Capítulo 55 · 28 min de lectura · 37 min de escucha
La persecución, suerte de todo cristiano
Cuando nuestro Señor tuvo a bien tomar sobre sí la forma de siervo e ir de lugar en lugar predicando el reino de Dios, aprovechó todas las ocasiones, en público y más especialmente en privado, para advertir a sus discípulos que no buscaran grandes cosas para sí, y también para prevenirlos de las muchas angustias, aflicciones y persecuciones que debían esperar sufrir por causa de su nombre. Por eso el gran apóstol Pablo, autor de esta epístola, siguiendo en esto, como en todo lo demás, las pisadas de su bendito Maestro, tiene particular cuidado, entre otras amonestaciones apostólicas, de advertir al joven Timoteo de las dificultades que debía esperar encontrar en el curso de su ministerio: «Esto también sepas, que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, sin santidad, sin afecto natural, desleales, calumniadores, destemplados, crueles, aborrecedores de los buenos, traidores, arrebatados, hinchados, amadores de los deleites más que de Dios; que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella: a estos evita. Porque de estos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias, que siempre están aprendiendo y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad. Y de la manera que Janes y Jambres (dos de los magos de Egipto) resistieron a Moisés (obrando milagros fingidos), así también estos resisten a la verdad; y (aunque mantienen la apariencia de la religión) son hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe». Pero, para impedir que se hundiera bajo la oposición de ellos, le dice que, aunque Dios, con sabios fines, permitía a estos falsos maestros, como a los magos, oponerse por algún tiempo, no irían ya más adelante: «Porque su insensatez (dice) será manifiesta a todos, como también lo fue la de aquellos (los magos)», cuando no podían estar delante de Moisés a causa del sarpullido; porque hubo sarpullido en los magos tanto como en todos los egipcios. Y luego, para animar todavía más a Timoteo, le propone su propio ejemplo: «Pero tú has seguido de cerca mi doctrina, conducta, propósito, fe, longanimidad, amor, paciencia, persecuciones, aflicciones, como las que me sobrevinieron en Antioquía, en Iconio, en Listra; persecuciones que he sufrido, y de todas me ha librado el Señor». Y después, para que Timoteo no pensara que aquel era solo el caso particular de Pablo, dice en las palabras del texto: «Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución».
Las palabras, sin considerarlas en su relación con el contexto, encierran una verdad importante: que la persecución es la suerte común de todo hombre piadoso. Dura es esta palabra; ¿cuán pocos pueden soportarla? Confío en que Dios, en el discurso que sigue, me capacitará para probarla, mostrando:
I. Qué es vivir piadosamente en Cristo Jesús.
II. Las diferentes clases de persecución a que están expuestos los que viven piadosamente.
III. Por qué los hombres piadosos deben esperar padecer persecución.
Por último, haremos la aplicación de todo.
1. Primero, consideremos qué es vivir piadosamente en Cristo Jesús. Esto supone que somos hechos justicia de Dios en Cristo, que hemos nacido de nuevo y somos uno con Cristo por una fe viva y una unión vital, así como Jesucristo y el Padre son uno. A menos que seamos así convertidos y transformados por la renovación de nuestro entendimiento, no puede decirse con propiedad que estemos en Cristo, y mucho menos que vivamos piadosamente en él. Estar en Cristo solo por el bautismo y por una profesión exterior no es estar en él en el sentido estricto de la palabra; no: «los que están en Cristo son nuevas criaturas; las cosas viejas pasaron, y todas son hechas nuevas» en sus corazones. Su vida está escondida con Cristo en Dios; sus almas se alimentan cada día de las realidades invisibles de otro mundo. «Vivir piadosamente en Cristo» es hacer de la voluntad divina, y no de la nuestra, el único principio de todos nuestros pensamientos, palabras y acciones; de modo que, «ya sea que comamos o bebamos, o hagamos otra cosa, lo hagamos todo para la gloria de Dios». De los que viven piadosamente en Cristo no tanto puede decirse que viven ellos, como que Cristo vive en ellos: él es su Alfa y su Omega, su primero y su último, su principio y su fin. Son guiados por su Espíritu como un niño es llevado de la mano por su padre, y están dispuestos a seguir al Cordero por dondequiera que los lleve. Oyen, conocen y obedecen su voz. Tienen puestos sus afectos en las cosas de arriba; sus esperanzas están llenas de inmortalidad; su ciudadanía está en los cielos. Nacidos de nuevo de Dios, viven habitualmente para Dios y andan con él cada día. Son de limpio corazón y, movidos por la fe en Cristo, son santos en toda su manera de vivir y en toda piedad.
