Sermones escogidos de George Whitefield
La intercesión, deber de todo cristiano

Capítulo 54 · 21 min de lectura · 27 min de escucha

La intercesión, deber de todo cristiano

Si indagamos por qué se halla tan poco amor entre los cristianos, por qué el rasgo mismo por el cual todos deberían conocer que somos discípulos del santo Jesús está casi desterrado del mundo cristiano, hallaremos que se debe, en gran medida, al descuido o a la práctica superficial de esa excelente parte de la oración que es la intercesión, es decir, implorar la gracia y la misericordia divinas en favor de otros.

Algunos olvidan este deber de orar por los demás porque rara vez se acuerdan de orar por sí mismos; y aun los que son constantes en orar a su Padre que está en los cielos son a menudo tan egoístas en sus ruegos ante el trono de la gracia que no ensanchan sus peticiones por el bien de sus hermanos cristianos como debieran; y así no llegan a alcanzar esa caridad cristiana, ese amor no fingido a sus hermanos, al que su sagrada profesión los obliga a aspirar, y sin el cual, aunque repartieran todos sus bienes para dar de comer a los pobres, y aun entregaran su cuerpo para ser quemado, de nada les serviría.

Siendo esto así, me esforzaré, a partir de las palabras del texto (aunque en su origen tenían un sentido más restringido), en mostrar:

I. Primero, que es deber de todo cristiano orar por los demás tanto como por sí mismo.

II. Segundo, por quiénes debemos orar y de qué manera hemos de hacerlo. Y,

III. Tercero, ofreceré algunos motivos para mover a todos los cristianos a abundar en este gran deber de la intercesión.

I. Primero, procuraré mostrar que es deber de todo cristiano orar por los demás tanto como por sí mismo.

Ahora bien, la oración es un deber fundado en la religión natural; ni los mismos paganos la descuidaron jamás, aunque sí la descuidan muchos paganos cristianos entre nosotros; y es tan esencial al cristianismo que con igual razón podríais esperar hallar a un hombre vivo sin aliento que a un verdadero cristiano sin el espíritu de oración y de súplica. Así, apenas se convirtió san Pablo, «he aquí, él ora», dice el Señor Todopoderoso. Y así sucederá con todo hijo de Dios en cuanto llega a serlo, pues con razón se ha llamado a la oración el clamor natural del alma recién nacida.

Porque en el corazón de todo verdadero creyente hay una inclinación celestial, una atracción divina, que lo arrastra a conversar con Dios tan sensiblemente como el imán atrae a la aguja.

Un hondo sentimiento de su propia flaqueza y de la plenitud de Cristo, una firme convicción de su corrupción natural y de la necesidad de la gracia que renueva, no los dejarán descansar de clamar día y noche a su Redentor todopoderoso, para que la imagen divina que perdieron en Adán sea, por su mediación omnipotente y por la obra santificadora de su bendito Espíritu, comenzada, proseguida y perfeccionada del todo, tanto en sus almas como en sus cuerpos.

Así de fervientes, así de insistentes son todos los cristianos sinceros al orar por sí mismos; pero, como no tienen un sentimiento tan vivo, tan duradero y tan hondo de las necesidades de sus hermanos cristianos, son por lo general demasiado remisos y deficientes en sus oraciones por ellos. En cambio, si el amor de Dios estuviera derramado en nuestros corazones, y amáramos a nuestro prójimo del modo en que el Hijo de Dios, nuestro Salvador, nos amó, y conforme a su mandamiento y su ejemplo, no podríamos sino rogar con tanta insistencia por el bien espiritual y temporal de ellos como por el nuestro, y desear y procurar con tanto fervor que otros participen de los beneficios de la muerte y pasión de Jesucristo como nosotros mismos.

Nadie piense que este es un grado de caridad poco común, una altura de perfección que no todos pueden alcanzar; porque si a todos se nos manda «amar a nuestro prójimo (es decir, a todo hombre) como a nosotros mismos», y aun «poner nuestras vidas por los hermanos», entonces es deber de todos orar por su prójimo tanto como por sí mismos, y mostrar en todo tiempo, con todos los actos y muestras posibles de amor y de afecto hacia ellos, que están dispuestos aun a dar la vida por ellos, si alguna vez agradara a Dios llamarlos a ello.

