Sermones escogidos de George Whitefield
La necesidad y los beneficios de la sociedad religiosa

Capítulo 8 · 30 min de lectura · 38 min de escucha

La necesidad y los beneficios de la sociedad religiosa

Eclesiastés 4:9–12 — «Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; mas ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante. También si dos durmieren juntos, se calentarán; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra el uno, dos estarán contra él; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto.

Entre las muchas razones que pueden señalarse para la triste decadencia del verdadero cristianismo, quizá el descuido de congregarnos en sociedades religiosas no sea una de las menores. Así pues, para hacer cuanto esté de mi parte por promover un medio tan excelente de piedad, he escogido un pasaje de la Escritura sacado de la experiencia del más sabio de los hombres, el cual, ampliado e ilustrado un poco, servirá plenamente a mi presente propósito, que es mostrar, de la mejor manera que pueda, la necesidad y los beneficios de la sociedad en general, y de la sociedad religiosa en particular.

«Mejores son dos que uno, etc.»

De estas palabras tomaré ocasión para probar,

Primero, la verdad de lo que afirma el sabio, «Mejores son dos que uno», y ello con respecto a la sociedad en general y a la sociedad religiosa en particular.

Segundo, señalar algunas razones por las que mejores son dos que uno, especialmente en cuanto a lo último. 1. Porque los hombres pueden levantarse unos a otros cuando les sucede resbalar: «porque si cayeren, el uno levantará a su compañero». 2. Porque pueden darse calor unos a otros: «También si dos durmieren juntos, se calentarán; mas ¿cómo se calentará uno solo?». 3. Porque pueden protegerse mutuamente de quienes se les oponen: «Y si alguno prevaleciere contra el uno, dos estarán contra él; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto». De aquí,

Tercero, tomaré ocasión para mostrar el deber que incumbe a todo miembro de una sociedad religiosa.

Y cuarto, sacaré una o dos conclusiones de lo que se diga, y luego terminaré con una o dos palabras de exhortación.

Primero, he de probar la verdad de lo que afirma el sabio, que «mejores son dos que uno», y ello con respecto a la sociedad en general y a las sociedades religiosas en particular.

¿Y cómo puede hacerse esto mejor que mostrando que es absolutamente necesaria para el bienestar tanto de los cuerpos como de las almas de los hombres? En verdad, si miramos al hombre tal como salió de las manos de su Hacedor, lo imaginamos perfecto, cabal, sin que le faltara nada. Pero Dios, cuyos pensamientos no son como nuestros pensamientos, vio que aún faltaba algo para hacer feliz a Adán. ¿Y qué era? Pues una ayuda idónea para él. Porque así habla la Escritura: «Y dijo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él».

Observad que Dios dijo: «No es bueno», dando a entender con ello que la creación habría quedado en cierto modo imperfecta si no se hallaba una ayuda idónea para Adán. Y si tal era el caso del hombre antes de la caída; si le convenía una ayuda en un estado de perfección, ciertamente desde la caída, cuando salimos desnudos y desvalidos del vientre de nuestra madre, cuando nuestras necesidades crecen con los años y apenas podemos subsistir un día sin la ayuda mutua de unos y otros, bien podemos decir: «No es bueno que el hombre esté solo».

Vemos, pues, que la sociedad es absolutamente necesaria en lo que toca a nuestras necesidades corporales y personales. Si extendemos más la mirada y consideramos al género humano dividido en diferentes ciudades, países y naciones, su necesidad aparecerá aún más evidente. Porque ¿cómo podrían mantenerse las comunidades o llevarse adelante el comercio sin sociedad? De ningún modo, ciertamente, pues la providencia parece haber asignado sabiamente un producto particular a casi cada país, como a propósito para obligarnos a ser sociables; y ha entretejido tan admirablemente las partes de todo el cuerpo del género humano, «que el ojo no puede decir a la mano: No te necesito; ni tampoco la mano al pie: No te necesito».

