Sermones escogidos de George Whitefield
Cristo, el mejor esposo: o ferviente invitación a las jóvenes a venir y ver a Cristo Predicado ante una sociedad de mujeres jóvenes, en Fetter-Lane

Capítulo 5 · 26 min de lectura · 34 min de escucha

Cristo, el mejor esposo: o ferviente invitación a las jóvenes a venir y ver a Cristo Predicado ante una sociedad de mujeres jóvenes, en Fetter-Lane

Cristo, el mejor esposo: o ferviente invitación a las jóvenes a venir y ver a Cristo22Predicado ante una sociedad de mujeres jóvenes, en Fetter-Lane

Salmo 45:10-11 — «Oye, hija, y mira, e inclina tu oído; y olvida tu pueblo, y la casa de tu padre; y deseará el rey tu hermosura, porque él es tu Señor; e inclínate a él.»

Este salmo se llama la canción de amores, de los amores más puros y espirituales, los más queridos y deleitosos; a saber, los que hay entre Cristo, el amado, y su iglesia, que es su esposa. En él se presenta, primero, al Señor Jesucristo en cuanto a su majestad, poder y divinidad, su verdad, mansedumbre y equidad; y luego se presenta a la esposa en cuanto a sus adornos, compañeras, servidoras y descendencia; y a ambos en cuanto a su gracia y hermosura. Después de la descripción de Cristo, se dirige a los hijos de los hombres, llamados con el nombre de hija, una invitación a sus desposorios; y por eso es particularmente aplicable a vosotras, mis queridas hermanas, por cuanto sois hijas de los hombres, aunque no de modo que excluya a los hijos de los hombres.

Consideraré, pues, ahora estas palabras como dirigidas a vosotras en particular, y como portadoras de esta doctrina:

Que el Señor Jesucristo invita a las hijas de los hombres a ser su esposa, y desea en gran manera la hermosura de aquellas que, olvidando su pueblo y la casa de su padre, oyen, miran e inclinan el oído a su invitación, y se unen a él en esta relación.

Mostraré:

I. Cómo Cristo se desposa con los hijos de los hombres, pero, más especialmente, con las hijas de los hombres.

El Señor Jesucristo se desposa con los hijos de los hombres en este mundo, pero la solemnización pública del matrimonio queda reservada para el día postrero, cuando su esposa le será presentada en vestiduras blancas, con un ropaje de justicia perfecta, más rico y primoroso, mis queridas hermanas, que cualquiera de vuestras labores de aguja; y el banquete de bodas se celebrará en la casa de su Padre, en el cielo, cuando ellos sean recibidos en los abrazos más íntimos y estrechos de su amor. Aquí se ata el nudo del matrimonio, en el cual se incluyen cuatro cosas:

Primero: elección mutua,

Segundo: afecto mutuo,

Tercero: unión mutua,

Cuarto: obligación mutua.

Primero, mis queridas hermanas, hay una elección mutua, que no solo está en Cristo como Mediador, sino que también la hace Cristo como el eterno Hijo de Dios, sí, como Dios mismo, a pesar de todo lo que digan en contrario los refinados arrianos y socinianos. El Señor Jesucristo, mis queridas hermanas, os escoge por pura gracia suya; es por su sola y libre misericordia que os introduce en el pacto matrimonial. A vosotras, que tan gravemente le habéis ofendido, a vosotras, con todo, os ha escogido el Señor Jesucristo; vosotras no le habríais escogido, ni habríais querido escogerle; pero una vez que él os ha escogido, mis queridas hermanas, entonces, y no antes, vosotras le escogéis a él por vuestro Señor y Esposo.

Cuando el Señor Jesucristo viene a vosotras por primera vez, os encuentra llenas de pecado y de inmundicia; estáis deformes, contaminadas, esclavizadas, pobres, miserables y desdichadas, muy despreciables y repugnantes a causa del pecado; y él os escoge, no por vuestra santidad, ni por vuestra hermosura, ni porque estéis capacitadas para ello; no, el Señor Jesucristo pone sobre vosotras aquellas cualidades que os hagan dignas de su abrazo; y vosotras sois atraídas a escoger al Señor Jesucristo porque él os escogió primero.

