Capítulo 53 · 20 min de lectura · 25 min de escucha
El poder de la resurrección de Cristo
Filipenses 3:10 — «A fin de conocerle, y el poder de su resurrección».
El apóstol, en los versículos que preceden al texto, había estado advirtiendo a los filipenses que «se guardasen de los mutiladores del cuerpo», es decir, de los maestros judaizantes que procuraban apartarlos de la sencillez del evangelio diciéndoles que aún debían sujetarse a la circuncisión y a todas las demás ordenanzas de Moisés. Y para que no pensaran que hablaba por prejuicio, y que condenaba sus doctrinas porque él mismo fuera ajeno a la dispensación judía, les hace saber que, si algún otro pensaba que tenía de qué confiar en la carne, o buscaba ser justificado por los privilegios externos de los judíos, él más; porque fue «circuncidado al octavo día, del linaje de Israel (no un prosélito, sino un israelita de nacimiento), de la tribu de Benjamín (la tribu que se mantuvo unida a Judá cuando las otras se rebelaron), hebreo de hebreos (judío tanto por parte de padre como de madre); en cuanto a la ley, fariseo», la secta más estricta de todo Israel. Para mostrar que no era ningún Galión en materia de religión, por su gran celo, aunque mal dirigido, había perseguido a la iglesia de Cristo; y «en cuanto a la justicia que es en la ley (hasta donde llegaba la interpretación que de ella daban los fariseos, era) irreprensible», y la había guardado desde su juventud. Pero cuando agradó a Dios, que lo apartó desde el vientre de su madre, revelar a su Hijo en él, «cuantas cosas eran para mí ganancia» (dice), aquellos privilegios de que me jactaba y por los que buscaba ser justificado, «las he estimado como pérdida por amor de Cristo». Y para que no pensaran que se arrepentía de haberlo hecho, les dice que ahora estaba más firme que nunca en su juicio. Porque dice: «Y ciertamente (la expresión en el original se eleva con un santo triunfo), aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor». Y para que no objetaran que decía y no hacía, les hace saber que había dado pruebas de la sinceridad de estas declaraciones, pues por causa de ellas había sufrido la pérdida de todos sus bienes terrenales, y aún estaba dispuesto a más; porque: «Lo tengo por estiércol (no más que desperdicios arrojados a los perros), para ganar (o tener parte salvadora en) a Cristo, y ser hallado en él (como el homicida en la ciudad de refugio), no teniendo mi propia justicia, que es por la ley (sin confiar en tener a Abraham por padre, ni en obra alguna de justicia que yo haya hecho, ya sea para expiar mis malas obras o para servirles de contrapeso), sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe», una justicia que Dios ha dispuesto y que me será imputada si creo en Cristo, «a fin de conocerle, y el poder de su resurrección»; es decir, para tener un conocimiento experimental de la eficacia de su resurrección, sintiendo en mi alma las influencias de su bendito Espíritu. En estas palabras se dan a entender dos cosas.
Primero, que Jesucristo resucitó de entre los muertos.
Segundo, que nos importa en gran manera conocer el poder de su resurrección.
Por consiguiente, en el discurso que sigue procuraré mostrar,
Primero, que Cristo verdaderamente ha resucitado de entre los muertos, y que le era necesario hacerlo; y,
Segundo, que nos importa en gran manera conocer y experimentar el poder de su resurrección.
Primero, Cristo verdaderamente ha resucitado.
Era absolutamente necesario que Jesús resucitara de entre los muertos;
1. Primero, por causa de él mismo. Muchas veces había apelado a esto como la última y más convincente prueba que les daría de que él era el Mesías: «No se os dará otra señal que la señal del profeta Jonás». Y otra vez: «Destruid este templo de mi cuerpo, y en tres días lo levantaré». Palabras que sus enemigos recordaron y alegaron como argumento para inducir a Pilato a concederles una guardia, a fin de impedir que lo robaran del sepulcro: «Sabemos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré». De modo que, si no hubiera resucitado, con razón habrían podido decir: Sabemos que este hombre era un impostor.
2. Segundo, era necesario por causa nuestra. «Resucitó» (dice el apóstol) para nuestra justificación»; es decir, para que la deuda que teníamos con Dios por nuestros pecados quedase plenamente satisfecha y saldada.