Podrían darse muchos otros ejemplos de la necesidad de la sociedad con respecto a nuestras necesidades corporales, personales y nacionales. Pero ¿qué son todas ellas, pesadas en la balanza del santuario, comparadas con la necesidad infinitamente mayor que de ella tiene el alma? Sin duda fue principalmente en atención a esta parte mejor que Dios dijo: «No es bueno que el hombre esté solo». Porque supongamos a Adán tan feliz como pueda ser, puesto como señor de la creación en el paraíso de Dios y pasando todas sus horas en adorar y alabar al bendito Autor de su ser; aun así, como su alma era copia misma de la naturaleza divina, cuya propiedad peculiar es comunicarse, fuera de la divina suficiencia no podía ser completamente feliz, porque estaba solo y sin nadie con quien comunicarse, ni siquiera contento en el paraíso, por falta de un compañero en sus gozos. Dios lo sabía, y por eso dijo: «No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él». Y aunque esto resultó ser el medio fatal de su caída, ello no se debió a ninguna consecuencia natural de la sociedad, sino en parte a aquel maldito apóstata que astutamente acecha para engañar, y en parte a la propia necedad de Adán, que prefirió ser desdichado con la que amaba antes que confiar en que Dios le daría otra esposa.

Si reflexionamos, en verdad, en aquel trato familiar que nuestro primer padre podía mantener con el cielo en su estado de inocencia, nos inclinaremos a pensar que tenía tan poca necesidad de sociedad en cuanto a su alma como antes supusimos que la tenía en cuanto a su cuerpo. Pero aun así, como Dios y los santos ángeles estaban tan por encima de él por un lado, y las bestias tan por debajo por el otro, nada se comparaba con tener a alguien con quien conversar que fuera «hueso de sus huesos y carne de su carne».

Vemos, pues, que el hombre no podía ser plenamente feliz, ni aun en el paraíso, sin un compañero de su propia especie; mucho menos ahora que ha sido expulsado de él. Porque mirémoslo un poco en su estado natural de ahora, después de la caída, como «teniendo el entendimiento entenebrecido, ajeno de la vida de Dios»; tan incapaz de ver el camino por donde debe andar como un ciego de describir el sol; y consideremos que, a pesar de esto, ha de recibir la vista antes de poder ver a Dios, y que si nunca lo ve, nunca podrá ser feliz. Mirémoslo a esta luz (o más bien en estas tinieblas) y neguemos, si podemos, la necesidad de la sociedad. Hallamos que una revelación divina es absolutamente necesaria, pues por naturaleza somos tan incapaces de conocer nuestro deber como de cumplirlo. ¿Y cómo aprenderemos si alguno no nos enseña? Pero si Dios mismo hubiera de hacerlo, ¿qué haríamos sino, como Moisés, temblar y temer en gran manera? Ni el ministerio de los ángeles en este asunto estaría libre de un terror excesivo. Es necesario, por tanto (al menos así lo ha mostrado el trato de Dios con nosotros), que seamos atraídos con cuerdas humanas. Y que, concedida una revelación divina, nos valgamos de la ayuda mutua, bajo Dios, para instruirnos unos a otros en el conocimiento de las cosas que pertenecen a nuestra paz eterna, y para exhortarnos unos a otros a practicarlas. Este es, sin duda, el gran fin de la sociedad que Dios se ha propuesto desde la caída, y un fuerte argumento de por qué «mejores son dos que uno», y de por qué no hemos de «dejar de congregarnos».

Pero además, considerémonos como cristianos, como quienes, con la ayuda del Espíritu Santo de Dios, han visto quitado en alguna medida este velo natural de sus ojos, y así han sido capacitados para ver lo que él requiere de nosotros. Supongamos que en algún grado hemos gustado la buena palabra de vida y sentido los poderes del siglo venidero, que influyen en nuestras almas y las moldean en una disposición piadosa; que estamos plena y sinceramente convencidos de que somos soldados alistados bajo la bandera de Cristo, que en nuestro bautismo declaramos guerra abierta al mundo, a la carne y al diablo, y que quizá hemos renovado con frecuencia nuestro compromiso de hacerlo participando de la Cena del Señor; que estamos rodeados de millones de enemigos por fuera e infectados de una legión de enemigos por dentro; que se nos manda resplandecer como luminares en el mundo, en medio de una generación maligna y perversa; que viajamos hacia una larga eternidad y necesitamos toda ayuda imaginable que nos muestre el camino hacia allá y nos anime en él. Reflexionemos, digo, en todo esto, y entonces, hermanos, ¿cómo no exclamará cada uno de nosotros: qué cosa tan necesaria es reunirnos en sociedades religiosas?

