demás, a renunciar a nuestra propia voluntad. Esta parece ser la cualidad que Santiago atribuye a «la sabiduría que es de lo alto», cuando la llama, según lo traducimos, benigna, fácil de convencer de lo que es verdad, fácil de persuadir. Pero ¡cuán rara vez se halla esta amable disposición en un hombre acaudalado! ¡No sé si he hallado semejante prodigio diez veces en más de setenta años!

7. ¡Y qué cosa tan poco común es hallar paciencia en los que tienen grandes posesiones! A menos que haya un contrapeso de larga y severa aflicción, con la cual a Dios le place frecuentemente visitar a los que ama, como antídoto de sus riquezas. Esto no es raro: a menudo envía dolor, y enfermedad, y grandes cruces a los que tienen grandes posesiones. Por estos medios, «la paciencia tiene su obra perfecta», hasta que son «perfectos y cabales, sin faltar en alguna cosa»,

II. Tales son algunos de los estorbos para la santidad que rodean a los ricos por todas partes. Podemos observar ahora, por otro lado, qué tentación son las riquezas para todas las disposiciones impías.

1. Y, primero, ¡cuán grande es la tentación al ateísmo que fluye naturalmente de las riquezas; aun a un olvido completo de Dios, como si no hubiera tal Ser en el universo! A esto se le llama al presente comúnmente disipación: un nombre bonito, puesto por el gran vulgo a un total desprecio de Dios, y en verdad de todo el mundo invisible. ¡Y cómo está rodeado el rico de toda clase de tentaciones a una disipación continua! Sí, ¡cómo se estudia el arte de la disipación entre los ricos y los grandes! Como dice agudamente Prior:

Se reparten los naipes, se traen los dados,

dichosos efectos del ingenio humano,

para que Alma se olvide de sí misma.

Decid más bien: para que los mortales se olviden de su Dios; para que le mantengan enteramente fuera de sus pensamientos a él, que, aunque está asentado sobre el círculo de los cielos, sin embargo «rodea su lecho y su senda, y está impuesto en todos sus caminos». Llamad a esto ingenio, si queréis; pero ¿es sabiduría? ¡Oh, no! Está lejos, muy lejos de serlo. ¡Necio! ¿Te imaginas que, porque tú no ves a Dios, Dios no te ve a ti? Sigue riendo; sigue jugando; sigue cantando; sigue bailando: pero «¡sabe que sobre todas estas cosas te traerá Dios a juicio!».

2. Del ateísmo hay un tránsito fácil a la idolatría; del culto a ningún dios al culto a dioses falsos. Y, de hecho, el que no ama a Dios (que es el culto propio que se le debe, y el único propio) ciertamente amará alguna de las obras de sus manos; amará a la criatura, si no al Creador. Pero ¡a cuántas especies de idolatría está expuesto todo rico! ¡Qué tentaciones continuas y casi insuperables tiene de «amar al mundo»!, y ello en todas sus ramas: «la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida». ¡Qué innumerables tentaciones hallará para satisfacer «la concupiscencia de la carne»! Entendedlo bien. No se refiere a uno solo, sino a todos los sentidos exteriores. Es igual idolatría buscar nuestra felicidad en satisfacer cualquiera de ellos o todos. Pero hay el mayor peligro de que los hombres la busquen en satisfacer su gusto; en una sensualidad moderada; en una especie ordenada de epicureísmo; no en la glotonería ni en la embriaguez: ¡lejos de ellos tal cosa! No desordenan el cuerpo; solo mantienen muerta el alma: muerta para Dios y para toda religión verdadera.

3. Los ricos están igualmente rodeados de tentaciones procedentes de «la concupiscencia de los ojos»; es decir, de buscar la felicidad en satisfacer la imaginación, cuyos placeres suministran principalmente los ojos. Los objetos que dan placer a la imaginación son grandiosos, o hermosos, o nuevos. En verdad, no todos los ricos tienen gusto por los objetos grandiosos; pero sí lo tienen por las cosas nuevas y hermosas, especialmente por las nuevas, siendo el deseo de novedad tan natural a los hombres como el deseo de comida y bebida. Ahora bien, ¡cuán numerosas son las tentaciones a esta clase de idolatría, que brota naturalmente de las riquezas! ¡Con cuánta fuerza y continuidad se les solicita a buscar la felicidad (si no en lo grandioso, al menos) en casas hermosas, en muebles elegantes, en cuadros curiosos, en jardines deliciosos!, quizá en aquella bagatela de todas las bagatelas: ¡el vestido rico o vistoso! Sí, en toda cosa nueva, pequeña o grande, que recomienda la moda, la maestra de los necios. ¡Cómo son tentados los ricos de ánimo más elevado a buscar la felicidad, según los lleven sus diversos gustos, en la poesía, la historia, la música, la filosofía, o en las artes y ciencias curiosas! Ahora bien, aunque es cierto que todas estas cosas tienen su utilidad, y por tanto pueden cultivarse inocentemente, buscar la felicidad en cualquiera de ellas, en lugar de Dios, es idolatría manifiesta; y por tanto, aunque fuera solo por esta razón, que las riquezas le proporcionan los medios de satisfacer todos estos deseos, bien podría preguntarse: «¿No es la vida de un rico, más que ninguna otra, una tentación sobre la tierra?».

