Sermones en diversas ocasiones
Sobre agradar a todos los hombres

Capítulo 101 · 17 min de lectura · 22 min de escucha

Sobre agradar a todos los hombres

Sermón 100

Sobre agradar a todos los hombres

«Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en bien, a edificación».

Romanos 15:2.

1. Sin duda el deber aquí prescrito incumbe a todo el género humano; al menos a todos aquellos a quienes se han confiado las palabras de Dios. Porque aquí se manda a todo aquel, sin excepción, que invoca el nombre de Cristo. Y la persona a quien a cada uno se le manda agradar es su prójimo; es decir, todo hijo de hombre. Solo que hemos de recordar aquí lo que el mismo Apóstol dice en una ocasión semejante: «Si se puede hacer, cuanto está en vosotros, tened paz con todos los hombres». De igual modo hemos de agradar a todos los hombres, si se puede hacer, cuanto está en nosotros. Pero, hablando con propiedad, no es posible; es lo que ningún hombre hizo jamás ni hará nunca. Pero, supuesto que empleemos nuestra mayor diligencia, sea cual fuere el resultado, cumplimos nuestro deber.

2. Podemos observar además de qué manera tan admirable limita el Apóstol esta indicación; de lo contrario, si se siguiera sin limitación alguna, podría producir las consecuencias más perniciosas. Se nos manda agradarles en bien; no simplemente por el gusto de agradarles, o de agradarnos a nosotros mismos; mucho menos agradarles para su daño, como tan a menudo hacen, y aun continuamente, quienes no aman a su prójimo como a sí mismos. Ni es solo su bien temporal lo que debemos buscar al agradar a nuestro prójimo; sino, lo que es de importancia infinitamente mayor, hemos de hacerlo a edificación; de tal manera que contribuya a su bien espiritual y eterno. Hemos de agradarles de tal modo que el agrado no perezca con el uso, sino que redunde en su provecho duradero; que los haga más sabios y mejores, más santos y más felices, tanto en el tiempo como en la eternidad.

3. Muchos son los tratados y discursos que se han publicado sobre este importante tema. Pero todos los que yo he visto u oído eran miserablemente defectuosos. Apenas uno de ellos se proponía el fin recto: todos, sin excepción, tenían al agradar a los hombres algún designio más bajo que el de salvar sus almas, —el de edificarlos en el amor y la santidad. Por consiguiente, no era probable que propusieran los medios rectos para alcanzar ese fin. Un célebre tratado de esta clase, titulado «El cortesano», se publicó en España hace unos doscientos años y se tradujo a varias lenguas. Pero no tiene nada que ver con la edificación y, por tanto, yerra por completo el blanco. Otro tratado, titulado «El cortesano refinado [completo]», se publicó en nuestro propio país, en el reinado del rey Carlos II, y, según parece, por un servidor de su corte. En él hay varios consejos muy sensatos acerca de nuestro comportamiento exterior, y se señalan muchas pequeñas impropiedades de palabra o de acción con las que los hombres desagradan a otros sin pretenderlo; pero también este autor no tiene a la vista en absoluto el bien espiritual o eterno de su prójimo. Hace setenta u ochenta años se imprimió en Londres otro libro, titulado «El arte de agradar». Pero como estaba escrito de manera lánguida y no contenía más que observaciones comunes y trilladas, no era probable que fuera de utilidad a los hombres de entendimiento, y menos aún a los hombres piadosos.

4. Pero puede preguntarse: ¿no ha sido tratado después este tema por un escritor de un carácter muy diferente? ¿No lo ha agotado uno que era él mismo consumado maestro en el arte de agradar? ¿Y que, escribiendo a uno a quien amaba tiernamente, a un hijo predilecto, le da todos los consejos que su gran entendimiento, enriquecido por variada erudición, por la experiencia de muchos años y por mucho trato con toda clase de hombres, podía sugerir? Me refiero al difunto lord Chesterfield, el favorito general de toda la nación irlandesa, así como de la inglesa.