Los cristianos primitivos eran plenamente conscientes de esto, y por eso los hallamos manteniendo continuamente la comunión unos con otros; porque ¿qué dice la Escritura? Que perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, Hechos 2:42. Apenas fueron despedidos Pedro y Juan por el gran concilio, se apresuraron a ir a sus compañeros. «Y puestos en libertad, vinieron a los suyos, y contaron todo lo que el sumo sacerdote les había dicho», Hechos 4:23. Pablo, tan pronto como se convirtió, «estuvo tres días con los discípulos que estaban en Damasco». Hechos 9:19. Y Pedro, más tarde, cuando fue librado de la cárcel, va enseguida a casa de María, donde había «muchos congregados orando», Hechos 12:12. Y se cuenta de los cristianos de épocas posteriores que solían reunirse antes del alba para cantar un salmo a Cristo como a Dios. Tan preciosa era la comunión de los santos en aquellos días.

Si se pregunta qué ventajas sacaremos ahora de tal proceder, respondo: muchas en todos los sentidos. «Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; mas ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante. También si dos durmieren juntos, se calentarán; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra el uno, dos estarán contra él; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto».

Lo cual me lleva directamente a mi segundo punto general, bajo el cual había de señalar algunas razones por las que «mejores son dos que uno», especialmente en la sociedad religiosa.

1. Como el hombre, en su condición presente, no puede mantenerse siempre en pie, sino que por la fragilidad de su naturaleza no puede menos que caer, una razón eminente por la que mejores son dos que uno, o, en otras palabras, una gran ventaja de la sociedad religiosa, es «que si cayeren, el uno levantará a su compañero».

¡Y excelente razón es esta, en verdad! Porque, ¡ay!, cuando reflexionamos cuán propensos somos a ser arrastrados al error en nuestros juicios y al vicio en nuestra práctica, y cuán incapaces, o al menos cuán poco dispuestos, somos a descubrir o corregir nuestros propios extravíos; cuando consideramos cuán inclinado está el mundo a adularnos en nuestras faltas, y cuán pocos hay tan bondadosos que nos digan la verdad, ¡qué privilegio inestimable ha de ser tener a nuestro alrededor un grupo de amigos verdaderos, juiciosos y sinceros, que velen continuamente por nuestras almas, para advertirnos en qué hemos caído y prevenirnos para que no volvamos a caer en lo sucesivo! Ciertamente es tal privilegio que (por usar las palabras de un eminente cristiano) nunca conoceremos su valor hasta que lleguemos a la gloria.

Pero esto no es todo; porque, aun suponiendo que pudiéramos mantenernos siempre en pie, todo el que reflexione en las dificultades de la religión en general, y en su propia propensión a la tibieza y la indiferencia en particular, hallará que ha de ser ferviente además de firme, si alguna vez espera entrar en el reino de los cielos. Aquí, pues, el sabio nos señala otra excelente razón por la que mejores son dos que uno: «También si dos durmieren juntos, se calentarán; mas ¿cómo se calentará uno solo?». Lo cual era lo siguiente que había que considerar.

2. Una segunda razón por la que mejores son dos que uno es que pueden darse calor unos a otros.

Es una observación no menos cierta que común que las brasas encendidas, si se ponen separadas, pronto se apagan; pero, si se amontonan, se avivan y animan unas a otras y dan un calor duradero. Lo mismo vale en el caso que ahora tenemos delante. Si los cristianos encendidos por la gracia de Dios se unen, se avivarán y animarán unos a otros; pero si se separan y se mantienen apartados, no es de extrañar que pronto se enfríen o se vuelvan tibios. Si dos o tres se reúnen en el nombre de Cristo, tendrán calor; pero ¿cómo se calentará uno solo?

Observad: «¿Cómo se calentará uno solo?». El que el sabio se exprese a modo de pregunta implica una imposibilidad, o al menos una dificultad muy grande, de ser ferviente en la religión sin compañía, allí donde pueda tenerse. He aquí, pues, otro excelente beneficio que brota de la sociedad religiosa: nos mantendrá fervientes, además de firmes, en el camino de la piedad.