Segundo: en este desposorio vuestro, mis queridas hermanas, hay un afecto mutuo, que acompaña a la elección. Vuestros corazones se van tras Cristo; vuestras almas suspiran y anhelan por él; no podéis hallar descanso hasta estar comprometidas con este Jesús. Estáis dispuestas a clamar continuamente: ¡Nadie sino Cristo, nadie sino Cristo! Este es el lenguaje de vuestros corazones, si de veras sentís la necesidad que tenéis de él. Cuanto más trato tenéis con este Señor Jesús, más contentas estáis con vuestra elección, y más se inclinan hacia él vuestros afectos. ¿Y dónde podríais poner mejor vuestros afectos que en aquel Jesús que derramó su sangre por vosotras? Ciertamente él merece tanto vuestro amor como vuestro afecto. ¡Adelante, adelante, mis queridas hermanas, para que vuestros afectos se hagan cada vez más fuertes!

Tercero: no hay solo elección mutua y afecto mutuo, sino también unión mutua. Y en esta unión consiste principalmente el matrimonio: Cristo y las almas quedan desposados, y el nudo se ata tan firmemente que ni los hombres de la tierra, por grandes que sean, ni los demonios del infierno, aunque juntaran toda su ira y su furor, podrán disolverlo ni desatarlo. No, mis queridas hermanas, es indisoluble, porque la unión se hace por el Espíritu, de parte de Cristo, y por la fe, de parte vuestra. Por el Espíritu, Cristo se ase de vosotras; y por la fe, vosotras os asís de él; y así se concierta el enlace. Cristo se hace vuestro: su persona, su herencia y todos sus beneficios son vuestros; y vosotras os hacéis de Cristo: vuestras personas, vuestros corazones y todo lo que tenéis le es entregado; ¡y ojalá lo sea más y más!

Cuarto: hay una obligación mutua entre Cristo y su esposa. Cristo se obliga a amaros aquí; no os dejará, de cierto nunca os dejará; os protegerá de la malicia de los fariseos de esta generación; proveerá para vosotras en todas las dificultades; vivirá con vosotras aquí, y al fin os tomará consigo para que viváis con él para siempre. Y vosotras os comprometéis con él a ser amorosas, leales, fieles y obedientes, y habéis de permanecer unidas a él mientras viváis; y entonces hallaréis que os habéis casado con el mayor provecho, tanto para el alma como para el cuerpo, para el tiempo y para la eternidad.

II. Cristo os invita a todas a ser su esposa.

Y por esta razón envía a sus ministros a predicar. Esto es lo que me trae así en medio de vosotras: que aceptéis esta invitación, por la cual, en el nombre del Señor Jesucristo, os llamo y os ruego que le toméis a él en sus propias condiciones. Él os llama a todas, hermanas mías, mayores o jóvenes, casadas o solteras, de alta condición o de la más humilde, las más pobres sirvientas, sí, la chusma de este mundo, como el mundo os llama, a todas las que estén dispuestas a desposarse con el Señor Jesucristo. Digo que las pobres son tan bienvenidas para ser esposa de Cristo como las ricas. Él no mira más al rico que al pobre; escogió a una virgen humilde, desposada con un carpintero, para que fuese su madre; y escoge y llama a todas las tales para ser su esposa. No os desaniméis, pues, porque el mundo os desprecie; porque si tan solo sois amadas por Cristo y desposadas con él, eso os compensará con creces de todas las tribulaciones que hayáis encontrado aquí.

III. Quienes quieran desposarse con Cristo deben oír, mirar e inclinarse a su invitación, y olvidar incluso la casa de su padre.

Quienes quieran desposarse con Cristo deben oír. «Oye, hija.» Muchas de vosotras, hermanas mías, tapan sus oídos a los llamamientos del evangelio; cierran su oído como el áspid sordo, que no oye la voz de los encantadores, por más hábil que el encantador sea. No queréis oír las invitaciones de Cristo; sois capaces de oír las vanidades del mundo y de deleitaros en los desposorios del mundo, pero nunca pensáis en los desposorios de Cristo ni os deleitáis en ellos.

