Sermones en diversas ocasiones
Sobre la conciencia

Capítulo 106 · 19 min de lectura · 25 min de escucha

Sobre la conciencia

Sermón 105

«Sobre la conciencia»

«Porque nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia».

2 Corintios 1:12.

1. ¡Qué pocas palabras hay en el mundo más comunes que esta: conciencia! Está casi en boca de todos. Y de ahí uno se inclinaría a concluir que no puede hallarse palabra más generalmente entendida. Pero cabe dudar si así es o no, aunque se han escrito innumerables tratados sobre ella. Porque es cierto que gran parte de esos escritores más bien han enredado la causa que aclarado; que por lo común han «oscurecido el consejo con palabras sin sabiduría».

2. El mejor tratado sobre el tema que recuerdo haber visto es el traducido del francés de monsieur Placette, que describe de manera clara y racional la naturaleza y los oficios de la conciencia. Pero aunque se publicó hace cerca de cien años, está en muy pocas manos; y, en verdad, gran parte de los que lo han leído se quejan de su extensión. Un volumen en octavo de varios centenares de páginas, sobre un tema tan sencillo, había de resultar una prueba de paciencia para la mayoría de las personas entendidas. Parece, pues, que todavía falta un discurso sobre el tema que sea breve, además de claro. Esto, con la ayuda de Dios, procuraré suplir, mostrando, primero, la naturaleza de la conciencia; y, luego, sus diversas clases; tras lo cual concluiré con unas pocas instrucciones importantes.

I. 1. Y, primero, he de mostrar la naturaleza de la conciencia. Un hombre muy piadoso del siglo pasado (en su sermón sobre la escrupulosidad universal de conciencia) la describe de la siguiente manera: «Esta palabra, que literalmente significa saber juntamente con otro, expresa admirablemente la noción bíblica de ella. Así Job (16:19): “En los cielos está mi testigo”. Y así el Apóstol (Romanos 9:1): “Verdad digo; dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo”. En ambos lugares es como si dijera: “Dios da testimonio juntamente con mi conciencia. La conciencia está situada en medio, debajo de Dios y por encima del hombre. Es una especie de razonamiento silencioso de la mente, por el cual las cosas que se juzgan rectas se aprueban con agrado, y las que se juzgan malas se desaprueban con desasosiego”». Este es un tribunal en el pecho de los hombres, para acusar a los pecadores y excusar a los que obran bien.

2. Para mirarla bajo una luz algo distinta: la palabra conciencia, lo mismo que la palabra latina de la que se toma y que la palabra griega, syneideseos, implica necesariamente el conocimiento de dos o más cosas juntamente; por ejemplo, el conocimiento de nuestras palabras y acciones y, a la vez, de su bondad o maldad; si es que no es más bien la facultad por la cual conocemos a un tiempo nuestras acciones y la calidad de ellas.

3. La conciencia, pues, es aquella facultad por la cual somos conscientes a la vez de nuestros propios pensamientos, palabras y acciones, y de su mérito o demérito, de que son buenos o malos y, por consiguiente, dignos de alabanza o de censura. Y a la primera sentencia suele acompañar cierto agrado; a la segunda, cierto desasosiego. Pero esto varía muchísimo según la educación y otras mil circunstancias.

4. ¿Puede negarse que algo de esto se halla en todo hombre nacido en el mundo? ¿Y no aparece tan pronto como se abre el entendimiento, tan pronto como la razón comienza a despuntar? ¿No comienza entonces cada uno a saber que hay diferencia entre el bien y el mal, por imperfectas que sean las diversas circunstancias de este sentido del bien y del mal? ¿No sabe todo hombre, por ejemplo, a menos que lo cieguen los prejuicios de la educación (como a los habitantes del cabo de Buena Esperanza), que es bueno honrar a sus padres? ¿No admiten todos los hombres, por incultos o bárbaros que sean, que es justo hacer a los demás lo que querríamos que ellos nos hicieran a nosotros? ¿Y no son condenados en su propia mente todos los que saben esto cuando hacen algo contrario a ello, así como, por otra parte, cuando obran conforme a ello, tienen la aprobación de su propia conciencia?

5. Esta facultad parece ser lo que suelen entender quienes hablan de conciencia natural, expresión que se halla con frecuencia en algunos de nuestros mejores autores, pero que, sin embargo, no es del todo exacta. Porque aunque en cierto sentido pueda llamarse natural, porque se halla en todos los hombres, propiamente hablando no es natural, sino un don sobrenatural de Dios, por encima de todas sus dotes naturales. No; no es la naturaleza, sino el Hijo de Dios, quien es «la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo». De modo que podemos decir a toda criatura humana: «Él», no la naturaleza, «te ha declarado, oh hombre, qué sea lo bueno». Y es su Espíritu quien te da un freno interior, quien te hace sentir desasosiego cuando en algún caso andas contrariamente a la luz que él te ha dado.

