Sermones escogidos de George Whitefield
La gratitud por las misericordias recibidas, un deber necesario

Capítulo 7 · 25 min de lectura · 32 min de escucha

La gratitud por las misericordias recibidas, un deber necesario

Innumerables son las señales que el hombre lleva en su alma de que está caído y alejado de Dios; pero nada lo prueba mejor que esa resistencia que cada uno halla dentro de sí al deber de la alabanza y la acción de gracias.

Cuando Dios puso al primer hombre en el paraíso, su alma, sin duda, estaba tan llena del sentimiento de las riquezas del amor divino, que empleaba continuamente aquel aliento de vida que el Todopoderoso había soplado en él poco antes en bendecir y engrandecer a aquel Dios generosísimo y lleno de gracia, en quien vivía, se movía y tenía su ser.

Y la idea más luminosa que podemos formarnos de la jerarquía angélica de lo alto, y de los espíritus de los justos hechos perfectos, es que están continuamente en pie alrededor del trono de Dios, y no cesan día y noche de decir: «Digno eres tú, oh Cordero que fuiste inmolado, de tomar el poder y riquezas y sabiduría, y fortaleza y honra y gloria y alabanza». Apocalipsis 5:12.

Así pues, lo que fue la perfección del hombre cuando el tiempo comenzó, y será su ocupación cuando la muerte sea sorbida en victoria y el tiempo no sea más, es sin contradicción parte de nuestra perfección, y debe ser nuestro frecuente ejercicio en la tierra; y no dudo que aquellos espíritus bienaventurados, que son enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación, a menudo se quedan atónitos cuando acampan en derredor de nosotros, al hallar nuestros corazones tan rara vez ensanchados y nuestras bocas tan pocas veces abiertas para proclamar la misericordia del Señor o para contar todas sus alabanzas.

Nunca puede faltar materia de alabanza y adoración a criaturas redimidas por la sangre del Hijo de Dios, y que tienen ante su vista escenas tan continuas de su infinita bondad que, si sus almas estuvieran debidamente conmovidas por el sentimiento de su amor universal, no podrían menos que estar llamando continuamente al cielo y a la tierra, a hombres y ángeles, a unirse con ellas para alabar y bendecir a aquel «Alto y Sublime, el que habita la eternidad, que hace que su sol salga sobre malos y buenos», y que cada día derrama sus bendiciones sobre todo el linaje humano.

Pero pocos han llegado a tal grado de caridad o amor que se gocen con los que se gozan, y que estén tan agradecidos por las misericordias ajenas como por las propias. Esta parte de la perfección cristiana, aunque comienza en la tierra, solo se consumará en el cielo, donde nuestros corazones arderán con un amor tan ferviente hacia Dios y de unos hacia otros que cada nuevo grado de gloria comunicado a nuestro prójimo nos comunicará también a nosotros un nuevo motivo de gratitud y de gozo.

Lo que más tiende a mover a la generalidad de los hombres caídos a la alabanza y la acción de gracias es el sentimiento de las misericordias particulares de Dios y de los beneficios concretos concedidos a nosotros mismos. Porque, como estos tocan más de cerca nuestro propio corazón, han de conmovernos más; y como son pruebas peculiares por las que podemos saber que Dios nos favorece de un modo más especial que a otros, no pueden menos que tocarnos sensiblemente; y si nuestros corazones no están del todo helados, como carbones del fuego del refinador, han de derretirnos en gratitud y amor. Fue la consideración del favor singular que Dios había mostrado a su pueblo escogido Israel, y de las frecuentes y señaladas liberaciones obradas por él en favor de «los que descienden al mar en navíos y hacen negocio en las muchas aguas», lo que hizo que el santo salmista prorrumpiera tan a menudo, como lo hace en este salmo, en esta conmovedora y patética exclamación: «¡Oh, que los hombres alabasen, pues, al Señor por su bondad, y declarasen las maravillas que hace con los hijos de los hombres!»

El que se exprese de un modo tan ferviente implica tanto la importancia del deber como su descuido. Como cuando Moisés, en otra ocasión, exclamó: «¡Ojalá fueran sabios, que comprendieran esto, que consideraran en la práctica su postrimería!» Deuteronomio 32:29.