Esto es «vivir piadosamente en Cristo Jesús»; y de aquí podemos aprender fácilmente por qué tan pocos padecen persecución: porque tan pocos viven piadosamente en Cristo Jesús. Podéis vivir formalmente en Cristo, podéis cumplir los deberes exteriores; podéis vivir moralmente en Cristo, podéis (como suele decirse) no hacer daño a nadie, y libraros de la persecución; pero los «que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución».
2. En segundo lugar, paso ahora a considerar qué significa la palabra persecución, y cuántas clases hay de ella.
La palabra persecución deriva de un vocablo griego que significa ir en pos de alguien, y por lo general implica perseguir a una persona a causa de su bondad, o del favor que Dios le tiene. La
Primera clase es la del corazón. Tenemos un ejemplo temprano de ella en el malvado Caín, quien, porque el Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, y no a él ni a su ofrenda, se ensañó en gran manera, decayó su semblante, y al fin mató cruelmente a su envidiado hermano. Así los fariseos aborrecieron y persiguieron a nuestro Señor mucho antes de echarle mano; y nuestro Señor menciona el ser aborrecidos interiormente por los hombres como una de las clases de persecución que sus discípulos habían de sufrir. Esta enemistad del corazón (si se me permite llamarla así) es la raíz de todas las demás clases de persecución, y se halla, en mayor o menor grado, en el alma de todo hombre no regenerado; y muchísimos son culpables de esta persecución, aunque nunca tengan en su mano perseguir de otro modo. Más aún, muchísimos pondrían de hecho en práctica todos los demás grados de persecución, si el nombre de persecución no se hubiera vuelto odioso entre los hombres, y si no corrieran con ello el riesgo de perder su reputación. ¡Ay, cuántos a quienes ahora no conocemos serán convictos y condenados en el gran día por haber abrigado toda su vida una secreta malquerencia contra Sion! Puede que ahora la oculten delante de los hombres; pero Dios ve la enemistad de sus corazones, y los juzgará como perseguidores en el grande y terrible día del juicio.
El segundo grado de persecución es el de la lengua; «de la abundancia del corazón habla la boca». Muchos, supongo, piensan que no hay mal alguno en lanzar saetas, sí, palabras amargas, contra los discípulos del Señor: esparcen sus llamas, saetas y muerte, y dicen: «¿Acaso no lo hacemos por broma?». Pero, por mucho que ellos lo tengan en poco, a los ojos de Dios el hablar mal es un alto grado de persecución. Así, la burla de Ismael contra Isaac se llama perseguirlo. «Bienaventurados sois (dice nuestro Señor) cuando os vituperen y os persigan, y digan de vosotros toda clase de mal, mintiendo, por mi causa». De donde podemos concluir que vituperar y decir toda clase de mal por causa de Cristo es un alto grado de persecución. Porque «mejor es la buena fama (dice el sabio) que el buen ungüento», y para muchos es más preciosa que la vida misma. Calumniar a cualquiera es una grave violación del sexto mandamiento; pero hablar mal de los discípulos de Cristo y calumniarlos, solo porque son sus discípulos, ha de ser sumamente provocador a los ojos de Dios; y los que son culpables de ello (si no se arrepienten) hallarán que Jesucristo los llamará a cuentas y los castigará por todas sus palabras impías y duras en un lago de fuego y azufre. Esta será la porción de su cáliz. La
Tercera y última clase de persecución es la que se expresa en hechos: como cuando los malvados apartan de su compañía a los hijos de Dios: «Bienaventurados seréis (dice nuestro Señor) cuando os aparten de su compañía»; o los exponen a censuras eclesiásticas: «Os echarán de las sinagogas»; cuando los amenazan y les prohíben hacer profesión abierta de su religión o de su culto; o cuando les vedan a los ministros predicar su palabra, como los sumos sacerdotes amenazaron a los apóstoles y «les intimaron que en ninguna manera hablasen en el nombre de Jesús», y Pablo respiraba amenazas y muerte contra los discípulos del Señor; o cuando los llevan ante los tribunales: «Seréis llevados ante gobernadores», dice nuestro Señor; o cuando los multan, los encarcelan o los castigan con la confiscación de sus bienes, con crueles azotes y, finalmente, con la muerte misma.