6. Puede dar una fuerza particular a ese hermoso pasaje considerar quién pronunció esas palabras y en qué ocasión. Las personas que hablan son Balac, rey de Moab, y Balaam, que entonces se hallaba bajo impresiones divinas (y parece que entonces estaba «no lejos del reino de Dios, «aunque después se rebeló de manera tan vergonzosa). Probablemente también Balac experimentó en ese momento algo de la misma influencia. Esto dio ocasión a que consultara a Balaam, o le pidiera consejo, y a que le propusiera la pregunta a la que Balaam da una respuesta tan cumplida (Miqueas 6:5 y siguientes): «Pueblo mío», dice el profeta en nombre de Dios, «acuérdate ahora qué aconsejó Balac rey de Moab» (al parecer, en la plenitud de su corazón), «y qué le respondió Balaam hijo de Beor. ¿Con qué», dice él, «me presentaré ante el Señor, y me postraré ante el Dios Altísimo? ¿Me presentaré ante él con becerros de un año? ¿Se agradará el Señor de millares de carneros, o de diez mil arroyos de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma?» (Esto lo habían hecho efectivamente los reyes de Moab en ocasiones de profunda angustia, de lo cual se halla un relato notable en el capítulo tercero del segundo libro de los Reyes). A esto da Balaam aquella noble respuesta (enseñado entonces, sin duda, por Dios): «Él te ha declarado, oh hombre, qué sea lo bueno; y qué pide el Señor de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte para andar con tu Dios».

7. Para tener una visión más precisa de la conciencia, parece que tiene un triple oficio. Primero, es un testigo, que atestigua lo que hemos hecho, en pensamiento, palabra u obra. Segundo, es un juez, que dicta sentencia sobre lo que hemos hecho: que es bueno o malo. Y, tercero, en cierto modo ejecuta la sentencia, causando cierto grado de complacencia en el que obra bien, y cierto grado de desasosiego en el que obra mal.

8. El profesor Hutcheson, que fue de Glasgow, coloca la conciencia bajo una luz diferente. En su Ensayo sobre las pasiones», observa que tenemos varios sentidos, o vías naturales de placer y dolor, además de los cinco sentidos externos. A uno de ellos lo llama el sentido público, por el cual nos duele naturalmente la desdicha de un semejante y nos agrada que sea librado de ella. Y todo hombre, dice, tiene un sentido moral, por el cual aprueba la benevolencia y desaprueba la crueldad. Sí, se siente desasosegado cuando él mismo ha cometido una acción cruel, y complacido cuando ha hecho una generosa.

9. Todo esto es, en algún sentido, indudablemente cierto. Pero no es cierto que ni el sentido público ni el sentido moral (ambos comprendidos en el término conciencia) sean ahora naturales al hombre. Sea cual fuere el caso al principio, mientras el hombre estaba en estado de inocencia, tanto el uno como el otro son ahora una rama de aquel don sobrenatural de Dios que solemos llamar gracia preveniente. Pero el profesor no está en modo alguno de acuerdo con esto. Deja a Dios enteramente fuera de la cuestión. Dios no tiene nada que ver con su sistema de la virtud, de principio a fin. De modo que, a decir verdad, su sistema de la virtud es ateísmo de punta a cabo. ¡Esto sí que es refinamiento! Muchos han excluido a Dios del mundo: ¡él lo excluye incluso de la religión!

10. Pero ¿no lo entendemos mal? ¿Tomamos rectamente su sentido? Para que quede bien claro, para que nadie lo entienda mal, propone esta pregunta: «¿Qué ocurre si un hombre, al hacer una acción virtuosa, es decir, generosa, al ayudar a un semejante, tiene puesta la mira en Dios, ya sea como quien la manda o como quien promete recompensarla? Entonces», dice él, «en la medida en que tiene puesta la mira en Dios, se pierde la virtud de la acción. Cualesquiera acciones que broten de mirar a la remuneración del galardón no tienen virtud alguna, ninguna bondad moral». ¡Ay! ¿Se llamaba cristiano este hombre? ¡Qué injustamente se le calumniaba con esa afirmación! Incluso el doctor Taylor, aunque no admite que Cristo sea Dios, no tiene reparo en llamarlo «una persona de virtud consumada». ¡Pero el profesor no puede concederle virtud alguna!