Digo la importancia y el descuido del deber; porque de los muchos miles que reciben bendiciones del Señor, ¿cuán pocos dan gracias en memoria de su santidad? El relato que se nos da de los leprosos ingratos es una representación demasiado viva de la ingratitud del género humano en general; pues, como ellos, cuando están bajo alguna providencia que los humilla, saben clamar: «¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!» Lucas 17:13. Pero, una vez sanados de su enfermedad o librados de su angustia, apenas se halla uno de cada diez que «vuelva a dar gracias a Dios».

Y, sin embargo, por común que sea este pecado de la ingratitud, no hay nada contra lo cual debamos orar con más fervor. Porque ¿qué cosa se condena más absolutamente en la santa Escritura que la ingratitud? ¿O qué se exige más perentoriamente (absoluta y enfáticamente) que la disposición contraria? Así dice el apóstol: «Estad siempre gozosos. Dad gracias en todo», 1 Tesalonicenses 5:16, 18. «Por nada estéis afanosos; sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en todo, por oración y ruego, con acción de gracias», Filipenses 4:6.

Por el contrario, el apóstol menciona como uno de los mayores crímenes de los gentiles que no fueron agradecidos: «Ni dieron gracias», Romanos 1:21. Así también, en otro lugar, cuenta a los «ingratos», 2 Timoteo 3:2, entre aquellas personas impías y profanas que tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre.

En cuanto a nuestros pecados, Dios los echa tras sus espaldas; pero sus misericordias quiere que sean reconocidas. «Ha salido virtud de mí», dice Jesucristo, Lucas 8:46, y la mujer que fue sanada de su flujo de sangre tiene que confesarlo. Y generalmente vemos que, cuando Dios enviaba algún castigo notable sobre una persona en particular, le recordaba los favores que había recibido, como otros tantos agravantes de su ingratitud. Así, cuando Dios estaba a punto de visitar la casa de Elí, le reconviene de este modo por medio de su profeta: «¿No me manifesté yo claramente a la casa de tu padre, cuando estaban en Egipto en casa de Faraón? ¿Y no lo escogí yo por mi sacerdote entre todas las tribus de Israel, para que ofreciese sobre mi altar, y quemase incienso, y llevase efod delante de mí? ¿Por qué habéis hollado mis sacrificios y mis ofrendas, que yo mandé ofrecer en el tabernáculo, y has honrado a tus hijos más que a mí, engordándoos de lo principal de todas las ofrendas de mi pueblo Israel? Por tanto, el Señor Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; mas ahora ha dicho el Señor: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me tuvieren en poco serán tenidos en poco». 1 Samuel 2:27–30.

Fueron este y otros ejemplos semejantes de la severidad de Dios contra los ingratos los que me inclinaron a escoger las palabras del texto como el tema más apropiado sobre el que podía hablar en esta ocasión.

Cuatro meses, mis buenos amigos, llevamos ya en el mar en este barco, y «hemos hecho negocio en las muchas aguas». A la palabra de Dios Todopoderoso hemos visto «levantarse el viento de la tempestad, que encrespa sus ondas. Hemos subido a los cielos y descendido de nuevo a los abismos, y las almas de algunos de nosotros se derretían por la angustia; pero confío en que clamamos de veras al Señor, y él nos libró de nuestra aflicción. Porque hizo parar la tempestad, de modo que se apaciguaron sus ondas. Y ahora nos alegramos porque estamos en reposo, pues Dios nos ha traído al puerto que deseábamos. ¡Oh, que alabaseis, pues, al Señor por su bondad, y declaraseis las maravillas que ha hecho con nosotros, los más indignos de los hijos de los hombres!»

Así obró Moisés, así obró Josué. Pues cuando estaban a punto de despedirse de los hijos de Israel, les recontaron las grandes cosas que Dios había hecho por ellos, como los mejores argumentos y motivos que podían presentarles para comprometerlos a la obediencia. ¿Y qué mejores ejemplos puedo yo imitar? ¿Qué motivos más adecuados, más nobles, para la santidad y la pureza de vida puedo poneros delante que los que ellos pusieron?