Pero ilustremos esto un poco más con una o dos comparaciones. Considerémonos (como antes se insinuó) soldados alistados bajo la bandera de Cristo; como quienes salen «con diez mil al encuentro del que viene contra nosotros con veinte mil»; como personas que han de «luchar no solo contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades y contra malicias espirituales en los aires». Y entonces decidme, todos los que teméis a Dios, si no es un privilegio inestimable tener continuamente a nuestro alrededor una compañía de compañeros de armas, que se animen y exhorten unos a otros a mantenerse firmes en su puesto, a guardar las filas y a seguir varonilmente al capitán de nuestra salvación, aunque sea a través de un mar de sangre.

Considerémonos desde otro punto de vista ya mencionado, como personas que viajan hacia una larga eternidad; como rescatados en alguna medida, por la libre gracia de Dios, de nuestra natural esclavitud egipcia, y que marchan bajo la guía de nuestro Josué espiritual, a través del desierto de este mundo, hacia la tierra de nuestra Canaán celestial. Reflexionemos además cuán dispuestos estamos a sobresaltarnos ante cada dificultad; a gritar: «¡Hay leones! ¡Hay leones en el camino! Ahí están los hijos de Anac» con quienes hay que luchar antes de poder poseer la tierra prometida. Cuán propensos somos, como la mujer de Lot, a mirar atrás con añoranza hacia nuestra Sodoma espiritual, o, como los necios israelitas, a anhelar de nuevo las ollas de carne de Egipto y a volver a nuestro antiguo estado natural de servidumbre y esclavitud. Considerad esto, hermanos míos, y ved qué bendito privilegio será tener a nuestro alrededor un grupo de verdaderos israelitas, que nos recuerden siempre la necedad de cualquier designio tan cobarde y la miseria intolerable en que caeremos si nos quedamos, por poco que sea, sin alcanzar la tierra prometida.

Más podría decirse sobre este punto, si los límites de un discurso de esta naturaleza no me obligaran a apresurarme,

3. A dar una tercera razón, mencionada por el sabio en el texto, por la que mejores son dos que uno: porque pueden protegerse mutuamente de los enemigos de fuera. «Y si alguno prevaleciere contra el uno, dos estarán contra él; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto».

Hasta aquí hemos considerado las ventajas de las sociedades religiosas como un gran preservativo contra la caída (al menos la caída peligrosa) en el pecado y la tibieza, y eso también por causa de nuestras propias corrupciones. Pero ¿qué dice el sabio hijo de Sirac? «Hijo mío, si te acercas para servir al Señor, prepara tu alma para la tentación»; y eso no solo de enemigos interiores, sino también exteriores; particularmente de aquellos dos grandes adversarios, el mundo y el diablo; porque apenas tu mirada se vuelva hacia el cielo, el primero procurará inmediatamente desviarla hacia otra parte, diciéndote que no necesitas ser singular para ser religioso; que puedes ser cristiano sin apartarte tanto del camino común.

Ni faltarán al diablo sus astutas insinuaciones o sus sugerencias impías para desviarte o aterrarte, a fin de que no sigas adelante «para que alcances la corona de la vida». Y si no puede prevalecer de este modo, probará otro; y para que su tentación pase más inadvertida, pero a la vez tenga más éxito, empleará quizá a algunos de tus parientes más cercanos o de tus amigos más poderosos (como incitó a Pedro contra nuestro bendito Maestro), que siempre estarán diciéndote que te compadezcas de ti mismo; diciéndote que no necesitas tomarte tanto trabajo; que no es cosa tan difícil llegar al cielo como algunos pretenden, ni el camino tan angosto como otros se imaginan.

Pero mira aquí la ventaja de la compañía religiosa; porque, suponiendo que te halles así rodeado por todas partes e incapaz de resistir tan horribles (aunque en apariencia amistosos) consejos, corre a tus compañeros, y ellos te enseñarán una lección más verdadera y mejor; te dirán que has de ser singular si quieres ser religioso, y que es tan imposible que un cristiano se esconda como una ciudad asentada sobre un monte; que si quieres ser casi cristiano (y tanto valdría no serlo en absoluto), puedes vivir de la misma manera ociosa e indiferente en que ves vivir a la mayoría de la gente; pero que si quieres ser no solo casi, sino del todo cristiano, te informarán que has de ir mucho más lejos: que no solo has de buscar débilmente, sino «porfiar a entrar por la puerta angosta»; que ahora, como antes, no hay más que un camino al cielo, el estrecho paso de una conversión verdadera; y que, para llevar a cabo esta obra poderosa, has de someterte a una disciplina constante, pero necesaria, de ayuno, vigilancia y oración. Y que, por tanto, la única razón por la que aquellos amigos te dan semejante consejo es que no están dispuestos a tomarse tanto trabajo ellos mismos; o, como dijo nuestro Salvador a Pedro en una ocasión parecida, porque «no entienden lo que es de Dios, sino lo que es de los hombres».

