Capítulo 103 · 20 min de lectura · 26 min de escucha
De los tiempos pasados
Sermón 102
De los tiempos pasados
«Nunca digas: ¿Qué es la causa que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría.»
Eclesiastés 7:10.
1. No es fácil discernir conexión alguna entre este texto y el contexto; entre estas palabras y las que van antes o las que siguen después. Parece ser una sentencia suelta e independiente, como muchísimas de los Proverbios de Salomón; y, como ellas, contiene una verdad de peso, que merece seria consideración. ¿No es este el sentido de la pregunta? No es sabio indagar la causa de una suposición, a menos que la suposición misma no solo sea verdadera, sino que esté claramente probado que lo es. Por tanto, no es sabio indagar la causa de esta suposición, que «los tiempos pasados fueron mejores que estos», porque, por común que sea, nunca se ha probado todavía, ni en verdad podrá probarse jamás.
2. Quizá hay pocas suposiciones que hayan corrido más en el mundo que esta: que los tiempos pasados fueron mejores que estos; y ello en varios respectos. Se supone generalmente que vivimos ahora en las heces del tiempo, cuando el mundo, por así decirlo, ha envejecido; y, en consecuencia, que todo en él se halla en estado de decadencia. Se supone, en particular, que los hombres eran, hace algunas edades, de estatura mucho más alta que ahora; que tenían asimismo capacidades mucho mayores y gozaban de un entendimiento más profundo y vigoroso; a consecuencia de lo cual sus escritos de toda clase son muy preferibles a los de tiempos posteriores. Sobre todo, se supone que las generaciones pasadas de hombres aventajaban a la presente en virtud; que el género humano, en cada edad y en cada nación, ha degenerado más y más; de modo que, al fin, han caído de la edad de oro a la de hierro, y ahora la justicia ha huido de la tierra.
3. Antes de considerar la verdad de estas suposiciones, indaguemos su origen. Y en cuanto a la suposición general de que el mundo estuvo una vez en un estado mucho más excelente que el actual, ¿no podemos creer fácilmente que surgió (como todos los relatos fabulosos de la edad de oro) de algunas tradiciones confusas acerca de nuestros primeros padres y su estado paradisíaco? A esto se refieren muchos de los fragmentos de escritos antiguos que los hombres eruditos han espigado. Por tanto, podemos admitir que hay algo de verdad en la suposición; pues es cierto que los días que Adán y Eva pasaron en el Paraíso fueron mucho mejores que cualesquiera que hayan pasado sus descendientes, o que pasarán jamás hasta que Cristo vuelva a reinar sobre la tierra.
4. Pero ¿de dónde pudo surgir la suposición de que los hombres eran antiguamente de mayor estatura que ahora? Esta ha sido una opinión generalmente extendida, casi en todas las naciones y en todas las edades. De ahí, hace cerca de dos mil años, el conocido verso de Virgilio: —
Qualia nunc hominum producit corpora tellus.
[Así lo tradujo Pitt: —
«Apenas doce hombres fuertes alzarían la pesada mole,
hombres como los que deshonran estos días oscuros y degenerados.» — Ed.]
De ahí que, cerca de mil años antes que él, Homero nos hable de uno de sus héroes que arrojaba una piedra que apenas diez hombres podrían levantar, — hoioi nyn brotoi, — tales como son ahora los hombres. Admitimos, en verdad, que ha habido gigantes en todas las edades, en diversas partes del mundo. Si los antediluvianos mencionados en Génesis lo eran o no (lo cual muchos han puesto en duda), no podemos dudar de que Og, rey de Basán, lo era, así como Goliat de Gat. Tales eran también muchos de los hijos (o descendientes) de Anac. Pero no parece que en ninguna edad ni nación los hombres en general fueran más grandes de lo que son ahora. Estamos muy seguros de que no lo fueron durante muchos siglos pasados, por las tumbas y ataúdes que se han descubierto, que son exactamente del mismo tamaño que los que se usan hoy. Y en las catacumbas de Roma, ninguno de los nichos para los cadáveres que fueron excavados en la roca hace mil seiscientos años mide seis pies de largo, y algunos un poco menos. Sobre todo, las Pirámides de Egipto (la del rey Keops en particular) han permanecido, fuera de toda duda razonable, al menos tres mil años. Sin embargo, ninguna de las momias (cuerpos embalsamados) traídas de allí mide más de cinco pies y diez pulgadas.
