Capítulo 105 · 24 min de lectura · 31 min de escucha
Sobre la asistencia al culto de la iglesia
Sermón 104
Sobre la asistencia al culto de la iglesia
«El pecado de los jóvenes era muy grande».
1 Samuel 2:17.
1. La corrupción, no solo del mundo pagano, sino también de los que se llamaban cristianos, ha sido motivo de tristeza y lamento para los hombres piadosos casi desde el tiempo de los apóstoles. Y de ahí que, ya en el siglo segundo, a menos de cien años de la partida de San Juan de la tierra, hombres que temían hacerse partícipes de pecados ajenos creyeron que era su deber separarse de ellos. De ahí que en cada época muchos se hayan retirado del mundo, por miedo a mancharse con sus contaminaciones. En el siglo tercero muchos llevaron esto tan lejos que huyeron a los desiertos y se hicieron ermitaños. Pero en la época siguiente esto tomó otro giro. En lugar de hacerse ermitaños, se hicieron monjes. Comenzaron entonces a construirse casas religiosas en todos los países cristianos; y se establecieron comunidades religiosas, tanto de hombres como de mujeres, que vivían enteramente apartados del resto de la humanidad, sin trato alguno con sus parientes más cercanos ni con nadie que no estuviera recluido, generalmente de por vida, dentro de los mismos muros.
2. Este espíritu de renunciar literalmente al mundo, retirándose a casas religiosas, no prevaleció tan generalmente después de la Reforma. Es más, en los países protestantes las casas de esta clase fueron suprimidas por completo. Pero aun así, demasiadas personas serias (incitadas a ello principalmente por los que comúnmente se llaman «escritores místicos») anhelaban apartarse del mundo y refugiarse en la soledad, suponiendo que esta era la mejor manera, si no la única, de escapar de la corrupción que hay en el mundo.
3. Una cosa que los inclinó poderosamente a separarse de las diversas iglesias o sociedades religiosas a las que habían pertenecido aun desde su infancia fue la creencia de que no había que esperar ningún bien del ministerio de hombres impíos. «¡Qué!», decían, «¿podemos pensar que un Dios santo bendecirá el ministerio de hombres malvados? ¿Podemos imaginar que quienes son ellos mismos extraños a la gracia de Dios manifestarán esa gracia a otros? ¿Cabe suponer que Dios haya obrado jamás, u obrará jamás, por medio de los hijos del diablo? Y si esto no puede suponerse, ¿no debemos “salir de en medio de ellos y apartarnos”?» [2 Corintios 6:17]
4. Durante más de veinte años esto nunca pasó por la mente de los que se llamaban metodistas. Pero a medida que se les unían más y más personas que habían sido criadas como disidentes, estas introdujeron más y más prejuicios contra la Iglesia. Con el paso del tiempo, diversas circunstancias concurrieron a aumentarlos y afianzarlos. Muchos habían olvidado que todos nosotros, desde nuestros comienzos, éramos miembros decididos de la Iglesia establecida. Sí, era una de nuestras reglas originales que todo miembro de nuestra sociedad asistiera a la iglesia y al sacramento, a menos que se hubiera criado entre cristianos de alguna otra denominación.
5. Por tanto, a fin de evitar que otros se vean confundidos y perplejos, como tantos lo han estado ya, es necesario en grado sumo examinar este asunto a fondo; inquirir con calma si Dios bendijo alguna vez el ministerio de hombres impíos, y si lo hace en esta hora. He aquí una simple cuestión de hecho: si Dios nunca lo bendijo, debemos separarnos de la Iglesia, al menos donde tengamos razón para creer que el ministro es un hombre impío; si alguna vez lo bendijo, y lo sigue haciendo, entonces debemos permanecer en ella.
6. Hace diecinueve años examinamos esta cuestión en nuestra Conferencia pública de Leeds: si los metodistas debían separarse de la Iglesia; y, tras una larga y franca investigación, se determinó, nemine contradicente, que no era conveniente que se separasen. Las razones se consignaron extensamente, y son igualmente válidas en el día de hoy.
