Sermones en diversas ocasiones
El deber de la comunión constante

Capítulo 102 · 23 min de lectura · 29 min de escucha

El deber de la comunión constante

Sermón 101

El deber de la comunión constante 104104El siguiente discurso fue escrito hace más de cincuenta y cinco años, para uso de mis alumnos en Oxford. Le he añadido muy poco, pero he recortado mucho, pues entonces usaba más palabras que ahora. Pero, doy gracias a Dios, todavía no he visto motivo para cambiar mi parecer en ningún punto de los que en él se exponen. —1788 J.W.

«Haced esto en memoria de mí.»

Lucas 22:19.

No es de extrañar que los hombres que no tienen temor de Dios nunca piensen en hacer esto. Pero es extraño que lo descuide alguno de los que sí temen a Dios y desean salvar su alma; y, sin embargo, nada hay más común. Una razón por la que muchos lo descuidan es que tienen tanto miedo de «comer y beber indignamente» que nunca piensan cuánto mayor es el peligro cuando no lo comen ni lo beben en absoluto. Para hacer lo que pueda por llevar a estos hombres bienintencionados a una manera de pensar más justa, voy a:

I. Mostrar que es deber de todo cristiano recibir la Cena del Señor tan a menudo como pueda; y

II. Responder a algunas objeciones.

I. He de mostrar que es deber de todo cristiano recibir la Cena del Señor tan a menudo como pueda.

1. La primera razón por la que es deber de todo cristiano hacerlo es que se trata de un mandamiento claro de Cristo. Que este es su mandamiento se ve por las palabras del texto: «Haced esto en memoria de mí»; por las cuales, así como los apóstoles quedaban obligados a bendecir, partir y dar el pan a todos los que se unían con ellos en las cosas santas, así todos los cristianos quedaban obligados a recibir esas señales del cuerpo y la sangre de Cristo. Aquí, pues, se manda recibir el pan y el vino, en memoria de su muerte, hasta el fin del mundo. Observad también que este mandamiento lo dio nuestro Señor cuando estaba a punto de dar su vida por nosotros. Son, por tanto, por así decirlo, sus palabras de moribundo a todos sus seguidores.

2. Una segunda razón por la que todo cristiano debe hacer esto tan a menudo como pueda es que los beneficios de hacerlo son muy grandes para todos los que lo hacen en obediencia a él; a saber, el perdón de nuestros pecados pasados y el presente fortalecimiento y refrigerio de nuestras almas. En este mundo nunca estamos libres de tentaciones. Sea cual sea nuestro modo de vida, sea cual sea nuestra condición, estemos enfermos o sanos, en apuros o tranquilos, los enemigos de nuestras almas están al acecho para llevarnos al pecado. Y con demasiada frecuencia prevalecen sobre nosotros. Ahora bien, cuando estamos convencidos de haber pecado contra Dios, ¿qué camino más seguro tenemos de obtener de él el perdón que «anunciar la muerte del Señor», y suplicarle que, por los padecimientos de su Hijo, borre todos nuestros pecados?

3. La gracia de Dios que aquí se da nos confirma el perdón de nuestros pecados, capacitándonos para dejarlos. Así como nuestros cuerpos son fortalecidos por el pan y el vino, así lo son nuestras almas por estas prendas del cuerpo y la sangre de Cristo. Este es el alimento de nuestras almas: este da fuerza para cumplir nuestro deber, y nos lleva adelante a la perfección. Si, pues, tenemos alguna consideración por el claro mandamiento de Cristo, si deseamos el perdón de nuestros pecados, si anhelamos fuerza para creer, para amar y obedecer a Dios, entonces no debemos desaprovechar ninguna oportunidad de recibir la Cena del Señor; entonces nunca debemos dar la espalda al banquete que nuestro Señor nos ha preparado. No debemos desaprovechar ninguna ocasión que la buena providencia de Dios nos ofrezca para este fin. Esta es la verdadera regla: hemos de recibirla tantas veces como Dios nos dé oportunidad. Por tanto, quien no la recibe, sino que se aparta de la santa mesa cuando todo está preparado, o no entiende su deber, o no le importa el mandamiento postrero de su Salvador, el perdón de sus pecados, el fortalecimiento de su alma y el refrigerio de ella con la esperanza de gloria.