11. Pero volvamos. ¿Qué es la conciencia en el sentido cristiano? Es aquella facultad del alma que, con la ayuda de la gracia de Dios, ve a un mismo tiempo: (1.) nuestras propias disposiciones y vidas, la verdadera naturaleza y calidad de nuestros pensamientos, palabras y acciones; (2.) la regla por la que hemos de dirigirnos; y (3.) su conformidad o disconformidad con ella. Para expresarlo un poco más ampliamente: la conciencia implica, primero, la facultad que tiene el hombre de conocerse a sí mismo; de discernir, tanto en general como en particular, sus propias disposiciones, pensamientos, palabras y acciones. Pero esto no le es posible hacerlo sin la ayuda del Espíritu de Dios. De otro modo, el amor propio y, en verdad, toda otra pasión desordenada lo disfrazarían y lo ocultarían por completo de sí mismo. Implica, en segundo lugar, un conocimiento de la regla por la que ha de dirigirse en cada particular, que no es otra que la palabra escrita de Dios. La conciencia implica, en tercer lugar, un conocimiento de que todos sus pensamientos, palabras y acciones son conformes a esa regla. En todos los oficios de la conciencia es indispensablemente necesaria la «unción del Santo». Sin ella, ni podríamos discernir claramente nuestras vidas o disposiciones, ni podríamos juzgar de la regla por la que hemos de andar, ni de nuestra conformidad o disconformidad con ella.

12. Esta es propiamente la descripción de una buena conciencia, que puede expresarse en otros términos así: una conciencia divina de andar en todas las cosas conforme a la palabra escrita de Dios. Parece, en verdad, que no puede haber conciencia que no tenga respecto a Dios. Si decís: «Sí, ciertamente puede haber conciencia de haber obrado bien o mal sin referencia alguna a él», respondo: esto no lo puedo conceder. Dudo que las mismas palabras bien y mal, según el sistema cristiano, no impliquen, en la idea misma que expresan, conformidad y disconformidad con la voluntad y la palabra de Dios. Si es así, no existe tal cosa como la conciencia en un cristiano si dejamos a Dios fuera de la cuestión.

13. Para la existencia misma de una buena conciencia, así como para su continuación, la influencia continua del Espíritu de Dios es absolutamente necesaria. Por eso el apóstol Juan declara a los creyentes de todas las edades: «Vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas»: todas las cosas necesarias para que tengáis una «conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres». Así añade: «No tenéis necesidad de que nadie os enseñe», sino «como la unción misma os enseña». Esa unción nos enseña claramente estas tres cosas: primero, el verdadero sentido de la palabra de Dios; segundo, nos trae a la memoria nuestras acciones; y, tercero, la conformidad de todo ello con los mandamientos de Dios.

14. Pasemos ahora a considerar, en segundo lugar, las diversas clases de conciencia. De la buena conciencia ya se ha hablado. San Pablo la expresa de varias maneras. En un lugar la llama sencillamente una «buena conciencia delante de Dios»; en otro, «una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres». Pero habla todavía con más amplitud en el texto: «Nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia, que con sencillez», con un ojo sincero, «y sinceridad de Dios, hemos conversado en el mundo». Entretanto observa que esto se hizo «no con sabiduría carnal», comúnmente llamada prudencia (que nunca produjo ni jamás puede producir tal efecto), «sino con la gracia de Dios», que es la única suficiente para obrar esto en cualquier hijo de hombre.

15. Estrechamente emparentada con esta (si no es la misma vista desde otro ángulo, o una rama particular de ella) está la conciencia sensible. El que tiene una conciencia sensible es exacto en advertir cualquier desvío de la palabra de Dios, sea en pensamiento, palabra u obra, e inmediatamente siente remordimiento y se condena a sí mismo por ello. Y el clamor constante de su alma es:

¡Oh, que mi alma sensible huya

del primer asomo aborrecido del mal,

y, pronta como la niña del ojo,

sienta el más leve roce del pecado!

16. Pero a veces esta excelente cualidad, la sensibilidad de conciencia, se lleva al extremo. Hallamos a algunos que temen donde no hay temor; que se condenan continuamente a sí mismos sin causa; que imaginan que son pecaminosas algunas cosas que la Escritura en ninguna parte condena, y suponen que son deber suyo otras cosas que la Escritura en ninguna parte manda. A esto se le llama propiamente conciencia escrupulosa, y es un mal penoso. Es sumamente conveniente ceder ante ella lo menos posible; más bien es asunto de ferviente oración que seáis librados de este mal penoso y recobréis un juicio sano; a lo cual nada contribuiría más que el trato con un amigo piadoso y juicioso.