7. A fin de poner este asunto fuera de toda disputa posible, he escogido hablar sobre estas palabras, que dan buena ocasión para observar cuál ha sido el trato de Dios con su Iglesia aun desde un período tan temprano; pues generalmente se admite que Elí vivió por lo menos mil años antes de que nuestro Señor viniera al mundo. En los versículos que preceden al texto leemos (1 Samuel 2:12): «Los hijos de Elí eran hijos de Belial; no conocían al Señor». Eran malvados en un grado poco común. Su violencia profana con respecto a los sacrificios se relata, con todas sus escandalosas circunstancias, en los versículos siguientes. Pero (lo que era una abominación aún mayor) «dormían con las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo del testimonio» (1 Samuel 2:22). Por ambos motivos, «el pecado de los jóvenes era muy grande; y los hombres aborrecían la ofrenda del Señor».
8. ¿Se me permitirá hacer una pequeña digresión para corregir una traducción errónea del versículo veinticinco? En nuestra traducción dice así: «No oyeron la voz de su padre, porque el Señor los quería matar». ¿No debería más bien traducirse: «Por tanto, el Señor estaba a punto de matarlos»? [1 Samuel 2:25] Como si dijera: «El Señor no permitiría que su horrenda y obstinada maldad quedase sin castigo; sino que, a causa de esa maldad, los mató a ambos en un mismo día por mano de los filisteos». No pecaron (como podría imaginarse por la traducción común) porque Dios hubiera determinado matarlos; sino que Dios determinó matarlos porque así habían pecado.
9. Pero, volviendo al asunto: su pecado era tanto más inexcusable cuanto que no podían ignorar aquella terrible consecuencia de él: que, a causa de su enorme maldad, «los hombres aborrecían la ofrenda del Señor». Muchos del pueblo quedaron tan hondamente ofendidos que, si no se abstuvieron del todo del culto público, asistían a él con pesar, aborreciendo a los sacerdotes mientras honraban el sacrificio.
10. ¿Y tenemos alguna prueba de que los sacerdotes que les sucedieron fueran más santos que ellos, que Ofni y Finees; no solo hasta que Dios permitió que diez de las tribus se separaran de sus hermanos y del culto que él había establecido, sino aun hasta que Judá, lo mismo que Israel, fue llevado en cautiverio por la maldad de los sacerdotes así como del pueblo?
11. Qué clase de hombres eran hacia el tiempo del cautiverio de Babilonia lo sabemos por diversos pasajes de la profecía de Jeremías, por los cuales se ve manifiestamente que el pueblo y los sacerdotes se revolcaban en toda clase de vicios. Y cuán poco se enmendaron después de ser devueltos a su propia tierra podemos deducirlo de aquellas terribles palabras de la profecía de Malaquías: «Ahora, pues, oh sacerdotes, para vosotros es este mandamiento. Si no oyereis, y si no decidiereis de corazón dar gloria a mi nombre, ha dicho el Señor de los ejércitos, enviaré maldición sobre vosotros, y maldeciré vuestras bendiciones; y aun las he maldecido ya, porque no os habéis decidido de corazón. He aquí, yo maldeciré vuestra simiente, y esparciré estiércol sobre vuestros rostros, el estiércol de vuestras fiestas solemnes, y seréis arrojados juntamente con él» (Malaquías 2:1–3).
12. ¡Así fueron los sacerdotes de Dios en sus diversas generaciones, hasta que él trajo al mundo al gran Sumo Sacerdote! ¿Y qué clase de hombres eran durante el tiempo en que él ejerció su ministerio en la tierra? Un retrato amplio y detallado de su carácter lo tenemos en el capítulo veintitrés de San Mateo [Mateo 23]; y difícil sería hallar un carácter peor en todos los oráculos de Dios. Pero ¿no podría decirse: «Nuestro Señor no dirige allí su discurso a los sacerdotes, sino a los escribas y fariseos»? Así es; pero viene a ser lo mismo. Porque los escribas eran lo que ahora llamamos teólogos, los maestros públicos del pueblo. Y muchos, si no la mayoría, de los sacerdotes, especialmente todos los más estrictos de entre ellos, eran fariseos; de modo que, al describir el carácter de los escribas y fariseos, describe también el de los sacerdotes.