Fue por el oído como el primer hombre recibió la tentación del pecado, cuando se apartó de Dios; y por el oído ha de recibirse la invitación a ser esposa de Cristo antes de que el corazón se abra para recibir a Jesucristo en esta relación conyugal.

Si queréis, mis queridas hermanas, desposaros con Cristo, debéis considerar su invitación. No es un oír ligero o superficial de la invitación de Cristo lo que os servirá de algo o lo que concertará el enlace entre Cristo y vuestras almas; no, debéis recibir a Cristo en el corazón; debéis considerar la cosa misma, sus ventajas, y la diferencia entre las invitaciones de Cristo y las tentaciones del diablo, o cualquiera de los ofrecimientos del mundo.

Quienes quieran desposarse con Cristo deben estar inclinadas a aceptar su invitación. «Oye, hija, y mira, e inclina tu oído.» Esto es inclinar vuestros corazones: debéis consentir con vuestra voluntad; ha de haber una conformidad con la propuesta de Cristo, y debéis tener deseos de Cristo, y entonces vuestros corazones dirán: «Señor, haznos tu esposa, y sé tú nuestro amado.»

Debéis también olvidar la casa de vuestro padre. «Oye, hija, y mira, y olvida la casa de tu padre.» No se os pide aquí que desechéis todo afecto a vuestros parientes naturales; pero debéis olvidar a todos los parientes hasta el punto de estar dispuestas a renunciar a todo su favor cuando compita con el del Señor Jesucristo; y no dejéis que vuestros amigos y parientes carnales os impidan uniros al Señor Jesús y desposaros con él. Os ruego encarecidamente que sufráis la pérdida de cualquier cosa antes que perder sus favores. Debéis, en verdad, olvidar vuestro pueblo; es decir, debéis olvidar todas las malas costumbres que aprendisteis en la casa de vuestro padre, y abandonar toda vuestra vana manera de vivir, vuestra lectura de comedias, novelas o romances; y debéis guardaros de aprender a cantar las canciones de los borrachos; porque Cristo, si sois su esposa, os ha redimido.

Aquellas de vosotras, mis queridas hermanas, que estáis desposadas con el Señor Jesucristo sois muy hermosas. No lo digo respecto de vuestros cuerpos; puede que tengáis menos gracia exterior que otras en cuanto al cuerpo; pero en cuanto a vuestras almas sobresaldréis en hermosura, no tanto a los ojos de los hombres como a los ojos de Dios: tales almas llevan estampada la imagen más hermosa de Dios; nadie en el mundo, fuera de ellas, tiene la menor chispa de hermosura espiritual. Las que no están casadas con Cristo no están regeneradas: no han nacido de nuevo, ni han sido traídas del pecado a Dios, cosa que debe suceder antes de que os desposéis con Cristo.

