Capítulo 6 · 28 min de lectura · 37 min de escucha
Las misericordias de Gran Bretaña y el deber de Gran Bretaña Predicado en Filadelfia el domingo 14 de agosto de 1746, con ocasión de la derrota de la reciente rebelión desnaturalizada
Salmo 105:45 — «Para que guardasen sus estatutos, y observasen sus leyes.»
Varones hermanos y padres, y todos vosotros a quienes voy a predicar el reino de Dios: supongo que no es necesario informaros de que, habiéndome visto obligado ineludiblemente a ausentarme en vuestro reciente día de acción de gracias, no pude mostrar mi obediencia a la proclama del gobernador como me lo pedía mi propia inclinación, o como con justicia podía esperarse y exigirse de mí. Pero como el motivo de la acción de gracias de aquel día está todavía, y confío en que siempre lo estará, fresco en nuestra memoria, no puedo pensar que un discurso sobre ese asunto sea, aun ahora, del todo inoportuno. Doy por sentado, además, que no es necesario informaros de que, entre los diversos motivos que suelen alegarse para mover a la obediencia a los mandamientos divinos, el del amor es el más poderoso y convincente. Los terrores de la ley pueden espantar e intimidar, pero el amor disuelve y derrite el corazón. «El amor de Cristo —dice el gran apóstol de los gentiles— nos constriñe.» Más aún, el amor es tan absolutamente necesario para los que invocan el nombre de Cristo que, sin él, su obediencia no puede llamarse con verdad evangélica, ni ser acepta a los ojos de Dios. «Y si (dice el apóstol) repartiese toda mi hacienda para dar de comer a pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad» (es decir, a menos que el amor sincero a Dios, y a los hombres por amor de su gran nombre, sea el principio de tales acciones, por mucho que beneficien a otros), de nada me sirve.» Este es el lenguaje constante de los oráculos vivos de Dios. Y por ellos es igualmente claro que nada tiende más a engendrar y avivar en nosotros un amor tan obediente como la consideración seria y frecuente de las múltiples misericordias que recibimos una y otra vez de las manos de nuestro Padre celestial. El real salmista, que tuvo el honor de ser llamado «el varón conforme al corazón de Dios», tuvo abundante experiencia de esto. De ahí que, mientras medita en la bondad divina, el fuego del amor divino se enciende en su alma; y de la abundancia de su corazón habla su boca un lenguaje tan agradecido y extático como este: «¿Qué pagaré al Señor por todas sus misericordias? Bendice, alma mía, al Señor, y bendigan todas mis entrañas su santo nombre.» ¿Y por qué? «El que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias, el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias.» Y cuando el mismo santo varón de Dios quiso mover al pueblo de los judíos a emprender una reforma nacional, como el argumento de más peso y más eficaz que podía emplear para ese fin, les pone delante, como en un cuadro, muchas misericordias nacionales y liberaciones señaladas que el Dios Altísimo les había concedido y obrado en su favor. El salmo al que pertenecen las palabras de nuestro texto es una prueba elocuente de ello, pues es una especie de epítome o compendio de toda la historia judía; al menos contiene una enumeración de muchas bendiciones señaladas y extraordinarias que los israelitas habían recibido de Dios, y también del provecho que estaban obligados a sacar de ellas: «guardasen sus estatutos, y observasen sus leyes».
Recorrer todos los particulares del salmo, o trazar un paralelo (cosa que podría hacerse con gran facilidad y justicia) entre el trato de Dios con nosotros y con los israelitas de antaño; enumerar todas las misericordias nacionales concedidas a los reinos de Gran Bretaña e Irlanda, y las notables liberaciones obradas en su favor, desde su estado de infancia bajo Guillermo el Normando hasta su presente edad viril, más que augusta, bajo el próspero reinado de nuestro legítimo soberano, el rey Jorge II, por grato y provechoso que fuera en cualquier otro momento, resultaría en esta coyuntura, si no una empresa enojosa, sí al menos poco razonable.
El motivo de la reciente solemnidad, quiero decir la derrota de una rebelión de lo más horrible y desnaturalizada, ofrecerá materia más que suficiente para un discurso de esta naturaleza, y nos proporcionará abundantes motivos para amar y obedecer a aquel glorioso Señor que da salvación a los reyes y libra a su pueblo de la espada maligna.