Sería imposible enumerar las diversas formas en que se ha presentado la persecución. Es un monstruo de muchas cabezas, cruel como el sepulcro, insaciable como el infierno; y, lo que es peor, por lo general se presenta bajo el manto de la religión. Pero, por cruel, insaciable y horrible que sea, los que viven piadosamente en Cristo Jesús deben esperar padecerla y hacerle frente en todas sus formas.
Esto es lo que hemos de probar en nuestro siguiente punto principal.
3. En tercer lugar, ¿por qué los hombres piadosos deben esperar padecer persecución? Y,
Primero, esto se ve por todo el tenor de la doctrina de nuestro Señor. Comenzaremos por su divino sermón del monte: «Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos». De modo que, si nuestro Señor dijo la verdad, no somos tan bienaventurados como para tener parte en el reino de los cielos, a menos que seamos o hayamos sido perseguidos por causa de la justicia. Más aún, nuestro Señor (y es digno de notarse) emplea tres versículos en esta bienaventuranza, y solo uno en cada una de las otras; no solo para mostrar que era cosa que los hombres (como hombres) no están dispuestos a creer, sino también que es consecuencia necesaria de que seamos cristianos. Esto es igualmente evidente por todos aquellos pasajes en que nuestro Señor nos dice que vino a la tierra «no para traer paz, sino espada»; y que la nuera estaría contra la suegra, y que los enemigos del hombre serían los de su casa. Pasajes que, aunque los falsos profetas los restringen al primer siglo, estoy persuadido de que se verán cumplidos en la experiencia de todos los verdaderos cristianos en esta y en toda época de la iglesia. Sería interminable contar todos los lugares en que nuestro Señor previene a sus discípulos de que serían llevados ante gobernantes y echados de las sinagogas; más aún, de que vendría el tiempo en que los hombres pensarían que rendían servicio a Dios al matarlos. Por esta razón declaró tan a menudo que «si alguno no renuncia a todo lo que posee, y aun no aborrece su propia vida, no puede ser su discípulo». Y por eso es digno de observarse que, en aquel notable pasaje en que nuestro Señor hace una promesa tan amplia a los que lo dejaron todo por él, inserta con cautela la persecución: «Y respondiendo Jesús, dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, y hermanos, y hermanas, y madres, e hijos, y tierras, con persecuciones (la palabra está en plural, e incluye toda clase de persecución); y en el siglo venidero la vida eterna». El que tiene oídos para oír, oiga lo que dice Cristo en todos estos pasajes, y luego confiese que todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución.
Así como esto se prueba por la doctrina de nuestro Señor, no es menos evidente por su vida. Seguidlo desde el pesebre hasta la cruz, y ved si hubo persecución alguna semejante a la que sufrió el Hijo de Dios, el Señor de la gloria, mientras estuvo aquí en la tierra. ¡Cómo lo aborrecieron los malvados! ¡Cuántas veces ese odio los habría movido a echarle mano, de no haber sido por temor al pueblo! ¡Cómo fue injuriado, tenido y llamado blasfemo, bebedor de vino, samaritano, y aun demonio; en una palabra, cómo se dijo falsamente contra él toda clase de mal! ¡Qué contradicción de pecadores sufrió contra sí mismo! ¡Cómo se apartaban los hombres de su compañía y se avergonzaban de andar con él abiertamente! Tanto que una vez dijo a sus propios discípulos: «¿Queréis acaso iros también vosotros?». Y además, ¡cómo fue apedreado, echado de las sinagogas, acusado como engañador del pueblo, como hombre sedicioso y pestilente, como enemigo del César, y como tal azotado, vendado, escupido y, al fin, condenado y clavado en un madero maldito! Así fue perseguido el Maestro, así padeció el Señor; y el siervo no es más que su maestro, ni el discípulo más que su señor. «Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán», dice el bendito Jesús. Y otra vez: «Todo el que fuere perfecto (un verdadero cristiano) será como su maestro», o padecerá como él padeció. Porque en todas estas cosas nuestro Señor nos ha dejado ejemplo, para que sigamos sus pisadas; y por tanto, lejos esté que alguno de los que viven piadosamente en Cristo Jesús espere de aquí en adelante librarse de padecer persecución.