Agradó al Padre (¡sea para siempre adorado su amor infinito y su libre gracia!) herir a su Hijo unigénito por nuestras transgresiones, y prenderlo y encerrarlo en la cárcel del sepulcro como fiador nuestro por la culpa que habíamos contraído al tener en nada sus mandamientos. Ahora bien, si Cristo hubiera permanecido para siempre en el sepulcro, no habríamos tenido más seguridad de que nuestros pecados estaban satisfechos que la que puede tener cualquier deudor común de que su acreedor está satisfecho mientras su fiador sigue encarcelado. Pero, habiendo sido él librado del poder de la muerte, quedamos con ello seguros de que Dios se agradó de su sacrificio, de que nuestra expiación quedó consumada en la cruz, y de que él ha hecho un sacrificio, oblación y satisfacción pleno, perfecto y suficiente por los pecados del mundo.
3. Tercero, era necesario que nuestro Señor Jesús resucitara de entre los muertos para asegurarnos de la certeza de la resurrección de nuestros propios cuerpos.
La doctrina de la resurrección del cuerpo estaba enteramente desacreditada y tenida en nada entre los gentiles, como se ve por los atenienses, que se burlaron de san Pablo y lo llamaron «palabrero y predicador de doctrinas extrañas» cuando les predicaba a Jesús y la resurrección. Y aunque la creían la mayoría de los judíos, como es evidente por muchos pasajes de la Escritura, no la creían todos: toda la secta de los saduceos la negaba. Pero la resurrección de Jesucristo la puso fuera de toda disputa. Porque, como él obró en calidad de representante nuestro, si él, nuestra cabeza, ha resucitado, también nosotros, que somos sus miembros, hemos de resucitar con él. Y así como en el primer Adán todos morimos, así también en él, nuestro segundo Adán, todos hemos de ser, en este sentido, vivificados.
Así como era necesario, por estas razones, que nuestro bendito Señor resucitara de entre los muertos, así también es claro, sin posible contradicción, que resucitó. Jamás hecho alguno fue mejor atestiguado; jamás se tomaron más precauciones para impedir un fraude. Fue sepultado en un sepulcro cavado en una peña, de modo que no podía decirse que alguien hubiese cavado por debajo y se lo hubiese llevado. Era también un sepulcro en el cual nadie había sido puesto antes; de manera que, si algún cuerpo se levantaba de allí, tenía que ser el cuerpo de Jesús de Nazaret. Además, el sepulcro fue sellado; se hizo rodar una gran piedra sobre su entrada; y se puso para guardarlo una cohorte de soldados (compuesta no de amigos, sino de sus declarados enemigos). Y en cuanto a que sus discípulos vinieran de noche y lo hurtaran, era del todo improbable; porque no hacía mucho que todos lo habían abandonado, y eran los más tardos en creer su resurrección. Y aun suponiendo que fuera verdad que vinieron mientras los soldados dormían, los soldados tendrían que haber caído en un sueño profundísimo para que el remover una piedra tan grande no despertara a alguno de ellos.
Y las posteriores apariciones de nuestro bendito Señor a sus discípulos, en muchas ocasiones y de muchas maneras —como cuando estaban reunidos, cuando iban de camino a Emaús, cuando estaban pescando—, más aún, el que se dignara mostrarles sus manos y sus pies, y el que se apareciera a más de quinientos hermanos a la vez, pusieron la verdad de su resurrección fuera de toda disputa.
Ciertamente, puede hacerse una objeción contra lo dicho: que los libros en que se registran estos hechos fueron escritos por sus discípulos.
¿Y qué personas más idóneas que aquellas que fueron testigos oculares de lo que contaban, y que comieron y bebieron con él después de su resurrección? «Pero eran hombres sin letras e ignorantes». Con todo, eran tan buenos testigos de un simple hecho como los maestros más doctos de Israel. Más aún, esto los hacía testigos más idóneos. Porque, siendo hombres sencillos, era menos de sospechar que contaran o inventaran una mentira; sobre todo, puesto que dieron su vida en testimonio de su verdad. Leemos, en efecto, que Jacob dijo una mentira, aunque era hombre sencillo, para obtener la bendición de su padre. Pero jamás se ha oído, desde que el mundo es mundo, que hombre alguno, y mucho menos todo un grupo de hombres, muriera mártir por causa de una falsedad, cuando ellos mismos no habían de sacar de ella ninguna ventaja.
No; esta sola circunstancia prueba que eran verdaderos israelitas, en quienes no había engaño. Y el maravilloso éxito que Dios dio después a su ministerio, cuando tres mil se convirtieron con un solo sermón, y doce pobres pescadores fueron capacitados en muy poco tiempo para ser más que vencedores sobre toda la oposición que los hombres o los demonios pudieran levantar, fue una demostración tan clara de que Cristo había resucitado, conforme a su evangelio, como lo es de un poder divino que, al sonido de unas pocas bocinas de cuerno de carnero, cayeran los muros de Jericó.
