Capítulo 52 · 22 min de lectura · 29 min de escucha
El abominable pecado de la embriaguez
Efesios 5:18 — «No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu».
Las personas a quienes se escribieron estas palabras eran los habitantes de Éfeso, que, según se nos dice en los Hechos, habían sido adoradores de la gran diosa Diana y, con toda probabilidad, adoraban también al dios Baco; y en la celebración de sus fiestas era siempre costumbre, y aun parte de su religión, emborracharse; como si no hubiera otro modo de agradar a su dios que convertirse en bestias.
Por eso el apóstol, en este capítulo, entre muchos otros preceptos que les tocaban más particularmente, establece este del texto; y los exhorta, puesto que ahora, por la libre gracia de Dios, habían sido llevados de las tinieblas paganas a la luz del evangelio, a andar como hijos de luz, y a no hacer ya parte de su religión ni de su práctica el «embriagarse con vino, en lo cual hay disolución»; sino, al contrario, a procurar «ser llenos del Espíritu» de aquel Salvador de cuyo nombre se llamaban, y cuya religión les enseñaba a abstenerse de un pecado tan inmundo y a vivir con la sobriedad con que debían vivir.
Siendo ya cristiano el mundo, y recibidas por todas partes las doctrinas del evangelio, cualquiera pensaría que no habría razón para repetir el precepto que tenemos delante. Pero, ¡ay, cristianos! —quiero decir, los falsamente llamados cristianos—, son llevados cautivos por todo pecado en general, y por este de la embriaguez en particular; tanto, que si san Pablo se levantara otra vez de entre los muertos, podría sentirse tentado a pensar que la mayoría de nosotros nos habíamos vuelto al culto de los ídolos mudos; que habíamos levantado templos en honor de Baco, y hecho parte de nuestra religión, como los efesios de la suya, «embriagarse con vino, en lo cual hay disolución».
Algunos de nuestros magistrados civiles no han dejado de usar el poder que se les ha dado de lo alto para castigar y refrenar tales malas obras; y ojalá pudiera decirse que, por lo que han hecho, esta plaga de la bebida se ha detenido entre nosotros. Pero, ¡ay!, aunque su trabajo, confiamos, no ha sido del todo en vano en el Señor, con todo, miles, y casi podría decir diez miles, caen cada día a nuestra diestra en nuestras calles por este pecado de la embriaguez; más aún, los hombres parecen haber hecho pacto con el infierno; y aunque el poder del magistrado civil se ejerce contra ellos, y aunque no pueden dejar de ver cada día cómo los compañeros de sus juergas son llevados hora tras hora a la tumba por este pecado, todavía «se levantan de mañana para seguir la embriaguez, y dicen: Mañana será como este día, o mucho más excelente; cuando despierte, aún lo volveré a buscar».
Ya es hora, pues, oh Dios, de que tus ministros alcen su voz como trompeta; y, puesto que las amenazas humanas no pueden prevalecer, de que pongan delante de ellos los terrores del Señor, y prueben si estos no los persuaden a dejar la maldad de sus obras.
Pero, ¡ay!, ¿cómo me dirigiré a ellos? Temo que el exceso de la bebida los haya vuelto tan Nabales que no haya manera de hablarles. Muchos siervos de Dios se han afanado toda su vida por apartarlos de este pecado de la embriaguez, y aun así no quieren dejarlo. Sin embargo, por mandato tuyo, hablaré yo también, aunque sean casa rebelde. Engrandece tu fuerza, oh Señor, en mi debilidad, y concédeme hablar con tal demostración del Espíritu y de poder que, de aquí en adelante, dejen de obrar tan neciamente y este pecado de la embriaguez no sea su ruina.
Creedme, desdichados hijos de Belial (pues tales, ¡ay!, os ha hecho este pecado): no sin las más poderosas razones, y con el mayor cuidado por vuestras almas preciosas e inmortales, os conjuro ahora, con las palabras del apóstol, a «no embriagaros con vino ni con ningún otro licor, en lo cual hay disolución». Porque,
Primero, la embriaguez es un pecado que por fuerza desagrada en gran manera a Dios, porque es un abuso de sus buenas criaturas.
Cuando Dios creó al hombre y sopló en él aliento de vida, le dio dominio sobre las obras de sus manos; y toda planta que da semilla, y todo árbol en que hay fruto que da semilla, le fueron dados para comer; pero cuando Adán probó el fruto prohibido, que era la única restricción que se le había impuesto, perdió este privilegio, y, después de haber desobedecido a su Creador, ya no tenía derecho al uso de ninguna de las criaturas.