Pero hay más: no solo el ejemplo de nuestro Señor, sino el de todos los santos que han vivido jamás, demuestra con evidencia la verdad de lo que el apóstol afirma en el texto. ¡Cuán pronto fue Abel hecho mártir por su religión! ¡Cómo fue escarnecido Isaac por el hijo de la esclava! ¡Y qué largo catálogo de santos del Antiguo Testamento que padecieron tenemos registrado en el capítulo 11 de Hebreos! Leed los Hechos de los Apóstoles, y ved cómo los primeros cristianos fueron amenazados, apedreados, encarcelados, azotados y perseguidos hasta la muerte. Examinad la historia de la Iglesia en las épocas posteriores, y hallaréis que la matanza de los inocentes por Herodes no fue más que las arras de la sangre inocente que había de derramarse por causa de Jesús. Examinad la experiencia de los santos que ahora viven en la tierra; y, si fuera posible consultar a los espíritus de los justos hechos perfectos, estoy persuadido de que cada uno coincidiría con el apóstol en afirmar que «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución».
¿Cómo podría ser de otro modo, por la naturaleza misma de las cosas? Desde la caída ha habido una enemistad irreconciliable entre la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente. Los malvados aborrecen a Dios, y por eso no pueden sino aborrecer a los que se le parecen; aborrecen ser corregidos, y por eso han de aborrecer y perseguir a quienes, con una conducta contraria, dan testimonio contra ellos de que sus obras son malas. Además, la soberbia del corazón lleva a los hombres a perseguir a los siervos de Jesucristo. Si los elogian, temen que se les pregunte: ¿Por qué no los seguís vosotros? Y así, como no se atreven a imitarlos, aunque a veces se vean incluso forzados a aprobar su camino, la soberbia y la envidia los convierten en perseguidores. De ahí que, como sucedía antes, así sucede ahora, y así sucederá hasta el fin de los tiempos: «el que nació según la carne (el hombre natural, persigue y) perseguirá al que nació según el Espíritu», al hombre regenerado. Porque los cristianos no son del mundo, sino que Cristo los ha escogido del mundo, por eso el mundo los aborrecerá. Si se objeta contra esta doctrina que ahora vivimos en un mundo cristiano, y que por tanto no debemos esperar una persecución como la de antes, respondo: no son cristianos todos los que así se llaman; y mientras el corazón no sea cambiado, la enemistad contra Dios (que es la raíz de toda persecución) permanece; y en consecuencia, los que falsamente se llaman cristianos perseguirán lo mismo que los demás. Por eso hice notar, al principio de este discurso, que Pablo menciona a los que tenían apariencia de religión como las personas de quienes Timoteo debía guardarse principalmente; porque, así como nuestro Señor y sus apóstoles fueron perseguidos sobre todo por sus compatriotas, los judíos, así debemos esperar el mismo trato de los formalistas de nuestra propia nación, los fariseos que parecen ser religiosos. Las persecuciones más horribles y bárbaras las han llevado a cabo quienes se llamaban cristianos; testigos de ello son los días de la reina María, y las multas, destierros y encarcelamientos de los hijos de Dios en el siglo pasado, y el odio amargo e irreconciliable que se manifiesta en miles que se llaman cristianos, aun en los días presentes en que vivimos.