He aquí, pues, otra excelente bendición que nace de la sociedad religiosa: que por ella los amigos pueden protegerse mutuamente de quienes se les oponen. El diablo lo sabe muy bien, y por eso siempre ha hecho cuanto ha podido por suprimir y detener la comunión de los santos. Este fue su gran artificio en la primera plantación del evangelio: perseguir a quienes lo profesaban para separarlos. Lo cual, aunque Dios, como siempre lo hará, lo dispuso para bien, muestra, sin embargo, qué enemistad tiene contra los cristianos que se congregan. Ni ha abandonado todavía su vieja estratagema, pues suele atraernos a solas para tentarnos, esperando que, privados de la ayuda mutua, pueda llevarnos cautivos a su voluntad.

Pero, por el contrario, sabiendo que su propio interés se fortalece con la sociedad, primero quiere persuadirnos a descuidar la comunión de los santos, y luego nos invita a «estar en camino de pecadores», esperando con ello sentarnos en la silla de los escarnecedores. Judas y Pedro son ejemplos tristes de esto. El primero, apenas dejó a sus compañeros en la cena, salió y traicionó a su Maestro; y la lamentable caída del segundo, cuando quiso aventurarse entre una compañía de enemigos, nos muestra claramente lo que el diablo intentará cuando nos tiene a solas. Si Pedro se hubiera quedado con los suyos, quizá habría conservado su integridad; pero un cordón sencillo, ¡ay!, ¡qué pronto se rompió! Nuestro bendito Salvador lo sabía muy bien, y por eso es muy de notar que siempre enviaba a sus discípulos «de dos en dos».

Y ahora, tras tantas ventajas como se cosechan de la sociedad religiosa, ¿no podemos exclamar con toda justicia con el sabio de mi texto: «¡Ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante»? Cuando tiene frío, no tiene un amigo que lo caliente; cuando es asaltado, no tiene un segundo que le ayude a resistir a su enemigo.

III. Llego ahora a mi tercer punto general, bajo el cual habían de mostrarse los diversos deberes que incumben a todo miembro de una sociedad religiosa en cuanto tal, que son tres: 1. La reprensión mutua; 2. La exhortación mutua; 3. La ayuda y defensa mutuas.

1. La reprensión mutua. «Mejores son dos que uno; porque si cayeren, el uno levantará a su compañero».

Ahora bien, la reprensión puede tomarse en un sentido más amplio, y entonces significa levantar a un hermano por los medios más suaves cuando cae en pecado y error; o en un sentido más restringido, que no alcanza más allá de aquellos extravíos que inevitablemente ocurren aun en los hombres más santos que viven.

El sabio, en el texto, nos supone a todos sujetos a ambas cosas: «Porque si cayeren (dando a entender con ello que cada uno de nosotros puede caer), el uno levantará a su compañero». De donde podemos inferir que, «cuando algún hermano fuere sorprendido en alguna falta, el que es espiritual (es decir, regenerado, y que conoce la corrupción y la flaqueza de la naturaleza humana) debe restaurar al tal con espíritu de mansedumbre». Y por qué ha de hacerlo, el apóstol añade la razón: «considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado»; es decir, considerando tu propia fragilidad, no sea que tú también caigas por una tentación semejante.

Todos somos criaturas frágiles e inestables, y solo se debe a la libre gracia y a la buena providencia de Dios que no corramos con los demás hombres en el mismo desenfreno de disolución. Todo hermano que ofende, por tanto, reclama nuestra compasión antes que nuestro resentimiento; y cada miembro debería esforzarse por ser el más dispuesto, y también el más amable, en restaurarlo a su estado anterior.

