Sermones en diversas ocasiones
Sobre la fe

Capítulo 107 · 16 min de lectura · 20 min de escucha

Sobre la fe

Sermón 106

Sobre la fe

«Sin fe es imposible agradarle».

Hebreos 11:6.

1. Pero ¿qué es la fe? Es una divina «evidencia y convicción de las cosas que no se ven»; de las cosas que no se ven ahora, sean visibles o invisibles por su propia naturaleza. En particular, es una divina evidencia y convicción de Dios y de las cosas de Dios. Esta es la definición más comprensiva de la fe que jamás se ha dado o puede darse, pues incluye toda especie de fe, desde la más baja hasta la más alta. Y, sin embargo, no recuerdo a ningún escritor eminente que haya dado una descripción completa y clara de sus diversas clases, entre todos los tratados verbosos y tediosos que se han publicado sobre el tema.

2. Algo de índole semejante, en verdad, ha escrito aquel grande y buen hombre, el señor Fletcher, en su «Tratado sobre las diversas dispensaciones de la gracia de Dios». En él observa que hay cuatro dispensaciones, que se distinguen entre sí por el grado de luz que Dios concede a los que están bajo cada una. Un pequeño grado de luz se da a los que están bajo la dispensación pagana. Estos generalmente creían «que había un Dios, y que él era galardonador de los que le buscan con diligencia». Pero un grado de luz mucho más considerable fue concedido a la nación judía, por cuanto a ellos «les fueron confiados» el gran medio de luz, «los oráculos de Dios». De ahí que muchos de ellos tuvieran ideas claras y elevadas de la naturaleza y los atributos de Dios; de su deber para con Dios y para con el hombre; sí, y de la gran promesa hecha a nuestros primeros padres y transmitida por ellos a su posteridad: que «la simiente de la mujer heriría la cabeza de la serpiente».

3. Pero por encima de la dispensación pagana y de la judía estaba la de Juan el Bautista. A él se le dio una luz aún más clara; y él mismo era «antorcha que ardía y alumbraba». A él le fue dado «ver al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Por eso nuestro Señor mismo afirma que «entre los nacidos de mujeres» no se había levantado hasta entonces «mayor que Juan el Bautista». Pero, no obstante, nos informa: «El más pequeño en el reino de Dios», la dispensación cristiana, «es mayor que él». Por uno que está bajo la dispensación cristiana, el señor Fletcher entiende uno que ha recibido el Espíritu de adopción; que tiene al Espíritu de Dios dando testimonio «a su espíritu, de que es hijo de Dios».

Para explicar esto aún más, procuraré, con la ayuda de Dios,

Primero, señalar las diversas clases de fe; y, segundo, sacar algunas consecuencias prácticas.

I. En primer lugar, procuraré señalar las diversas clases de fe. Sería fácil reducirlas a un número menor o dividirlas en uno mayor. Pero no parece que esto sirviera a ningún propósito valioso.

1. La clase más baja de fe, si es que es fe en absoluto, es la de un materialista, un hombre que, como el difunto lord Kames, cree que no hay nada en el universo sino materia. Digo si es que es fe en absoluto, porque, propiamente hablando, no lo es. No es «una evidencia o convicción de Dios», pues no creen que haya ninguno; ni es «una convicción de las cosas que no se ven», pues niegan que tales cosas existan. O si, por decoro, admiten que hay un Dios, aun a él lo suponen material. Porque una de sus máximas es: Jupiter est quodcunque vides. «Todo lo que veis es Dios». ¡Todo lo que veis! ¡Un dios visible, tangible! ¡Excelente teología! ¡Exquisito disparate!

2. La segunda clase de fe, si concedéis que un materialista tenga alguna, es la fe de un deísta. Me refiero a uno que cree que hay un Dios, distinto de la materia, pero no cree la Biblia. De estos podemos observar dos clases. Una clase son meras bestias en forma humana, enteramente bajo el poder de las pasiones más bajas, y que tienen «un apetito franco de revolcarse en el lodo». Otros deístas son, en la mayoría de los aspectos, criaturas racionales, aunque desdichadamente prevenidos contra el cristianismo. La mayoría de ellos creen en el ser y los atributos de Dios; creen que Dios hizo y gobierna el mundo, y que el alma no muere con el cuerpo, sino que permanecerá para siempre en un estado de felicidad o de desdicha.