Pero ¿qué más testigos necesitamos? ¿Creéis vosotros en la resurrección de nuestro bendito Señor? Sé que la creéis, como lo atestigua abundantemente el que os hayáis congregado en este primer día de la semana en los atrios de la casa del Señor.
Lo que más nos importa asegurarnos, y que es la
segunda cosa de que había de hablar, es si hemos conocido por experiencia el poder de su resurrección; es decir, si hemos recibido o no el Espíritu Santo, y si por sus poderosas operaciones en nuestro corazón hemos sido levantados de la muerte del pecado a una vida de justicia y verdadera santidad.
Era esto lo que el gran apóstol deseaba conocer sobre todo. Estaba persuadido de que la resurrección del cuerpo de Cristo de nada le aprovecharía si no experimentaba su poder en la resurrección de su alma muerta.
Porque otro fin, y fin principal, de la resurrección de nuestro bendito Señor fue entrar en el cielo como nuestro representante, y enviar al Espíritu Santo para aplicar a nuestros corazones la redención que había consumado en la cruz, obrando en ellos un cambio completo.
Sin esto, Cristo habría muerto en vano. Porque de nada nos habría servido que se nos imputara su justicia externa si no se obrara en nosotros una justicia interior e inherente. Porque, habiendo sido enteramente concebidos y nacidos en pecado, y siendo por tanto ineptos para tener comunión con un Dios infinitamente puro y santo, de ningún modo podemos ser hechos aptos para verlo o gozarlo hasta que nuestro corazón haya pasado por una renovación completa.
Sin esto, dejamos fuera al Espíritu Santo en la gran obra de nuestra redención. Pero así como fuimos hechos por el concurso y el consejo conjunto de la bendita Trinidad, y así como fuimos bautizados en su nombre, así han de concurrir las tres Personas en nuestra salvación: así como el Padre creó y el Hijo redimió, así el Espíritu Santo ha de santificarnos y sellarnos; de lo contrario, hemos creído en vano.
Esto es, pues, lo que el apóstol entiende por el «poder de la resurrección de Cristo», y esto es lo que tanto nos importa conocer por experiencia como el hecho mismo de que él resucitó.
Sin esto, aunque seamos moralistas, aunque seamos gente civilizada y de buen carácter, no somos cristianos. Porque no es verdadero cristiano el que lo es solo exteriormente; ni tenemos derecho a llamarnos tales porque profesemos cada día creer que Cristo resucitó de entre los muertos al tercer día. Mas es verdadero cristiano el que lo es en lo interior; y solo entonces podemos ser llamados verdaderos creyentes, cuando no solo profesamos creer, sino que hemos sentido el poder de la resurrección de nuestro bendito Señor, siendo vivificados y levantados por su Espíritu, cuando estábamos muertos en delitos y pecados, a una completa novedad de corazón y de vida.
Los mismos demonios no pueden dejar de creer la doctrina de la resurrección, y tiemblan; y sin embargo siguen siendo demonios, porque los beneficios de esta resurrección no se les han aplicado, ni han recibido de ella un poder renovador que cambie su naturaleza diabólica y los despoje de ella. Y así, a menos que no solo profesemos saber, sino que también sintamos que Cristo verdaderamente ha resucitado, naciendo de nuevo de lo alto, estaremos tan lejos del reino de Dios como ellos: nuestra fe será tan ineficaz como la fe de los demonios.
Nada ha hecho más daño al mundo cristiano, nada ha quitado más eficacia a la cruz de Cristo, que la vana suposición de que la religión es algo que está fuera de nosotros. Deberíamos considerar, por el contrario, que todo lo que Cristo hizo exteriormente ha de hacerse de nuevo en nuestras almas; de otro modo, creer que hubo una vez en la tierra tal persona divina, que triunfó sobre el infierno y el sepulcro, no nos aprovechará más que creer que hubo una vez un hombre como Alejandro, que conquistó el mundo.
Así como Cristo nació del seno de la Virgen, así ha de ser formado espiritualmente en nuestros corazones. Así como él murió por el pecado, así hemos de morir nosotros al pecado. Y así como él resucitó de entre los muertos, así también nosotros hemos de resucitar a una vida divina.
Solo los que le han seguido en esta regeneración, o nuevo nacimiento, se sentarán en tronos aprobando su sentencia cuando venga en terrible majestad a juzgar a las doce tribus de Israel.
Es verdad que, en cuanto a la obra externa de nuestra redención, fue un acto pasajero, y ciertamente quedó consumado en la cruz; pero la aplicación de esa redención a nuestros corazones es una obra que continuará siempre, hasta el fin del mundo.