Es verdad que no puedo decir que hayamos visto la «columna de nube de día, ni la columna de fuego de noche», yendo visiblemente delante de nosotros para guiar nuestro rumbo; pero esto sí puedo decir: que el mismo Dios que estaba en aquella columna de nube y columna de fuego, que nunca se apartó de los israelitas, y que hizo el sol para que dominase en el día y la luna para que dominase en la noche, nos ha dirigido por su buena providencia en nuestro recto camino; de lo contrario, en vano nos habría gobernado el piloto.

Tampoco puedo decir que hayamos visto «detenerse el sol», como lo vieron los hijos de Israel en los días de Josué. Pero sin duda Dios, durante parte de nuestra travesía, le ha hecho retener algo de aquel calor que suele despedir en estos climas más cálidos; de lo contrario, no habría dejado de suceder que algunos de vosotros perecierais en la enfermedad que ha habido, y que aún continúa, entre nosotros.

No hemos visto las aguas detenerse a propósito como en un montón para que pasáramos, ni hemos sido perseguidos por Faraón y su ejército y librados de sus manos; pero hemos sido conducidos por el mar como por un desierto, y una vez fuimos preservados de manera notable de ser embestidos por otro barco; y si Dios lo hubiera permitido, con toda probabilidad las aguas nos habrían cubierto al instante, y, como Faraón y su ejército, nos habríamos hundido como piedras en el mar.

Podemos, en verdad, a la manera de los ateos, atribuir todas estas cosas a causas naturales y decir: «Nuestra propia pericia y previsión nos ha traído hasta aquí sanos y salvos». Pero tan cierto como que Jesucristo, el ángel del pacto, en los días de su carne, anduvo sobre el agua y dijo a sus discípulos que se hundían: «No temáis, yo soy», tan cierto es que el mismo eterno YO SOY, «que se cubre de luz como de vestidura, que extiende los cielos como una cortina, que encierra los vientos en sus puños, que sostiene las aguas en el hueco de sus manos», y que guio a los magos por una estrella en el oriente; tan cierto es, digo, que él ha hablado, y que a su mandato los vientos nos han llevado adonde ahora hemos llegado. Porque su providencia lo gobierna todo; «los vientos y las tempestades obedecen su palabra»: le dice una vez: Ve, y va; otra: Ven, y viene; y otra: Sopla por aquí, y sopla.

Es él, hermanos míos, y no nosotros mismos, quien nos ha enviado últimamente vientos tan favorables, y nos ha hecho cabalgar, por así decirlo, sobre las alas del viento hasta el puerto que deseábamos.

«¡Oh, que alabaseis, pues, al Señor por su bondad!», y declaraseis con vuestras vidas que estáis verdaderamente agradecidos por las maravillas que nos ha mostrado a nosotros, que somos menos que el más pequeño de los hijos de los hombres.

Digo, declaradlo con vuestras vidas. Porque darle gracias solo con los labios, mientras vuestro corazón está lejos de él, no es más que un sacrificio fingido; más aún, es abominación al Señor.

Este era el fin, dice el regio salmista, que Dios tenía a la vista cuando de tiempo en tiempo mostraba tales maravillas al pueblo de Israel: «Para que guardasen sus estatutos y observasen sus leyes», Salmo 105:45; y este, mis buenos amigos, es el fin que Dios quiere ver cumplido en nosotros, y la única retribución que desea que le demos por todos los beneficios que nos ha concedido.

Oh, pues, permitidme rogaros: dad a Dios vuestros corazones, vuestros corazones enteros; y dejaos atraer por las cuerdas del amor infinito a honrarle y obedecerle.

Tened por seguro que nunca podréis servir a un amo mejor; porque su servicio es perfecta libertad; su yugo, cuando se ha llevado un poco de tiempo, es sumamente fácil, y su carga ligera, y en guardar sus mandamientos hay grande galardón: amor, paz y gozo en el Espíritu Santo aquí, y una corona incorruptible de gloria en el más allá.