5. Pero, entonces, ¿cómo llegó esta suposición a prevalecer tanto tiempo y tan generalmente en el mundo? No sé si no podrá explicarse así: grande y pequeño son términos relativos; y todos los hombres juzgan de la grandeza y la pequeñez comparando las cosas consigo mismos. Por tanto, no es extraño que pensemos que los hombres son más grandes ahora que cuando éramos niños. Recuerdo un ejemplo notable de esto en mi propio caso. Después de haberla dejado siete años, tuve un gran deseo de ver la escuela donde me crié. Cuando estuve allí, me asombró que los muchachos fueran mucho más pequeños que cuando yo estaba en la escuela. «Muchos de mis condiscípulos, hace diez años, me sacaban la cabeza; y pocos de los que están ahora en la escuela me llegan a los hombros.» Muy cierto. Pero ¿cuál era la razón de esto? En verdad, una muy sencilla: no era porque ellos fueran más pequeños, sino porque yo era más grande que diez años antes. Creo de veras que esta es la causa por la que los hombres en general suponen que la raza humana disminuye en estatura. Recuerdan el tiempo en que la mayoría de los que les rodeaban eran más altos y más grandes que ellos. Sí, y todos los hombres han hecho lo mismo en sus sucesivas generaciones. ¿Es de extrañar, entonces, que todos hayan caído en el mismo error, cuando se ha transmitido sin advertirlo de padre a hijo, y probablemente así seguirá hasta el fin del tiempo?
6. Pero hay asimismo una suposición general de que el entendimiento del hombre y todas sus capacidades mentales eran de mayor tamaño en los días antiguos que ahora; y que los antiguos habitantes de la tierra tenían talentos mucho mayores que los presentes. Hombres de eminente erudición han sido de este parecer, y lo han defendido con la mayor vehemencia. Se concede que muchos de los escritores antiguos, tanto filósofos como poetas e historiadores, no serán fácilmente superados, si es que igualados, por los de edades posteriores. Podemos citar a Homero y Virgilio como poetas; a Tucídides y Livio como historiadores. Pero, entretanto, ha de notarse respecto de la mayoría de estos escritores que cada uno de ellos pasó su vida entera componiendo y puliendo un solo libro. ¿Qué maravilla, pues, si estaban exquisitamente acabados, cuando se puso en ellos tanto trabajo? Dudo que hombre alguno en Europa, o en el mundo, se haya tomado tanto esfuerzo en acabar un tratado; de otro modo, quizá habría igualado, si no superado, a cualquiera de los que le precedieron.
7. Pero que la generalidad de los hombres no era ni un ápice más sabia en tiempos antiguos de lo que es en el tiempo presente, podemos deducirlo fácilmente de los registros más auténticos. Una de las naciones más antiguas de las que tenemos noticia cierta es la egipcia. ¿Y qué idea podemos formarnos de su entendimiento y su saber cuando reflexionamos sobre los objetos de su culto? Estos no eran solo los animales más viles, como perros y gatos, sino los puerros y las cebollas que crecían en sus propios huertos. En verdad, conocí a un gran hombre (cuya costumbre era tratar con el más grosero insulto a todos los que se atrevían a disentir de él: no me refiero al doctor Johnson, que era un mero cortesano comparado con el señor Hutchinson) que insultaba groseramente a todos los que carecen tanto de sentido común que creen tal cosa acerca de ellos. Afirma perentoriamente (pero sin dignarse darnos prueba alguna) que los antiguos habitantes de Egipto tenían en todo esto un sentido profundo y oculto. Créalo quien pueda. Yo no puedo creerlo por la mera afirmación de ningún hombre. Creo que no tenían en adorar a los gatos un sentido más profundo que el que tienen nuestros escolares en hostigarlos. Y entiendo que los egipcios comunes eran exactamente tan sabios hace tres mil años como los labradores comunes de Inglaterra y Gales lo son hoy. Supongo que su entendimiento natural, como su estatura, estaba al nivel del nuestro, y que su saber, su conocimiento adquirido, era muchos grados inferior al de las personas del mismo rango en Francia, Holanda o Alemania.