13. Poco después del derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, en la infancia de la Iglesia cristiana, hubo en verdad un cambio glorioso. «Gran gracia había entonces en todos ellos», tanto en los ministros como en el pueblo. «La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma». ¡Pero qué poco duró esto! ¡Cuán pronto se oscureció el oro fino! Mucho antes de que terminara siquiera la era apostólica, San Pablo mismo tuvo motivo para quejarse de que algunos de sus colaboradores lo habían abandonado, «amando este siglo». Y no mucho después, San Juan reprendió a varios de los ángeles, es decir, de los ministros, de las iglesias de Asia, porque, aun en aquel período temprano, sus «obras no fueron halladas perfectas delante de Dios».
14. Así comenzó «el misterio de iniquidad» a «obrar», tanto en los ministros como en el pueblo, aun antes del fin de la era apostólica. ¡Pero cuánto más poderosamente obró tan pronto como aquellos arquitectos, los apóstoles, fueron quitados de en medio! Tanto los ministros como el pueblo se fueron alejando entonces más y más de la esperanza del evangelio. Tanto es así que, cuando San Cipriano, unos ciento cincuenta años después de la muerte de San Juan, describe el espíritu y la conducta tanto de los laicos como del clero que lo rodeaban, uno estaría dispuesto a suponer que nos estaba describiendo el clero y el laicado actuales de Europa. Pero la corrupción que había ido infiltrándose gota a gota durante los siglos segundo y tercero, a comienzos del cuarto, cuando Constantino se llamó cristiano, irrumpió en la iglesia como una marea crecida. Y quien lea la historia de la iglesia desde el tiempo de Constantino hasta la Reforma observará fácilmente que todas las abominaciones del mundo pagano, y, en épocas posteriores, de los mahometanos, inundaron cada parte de ella. Y en toda nación y ciudad el clero no era ni un ápice más inocente que los laicos.
15. «Pero ¿no hubo un cambio muy considerable en el cuerpo del clero, así como en el de los laicos, en tiempos de la gloriosa Reforma del papado?». Sin duda lo hubo; y no solo fueron reformados de muchísimas opiniones erróneas y de innumerables formas supersticiosas e idólatras de culto, que hasta entonces prevalecían en la Iglesia de Occidente, sino que también fueron grandemente reformados en lo que respecta a sus vidas y disposiciones. Más del antiguo cristianismo bíblico podía hallarse casi en cada parte de Europa. Sin embargo, a pesar de esto, todas las obras del diablo, toda impiedad e injusticia, el pecado de toda clase, siguieron prevaleciendo, tanto en el clero como en los laicos, en todas las partes de la cristiandad. Aun aquellos clérigos que con más ardor contendían acerca de lo externo de la religión se preocupaban muy poco por su vida y su poder; por la piedad, la justicia, la misericordia y la verdad.
16. No obstante, hay que admitir que, desde la Reforma, y particularmente en el presente siglo, la conducta del clero en general ha cambiado grandemente para bien. Y si se concediera que en muchas partes de la Iglesia romana son casi los mismos que eran antes, hay que conceder también que la mayoría del clero protestante es muy diferente de lo que era. No solo tienen más saber de la clase más valiosa, sino muchísima más religión; tanto es así que generalmente se reconoce que el clero inglés e irlandés no es inferior a ninguno de Europa, tanto en piedad como en conocimiento.