Es verdad que podéis dejar que otros señores se enseñoreen de vosotros, y Satanás puede prometeros todos los reinos del mundo y la gloria de ellos si os postráis y le adoráis; pero es mentiroso, y lo fue desde el principio; no tiene que daros ni lo que podéis pisar con la planta de vuestro pie; y aunque pudiera daros el mundo entero, ni aun eso podría haceros felices sin Dios. Solo Dios, hermanos míos, de quien somos, en cuyo nombre hablo ahora, y que últimamente nos ha mostrado tales misericordias en el profundo, puede dar a vuestras almas una felicidad sólida y duradera; y él desea vuestros corazones solo por esta razón: porque sin él seréis por fuerza desdichados.

No permitáis, pues, que me vaya sin cumplir mi encargo; ya que es la última vez que os hablaré, no me dejéis hablar en vano, sino que el sentimiento de la bondad divina os guíe al arrepentimiento.

Hasta Saúl, aquel miserable réprobo, cuando David le mostró la orilla de su manto, que había cortado cuando podía también haberle quitado la vida, quedó tan conmovido por su bondad que alzó su voz y lloró. Y hemos de tener corazones más duros que el de Saúl, más aún, más duros que la muela de abajo, si el sentimiento de las recientes misericordias de Dios, a pesar de que tantas veces podría habernos destruido, no nos obliga a deponer nuestras armas contra él y a hacernos sus fieles siervos y soldados hasta el fin de nuestra vida.

Si no producen en nosotros este efecto, seremos los más miserables de todos los hombres; porque Dios es justo tanto como misericordioso; y cuantas más bendiciones hayamos recibido aquí, mayor condenación nos acarrearemos en el más allá si no las aprovechamos.

Pero no quiera Dios que ninguno de aquellos entre quienes he predicado el evangelio de Cristo durante estos cuatro meses sufra jamás el castigo del fuego eterno; y, sin embargo, así ha de ser si no aprovecháis las misericordias divinas: y, en lugar de ser vosotros mi corona de gozo en el día de nuestro Señor Jesucristo, tendré que comparecer como pronto testigo contra vosotros.

Pero, hermanos, de vosotros espero mejores cosas, y más cercanas a la salvación, aunque hablo así.

Bendito sea Dios, algunas señales de una reforma, al menos parcial, se han visto entre todos vosotros los que sois soldados. Y mis débiles, aunque sinceros, esfuerzos por edificaros en el conocimiento y el temor de Dios no han sido del todo en vano en el Señor.

Espero que el jurar haya disminuido en gran medida entre vosotros; y confío en que Dios haya bendecido sus recientes visitaciones, haciéndolas medio para despertar vuestras conciencias a una indagación más solícita de las cosas que tocan a vuestra paz eterna.

Cumplid, pues, mi gozo, perseverando en este sentir, y procurad ir adelante a la perfección. Porque no tendré mayor gozo que ver u oír que andáis en la verdad.

Considerad, mis buenos amigos, que ahora estáis entrando, por así decirlo, en un mundo nuevo, donde estaréis rodeados de multitudes de paganos; y si no os cuidáis de «mantener buena vuestra manera de vivir entre ellos» y de «andar como es digno de la santa vocación con que habéis sido llamados», representaréis de nuevo el infernal papel de los soldados de Herodes, y haréis que la religión de Cristo, como ellos hicieron con su persona, sea objeto de escarnio para los que os rodean.

Considerad además qué privilegios peculiares habéis disfrutado por encima de muchos otros que entran en la misma tierra. Ellos han tenido, por así decirlo, hambre de la palabra; vosotros, en cambio, más bien habéis estado en peligro de hartaros de vuestro maná espiritual. Y, por tanto, así como se os han dado más instrucciones, con toda justicia esperarán los hombres de vosotros un mayor progreso en el bien.

Es verdad que no puedo decir que haya cumplido mi deber para con vosotros como debía. No; soy consciente de muchas faltas en mi oficio ministerial, por las cuales no he dejado, ni espero dejar jamás, de humillarme en secreto delante de Dios. Con todo, esto puedo decir: que, salvo unos pocos días que he tenido que dedicar necesariamente a otras personas, a las que Dios me llamó directamente a escribir y a ministrar, y las dos últimas semanas en que he estado postrado por la enfermedad, todo el tiempo que he estado a bordo lo he pasado o bien ocupado de hecho en instruiros, o bien preparándome para ello. Y, aunque ahora habéis de quedar encomendados al cuidado de otro (cuyos trabajos ruego de corazón a Dios que bendiga entre vosotros), confío en que en todo tiempo, si es menester, de muy buena gana gastaré y me gastaré por el bien de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos.