Y el Señor Jesucristo desea ver esta hermosura en su esposa, pues exclama: «Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes, muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz; porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto.» Llama a su esposa «amiga mía», porque es el objeto querido de su amor; y admira su hermosura; lo repite dos veces en un mismo versículo: «He aquí que tú eres hermosa, amiga mía; he aquí que tú eres hermosa.» Así veis cómo describe la hermosura de ellas. Y luego, hermanas mías, tenemos una expresión maravillosa de Cristo a su esposa: «Prendiste mi corazón, hermana, esposa mía; has preso mi corazón con uno de tus ojos, con una gargantilla de tu cuello.» Así veis cuánto se complace el Señor Jesucristo en su esposa; ¿y no queréis, pues, desposaros con el Señor Jesús? Os ofrezco a Jesucristo a todas vosotras; aunque hayáis sido muy notorias por vuestro pecado, aunque hayáis sido tan gran ramera como lo fue María Magdalena, una vez que estéis desposadas con Cristo, seréis perdonadas. Por tanto, no os desaniméis por los desaires y desprecios que el mundo os haga, sino venid y uníos al Señor Jesucristo, y todos vuestros pecados serán lavados en su sangre; y una vez que estéis desposadas con Jesús, quedáis separadas del pecado, habéis nacido de nuevo. Ahora estáis, por así decirlo, desposadas con el pecado; el pecado es vuestro marido, y le tenéis demasiado cariño; pero una vez que estéis casadas con Cristo, cuando hayáis nacido de nuevo, entonces podrá decirse que morís al pecado; pero hasta entonces el pecado vive en vuestros afectos. Por tanto, hermanas mías, dad al pecado su herida de muerte en vuestros corazones. Habéis sido llamadas por la palabra una y otra vez, y no ha tenido efecto en vosotras; pero cuando estéis desposadas con el Señor Jesucristo, entonces seréis traídas a él por su Espíritu: entonces os asiréis de él por la fe; su Espíritu os atraerá a sí; os hará estar dispuestas en el día de su poder; os dará fe en él. La fe es la mano del alma que se ase de Cristo; por tanto, no descanséis satisfechas hasta que esta gracia de la fe sea obrada en vosotras con poder; no os deis por contentas hasta que hayáis recibido al Señor Jesucristo.

Abrazad a Cristo con los brazos de vuestro más tierno amor. Amáis al Señor Jesucristo con sinceridad cuando le amáis y estimáis por encima de padre, madre y todos los deleites y placeres de esta vida; pero si os deleitáis en cualquier cosa que este mundo pueda producir más que en el Señor Jesucristo, no tenéis verdadero amor por él.

Si estáis desposadas con Cristo, tenéis trato y conversación con él; procuraréis promover su causa y engrandecer su nombre en el mundo; cuando otras van a las diversiones refinadas y de moda de la vida, vosotras os afanaréis por dar honra al Señor Jesucristo; alabaréis a vuestro amado por encima de todos los demás amados, y procuraréis atraer a otras a amarle. ¿Podéis vosotras, mis queridas hermanas, que ahora estáis reunidas para adorar a Dios, mostrar tales pruebas de vuestro desposorio con el Señor Jesucristo? ¡Oh, qué estado tan gozoso, tan consolador es este! Ciertamente este es un matrimonio digno de buscarse; este es el único matrimonio deseable, y el Señor Jesucristo es el único amante digno de buscarse.

Ahora, mis queridas hermanas, diré unas pocas palabras a aquellas de vosotras que todavía no os habéis desposado con el Señor Jesús. Es un gran pecado, y ciertamente afrentáis gravemente al Señor que os compró. Es asimismo necedad vuestra rechazar y descuidar los bondadosos ofrecimientos de ser la esposa de Cristo; con ello perdéis todo aquel amor que él quisiera derramar sobre vosotras; con ello preferís harapos a vestiduras reales, escoria a oro, guijarros a joyas, culpa a perdón, heridas a sanidad, contaminación a limpieza, deformidad a hermosura, aflicción a paz, esclavitud a libertad, el servicio del diablo al servicio de Cristo. Con ello preferís la deshonra a una corona, la muerte a la vida, el infierno al cielo, la miseria y el tormento eternos al gozo y la gloria perpetuos. ¿Y hace falta otra prueba de vuestra necedad y locura al rechazar y descuidar a Cristo como vuestro esposo?

Mis queridas hermanas, excedería los límites de vuestro tiempo si detallara todas las ventajas que obtendríais desposándoos con el Señor Jesús. Esta es vuestra sabiduría: necias son las vírgenes que rehúsan; pero vosotras sois las vírgenes prudentes, que habéis aceptado al Señor Jesucristo y os habéis entregado a él; habéis hecho la elección más sabia; y aunque el mundo ciego os tenga por necias y os desprecie como locas metodistas, sois sin embargo sabias en la estima de Dios, y un día lo pareceréis también en la estima de los que ahora os desprecian. Es vuestra gloria estar desposadas con el Señor Jesús; gloriaos, pues, en vuestro desposorio; no os gloriéis en vosotras mismas, sino en el Señor, que tan libre y bondadosamente os ha concedido estos favores. Es vuestra seguridad estar desposadas con el Señor Jesucristo: él os protegerá y defenderá aun del pecado y de Satanás, y de la ruina eterna; y por tanto hasta ahí estáis seguras. Él tiene cuidado de vosotras en los tiempos de peligro de parte de los hombres, y estos tiempos de peligro parecen acercarse a toda prisa: ahora se levanta como una nube negra no mayor que la mano de un hombre, y poco a poco cubrirá los cielos, y cuando esté cargada reventará; pero si estáis desposadas con Cristo, estáis seguras.

