Capítulo 51 · 24 min de lectura · 31 min de escucha
Cristo, única salvaguarda contra un espíritu réprobo
Las doctrinas del evangelio son doctrinas de paz, y traen consuelo a todos los que creen en ellas; no son como la ley dada por Moisés, que consistía en ceremonias molestas y penosas; tampoco llevan consigo aquel terror que llevaba la ley, como: «maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley, para hacerlas». Si guardarais toda la ley y la quebrantarais en un solo punto, seríais culpables de haberla quebrantado toda. La ley pronuncia amenazas contra todos los que no se ajustan a sus estrictos mandamientos; pero el evangelio es una declaración de gracia, paz y misericordia; aquí tenéis la noticia de la sangre de Cristo, sangre que habla mejor que la de Abel; porque la sangre de Abel clamaba a gritos venganza, venganza. Pero la de Jesucristo clama misericordia, misericordia, misericordia para el pecador culpable. Si este viene a Cristo, confiesa su pecado y lo abandona, entonces Jesús tendrá misericordia de él. Y si, hermanos míos, tan solo sois conscientes de vuestros pecados, estáis convencidos de vuestras iniquidades y os sentís pecadores perdidos y arruinados, y venís a contarle a Cristo vuestra condición perdida, pronto hallaréis cuán dispuesto está a ayudaros; os dará su Espíritu; y si tenéis su Espíritu, no podéis ser réprobos: hallaréis que su Espíritu vivifica y refresca; no como el espíritu del mundo, espíritu de oprobio, de envidia y de toda falta de caridad.
La experiencia de la mayoría de vosotros confirmará la verdad de esto; porque ¿no se os vitupera y calumnia, y no dice el mundo toda clase de mal contra vosotros, solo porque seguís a Jesucristo, porque no queréis correr con ellos en el mismo desenfreno? Mientras ellos cantan las canciones de los borrachos, vosotros cantáis salmos e himnos; mientras ellos están en el teatro, vosotros escucháis un sermón; mientras ellos beben, se entregan a la juerga y malgastan su precioso tiempo, apresurando su propia destrucción, vosotros leéis, oráis, meditáis y os ocupáis en vuestra salvación con temor y temblor. Motivo de sobra es este para que un mundo os vitupere: no sois lo bastante finos ni lo bastante a la moda para ellos. Si queréis vivir piadosamente, habéis de padecer persecución; no esperéis pasar por este mundo sin ser perseguidos y vilipendiados. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría, porque siempre ama lo suyo; pero si no sois del mundo, os aborrecerá; así lo ha hecho en todas las edades: nunca amó sino a los que se complacían en sus vanidades y halagos. Ha sido la muerte de muchos que amaban a Jesús, solo por haberle amado. Y, por tanto, hermanos míos, no os sorprendáis si os sobreviene una prueba de fuego, porque todas estas cosas serán un medio para enviaros más pronto a vuestro Maestro.
El espíritu del mundo es odio; el de Cristo es amor; el espíritu del mundo es aflicción; el de Cristo es deleite; el espíritu del mundo es tristeza; el de Cristo es gozo; el espíritu del mundo es malo, y el de Cristo es bueno; el espíritu del mundo nunca nos saciará, pero el Espíritu de Cristo es plena satisfacción; el espíritu del mundo es miseria; el de Cristo es descanso. En una palabra, el espíritu del mundo no tiene nada duradero; pero el Espíritu de Cristo es perdurable, y durará por una eternidad de siglos: el Espíritu de Cristo quitará toda dificultad, resolverá toda duda y será el medio de llevaros a él, para vivir con él por los siglos de los siglos.
Partiendo de las palabras de mi texto, os mostraré:
I. La necesidad de recibir el Espíritu de Cristo.
II. Quién es Cristo, cuyo Espíritu habéis de recibir. Y luego
Concluiré con una exhortación a todos vosotros, grandes y pequeños, ricos y pobres, a venir al Señor Jesucristo y a rogarle que recibáis su Espíritu, para que no seáis réprobos.
En primer lugar, he de mostraros la necesidad que hay de recibir el Espíritu de Cristo.