5. Los medios de agradar que este padre sabio e indulgente recomienda continua y encarecidamente a su hijo querido, y conforme a los cuales sin duda formó tanto sus disposiciones como su conducta exterior,

hasta que la muerte prematura detuvo su lengua armoniosa,—

fueron, primero, hacer el amor, en el sentido más grosero, a todas las mujeres casadas que buenamente pudiera. (De las solteras le aconseja abstenerse, por temor a consecuencias desagradables). Segundo: el disimulo constante y cuidadoso; llevar siempre una máscara; no fiarse de hombre alguno sobre la tierra hasta el punto de darle a conocer sus verdaderos pensamientos, sino aparentar perpetuamente que quería decir lo que no quería decir, y aparentar ser lo que no era. Tercero: la mentira bien urdida a toda clase de personas; decir lo que estaba más lejos de su corazón; y, en particular, adular a hombres, mujeres y niños, como el medio infalible de agradarles.

No hace falta gran arte para mostrar que este no es el modo de agradar a nuestro prójimo en bien, ni a edificación. Procuraré mostrar que hay un modo mejor de hacerlo; y en verdad un modo diametralmente opuesto a este. Consiste:

I. En quitar los estorbos del camino; y

II. En usar los medios que tienden directamente a este fin.

I. 1. Aconsejo a todos los que desean «agradar a su prójimo en bien, a edificación», primero, que quiten del camino todos los estorbos; o, en otras palabras, que eviten todo lo que tiende a desagradar a los hombres sabios y buenos, hombres de sano entendimiento y piedad verdadera. Ahora bien, «la crueldad, la malicia, la envidia, el odio y la venganza» desagradan a todos los hombres buenos, a todos los que están dotados de sano entendimiento y piedad genuina. Hay asimismo otra disposición emparentada con estas, solo que de un grado más bajo, y que suele hallarse en la vida común, con la que los hombres en general no se complacen. Comúnmente la llamamos mal carácter. Con todo el cuidado posible evitad todas estas cosas; más aún, todo lo que tenga algún parecido con ellas, —como la acritud, la severidad y el mal humor, por un lado; la irritabilidad y la impaciencia, por otro—, si alguna vez esperáis «agradar a vuestro prójimo en bien, a edificación».

2. Después de la crueldad, la malicia y disposiciones semejantes, con las palabras y acciones que naturalmente brotan de ellas, nada resulta más repugnante, no solo a las personas de juicio y de religión, sino aun a la generalidad de los hombres, que el orgullo, la altivez de espíritu y su fruto genuino, un comportamiento presuntuoso, arrogante y avasallador. Ni siquiera una erudición poco común, unida a talentos brillantes, compensará esto; antes bien, un hombre de dotes eminentes, si es eminentemente altivo, será despreciado por muchos y mal visto por todos. De esto fue un ejemplo notable el famoso rector del Trinity College de Cambridge. ¡Cuán pocas personas de su tiempo tuvieron un entendimiento más vigoroso o una erudición más profunda que el doctor Bentley! ¡Y sin embargo, cuán pocos fueron menos amados!, a no ser uno que le era poco o nada inferior en juicio o en erudición, e igualmente apartado de la humildad, —el autor de «La divina legación de Moisés». Quienquiera, pues, que desee agradar a su prójimo en bien, debe guardarse de estrellarse contra esta roca. De lo contrario, el mismo orgullo que le impulsa a buscar la estima de su prójimo le impedirá infaliblemente alcanzarla.

3. Casi tan repugnante para la generalidad de los hombres como la altivez misma es un carácter y un comportamiento iracundos. Los hombres de disposición sensible temen incluso conversar con personas de este espíritu. Y otros no gustan de su trato, porque con frecuencia (quizá cuando menos lo esperaban) reciben de ellas sacudidas que, aunque las soporten por el momento, no se exponen de buen grado a recibir de nuevo. De ahí que los hombres iracundos rara vez tengan muchos amigos; al menos, no por mucho tiempo. Es verdad que pueden rodearlos multitudes por una temporada, sobre todo cuando ello favorece sus intereses. Pero por lo común se disgustan uno tras otro y caen como las hojas en otoño. Si deseáis, pues, agradar de modo duradero a vuestro prójimo en bien, evitad por todos los medios posibles la pasión violenta.