Pero, bendito sea Dios, este título, como todos los demás privilegios, nos ha sido restituido por la muerte del segundo Adán, nuestro Señor y Maestro Jesucristo. De toda bestia del campo, de todo pez del mar y de todo cuanto vuela por el aire o se mueve sobre la faz de la tierra y es bueno para comer, «podemos comer libremente»; podemos tomar y comer sin escrúpulo; pero con esta limitación: que los usemos con moderación. Porque Dios, por la muerte de Jesús, no ha dado a nadie licencia para ser intemperante; al contrario, nos ha puesto bajo las más fuertes obligaciones de vivir sobria y piadosamente en este mundo presente.
Pero el borracho, menospreciando la bondad y la generosidad de Dios al devolvernos lo que tan justamente habíamos perdido, convierte su gracia en libertinaje; y, como si la criatura no estuviera ya bastante sujeta a vanidad al haber sido maldita por causa nuestra, abusa de ella aún más, haciéndola servir a sus concupiscencias; y convierte el vino que estaba destinado a alegrar su corazón en un veneno mortal.
Pero ¿piensas tú, oh borracho, quienquiera que seas, que escaparás del justo juicio de Dios? No; pronto llegará el tiempo en que ya no podrás ser mayordomo, y entonces el Soberano Señor de toda la tierra te pedirá cuentas por haber desperdiciado así sus bienes. ¡Ay! ¿Seguirás entonces torciendo las Escrituras para tu propia condenación? ¿Y dirás que, porque Jesucristo convirtió el agua en vino en las bodas para suplir la necesidad de su pobre anfitrión, es justo por eso alegrarse y embriagarse? No; enmudecerás delante de él; y sabe que, aunque te hayas animado en la embriaguez con argumentos semejantes, sobre todas estas cosas te traerá Dios a juicio. Pero,
En segundo lugar, lo que hace la embriaguez sobremanera pecaminosa es que el hombre, al caer en ella, peca contra su propio cuerpo.
Cuando el apóstol quiso apartar a los corintios de la fornicación, les presentó este argumento: «Huid de la fornicación, hermanos; porque el que fornica, contra su propio cuerpo peca». ¿Y no podré yo clamar con igual razón: Huid de la embriaguez, hermanos míos, puesto que el que comete ese crimen peca contra su propio cuerpo? Porque, ¿de dónde vienen tantas enfermedades y achaques en vuestros cuerpos? ¿No vienen de aquí, de vuestra intemperancia en el beber? ¿Para quién el dolor de cabeza? ¿Para quién la podredumbre en los huesos? ¿Para quién lo amoratado de los ojos? Para el que se detiene mucho en el vino, para el que madruga en busca del vino nuevo. ¡Cuántos esqueletos andantes habéis visto, cuyos cuerpos fueron un día hermosísimos a la vista, robustos y de buen parecer! Pero, por este pecado de la bebida, ¡cómo se ha apartado de ellos su hermosura, y cómo se les ha permitido andar de acá para allá por la tierra, como si Dios quisiera ponerlos, igual que a la mujer de Lot, por monumentos de su justicia, para que otros aprendan a no emborracharse! Más aún, apelo a vosotros mismos: ¿no hay muchos, por esta causa, enfermos entre vosotros aun ahora? ¿Y no han sido llevados por ella con dolor a la tumba muchos de vuestros compañeros, a quienes visteis un día tan lozanos como laureles verdes?
Quizá pensaríamos que Dios nos trata con dureza si nos mandara, como al real salmista, escoger una plaga entre tres con la cual hubiéramos de ser destruidos. Pero si el Todopoderoso hubiera decretado cortar al hombre de la faz de la tierra y acortar sus días, no podría enviar plaga más eficaz que permitir a los hombres cargarse de embriaguez a su antojo; porque, aunque sea un veneno lento, es un veneno seguro. Y si la espada ha matado a sus miles, la embriaguez ha matado a sus diez miles.