Y aquí, hermanos míos, será necesario consideraros en vuestro primer estado; es decir, cuando Dios creó al principio a Adán, lo puso en el huerto del Edén y le dio el privilegio de comer de todos los árboles del huerto, excepto del árbol de la ciencia del bien y del mal, que estaba en medio de él. No llevaban mucho tiempo nuestros primeros padres en este estado de inocencia cuando cayeron de él: quebrantaron los mandamientos divinos y envolvieron en culpa a toda su posteridad; porque, como Adán era nuestro representante, así nosotros habíamos de estar en pie o caer en él; y como era nuestra cabeza federal, su caída sometió a toda nuestra raza al poder de la muerte, pues la muerte entró en el mundo por el pecado; y todos quedamos expuestos al castigo eterno que Dios había de imponer por la desobediencia del hombre al mandamiento divino.
Ahora bien, como el hombre había pecado y se exigía una satisfacción, era imposible que una criatura finita satisficiera a aquel que era un Dios de tan estricta pureza que no puede ver la iniquidad. Y el hombre, por la justicia de Dios, habría sido arrojado al abismo que fue preparado de antiguo para el diablo y sus ángeles; pero cuando la justicia iba a pronunciar la sentencia irrevocable, entonces vino el Señor Jesucristo y se ofreció a sí mismo en rescate por los pobres pecadores. ¡Qué admirable condescendencia la del Señor Jesucristo! ¡Que aquel que estaba en el seno de su Padre descendiera de toda aquella gloria para morir por rebeldes tales como vosotros y yo, que, si estuviera en nuestra mano, arrancaríamos al Todopoderoso de su trono! Ahora bien, ¿podéis pensar que, si no hubiera habido necesidad de la muerte de Cristo, podéis pensar que, si se hubiera podido hallar algún otro rescate por el cual los pobres pecadores pudieran ser salvos, Dios no habría perdonado a su Hijo unigénito, y no lo habría entregado por todos los que creen en él?
Esto, hermanos míos, prueba a mi juicio de manera concluyente que era necesario que Cristo muriera. Pero considerad que de nada os servirá saber que Cristo murió por los pecadores si no aceptáis su Espíritu, para ser santificados y hechos aptos para recibir a aquel Jesús que murió por todos los que creen en él. El pecado de vuestra naturaleza, vuestro pecado original, basta para hundiros en tormentos que no tendrán fin; por tanto, a menos que recibáis el Espíritu de Cristo, sois réprobos y no podéis ser salvos. Nada menos que la sangre de Jesús aplicada a vuestras almas os hará felices por toda la eternidad. Así pues, siendo esto tan absolutamente necesario, que no podéis ser salvos sin haber recibido el Espíritu de Cristo, sino que sois réprobos, no descanséis tranquilos hasta que tengáis buena esperanza, por la gracia, de que la buena obra ha comenzado en vuestras almas; de que habéis recibido el perdón de vuestros pecados; de que Cristo descendió del cielo, murió e hizo satisfacción por vuestros pecados. No os hagáis la ilusión de que un poco de moralidad bastará para salvaros; de que ir a la iglesia, o a las oraciones, y al sacramento, y cumplir todos los deberes de la religión de manera externa, os llevará jamás al cielo; no: habéis de tener gracia en el corazón; ha de haber un cambio del hombre entero.
Habéis de nacer de nuevo, y haceros nuevas criaturas, y tener dentro de vosotros el Espíritu de Cristo. Y hasta que tengáis ese Espíritu de Cristo, por mucho que penséis lo contrario y os complazcáis en vuestra propia imaginación, os digo que no sois mejores que réprobos. Podéis contentaros con llevar una vida cortés y exteriormente decente; pero ¿de qué os servirá eso, a menos que tengáis en vuestro corazón el Espíritu del Señor Jesucristo? Su reino ha de establecerse en vuestras almas; ha de haber vida de Dios en el alma del hombre; de lo contrario, no pertenecéis al Señor Jesucristo; y mientras no le pertenezcáis, sois réprobos.