Ahora, mis queridas hermanas, concluiré con una ferviente exhortación a altas y humildes, ricas y pobres, a todas por igual, a que os desposéis con Cristo.

Permitidme hablaros de manera especial a vosotras, jóvenes, que todavía no estáis desposadas con Cristo. Quizá lo que ha traído aquí a muchas de vosotras sea satisfacer vuestra curiosidad; aunque tal vez sea esta la ocasión en que seréis traídas a abrazar al Señor Jesús y a desposaros con él. ¡Y ojalá pueda yo persuadiros, por su Espíritu, a desposaros con el Señor de la vida!

Y si tan solo sois traídas a uniros con el Señor Jesucristo, habré alcanzado mi propósito, y entonces tanto vosotras como yo nos gozaremos de que os haya predicado este sermón.

Venid, doncellas, ¿me daréis licencia para ser vuestro pretendiente, no en mi propio nombre, sino en el nombre del Señor? ¡Oh, si pudiera ganar vuestros afectos y persuadiros a entregárselos a Cristo! ¡Ojalá sea yo el instrumento para traer vuestras almas a Cristo! ¡Ojalá sea yo el instrumento para uniros a vosotras y a Cristo en este día!

No os mostréis esquivas (recatadas, tímidas; reacias a comprometeros de forma definitiva), como posiblemente algunas de vosotras lo sois en otros amores: la modestia y el rubor virginal bien pueden sentaros cuando se os hacen propuestas de otra clase; pero aquí la esquivez es necedad, y la renuencia a aceptar esta propuesta es vergüenza. Tenéis diez mil veces más razón para ruborizaros por rechazar a Cristo como vuestro amado que por aceptarlo, pues de otro modo el diablo y el pecado arrebatarán vuestros afectos virginales. Nunca se os hizo mejor propuesta; nunca se os ofreció un enlace como este: el de uniros y desposaros con el Señor Jesucristo.

Considerad quién es el Señor Jesús, con quien se os invita a desposaros: él es el mejor esposo; no hay nadie comparable a Jesucristo.

¿Deseáis a alguien que sea grande? Él es de la más alta dignidad; es la gloria del cielo, el amado de la eternidad, admirado por los ángeles, temido por los demonios y adorado por los santos. Desposadas con un rey tan grande, ¿qué honra no tendréis por este desposorio?

¿Deseáis a alguien que sea rico? Nadie es comparable a Cristo: la plenitud de la tierra le pertenece. Si os desposáis con Cristo, participaréis de sus inescrutables riquezas; tomaréis de su plenitud, sí, gracia por gracia aquí, y en lo venidero seréis admitidas a la gloria y viviréis con este Jesús por toda la eternidad.

¿Deseáis a alguien que sea sabio? No hay nadie comparable a Cristo en sabiduría. Su conocimiento es infinito, y su sabiduría le corresponde. Y si estáis desposadas con Cristo, él os guiará y aconsejará, y os hará sabias para la salvación.

¿Deseáis a alguien que sea poderoso, que pueda defenderos de vuestros enemigos y de todos los insultos y vituperios de los fariseos de esta generación? No hay nadie que pueda igualar a Cristo en poder; porque el Señor Jesucristo tiene toda potestad.

¿Deseáis a alguien que sea bueno? No hay nadie como Cristo en este sentido; otros pueden tener alguna bondad, pero es imperfecta; la bondad de Cristo es completa y perfecta: él está lleno de bondad, y en él no hay mal alguno.