8. Sin embargo, ¿no nos aventajaban grandemente los hombres de tiempos pasados en virtud? Este es el punto de mayor importancia; — lo demás no son sino bagatelas en comparación. Ahora bien, ¿no se admite universalmente que cada edad se vuelve peor y peor? ¿No lo observó el viejo poeta pagano, hace casi dos mil años? —
Aetas parentum pejor avis tulit
Nos nequiores, mox daturos
Progeniem vitiosiorem?
Es decir, en prosa llana: «La edad de nuestros padres fue más viciosa — que la de nuestros abuelos; nuestra edad es más viciosa que la de nuestros padres; somos peores de lo que fueron nuestros padres, y nuestros hijos serán peores que nosotros.»
9. Es cierto que este ha sido el clamor común de generación en generación. Y si no es verdad, ¿de dónde habría de surgir? ¿Cómo podemos explicarlo? Quizá otra observación del mismo poeta pueda ayudarnos a dar una respuesta. ¿No podrá deducirse del carácter general que él da de los ancianos?
Difficilis, querulus, laudator temporis acti
Se puero, censor, castigatorque minorum.
[La siguiente es la traducción de Boscawen de esta cita de Horacio: —
«Descontentadizos, quejosos, prontos a alabar
lo que pasó en sus días juveniles,
y con lengua severa y censora
corrigen las locuras de los jóvenes.» — Ed.]
¿No es costumbre común de los ancianos alabar el tiempo pasado y condenar el presente? Y esto puede probablemente influir mucho más de lo que uno imaginaría al principio. Cuando los que tienen más experiencia que nosotros, y por eso solemos pensar que más sabiduría, están casi continuamente insistiendo en esto, en la degeneración del mundo; en quienes están acostumbrados desde la infancia a oír cuánto mejor era el mundo antes que ahora (y así les parecía de verdad cuando eran jóvenes y acababan de entrar en el mundo, y cuando la alegría de la juventud daba un aire agradable a todo lo que les rodeaba), la idea de que el mundo va de mal en peor crecería naturalmente con ellos. Y así será, hasta que nosotros, a nuestra vez, nos volvamos malhumorados, irritables, descontentos y llenos de quejas melancólicas: «¡Qué perverso se ha vuelto el mundo!” ¡Cuánto mejor era cuando éramos jóvenes, en los días dorados que podemos recordar!»
10. Pero procuremos, sin prejuicio ni prevención, tomar una vista de todo el asunto. Y, tras una consideración serena e imparcial, aparecerá que los tiempos pasados no fueron mejores que estos; más aún, al contrario, que estos son, en muchos respectos, incomparablemente mejores que aquellos. Aparecerá claramente que, así como la estatura de los hombres ha sido casi la misma desde el principio del mundo, así el entendimiento de los hombres, en circunstancias semejantes, ha sido muy parecido desde el tiempo en que Dios trajo un diluvio sobre la tierra hasta la hora presente. No tenemos razón para creer que las naciones incivilizadas de África, de América o de las islas de los Mares del Sur hayan tenido jamás mejor entendimiento, o hayan estado en un estado menos bárbaro que ahora. Ni, por otra parte, tenemos prueba suficiente de que los entendimientos naturales de los hombres en los países más civilizados — Babilonia, Persia, Grecia o Italia — fueran más fuertes o estuvieran más cultivados que los de los alemanes, franceses o ingleses que hoy viven. Más aún, ¿no tenemos razón para creer que, por medio de mejores instrumentos, hemos alcanzado un conocimiento de la naturaleza que pocos, si alguno, de los antiguos alcanzaron jamás? De modo que, en este respecto, la ventaja (y no pequeña está claramente de nuestro lado; y debemos reconocer, con profunda gratitud al Dador de toda buena dádiva, que los tiempos pasados no han de compararse con estos en que vivimos.