17. Pero el extremo opuesto a este es mucho más peligroso. Una conciencia endurecida es mil veces más peligrosa que una escrupulosa. Aquella puede violar un mandamiento claro de Dios sin condenarse a sí misma en absoluto; ya sea haciendo lo que él ha prohibido expresamente, ya descuidando lo que él ha mandado expresamente; y todo ello sin remordimiento alguno; ¡sí, quizá gloriándose en esa misma dureza de corazón! Muchos ejemplos de esta deplorable insensibilidad encontramos hoy día, y aun entre personas que se suponen dueñas de no poca religión. Una persona está haciendo algo que la Escritura prohíbe claramente. Le preguntáis: «¿Cómo te atreves a hacer esto?», y se os responde con perfecta indiferencia: «Oh, mi corazón no me condena». Yo replico: «Tanto peor. ¡Ojalá te condenara! Entonces estarías en un estado más seguro que el que tienes ahora. ¡Terrible cosa es ser condenado por la palabra de Dios y, sin embargo, no ser condenado por tu propio corazón!». Si podemos quebrantar el menor de los mandamientos conocidos de Dios sin condenarnos a nosotros mismos, es evidente que el dios de este siglo ha endurecido nuestros corazones. Si no nos recobramos pronto de esto, quedaremos «sin sensibilidad», y nuestras conciencias (como dice san Pablo) estarán «cauterizadas como con un hierro candente».

18. Solo me queda añadir unas pocas instrucciones importantes. El primer gran punto es este: suponiendo que tenemos una conciencia sensible, ¿cómo la conservaremos? Creo que solo hay un camino posible para hacerlo, y es obedecerla. Todo acto de desobediencia tiende a cegarla y adormecerla; a sacarle los ojos, para que no vea la buena y agradable voluntad de Dios; y a adormecer el corazón, para que no sienta condenación propia cuando obramos en oposición a ella. Y, por el contrario, todo acto de obediencia da a la conciencia una vista más aguda y más fuerte, y un sentir más pronto de todo cuanto ofende a la gloriosa majestad de Dios. Por tanto, si deseáis tener vuestra conciencia siempre pronta para discernir, y fiel para acusaros o excusaros; si queréis conservarla siempre sensible y tierna, cuidad de obedecerla en todo caso; escuchad continuamente sus amonestaciones y seguidlas con firmeza. Todo lo que ella os mande hacer, conforme a la palabra de Dios, hacedlo, por penoso que sea para la carne y la sangre. Todo lo que ella prohíba, si la prohibición se funda en la palabra de Dios, mirad de no hacerlo, por agradable que sea para la carne y la sangre. Lo uno o lo otro puede ocurrir con frecuencia. Lo que Dios prohíbe puede ser agradable a nuestra naturaleza mala: ahí sois llamados a negaros a vosotros mismos, o negáis a vuestro Maestro. Lo que él manda puede ser penoso para la naturaleza: ahí tomad vuestra cruz. Tan verdadera es la palabra de nuestro Señor: «Si alguno no se niega a sí mismo y toma su cruz cada día, no puede ser mi discípulo».

19. No puedo concluir mejor este discurso que con un extracto del sermón del doctor Annesley sobre «La escrupulosidad universal de conciencia». [El doctor Annesley (padre de mi madre) fue rector de la parroquia de Cripplegate].

«Dejaos persuadir a practicar las siguientes instrucciones, y vuestra conciencia seguirá siendo recta:

1. «Guardaos de todo pecado; no tengáis ningún pecado por pequeño, y obedeced todo mandamiento con todas vuestras fuerzas. Velad contra los primeros movimientos del pecado y guardaos de las fronteras del pecado. Apartaos de toda apariencia de mal. No os aventuréis en la tentación ni en las ocasiones de pecar.

2. «Consideraos como quienes viven bajo la mirada de Dios: vivid como en la presencia sensible del Dios celoso. ¡Recordad que todas las cosas están desnudas y abiertas delante de él! No podéis engañarlo, porque él es sabiduría infinita; no podéis huir de él, porque está en todas partes; no podéis sobornarlo, ¡porque él es la justicia misma! Hablad como quienes saben que Dios os oye; andad como quienes saben que Dios os rodea por todos lados. El Señor está con vosotros mientras vosotros estáis con él; es decir, gozaréis de su presencia favorable mientras viváis en su presencia temible.