¿Necesito disculparme ante este auditorio si, para ver la grandeza de nuestra reciente liberación, os recuerdo las muchas bendiciones indecibles de que hemos gozado durante años bajo el reinado de Su actual Majestad, y la administración suave y benigna bajo la cual vivimos? Sin incurrir con justicia en la censura de usar títulos lisonjeros, creo que todos los que tienen ojos para ver y oídos para oír, y conocen siquiera un poco nuestros asuntos públicos, han de reconocer que tenemos uno de los mejores reyes. Hace ya más de diecinueve años que comenzó a reinar sobre nosotros. Y, sin embargo, si estuviera sentado en un trono real, y todos sus súbditos estuvieran puestos delante de él, y se dirigiera a ellos como Samuel se dirigió una vez a los israelitas: «Aquí estoy, ya viejo y cano; atestiguad contra mí delante del Señor: ¿de quién he tomado el buey? ¿O de quién he tomado el asno? ¿O a quién he calumniado? ¿A quién he agraviado?», ellos, si quisieran hacerle justicia, tendrían que darle la misma respuesta que se dio a Samuel: «Nunca nos has calumniado, ni agraviado.» Lo que Tértulo dijo a Félix a modo de lisonja puede aplicarse con la más estricta justicia a nuestro soberano: «Por causa tuya vivimos en gran paz, y muchas cosas son bien gobernadas en nuestra nación por tu prudencia.» Él ha sido de veras Pater Patriae, un padre para nuestra patria, y aunque viejo y cano, ha expuesto por nosotros su preciosa vida en las alturas del campo. Ni ha merecido menos el grande y glorioso título que el Señor promete que los reyes ostentarán en los postreros días, quiero decir, «ayo de la iglesia». Porque no solo la Iglesia de Inglaterra, tal como está establecida por la ley, sino todas las denominaciones cristianas, cualesquiera que sean, han gozado de sus libertades religiosas tanto como civiles. Así como no ha habido opresión autorizada en el Estado, tampoco ha habido persecución públicamente consentida en la iglesia. ¿Respiramos, en verdad, aire libre? Tan libre (si no más) en lo temporal y en lo espiritual como cualquier nación bajo el cielo. Ni es probable que esta perspectiva termine con la muerte de Su Majestad, que ruego a Dios que retrase. Nuestras princesas están casadas con potencias protestantes. Y tenemos sobradas razones para estar seguros de que el actual heredero presunto y su consorte son de igual sentir que su real padre. Y no puedo dejar de pensar que es una bendición particular que nos ha concedido el Rey de reyes el que Su actual Majestad haya sido conservado tanto tiempo entre nosotros. Porque ahora su sucesor inmediato (aunque su situación presente le obliga, por así decirlo, a permanecer en reposo) tiene grandes y gloriosas oportunidades, que tenemos razón para pensar que aprovecha cada día, de observar y sopesar los asuntos nacionales, considerar los diversos pasos y giros del gobierno, y, por consiguiente, de acumular un amplio caudal de experiencia que le haga un príncipe sabio y grande, si alguna vez Dios le llamara a empuñar el cetro británico. ¡Dichosa tú, oh Inglaterra! ¡Dichosa tú, oh América, tan altamente favorecidas por todas partes!