Los que argumentan contra la persecución no se dan suficiente cuenta de la amarga enemistad que hay contra Dios en el corazón de todo hombre no regenerado. Por mi parte, estoy tan lejos de asombrarme de que los cristianos sean perseguidos, que lo que me asombra es que nuestras calles no corran con la sangre de los santos: si el poder de los hombres igualara a su voluntad, pronto se vería tan horrible espectáculo. Pero,
La persecución es necesaria con respecto a los piadosos mismos. Si no se dice de nosotros toda clase de mal, ¿cómo podremos saber si buscamos solo la honra que viene de arriba? Si no tenemos perseguidores, ¿cómo se mantendrán en ejercicio nuestras gracias pasivas? ¿Cómo podrán ponerse en práctica muchos preceptos cristianos? ¿Cómo podremos amar a los que nos ultrajan, orar por ellos y hacerles bien? ¿Cómo podremos vencer con el bien el mal? En suma, ¿cómo podremos saber que amamos a Dios más que a la vida misma? Pablo era consciente de todo esto, y por eso afirma de modo tan positivo y terminante que «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución».
No es que yo afirme que todos son perseguidos en igual grado. No; eso sería contrario tanto a la Escritura como a la experiencia. Pero, aunque no todos los cristianos son llamados de hecho a sufrir toda clase de persecución, todos los cristianos están expuestos a ella; y aunque algunos vivan en tiempos más pacíficos de la iglesia que otros, todos los cristianos, en todas las épocas, hallarán por su propia experiencia que, ya sea que actúen como particulares o en un cargo público, han de padecer persecución en mayor o menor grado.
Aquí, pues, quisiera detenerme y, por último, a modo de aplicación, exhortar a todos:
Primero, a detenerse un momento y examinarse a sí mismos. Porque, por lo que se ha dicho, podéis sacar una señal por la cual juzgar si sois cristianos o no. ¿Habéis sido alguna vez perseguidos por causa de la justicia? Si no, todavía no habéis vivido nunca piadosamente en Cristo nuestro Señor. Digáis lo que digáis en contrario, el apóstol inspirado, en las palabras del texto (cuya verdad creo haber probado suficientemente), afirma positivamente que todos los que quieren vivir piadosamente en él padecerán persecución. No es que todos los que son perseguidos sean verdaderos cristianos; porque muchos a veces padecen y son perseguidos por otros motivos que no son la justicia. La gran cuestión, por tanto, es esta: ¿habéis sido alguna vez perseguidos por vivir piadosamente? Podéis jactaros de vuestra gran prudencia y sagacidad (y a la verdad son cosas excelentes), y gloriaros de que no habéis llegado a tales extremos, ni os habéis hecho tan singulares y expuestos a tanto desprecio como algunos otros. Pero, ¡ay!, esto no es señal de que tengáis un espíritu cristiano, sino un espíritu de Laodicea, ni caliente ni frío, apto solo para ser vomitado de la boca de Dios. Lo que llamáis prudencia no es muchas veces sino cobardía, una hipocresía espantosa, soberbia del corazón, que os hace temer el desprecio y os da miedo entregar vuestra reputación por Dios. Os avergonzáis de Cristo y de su evangelio; y con toda probabilidad, si él apareciera por segunda vez en la tierra, lo negaríais de palabra tanto como de obra. Despertad, pues, todos los que vivís solo formalmente en Cristo Jesús, y no busquéis más la honra que viene de los hombres. No deseo cortejaros, sino que os suplico que viváis piadosamente y no temáis el desprecio por causa de Jesucristo. Rogad a Dios que os dé su Espíritu Santo, para que veáis a través de la hipocresía escondida de vuestros corazones y la descubráis, y no engañéis más a vuestras propias almas. Recordad que no podéis reconciliar dos cosas irreconciliables, a Dios y a Mamón, la amistad de este mundo con el favor de Dios. ¿No sabéis quién os ha dicho que «la amistad del mundo es enemistad con Dios»? Si estáis, pues, en amistad con el mundo, a pesar de todas vuestras especiosas pretensiones de piedad, estáis enemistados con Dios: no sois más que hipócritas de corazón; y «¿cuál es la esperanza del hipócrita, cuando Dios le quite la vida?». Que las palabras del texto hagan sonar la alarma en vuestros oídos; ¡oh, que se hundan profundamente en vuestros corazones!: «Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución».