3. La siguiente clase de fe es la fe de los paganos, a la cual uno la de los mahometanos. No puedo menos que preferirla a la fe de los deístas; porque, aunque abarca casi los mismos objetos, ellos son más dignos de lástima que de censura por la estrechez de su fe. Y el que no crean toda la verdad no se debe a falta de sinceridad, sino solamente a falta de luz. Cuando alguien le preguntó a Chicali, un viejo jefe indio: «¿Por qué vosotros, los hombres rojos, no sabéis tanto como nosotros, los hombres blancos?», respondió al instante: «Porque vosotros tenéis la gran Palabra, y nosotros no».

4. No cabe duda de que este alegato valdrá para millones de paganos modernos. Puesto que a ellos se les da poco, poco se les demandará. En cuanto a los paganos antiguos, millones de ellos eran asimismo salvajes. Por tanto, no se esperará de ellos más que el vivir conforme a la luz que tenían. Pero de muchos de ellos, especialmente en las naciones civilizadas, tenemos gran razón para esperar que, aunque vivieron entre paganos, eran de un espíritu muy distinto, enseñados por Dios, mediante su voz interior, en todo lo esencial de la verdadera religión. Sí, y así lo fue aquel mahometano y árabe que, hace un siglo o dos, escribió la Vida de Hai Ebn Yokdan. La historia parece ser ficticia; pero contiene todos los principios de la religión pura y sin mácula.

5. Pero, en general, sin duda podemos colocar la fe de un judío por encima de la de un pagano o un mahometano. Por fe judía entiendo la fe de los que vivieron entre la entrega de la ley y la venida de Cristo. Estos, es decir, los que eran serios y sinceros entre ellos, creían todo lo que está escrito en el Antiguo Testamento. En particular, creían que, en el cumplimiento del tiempo, el Mesías aparecería «para acabar la prevaricación, y concluir el pecado, y traer la justicia de los siglos».

6. No es tan fácil emitir juicio alguno sobre la fe de nuestros judíos modernos. Es evidente que «el velo está todavía puesto sobre su corazón» cuando se leen Moisés y los profetas. El dios de este siglo aún endurece sus corazones y aún ciega sus ojos, «para que no les resplandezca la luz del glorioso evangelio». De modo que podemos decir de este pueblo lo que el Espíritu Santo dijo a sus padres: «El corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyeron pesadamente, y sus ojos cerraron; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane». (Hechos 28:27). Sin embargo, no nos corresponde a nosotros sentenciarlos, sino dejarlos a su propio Señor.

7. No necesito detenerme en la fe de Juan el Bautista, como tampoco en la dispensación bajo la cual estaba; porque estas, como bien las describe el señor Fletcher, le fueron peculiares a él. Dejándolo a un lado, la fe de los católicos romanos, en general, parece estar por encima de la de los antiguos judíos. Si la mayoría de ellos son voluntarios en la fe, que creen más de lo que Dios ha revelado, no puede negarse que creen todo lo que Dios ha revelado como necesario para la salvación. En esto nos regocijamos por ellos: nos alegramos de que ninguno de aquellos nuevos artículos que añadieron, en el Concilio de Trento, «a la fe que ha sido una vez dada a los santos, contradiga tan sustancialmente alguno de los artículos antiguos como para dejarlos sin efecto.

8. La fe de los protestantes, en general, abraza como necesarias para la salvación solo aquellas verdades que están claramente reveladas en los oráculos de Dios. Todo lo que está declarado llanamente en el Antiguo y el Nuevo Testamento es el objeto de su fe. No creen ni más ni menos que lo que está manifiestamente contenido en las Santas Escrituras y puede probarse por ellas. La palabra de Dios es «lámpara a sus pies, y lumbrera en todas sus sendas». No se atreven, bajo ningún pretexto, a apartarse de ella, ni a la mano derecha ni a la izquierda. La palabra escrita es la regla entera y única de su fe, así como de su práctica. Creen todo lo que Dios ha declarado, y profesan hacer todo lo que él ha mandado. Esta es la fe propia de los protestantes: en ella permanecerán, y en ninguna otra.

9. Hasta aquí hemos considerado la fe principalmente como una evidencia y convicción de tales o cuales verdades. Y este es el sentido en que se toma hoy en todas partes del mundo cristiano. Pero, entretanto, obsérvese con cuidado (porque de ello depende la eternidad) que ni la fe de un católico romano ni la de un protestante, si no contiene más que esto, nada más que el abrazar tales y tales verdades, valdrá delante de Dios más que la fe de un mahometano o de un pagano; sí, de un deísta o de un materialista. Porque ¿«podrá esta fe salvarle»? ¿Puede salvar a hombre alguno, sea del pecado o del infierno? No más de lo que pudo salvar a Judas Iscariote; no más de lo que puede salvar al diablo y a sus ángeles, todos los cuales están convencidos de que cada tilde de la Santa Escritura es verdadera.