4. Por tanto, que cada uno que tenga algún deseo de agradar a Dios, o algún amor a su propia alma, obedezca a Dios y procure el bien de su propia alma comulgando cada vez que pueda; como los primeros cristianos, entre quienes el sacrificio cristiano era parte constante del culto del día del Señor. Y durante varios siglos lo recibieron casi todos los días: cuatro veces por semana siempre, y además cada día de santo. En consecuencia, los que se unían a las oraciones de los fieles nunca dejaban de participar del bendito sacramento. Qué opinión tenían de cualquiera que le diera la espalda, podemos aprenderlo de aquel antiguo canon: «Si algún creyente se une a las oraciones de los fieles y se marcha sin recibir la Cena del Señor, sea excomulgado, como quien trae confusión a la iglesia de Dios.»

5. Para entender la naturaleza de la Cena del Señor, sería útil leer con cuidado aquellos pasajes del Evangelio y de la primera Epístola a los Corintios [1 Corintios 11] que hablan de su institución. De ahí aprendemos que el propósito de este sacramento es el recuerdo continuo de la muerte de Cristo, comiendo el pan y bebiendo el vino, que son las señales externas de la gracia interior, el cuerpo y la sangre de Cristo.

6. Es muy conveniente que quienes se proponen recibirlo, siempre que su tiempo lo permita, se preparen para esta solemne ordenanza mediante el examen de sí mismos y la oración. Pero esto no es absolutamente necesario. Y cuando no tengamos tiempo para ello, debemos procurar tener la preparación habitual que sí es absolutamente necesaria, y de la que no se puede prescindir por ningún motivo ni en ocasión alguna. Esta es, primero, un pleno propósito del corazón de guardar todos los mandamientos de Dios; y, segundo, un sincero deseo de recibir todas sus promesas.

II. He de responder, en segundo lugar, a las objeciones comunes contra recibir constantemente la Cena del Señor.

1. Digo recibirla constantemente; porque en cuanto a la expresión comunión frecuente, es absurda en grado sumo. Si significa algo menos que constante, significa más de lo que puede probarse que es deber de ningún hombre. Porque si no estamos obligados a comulgar constantemente, ¿con qué argumento puede probarse que estamos obligados a comulgar con frecuencia? ¿Más aún, más de una vez al año, o una vez cada siete años, o una vez antes de morir? Todo argumento que se aduce para ello, o prueba que debemos hacerlo constantemente, o no prueba nada en absoluto. Por tanto, esa manera de hablar indeterminada y sin sentido debería ser desechada por todos los hombres de entendimiento.

2. Para probar que es nuestro deber comulgar constantemente, podemos observar que la santa comunión ha de considerarse, o bien (1.) como un mandamiento de Dios, o bien (2.) como una misericordia para con el hombre.

Primero. Como un mandamiento de Dios. Dios, nuestro Mediador y Gobernador, de quien hemos recibido nuestra vida y todas las cosas, y de cuya voluntad depende que seamos perfectamente felices o perfectamente desdichados desde este momento hasta la eternidad, nos declara que todos los que obedezcan sus mandamientos serán eternamente felices, y todos los que no, serán eternamente desdichados. Ahora bien, uno de estos mandamientos es: «Haced esto en memoria de mí.» Os pregunto, pues: ¿Por qué no hacéis esto, cuando podéis hacerlo si queréis? Cuando tenéis delante la oportunidad, ¿por qué no obedecéis el mandamiento de Dios?