3. «Sed serios y frecuentes en el examen de vuestro corazón y de vuestra vida. Hay algunos deberes que son como aquellas partes del cuerpo cuya falta puede ser suplida por otras partes; pero la falta de estos nada puede suplirla. Cada noche repasad vuestra conducta durante el día: qué habéis hecho o pensado que no convenía a vuestro carácter; si vuestro corazón ha estado instante en la religión e indiferente al mundo. Tened especial cuidado de dos porciones de tiempo, a saber, la mañana y la noche: la mañana, para pensar de antemano lo que tenéis que hacer, y la noche, para examinar si habéis hecho lo que debíais.

4. «Que cada acción tenga referencia a toda vuestra vida, y no solo a una parte de ella. Que todos vuestros fines subordinados sean adecuados al gran fin de vuestro vivir. “Ejercitaos para la piedad”. Sé tan diligente en la religión como quisieras que tus hijos que van a la escuela lo fuesen en el estudio. Sea toda tu vida una preparación para el cielo, como la preparación de los luchadores para el combate.

5. «No os aventuréis a pecar porque Cristo ha comprado el perdón; ese es un abuso horrendo de Cristo. Por esta misma razón no había bajo la ley sacrificio alguno por ningún pecado voluntario: no fuera que la gente pensara que conocía el precio de los pecados, como hacen los que comercian con las indulgencias papistas.

6. «No seáis nada a vuestros propios ojos: porque, ¡ay!, ¿qué tenemos de qué enorgullecernos? Nuestra concepción misma fue pecaminosa, nuestro nacimiento doloroso, nuestra vida trabajosa, ¡nuestra muerte no sabemos qué! Pero todo esto no es nada comparado con el estado de nuestra alma. Si sabemos esto, ¿qué excusa tenemos para el orgullo?

7. «Atended al deber, no a los resultados. No tenemos otra cosa que hacer sino atender a nuestro deber. Todas las especulaciones que no tienden a la santidad están entre vuestras superfluidades; pero los presentimientos de lo que pueda sobreveniros al cumplir vuestro deber pueden contarse entre vuestros pecados; y aventurarse a pecar para evitar el peligro es hundir el barco por miedo a los piratas. ¡Oh, cuán tranquilas, además de santas, serían nuestras vidas si hubiésemos aprendido esa sola lección: no estar afanosos por nada, sino hacer nuestro deber y dejar todas las consecuencias a Dios! ¡Qué locura que el polvo necio pretenda dar reglas a la sabiduría infinita; que abandonemos nuestra obra y nos entrometamos en la de Dios! Él ha gobernado los asuntos del mundo, y de cada persona en él, sin dar motivo de queja a nadie, durante más de estos cinco mil años. ¿Y necesita ahora vuestro consejo? No; vuestro oficio es atender a vuestro propio deber.

8. «El consejo que daríais a otro, tomadlo para vosotros mismos. Los peores hombres son bastante propensos a echar cargas sobre otros, cargas que, si ellos mismos las tomaran, los harían cristianos singulares.

9. «No hagáis nada sobre lo cual no podáis pedir una bendición. Toda acción buena de un cristiano es santificada por la palabra y la oración. No conviene a un cristiano hacer cosa alguna tan trivial que no pueda orar sobre ella. Y si tan solo dedicara una jaculatoria seria a cada acción que se presente, tal oración cortaría todas las cosas pecaminosas y alentaría todas las cosas lícitas.

10. «Pensad, hablad y haced lo que estéis persuadidos de que Cristo mismo haría en vuestro caso, si estuviera en la tierra. Conviene a un cristiano ser más bien ejemplo para todos, a imitación de aquel que era, y es, y será siempre nuestro modelo absoluto. ¡Oh cristianos, cómo oraba Cristo, y cómo redimía tiempo para la oración! ¡Cómo predicaba Cristo, de cuya boca no salían sino palabras de gracia! ¿Qué tiempo gastaba Cristo en conversaciones impertinentes? ¡Cómo iba Cristo de un lugar a otro, haciendo bien a los hombres y lo que agradaba a Dios! Amados, os encomiendo estos cuatro recordatorios: (1.) Atended al deber. (2.) Lo que sería el deber de otro en vuestro caso, es el vuestro. (3.) No os metáis en nada si no podéis decir: “La bendición del Señor sea sobre ello”. (4.) Sobre todo, ¡olvidad antes vuestro nombre de cristianos que olvidar tener la mirada puesta en Cristo! Sea cual fuere el trato que recibáis del mundo, acordaos de él y seguid sus pisadas, “el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien, cuando lo maldecían, no respondía con maldición, sino que encomendaba la causa al que juzga justamente”».

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