4. Sí, y si deseáis agradar, aun por este solo motivo, seguid aquel consejo del Apóstol: «Desechad toda mentira». Es observación de un ingenioso autor que, de todos los vicios, la mentira nunca ha hallado todavía un apologista, alguien que abogara abiertamente en su favor, fueran cuales fueran sus sentimientos privados. Pero debe recordarse que el señor Addison pasó a un mundo mejor antes de que se publicaran las Cartas de lord Chesterfield. Quizá su apología de ella fue la mejor que jamás se ha hecho o pueda hacerse de tan mala causa. Pero, con todo el trabajo que ha empleado en ello, solo tiene «apariencia de valor, no sustancia». No hay solidez en ella; no es más que un fantasma brillante. Y así como la mentira nunca puede ser loable ni inocente, tampoco puede ser agradable; al menos cuando se le quita el disfraz y aparece en su propia forma. Por consiguiente, deben evitarla cuidadosamente todos los que desean agradar a su prójimo en bien, a edificación.

5. «Pero ¿no es la adulación», puede decir alguno, «una especie de mentira? ¿Y no se ha reconocido en todas las épocas que es el medio seguro de agradar? ¿No han confirmado numerosos experimentos aquella observación: —

Obsequium amicos, veritas odium parat?

¿La adulación crea amigos, y la franqueza enemigos?

¿No ha referido algunos ejemplos notables de esto un ingenioso [destacado] escritor reciente en su “Diario sentimental”?». Respondo: es verdad; la adulación agrada por un tiempo, y no solo a las mentes débiles, pues el deseo de alabanza, merecida o inmerecida, está plantado en todo hijo de hombre. Pero agrada solo por un tiempo. Tan pronto como cae la máscara, tan pronto como se ve que el que hablaba no quería decir nada con sus palabras suaves, ya no nos agrada más. La propia experiencia de cada hombre se lo enseña. Y todos sabemos que, si un hombre sigue adulando después de descubierta su falta de sinceridad, resulta repugnante, no agradable. Por tanto, aun esta especie de mentira tan de moda deben evitarla todos los que desean agradar a su prójimo para su provecho duradero.

6. Más aún, quienquiera que desee hacer esto debe recordar que no solo la mentira, en todas sus especies, sino aun el disimulo (que no es lo mismo que la adulación, aunque le es muy cercano) desagrada a los hombres de entendimiento, aunque no tengan religión. Terencio presenta incluso a un viejo pagano que, cuando se le imputó, respondió con indignación: Simulare non est meum: «El disimulo no forma parte de mi carácter». El engaño, la sutileza, la astucia, todo el arte de engañar, con cualesquiera términos que se exprese, no es tenido por los hombres sabios como una cualidad estimable, sino que es, en verdad, una abominación para ellos. Y aun quienes más lo practican, los mayores artífices del fraude, no se complacen en él cuando lo ven en otros, ni gustan de tratar con quienes lo practican con ellos. Sí, los mayores engañadores se disgustan grandemente con quienes les devuelven sus propias artes.

II. Ahora bien, si la crueldad, la malicia, la envidia, el odio, la venganza y el mal carácter; si el orgullo y la altivez; si la ira irracional; si la mentira y el disimulo, junto con el engaño, la sutileza y la astucia, desagradan todos y cada uno a todos los hombres, especialmente a los hombres sabios y buenos, podemos inferir fácilmente de aquí cuál es el camino seguro para agradarles en bien, a edificación. Solo que hemos de recordar que hay en todo tiempo y lugar quienes no debemos esperar agradar. No debemos, pues, sorprendernos cuando encontremos hombres a quienes no hay manera de agradar. Sucede ahora como antiguamente, cuando nuestro Señor mismo se quejaba: «¿A qué, pues, compararé los hombres de esta generación? Semejantes son a los muchachos sentados en la plaza, que dicen los unos a los otros: Os tocamos la flauta, y no bailasteis; os endechamos, y no llorasteis». Pero, dejando a estos díscolos a sí mismos, podemos razonablemente esperar agradar a otros mediante la observancia cuidadosa y constante de las pocas indicaciones siguientes.