Pero, ¡ay!, ¡cuán pronto habría cambiado esta escena dichosa, y una perspectiva melancólica y sombría habría ocupado su lugar, si los rebeldes hubieran logrado su propósito y se hubiera impuesto en el trono británico a un pretendiente papista y abjurado! Porque, suponiendo que su nacimiento no fuera espurio (como tenemos sobradas razones para pensar que lo fue en realidad), ¿qué podríamos esperar de uno que desciende de un padre que, siendo duque de York, sumió a toda Escocia en la confusión, y después, coronado rey de Inglaterra, por su gobierno arbitrario y tiránico, tanto en la iglesia como en el Estado, se vio justamente obligado a abdicar del trono por los defensores de la libertad británica? ¿O suponiendo que se hubiera llevado a cabo el horrible complot, tramado primero en el infierno y criado después en Roma? Suponiendo, digo, que el viejo Pretendiente hubiera obtenido la triple corona y hubiera transferido su pretendido título (como se dice que ha hecho) a su hijo mayor, ¿para qué habría sido todo esto, sino para que, elevado al papado, pudiera gobernar a hijo y súbditos con menos estorbo y, por su interés común, mantener a los tres reinos de Inglaterra, Escocia e Irlanda en mayor vasallaje a la sede de Roma? Desde que estalló esta rebelión desnaturalizada, he considerado al joven Pretendiente como el Faetón (carruaje) de la época presente. Aspira con ambición y presunción a sentarse en el trono de nuestro legítimo soberano, el rey Jorge, que no es más capaz de conservar de lo que Faetón lo fue de guiar el carro del sol; y si hubiera tenido éxito en su intento, como él, no habría hecho más que prender fuego al mundo. Es verdad, para hacerle justicia, que ha merecido bien de la Iglesia de Roma y que, con toda probabilidad, será canonizado en lo sucesivo entre la noble orden de sus santos ficticios. Pero con qué vara de hierro podríamos esperar haber sido quebrantados, si sus tropas hubieran salido victoriosas, se deduce fácilmente de estas crueles órdenes que, según se dice, se hallaron en los bolsillos de algunos de sus oficiales: «No deis cuartel a las tropas del Elector.» Añádase a esto que había gran razón para sospechar que, a la primera noticia del éxito de los rebeldes, se proyectaba una matanza general. De modo que, si el Señor no hubiera estado por nosotros, Gran Bretaña, por no decir América, habría sido en pocas semanas o meses un Acéldama, un campo de sangre.
Además, si un pretendiente papista nos gobernara, en lugar de estar representados por un parlamento libre y gobernados por leyes hechas con su consentimiento, como lo estamos ahora, pronto no tendríamos más que la sombra de uno, y quizá ningún parlamento en absoluto. Este es el fruto natural de un gobierno papista, y lo que siempre ha pretendido la desdichada familia de la que este joven aventurero pretende descender. Principios arbitrarios ha mamado con la leche de su madre; y si hubiera sido tan honrado como para poner en su estandarte, en lugar de aquel lema prematuro, Tandem triumphans, solo Stat pro ratione voluntas, nos habría dado un retrato breve pero verdadero de la naturaleza de su reinado, proyectado pero, bendito sea Dios, ahora frustrado. ¿Y para qué mencionar que la ruina de la deuda nacional, o el despojo de la propiedad consolidada del pueblo, y la disolución de la presente y dichosa unión entre los dos reinos, habrían sido las consecuencias inmediatas de su éxito, como él mismo declara en su segundo manifiesto, fechado en el palacio de Holyrood? Estos son males, y grandes por cierto; pero son solo males de naturaleza temporal. Conciernen principalmente al cuerpo, y necesariamente han de terminar en la tumba.
Pero, ¡ay!, ¡qué inundación de males espirituales habría anegado pronto la Iglesia, y a qué peligro indecible nos habríamos visto reducidos nosotros y nuestra posteridad en cuanto a nuestra mejor parte, nuestras almas preciosas e inmortales! ¡Cuán pronto enjambres enteros de monjes, dominicos y frailes, como otras tantas langostas, habrían cubierto y plagado la nación! ¡Con qué alada rapidez habrían acudido presurosos obispos titulares extranjeros para tomar posesión de sus respectivas sedes! ¡Con qué prontitud se habrían llenado nuestras universidades de jóvenes enviados al extranjero por sus padres papistas para beber todas las supersticiones de la iglesia de Roma! ¡Qué rápido fin se habría puesto a sociedades de toda clase dedicadas a promover el conocimiento cristiano y a propagar el evangelio en tierras extranjeras! ¡Cuán pronto se habrían llenado por todas partes nuestros púlpitos de aquellas viejas doctrinas anticristianas: el libre albedrío, el mérito por las obras, la transubstanciación, el purgatorio, las obras de supererogación, la obediencia pasiva, la no resistencia, y todas las demás abominaciones de la ramera de Babilonia! ¡Cuán pronto habrían sido derribadas nuestras escuelas protestantes de caridad en Inglaterra, Escocia e Irlanda, nos habrían quitado por la fuerza nuestras Biblias, y se habría erigido por todas partes la ignorancia como madre de la devoción! ¡Cuán pronto nos habrían privado de aquella bendición inestimable, la libertad de conciencia, y nos habríamos visto obligados a hacernos (lo que falsamente llaman) católicos, o a someternos a todas las torturas que un celo fanático, guiado por los principios más crueles, pudiera inventar! ¡Cuán pronto aquella madre de las rameras se habría embriagado una vez más con la sangre de los santos! ¿Y no se habría visto toda la tribu de los mismos librepensadores ante este dilema: o morir mártires por ella (aunque nunca he oído todavía de uno que lo hiciera) o, contra todos sus principios más declarados, renunciar a su gran Diana, la razón sin ayuda y sin luz? Pero debo terminar, no sea que, mientras hablo contra el anticristo, caiga yo mismo sin darme cuenta en un espíritu anticristiano y lleve a él a mis oyentes. La religión verdadera y sin mácula regulará nuestro celo, y nos enseñará a tratar aun al hombre de pecado con un lenguaje no más áspero que el que el ángel usó con su gran patrón, Satanás: «El Señor te reprenda.»