¿Y no os alarmará esto, oh transgresores? ¿No os persuadirá a tener piedad de vosotros mismos y a no hacer daño a vuestros cuerpos? ¡Cómo! ¿Habéis perdido los primeros principios de la naturaleza humana, la ley fundamental de la propia conservación? Parecéis tener gran cariño a vuestros cuerpos; si no, ¿por qué bebéis con exceso para satisfacer sus apetitos desordenados? Pero, ciertamente, si de verdad los amarais, no los destruiríais así; y aunque no hubiera otro argumento contra la embriaguez, bastaría, diría uno, considerar que destruirá esas vidas a las que tanto apego tenéis.
Sé, en efecto, que es respuesta común de los borrachos a quienes, por amor, quisieran arrebatarlos como tizones del fuego: No somos enemigos de nadie sino de nosotros mismos. Pero esto, en lugar de excusar su culpa, la agrava; porque (por no mencionar que la embriaguez de un solo hombre ha vestido de harapos a muchas familias, y que apenas es posible que alguien se emborrache sin tentar también a su prójimo), por no mencionar estas y muchas otras malas consecuencias que demostrarían que semejante excusa es del todo falsa, ¿qué cosa hay más querida para un hombre que él mismo? Y si él mismo se pierde, ¿de qué le aprovecharía el mundo entero? Pero ¿cómo comparecerás tú, oh hombre, ante el tribunal de Cristo, y darás tal excusa, cuando seas acusado delante de él como asesino de ti mismo? ¿Te bastará entonces, piensas, decir: No fui enemigo de nadie sino de mí mismo? No; Dios te dirá entonces que debiste glorificarlo en tu espíritu y en tu cuerpo, los cuales eran suyos; y, puesto que por la intemperancia destruiste tu cuerpo, él destruirá tu cuerpo y tu alma en el infierno. Pero,
En tercer lugar, lo que hace la embriaguez más inexcusable es que roba al hombre su razón.
La razón es la gloria del hombre; lo principal por lo que Dios nos ha hecho diferentes de las bestias. Y nuestros incrédulos modernos la han exaltado a tan alto grado que incluso la oponen a la revelación, y así niegan al Señor que los rescató. Pero aunque en esto yerran gravemente, y diciéndose sabios se hacen verdaderamente necios, debemos reconocer que la razón es lámpara del Señor, y que quienquiera que la apague llevará su castigo, sea quien sea.
Y sin embargo, esto es lo que hace el borracho. Escoge para sí la maldición de Nabucodonosor: su razón se aparta de él; ¿y en qué es entonces mejor que una bestia?
Aun los reyes paganos lo comprendían tan bien que, para apartar de la bebida a sus jóvenes príncipes, solían hacer que sus esclavos se emborracharan y los exponían delante de ellos. Y si tan solo vieras tu propio retrato, oh borracho, cuando, después de ahogar tu razón, vas tambaleándote de un lado a otro como uno de los insensatos de Israel, y ves que tus mismos compañeros hacen de ti canción de burla, ¡ciertamente no volverías otra vez a tu vómito, sino que te aborrecerías en el polvo y la ceniza!
Cuando David, en un santo arrebato, danzaba delante del arca, Mical, hija de Saúl, lo menospreció en su corazón; y cuando él volvió a casa, le dijo: «¡Cuán honrado ha quedado hoy el rey de Israel, descubriéndose hoy delante de las criadas de sus siervos, como se descubre sin decoro un cualquiera!». Pero ¿no podría cualquiera que se encuentra con un borracho decir con más razón: Qué honrado aparece hoy el que fue hecho un poco menor que los ángeles, cuando, olvidado de su dignidad, se ha robado a sí mismo la razón con la bebida y se ha rebajado al nivel de las bestias que perecen?
Pero supón que Dios, en medio de una de estas borracheras, te detuviera con la muerte y te dijera: «Necio, en este mismo momento vienen a pedirte tu alma». ¡Oh, cómo comparecerías con esas vestiduras inmundas delante de aquel Dios ante cuyos ojos ni los cielos son limpios! ¿Y cómo sabes tú, oh hombre, que esta no será tu suerte? ¿No has conocido a muchos llamados en una hora así, desprevenidos? ¿Y qué seguridad tienes de que no serás el siguiente? Porque Dios te ha soportado tanto tiempo, ¿piensas que te soportará siempre? No; esto es más bien señal de que vendrá a la hora que no esperas; y, puesto que su bondad y longanimidad no te han guiado al arrepentimiento, te cortará, y no permitirá que sigas ocupando inútilmente la tierra. Considerad, pues, esto todos los que tenéis por placer convertiros en bestias, no sea que Dios os arrebate con una muerte repentina y no haya quien os libre.