Nuestro bendito Salvador, así como en todo lo demás «nos dejó ejemplo, para que sigamos sus pisadas», así lo hizo muy especialmente en esto; porque en aquella oración divina, perfecta e inimitable (registrada en el capítulo 17 de san Juan) que elevó poco antes de su pasión, hallamos pocas peticiones por sí mismo, aunque muchas por el bien de sus discípulos; y en aquel modelo perfecto que se dignó prescribirnos se nos enseña a decir, no mi Padre, sino «Padre nuestro», para recordarnos así que, siempre que nos acercamos al trono de la gracia, no debemos orar solo por nosotros, sino por todos nuestros hermanos en Cristo.

La intercesión es, pues, sin duda, un deber que incumbe a todos los cristianos.

II. Por quiénes hemos de interceder, y cómo ha de cumplirse este deber, es lo que toca considerar a continuación.

1. Y en primer lugar, nuestra intercesión debe ser universal. «Quiero (dice el apóstol) que se hagan oraciones, súplicas e intercesiones por todos los hombres». Porque así como la misericordia de Dios está sobre todas sus obras, y Jesucristo murió para redimir un pueblo de todas las naciones y lenguas, así debemos orar para que «todos los hombres vengan al conocimiento de la verdad, y sean salvos». En las santas Escrituras se hallan muchas preciosas promesas de que el evangelio será publicado por todo el mundo, de que «la tierra será llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren el mar»; y por eso es nuestro deber no limitar nuestras peticiones a nuestra propia nación, sino orar para que todas las naciones que ahora habitan en tinieblas y en sombra de muerte vean resplandecer sobre ellas el glorioso evangelio, lo mismo que sobre nosotros. Pero no tenéis necesidad de que nadie os enseñe esto, pues vosotros mismos sois enseñados por Dios, y por Jesucristo mismo, a pedir que venga su reino; y parte del sentido de esa petición es que «sean conocidos en la tierra los caminos de Dios, y en todas las naciones su salvación».

2. Después de orar por todos los hombres, debemos, conforme a la regla de san Pablo, orar por los reyes; en particular por nuestro actual soberano, el rey Jorge, y por todos los que están constituidos en autoridad bajo él, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque si consideramos cuán pesada es la carga del gobierno, y cuánto depende el bien de cualquier pueblo del celo y de la conducta piadosa de quienes lo gobiernan; si ponemos delante de nosotros los muchos peligros y dificultades a que los gobernantes están expuestos por su posición, y las continuas tentaciones de lujo y de regalo en que se hallan, no solo nos compadeceremos de ellos, sino que oraremos por ellos: que aquel que guardó a Ester, a David y a Josías «sin mancha del mundo» en medio de la grandeza de una corte, y dio éxito a sus designios, los guarde también a ellos santos e irreprensibles, y prospere sobre ellos toda la obra de sus manos. Pero

3. En tercer lugar, debéis orar de un modo muy especial por aquellos a quienes «el Espíritu Santo os ha puesto por obispos». Esto es lo que san Pablo pide una y otra vez a las iglesias a las que escribe. Dice en el texto: «Hermanos, orad por nosotros»; y otra vez, en su epístola a los Efesios: «orando en todo tiempo con toda súplica; y por mí, para que me sea dada palabra en el abrir de mi boca con denuedo, para dar a conocer el misterio del evangelio». Y en otro lugar, para expresar su fervor en esta petición y la gran importancia que tenían para él sus oraciones, ruega a la iglesia que «luchen (o, como significa la palabra original, que estén en agonía) juntamente con él en sus oraciones». Y ciertamente, si el gran san Pablo, aquel instrumento escogido, aquel favorito del cielo, necesitaba las oraciones más insistentes de sus convertidos, mucho más necesitan los ministros ordinarios del evangelio la intercesión de sus respectivos rebaños.