Mientras haya en la tierra un escogido que respire, engendrado naturalmente de la descendencia del primer Adán, tanto tiempo ha de estar soplando sobre su alma el espíritu vivificante que fue adquirido por la resurrección del segundo Adán, el Señor que es del cielo.
Porque aunque existamos por Cristo, no puede decirse que existimos en él hasta que estemos unidos a él por un mismo espíritu y entremos en un nuevo estado de cosas, tan ciertamente como él entró en un nuevo estado de cosas después de resucitar de entre los muertos.
Podemos apretujarnos y agolparnos en torno a Cristo, y llamarle «Señor, Señor», cuando venimos a adorar ante el estrado de sus pies; pero no le hemos tocado eficazmente hasta que, por una fe viva en su resurrección, percibimos que sale de él una virtud divina que renueva y purifica nuestras almas.
¿Cuán gravemente yerran, pues, los que descansan en una mera fe histórica en la resurrección de nuestro Salvador y solo buscan pruebas externas que la demuestren? Pues aunque fuéramos los más doctos disputadores de este mundo, y pudiéramos hablar de la certeza de este hecho con lenguas humanas y angélicas, sin este testimonio interior en nuestros corazones, aunque convenciéramos a otros, nunca seríamos salvos por ello nosotros mismos.
Porque no somos sino hombres muertos, somos como otros tantos cadáveres envueltos en mortajas, hasta que ese mismo Jesús que llamó a Lázaro de su tumba, y en cuya propia resurrección se levantaron muchos que dormían, nos levanta también, por su Espíritu vivificante, de la muerte natural en que tanto tiempo hemos yacido, a una vida santa y celestial.
Podríamos tenernos por dichosos si hubiéramos visto al santo Jesús después de resucitar de entre los muertos, y si nuestras manos hubieran palpado a aquel Señor de la vida. Pero más dichosos son los que no le han visto y, sin embargo, habiendo sentido el poder de su resurrección, creen por ello en él. Porque muchos vieron a nuestro divino Maestro y no fueron salvos por él; pero todo aquel que ha sentido así el poder de su resurrección tiene en su corazón las arras de su herencia, ha pasado de muerte a vida, y jamás caerá en condenación final.
Bien sé que esto es locura para el hombre natural, como lo fueron muchas verdades semejantes para los propios discípulos de nuestro Señor cuando, antes de que él resucitara, aún eran débiles en la fe. Pero cuando estos hombres naturales, como ellos, hayan sentido plenamente el poder de su resurrección, reconocerán entonces que esta doctrina es de Dios, y dirán con los samaritanos: «Ya no creemos por tu dicho», porque nosotros mismos lo hemos experimentado en nuestros corazones.
¡Y oh, si todos los incrédulos, todos los maestros de Israel doctos solo en la letra, que ahora miran la doctrina del poder de la resurrección de Cristo, o de nuestro nuevo nacimiento, como un cuento vano, y condenan a sus predicadores como fanáticos y locos, sintieran así su poder en sus almas! Ya no preguntarían cómo puede hacerse esto, sino que quedarían tan convencidos como lo quedó Tomás cuando vio al Cristo del Señor; y, como él, cuando Jesús le mandó extender la mano y meterla en su costado, exclamarían en santa confesión: «¡Señor mío, y Dios mío!»
Pero ¿cómo llegará el incrédulo, cómo llegará el cristiano formal a «conocer a Cristo, y el poder de su resurrección»? Dios, que no puede mentir, nos ha dicho: «Yo soy la resurrección y la vida; todo aquel que vive y cree en mí, aunque esté muerto, vivirá». Y además dice el apóstol: «Por la fe somos salvos, y esto no de nosotros, pues es don de Dios».
Este, este es el camino; andad por él. Creed, y viviréis en Cristo, y Cristo en vosotros; seréis uno con Cristo, y Cristo uno con vosotros. Pero sin esto, vuestra bondad exterior y vuestras profesiones de nada os aprovecharán.
Pero, por esta fe, no hemos de entender una fe muerta y especulativa, una fe de la cabeza, sino un principio vivo obrado en el corazón por las poderosas operaciones del Espíritu Santo; una fe que nos capacite para vencer al mundo y dejarlo todo por amor de Jesucristo. Porque así habla nuestro bendito Maestro: «El que no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo».
Y así el apóstol, en las palabras que siguen inmediatamente al texto, dice: «llegando a ser semejante a él en su muerte»; dando a entender con ello que no podemos conocer el poder de la resurrección de Cristo si no somos hechos conformes a él en su muerte.