3. Quizá diréis: «Dios no me manda hacer esto tan a menudo como pueda»; es decir, que las palabras «tan a menudo como podáis» no están añadidas en este lugar concreto. ¿Y qué? ¿No hemos de obedecer todo mandamiento de Dios tan a menudo como podamos? ¿No están hechas todas las promesas de Dios a aquellos, y solo a aquellos, que «ponen toda diligencia»; es decir, a los que hacen todo lo que pueden por obedecer sus mandamientos? Nuestro poder es la única regla de nuestro deber. Todo lo que podemos hacer, eso debemos hacer. Tanto respecto de este como de cualquier otro mandamiento, el que, pudiendo obedecerlo si quiere, no lo hace, no tendrá lugar en el reino de los cielos.

4. Y esta gran verdad, que estamos obligados a guardar todo mandamiento en cuanto podamos, se prueba claramente por lo absurdo de la opinión contraria; pues si admitiéramos que no estamos obligados a obedecer todo mandamiento de Dios tan a menudo como podamos, no nos quedaría argumento alguno para probar que hombre alguno esté obligado a obedecer mandamiento alguno en tiempo alguno. Por ejemplo: si yo preguntara a un hombre por qué no obedece uno de los mandamientos más claros de Dios, por qué, por ejemplo, no ayuda a sus padres, podría responder: «No lo haré ahora, pero lo haré en otro momento.» Cuando llegue ese momento, recordadle de nuevo el mandamiento de Dios, y dirá: «Lo obedeceré alguna vez.» Ni es posible jamás probar que deba hacerlo ahora, a no ser probando que debe hacerlo tan a menudo como pueda; y que, por tanto, debe hacerlo ahora, porque puede si quiere.

5. Considerad la Cena del Señor, en segundo lugar, como una misericordia de Dios para con el hombre. Dios, cuya misericordia está sobre todas sus obras, y en particular sobre los hijos de los hombres, sabía que no había más que un camino para que el hombre fuese feliz como él; a saber, ser semejante a él en santidad; y como sabía que nada podíamos hacer para esto por nosotros mismos, nos ha dado ciertos medios para obtener su ayuda. Uno de ellos es la Cena del Señor, que, por su infinita misericordia, nos ha dado para este mismo fin: que por este medio seamos ayudados a alcanzar aquellas bendiciones que nos ha preparado; que obtengamos santidad en la tierra y gloria eterna en el cielo.

Os pregunto, pues: ¿Por qué no aceptáis su misericordia tantas veces como os sea posible? Dios os ofrece ahora su bendición; — ¿por qué la rehusáis? Tenéis ahora una oportunidad de recibir su misericordia; — ¿por qué no la recibís? Sois débiles: — ¿por qué no aprovecháis toda oportunidad de aumentar vuestras fuerzas? En una palabra: considerando esto como un mandamiento de Dios, el que no comulga tan a menudo como puede no tiene piedad; considerándolo como una misericordia, el que no comulga tan a menudo como puede no tiene sabiduría.

6. Estas dos consideraciones darán plena respuesta a todas las objeciones comunes que se han hecho contra la comunión constante; en verdad, a todas las que jamás se hicieron o puedan hacerse. En realidad, nada puede objetarse contra ella sino suponiendo que, [en] este momento concreto, o la comunión no sería una misericordia, o no se me manda recibirla. Más aún, aunque concediéramos que no sería una misericordia, eso no basta; porque todavía valdría la otra razón: os haga algún bien o ninguno, habéis de obedecer el mandamiento de Dios.

7. Sin embargo, veamos las excusas particulares que los hombres suelen dar para no obedecerlo. La más común es: «Soy indigno; y “el que come y bebe indignamente, come y bebe condenación para sí”. Por tanto, no me atrevo a comulgar, no sea que coma y beba mi propia condenación.»