¡Gloria sea al gran nombre de Dios! El Señor le ha reprendido; y eso en un momento en que teníamos poca razón para esperar tal bendición de las manos de Dios. Mis queridos oyentes, ni la disposición presente de mi corazón ni el motivo de vuestra reciente reunión solemne me llevan a daros un detalle de nuestros vicios públicos. Aunque, ¡ay!, son tantos, tan notorios y, además, de un tinte tan carmesí, que un ministro del evangelio no sería del todo inexcusable si, aun en una ocasión tan gozosa, alzara su voz como trompeta para anunciar a la nación británica su rebelión, y al pueblo de América su pecado. Con todo, aunque no quisiera echar una sombra lúgubre sobre el grato cuadro que el motivo de nuestros recientes regocijos pone delante de nosotros, esto al menos puede y debe decirse: que así como Dios no ha tratado con tanta generosidad a ningún pueblo como a nosotros, así ninguna nación bajo el cielo ha tratado a Dios con mayor ingratitud. Hemos sido como Capernaum, levantada hasta el cielo en privilegios, y por el abuso de ellos, como ella, hemos merecido ser abatidos hasta el infierno. Por bien que nos vaya en cuanto a nuestra constitución civil y eclesiástica, en cuanto a nuestra moral la descripción que hace Isaías del estado judío nos cuadra demasiado bien: «Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente; desde la coronilla de la cabeza hasta la planta de nuestros pies estamos llenos de heridas, hinchazones y podridas llagas.» Como Jesurún, hemos engordado y tirado coces. Nosotros hemos fornicado contra Dios, tanto en los principios como en la conducta. «¡Cómo se ha oscurecido nuestro oro! ¡Cómo nuestro buen oro se ha demudado!» Hemos crucificado de nuevo al Hijo de Dios y le hemos expuesto a vituperio. Más aún, Cristo ha sido herido en casa de sus amigos. Y hace ya mucho tiempo que todo parecía amenazar una tormenta inminente. Pero, ¡oh, la paciencia y la bondad de Dios para con nosotros! Cuando todo parecía maduro para la destrucción, y las cosas habían llegado a tal crisis que el pueblo de Dios que ora empezaba a pensar que, aunque Noé, Daniel y Job estuvieran vivos, solo librarían sus propias almas, entonces, en medio del juicio, el Altísimo se acordó de la misericordia, y cuando un enemigo papista irrumpía sobre nosotros como un río, el Señor mismo levantó bondadosamente bandera.