Pero, suponiendo que una persona no haya sido sorprendida, sino que haya caído voluntariamente en un delito, aun así, ¿quién eres tú para negar el perdón a tu hermano que te ofende? «El que piensa estar firme, mire que no caiga». Tomad, hermanos, a los santos apóstoles como ejemplos eminentes de los que aprender cómo debéis comportaros en este asunto. Considerad cuán pronto dieron la diestra de comunión a Pedro, que tan voluntariamente había negado a su Maestro; porque hallamos a Juan y a él juntos solo dos días después, Juan 20:2. Y en el versículo 19 lo hallamos reunido con los demás. Tan pronto perdonaron, tan pronto se asociaron con su hermano pecador, pero arrepentido. «Vayamos y hagamos lo mismo».

Pero hay otra clase de reprensión que incumbe a todo miembro de una sociedad religiosa: a saber, una suave amonestación por algún desacierto que, aunque no sea en sí pecaminoso, puede llegar a ser ocasión de pecado. Esto parece en verdad más fácil, pero quizá resulte un punto más difícil que el anterior; porque, cuando una persona ha pecado realmente, no puede menos que reconocer que la reprensión de sus hermanos es justa; mientras que, cuando se trata solo de alguna pequeña falta de conducta, el orgullo que hay en nuestra naturaleza apenas nos deja tolerarla. Pero por desagradable que sea esta píldora para nuestro hermano, si tenemos algún interés por su bien, alguna mano amiga ha de administrársela. Aplíquese, pues, por todos los medios; solo que, como un médico hábil, dora la píldora amarga y procura, si es posible, llevar a tu hermano con suavidad a la salud y la integridad. «Toda amargura, e ira, y malicia, y maledicencia sea quitada» de ella. Que el paciente sepa que su recuperación es lo único que se busca, y que no te complaces en entristecer a tu hermano sin causa; entonces no te faltará el éxito.

2. La exhortación mutua es el segundo deber que se desprende de las palabras del texto. «También si dos durmieren juntos, se calentarán».

Observad que el sabio supone que es tan imposible que las personas religiosas se reúnan y no se calienten con la compañía unas de otras, como que dos personas se acuesten en la misma cama y aun así se hielen de frío. Pero ¿cómo es posible comunicarse calor unos a otros sin avivar mutuamente, por la exhortación fraternal, el don de Dios que está en nosotros? Escriba, pues, todo miembro de una sociedad religiosa en las tablas de su corazón el consejo de aquel celoso apóstol: «Mirad que os exhortéis y os estimuléis unos a otros al amor y a las buenas obras; y tanto más cuanto veis que el día del Señor se acerca». Creedme, hermanos, necesitamos exhortación para despertar nuestras almas soñolientas, para ponernos en guardia contra las tentaciones del mundo, la carne y el diablo; para movernos a negarnos a nosotros mismos, a tomar nuestra cruz y a seguir a nuestro bendito Maestro y a la gloriosa compañía de santos y mártires, «que por la fe pelearon la buena batalla y se nos han adelantado a heredar las promesas». Parece necesario, por tanto, emplear en este importante deber la tercera parte del tiempo en que se reúne una sociedad religiosa; porque ¿de qué sirve que nuestro entendimiento sea iluminado por la lectura piadosa, si al mismo tiempo nuestra voluntad no es inclinada e inflamada por la exhortación mutua a ponerla en práctica? Añádase que este es el mejor modo de recibir y comunicar luz, y el único medio de conservar y aumentar el calor y el fervor que cada uno trajo consigo al principio; pues Dios ordena esto, como todos los demás dones espirituales, de modo que «al que tiene, es decir, al que aprovecha y comunica lo que tiene, le será dado; pero al que no tiene, o no aprovecha el calor que tiene, aun lo que parece tener le será quitado». Tan necesaria, tan esencialmente necesaria es la exhortación para el bien de la sociedad.

3. En tercer lugar, el texto señala otro deber que incumbe a todo miembro de una sociedad religiosa: defenderse unos a otros de quienes se les oponen. «Y si alguno prevaleciere contra el uno, dos estarán contra él; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto».

Aquí el sabio da por sentado que vendrán escándalos, y aun que también pueden prevalecer. Y esto no es más de lo que nuestro bendito Maestro nos dijo hace mucho. No, en verdad, que haya en el cristianismo mismo cosa alguna que tienda en lo más mínimo a dar origen a tales escándalos o a fomentarlos: no; al contrario, no respira sino unidad y amor.