11. Pero la indagación principal sigue pendiente: ¿No fueron «los tiempos pasados mejores que estos» en lo que toca a la virtud? O, por hablar con más propiedad, ¿a la religión? Esto merece una consideración detenida.
Por religión entiendo el amor de Dios y del hombre llenando el corazón y gobernando la vida. El efecto seguro de esto es la práctica constante de la justicia, la misericordia y la verdad. Esta es su misma esencia; la altura y la profundidad de la religión, independiente de esta o aquella opinión, y de todos los modos particulares de culto. Y quisiera preguntar con calma: «¿Cuáles de los tiempos pasados fueron mejores que estos en lo que toca a esto? ¿a la religión experimentada y practicada por el arzobispo Fénelon, en Francia; el obispo Ken, en Inglaterra; y el obispo Bedell, en Irlanda?”
12. No necesitamos extender nuestra indagación más allá del período en que la vida y la inmortalidad fueron sacadas a la luz por el evangelio. Y se admite que los días que siguieron inmediatamente al derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés fueron mejores aun en este respecto, aun en lo que toca a la religión, que cualesquiera de los que les han sucedido.
Pero, dejando a un lado esta breve edad de días dorados, he de repetir la pregunta: ¿Cuáles de los tiempos pasados fueron mejores que el presente, en cualquier parte conocida del mundo habitable?
13. ¿Fue mejor la primera parte de este siglo, ya en estas islas, ya en alguna parte del continente? No conozco razón alguna para afirmarlo. Creo que toda Europa estaba tan vacía de religión en el reinado de la reina Ana como lo está hoy. Es verdad que el lujo aumenta en alto grado en toda Europa; y también el escándalo de Inglaterra, la profanidad, en todas partes del reino. Pero también es verdad que el más infernal de todos los vicios, la crueldad, disminuye con igual rapidez. Y los casos de ella que en tiempos pasados ocurrían continuamente, ahora rara vez se oyen. Aun en la guerra, aquella barbarie salvaje que se practicaba en todas partes ha cesado hace muchos años.
14. ¿Fue el siglo pasado más religioso que este? En su primera parte hubo mucho de la forma de la religión, y algunos sin duda experimentaron su poder. Pero ¡cuán pronto se oscureció el buen oro! ¡Cuán pronto se mezcló con designios mundanos, y con un total desprecio de la verdad, de la justicia y de la misericordia, hasta traer sobre toda religión un escándalo que apenas se ha quitado hasta hoy! ¿Hubo más religión verdadera en el siglo precedente, la edad de la Reforma? Hubo sin duda en muchos países una considerable reforma de las opiniones religiosas; sí, y de los modos de culto, que cambiaron mucho para bien, tanto en Alemania como en otros varios lugares. Pero es bien sabido que Lutero mismo se quejaba con su último aliento: «El pueblo que es llamado por mi nombre (aunque quisiera que solo fuera llamado por el nombre de Cristo) está reformado en cuanto a sus opiniones y modos de culto; pero sus disposiciones y sus vidas son las mismas que antes.» Aun entonces, tanto la justicia como la misericordia fueron pisoteadas tan desvergonzadamente que un escritor eminente calcula que el número de los que fueron degollados durante aquellas contiendas religiosas no fue menor de cuarenta millones, en el espacio de cuarenta años.