17. Y admitido todo esto, ¿qué les falta aún? ¿Puede imputárseles algo? Deseo considerar este punto con calma y franqueza, en el temor y en la presencia de Dios. Estoy lejos de desear agravar los defectos de mis hermanos o pintarlos con los colores más fuertes. Lejos de mí tratar a otros como he sido tratado yo mismo; devolver mal por mal, o maldición por maldición. Pero, para decir la verdad desnuda (no con ira ni desprecio, como demasiados lo han hecho), reconozco que muchos, si no la mayoría, de los que fueron designados para ministrar en las cosas santas, con quienes me ha tocado en suerte tratar en casi todas las partes de Inglaterra o de Irlanda durante los últimos cuarenta o cincuenta años, no han sido eminentes ni en conocimiento ni en piedad. Se ha afirmado a gritos que la mayoría de las personas que ahora están en conexión conmigo y que creen que es su deber llamar a los pecadores al arrepentimiento, al haber sido tomadas directamente de oficios humildes —sastres, zapateros y otros semejantes—, son una partida de hombres pobres, torpes e iletrados, que apenas distinguen su mano derecha de la izquierda. Sin embargo, no puedo menos que decir que antes me cortaría la mano derecha que permitir que uno solo de ellos dijera una palabra en cualquiera de nuestras capillas, si no tuviera prueba razonable de que tiene más conocimiento de las Santas Escrituras, más conocimiento de sí mismo, más conocimiento de Dios y de las cosas de Dios, que nueve de cada diez de los clérigos con quienes he tratado, ya sea en las universidades o en otra parte.
18. Entretanto, admito con gusto que esta acusación no concierne a todo el cuerpo del clero. Sin duda hay muchos clérigos en estos reinos que no solo están libres de pecado exterior, sino que son hombres de eminente saber y, lo que es infinitamente más, profundamente familiarizados con Dios. Pero aun así me veo obligado a confesar que la mayor parte, con mucho, de los ministros con quienes he tratado durante más de medio siglo no han sido hombres santos, ni consagrados a Dios, ni profundamente familiarizados ni con Dios ni consigo mismos. No podía decirse de ellos que pusieran «la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra», ni que su deseo y la ocupación de su vida fuera salvar su propia alma y la de quienes los oían.
19. He tomado esta desagradable visión de un escenario melancólico —del carácter de aquellos a quienes Dios ha designado como pastores de almas durante tantos siglos— a fin de resolver esta cuestión: «¿Deben los hijos de Dios abstenerse de sus ordenanzas porque los que las administran son hombres impíos?», cuestión que ha dejado sumamente perplejas a muchas personas serias. «¿No debemos», dicen, «abstenernos de los ministerios de hombres impíos? Pues ¿es posible que recibamos algún bien de manos de quienes no conocen a Dios? ¿Podemos suponer que la gracia de Dios haya sido jamás comunicada a los hombres por los siervos del diablo?».
¿Qué dice la Escritura? Atengámonos a ella y no seremos extraviados. Hemos visto allí qué clase de hombres han sido la mayoría de los que han ministrado en las cosas santas durante muchos siglos. Hace dos o tres mil años leemos: «Los hijos de Elí eran hijos de Belial; no conocían al Señor». Pero ¿era esto razón suficiente para que los israelitas se abstuvieran de sus ministerios? Es cierto que por causa de ellos «aborrecían las ofrendas del Señor»; y, sin embargo, asistían a ellas constantemente. ¿Y suponéis que Samuel, santo como era, les aconsejó jamás que hicieran otra cosa? ¿No fueron los sacerdotes y maestros públicos igualmente extraños a Dios desde este tiempo hasta el del cautiverio de Babilonia? Sin duda lo fueron. Pero ¿exhortó Isaías, o alguno de los profetas, al pueblo a abandonar por esa causa las ordenanzas de Dios? ¿No fueron igualmente impíos desde el tiempo del cautiverio de Babilonia hasta la venida de Cristo? ¡Cuán claramente se ve esto, aunque no hubiera otra prueba, por las profecías de Jeremías y de Malaquías! Y, sin embargo, ¿exhortaron Malaquías, o Jeremías, o alguno de los otros profetas, al pueblo a separarse de estos hombres impíos?
20. Pero, para acercar el asunto a nosotros mismos: nunca hubo sacerdotes ni maestros públicos más corruptos, más totalmente apartados de Dios, que los de los días de nuestro bendito Señor. ¿No eran meras paredes blanqueadas? ¿No eran los mejores de ellos sepulcros pintados, llenos de orgullo, lujuria, envidia, codicia, de toda impiedad e injusticia? ¿No es este el retrato que de ellos hace nuestro Señor mismo, que sabía lo que había en el hombre? Pero ¿se abstuvo él por eso del culto público que celebraban esos mismos hombres, o mandó a sus apóstoles que lo hicieran? Muy al contrario; y, en consecuencia, así como él mismo asistía constantemente, así lo hacían también sus discípulos.