Pero así es que, desde la fatal sentencia pronunciada por Dios después de la caída de nuestros primeros padres, «Pondré enemistad entre tu simiente y la simiente suya», el que nació según la carne, el pecador no regenerado y no convertido, en todas las épocas ha «perseguido al que nació según el Espíritu»; y así será siempre. En consecuencia, hallamos una prueba temprana de esto en el caso de Caín y Abel, de Ismael e Isaac, y de Jacob y Esaú. Y, en verdad, toda la Biblia apenas contiene otra cosa que una historia de la grande y continua oposición entre los hijos de este mundo y los hijos de Dios. Los primeros cristianos fueron ejemplos notables de esto; y aunque aquellos tiempos turbulentos, bendito sea Dios, ya han pasado, el apóstol lo ha establecido como regla general, y todos los sinceros comprueban por experiencia su verdad: que «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús han de padecer (hasta el fin del mundo, en un grado u otro) persecución». Así pues, para que esto no nos haga desertar de la causa de nuestro bendito Maestro, todo miembro debe unir sus fuerzas a las de los demás para resistirla. Y para lograrlo mejor, harían bien todos en comunicar de cuando en cuando sus experiencias, aflicciones y tentaciones, y rogar a sus compañeros (pidiendo primero la ayuda de Dios, sin la cual todo es nada) que les administren reprensión, exhortación o consuelo, según lo requiera su caso; de modo que, «si uno no puede prevalecer contra ella, dos le harán frente; y un cordón de tres dobleces (cuánto menos uno de muchos dobleces) no se romperá pronto».

IV. Pero es tiempo de que pase a lo cuarto que me propuse en general: sacar una o dos conclusiones de lo dicho.

1. Y primero, si «mejores son dos que uno», y las ventajas de la sociedad religiosa son tantas y tan grandes, entonces es deber de todo verdadero cristiano poner en marcha, establecer y promover, cuanto esté de su parte, sociedades de esta naturaleza. Y creo que podemos atrevernos a afirmar que, si alguna vez se aviva en el mundo un espíritu de verdadero cristianismo, habrá de ser por algún medio como este. Ciertamente no pueden faltar motivos que nos muevan a esta loable y necesaria empresa; porque, aun concediendo que nada de lo expuesto hasta aquí tenga fuerza, me parece que la sola consideración de que gran parte de nuestra felicidad en el cielo consistirá en la comunión de los santos, o de que el interés, así como la devoción, de quienes difieren de nosotros en nada se fortalece y sostiene tanto como en sus frecuentes reuniones; cualquiera de estas consideraciones, digo, debería, a mi juicio, inducirnos a hacer cuanto podamos por imitar su buen ejemplo y establecer en la tierra una comunión de los santos duradera y piadosa. Añádase a esto que vemos el reino de las tinieblas afianzarse cada día por medios semejantes; ¿y no se levantará el reino de Cristo frente a él? ¿Se reunirán los hijos de Belial y se fortalecerán unos a otros en la maldad, y no se unirán los hijos de Dios para fortalecerse en la piedad? ¿Se favorecerán sociedades y más sociedades para las francachelas de medianoche y el fomento del vicio, y apenas se hallará una destinada a la propagación de la virtud? ¡Espantaos, oh cielos, de esto!

2. Pero esto me lleva a una segunda conclusión: advertir del gran peligro en que están quienes, ya con sus suscripciones, ya con su presencia o su aprobación, promueven sociedades de naturaleza del todo opuesta a la religión.

Y aquí no quisiera que se entendiera que me refiero solo a aquellas reuniones públicas que manifiestamente no tienen otro fin que las orgías y los banquetes, la lascivia y la disolución, y en las que un pagano decente se avergonzaría de estar presente; sino también a aquellos entretenimientos y reuniones en apariencia inocentes, de los que la parte más refinada del mundo es tan aficionada y en los que gasta tanto tiempo, pero que, sin embargo, apartan a tantas personas de un sentido de la verdadera religión como la intemperancia, el libertinaje o cualquier otro delito. Es cierto que, mientras estamos en este mundo, necesitamos el descanso adecuado que nos haga aptos tanto para los asuntos de nuestra profesión como para la religión. Pero que personas que se llaman cristianas, que en su bautismo hicieron voto solemne de renunciar a las vanidades de este mundo pecador, a quienes la Escritura manda «abstenerse de toda apariencia de mal y tener su ciudadanía en los cielos»; que tales personas sostengan reuniones que (por no decir nada peor de ellas) son vanas y frívolas, y tienen una tendencia natural a apartar nuestra mente de Dios, es absurdo, ridículo y pecaminoso. Ciertamente, en este caso no son mejores dos que uno: no; sería de desear que no se hallara ni uno metido en ello. Cuanto antes dejemos de congregarnos de tal manera, mejor; y no importa cuán pronto se rompa el cordón que mantiene unidas tales sociedades (aunque fuera de mil dobleces).