En cuanto a vuestros asuntos militares, nada tengo que ver con ellos. Temed a Dios, y por fuerza honraréis al rey. Tampoco conozco bien la naturaleza de esa tierra que ahora habéis venido a proteger; solo me atrevo a afirmar en general que necesariamente habéis de esperar muchas dificultades a vuestra llegada a una colonia nueva. Pero vuestra misma profesión os enseña a sufrir penalidades; «no desmayéis, pues, sino portaos como hombres y esforzaos», Números 14. No seáis como aquellos cobardes que se espantaron ante el informe de los espías falsos, que vinieron diciendo que había gente alta como los anaceos con quienes habrían de luchar; sed más bien como Caleb y Josué, todo corazón, y decid: obraremos con valentía, porque seremos más que vencedores de todas las dificultades por medio de Jesucristo, que nos amó. Sobre todo, hermanos míos, guardaos y cuidaos de murmurar, como los israelitas rebeldes, contra los que están puestos sobre vosotros; y «aprended a contentaros, cualquiera que sea la situación en que estéis», Filipenses 4:11.

Así como os he hablado a vosotros, espero que también vuestras esposas soporten la palabra de exhortación,

Vuestro comportamiento a bordo, especialmente en la primera parte de la travesía, prefiero cubrirlo con un manto; porque, por usar los términos más suaves, no fue cual conviene al evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, últimamente, bendito sea Dios, habéis tenido más cuidado de vuestros caminos, y algunas de vosotras habéis andado todo el tiempo como conviene a «mujeres que profesan piedad». Reciban estas mi sincero agradecimiento, y permitidme rogaros a todas en general, puesto que todas estáis ahora casadas, que recordéis el voto solemne que hicisteis al entrar en el estado del matrimonio, y que procuréis estar sujetas a vuestros propios maridos en toda cosa lícita. Pedid a Dios que guarde la puerta de vuestros labios, para que no ofendáis con vuestra lengua; y andad en amor, para que vuestras oraciones no sean estorbadas. Las que tenéis hijos, sea vuestro principal cuidado criarlos en disciplina y amonestación del Señor. Y vivid todas tan santa e irreprensiblemente que ni siquiera se os pueda sospechar de impureza; y así como algunas de vosotras habéis imitado a María Magdalena en su pecado, esforzaos también por imitarla en su arrepentimiento.

En cuanto a vosotros, marineros, ¿qué diré? ¿Cómo me dirigiré a vosotros? ¿Cómo haré aquello que tanto anhelo hacer: tocar vuestros corazones? La gratitud me obliga a desearos así el bien. Porque a menudo me habéis enseñado muchas lecciones provechosas, y me habéis movido a elevar muchas oraciones a Dios por vosotros, para que recibierais la vista espiritual.

Cuando os he visto prepararos para una tormenta y tomar rizos a las velas [también podría ser reesing] para protegeros de ella, ¡cuánto he deseado que vosotros y yo fuésemos igual de cuidadosos en evitar aquella tormenta de la ira de Dios que, sin arrepentimiento, ciertamente nos alcanzará pronto! Cuando os he visto aprovechar todo viento favorable, ¡cómo he clamado en secreto: Oh, que fuésemos igual de cuidadosos en conocer lo que toca a nuestra paz, antes de que quede para siempre encubierto de nuestros ojos! Y cuando he notado con qué firmeza mirabais vuestra brújula para gobernar con acierto, ¡cuánto he deseado que nosotros mirásemos con igual firmeza la palabra de Dios, que es la única que puede guardarnos de «hacer naufragio en la fe y en la buena conciencia»! En suma, apenas hay algo que hagáis que no haya sido para mí una lección; y, por tanto, sería ingratitud de mi parte no aprovechar esta oportunidad para exhortaros, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a ser tan sabios en las cosas que conciernen a vuestra alma como os he visto serlo en los asuntos de vuestro barco.