21. Hay otra circunstancia en la conducta de nuestro Señor que es digna de nuestra especial consideración. Llama a sí a los doce, y los envía de dos en dos a predicar el evangelio (Marcos 6:7). Y como no iban a la guerra a sus propias expensas, aun «los demonios se les sujetaban». Ahora bien, uno de estos era Judas Iscariote. ¿Y sabía nuestro Señor que «tenía un demonio»? San Juan nos dice expresamente que lo sabía. Sin embargo, fue emparejado con otro de los apóstoles y unido con todos ellos en la misma comunión; y no tenemos razón alguna para dudar de que Dios bendijo la labor de sus doce embajadores. Pero ¿por qué lo envió nuestro Señor entre ellos? Sin duda para nuestra instrucción: como prueba permanente e irrefutable de que él «envía por mano del que ha de enviar»; de que puede enviar, y envía, la salvación a los hombres aun por medio de aquellos que no quieren aceptarla para sí mismos.
22. Nuestro Señor nos da más instrucción sobre este punto. En Mateo 23:1–3 tenemos aquellas palabras tan notables: «Entonces habló Jesús a la multitud y a sus discípulos, diciendo: Sobre la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen». [Mateo 23:1–3] De estos mismos hombres da el carácter más negro en los versículos siguientes. Y, sin embargo, está tan lejos de prohibir a la multitud o a sus propios discípulos que asistan a sus ministerios, que les manda expresamente hacerlo, en estas mismas palabras: «Todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo». Estas palabras implican un mandato de oírlos; porque ¿cómo podrían «guardar y hacer lo que les mandaban, si no lo oían? Os ruego que consideréis esto, vosotros que decís de los sucesores de aquellos hombres impíos: «Dicen, y no hacen; por tanto, no debemos oírlos». Ya veis que vuestro Maestro no saca tal conclusión; antes bien, la directamente contraria. ¡Oh, no seáis más sabios que vuestro Maestro! ¡Seguid su consejo y no razonéis contra él!
23. Pero ¿cómo conciliaremos esto con la instrucción que San Pablo da a los corintios? «Si alguno, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, con el tal ni aun comáis» (1 Corintios 5:11). ¿Cómo se concilia con aquella instrucción de su segunda epístola (2 Corintios 6:17): «Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo»? Respondo: el primer pasaje no tiene relación alguna con la cuestión presente. No concierne a los ministros, buenos o malos. Su sentido llano es este: no tengáis intimidad con nadie que se llame cristiano y viva en algún pecado manifiesto; exhortación de peso, a la que todos los hijos de Dios deberían prestar mucha atención. Tampoco el otro pasaje se refiere a ministros o maestros de clase alguna. En él el Apóstol exhorta a los hijos de Dios a romper todo trato con los hijos del diablo. Las palabras, literalmente, son: «Id fuera de en medio de ellos, y separaos, y no toquéis lo inmundo»; dando a entender que no podían seguir unidos a ellos sin hacerse más o menos partícipes de sus pecados. Podemos, por tanto, afirmar con valentía que ni San Pablo ni ningún otro de los escritores inspirados aconsejó jamás a los hombres santos separarse de la Iglesia en que estaban porque los ministros fueran impíos.
24. No obstante, es cierto que muchos cristianos piadosos, como se observó antes, sí se separaron de la Iglesia, algunos ya en el siglo segundo, y muchos más en el tercero. Algunos de ellos se retiraron al desierto y vivieron enteramente solos; otros se construyeron casas, llamadas después conventos, y solo se apartaron del resto del mundo. Pero ¿cuál fue el fruto de esta separación? El mismo que fácilmente podía preverse. Aumentó y afianzó, en un grado asombroso, la corrupción total de la Iglesia. La sal así amontonada en un rincón había perdido efectivamente su sabor. La luz puesta debajo de un almud ya no alumbraba delante de los hombres. A consecuencia de esto, la impiedad y la injusticia reinaron sin freno. El mundo, entregado en manos del diablo, cometió con avidez todas sus obras; y densas tinieblas, unidas a toda clase de maldad, cubrieron toda la tierra.