10. Pero ¿cuál es la fe que es propiamente salvadora, la que trae la salvación eterna a todos los que la guardan hasta el fin? Es una convicción divina tal de Dios y de las cosas de Dios que, aun en su estado de infancia, capacita a todo el que la posee para «temer a Dios y obrar justicia». Y todo aquel que, en cualquier nación, cree hasta este punto, le es, según declara el Apóstol, «acepto». Está efectivamente, en ese mismo momento, en un estado de aceptación. Pero por ahora es solo un siervo de Dios, no propiamente un hijo. Entretanto, obsérvese bien que «la ira de Dios» ya no «permanece sobre él».

11. En verdad, hace cerca de cincuenta años, cuando los predicadores comúnmente llamados metodistas comenzaron a predicar aquella gran doctrina bíblica, la salvación por la fe, no estaban suficientemente advertidos de la diferencia entre un siervo y un hijo de Dios. No entendían claramente que aun aquel «que teme a Dios y obra justicia, le es acepto». En consecuencia, eran propensos a entristecer el corazón de aquellos a quienes Dios no había entristecido. Porque con frecuencia preguntaban a los que temían a Dios: «¿Sabes que tus pecados te son perdonados?». Y cuando respondían: «No», replicaban inmediatamente: «Entonces eres hijo del diablo». No; eso no se sigue. Podría haberse dicho (y es todo lo que puede decirse con propiedad): «Hasta ahora eres solamente un siervo; no eres un hijo de Dios. Ya tienes gran razón para alabar a Dios por haberte llamado a su honroso servicio. No temas. Sigue clamando a él, “y verás cosas mayores que estas”».

12. Y, en verdad, a menos que los siervos de Dios se detengan en el camino, recibirán la adopción de hijos. Recibirán la fe de los hijos de Dios, al revelar él a su Hijo unigénito en sus corazones. Así, la fe de un hijo es, propia y directamente, una convicción divina por la cual todo hijo de Dios es capacitado para testificar: «La vida que ahora vivo, la vivo por la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí». Y a todo el que tiene esto, el Espíritu de Dios le da testimonio a su espíritu de que es hijo de Dios. Así escribe el Apóstol a los gálatas: «Sois hijos de Dios por la fe. Y por cuanto sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo en vuestros corazones, el cual clama: Abba, Padre»; es decir, dándoos una confianza filial en él, junto con un tierno afecto hacia él. Esto es, pues, lo que (si san Pablo fue enseñado por Dios y escribió según era inspirado por el Espíritu Santo) constituye propiamente la diferencia entre un siervo de Dios y un hijo de Dios. «El que cree», como hijo de Dios, «tiene el testimonio en sí mismo». Esto no lo tiene el siervo. Sin embargo, que nadie lo desanime; antes bien, exhortadlo amorosamente a esperarlo en cada momento.

13. Es fácil observar que todas las clases de fe que podemos concebir se reducen a una u otra de las anteriores. Pero procuremos los mejores dones y sigamos el camino más excelente. No hay razón para que os conforméis con la fe de un materialista, de un pagano o de un deísta; ni, en verdad, con la de un siervo. No sé que Dios os la demande de vuestras manos. Ciertamente, si la habéis recibido, no debéis desecharla; no debéis en modo alguno menospreciarla, sino estar verdaderamente agradecidos por ella. Pero, entretanto, guardaos de deteneros ahí: seguid adelante hasta recibir el Espíritu de adopción. No descanséis hasta que ese Espíritu dé claro testimonio a vuestro espíritu de que sois hijos de Dios.

II. Paso, en segundo lugar, a sacar algunas consecuencias de las observaciones anteriores.

1. Y querría, primero, concluir en qué estado tan terrible, si hay un Dios, se encuentra un materialista, uno que niega no solo al «Señor que lo rescató», sino también al Señor que lo hizo. «Sin fe es imposible agradar a Dios». Pero es imposible que él tenga fe alguna: ninguna convicción de un mundo invisible, pues cree que no existe tal cosa; ninguna convicción del ser de un Dios, pues un Dios material no es Dios en absoluto. Porque no podéis de ningún modo suponer que el sol o los cielos sean Dios, como tampoco podéis suponer un Dios de madera o de piedra. Y, además, todo el que cree que todas las cosas son mera materia debe, por fuerza, creer que todas las cosas están gobernadas por una cruel necesidad: una necesidad tan inexorable como los vientos, tan despiadada como las rocas, tan inmisericorde como las olas que se estrellan contra ellas, ¡o como los pobres marineros náufragos! ¿Quién, pues, te ayudará, pobre desdichado desamparado, cuando más necesites ayuda? ¡Vientos y mares, y rocas y tormentas! ¡Tales son los mejores ayudadores que pueden esperar los materialistas!