4. ¡Qué tentación, asimismo, ha de tener todo rico a buscar la felicidad en «la soberbia de la vida»! No creo que el apóstol quiera decir con ello la pompa, o el boato, o el tren de coches, tanto como «la gloria que viene de los hombres», sea merecida o no. Un rico está seguro de hallarla: es un lazo del que no puede escapar. Toda la ciudad de Londres usa las palabras rico y bueno como términos equivalentes. «Sí», dicen, «es un buen hombre; vale cien mil libras». Y en verdad, en todas partes, «cuando bien te tratares», si aumentas en bienes, «los hombres hablarán bien de ti». Todo el mundo está de acuerdo en que

mil libras suplen

la falta de veinte mil cualidades.

¿Y quién puede soportar el aplauso general sin envanecerse, sin ser inducido insensiblemente a tener de sí «más alto concepto que el que debe tener»?

5. ¿Cómo es posible que un rico escape del orgullo, aunque solo fuera por esta razón: que su situación necesariamente hace que le lleguen alabanzas de todas partes? Porque la alabanza es generalmente veneno para el alma; y cuanto más agradable, más funesta, particularmente cuando no es merecida. De modo que bien pudo decir nuestro poeta:

¡Madre del mal, ruina de las obras honradas,

perniciosa lisonja! Tus semillas destructoras,

en mala hora y por una mano fatal,

tristemente esparcidas sobre la gleba de la virtud,

con el orgullo creciente aparecen entre el trigo,

¡y ahogan la esperanza y la promesa del año!

Y no solo la alabanza, merecida o inmerecida, sino todo lo que le rodea tiende a inspirar y aumentar el orgullo. Su noble casa, sus muebles elegantes, sus cuadros bien escogidos, sus hermosos caballos, su carruaje, su mismo vestido, sí, hasta «el bordado pegado a su faldón»: todo esto será motivo de elogio para uno u otro de sus huéspedes, y así tiene una tendencia casi irresistible a hacerle pensar que es mejor hombre que los que no tienen estas ventajas.

6. ¡Cuán naturalmente, asimismo, alimentan y aumentan las riquezas la obstinación de la voluntad propia que nace con todo hijo de hombre! Pues no solo sus criados domésticos y sus dependientes inmediatos se gobiernan implícitamente por su voluntad, hallando en ello su provecho, sino que también la mayoría de sus vecinos y conocidos procuran complacerle en todo; así, su voluntad, al ser satisfecha continuamente, se irá fortaleciendo continuamente, hasta que al fin apenas será capaz de someterse a la voluntad ni de Dios ni de los hombres.

7. Tal tendencia tienen las riquezas a engendrar y nutrir toda disposición contraria al amor de Dios. Y tienen igual tendencia a alimentar toda pasión y disposición contraria al amor de nuestro prójimo: el desprecio, por ejemplo, particularmente de los inferiores, que es lo más contrario al amor; el resentimiento por cualquier ofensa real o supuesta; quizá aun la venganza, aunque Dios la reclama como prerrogativa peculiarmente suya; por lo menos la ira; porque inmediatamente se levanta en la mente del rico: «¡Qué! ¡Tratarme así a mí! Pero pronto aprenderá: ¡ahora puedo hacerme justicia por mí mismo!».

8. Estrechamente emparentados con la ira, si no son más bien una especie de ella, están la irritabilidad y el mal humor. Pero ¿son los ricos más asaltados por ellos que los pobres? Toda la experiencia muestra que sí. De un ejemplo notable fui testigo hace muchos años. Un caballero de gran fortuna, mientras conversábamos seriamente, mandó a un criado que echara unos carbones al fuego: salió una bocanada de humo; él se echó hacia atrás en su silla y exclamó: «¡Oh, señor Wesley, estas son las cruces con que me encuentro cada día!». No pude menos de preguntarle: «Decidme, sir John, ¿son estas las cruces más pesadas con que os encontráis?». ¡Ciertamente estas cruces no le habrían irritado tanto si hubiera tenido cincuenta libras al año, en lugar de cinco mil!