El caso es este: Dios os ofrece una de las mayores misericordias de este lado del cielo, y os manda aceptarla. ¿Por qué no aceptáis esta misericordia, en obediencia a su mandamiento? Decís: «Soy indigno de recibirla.» ¿Y qué? Sois indignos de recibir misericordia alguna de Dios. ¿Pero es esa una razón para rehusar toda misericordia? Dios os ofrece el perdón de todos vuestros pecados. Sois indignos de él, es seguro, y él lo sabe; pero ya que le place ofrecéroslo a pesar de ello, ¿no lo aceptaréis? Se ofrece a librar vuestra alma de la muerte: sois indignos de vivir; ¿pero rehusaréis por eso la vida? Se ofrece a dotar vuestra alma de nuevas fuerzas; ¿porque sois indignos de ellas, os negaréis a tomarlas? ¿Qué más puede hacer Dios mismo por nosotros, si rehusamos su misericordia porque somos indignos de ella?

8. Pero supongamos que esto no fuera ninguna misericordia para nosotros (suponerlo es, en verdad, desmentir a Dios; decir que no es bueno para el hombre lo que él ordenó expresamente para su bien); aun así pregunto: ¿Por qué no obedecéis el mandamiento de Dios? Él dice: «Haced esto.» ¿Por qué no lo hacéis? Respondéis: «Soy indigno de hacerlo.» ¡Cómo! ¿Indignos de obedecer a Dios? ¿Indignos de hacer lo que Dios os manda hacer? ¿Indignos de obedecer el mandamiento de Dios? ¿Qué queréis decir con esto? ¿Que los que son indignos de obedecer a Dios no deben obedecerle? ¿Quién os lo dijo? Aunque fuera «un ángel del cielo, sea anatema». Si pensáis que Dios mismo os lo ha dicho por medio de san Pablo, oigamos sus palabras. Son estas: «El que come y bebe indignamente, come y bebe condenación para sí.»

Pues bien, esto es cosa muy distinta. Aquí no se dice una palabra de ser indigno de comer y beber. Es verdad que habla de comer y beber indignamente; pero eso es cosa muy diferente; así nos lo ha dicho él mismo. En este mismo capítulo se nos dice que por comer y beber indignamente se entiende tomar el santo sacramento de una manera tan grosera y desordenada que «uno tiene hambre, y otro está embriagado». ¿Pero qué tiene eso que ver con vosotros? ¿Hay algún peligro de que vosotros hagáis tal cosa, de que comáis y bebáis así indignamente? Por indignos que seáis de comulgar, no hay temor de que comulguéis de ese modo. Por tanto, sea cual sea el castigo de hacerlo así indignamente, no os concierne a vosotros. No tenéis por este texto más razón para desobedecer a Dios que si no hubiera tal texto en la Biblia. Si habláis de «comer y beber indignamente» en el sentido en que san Pablo usa estas palabras, lo mismo podríais decir: «No me atrevo a comulgar, por temor a que se caiga la iglesia», que «por temor a comer y beber indignamente».

9. Si, pues, teméis traer condenación sobre vosotros por esto, teméis donde no hay que temer. No la temáis por comer y beber indignamente; porque eso, en el sentido de san Pablo, no podéis hacerlo. Pero os diré por qué habéis de temer la condenación: por no comer ni beber en absoluto; por no obedecer a vuestro Hacedor y Redentor; por desobedecer su claro mandamiento; por menospreciar así tanto su misericordia como su autoridad. Temed esto; porque oíd lo que dice su apóstol: «Cualquiera que guardare toda la ley, y ofendiere en un punto, es hecho culpable de todos.» (Santiago 2:10.)

10. Vemos, pues, cuán débil es la objeción: «No me atrevo a recibir [la Cena del Señor], porque soy indigno.» Ni es más fuerte aunque la razón por la que os creéis indignos sea que habéis caído recientemente en pecado. Es verdad que nuestra Iglesia prohíbe a los que «han cometido algún crimen grave» recibirla sin arrepentimiento. Pero todo lo que de esto se sigue es que debemos arrepentirnos antes de acercarnos; no que debamos dejar de acercarnos en absoluto.