En cuarto lugar, hay una agravante más de este crimen: que es puerta y precursora de muchos otros pecados; porque rara vez viene sola.
Podemos decir de la embriaguez lo que Salomón dice de la contienda: que es como quien suelta las aguas; porque no sabemos cuál será su fin. Su nombre es Legión; he aquí, tras ella viene una tropa de pecados. Y, por mi parte, cuando veo a un borracho, apenas puedo contener el llanto, como el santo profeta cuando miró el rostro de Hazael, al considerar en cuántos vicios puede caer antes de volver en sí.
¡Qué horrible incesto cometió el justo Lot con sus propias hijas cuando ellas lo embriagaron! Y no dudo que hay muchos entre vosotros que, privados de la razón por la bebida, han cometido tales crímenes que, si os los contaran, vuestro corazón, como el de Nabal cuando le dijeron cómo había ultrajado a David estando borracho, desfallecería dentro de vosotros. Y si alguien os hubiera dicho, estando sobrios, que seríais culpables de tales crímenes, habríais exclamado, con el ya mencionado Hazael: «¿Son tus siervos perros, para que hagan tal cosa?».
Pero no es de extrañar que los borrachos cometan tales crímenes; porque la embriaguez aleja de ellos al Espíritu Santo; se vuelven meras máquinas que el diablo mueve a su antojo; entra en ellos como entró en la piara de cerdos; y no es de extrañar que entonces cometan con avidez toda impureza y cualquier otro crimen. Pero esto me lleva a una
quinta consideración, que agrava en gran manera el pecado de la embriaguez: nos separa del Espíritu Santo.
Es de esperar que nadie de los aquí presentes necesite que se le diga que, antes de poder estar seguros de que somos verdaderamente cristianos, debemos recibir el Espíritu Santo, nacer de nuevo de lo alto y tener al Espíritu de Dios dando testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Esto, y solo esto, es el verdadero cristianismo; y sin la morada de este bendito Espíritu en nuestros corazones, nuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, y de ningún modo entraremos en el reino de Dios.
Pero los borrachos, en efecto, mandan a este bendito Espíritu que se aparte de ellos; porque ¿qué tiene él que ver con semejantes cerdos inmundos? No tienen suerte ni parte en el Espíritu del Hijo de David. Lo han echado de sus corazones al profanar su templo, quiero decir, sus cuerpos. Y él no puede tener más comunión con ellos que la luz con las tinieblas, ni más concordia que Cristo con Belial.
Por eso el apóstol, en las palabras del texto, exhorta a los efesios a «no embriagarse con vino, en lo cual hay disolución, sino a ser llenos del Espíritu»; dando a entender con ello que la embriaguez y el Espíritu de Dios nunca podrían morar en un mismo corazón. Y en otra epístola les manda evitar la conversación vana como cosa que contrista al Espíritu Santo, único por quien podían ser sellados para el día de la redención. Y si la conversación vana contrista al Espíritu Santo, ¿a qué distancia infinita no lo arrojará la embriaguez del corazón de los hombres?
¡Oh, si fuerais sabios! ¡Si consideraseis qué cosa tan terrible es que el Espíritu del Dios de amor se aparte de vosotros! Porque estad seguros de que, si vivís sin él, viviréis sin Dios en el mundo. Estáis en la misma condición miserable y desamparada que Saúl cuando vino sobre él un espíritu malo de parte del Señor; y no sois sino otros tantos vasos de ira preparados para destrucción. Pero esto me lleva a una
sexta razón contra el pecado de la embriaguez: incapacita por completo al hombre para gozar de Dios en el cielo, y lo expone a su ira eterna.
Ver y gozar a Dios, y ser como los benditos ángeles, que siempre contemplan el rostro de nuestro Padre celestial en las glorias de su reino, es una felicidad tan indecible que aun los impíos, aunque no quieran vivir la vida del justo, no pueden dejar de desear que su estado futuro sea como el suyo.
Pero ¿pensáis, oh borrachos, que algún día seréis partícipes de esta herencia con los santos en luz? ¿Os lisonjeáis de que vosotros, que tantas veces los habéis hecho tema de vuestras canciones de borrachera, seréis ahora exaltados para cantar con ellos los celestiales cánticos de Sion? No; así como por la embriaguez habéis hecho de vuestros corazones jaulas de aves inmundas, con espíritus impuros e inmundos habréis de morar.