Esto puede pareceros entusiasmo a algunos de vosotros; pero, si lo es, es lo que enseñó el apóstol Pablo; y, por tanto, hermanos míos, son palabras de verdad. Os ruego, por las misericordias de Dios en Cristo Jesús, que no despreciéis estas palabras como si no os concernieran, sino que estuvieran pensadas solo para los primeros siglos del cristianismo y, por tanto, carecieran de importancia. Si así pensáis, hacéis daño a vuestras propias almas; porque todo lo que está escrito fue escrito para vosotros en estos tiempos, lo mismo que para los cristianos de los primeros siglos de la iglesia.
Porque así está el caso entre Dios y el hombre: Dios, al principio, hizo al hombre recto o, como lo expresa el escritor sagrado, «A imagen de Dios lo creó»; su alma era la copia misma, el traslado fiel de la naturaleza divina. Aquel que, por su poder omnipotente, había llamado el mundo a la existencia con su palabra, sopló en el hombre el aliento de vida espiritual; y su alma quedó adornada de pureza y perfección. Este fue el toque final de la creación, la perfección tanto del mundo moral como del material; y se parecía tanto al Original divino, que Dios no podía menos que regocijarse y complacerse en su propia semejanza. Por eso leemos que, cuando Dios hubo acabado la parte inanimada y animal de la creación, «miró, y he aquí que era bueno». Pero cuando fue hecho el hombre, aquella criatura hermosa y semejante a Dios, «he aquí que era bueno en gran manera».
¡Dichoso, indeciblemente dichoso, ser así partícipe de una naturaleza divina! Y así habría podido seguir el hombre, de haber seguido siendo santo; pero Dios lo puso en un estado de prueba, con libre permiso para comer de todo árbol del huerto, excepto del árbol de la ciencia del bien y del mal. El día que comiera de él, no solo quedaría sujeto a la muerte temporal, sino también a la espiritual; y así perdió aquella imagen divina, aquella vida espiritual que Dios había soplado en él, y que era tanto su felicidad como su gloria.
Pero el hombre, el desdichado hombre, seducido por el diablo, comió del fruto prohibido, y con ello quedó sujeto a aquella maldición que el Dios eterno había pronunciado sobre él por su desobediencia. Y leemos que, poco después de que Adán cayó, se quejó de que estaba desnudo; desnudo, no solo en cuanto a su cuerpo, sino desnudo y desprovisto de aquellas gracias divinas que antes hermoseaban su alma.
Un desdichado motín y desorden cayó entonces sobre este mundo; aquellas zarzas y espinos que ahora brotan y cubren la tierra no eran sino pobres emblemas, representaciones sin vida de aquella confusión y rebelión que brotó en el alma del hombre y la anegó inmediatamente después de la caída. Se hundió entonces en la condición de una bestia y de un demonio.
En esta condición espantosa y desordenada venimos todos al mundo. Se nos dice, hermanos míos, que «Adán engendró un hijo a su semejanza», es decir, con la misma naturaleza corrompida en que él mismo se había hundido tras comer el fruto prohibido. Y la experiencia, así como la Escritura, prueba que todos nacimos enteramente en pecado y que, por tanto, mientras estamos en tal estado, somos incapaces de tener comunión con Dios.
Porque, así como la luz no puede tener comunión con las tinieblas, así Dios no puede tener comunión con tan contaminados hijos de Belial. Aquí, aquí aparece el grande y glorioso fin por el cual Cristo fue manifestado en carne: para poner fin a estos desórdenes y restituirnos al favor de Dios. Descendió del cielo y derramó su preciosa sangre en la cruz para satisfacer la justicia divina de su Padre por nuestros pecados; y así compró a este Espíritu Santo, que ha de volver a imprimir la imagen divina en nuestros corazones y hacernos capaces de vivir con Dios y de gozar de él. Hemos de ser renovados por el Espíritu de Dios; él ha de morar en nosotros antes que podamos ser nuevas criaturas y quedar libres de un espíritu réprobo; el Espíritu de Cristo ha de traernos a casa, a aquel redil donde están todas sus ovejas, e implantar su gracia en nuestros corazones, y quitarnos aquel espíritu de pecado que reina en nosotros. Y mientras este no sea arrancado de raíz de nuestros corazones, por mucho que nos lisonjeemos de ser buenos cristianos porque somos buenos moralistas y llevamos vidas corteses, morales y decentes, si vivimos y morimos así, hermanos míos, no hacemos sino lisonjearnos camino del infierno.