25. «Pero si toda esta maldad no era razón suficiente para separarse de una iglesia corrupta, ¿por qué Calvino y Lutero, con sus seguidores, se separaron de la Iglesia de Roma?». Respondo: no se separaron propiamente de ella, sino que fueron expulsados de ella con violencia. No se les permitió permanecer en ella con otras condiciones que la de suscribir todos los errores de esa Iglesia y tomar parte en toda su superstición e idolatría. Por tanto, esta separación recae sobre ella. Para nosotros no fue cuestión de elección, sino de necesidad; y si semejante necesidad nos fuera impuesta ahora a nosotros, deberíamos separarnos de cualquier Iglesia bajo el cielo.
26. No existieron las mismas razones para que diversos grupos de hombres se separasen después de la Iglesia de Inglaterra. No se les impusieron condiciones pecaminosas de comunión, ni se imponen hoy. La mayoría de ellos se separó, ya por algunas opiniones, ya por algunas formas de culto que no aprobaban. Pocos de ellos adujeron la impiedad del clero o de los laicos como causa de su separación. Y si alguno lo hizo, no se vio que ellos mismos fueran ni un ápice mejores que aquellos de quienes se separaron.
27. Pero la gran razón que muchos dan para separarse de la Iglesia, a saber, que los ministros son hombres impíos, se funda en esta afirmación: que el ministerio de los hombres malos no puede hacer ningún bien; que podemos llamar a los sacramentos medios de gracia, pero que hombres que no reciben ellos mismos la gracia de Dios no pueden comunicar esa gracia a otros. De modo que nunca podemos esperar recibir la bendición de Dios por medio de los siervos del diablo.
Este argumento es sumamente plausible, y es en verdad el más fuerte que puede alegarse. Sin embargo, antes de admitir que es concluyente, deberíais considerar unas pocas cosas.
28. Considerad, primero: ¿no comunicaban los sacramentos judíos ninguna gracia salvadora a los oyentes porque los administraban hombres impíos? Si así fuera, ninguno de los israelitas se salvó desde el tiempo de Elí hasta la venida de Cristo. Porque sus sacerdotes no eran ni un ápice mejores que los nuestros, si es que no eran mucho peores. Pero ¿quién se atreverá a afirmar esto? Lo cual no es menos, en efecto, que afirmar que todos los hijos de Israel fueron al infierno durante once o doce siglos seguidos.
29. ¿No comunicaban ninguna gracia a quienes asistían a ellas las ordenanzas administradas en tiempos de nuestro bendito Señor? ¡Seguramente, entonces, el Espíritu Santo no habría elogiado a Zacarías y a Elisabet por andar en esas ordenanzas! Si los ministerios de hombres malvados no hicieran ningún bien, ¿habría mandado nuestro Señor a sus seguidores (lejos de prohibírselo) que asistieran a los de los escribas y fariseos? Observad de nuevo las notables palabras (Mateo 23:1): «Entonces habló Jesús a la multitud y a sus discípulos, diciendo: Sobre la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos», es decir, son vuestros maestros designados; «así que todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo». Ahora bien, ¿qué eran estos escribas y fariseos? ¿No eran los más viles de los hombres? Sin embargo, a estos mismos hombres les manda que los oigan. Este mandato está claramente implícito en aquellas palabras: «Todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo». Porque, a menos que oyeran lo que decían, no podían hacerlo.