¿Deseáis a alguien que sea hermoso? Sus ojos son de lo más resplandecientes, sus miradas de amor arrebatan el alma, sus sonrisas son de lo más deleitosas y refrescantes para ella: Cristo es la persona más amable de todas cuantas hay en el mundo.

¿Deseáis a alguien que pueda amaros? Nadie puede amaros como Cristo. Su amor, mis queridas hermanas, es incomprensible; su amor sobrepasa todos los demás amores. El amor del Señor Jesús es primero, sin principio; su amor es libre, sin motivo alguno; su amor es grande, sin medida alguna; su amor es constante, sin mudanza alguna; y su amor es eterno.

Fue el amor del Señor Jesucristo, mis queridas hermanas, el que lo hizo descender del cielo y el que veló su divinidad en un alma y un cuerpo humanos; porque él es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Fue el amor el que lo sujetó al hambre, a la sed y a la tristeza; se humilló hasta la muerte por vosotras; por vosotras, las que estáis desposadas con él, padeció la muerte dolorosa, vergonzosa e ignominiosa de la cruz. ¿Y podéis, hermanas mías, oír esto y no conmoveros al pensar que el bendito Jesús sufrió todo esto por criaturas tan pecadoras como vosotras y yo? Y cuando, por amor, hubo terminado la redención en la tierra en cuanto a lo necesario para la satisfacción, fue su amor el que lo llevó de vuelta al cielo, donde estaba antes, para aplicar lo que había comprado, para interceder allí por aquellos a quienes había redimido, y para prepararles lugar, sí, moradas gloriosas junto a él, en la casa no hecha de manos, eterna en los cielos. Es por amor que envía a su pueblo, del cielo a la tierra, tales prendas, que les comunica por su Espíritu mediante sus ordenanzas. Ciertamente, pues, nadie merece tanto como el Señor Jesucristo que os desposéis con él: si estáis desposadas con Cristo, él es vuestro, todo lo que él es y todo lo que tiene; tendréis su corazón y participaréis de las muestras más escogidas de su más tierno amor.

El Señor Jesucristo, mis queridas hermanas, os ruega que seáis su esposa. Nosotros, los ministros, tenemos comisión del Señor Jesucristo para invitaros, en su nombre, a esto mismo; y las invitaciones de Cristo son reales, generales, frecuentes, fervientes y gratuitas.

Las invitaciones que Cristo os hace a ser su esposa son reales; y así como la cosa es real, así vosotras, mis queridas hermanas, sois realmente invitadas a ella. El Señor no se burla de vosotras ni os engaña, como algunos fingidos amantes que fingen amor a las doncellas hasta que han ganado sus afectos, y luego las abandonan falsa y vilmente, sin haber tenido nunca la intención de desposarse ni casarse con ellas; antes bien, el Señor tiene verdadera intención de lo que os propone en sus invitaciones: nunca desechó a ninguna cuyo consentimiento y afectos hubiera ganado. Además,

Las invitaciones de Cristo, mis queridas hermanas, son generales. Todas vosotras estáis invitadas, ninguna está excluida; toda clase de pecadores está invitada; los pecadores más viles y abominables, los transgresores más notorios, están invitados a ser esposa de Cristo, y serán tan bienvenidos como cualquiera a los abrazos de su amor.

Las invitaciones de Cristo son frecuentes: Jesucristo os llama con frecuencia; os ha esperado una y otra vez, un año tras otro; y ahora os invita, por medio de mí, en este día, a venir a él. No despreciéis esta invitación; recibidla con gozo y gratitud. Venid, os lo ruego, a este Jesús, que así os invita a ser su esposa. Además,

Las invitaciones de Cristo a ser su esposa son fervientes: él os llama, y no solo os llama, sino que os llama con fervor; sí, usa con vosotras muchos argumentos; os insta a venir a él; se resiste (le repugna) a aceptar de vosotras una negativa; llama, y llama fuerte, a la puerta de vuestros corazones para que lo recibáis; y ciertamente no rechazaréis al Señor de la vida y de la gloria, que murió por vosotras y se dio a sí mismo por vosotras. ¡Oh, mis queridas hermanas, sea esta la noche de vuestros desposorios con el Señor Jesucristo!