Creo haber probado de manera concluyente la necesidad que hay de recibir el Espíritu de Cristo. Paso ahora a mostraros,
En segundo lugar, quién es Cristo, cuyo Espíritu habéis de recibir.
Hermanos míos, (Jesucristo es coigual, coesencial, coeterno y consustancial con el Padre, Dios verdadero de Dios verdadero; y así como no hubo un momento del tiempo en que Dios Padre no existiera, tampoco hubo un momento del tiempo en que Dios Hijo no existiera.
Los arrianos y los socinianos niegan esta divinidad de Cristo y lo tienen solo por una criatura. Los arrianos lo consideran una deidad titular, un Dios creado y subordinado; pero, si escudriñaran humildemente las Escrituras, hallarían que en ellas se rinde a Cristo homenaje divino. En la Escritura se le llama Dios, particularmente cuando el gran profeta evangélico dice: «Será llamado Dios fuerte, Padre eterno, y el principado estará sobre su hombro». Y Jesucristo mismo dice que él es el Alfa y la Omega»; y que «el mundo fue hecho por él». Pero, por claro que esto sea, los alegres y frívolos petimetres de esta época no quieren creer que el Señor Jesucristo sea igual a su Padre, y ello por ninguna otra razón sino porque es doctrina elegante y a la moda negar su divinidad y tenerlo solo por un Dios creado.
Nuestros socinianos no llegan tan lejos: consideran a Cristo solo como un hombre bueno enviado de Dios para mostrar al pueblo el camino por donde debían andar al abandonar el judaísmo; que había de ser además un ejemplo para el mundo, y que su muerte fue solo para probar la verdad de sus doctrinas.
Muchos de los que se llaman miembros, y aun maestros, de la Iglesia de Inglaterra han caído en este esquema elegante. ¡Dios bueno! Mi alma misma se estremece al pensar en las consecuencias que acompañarán a tal creencia. Oh hermanos míos, no penséis de manera tan deshonrosa del Señor que os compró, del Jesús que murió por vosotros: él ha de serlo todo en todo para vuestras almas, si alguna vez habéis de ser salvos por él. Cristo ha de ser vuestra obediencia activa, así como pasiva; su justicia ha de seros imputada. La doctrina de la imputación de la justicia de Cristo es una doctrina consoladora y deseable para todos los verdaderos cristianos. Y a vosotros, pecadores, que preguntáis qué debéis hacer para ser salvos, ¡cuán desconsolador sería deciros que por vuestras propias buenas obras, cuando quizá nunca habéis hecho una sola buena obra en toda vuestra vida! Eso sería de veras empujaros a la desesperación. No: «cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo»; venid al Señor Jesús por la fe, y él os recibirá. Él puede y quiere salvaros.
Esta segunda persona de la Trinidad, que es Dios-hombre, el mediador del nuevo pacto, tiene, hermanos míos, virtud suficiente en su sangre para expiar los pecados de millones de mundos. Como hombre murió, fue crucificado, clavado y traspasado en el madero maldito. Este fue el amor del Señor Jesucristo por vosotros; ¿y tendréis entonces pensamientos bajos y deshonrosos de Jesucristo, después de haber hecho él tanto por vosotros? Oh mis queridos hermanos, no seáis tan elegantes que neguéis la deidad de Cristo; aunque seáis tenidos por necios a los ojos del mundo, en la cuenta de Dios seréis estimados sabios, sabios para la salvación.
Puede que ahora os miren como necios y locos, como una partida de chusma que dentro de poco estará lista para el manicomio de Bedlam. Pueden decir que vais a socavar la iglesia establecida; pero Dios conoce los secretos de todos los corazones, conoce nuestra inocencia; y digo verdad en Cristo, no miento: me regocijaría ver a todo el mundo adherirse a sus artículos; me regocijaría ver a los maestros, a los ministros de la Iglesia de Inglaterra, predicar esos mismos artículos que han suscrito; pero a los ministros que sí los predican, los tienen por locos y los miran como la escoria de la tierra, indignos de compañía y de trato.