Un Tofet ardiente, encendido por la ira de Dios, está preparado para recibiros, donde sufriréis el castigo del fuego eterno y en vano clamaréis por una gota de agua que refresque vuestra lengua. Beberéis, ciertamente, pero será el cáliz del furor de Dios; porque en la mano del Señor habrá un cáliz de furor, lleno de mistura, y sus heces las chuparán todos los borrachos de la tierra.
Pero quizá no creáis este anuncio. Puede que miréis estas palabras como cuentos vanos, y que yo os parezca lo que Lot pareció a sus yernos cuando fue a advertirles que salieran de Sodoma: «como que se burlaba». Pero si no me creéis a mí, creed a la verdad eterna misma, que ha declarado terminantemente que ningún borracho entrará jamás en su reino.
Y hoy llamo por testigos contra vosotros a los cielos y a la tierra de que, tan cierto como el Señor hizo llover fuego y azufre en cuanto Lot salió de Sodoma, así de cierto os arrojará Dios a un lago de fuego y azufre cuando venga a dar el pago a los que no conocieron a Dios ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo.
He aquí, pues, os lo he dicho antes; recordad que hoy se os advirtió cuál sería el fin de la embriaguez. Y os emplazo, en el nombre de aquel Dios a quien sirvo, a encontraros conmigo ante el tribunal de Cristo, para que absolváis a mi Maestro y a mí, y confeséis con vuestra propia boca que vuestra condenación vino de vosotros mismos, y que somos limpios de la sangre de todos vosotros.
Pero, Señor, ¿nadie ha creído a nuestro anuncio? ¿Permitirás que se digan tantas palabras en vano, si es que aún son en vano? No; me parece ver a algunos compungidos de corazón y a punto de exclamar, con las palabras de David a Abigail: «Bendito sea el Señor Dios de Israel, que te envió hoy para que nos hablases». Porque ciertamente, si él no te hubiera enviado, este pecado de la embriaguez habría sido nuestra ruina; pero ahora, ya que vemos adónde nos lleva, estamos resueltos a no beber ningún licor con exceso mientras el mundo exista, no sea que seamos atormentados en las llamas del infierno.
Pero, ¡ay!, ¿cómo seremos librados del poder de este pecado? ¿Mudará el etíope su piel, o el leopardo sus manchas? Casi tan difícil os será a vosotros, que estáis acostumbrados a la intemperancia, aprender a vivir sobriamente.
Pero no desesperéis; porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. ¿A quién, pues, habéis de pedir socorro sino a él, vuestro Señor? El cual, aunque por este pecado de la embriaguez podría con justicia apartar de vosotros su rostro, con todo, observad:
Primero, si derramáis vuestro corazón delante de él en oración diaria, y pedís ayuda de lo alto, puede ser que Dios os invista de poder de lo alto y os haga más que vencedores por medio de Jesucristo. Si hubierais mantenido comunión con él en la oración, no habríais tenido por tanto tiempo, por la embriaguez, comunión con los demonios. Pero, como el hijo pródigo, habéis querido ser vuestros propios amos; habéis vivido sin oración, confiando en vuestras propias fuerzas; y ahora veis, ¡ay!, en qué caña quebrada os habéis apoyado. ¡Qué pronto os habéis hecho semejantes a las bestias que no tienen entendimiento! Pero volveos, volveos de vuestros malos caminos. Acudid a él con el pródigo arrepentido, diciendo: «Padre, hemos pecado»; te rogamos que este pecado de la embriaguez no se enseñoree más de nosotros. Echad mano de Cristo por la fe, y he aquí que os será hecho como queréis. Un
segundo medio que os recomendaría para vencer la embriaguez es evitar las malas compañías. Porque es la mala conversación de los impíos la que ha arrastrado a muchos miles a este pecado y ha corrompido así sus buenas costumbres.