2. Casi igualmente desamparado es el caso del pobre deísta, por docto, sí, por moral que sea. Porque también tú, aunque quizá no lo adviertas, estás realmente «sin Dios en el mundo». Mira tu religión, la «Religión de la naturaleza, delineada» por el ingenioso señor Wollaston, a quien recuerdo haber visto, cuando yo estaba en la escuela, asistiendo al culto público en la capilla de la Charter-house. ¿Funda él su religión en Dios? Nada de eso. La funda en la verdad, en la verdad abstracta. Pero ¿no entiende por esa expresión a Dios? No; lo deja fuera de la cuestión, y construye un hermoso castillo en el aire sin deber nada ni a él ni a su palabra. Mira a tu orador de lengua melosa de Glasgow, uno de los escritores más agradables de la época. ¿Tiene él, en su sistema, algo más que ver con Dios que el señor Wollaston? ¿Deriva su «Idea de la virtud» de él, como del Padre de las luces, la fuente de todo bien? Justamente lo contrario. No solo traza toda su teoría sin hacer el menor caso de Dios, sino que hacia el final de ella propone esta pregunta: «¿Realza la virtud de una acción el tener puesta la mira en Dios al hacerla?». Responde: «No; está tan lejos de ello que, si al hacer una acción virtuosa, es decir, benévola, un hombre mezcla el deseo de agradar a Dios, cuanto más haya de este deseo, tanto menos virtud habrá en esa acción». ¡Nunca antes encontré judío, turco ni pagano que renunciara tan rotundamente a Dios como este profesor cristiano!

3. Pero con paganos, mahometanos y judíos no tenemos nada que ver por ahora; solo podemos desear que sus vidas no avergonzaran a muchos de los que nos llamamos cristianos. No tenemos mucho más que ver con los miembros de la Iglesia de Roma. Pero no podemos dudar de que muchos de ellos, como el excelente arzobispo de Cambrai, conservan aún (a pesar de muchos errores) aquella fe que obra por el amor. ¿Y cuántos de los protestantes gozan de ella, sean miembros de la Iglesia de Inglaterra o de otras congregaciones? Tenemos razón para creer que un número considerable, tanto de los unos como de los otros (y, bendito sea Dios, un número creciente), en todas partes del país.

4. Una vez más os exhorto a vosotros, los que teméis a Dios y obráis justicia, vosotros que sois siervos de Dios: primero, a huir de todo pecado como de la presencia de una serpiente, siendo

prontos como la niña del ojo

para sentir el más leve roce del pecado;

y a obrar justicia, con todo el poder que ahora tenéis, abundando en obras tanto de piedad como de misericordia. Y, segundo, a clamar continuamente a Dios para que revele a su Hijo en vuestros corazones, a fin de que ya no seáis siervos sino hijos, teniendo su amor derramado en vuestros corazones y andando en «la libertad gloriosa de los hijos de Dios».

5. Os exhorto, por último, a vosotros que ya sentís que el Espíritu de Dios da testimonio a vuestro espíritu de que sois hijos de Dios: seguid el consejo del Apóstol. Andad en todas las buenas obras para las cuales fuisteis creados en Cristo Jesús. Y luego, «dejando los rudimentos de la doctrina de Cristo, no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, y de la fe en Dios», id adelante a la perfección. Sí, y cuando hayáis alcanzado una medida de amor perfecto, cuando Dios haya circuncidado vuestro corazón y os haya capacitado para amarlo con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma, no penséis en deteneros ahí. Eso es imposible. No podéis quedaros quietos: o subís o caéis; os eleváis más alto o caéis más bajo. Por eso la voz de Dios a los hijos de Israel, a los hijos de Dios, es: «¡Marchad!». «¡Olvidando lo que queda atrás, y extendiéndoos a lo que está delante, proseguid a la meta, al premio de vuestra soberana vocación de Dios en Cristo Jesús!».

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