9. Pero no sería extraño que los ricos estuvieran en general vacíos de toda buena disposición, y fueran presa fácil de todas las malas, puesto que tan pocos de ellos hacen caso alguno de aquella solemne declaración de nuestro Señor, sin observar la cual no podemos ser sus discípulos: «Y decía a todos» —a toda la multitud, no solo a sus apóstoles—: «Si alguno quiere venir en pos de mí» —quiere ser un verdadero cristiano—, «niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lucas 9:23). ¡Oh, cuán dura es esta palabra para los que están «reposados en medio de sus posesiones»! Sin embargo, la Escritura no puede ser quebrantada. Por tanto, a menos que un hombre «se niegue a sí mismo» todo placer que no le prepare para deleitarse en Dios, «y tome su cruz cada día» —obedezca todo mandamiento de Dios, por penoso que sea para la carne y la sangre—, no puede ser discípulo de Cristo; no puede «entrar en el reino de Dios».

10. Tocante a este punto importante, el negarnos a nosotros mismos y tomar nuestra cruz cada día, apelemos a los hechos; apelemos a la conciencia de cada hombre delante de Dios. ¿Cuántos ricos hay entre los metodistas (observad que no había ni uno cuando se unieron por primera vez) que realmente «se nieguen a sí mismos y tomen su cruz cada día»?; ¿que se abstengan resueltamente de todo placer, sea de los sentidos o de la imaginación, a menos que sepan por experiencia que los prepara para deleitarse en Dios? ¿Quién no rehúsa ninguna cruz, ningún trabajo ni dolor que esté en el camino de su deber? ¿Quién de vosotros, los que ahora sois ricos, os negáis a vosotros mismos igual que lo hacíais cuando erais pobres? ¿Quién soporta ahora el trabajo o el dolor tan de buena gana como lo hacíais cuando no teníais cinco libras? Vengamos a los detalles. ¿Ayunáis ahora tan a menudo como entonces? ¿Os levantáis tan temprano por la mañana? ¿Soportáis el frío o el calor, el viento o la lluvia, con la misma alegría que siempre? ¡Ved una razón, entre muchas, por la que tan pocos aumentan en bienes sin disminuir en gracia! Porque ya no se niegan a sí mismos ni toman su cruz cada día. ¡Ya no sufren, ay, trabajos como buenos soldados de Jesucristo!

11. «¡Ea ya ahora, oh ricos! Llorad y aullad por vuestras miserias que os vendrán»; que han de venir sobre vosotros dentro de pocos días, a menos que lo impida un cambio profundo y completo. «El orín de vuestro oro y plata» será «en testimonio contra vosotros», y «comerá vuestras carnes como fuego». ¡Oh, cuán digna de lástima es vuestra condición! ¿Y quién puede ayudaros? Necesitáis más franqueza que ningún hombre en el mundo, y la encontráis menos. Porque ¡cuán pocos se atreven a hablaros a vosotros con tanta claridad como lo harían a uno de vuestros criados! Ningún hombre viviente que espere ganar algo con vuestro favor, o tema perder algo con vuestro desagrado. ¡Oh, que Dios me diera palabras aceptables, y las hiciera penetrar hondamente en vuestros corazones! Muchos de vosotros me habéis conocido largo tiempo, casi desde vuestra infancia; con frecuencia me habéis ayudado cuando estaba en necesidad. ¿No puedo decir que me amabais? Pero ahora el tiempo de nuestra partida está cerca: mis pies ya están tropezando en los montes de oscuridad. Quisiera dejaros una palabra antes de irme de aquí; y podréis recordarla cuando ya no se me vea más.

12. ¡Oh, que vuestro corazón sea íntegro para con Dios! Buscad vuestra felicidad en él, y solo en él. ¡Guardaos de apegaros al polvo! «Esta tierra no es vuestro lugar». Mirad de usar este mundo como no abusando de él; usad el mundo y gozad de Dios. Estad tan desprendidos de todas las cosas de aquí abajo como si fuerais un pobre mendigo. Sed buenos administradores de las diferentes gracias de Dios, para que, cuando seáis llamados a dar cuenta de vuestra mayordomía, él os diga: «¡Bien, buen siervo y fiel, entra en el gozo de tu Señor!».

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