Esto no me parece una de las circunstancias menos favorables que han acompañado esta poderosa liberación; ni creo que vosotros la consideréis una circunstancia del todo indigna de vuestra atención. Si en verdad este basilisco hubiera sido aplastado en el huevo, y el joven Pretendiente rechazado nada más llegar, sin duda habría sido una gran bendición. Pero no tan grande como aquella por la cual os reunisteis hace poco para dar gracias a Dios; porque entonces Su Majestad no habría tenido tan buena ocasión de conocer a sus enemigos ni de probar a sus amigos. Los súbditos británicos habrían perdido, en cierto modo, la más hermosa oportunidad que jamás se les ofreció de expresar su lealtad y gratitud a su legítimo soberano. Francia no habría sido tan profundamente humillada, ni se habría puesto un freno tan eficaz, como confiamos que ahora se ha puesto, a cualquier otra conjura papista semejante que pretenda arrebatarnos todo lo que nos es caro y querido. «Así pues, del devorador salió comida, y del fuerte salió dulzura». Al hijo mayor del Pretendiente se le permite no solo desembarcar en las Tierras Altas del noroeste de Escocia, sino que en poco tiempo llega a reunir una gran banda. Por un tiempo nadie lo cree, sino que se tiene por cosa del todo increíble. Los amigos del gobierno en aquellas partes, no por falta de lealtad, sino por falta de autoridad suficiente para tomar las armas, no pudieron resistirle. Se le permite avanzar con su terrible caterva de bandidos y, como el cometa que se vio hace poco, esparce a su alrededor sus funestas influencias. Se le permite asimismo alcanzar un triunfo efímero con una victoria sobre un cuerpo de nuestras tropas en Prestonpans, y tomar posesión temporal de la capital de Escocia. De ello se jacta, e informa al público de que «la Providencia le había favorecido hasta entonces con un éxito maravilloso, y le había guiado por el camino de la victoria hasta la capital del antiguo reino, aunque vino sin ayuda extranjera». Más aún, se le permite adentrarse hasta el corazón mismo de Inglaterra. Pero ahora interviene el Todopoderoso. Hasta allí había de llegar, y no más. Allí habían de detenerse sus malignos designios. De repente sus tropas son rechazadas. Huyen a toda prisa a las Tierras Altas, y allí se les permite no solo aumentar, sino también reunirse en un gran cuerpo, para que, teniendo por así decirlo lo que Calígula deseó una vez que Roma tuviera, un solo cuello, pudieran ser abatidas de un solo golpe.
El tiempo, el modo y los instrumentos de esta victoria merecen nuestra atención. Fue en un día de ayuno general, cuando el clero y la buena gente de Escocia lamentaban la deslealtad de sus pérfidos compatriotas y, como Moisés, alzaban sus manos para que Amalec no prevaleciese. La victoria fue total y decisiva. Poca sangre se derramó del lado de los realistas. Y, para coronarlo todo, al duque Guillermo, el hijo menor de Su Majestad, le cabe el honor de haber rechazado primero y derrotado después al ejército rebelde. Un príncipe que en su infancia y juventud dio tempranas pruebas de una valentía y una nobleza de ánimo poco comunes; un príncipe cuyo valor ha crecido con sus años. Que volvió herido de la batalla de Dettingen, se condujo con sorprendente bravura en Fontenoy, y ahora, con una prudencia y una magnanimidad dignas del alto cargo que ostenta, como su glorioso predecesor el príncipe de Orange, ha librado a tres reinos del temor de la crueldad papista y del poder arbitrario. Lo que lo hace aún más notable es que el día en que Su Alteza obtuvo esta victoria fue el día siguiente a su cumpleaños, cuando entraba en el vigésimo sexto año de su edad; y cuando Sullivan, uno de los miembros del consejo privado del Pretendiente, como otro Ahitofel, aconsejó a los rebeldes que presentaran batalla a nuestros soldados, suponiendo que estarían hartos y cargados de los festejos del día anterior, y por tanto incapaces de oponerles gran resistencia. ¡Pero gloria sea a Dios, que prende a los sabios en la astucia de ellos! Su consejo, como el de Ahitofel, resulta frustrado. Tanto el general como los soldados estaban preparados para recibirlos. «Dios enseñó sus manos a la batalla, y sus dedos a la guerra», y, tras una merecida matanza de algunos miles de rebeldes, trajo al duque victorioso del campo con la mayor parte de sus valientes soldados.
Si, pues, consideramos con detenimiento este notable acontecimiento y lo seguimos en todas las circunstancias particulares que lo han acompañado, creo que hemos de confesar con un solo corazón y una sola voz que, si es una misericordia para un Estado ser librado de una conspiración peor que la de Catilina, o para una iglesia ser rescatada de una persecución más encarnizada que la de Diocleciano; si es una misericordia ser librados de una religión que vuelve las rejas de arado en espadas y las podaderas en lanzas, y que tiene por meritorio derramar sangre protestante; si es una misericordia tener todos nuestros inestimables privilegios presentes, tanto en la Iglesia como en el Estado, más asegurados que nunca; si es una misericordia que se hayan hecho por nosotros estas grandes cosas en un tiempo en que, por nuestros clamorosos pecados, tanto la Iglesia como el Estado merecían justamente ser derribados; y si es una misericordia que todo esto se haya llevado a cabo para nosotros, bajo Dios, por uno de sangre real, un príncipe que obra con una experiencia muy superior a sus años; si alguna de estas cosas, o todas ellas, son misericordias, entonces habéis conmemorado hace poco una de las mayores misericordias que el glorioso Dios jamás se dignó conceder a la nación británica.