30. Considerad un poco más las terribles consecuencias de afirmar que los ministros malvados no hacen ningún bien; que las ordenanzas que ellos administran no comunican gracia salvadora a quienes asisten a ellas. Si así fuera, ¡entonces casi todos los cristianos desde el tiempo de los apóstoles hasta el de la Reforma han perecido! Porque ¿qué clase de hombres fue casi todo el clero durante todos aquellos siglos? Consultad la historia de la iglesia en cada época, y hallaréis más y más pruebas de su corrupción. Es verdad que desde entonces no han sido tan abiertamente disolutos; desde aquel feliz período ha habido un cambio considerable para bien en el clero, así como en los laicos. Pero aun así hay razón para temer que incluso los que ahora ministran en las cosas santas, los que están exteriormente consagrados a Dios para ese fin (sí, y tanto en los países protestantes como en los romanos), están, sin embargo, mucho más consagrados al mundo, a las riquezas, al honor o al placer (exceptuados unos pocos, comparativamente), que a Dios; de modo que, en verdad, están tan lejos de la santidad cristiana como la tierra lo está del cielo. Si, pues, no se comunica ninguna gracia por el ministerio de los hombres malvados, ¡en qué situación se halla el mundo cristiano! ¡Cómo ha olvidado Dios el tener misericordia! ¡Cómo ha desamparado su propia heredad! ¡Oh, no penséis tal cosa! Decid más bien con nuestra propia Iglesia (aunque en oposición directa a la Iglesia de Roma, que sostiene: «Si el sacerdote no ministra con una intención pura», lo cual ningún hombre malvado puede hacer, «entonces el sacramento no es sacramento en absoluto») que la indignidad del ministro no impide la eficacia de la ordenanza de Dios. La razón es clara: porque la eficacia no procede del que la administra, sino de aquel que la instituye. Él no permite, ni permitirá, que su gracia sea interceptada, aunque el mensajero no quiera recibirla para sí.
31. De la suposición de que los ministros malvados no comunican ninguna gracia se seguiría otra consecuencia, a saber: que una persona escrupulosa no puede ser miembro de ninguna Iglesia nacional del mundo. Porque, dondequiera que esté, es muy dudoso que haya allí un ministro santo; y si no lo hay, es pura pérdida de trabajo adorar en esa congregación. Pero, bendito sea Dios, no es así; sabemos por nuestra propia feliz experiencia, y por la experiencia de miles, que la palabra del Señor no está presa, aunque la pronuncie un ministro impío; y que los sacramentos no son pechos secos, sea santo o impío el que los administra.
32. Considerad una consecuencia más de esta suposición, si alguna vez llegara a ser generalmente aceptada. Si todos los hombres se separaran de aquellas Iglesias cuyo ministro fuera un hombre impío (como deberían hacerlo si la gracia de Dios nunca acompañó ni pudo acompañar su ministerio), ¡qué confusión, qué tumultos, qué conmociones ocasionaría esto en toda la cristiandad! ¡Qué malas sospechas, qué rencores, qué celos, qué envidias surgirían por todas partes! ¡Qué censuras, qué chismes, qué rencillas, qué contiendas! Y tampoco se detendría aquí; sino que de las malas palabras los bandos contendientes pasarían pronto a las malas obras, y pronto se derramarían ríos de sangre, para escándalo completo de mahometanos y paganos.
33. No nos turbemos, pues, ni nos enredemos a nosotros mismos y a nuestro prójimo con disputas inútiles, sino convengamos todos en difundir, hasta donde alcance nuestro poder, el evangelio quieto y pacífico de Cristo. Saquemos el mejor provecho de cualquier ministerio que la providencia de Dios nos haya asignado. Hace cerca de cincuenta años, un hombre grande y bueno, el doctor Potter, entonces arzobispo de Canterbury, me dio un consejo por el cual desde entonces he tenido siempre ocasión de bendecir a Dios: «Si deseas ser útil en gran escala, no gastes tu tiempo y tus fuerzas en contender a favor o en contra de cosas de naturaleza discutible, sino en dar testimonio contra el vicio manifiesto y notorio, y en promover la santidad real y esencial». Atengámonos a esto. Dejando mil puntos discutibles a quienes no tienen mejor ocupación que lanzar de acá para allá la pelota de la controversia, ciñámonos a lo nuestro. Demos un testimonio fiel, cada uno en su puesto, contra toda impiedad e injusticia, y recomendemos con todas nuestras fuerzas aquella santidad interior y exterior «sin la cual nadie verá al Señor».
Capítulo 105 completado
Sobre la asistencia al culto de la iglesia