En segundo lugar, de las palabras del texto quisiera tomar ocasión para hablar a los que están a punto de alistarse bajo la bandera de la cruz de Cristo. ¿Qué decís? ¿Estáis resueltos a vivir piadosamente en Cristo Jesús, aunque la consecuencia sea que tendréis que padecer persecución? Estáis comenzando a edificar; pero ¿habéis seguido el consejo de nuestro Señor de «sentaros primero y calcular el gasto»? ¿Habéis pesado bien en vuestro interior aquella grave declaración: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí»; y otra vez: «Si alguno no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo»? Quizá algunos de vosotros tenéis muchas posesiones; ¿no os iréis tristes si Cristo os pidiera que vendierais todo lo que tenéis? Otros de vosotros, a su vez, quizá sois parientes, o estáis emparentados de algún modo, o tenéis obligaciones con los sumos sacerdotes u otros grandes personajes que tal vez estén persiguiendo a la iglesia de Cristo: ¿qué decís? ¿Escogeréis, con Moisés, «antes ser maltratados con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado»? Quizá diréis: mis amigos no se me opondrán. Eso es más de lo que sabéis: con toda probabilidad vuestros principales enemigos serán los de vuestra propia casa. Si, pues, se os opusieran, ¿estáis dispuestos a seguir desnudos a un Cristo desnudo? ¿Y a andar de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, por las cuevas y las cavernas de la tierra, pobres, angustiados, maltratados, antes que dejar de ser discípulos de Cristo? Ahora todos seguís con celo, como Rut y Orfa seguían a Noemí, y quizá lloréis bajo la palabra; pero ¿no son vuestras lágrimas lágrimas de cocodrilo? Y cuando vengan las dificultades, ¿no os volveréis atrás de seguir a vuestro Señor, como Orfa se apartó de seguir a Noemí? ¿Tenéis de veras la raíz de la gracia en vuestros corazones? ¿O sois solo oyentes de pedregal? Recibís la palabra con gozo; pero, cuando venga la persecución por causa de la palabra, ¿no tropezaréis enseguida? No os enojéis conmigo por haceros estas preguntas. Os celo, pero con celo de Dios; porque, ¡ay!, ¡cuántos han puesto la mano en el arado y después han mirado vergonzosamente atrás! Solo os trato como nuestro Señor trató a aquel que le dijo: «Señor, te seguiré adondequiera que vayas. Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre (dice él) no tiene dónde recostar la cabeza». ¿Qué decís? ¿Estáis dispuestos a sufrir penalidades, y a mostraros así buenos soldados de Jesucristo? Ahora venís a pie desde los pueblos y aldeas a oír la palabra, y me recibís como mensajero de Dios; pero ¿no gritaréis dentro de poco: Fuera con él, fuera con él; no conviene que un hombre así viva sobre la tierra? Quizá algunos de vosotros, como Hazael, diréis: «¿Somos perros, para que hagamos esto?». Pero, ¡ay!, he conocido a muchas almas desdichadas que han retrocedido para perdición, y después me han tenido por su enemigo por haberlas tratado con fidelidad, aunque en otro tiempo, si hubiera sido posible, se habrían sacado sus propios ojos para dármelos. Sentaos, pues, os lo suplico, y calculad seriamente el gasto, y preguntaos una y otra vez si tenéis todas las cosas por estiércol y escoria, y si estáis dispuestos a sufrir la pérdida de todas las cosas con tal de ganar a Cristo y ser hallados en él; porque podéis estar seguros de que el apóstol no ha hablado en vano: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución».