Os invita gratuitamente a ser su esposa, porque todas sus invitaciones son gratuitas; no espera de vosotras dote alguna, como hacen los amantes mundanos. No quiere nada de vosotras; antes bien, no debéis traer nada si queréis desposaros con el Señor Jesucristo. Si sois pobres, miserables, ciegas, desnudas, Jesucristo suplirá todas estas faltas por su libre misericordia; os llenará y os proveerá de todas las cosas de su tesoro; os hará dignas de él; os preparará para vivir con él para siempre.

Considerad que, una vez que estéis desposadas con Cristo, una vez unidas en esta relación, nunca seréis separadas de él; ni hombres ni demonios podrán separaros: nadie, nadie os desunirá; y cuando la muerte rompa todos los demás lazos, no romperá el lazo conyugal entre vosotras y Cristo, sino que os llevará a la posesión más plena y eterna de vuestro amado.

¿Y qué decís ahora, jóvenes? ¿Llevaré el sí para mi Señor, o seré despedido con un desaire y una negativa? No, no puedo llevar semejante mensaje a mi Señor; espero de vosotras, hermanas mías, mejores cosas, y cosas que acompañan a la salvación. Me parece que a estas alturas deberíais empezar a sentir inclinación por Jesucristo; parecéis desearlo; escucháis como si quisierais consentir. ¿Qué decís? ¿Se concertará esta noche el enlace entre Cristo y vuestras almas? ¡Ojalá sea yo el instrumento para unir vuestras manos, o más bien vuestros corazones! ¡Ojalá sea yo el instrumento para atar ese nudo que jamás podrá desatarse!

Algunas se casan deprisa y se arrepienten despacio; pero si una vez os desposarais con Jesucristo, nunca os arrepentiríais; nada os afligiría sino no haberos unido a él antes; y no os separaríais de él otra vez por nada del mundo.

¿Será este el día de vuestros desposorios? Algunas de vosotras habéis esperado mucho tiempo; ¿y queréis aplazarlo todavía más? Si no queréis ahora, quizá nunca tengáis otra oportunidad; esta puede ser la última vez que se os pide; y por tanto es peligroso rehusar. Algunas de vosotras sois muy jóvenes, demasiado jóvenes para otros desposorios; pero ninguna de vosotras, mis queridas hermanas, es demasiado joven para desposarse con el Señor Jesucristo. En otros desposorios necesitáis el consentimiento de vuestros padres; pero en este disponéis de vosotras mismas: podéis entregaros a Cristo, y debéis uniros a él, consientan vuestros padres o no.

Pero si alguna de vosotras preguntara qué debe hacer para desposarse con Cristo: debéis sentir vuestra necesidad de desposaros con él, y hasta que sintáis vuestra necesidad del Señor Jesucristo no podréis desposaros con él. Debéis tener deseos de este Jesús y buscarle para tener parte en él; debéis clamar a él cada noche para que os despose consigo; despojaos de la inmundicia del pecado y de todas sus contaminaciones; y luego, hermanas mías, vestíos de las vestiduras blancas y de los vestidos limpios que Cristo os ha preparado, los mantos de su justicia: con estas vestiduras seréis hermosas, y con estas vestiduras seréis aceptadas. Debéis llevar puesto el vestido de boda; debéis despojaros de todas vuestras buenas obras propias, porque no serían más que un medio para apartaros de Cristo; no, debéis venir no teniendo vuestra propia justicia, que es por la ley, sino que debéis tener la justicia de Cristo. Venid, pues, al Señor Jesucristo, y él os la dará; no os despedirá sin ella. Recibidle en sus propias condiciones, y él es vuestro para siempre. ¡Oh, consagraos a él, alma y cuerpo y todo, para ser suyas para siempre; y Cristo será vuestro, y entonces dichosas, dichosas vosotras de haber nacido! Pero si alguna de vosotras muere antes de este desposorio con el Señor Jesucristo, entonces, ¡ay, ay de vosotras, que alguna vez tuvisteis vida! Pero si vais a Cristo, seréis desposadas con el Señor Jesús: aunque vuestros pecados hayan sido muy grandes, sí, la sangre de Cristo os limpiará de ellos; el pacto matrimonial entre Cristo y vuestras almas disolverá todos vuestros pecados; entonces os cansaréis de vuestros viejos caminos, porque todas las cosas serán hechas nuevas en vuestras almas.