Sé que el mar se tiene por mala escuela para aprender a Cristo, y que ver a un marinero devoto se estima cosa tan rara como ver a un Saúl entre los profetas. Pero ¿a qué viene este asombro? ¿Por qué se mira a un marinero piadoso como a un hombre digno de admiración, como a un ave de muchos colores en la creación? Estoy seguro de que, por el poco tiempo que he entrado y salido entre vosotros, y hasta donde puedo juzgar por la poca experiencia que tengo de las cosas, apenas conozco un modo de vida capaz de mayor aprovechamiento que el vuestro.

El continuo peligro en que estáis de ser tragados por las muchas aguas; las muchas ocasiones que tenéis de contemplar las maravillas de Dios en el profundo; el feliz apartamiento que disfrutáis de las tentaciones del mundo; y las ocasiones diarias que se os ofrecen de sufrir penalidades, son medios tan nobles para promover la vida espiritual que, si vuestros corazones estuvieran inclinados hacia Dios, tendríais por vuestra mayor dicha que su providencia os haya llamado a «descender al mar en navíos y hacer negocio en las muchas aguas».

El regio salmista lo sabía y, por eso, en las palabras del texto llama más especialmente a los hombres de vuestro oficio a «alabar al Señor por su bondad, y declarar las maravillas que hace con los hijos de los hombres».

¡Y ojalá fueseis sabios a tiempo, y oyeseis hoy su voz, «entre tanto que se dice: Hoy»! Porque vosotros mismos sabéis cuán poco se puede hacer en un lecho de enfermo. Dios os ha invitado últimamente, de manera especial, al arrepentimiento: a dos de vuestra tripulación se los ha llevado la muerte, y a la mayoría de vosotros os ha visitado misericordiosamente con una grave enfermedad. Los terrores del Señor han estado sobre vosotros, y, abrasados por una fiebre ardiente, algunos de vosotros clamasteis: «¿Qué es menester que hagamos para ser salvos?» Acordaos, pues, de las resoluciones que hicisteis cuando pensabais que Dios estaba a punto de llevarse vuestras almas; y procurad, conforme a vuestras promesas, mostrar vuestra gratitud no solo con vuestros labios, sino con vuestras vidas. Porque, aunque Dios sea paciente por mucho tiempo, no lo será siempre; y si estas señaladas misericordias y juicios no os llevan al arrepentimiento, tened por seguro que al fin vendrá una tempestad de fuego de la presencia del Señor que os barrerá a vosotros y a todos los demás adversarios de Dios.

Estoy seguro de que ni a vosotros ni a los soldados os ha faltado, ni os faltará, ningún género de aliento a la piedad y a la santidad de vida por parte de aquellas dos personas que aquí os gobiernan; porque han sido tal ayuda para mí en mi ministerio, y han concurrido tan de buena gana en todo lo que era para vuestro bien, que con justicia pueden reclamar un reconocimiento público de gratitud, tanto de vosotros como de mí.

Permitidme, mis honorables amigos, en nombre de ambas clases de vuestra gente, daros sinceras gracias por el cuidado y la ternura que habéis mostrado por el bienestar de su mejor parte.

En cuanto a los favores particulares que habéis mostrado a mi persona, espero que su sentimiento esté tan hondamente grabado en mi corazón que los alegue ante Dios en oración mientras viva.

Pero tengo obligaciones aún más fuertes para interceder por vosotros. Porque Dios —¡adorada sea siempre su libre gracia en Cristo Jesús!— ha puesto su sello a mi ministerio en vuestros corazones. He observado que os sobrevenían algunos lejanos dolores del nuevo nacimiento; y no quiera Dios que yo peque contra el Señor dejando de orar para que la buena obra comenzada en vuestras almas sea perfeccionada hasta el día de nuestro Señor Jesucristo.

El tiempo de nuestra separación está ya cerca, y vais a salir a un mundo de tentaciones. Pero, aunque ausentes en el cuerpo, estemos presentes unos con otros en espíritu; y Dios, confío, os capacitará para ser singularmente buenos, para estar dispuestos a ser tenidos por necios por amor de Cristo; y entonces nos encontraremos para no separarnos jamás en el reino de nuestro Padre que está en los cielos.