Las cosas malas que dicen de mí, bendito sea Dios, carecen de fundamento; soy amigo de las homilías de la iglesia; soy amigo de su liturgia, y si no me echaran de sus templos, la leería todos los días.
Hermanos míos, no estoy por limitar al Espíritu de Dios, sino por unir a todos en los lazos del amor; amo a todos los que aman al Señor Jesucristo. Esto hará más cristianos que el espíritu de persecución.
Los fariseos podrán pensar que es locura mencionar la persecución en un país cristiano, pero el espíritu de persecución reside en muchos: su voluntad es tan grande como siempre, pero, bendito sea Dios, les falta el poder; si lo tuvieran, hermanos míos, la hoguera y la leña es lo que habríamos de esperar, porque el templo del diablo está sacudido. Muchos vienen a Jesús; espero que muchos de vosotros ya hayáis venido, y que muchos más estén viniendo. Esto ha de hacer rabiar a Satanás, al ver su reino debilitado; levantará toda su malicia contra el pueblo de Dios. Debemos esperar que ciertamente vendrá un tiempo de sufrimiento; ya se apresura, va madurando a toda prisa; entonces se probará de manera concluyente si sois hipócritas o no, porque los tiempos de sufrimiento son siempre tiempos de prueba. Oh hermanos míos, no temáis un poco de oprobio, sino miradlo como precursor de lo que vendrá tras él. Por tanto, permitidme, a modo de aplicación,
Exhortaros a todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, unos y otros, a venir al Señor Jesucristo, para que él os dé fuerza para soportar todo aquello a que, en su sabiduría, os llame. Venid, venid, hermanos míos, a Jesucristo, y él os dará gracia, que os hará dispuestos y prontos a sufrirlo todo por Jesucristo.
No es nada ser señalados con el dedo; no es nada ser despreciados y tenidos por locos y por gente engañada. ¡Ay!, ¿qué significa esto para un alma que tiene a Jesucristo? No temáis confesar al bendito Jesús; atreveos a ser singularmente buenos. No temáis cantar himnos ni reuniros para edificaros unos a otros en los caminos del Señor: resplandeced como luminares en el mundo en medio de una generación maligna y perversa.
Es necesario que vengan escándalos, para probar lo que hay en nuestros corazones y si seremos o no fieles soldados de Jesucristo. No os contentéis con seguir a Cristo de lejos, porque entonces, como Pedro, pronto le negaremos; antes bien, seamos cristianos del todo. Que nuestras palabras y todas nuestras acciones declaren al mundo entero de quién somos discípulos, y que nos hemos propuesto no saber cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado. ¡Oh, entonces, entonces nos irá bien; dichosos, indeciblemente dichosos seremos, aun aquí; y, lo que es infinitamente mejor, cuando los que nos despreciaron estén clamando a los montes que caigan sobre ellos y a los collados que los cubran, nosotros seremos ensalzados para sentarnos a la diestra de Dios, y resplandeceremos como el sol en el firmamento, y viviremos para siempre con nuestro Redentor! ¿Y no será esta recompensa suficiente por todos los sufrimientos que hayáis padecido aquí? Por tanto, no os esforcéis por tener la grandeza, las riquezas, la honra y los placeres de este mundo, sino esforzaos por tener a Jesucristo.
Vuestros amigos y conocidos carnales y, sobre todo, vuestro gran adversario el diablo, procurarán persuadiros de no tener a Cristo hasta que seáis viejos; él quisiera que almacenarais bienes para muchos años; que fuerais a ver comedias, jugarais a los naipes, acudierais a bailes y mascaradas; y para haceros más dispuestos, para atraeros, llama a los placeres pecaminosos diversiones inocentes.
Un sabio rabino reciente de nuestra iglesia dijo al pueblo, en un sermón que yo mismo oí, que si la gente iba a la iglesia el domingo y decía allí las oraciones, no había ningún mal, ni Dios lo tendría por pecado, en que tomaran su recreo una vez terminado el servicio de la iglesia. Pero yo digo, hermanos míos, y el mandamiento de Dios lo dice también, que todo el día de reposo ha de santificarse; y que, como Dios os ha concedido seis días para vosotros, para cumplir los deberes en los diversos puestos en que la Providencia os ha colocado, espera que le deis a él un día; ¿y malgastaréis ese día de reposo que debería emplearse en recoger provisiones para vuestras almas? ¡Dios no lo quiera!