Y no puedo dejar de insistir de un modo muy especial en esta parte de vuestro deber, porque es asunto de tanta importancia; pues sin duda a muchos se les retiene con frecuencia mucho bien por descuidar la oración por sus ministros, bien que habrían recibido si hubieran orado por ellos como debían. Por no mencionar que la gente se queja a menudo de la falta de pastores diligentes y fieles. Pero ¿cómo merecen buenos pastores quienes no quieren pedírselos a Dios con fervor? Si no rogamos al Señor de la mies, ¿cómo esperar que envíe obreros a su mies?

Además, ¡qué ingratitud es no orar por vuestros ministros! ¿Van ellos a velar y a trabajar en la palabra y la doctrina por vosotros y por vuestra salvación, y no vais vosotros a orar por ellos en reciprocidad? Si alguien hace favores a vuestros cuerpos, os parece justo, digno y vuestro deber obligado orar por él; ¿y no serán recordados en vuestras oraciones los que cada día alimentan y nutren vuestras almas? Añadid a todo esto que orar por vuestros ministros será una prueba manifiesta de que creéis que, aunque Pablo plante y Apolos riegue, solo Dios da el crecimiento. Y hallaréis también que es el mejor medio que podéis usar para promover vuestro propio bien; porque Dios, en respuesta a vuestras oraciones, puede impartirles una doble porción de su Espíritu Santo, con lo cual quedarán capacitados para repartiros mayor medida de conocimiento en las cosas espirituales, y para trazar con más destreza la palabra de verdad.

Si los hombres guardaran constantemente esta norma, y cuando sus ministros oran a Dios en nombre de ellos le suplicaran humildemente que cumpla todas sus peticiones, o cuando les hablan en nombre de Dios oraran para que el Espíritu Santo caiga sobre todos los que oyen la palabra, veríamos un efecto más visible y benéfico de su doctrina, y un mayor amor mutuo entre los ministros y su pueblo. Porque entonces las manos de los ministros serían sostenidas por las intercesiones del pueblo, y el pueblo jamás se atrevería a vilipendiar ni a calumniar a quienes son objeto constante de sus oraciones.

4. Después de nuestros ministros, nuestros amigos reclaman un lugar en nuestras intercesiones; pero no debemos contentarnos con orar por ellos en términos generales, sino ajustar nuestras oraciones a sus circunstancias particulares. Cuando María fue herida de lepra por Dios, Moisés clamó y dijo: «Señor, sánala». Y cuando el noble vino a acudir a Jesucristo en favor de su hija, dijo: «Señor, mi hijita está a punto de morir; te ruego que vengas y la sanes». Del mismo modo, cuando nuestros amigos se hallan en alguna aflicción, debemos procurar orar por ellos teniendo en cuenta particularmente esas circunstancias. Por ejemplo, ¿está enfermo un amigo? Debemos orar para que, si es la buena voluntad de Dios, su enfermedad no sea para muerte; pero si fuera de otro modo, que le dé gracia para recibir de tal manera su visitación que, acabada esta vida dolorosa, more con él en la vida eterna. ¿Está un amigo en duda sobre un asunto importante? Debemos presentar su causa delante de Dios, como hizo Moisés con la de las hijas de Zelofehad, y orar para que el Espíritu Santo de Dios lo guíe a toda verdad y le dé toda dirección oportuna. ¿Está en necesidad? Debemos orar para que su fe no falte nunca y para que, a su debido tiempo, Dios lo socorra. Y en todos los demás casos no debemos orar por nuestros amigos solo de manera general, sino ajustar nuestras peticiones a sus sufrimientos y aflicciones particulares; pues de lo contrario quizá nunca pidamos lo que nuestros amigos más necesitan.

Hay que reconocer que tal proceder obligará a algunos a apartarse a menudo de las fórmulas que usan; pero si nos acostumbramos a ello, y tenemos un hondo sentimiento de lo que pedimos, aun el más iletrado no carecerá de palabras apropiadas para expresarse.