¿Y no nos alegraremos ni daremos gracias? Si nos negásemos, ¿no clamarían las piedras contra nosotros? Alegrarnos, pues, podemos y debemos; pero, ¡oh, que nuestro gozo sea en el Señor y corra por un cauce piadoso! Tal ha sido, según vemos, la práctica del pueblo de Dios en todas las edades. Cuando a él le plugo, con mano poderosa y brazo extendido, conducir a los israelitas a través del mar Rojo como por tierra seca, «entonces cantó Moisés y los hijos de Israel; y María la profetisa, hermana de Aarón, tomó un pandero en su mano, y todas las mujeres salieron en pos de ella. Y María les respondía: Cantad al Señor; porque en extremo se ha engrandecido». Cuando Dios abatió a Jabín, rey de Canaán, delante de los hijos de Israel, «entonces cantó Débora con Barac aquel día, diciendo: «Load al Señor, porque ha vengado las injurias de Israel». Cuando el arca fue traída de vuelta de manos de los filisteos, David, aun siendo rey, danzó delante de ella. Y, por mencionar solo un ejemplo más, que puede servirnos de norma general en esta y semejantes ocasiones: cuando la gran Cabeza de la Iglesia hubo rescatado a su pueblo de la matanza general que un cruel y ambicioso Amán se proponía ejecutar contra ellos, «envió Mardoqueo cartas a todos los judíos que estaban en todas las provincias del rey Asuero, cercanos y distantes, ordenándoles que celebrasen el día decimocuarto del mes de Adar, y el decimoquinto del mismo, cada año, como días en que los judíos tuvieron reposo de sus enemigos, y el mes que se les tornó de tristeza en alegría, y de luto en día bueno; que los hiciesen días de banquete y de gozo, y de enviar porciones cada uno a su vecino, y dádivas a los pobres». ¿Y por qué no habríamos de ir nosotros y hacer lo mismo?
¿Y no expresaremos también, en una ocasión como esta, nuestra gratitud a aquellos dignos varones que se han señalado y han estado dispuestos a sacrificar vidas y haciendas en esta coyuntura crítica, haciendo de ellos honrosa mención?
No hacerlo sería obrar como aquellos israelitas ingratos que quedan marcados en el libro de Dios por no haber hecho misericordia con la casa de «Jerobaal, es decir, Gedeón, conforme a todo el bien que él había hecho a Israel». Hasta un Faraón supo enaltecer a un José que lo merecía, Asuero a un Mardoqueo y Nabucodonosor a un Daniel, cuando fueron instrumentos de señalado servicio para ellos mismos y para sus pueblos. «Mi corazón —dice Débora— está por (es decir, siento una particular veneración y estima por) los príncipes de Israel, los que con buena voluntad se ofrecieron. Y bendita sobre las mujeres sea Jael, mujer de Heber ceneo; porque tendió su mano a la estaca, y su diestra al mazo de trabajadores, y con el mazo hirió a Sísara, le hirió la cabeza, cuando le hubo horadado y atravesado las sienes». ¿Y no diremos nosotros: «Bendito sobre los hombres sea Su Alteza Real el duque de Cumberland; porque por medio de él el grande y glorioso Jehová ha hecho cosas poderosas»? ¿No ha de estar nuestro corazón por el digno arzobispo de York, los Cazadores Reales y aquellos otros héroes ingleses que se ofrecieron tan de buena voluntad? Vivan para siempre en los anales británicos los nombres de Blakeney, Bland y Rea, y de todos los que se hicieron fuertes en la batalla en esta importante ocasión. Y el nombre de aquel grande, de aquel incomparablemente valiente soldado del rey y buen soldado de Jesucristo, el coronel Gardiner (perdonadme si aquí derramo una lágrima; era mi amigo íntimo), su nombre, digo, sea tenido en memoria eterna.