Diez mil veces mejor os sería ignorar todas las diversiones elegantes de la época que ignorar que el Espíritu de Cristo ha de estar dentro de vosotros, y que así ha de ser antes que seáis nuevas criaturas y estéis en Cristo; y si no tenéis parte en Cristo, estáis perdidos: vuestra condenación se apresura. «El que creyere será salvo; mas el que no creyere será condenado».
Si os resistís a Cristo, estáis luchando contra vosotros mismos. ¡Oh, venid a él! No os detengáis a traer buenas obras con vosotros, porque de nada servirán; todas vuestras obras jamás os llevarán al cielo, jamás perdonarán un solo pecado ni os darán el menor consuelo en la hora de la muerte; si no tenéis más que vuestras propias obras para recomendaros a Dios, no impedirán que os hundáis en aquel abismo eterno donde no hay fondo.
Pero venid a Cristo, y él os dará aquella justicia que os valdrá en el gran día del Señor, cuando venga a fijarse en los que le aman y en los que llevan puesto el vestido de boda.
Que todas vuestras acciones broten del amor de Jesús; que él sea el Alfa y la Omega de todas vuestras acciones; entonces, hermanos míos, aun nuestras acciones indiferentes son sacrificios aceptables; pero, si falta este principio, nuestros servicios más pomposos no valen nada; no somos más que idólatras espirituales; sacrificamos a nuestra propia red y hacemos de nosotros mismos un ídolo, al hacer de nosotros, y no de Cristo, el manantial de nuestras acciones; y, por tanto, hermanos míos, tales acciones están tan lejos de ser aceptadas por Dios que, según el lenguaje de uno de los artículos de nuestra iglesia, «No dudamos que tienen naturaleza de pecado, porque no brotan de una fe experimental en Jesucristo ni de un conocimiento experimental de él.
Si no fuéramos criaturas caídas, podríamos entonces obrar según otros principios; pero, puesto que hemos caído en Adán y somos restaurados solo por la muerte de Jesucristo, el aspecto de las cosas ha cambiado por completo, y todo lo que pensamos, decimos o hacemos solo es aceptado en él y por medio de él.
Por tanto, hermanos míos, os ruego, por las entrañas del amor y de la compasión, que vengáis a Jesús. No os vayáis burlando, ofendidos o blasfemando. En verdad, todo lo que digo es por amor a vuestras almas; y si tan solo pudiera ser instrumento para traeros a Jesucristo, por mucho que fuerais ensalzados, no os envidiaría, sino que me regocijaría en vuestra dicha. Aunque yo hubiera de ser el último del cortejo de los compañeros del bendito Jesús, me regocijaría veros por encima de mí en la gloria. No hablo por falsa humildad ni por fingida santidad; no: Dios es mi juez, digo verdad en Cristo, no miento: de buena gana iría a la cárcel, o a la muerte, por vosotros, con tal de poder sacar una sola alma de las fortalezas del diablo a la salvación que es en Cristo Jesús.
Venid, pues, a Cristo todos los que me oís esta noche; ofrezco a Jesucristo, el perdón y la salvación a todos vosotros los que queráis aceptarlos. Venid, oh borrachos, dejad vuestras copas, no bebáis más en exceso; venid y bebed del agua que Cristo os dará, y entonces no tendréis sed jamás; venid, oh ladrones: el que hurtaba, no hurte más, sino huya a Cristo, y él lo recibirá. Venid a él, oh rameras; dejad vuestras concupiscencias y volveos al Señor, y él tendrá misericordia de vosotras: os limpiará de todos vuestros pecados y os lavará en su sangre. Venid, todos los mentirosos; venid, todos los fariseos; venid, todos los fornicarios, adúlteros, juradores y blasfemos: venid a Cristo, y él quitará toda vuestra inmundicia, os limpiará de vuestra contaminación, y vuestros pecados serán borrados. Venid, venid, mis culpables hermanos; os ruego por amor de Cristo, y por amor de vuestra alma inmortal, que vengáis a Cristo. No permitáis que llame en vano a la puerta de vuestro corazón; abrid y dejad entrar al Rey de gloria, y él morará con vosotros: vendrá y cenará con vosotros esta noche; en esta hora, en este momento está dispuesto a recibiros: venid, pues, a él.