Pero vosotros, hermanos, no habéis aprendido así a Cristo; sino que, al contrario, como verdaderos discípulos de vuestro Señor y Maestro, por la bendición de Dios (como lo atestigua abundantemente la solemnidad de esta tarde), os habéis constituido felizmente en tales sociedades, que, si se atienden y aprovechan debidamente, no pueden menos que fortaleceros en vuestra milicia cristiana y «haceros fructíferos en toda buena palabra y obra».

¿Qué me queda sino, como me propuse, cerrar en primer lugar lo dicho con una o dos palabras a modo de exhortación, y rogaros, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que sigáis en el camino que habéis comenzado; y que, por una asistencia constante y concienzuda a vuestras respectivas sociedades, desaprobéis el vicio, animéis la virtud y os edifiquéis unos a otros en el conocimiento y el temor de Dios?

Permitidme solo «despertar con exhortación vuestro limpio entendimiento», y exhortaros, «si hay alguna consolación en Cristo, si alguna comunión del Espíritu», a considerar una y otra vez que, como todos los cristianos en general, así todos los miembros de las sociedades religiosas en particular son, de un modo especial, como casas edificadas sobre un monte; y que, por tanto, os importa mucho andar con prudencia para con los de afuera y mirar por vosotros mismos, para que vuestra conducta en la vida diaria sea como corresponde a una profesión tan pública y peculiar del evangelio de Cristo; sabiendo que los ojos de todos los hombres están puestos en vosotros para examinar de cerca cada circunstancia de vuestro comportamiento, y que todo extravío notorio y voluntario de cualquier miembro redundará, en alguna medida, en escándalo y deshonra de toda vuestra hermandad.

Esforzaos, pues, mis amados hermanos, por que vuestra práctica corresponda a vuestra profesión; y no penséis que os bastará alegar en el día postrero: Señor, ¿no nos hemos reunido en tu nombre, y no nos hemos animado unos a otros cantando salmos, himnos y cánticos espirituales? Porque de cierto os digo que, a pesar de esto, nuestro bendito Señor os mandará apartaros de él; más aún, recibiréis mayor condenación si, en medio de estas grandes pretensiones, sois hallados obradores de maldad.

Pero no permita Dios que os suceda semejante mal; que haya jamás un Judas, un traidor, entre tan distinguidos seguidores de nuestro común Maestro. No; al contrario, la excelencia de vuestra regla, la regularidad de vuestras reuniones y, sobre todo, vuestro piadoso celo en congregaros de manera tan pública y solemne tantas veces al año, me persuaden a pensar que estáis dispuestos no solo a parecer, sino a ser en realidad cristianos, y que esperáis ser hallados en el día postrero lo que querríais ser tenidos ahora: santos y sinceros discípulos de un Redentor crucificado.

¡Oh, que permanezcáis siempre en este sentir! Y haced vuestro empeño diario y constante, tanto con el precepto como con el ejemplo, de llevar todo vuestro trato, más especialmente con los de vuestras propias sociedades, a ese mismo espíritu y disposición tan benditos. Así adornaréis en todo el evangelio de nuestro Señor Jesucristo; así anticiparéis la felicidad del estado venidero; y, asistiendo a la comunión de los santos en la tierra y aprovechándola, seréis hechos aptos para uniros a la comunión y compañía de los espíritus de los justos hechos perfectos, de los santos ángeles, y aun del siempre bendito y eterno Dios en el cielo.

Lo cual Dios, por su infinita misericordia, nos conceda por Jesucristo nuestro Señor; a quien, con el Padre y el Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios, sea atribuida, como es debido, toda honra y alabanza, poder, majestad y dominio, ahora y para siempre. Amén.

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