15. Podemos retroceder más de mil años desde allí sin hallar un tiempo mejor. Ningún historiador nos da el menor indicio de tal, hasta que llegamos a la edad de Constantino el Grande. De este período varios escritores nos han dado relatos magníficos. Sí, un autor eminente, nada menos que el doctor Newton, el difunto obispo de Bristol, se ha tomado no poco trabajo en mostrar que la conversión de Constantino al cristianismo, y los beneficios que concedió a la Iglesia con mano pródiga, fueron el acontecimiento que en el Apocalipsis se significa con «la nueva Jerusalén que descendía del cielo».
16. Pero no puedo en modo alguno suscribir la opinión del obispo en este asunto. Tan lejos estoy de ello que hace mucho que estoy convencido, por todo el tenor de la historia antigua, de que este mismo acontecimiento, el que Constantino se llamara cristiano y derramara aquel torrente de riqueza y honra [poder] sobre la Iglesia cristiana, y sobre el clero en particular, produjo más mal a la Iglesia que todas las diez persecuciones juntas. Desde el momento en que el poder, las riquezas y los honores de toda clase se amontonaron sobre los cristianos, el vicio de toda clase entró como un río, tanto en el clero como en los laicos. Desde el momento en que la Iglesia y el Estado, los reinos de Cristo y del mundo, se mezclaron de forma tan extraña y antinatural, el cristianismo y el paganismo quedaron tan completamente incorporados el uno al otro que difícilmente se separarán jamás hasta que Cristo venga a reinar sobre la tierra. De modo que, en vez de imaginar que la gloria de la nueva Jerusalén cubría la tierra en aquel período, tenemos terribles pruebas de que entonces estaba cubierta, y lo ha estado desde entonces, del humo del pozo del abismo.
17. «Con todo, ¿no fueron los días anteriores a este — los del siglo tercero — mejores sin comparación que todos los que los siguieron?» Esto se ha creído casi universalmente. Pocos dudan de que en la edad anterior a Constantino la iglesia cristiana estaba en su gloria, adorando a Dios en la hermosura de la santidad. Pero ¿fue así en verdad? ¿Qué dice san Cipriano, que vivió a mediados de aquel siglo, testigo por encima de toda excepción, y que selló la verdad con su sangre? ¿Qué relato da de lo que vio con sus propios ojos y oyó con sus propios oídos? Uno tal que casi le haría a uno imaginar que pintaba al natural, no la antigua iglesia de Cartago, sino la moderna Iglesia de Roma. Según su relato, tales abominaciones prevalecían ya entonces en todos los órdenes de hombres, que no era extraño que Dios derramara sobre ellos su furor con sangre, mediante las graves persecuciones que siguieron.
18. Sí, y antes de esto, aun en el primer siglo, aun en la edad apostólica, ¿qué relato da san Juan de varias de las iglesias que él mismo había plantado en Asia? ¿Cuán poco mejores eran aquellas congregaciones que muchas de Europa en el día de hoy? Más aún, cuarenta o cincuenta años antes de eso, a menos de treinta años del descenso del Espíritu Santo, ¿no había en la iglesia de Corinto abominaciones tales que «ni aun se nombran entre los gentiles»? ¡Tan pronto comenzó «el misterio de iniquidad» a obrar en la iglesia cristiana! ¡Tan poca razón tenemos para apelar a «los tiempos pasados», como si fueran «mejores que estos»!
19. Afirmar esto, por tanto, tan comúnmente como se hace, no solo es contrario a la verdad, sino que es un ejemplo de negra ingratitud para con Dios y una grave afrenta a su bendito Espíritu. Porque quienquiera que haga una indagación justa y sincera percibirá fácilmente que la verdadera religión no ha disminuido en modo alguno, sino que ha aumentado grandemente, en el presente siglo. Por citar una rama capital de la religión: el amor al prójimo. ¿No ha desaparecido casi la persecución de la faz de la tierra? ¿En qué edad mostraron los cristianos de diversas denominaciones tal tolerancia los unos para con los otros? ¿Cuándo antes mostraron los gobernantes tal benignidad para con sus respectivos súbditos? No solo en Gran Bretaña e Irlanda, sino en Francia y Alemania; sí, en toda Europa. Nada semejante se ha visto desde el tiempo de Constantino; no, ni desde el tiempo de los apóstoles.