Si podemos reconciliar la luz con las tinieblas, el cielo con el infierno, entonces podremos esperar conocer el poder de la resurrección de Cristo sin morir a nosotros mismos y al mundo. Pero mientras no podamos hacerlo, igual podríamos esperar que Cristo tenga concordia con Belial.
Porque hay tal contrariedad entre el espíritu de este mundo y el Espíritu de Jesucristo, que el que quiera ser amigo del uno ha de ser enemigo del otro: «No podemos servir a Dios y a las riquezas».
Esto puede parecer, en efecto, palabra dura; y muchos, como el joven del evangelio, pueden sentirse tentados a irse tristes. Pero ¿por qué habría de ofenderles esto? Porque ¿qué es todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la vanagloria de la vida, sino vanidad y aflicción de espíritu?
Dios es amor; y por tanto, si nuestra propia voluntad o el mundo hubieran podido hacernos felices, jamás habría enviado a su amado Hijo Jesucristo a morir y resucitar para librarnos de su poder. Pero, porque solo atormentan y no pueden satisfacer, por eso Dios nos manda renunciar a ellos.
Si alguien hubiera persuadido al profano Esaú a no perder un privilegio tan glorioso solo por satisfacer una inclinación corrompida del momento, cuando lo vio a punto de vender su primogenitura por un poco de guiso rojo, ¿no pensaría uno que aquel hombre había sido amigo de Esaú? Pues así mismo está el caso entre Dios y nosotros. Por la muerte y resurrección de Jesucristo hemos nacido de nuevo a una herencia celestial entre todos los santificados; pero nuestra propia voluntad corrompida quisiera tentarnos a vender esta gloriosa primogenitura por las vanidades del mundo, que, como el guiso rojo de Esaú, pueden agradarnos por un tiempo, pero pronto nos serán quitadas. Dios lo sabe, y por eso nos manda renunciar a ellas por un tiempo, antes que, por gozarlas brevemente, perdamos el privilegio de esa gloriosa primogenitura a la que tenemos derecho por conocer el poder de la resurrección de Jesucristo.
¡Oh profundidad de las riquezas y de la excelencia del cristianismo! Bien podía el gran san Pablo tener todas las cosas por estiércol y escoria ante la excelencia de su conocimiento. Bien podía desear con tanto ardor conocer a Jesús y el poder de su resurrección. Porque, aun de este lado de la eternidad, nos eleva por encima del mundo y nos hace sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús.
Bien podía aquella gloriosa compañía de varones ilustres que registran las Sagradas Escrituras, sostenidos por un hondo sentido de su llamamiento celestial, despreciar los placeres y provechos de esta vida, y andar de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, por cuevas y cavernas de la tierra, pobres, angustiados, maltratados.
¡Y oh, si todos tuviéramos ese mismo sentir! ¡Si sintiéramos el poder de la resurrección de Cristo como ellos lo sintieron! ¡Cómo estimaríamos entonces «todas las cosas como estiércol y escoria por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús nuestro Señor»! ¡Cómo recobraríamos entonces nuestra dignidad primitiva, hollaríamos la tierra bajo nuestros pies y con el alma suspiraríamos continuamente por Dios!
¿Y qué impide que tengamos este sentir? ¿Ha cambiado Jesucristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, de lo que era? No; «él es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». Y aunque está exaltado a la diestra de Dios, no se avergüenza de llamarnos hermanos. El poder de su resurrección es tan grande ahora como antes, y el Espíritu Santo, que nos fue asegurado por su resurrección, está tan dispuesto y es tan capaz de vivificarnos a nosotros, que estamos muertos en delitos y pecados, como a cualquier santo que haya vivido jamás. Clamemos tan solo, y sin demora, a aquel que es poderoso y grande para salvar; renunciemos, con sinceridad y verdad, sin retener en secreto la menor parte, a nosotros mismos y al mundo; entonces seremos verdaderamente cristianos. Y aunque el mundo nos eche fuera y nos aparte de su compañía, Jesucristo andará con nosotros y permanecerá en nosotros. Y en la resurrección general del día postrero, cuando la voz del arcángel y la trompeta de Dios manden al mar y a los sepulcros entregar sus muertos, y todas las naciones comparezcan delante de él, entonces nos confesará delante de su Padre y de los santos ángeles, y recibiremos aquella invitación que él pronunciará entonces a todos los que le aman y le temen: «Venid, benditos hijos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.
Concédelo, oh Padre, por amor de tu amado Hijo, Jesucristo nuestro Señor; a quien, contigo y con el Espíritu Santo, etc.
Capítulo 53 completado
El poder de la resurrección de Cristo