Ahora, mis queridas hermanas, concluiré diciendo apenas una o dos palabras a aquellas de vosotras que ya estáis desposadas con el Señor Jesucristo.

¡Oh, admirad, admirad la rica y libre gracia que os ha traído a esta relación! ¿No es esta una muestra del más grande amor: que seáis la esposa del Señor Jesucristo? Vosotras, que no teníais hermosura, que no teníais gracia, que estabais llenas de pecado: ¡que él abrace a criaturas como vosotras y yo; que seamos recibidas en el abrazo de este Señor Jesús! ¡Oh bondad infinita y condescendiente! ¡Oh amor asombroso! Reverenciad, reverenciad, os lo ruego, a este Señor Jesucristo.

Él es vuestro Señor, y debéis reverenciarle, amarle y serle fieles, someteros a él y cuidar de agradarle en todo; procurad mantener una comunión diaria con él; esperad, anhelad y preparaos para la segunda venida de Cristo, cuando se celebren las bodas entre vosotras y él, y viváis con él en moradas de gozo eterno, donde amaréis a este Rey de gloria y viviréis con él por los siglos de los siglos.

No sé cómo concluir; me parece que podría hablaros hasta la medianoche, si ello os trajera al Señor Jesucristo y os moviera a desposaros con él; porque, en verdad, ese será el desposorio que redundará en vuestro mayor provecho, como lo comprobaréis por experiencia si tan solo hacéis la prueba; y para que la hagáis, emplearé mis oraciones y mi constante empeño.

Yo, mis queridas hermanas, gastaré lo mío y aun yo mismo me gastaré por vosotras, y con la ayuda de Dios perseveraré en esto que he comenzado; y puesto que muchas de vosotras tendréis ocasión algún día de la semana, al anochecer, sin interrumpir los quehaceres de la vida, estaré, hermanas mías, o aquí o donde se os anuncie públicamente. No me importará ser vituperado o despreciado: los hombres de este mundo pueden emplear el lenguaje que quieran; pueden decir que soy metodista. En verdad, hermanas mías, estoy resuelto, por la gracia de Dios, a usar todos los métodos que pueda para arrancaros de Satanás, para que seáis como tizones arrebatados del incendio: este será mi método, que espero sea el medio de salvar eficazmente vuestras almas preciosas e inmortales.

Y si soy el instrumento de esto, me gozaré, sí, me gozaré a pesar de todo lo que hombres o demonios puedan decir o hacer en contra; y que el Señor Jesucristo me dirija y me ayude en todo tiempo a hacer lo que más contribuya a su gloria y al bien de vuestras almas; y que todas vosotras digáis a ello un sincero Amén.

«Ahora, el Señor Jesucristo, que es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos, os ayude y vele sobre vosotras, os guarde de todo mal y pecado aquí, y os presente irreprensibles delante de su Padre en el gran día de la cuenta. A este Señor Jesucristo, al Padre y al bendito Espíritu, tres personas y un solo Dios eterno e invisible, sea atribuida toda honra, poder, gloria, fortaleza, majestad y dominio, ahora, desde ahora y para siempre jamás. Amén, Amén.»

«La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todas vosotras, para consolaros en la tribulación y libraros de ella; para guardaros hasta vuestras respectivas moradas; y, una vez allí, para guardaros en su temor, a fin de que viváis para su gloria; para que el vivir sea Cristo, y el morir, vuestra eterna ganancia; de modo que viváis con él por las edades eternas y le cantéis aleluyas para siempre. Amén.»

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