Pero, después de todo, ¿no tenemos en esta ocasión una deuda de gratitud y alabanza infinitamente mayor para con aquel que es más alto que los más altos, el Rey de reyes y Señor de señores, el Bienaventurado y solo Poderoso? ¿No es su brazo, su brazo fuerte y poderoso (cualesquiera que hayan sido los instrumentos empleados), el que nos ha traído esta salvación? ¿Y no puedo, por tanto, dirigirme a vosotros con el lenguaje jubiloso del comienzo de este salmo, del cual hemos tomado nuestro texto? «Alabad al Señor, invocad su nombre; haced notorias sus obras en los pueblos. Cantadle, cantadle salmos; hablad de todas sus maravillas. Gloriaos en su santo nombre; acordaos de sus maravillas que hizo».
Pero ¿despediremos a nuestro bueno y misericordioso bienhechor con un mero servicio de labios? ¡Dios nos libre! Vuestro digno gobernador ha honrado a Dios en su reciente y excelente proclama, y Dios le honrará a él. Pero ¿habrán de terminar nuestras gracias con el día? No, de ningún modo. Nuestro texto nos recuerda un sacrificio más noble y nos señala el gran fin que el Todopoderoso Jehová se propone al conceder favores tan señalados a un pueblo: «Para que guardasen sus estatutos y observasen sus leyes».
Esta es la respuesta que a todos se nos enseña a pedir que podamos dar al Altísimo Dios, el Padre de misericordias, en el oficio diario de nuestra iglesia: «Que nuestros corazones sean sinceramente agradecidos, y que proclamemos su alabanza, no solo con nuestros labios, sino con nuestras vidas, entregándonos a su servicio y andando delante de él en santidad y justicia todos nuestros días». ¡Oh, que estas palabras fuesen el verdadero lenguaje de todos los que las usan! ¡Oh, que hubiese en nosotros tal ánimo! ¿Cuán pronto huirían entonces nuestros enemigos delante de nosotros? ¡Y Dios, el Dios nuestro, nos daría aún más abundantes bendiciones!
¿Y por qué no habríamos de «guardar los estatutos de Dios y observar sus leyes»? ¿Nos atreveremos a decir que alguno de sus mandamientos es penoso? ¿No es el yugo de Cristo, para el alma renovada, en cuanto renovada, fácil, y su carga comparativamente ligera? ¿No puedo apelar al razonador más refinado y preguntarle si la religión de Jesucristo no es una religión social? ¿Si la ley moral, tal como la explicó el Señor Jesús en el evangelio, no tiende por su propia naturaleza a promover el bien y la felicidad presentes de toda una república, suponiendo que esta le obedeciera, así como la felicidad de cada individuo? ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre nosotros? ¿De qué fuente manan todos esos males bajo los cuales han gemido las edades presentes y pasadas, sino del descuido de las leyes y estatutos de nuestro grande y sapientísimo legislador, Jesús de Nazaret? Decidme, hombres de letras: ¿Licurgo o Solón, Pitágoras o Platón, Aristóteles, Séneca, Cicerón, o todos los antiguos legisladores y moralistas paganos, todos juntos, publicaron jamás un sistema de ética digno en modo alguno de compararse con el glorioso sistema expuesto en ese libro tan despreciado (por usar la expresión de sir Richard Steele) llamado enfáticamente las Escrituras? ¿No están la imagen y la inscripción divinas escritas sobre cada precepto del evangelio? ¿No resplandecen con un brillo propio e intrínseco? Y, aunque muchas cosas en ellos están por encima de la razón, ¿hay algo contrario a las leyes más estrictas de la recta razón? ¿No es llamado Jesucristo, en la Escritura, el Verbo, el Logos, la Razón? ¿Y no es su servicio un culto racional? ¿Qué importa que haya misterios en su religión? ¿No son, sin contradicción, grandes y gloriosos? ¿No son misterios de la piedad, y dignos del Dios que los revela? Más aún, ¿no es el mayor de los misterios que hombres que presumen de razonar y se llaman filósofos, que escudriñan los arcanos de la naturaleza y, por consiguiente, hallan un misterio en cada brizna de hierba, sean sin embargo tan irracionales que denigren todo misterio en la religión? ¿Qué es del escriba? ¿Qué es del sabio? ¿Qué es del que disputa contra la revelación cristiana? ¿No conspira todo lo que hay fuera y dentro de nosotros para probar su origen divino? ¿Y no nos movería el propio interés, aunque no hubiera otro motivo, a guardar los estatutos de Dios y observar sus leyes?