En tercer lugar, el texto os habla a vosotros que estáis padeciendo con paciencia por causa de la verdad: «Gozaos y alegraos; grande será vuestra recompensa en los cielos». Porque a vosotros os es concedido no solo creer, sino también padecer, y quizá de manera notable, por causa de Jesús. Esta es una señal de que sois sus discípulos, una prueba de que vivís de veras piadosamente en Cristo Jesús. No temáis, pues, ni desmayéis. ¡Oh, no os canséis ni desfallezcáis en vuestro ánimo! Jesús, vuestro Señor, vuestra vida, viene, y su galardón está con él. Aunque todos los hombres os abandonen, él no lo hará; no: el Espíritu de Cristo y de gloria reposará sobre vosotros. Con vuestra paciencia, pues, ganad vuestras almas. Santificad al Señor Dios en vuestros corazones. En nada os dejéis intimidar por vuestros adversarios: de parte de ellos, Cristo es blasfemado; pero de parte vuestra, es glorificado. No os avergoncéis de vuestra gloria, puesto que otros pueden gloriarse en su vergüenza. No os sorprendáis del fuego de prueba con que sois o podáis ser probados. El diablo se enfurece, sabiendo que le queda poco tiempo para reinar. Ni él ni sus emisarios tienen más poder que el que les es dado de arriba: Dios les pone sus límites, que no pueden traspasar; y aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; nadie se lanzará sobre vosotros para haceros mal sin que lo sepa vuestro Padre celestial. ¿Os abandonan vuestros amigos y vuestros padres terrenales? ¿Sois echados de las sinagogas? El Señor se os revelará como al hombre que nació ciego. Jesucristo os recogerá. Si os llevan a la cárcel y os cargan de cadenas, de modo que el hierro entre en vuestra alma, aun allí enviará Cristo un ángel del cielo para fortaleceros y capacitaros, como a Pablo y a Silas, para «cantar alabanzas a medianoche». ¿Os amenazan con arrojaros en un foso de leones o echaros en un horno de fuego ardiendo, porque no queréis postraros y adorar a la bestia? No temáis; el Dios a quien servís puede libraros; o, si permitiera que las llamas devoraran vuestros cuerpos, no harían sino servir, como otros tantos carros de fuego, para llevar vuestras almas a Dios. Así sucedió con los mártires de antaño; tanto que uno de ellos, mientras ardía, exclamó: «¡Venid, papistas, si queréis un milagro, aquí tenéis uno! Este lecho de llamas es para mí un lecho de plumas». Así sucedió con casi todos los que padecieron en tiempos pasados; porque Jesús, aunque retiró de sí mismo su propia divinidad, ha alzado siempre la luz de su rostro sobre las almas de los santos que padecen. «No temáis, pues, a los que matan el cuerpo, y después no tienen más que hacer; sino temed solo a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno». ¡Atreveos, atreveos a vivir piadosamente en Cristo Jesús, aunque padezcáis toda clase de persecución! Pero,
En cuarto lugar, ¿hay aquí algunos verdaderos ministros de Jesucristo? No os ofenderéis si os digo que las palabras del texto se os aplican de un modo muy especial. Pablo las escribió a Timoteo; y nosotros, de todos los hombres que viven piadosamente en Cristo Jesús, debemos esperar padecer la persecución más severa. Satanás procurará herirnos en el calcañar, escape quien escape; y ha sido el modo general de la providencia de Dios, en tiempos de persecución, permitir que los pastores sean heridos primero, antes de que se dispersen las ovejas. No mostremos, pues, que somos solo asalariados a quienes no les importan las ovejas; sino que, como el gran Pastor y Obispo de las almas, pongamos de buena gana nuestra vida por las ovejas. Mientras otros se jactan de sus grandes ascensos, gloriémonos más bien en nuestras grandes aflicciones y persecuciones por causa de Cristo. Pablo se gozaba de padecer aflicciones y persecuciones en Iconio y en Listra: de todas lo libró el Señor; de todas nos librará el Señor a nosotros, y nos hará sentarnos un día con él en tronos, cuando venga a juzgar a las doce tribus de Israel.