Decir, por tanto, que «un hombre puede dar la espalda al altar porque ha caído recientemente en pecado, para imponerse a sí mismo esta penitencia», es hablar sin ninguna autorización de la Escritura. Porque ¿dónde enseña la Biblia a expiar el quebrantamiento de un mandamiento de Dios quebrantando otro? ¿Qué consejo es este: «Cometed un nuevo acto de desobediencia, y Dios os perdonará más fácilmente lo pasado»?

11. Hay otros que, para excusar su desobediencia, alegan que son indignos en otro sentido: que «no pueden vivir a la altura de ello; no pueden pretender llevar una vida tan santa como la que comulgar constantemente les obligaría a llevar». Ponedlo en palabras llanas. Pregunto: ¿Por qué no aceptáis la misericordia que Dios os manda aceptar? Respondéis: «Porque no puedo vivir a la altura de la profesión que debo hacer cuando la recibo.» Entonces está claro que nunca deberíais recibirla en absoluto. Porque no es más lícito prometer una sola vez lo que sabéis que no podéis cumplir, que prometerlo mil veces. Sabéis también que es una y la misma promesa, ya la hagáis cada año o cada día. Prometéis hacer exactamente lo mismo, ya prometáis muy a menudo o muy rara vez.

Si, pues, no podéis vivir a la altura de la profesión que hacen los que comulgan una vez por semana, tampoco podéis estar a la altura de la profesión que hacéis vosotros que comulgáis una vez al año. ¿Pero de veras no podéis? Entonces bueno os fuera no haber nacido. Porque todo lo que profesáis en la mesa del Señor debéis tanto profesarlo como guardarlo, o no podréis ser salvos. Pues allí no profesáis nada sino esto: que guardaréis diligentemente sus mandamientos. ¿Y no podéis estar a la altura de esta profesión? Entonces no podéis entrar en la vida.

12. Pensad, pues, lo que decís, antes de decir que no podéis vivir a la altura de lo que se requiere de los que comulgan constantemente. Esto no es más de lo que se requiere de cualquier comulgante; más aún, de todo el que tiene un alma que salvar. De modo que decir que no podéis vivir a la altura de esto no es ni mejor ni peor que renunciar al cristianismo. Es, en efecto, renunciar a vuestro bautismo, en el que prometisteis solemnemente guardar todos sus mandamientos. Ahora huís de esa profesión. Quebrantáis voluntariamente uno de sus mandamientos y, para excusaros, decís que no podéis guardar sus mandamientos: entonces no podéis esperar recibir las promesas, que se hacen solo a los que los guardan.

13. Lo dicho sobre este pretexto contra la comunión constante es aplicable a los que dicen lo mismo con otras palabras: «No nos atrevemos a hacerlo, porque requiere después una obediencia tan perfecta que no podemos prometer cumplirla.» No; no requiere una obediencia ni más ni menos perfecta que la que prometisteis en vuestro bautismo. Entonces os comprometisteis a guardar los mandamientos de Dios con su ayuda; y no prometéis nada más cuando comulgáis.

14. Una segunda objeción que a menudo se hace contra la comunión constante es tener tantos negocios que no dejan tiempo para la preparación que para ello es necesaria. Respondo: Toda la preparación que es absolutamente necesaria está contenida en estas palabras: «Arrepentíos verdaderamente de vuestros pecados pasados; tened fe en Cristo nuestro Salvador» (y observad que esta palabra no se toma aquí en su sentido más alto); «enmendad vuestras vidas, y estad en caridad con todos los hombres; así seréis dignos participantes de estos santos misterios». Todos los que están así preparados pueden acercarse sin temor y recibir el sacramento para su consuelo. Ahora bien, ¿qué negocio puede impediros estar así preparados? — ¿arrepentiros de vuestros pecados pasados, creer que Cristo murió para salvar a los pecadores, enmendar vuestras vidas y estar en caridad con todos los hombres? Ningún negocio puede impediros esto, a menos que sea de los que os impiden estar en estado de salvación. Si resolvéis y os proponéis seguir a Cristo, estáis en condiciones de acercaros a la mesa del Señor. Si no os proponéis esto, solo estáis en condiciones para la mesa y la compañía de los demonios.