Tenemos en las santas Escrituras muchos nobles ejemplos del éxito de esta clase de intercesión particular; pero ninguno más notable que el del siervo de Abraham, en el libro de Génesis, que, enviado a buscar esposa para Isaac, el hijo de su amo, oró de la manera más particular por él. Y el resto de la historia nos cuenta de qué modo tan notable fue contestada su oración. Y si los cristianos oraran hoy por sus amigos de esa misma manera particular, y con la misma fe con que el siervo de Abraham oró por su amo, recibirían sin duda en muchos casos respuestas igual de visibles, y tendrían tanta razón como él para bendecir a Dios por ellas. Pero

5. Así como debemos interceder por nuestros amigos, de igual manera debemos orar también por nuestros enemigos. «Bendecid a los que os maldicen (dice Jesucristo), y orad por los que os ultrajan y os persiguen». Mandamientos que él reforzó del modo más poderoso con su propio ejemplo: en las mismas agonías y angustias de la muerte oró aun por sus asesinos: «¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!». Hay que confesar que este es un deber difícil, pero no imposible para quienes han renunciado a las cosas de esta vida presente (de cuyo amor desordenado nacen todas las enemistades), y que, conociendo los terribles ayes pronunciados contra los que hacen tropezar a los pequeños de Cristo, pueden, por verdadera compasión y sabiendo el peligro en que están, orar por aquellos por quienes vienen tales escándalos.

6. Por último, y para concluir este punto, debemos interceder por todos los que están de algún modo afligidos en el alma, en el cuerpo o en sus bienes; por todos los que desean y necesitan nuestras oraciones, y por todos los que no oran por sí mismos.

¡Y ojalá todos los que me oís apartarais cada día algún tiempo para cumplir debidamente este deber tan necesario! Para lo cual,

Pasaré ahora,

III. A mostrar las ventajas, y a ofrecer algunas consideraciones para moveros a la práctica de la intercesión diaria. Y

1. Primero, llenará vuestros corazones de amor los unos por los otros. El que cada día intercede de corazón ante el trono de la gracia por todo el género humano no puede sino llenarse en poco tiempo de amor y caridad hacia todos; y el ejercicio frecuente de su amor de esta manera ensanchará insensiblemente su corazón, y lo hará partícipe de aquella sobreabundancia de amor que hay en Cristo Jesús nuestro Señor. La envidia, la malicia, la venganza y otras disposiciones infernales semejantes nunca podrán anidar mucho tiempo en el pecho de quien intercede movido por la gracia; antes será lleno de gozo, de paz, de mansedumbre, de longanimidad y de todas las demás gracias del Espíritu Santo. Al presentar con frecuencia ante Dios las necesidades de su prójimo, se compadecerá de ellas como quien las siente; se gozará con los que se gozan y llorará con los que lloran. Toda bendición concedida a otros, en vez de despertar envidia en él, la mirará como respuesta a su intercesión particular, y llenará su alma de gozo inefable y glorificado.

Abundad, pues, en actos de intercesión general y particular; y cuando oigáis de las faltas de vuestro prójimo, en lugar de contarlas a otros y exponerlas ante ellos, presentadlas en secreto delante de Dios, y rogadle que las corrija y las enmiende. Cuando oigáis de algún pecador notorio, en lugar de pensar que hacéis bien en enojaros, rogad a Jesucristo que lo convierta y lo haga un monumento de su gracia gratuita; ¡no podéis imaginar qué bendito cambio obrará esta práctica en vuestro corazón, y cuánto creceréis de día en día en el espíritu de amor y de mansedumbre hacia todo el género humano!