1. Primero. Que el amor no os visite como un huésped pasajero, sino que sea la disposición constante y dominante de vuestra alma. Procurad que vuestro corazón esté lleno en todo tiempo y en toda ocasión de una benevolencia real y sin fingimiento; no solo hacia los que os aman a vosotros, sino hacia toda alma humana. Que palpite en vuestro corazón; que brille en vuestros ojos, que resplandezca en todas vuestras acciones. Siempre que abráis los labios, que sea con amor; y que haya en vuestra lengua la ley de clemencia. Vuestra palabra destilará entonces como la lluvia, y como el rocío sobre la hierba tierna. No seáis estrechos ni limitados en vuestro afecto, sino que abrace a todo hijo de hombre. Todo nacido de mujer tiene derecho a vuestra buena voluntad. Esta la debéis, no a algunos, sino a todos. Y que todos los hombres sepan que deseáis su felicidad temporal y eterna tan sinceramente como la vuestra propia.

2. Segundo. Si queréis agradar a vuestro prójimo en bien, procurad ser humildes de corazón. Sed pequeños y viles a vuestros propios ojos, prefiriendo a los demás en cuanto a honra. Sed profundamente conscientes de vuestras propias flaquezas, necedades e imperfecciones, así como del pecado que queda en vuestro corazón y que se adhiere a todas vuestras palabras y acciones. Y que este espíritu se manifieste en todo lo que habléis o hagáis: «Revestíos de humildad». Rechazad con horror aquella máxima predilecta del viejo pagano, salida del abismo sin fondo, Tanti eris aliis, quanti tibi fueris: «Cuanto más te valores a ti mismo, más te valorarán los demás». No es así. Al contrario, tanto Dios como el hombre «resisten a los soberbios»; y así como «Dios da gracia a los humildes», así la humildad, no el orgullo, nos recomienda a la estima y al favor de los hombres, especialmente de los que temen a Dios.

3. Si deseáis agradar a vuestro prójimo en bien, a edificación, debéis, en tercer lugar, trabajar y orar para ser mansos además de humildes de corazón. Esforzaos por tener una disposición tranquila y serena; sed apacibles con todos los hombres, y que la apacibilidad de vuestro carácter se manifieste en todo el tenor de vuestro trato. Que todas vuestras palabras y todas vuestras acciones se rijan por ella. Recordad asimismo aquel consejo de San Pedro: como añadidura a vuestra apacibilidad, sed misericordiosos; «sed corteses»; sed compasivos; sed tiernamente compasivos con todos los que están en angustia; con todos los que padecen cualquier aflicción de mente, cuerpo o hacienda. Que

las diversas escenas del dolor humano

despierten vuestra más tierna simpatía.

Llorad con los que lloran. Si no podéis hacer más, al menos mezclad vuestras lágrimas con las suyas, y dadles palabras sanadoras, que calmen su mente y mitiguen sus penas. Pero si podéis, si sois capaces de darles ayuda efectiva, que no falte. Sed ojos para el ciego, pies para el cojo, un esposo para la viuda y un padre para el huérfano. Esto contribuirá mucho a granjearos el afecto y a dar un placer provechoso no solo a los que son objeto inmediato de vuestra compasión, sino también a otros que «vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