15. Ningún negocio, por tanto, puede impedir a hombre alguno tener aquella preparación que es la única necesaria, a menos que sea de los que lo inhabilitan para el cielo, de los que lo sacan del estado de salvación. Es verdad que todo hombre prudente, cuando tenga tiempo, se examinará a sí mismo antes de recibir la Cena del Señor: si se arrepiente verdaderamente de sus pecados anteriores; si cree las promesas de Dios; si se propone plenamente andar en sus caminos y estar en caridad con todos los hombres. En esto, y en la oración privada, empleará sin duda todo el tiempo que buenamente pueda. ¿Pero qué tiene esto que ver con vosotros, que no tenéis tiempo? ¿Qué excusa es esta para no obedecer a Dios? Él os manda venir, y prepararos con oración, si tenéis tiempo; si no lo tenéis, venid de todos modos. No hagáis de la reverencia al mandamiento de Dios un pretexto para quebrantarlo. No os rebeléis contra él por temor a ofenderle. Hagáis u omitáis cualquier otra cosa, aseguraos de hacer lo que Dios os manda hacer. Examinaros a vosotros mismos, y practicar la oración privada, especialmente antes de la Cena del Señor, es bueno; pero ¡he aquí! «el obedecer es mejor que» el examen de sí mismo; «y el prestar atención», que la oración de un ángel.

16. Una tercera objeción contra la comunión constante es que disminuye nuestra reverencia por el sacramento. ¿Y si así fuera? ¿Qué se sigue? ¿Concluiréis de ahí que no habéis de recibirlo constantemente? Eso no se sigue. Dios os manda: «Haced esto.» Podéis hacerlo ahora, pero no queréis, y, para excusaros, decís: «Si lo hago tan a menudo, disminuirá la reverencia con que ahora lo hago.» Suponed que así fuera; ¿os ha dicho Dios alguna vez que cuando el obedecer su mandamiento disminuye vuestra reverencia hacia él, entonces podéis desobedecerlo? Si lo ha dicho, sois inocentes; si no, lo que decís no viene en absoluto al caso. La ley es clara. O mostráis que el legislador hace esta excepción, o sois culpables ante él.

17. La reverencia por el sacramento puede ser de dos clases: o la que se debe puramente a la novedad de la cosa, como la que los hombres tienen naturalmente por cualquier cosa a la que no están acostumbrados; o la que se debe a nuestra fe, o al amor o temor de Dios. Ahora bien, la primera de estas no es propiamente una reverencia religiosa, sino puramente natural. Y esta clase de reverencia por la Cena del Señor, el recibirla constantemente necesariamente la disminuirá. Pero no disminuirá la verdadera reverencia religiosa, sino más bien la confirmará y aumentará.

18. Una cuarta objeción es: «He comulgado constantemente durante mucho tiempo, pero no he hallado el beneficio que esperaba.» Este ha sido el caso de muchas personas bienintencionadas, y por eso merece ser considerado en particular. Y considerad esto: primero, todo lo que Dios nos manda hacer hemos de hacerlo porque él lo manda, sintamos o no algún beneficio por ello. Ahora bien, Dios manda: «Haced esto en memoria de mí.» Esto, por tanto, hemos de hacerlo porque él lo manda, hallemos o no un beneficio presente por ello. Pero sin duda hallaremos beneficio tarde o temprano, aunque quizá de modo imperceptible. Seremos fortalecidos imperceptiblemente, hechos más aptos para el servicio de Dios y más constantes en él. Por lo menos, somos guardados de recaer, y preservados de muchos pecados y tentaciones; y ciertamente esto debería bastar para hacernos recibir este alimento tan a menudo como podamos, aunque no sintamos en el acto sus felices efectos, como algunos los han sentido, y nosotros mismos podremos sentirlos cuando Dios lo vea mejor.