Pero, además, para moveros a la práctica constante de este deber de la intercesión, considerad los muchos ejemplos que hay en las santas Escrituras de su poder y eficacia. Allí se registran cosas grandes y excelentes como efectos de este divino ejercicio. Ha detenido plagas, ha abierto y cerrado el cielo, y muchas veces ha apartado de su pueblo el furor de Dios. ¡Cómo fue librada la casa de Abimelec de la enfermedad que Dios había enviado sobre ellos, por la intercesión de Abraham! ¡Cuando «Finees se levantó y oró», cuán pronto cesó la plaga! ¡Cuando Daniel humilló y afligió su alma, e intercedió por la heredad del Señor, cuán presto fue enviado un ángel a decirle que «su oración había sido oída»! Y, por mencionar solo un ejemplo más, ¡cómo se reconoce Dios, por así decirlo, vencido por la insistencia de Moisés cuando intercedía por su pueblo idólatra: «Déjame», dice Dios!

Esto muestra suficientemente, casi podría decir, la omnipotencia de la intercesión, y cómo podemos, como Jacob, luchar con Dios y, con una santa violencia, prevalecer tanto para nosotros como para otros. Y sin duda se debe a las intercesiones secretas y poderosas de las pocas almas justas que aún quedan entre nosotros que Dios haya perdonado hasta ahora a esta nación tan miserablemente pecadora; porque si no quedaran algunos fieles como estos, que, como Moisés, se pusieran en la brecha, pronto seríamos destruidos como lo fue Sodoma, y reducidos a cenizas como Gomorra.

Pero, para avivaros todavía más en este ejercicio de la intercesión, considerad que, con toda probabilidad, es ocupación frecuente aun de los santos glorificados; porque, aunque están libres de la carga de la carne y restituidos a la libertad gloriosa de los hijos de Dios, como su felicidad no puede consumarse del todo hasta la resurrección del día postrero, cuando todos sus hermanos serán glorificados con ellos, no podemos sino pensar que muchas veces suplican con insistencia a nuestro Padre celestial que complete pronto el número de sus escogidos y apresure su reino. ¿Y no nos ejercitaremos nosotros, que estamos en la tierra, a menudo en este divino empleo junto con la gloriosa compañía de los espíritus de los justos hechos perfectos? Puesto que nuestra felicidad ha de consistir tanto en la comunión de los santos en la iglesia triunfante de arriba, ¿no intercederemos con frecuencia por la iglesia militante aquí abajo, y rogaremos fervientemente que todos seamos uno, así como el santo Jesús y su Padre son uno, para que seamos también perfectos en unidad?

Para estimularos a esta gran obra y trabajo de amor, recordad que es la ocupación incesante del mismo santo y altamente exaltado Jesús, que está sentado a la diestra de Dios, oír todas nuestras oraciones e interceder continuamente por nosotros. De modo que el que se ocupa constantemente en interceder por otros está haciendo en la tierra lo que el eterno Hijo de Dios hace siempre en el cielo.

Imaginad, pues, cuando estéis levantando manos santas en oración los unos por los otros, que veis los cielos abiertos, y al Hijo de Dios en toda su gloria, como el gran sumo sacerdote de vuestra salvación, alegando a favor vuestro los méritos todo suficientes de su sacrificio delante del trono de su Padre celestial. Unid, pues, vuestras intercesiones a las suyas, y suplicadle que, por medio de él, suban como incienso y sean recibidas como olor suave, agradables a los ojos de Dios. Esta imagen fortalecerá vuestra fe, despertará un santo fervor en vuestras oraciones, y os hará luchar con Dios como luchó Jacob cuando lo vio cara a cara y fue librada su vida; como Abraham cuando intercedió por Sodoma; y como Jesucristo mismo cuando, estando en agonía, oraba más intensamente la noche antes de su amarga pasión.

Y ahora, hermanos, ¿qué más diré, puesto que Jesucristo mismo os enseña a abundar en amor y en esta buena obra de orar los unos por los otros? Por humildes que seáis, aunque seáis tan pobres como Lázaro, llegaréis así a ser bienhechores de todo el género humano; ¡millares, y veinte veces diez mil, serán bendecidos por causa de vosotros! Y después de haber empleado unos pocos años aquí en este divino ejercicio, seréis trasladados a aquel lugar dichoso al que tantas veces habéis deseado que otros fueran elevados, y seréis exaltados a sentaros a la diestra de nuestro Intercesor todopoderoso, que todo lo alcanza, en el reino de su Padre celestial en el más allá.