20. Si se dice: «Pues esto es fruto de la incredulidad general, del deísmo que se ha extendido por toda Europa», respondo: Sea cual sea la causa, tenemos razón para regocijarnos grandemente en el efecto; y si el Dios sapientísimo ha sacado de este terrible mal un bien tan grande y universal, tanto más debemos engrandecer en ello su asombroso poder, sabiduría y bondad. En verdad, hasta donde podemos juzgar, este era el camino más directo por el que los cristianos nominales podían ser preparados, primero, para tolerar y, después, para recibir el cristianismo real. Mientras los gobernantes mismos no lo conocían, nada sino esto podía inducirlos a consentirlo. ¡Oh profundidad de la sabiduría y de la ciencia de Dios, que hace que un total desprecio de toda religión prepare el camino para el avivamiento de la única religión digna de Dios! No estoy seguro de si este es o no el caso en Francia y Alemania; pero lo es fuera de toda contradicción en Norteamérica: la total indiferencia del gobierno de allí, haya alguna religión o ninguna, deja lugar a la propagación de la religión verdadera y bíblica, sin el menor estorbo ni impedimento.
21. Pero, por encima de todo esto, mientras el lujo y la profanidad han ido aumentando por un lado, por el otro la benevolencia y la compasión hacia todas las formas del dolor humano han aumentado de un modo no conocido antes, desde las edades más remotas del mundo. En prueba de esto vemos que se han levantado más hospitales, enfermerías y otros lugares de caridad pública, al menos en Londres y sus alrededores, en este siglo que en los quinientos años anteriores. Y aunque supongamos que esto se ha debido en parte a la vanidad, al deseo de alabanza, aun así tenemos motivo para bendecir a Dios de que tanto bien haya brotado incluso de este motivo imperfecto.
22. No puedo dejar de mencionar un ejemplo más de la bondad de Dios para con nosotros en la edad presente. Él ha levantado su bandera en nuestras islas contra el lujo, la profanidad y el vicio de toda clase. Hace cerca de cincuenta años hizo que, por así decirlo, se sembrara un grano de mostaza cerca de Londres; y ahora ha crecido y echado grandes ramas, que llegan de mar a mar. Dos o tres personas pobres se reunieron para ayudarse unas a otras a ser verdaderos cristianos. Aumentaron a cientos, a miles, a miríadas, persiguiendo todavía su único fin, la religión real: el amor de Dios y del hombre gobernando todas sus disposiciones, y palabras, y acciones. Ahora me atreveré a decir que un acontecimiento como este, considerado en todas sus circunstancias, no se ha visto antes sobre la tierra desde el tiempo en que san Juan fue al seno de Abraham.
23. ¿Diremos ahora: «Los tiempos pasados fueron mejores que estos»? ¡No permita Dios que seamos tan insensatos y tan desagradecidos! Antes bien, alabémosle todo el día, porque nos ha hecho bien. Ningún «tiempo pasado», desde que los apóstoles dejaron la tierra, ha sido mejor que el presente. Ninguno ha sido comparable a él en varios respectos. No hemos nacido fuera de tiempo, sino en el día de su poder, — un día de gloriosa salvación, en el que él se apresura a renovar a todo el linaje humano en justicia y en santidad de verdad. ¡Cuán brillante ha brillado ya el Sol de justicia en diversas partes de la tierra! ¡Y cuántas lluvias de gracia ha derramado ya sobre su heredad! ¡Cuántas almas preciosas ha recogido ya en su granero, como gavillas de trigo maduro! Estemos siempre dispuestos a seguirlas, clamando en nuestro corazón: «¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven pronto!»
[27 de junio de 1787]
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