Podría continuar; pero tengo conciencia de que en esta parte de mi discurso debo hablarme más particularmente a mí mismo, sabiendo que Satanás ha pedido tenerme para zarandearme como a trigo. Sin espíritu de profecía, podemos discernir fácilmente las señales de los tiempos. La persecución está ya a las puertas: el tabernáculo del Señor ha sido ya arrojado al desierto; el arca del Señor ha caído en las manos profanas de los filisteos incircuncisos. Hace tiempo que nos echaron de sus sinagogas, y los sumos sacerdotes han estado instando a los magistrados civiles a que ejerzan su autoridad contra los discípulos del Señor. Hombres poderosos han estado respirando amenazas: fácilmente podemos adivinar lo que seguirá, cárcel y muerte. La tormenta se ha estado formando desde hace algún tiempo; ha de estallar en breve. Quizá caiga primero sobre mí.
Por tanto, hermanos, estéis o no en el ministerio, os ruego que «oréis por mí», para que nunca padezca justamente, como malhechor, sino solo por causa de la justicia. ¡Oh, orad para que en ninguna manera niegue a mi Señor, sino que lo siga gozoso, aun a la cárcel y a la muerte, si le agrada llamarme a sellar sus verdades con mi sangre! No os avergoncéis de Cristo ni de su evangelio, aunque yo llegue a ser un preso del Señor. Aunque yo esté preso, la palabra de Dios no estará presa; no: una puerta abierta y eficaz se ha abierto para predicar el evangelio eterno, y ni hombres ni demonios podrán jamás prevalecer contra ella. Orad solamente para que, sea por vida o por muerte, Cristo sea glorificado en mí: entonces me gozaré, sí, y me gozaré aún.
Y ahora, ¿a quiénes me dirigiré a continuación?
En quinto lugar, a los que persiguen a sus vecinos por vivir piadosamente en Cristo Jesús. Pero ¿qué os diré a vosotros? Aullad y llorad por las miserias que os vendrán; porque por un poco de tiempo el Señor os permite cabalgar sobre las cabezas de su pueblo; pero, dentro de poco, la muerte os arrestará, el juicio os alcanzará, y Jesucristo os hará una pregunta que os dejará mudos: ¿por qué me perseguisteis? Podréis alegar vuestras leyes y vuestros cánones, y pretender que lo que hacéis es por celo de Dios; pero Dios descubrirá la maldita hipocresía y la enemistad de serpiente de vuestros corazones, y os entregará a los verdugos. Bien estará si en esta vida Dios no pone sobre vosotros alguna señal. Él defendió la causa de Nabot, cuando fue condenado siendo inocente por haber blasfemado a Dios y al rey; y nuestro Señor envió sus ejércitos y destruyó la ciudad de los que mataban a los profetas y apedreaban a los que les eran enviados. Si tenéis, pues, el propósito de colmar la medida de vuestras iniquidades, seguid adelante, perseguid y despreciad a los discípulos del Señor; pero sabed «que sobre todas estas cosas os traerá Dios a juicio». Más aún, aquellos a quienes ahora perseguís serán en parte vuestros jueces, y se sentarán a la diestra de la Majestad en las alturas, mientras vosotros sois arrastrados por espíritus infernales a un lago que arde con fuego y azufre, y el humo de vuestro tormento subirá por los siglos de los siglos. Deponed, pues, rebeldes, vuestras armas contra el Dios altísimo, y no persigáis más a los que viven piadosamente en Cristo Jesús. El Señor defenderá, el Señor vengará su causa. Puede que se os permita herirlos en el calcañar, pero al fin ellos os herirán en vuestras malditas cabezas. No digo esto como si os tuviera miedo, porque yo sé a quién he creído; solo os lo advierto por puro amor, y porque no sé si Jesucristo hará de algunos de vosotros vasos de misericordia, y os arrebatará, aun a vosotros, perseguidores, como tizones del fuego. Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, aun a los perseguidores, los peores de los pecadores: su justicia les basta; su Espíritu puede purificar y cambiar sus corazones. Él convirtió una vez a Saulo: ¡quiera el mismo Dios engrandecer su poder convirtiendo a todos aquellos que, en cuanto está de su parte, hacen padecer persecución a los piadosos en Cristo Jesús! El Señor sea con todos vosotros. Amén.
Capítulo 55 completado
La persecución, suerte de todo cristiano