Sin embargo, no puedo dejar de encareceros esto de un modo especial ahora, porque todos vosotros, entre quienes he estado predicando, con toda probabilidad no me veréis más; pues me voy ahora de entre vosotros (confío que bajo la guía del santísimo Espíritu de Dios) sin saber lo que me ha de acontecer. Necesito, por tanto, vuestras intercesiones más insistentes, para que nada me aparte de mi deber, y para que «ni aun estime mi vida preciosa para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios».

Mientras he estado aquí, según mi mejor saber, no he dejado de anunciaros toda la voluntad de Dios; y aunque mi predicación haya sido para algunos olor de muerte para muerte, confío en que también ha sido para otros olor de vida para vida; y por eso espero fervientemente que estos no dejen de acordarse de mí en sus oraciones. Por mi parte, las muchas bondades inmerecidas que he recibido de vosotros no me permitirán olvidaros; desde lo profundo, pues, confío en que mi clamor subirá a Dios; y mientras los vientos y las tormentas soplen sobre mí, al Señor elevaré mi súplica por vosotros. Porque dentro de muy poco «es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo», donde yo tendré que dar estricta cuenta de la doctrina que he predicado, y vosotros del provecho que de ella hayáis sacado. ¡Y ojalá nunca sea yo llamado como testigo pronto contra ninguno de aquellos por cuya salvación he anhelado y trabajado sinceramente, aunque con demasiada flojedad!

Es verdad que algunos me han censurado como si obrara por miras torcidas y egoístas; «pero yo en muy poco tengo el ser juzgado por juicio humano; espero que mi ojo sea sincero; pero os ruego, hermanos, por las misericordias de Dios en Cristo Jesús, que oréis para que lo sea más aún, y para que yo crezca, con el crecimiento de la gracia, en el conocimiento y el amor de Dios por Jesucristo nuestro Señor.

Y ahora, hermanos, ¿qué más diré? Quisiera prolongar mucho más mi discurso, porque nunca podré expresar del todo el deseo de mi alma por vosotros. Por lo demás, pues, hermanos, «todo lo que es santo, todo lo que es puro, todo lo honesto, todo lo que es de buen nombre; si hay alguna consolación en Cristo, si alguna comunión del Espíritu», si alguna esperanza de comparecer para mutuo consuelo ante el temible tribunal de Jesucristo, «pensad en las cosas que habéis oído», y en las que vuestros pastores os han anunciado y os anunciarán todavía; y continuad bajo su ministerio «ocupándoos en vuestra salvación con temor y temblor», para que, ya sea que nunca más os vuelva a ver, o que agrade a Dios traerme de nuevo en algún momento, tenga yo siempre la satisfacción de saber que vuestra conducta es «como es digno del evangelio de Cristo».

Casi me persuado de que estaría dispuesto a sufrirlo todo con tal que de algún modo sirviera para la salvación de vuestras almas preciosas e inmortales; y os ruego, como mi última petición, que «obedezcáis a los que os presiden en el Señor», y que estéis siempre dispuestos a asistir a su ministerio, como es vuestro deber obligado. No penséis que deseo ser exaltado a costa de la reputación de otro; pensad más bien en esto: en no tener en demasiada admiración la persona de ningún hombre, sino en tener a todos vuestros ministros en mucha estima y amor, como justamente merecen por causa de su obra.

Y ahora, «hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que es poderosa para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados». Que Dios os recompense por todas vuestras obras de fe y trabajos de amor, y os haga abundar más y más en toda buena palabra y obra para con todos los hombres. ¡Que convierta de veras a todos los que han sido convencidos, y despierte a todos los que están muertos en delitos y pecados! ¡Que confirme a todos los que vacilan! Y que todos vosotros avancéis de un grado de gracia a otro, hasta llegar a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo, y seáis así hechos aptos para estar delante de aquel Dios «en cuya presencia hay plenitud de gozo, y a cuya diestra hay delicias para siempre». ¡Amén! ¡Amén!

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