No consultéis con carne y sangre; no dejéis que el mundo os impida venir al Señor de la vida. ¿Qué valen unos cuantos placeres pasajeros de esta vida? No vale la pena tenerlos; pero Jesucristo es una perla de gran precio: vale la pena dar todo lo que tenéis para comprarla.
Y si estáis bajo aflicciones, no huyáis a la compañía de otros para distraeros, ni leáis lo que el mundo llama libros inofensivos; solo sirven para endurecer el corazón e impediros uniros al Señor Jesucristo.
Cuando era niño, y aun cuando llegué a edad más madura, Dios lo sabe, y con dolor lo digo, cuando ignoraba la excelencia de la palabra de Dios, leí tantos de esos libros inofensivos como cualquiera; pero ahora he gustado la buena palabra de vida y he llegado a un conocimiento más perfecto de Cristo Jesús mi Señor; he dejado esas cosas pueriles y frívolas, y estoy resuelto a no leer otros libros sino los que me lleven al conocimiento de mí mismo y de Jesucristo.
Me parece que podría hablaros hasta medianoche, hermanos míos; estoy lleno de amor hacia vosotros; permitidme rogaros que huyáis a Cristo en busca de socorro: «He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación»; por tanto, no os demoréis, sino esforzaos a entrar por la puerta estrecha; no vayáis por el camino ancho del mundo elegante, sino escoged antes ser afligidos con el pueblo de Dios que gozar de los deleites temporales del pecado. Después tendréis una recompensa que os compensará de todas las burlas, mofas y calamidades que podáis padecer aquí.
¿Y no será la presencia de Cristo recompensa suficiente por todo lo que hayáis sufrido por causa de su nombre? ¿Por qué no queréis aceptar al Señor de gloria? No digáis que no habéis oído de Cristo, porque ahora se os ofrece, y no queréis aceptarle; no culpéis a mi Maestro: él está dispuesto a salvaros, si tan solo os asís de él por la fe; y si no lo hacéis, vuestra sangre será demandada sobre vuestras propias cabezas.
Pero espero que no permitáis que la sangre de Jesús se haya derramado en vano, y que no permitáis que mi predicación quede sin efecto. ¿Querríais que fuera a decir a mi Maestro que no queréis venir, y que he gastado mis fuerzas en vano? No soporto llevarle un mensaje tan ingrato; no quisiera, de veras no quisiera ser testigo pronto contra ninguno de vosotros en el gran día de las cuentas; pero si rechazáis estas invitaciones de gracia y no las aceptáis, habré de serlo. ¿Y no conmoverá vuestros tiernos corazones ver a vuestros amigos llevados al cielo y a vosotros mismos arrojados al infierno? Pero espero cosas mejores de la mayoría de vosotros: que os volváis al Señor del amor, al Jesús que murió por vosotros, para que en el día en que venga a llevar a su pueblo a las mansiones del descanso eterno oigáis su voz: «Venid, benditos de mi Padre, entrad en el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo». Y para que todos entremos en esa gloria, prepáranos tú, oh Jesús, por tu gracia; danos tu Espíritu, y que nuestros corazones estén unidos a ti. Que la palabra que ahora se ha hablado eche raíces profundas en los corazones de tu pueblo, para que brote y dé fruto, en unos a treinta, en otros a cuarenta y en otros a ciento por uno; presérvalos tú de todo mal mientras estén en esta vida, y guárdalos sin caída, y al fin preséntalos sin mancha delante de tu Padre, cuando vengas a juzgar al mundo, para que donde tú estás, ellos también estén. Concede esto, oh Señor Jesucristo, con todo lo demás que veas necesario para nosotros, ahora y para siempre.
Ahora a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo sea atribuida toda honra, poder, gloria, fuerza, majestad y dominio, ahora y para siempre. Amén.
Capítulo 51 completado
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