Pero diréis: Si dejo a mis compañeros, debo esperar desprecio; porque sin duda me despreciarán por ser singular. ¿Y piensas tú, oh hombre, entrar alguna vez por la puerta estrecha mediante una verdadera conversión sin ser escarnecido por los que te rodean? No; aunque puedas ser despreciado y no ir al cielo, no puedes ir al cielo sin ser despreciado: «Porque la amistad del mundo es enemistad con Dios». Y los que nacen según la carne perseguirán a los que nacen según el Espíritu. No permitas, pues, que un temor servil a ser despreciado por un hombre que ha de morir te impida volverte al Dios vivo. Porque ¿qué es un poco de desprecio? No es más que un vapor que se desvanece y no vuelve. Mejor es ser escarnecido aquí por unos pocos compañeros que ser avergonzado después delante de los hombres y de los ángeles. Mejor es ser la canción de unos cuantos borrachos en la tierra que morar con ellos donde se estarán reprochando y maldiciendo eternamente unos a otros en el infierno. Todavía un poco, y ellos mismos alabarán tus obras, y dirán: Nosotros, necios, tuvimos por locura que nos dejara, y su fin por deshonroso; ¡pero cómo es contado entre los hijos de Dios, y su suerte está entre los santos!
Pero me apresuro a presentar un
tercer medio para los que quieran vencer el pecado de la embriaguez: emprender una vida de estricta abnegación y mortificación; porque este género de pecado no sale sino con oración y ayuno. Es verdad que esto puede parecer tarea difícil; pero, en tal caso, debemos culparnos a nosotros mismos; porque si hubiéramos empezado antes, nuestra obra habría sido más fácil. Y aun ahora, si tan solo os esforzáis, el yugo de la mortificación se os hará cada día más ligero.
Y ahora, a modo de conclusión, no puedo menos que exhortar a todas las personas, altas y bajas, ricas y pobres, a practicar una estricta abnegación en el comer y en el beber. Porque aunque «el reino de Dios no es comida ni bebida», el uso abstemio [moderado, sobrio, templado] de las buenas criaturas de Dios fomenta en gran manera la vida espiritual. Y quizá sean más los que se pierden viviendo en una sensualidad ordenada que por el mismo pecado contra el que os he estado advirtiendo. Sé, en efecto, que muchos que son solo casi cristianos, y que buscan, pero no se esfuerzan por entrar en el reino de Dios, alegan un texto de la Escritura para justificar su indulgencia, diciendo que «no lo que entra en el hombre contamina al hombre». Así lo concedemos, cuando se toma con moderación; pero deberían considerar que es posible, más aún, que la experiencia diaria prueba que una persona puede comer y beber de modo que no dañe su cuerpo, y aun así cause un perjuicio infinito a su alma; porque la complacencia de uno mismo adormece el alma en un sueño espiritual, igual que la intemperancia declarada; y aunque esta última pueda exponernos a más desprecio entre los hombres, la primera, si se persiste en ella, con la misma certeza nos excluirá de la presencia de Dios. San Pablo lo sabía muy bien; y por eso, aunque era padre espiritual de miles y estaba a punto de acabar su carrera, dice que era su práctica diaria «golpear su cuerpo y ponerlo en servidumbre, no fuera que, habiendo predicado a otros, él mismo viniera a ser reprobado», o desaprobado, o hiciera algo que lo convirtiera en ofensa o piedra de tropiezo para alguno de los hijos de Dios; porque de su propia perseverancia final, y de la de todos los demás santos, no duda, como es evidente por muchas de sus epístolas; y la palabra griega adókimos tiene este sentido en 2 Corintios 13:5 y en otros varios lugares. Pero ¿para qué alego el ejemplo del apóstol para moveros a una estricta templanza en el comer y el beber? Más bien permitidme exhortaros solamente a poner en práctica la segunda parte del texto, a esforzaros por «ser llenos del Espíritu de Dios», y entonces ya no escudriñaréis las Escrituras buscando argumentos para la complacencia propia, sino que obraréis con sinceridad con vosotros mismos, y nunca comeréis ni beberéis más de lo que es compatible con los más estrictos preceptos del evangelio. ¡Oh, rogad a Dios que veáis cómo habéis caído en Adán, y la necesidad de ser renovados por el Espíritu de Jesucristo antes de poder ser felices! Supliquémosle que nos ilumine para ver la traición de nuestros corazones corrompidos, y cuán puros y santos deben ser estos cuerpos, que deben ser templos vivos del Espíritu Santo; y entonces nos mostraremos hombres. Y, hechos templos del Espíritu Santo por su morada en nuestros cuerpos aquí, aunque después de la muerte los gusanos los destruyan, serán resucitados por el mismo Espíritu en la resurrección general del día postrero, para ser hechos semejantes al cuerpo glorioso de Cristo en lo venidero.
Lo cual Dios, por su infinita misericordia, nos conceda, etc.
Capítulo 52 completado
El abominable pecado de la embriaguez