19. Pero supongamos que un hombre ha acudido a menudo al sacramento y, sin embargo, no ha recibido ningún beneficio. ¿No fue por su propia culpa? O no estaba debidamente preparado, dispuesto a obedecer todos los mandamientos y a recibir todas las promesas de Dios, o no lo recibió debidamente, confiando en Dios. Solo procurad estar debidamente preparados para él, y cuanto más a menudo vengáis a la mesa del Señor, mayor beneficio hallaréis allí.

20. Una quinta objeción que algunos han hecho contra la comunión constante es que «la Iglesia la ordena solo tres veces al año». Las palabras de la Iglesia son: «Nótese que todo feligrés comulgará por lo menos tres veces al año.» A esto respondo, primero: ¿Y qué, si la Iglesia no lo hubiera ordenado en absoluto? ¿No basta con que Dios lo ordene? Obedecemos a la Iglesia solo por amor de Dios. ¿Y no obedeceremos a Dios mismo? Si, pues, recibís tres veces al año porque la Iglesia lo manda, recibid cada vez que podáis porque Dios lo manda. De lo contrario, el hacer lo uno estará tan lejos de excusaros por no hacer lo otro, que vuestra propia práctica probará vuestra necedad y vuestro pecado, y os dejará sin excusa.

Pero, en segundo lugar, no podemos concluir de estas palabras que la Iglesia excuse al que recibe solo tres veces al año. Su sentido llano es que el que no recibe por lo menos tres veces será expulsado de la Iglesia; pero de ningún modo excusan al que no comulga más a menudo. Este nunca fue el juicio de nuestra Iglesia; por el contrario, ella pone todo el cuidado posible en que el sacramento se administre debidamente, dondequiera que se lea el Libro de Oración Común, todos los domingos y días festivos del año.

La Iglesia da una indicación particular respecto de los que están en las sagradas órdenes: «En todas las catedrales e iglesias colegiales y en los colegios, donde hay muchos presbíteros y diáconos, todos recibirán la comunión con el sacerdote, por lo menos cada domingo.»

21. Se ha mostrado, primero, que si consideramos la Cena del Señor como un mandamiento de Cristo, ningún hombre que no la reciba (no una vez al mes, sino) tan a menudo como pueda puede tener pretensión alguna de piedad cristiana. Segundo, que si consideramos su institución como una misericordia para con nosotros, ningún hombre que no la reciba tan a menudo como pueda tiene pretensión alguna de prudencia cristiana. Tercero, que ninguna de las objeciones que suelen hacerse puede servir de excusa al hombre que no obedece este mandamiento y acepta esta misericordia en cada oportunidad.

22. Se ha mostrado en particular, primero, que la indignidad no es excusa; porque aunque en un sentido todos somos indignos, ninguno de nosotros necesita temer ser indigno en el sentido de san Pablo, de «comer y beber indignamente». Segundo, que el no tener tiempo suficiente para la preparación no puede ser excusa; puesto que la única preparación absolutamente necesaria es aquella que ningún negocio puede impedir, ni en verdad cosa alguna en la tierra, sino en cuanto nos impida estar en estado de salvación. Tercero, que el que disminuya nuestra reverencia no es excusa; puesto que el que dio el mandamiento, «Haced esto», en ninguna parte añade: «a menos que disminuya vuestra reverencia». Cuarto, que el no sacar provecho de ella no es excusa; puesto que es culpa nuestra, por descuidar aquella preparación necesaria que está en nuestro poder. Por último, que el juicio de nuestra propia Iglesia es enteramente favorable a la comunión constante. Si los que hasta ahora la han descuidado con cualquiera de estos pretextos toman a pecho estas cosas, llegarán, por la gracia de Dios, a un mejor parecer, y nunca abandonarán su propia misericordia.

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