4. Y mientras sois compasivos con los afligidos, procurad ser corteses con todos los hombres. En este respecto no importa si son altos o bajos, ricos o pobres, superiores o inferiores a vosotros. No, ni aun si son buenos o malos, si temen a Dios o no. Es verdad que el modo de mostrar vuestra cortesía puede variar, según lo indique la prudencia cristiana; pero la cosa misma se debe a todos; los más bajos y los peores tienen derecho a nuestra cortesía. [Pero ¿qué es la cortesía?] Puede ser interior o exterior; o una disposición o un modo de comportarse. Un modo de comportarse tal que brota naturalmente de la cortesía del corazón. ¿Es lo mismo que la buena crianza, o la urbanidad? (la cual parece ser solo un alto grado de buena crianza): no, la buena crianza es principalmente fruto de la educación; pero la educación no puede dar cortesía de corazón. La conocida definición de la urbanidad del señor Addison parece ser más bien una definición de esta: «Un deseo constante de agradar a todos los hombres, que se muestra en todo el trato». Ahora bien, esto puede subsistir, aun en alto grado, donde no ha habido la ventaja de la educación. He visto cortesía tan verdadera en una choza irlandesa como la que pudiera hallarse en St. James’s o en el Louvre.

5. ¿Procuraremos ahondar un poco más, indagar el fundamento de esta cuestión? ¿Cuál es la fuente de ese deseo de agradar que llamamos cortesía? Miremos atentamente en nuestro corazón y pronto hallaremos la respuesta. El mismo Apóstol que nos enseña a ser corteses, nos enseña a honrar a todos; y su Maestro me enseña a amar a todos los hombres. Unid estas cosas, ¿y cuál será el efecto? Un pobre desdichado me pide una limosna: miro y lo veo cubierto de suciedad y de harapos. Pero a través de ellos veo a uno que tiene un espíritu inmortal, hecho para conocer y amar a Dios y morar con él por la eternidad. Lo honro por amor de su Creador. He aquí que veo, a través de todos esos harapos, que está teñido de púrpura con la sangre de Cristo. Lo amo por amor de su Redentor. La cortesía, por tanto, que siento y muestro hacia él es una mezcla de la honra y el amor que tengo al linaje de Dios, la adquisición de la sangre de su Hijo y el candidato a la inmortalidad. Sintamos y mostremos esta cortesía hacia todos los hombres, y agradaremos a todos los hombres para su edificación.

6. Una vez más. Aprovechad todas las ocasiones oportunas para declarar a otros el afecto que realmente sentís por ellos. Esto puede hacerse con tal aire y de tal manera que no se preste a la imputación de adulación; y la experiencia muestra que los hombres honrados se complacen en esto tanto como los bribones en la adulación. Los que están persuadidos de que vuestras expresiones de buena voluntad hacia ellos son el lenguaje de vuestro corazón quedarán tan satisfechos con ellas como con los más altos encomios que pudierais tributarles. Podéis juzgarlos por vosotros mismos, por lo que sentís en vuestro propio pecho. Os gusta ser honrados; pero ¿no preferiríais ser amados?

7. Permitidme añadir un consejo más. Si queréis agradar a todos los hombres en bien, decid en todo caso a todos los hombres la pura verdad de vuestro corazón. Cuando habléis, abrid la ventana de vuestro pecho: que las palabras sean el vivo retrato de vuestro corazón. En toda compañía y en toda ocasión, sed hombres veraces. Más aún, no os contentéis con la mera veracidad; sino «con sencillez y sinceridad de Dios conducíos en el mundo en todo», como «un verdadero israelita, en el cual no hay engaño».

8. Para resumirlo todo en una palabra: ¡si queréis agradar a los hombres, agradad a Dios! Que la verdad y el amor posean toda vuestra alma. Que sean el manantial de todos vuestros afectos, pasiones y disposiciones; la regla de todos vuestros pensamientos. Que inspiren todo vuestro hablar, sazonado continuamente con esa sal, y apto para «dar gracia a los oyentes». Que todas vuestras acciones sean hechas en amor. Que nunca «te abandonen la misericordia ni la verdad: átalas a tu cuello». Que sean manifiestas y visibles a todos; y «escríbelas en la tabla de tu corazón». «Así hallarás gracia y buena opinión ante los ojos de Dios y de los hombres».

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