A vosotros, mis compañeros y amigos íntimos, que vinisteis conmigo a peregrinar en tierra extraña, me dirijo en segundo lugar. Por vosotros temo especialmente, así como por mí mismo; porque, como tomamos dulce consejo juntos más a menudo que otros, y como se os admite a una amistad más íntima conmigo en la vida privada, los ojos de todos estarán puestos en vosotros para notar hasta el más mínimo desliz; y, por tanto, os importa sobremanera «andar avisadamente para con los de afuera». Espero que nada sino una mirada sincera a la gloria de Dios y a la salvación de vuestras propias almas os haya traído de vuestra tierra natal. Acordaos, pues, del fin con que vinisteis aquí, y nunca obraréis mal. Sed modelos de laboriosidad, así como de piedad, para los que os rodearán; y, sobre todo, tengamos entre nosotros una caridad tan ferviente que pueda decirse de nosotros, como de los primeros cristianos: «Mirad cómo se aman los cristianos unos a otros».

Y ahora que he hablado a otros en particular, tengo una petición general que haceros a todos, y es en relación conmigo mismo.

Habéis oído, mis queridos amigos, cómo os he estado exhortando a cada uno de vosotros a mostrar vuestra gratitud por la bondad divina, no solo con vuestros labios, sino con vuestras vidas. Pero con justicia se me podría replicar: «Médico, cúrate a ti mismo». Porque (sin ninguna falsa pretensión de humildad) hallo mi propio corazón tan poco inclinado a este deber de dar gracias por los beneficios que he recibido, que bien debo temer compartir la suerte de Ezequías, quien, por haberse enaltecido por las grandes cosas que Dios había hecho por él, y no haber sido lo bastante agradecido por ellas, fue entregado como presa al orgullo de su propio corazón.

Necesito, pues, y os ruego, vuestras más insistentes peticiones ante el trono de la gracia, para que no me sobrevenga tal mal; para que cuanto más me exalte Dios, más me humille yo; y para que, habiendo predicado a otros, no venga yo mismo a ser reprobado.

Y ahora, hermanos, en las manos de Dios encomiendo vuestros espíritus; y confío en que él, por sus infinitas misericordias en Cristo Jesús, os guardará irreprensibles hasta su segunda venida para juzgar al mundo.

Perdonadme por reteneros tanto tiempo; quizá sea la última vez que os hable: mi corazón está lleno, y de su abundancia podría prolongar mi discurso hasta la medianoche. Pero he de partir hacia vuestro nuevo mundo; Dios os dé corazones nuevos y os capacite para poner en práctica lo que de tiempo en tiempo habéis oído que es vuestro deber, y no necesito desearos nada mejor. Porque entonces Dios os bendecirá de tal manera que «edificaréis ciudades para habitar; entonces sembraréis vuestros campos y plantaréis viñas, que os rendirán crecido fruto», Salmo 107:37. «Entonces vuestros bueyes estarán fuertes para el trabajo, no habrá asalto ni cautiverio, ni grito de alarma en vuestras plazas; entonces vuestros hijos crecerán como plantas nuevas, y vuestras hijas serán como las esquinas labradas del templo; entonces vuestros graneros estarán llenos y provistos de toda suerte de grano, y vuestras ovejas parirán a millares y diez millares en vuestras plazas», Salmo 144. En suma, entonces el Señor será vuestro Dios; y tan cierto como que ahora nos ha traído a este puerto que deseábamos, así de cierto, después de haber pasado por las tormentas y tempestades de este mundo atribulado, nos llevará al puerto del reposo eterno, donde no tendremos otra cosa que hacer sino alabarle para siempre por su bondad, y declarar en cánticos de alabanza que nunca cesan las maravillas que ha hecho con nosotros y con todos los demás hijos de los hombres.

«A cuyo bienaventurado reposo nos lleve a todos Dios, por su infinita misericordia, por Jesucristo nuestro Señor; a quien, con el Padre y el Espíritu Santo, sea toda honra y gloria, poder, majestad y dominio, ahora, desde ahora y para siempre. Amén, amén».

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