Además, considerados como pueblo protestante, ¿no estamos bajo mayores obligaciones que ninguna otra nación debajo del cielo de rendir una obediencia alegre, unánime, universal y perseverante a los mandamientos divinos?
La maravillosa y sorprendente manera en que Dios llevó a cabo una Reforma en el reinado del rey Enrique VIII; cómo la hizo avanzar en el bendito reinado del rey Eduardo VI; cómo nos libró de las manos sangrientas de la reina María y destruyó la Armada Invencible española bajo su inmediata sucesora protestante, la reina Isabel; cómo descubrió la conjura papista bajo el rey Jacobo; la gloriosa revolución por medio del rey Guillermo; y, para acercarnos más a nuestros propios tiempos, cómo expulsó a cuatro mil quinientos españoles de una débil (aunque importante) colonia fronteriza cuando en cierto modo ya habían tomado posesión de ella; cómo puso en nuestras manos, hace apenas unos días, Louisbourg, una de las fortalezas más poderosas de nuestros enemigos, contra toda probabilidad humana: estas, digo, junto con la victoria que habéis conmemorado hace poco, son misericordias nacionales tales, por no mencionar otras, que nos dejarán del todo inexcusables si no producen una Reforma nacional y nos mueven a todos, con un solo corazón, a guardar los estatutos de Dios y observar sus leyes.
¿Necesito recordaros además, para despertar en vosotros mayor diligencia en cumplir el propósito del texto, que, aunque la tormenta ha amainado en gran medida con el reciente éxito de Su Alteza Real, no nos atrevemos a decir que haya pasado del todo?
Las nubes pueden volver tras la lluvia; y a los pocos rebeldes que sobreviven (lo cual Dios no permita) aún podría consentírseles hacernos frente de nuevo. Todavía estamos empeñados en una guerra sangrienta y, con toda probabilidad, larga, con dos de los enemigos más encarnizados de los intereses de Gran Bretaña. Y, aunque no puedo dejar de pensar que sus intenciones presentes son tan inicuas, su conducta tan pérfida y sus planes tan directamente contrarios a la honra del Altísimo Dios, que él ciertamente los humillará al final, sin embargo, como en esta vida todo acontece de la misma manera a todos, pueden ser por un tiempo terribles instrumentos para azotarnos. Y si no, Dios tiene en su aljaba otras saetas con que herirnos, además del rey de Francia, Su Majestad Católica o un Pretendiente abjurado. No solo la espada, sino la plaga, la peste y el hambre están bajo el mandato divino. ¿Quién sabe si no les dirá a todas: «Pasad por estas tierras»? Una funesta epizootia ha arrebatado hace poco gran cantidad de ganado, aquí y en el extranjero. Una enfermedad epidémica semejante podría recibir encargo de atacar nuestras personas tanto como nuestras bestias. Así trató Dios a los egipcios: ¿quién se atreverá a decir que no nos tratará así a nosotros? ¿No ha dado ya algunas señales de ello? ¿Cuán gran número de personas en el continente han sido arrebatadas últimamente por la disentería, la viruela y la fiebre amarilla? ¿Quién puede decir qué otros juicios nos esperan todavía? Sin embargo, esto es cierto: la vara pende aún sobre nosotros; y creo que todos concederán que, si tan diversas dispensaciones de misericordia y de juicio no enseñan a los habitantes de cualquier tierra a aprender justicia, solo los madurarán para una ruina mayor. Permitidme, pues, despediros en esta ocasión con aquella solemne y temible advertencia y exhortación con la que el venerable Samuel, en una ocasión pública, se despidió del pueblo de Israel: «Solamente temed al Señor, y servidle de verdad con todo vuestro corazón, porque considerad cuán grandes cosas ha hecho con vosotros. Mas si perseverareis en hacer mal, [no diré, como dijo el profeta: Pereceréis; sino] no sabéis si no provocaréis al Señor Todopoderoso a consumiros a vosotros y a vuestro rey». Lo cual Dios, en su infinita misericordia, impida, por amor de Jesucristo: a quien, con el Padre y el Espíritu Santo, tres personas pero un solo Dios, sea toda honra y gloria, ahora y para siempre. Amén, amén.
Capítulo 6 completado
Las misericordias de Gran Bretaña y el deber de Gran Bretaña Predicado en Filadelfia el domingo 14 de agosto de 1746, con ocasión de la derrota de la reciente rebelión desnaturalizada