Capítulo 50 · 24 min de lectura · 31 min de escucha
Los cristianos, templos del Dios viviente
Isaías, hablando de la gloria de los días del evangelio, dijo: «Nunca oyeron, ni oídos percibieron, ni ojo ha visto, oh Dios, fuera de ti, lo que él ha preparado para el que en él espera». Cap. 64:4. Si un mundo que yace en el maligno pudiera convencerse de veras de esto, no necesitaría ningún otro motivo que lo indujera a negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguir a Jesucristo. Y si los creyentes tuvieran siempre esta verdad profundamente grabada en el alma, no podrían menos que abstenerse de todo mal, aspirar continuamente a todo bien y, en una palabra, poner toda diligencia en andar como es digno de aquel que los ha llamado a su reino y gloria. Si no me equivoco, ese es el fin que se propone el apóstol Pablo en las palabras del texto: «Vosotros sois el templo del Dios viviente». Palabras dirigidas en un principio a la iglesia de Corinto, pero que nos pertenecen igualmente a nosotros, y a nuestros hijos, y a cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Daros el verdadero sentido de ellas, y luego aplicarlas a la práctica, será mi empeño en el discurso que sigue.
Es así como los cristianos son «el templo del Dios viviente»: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Los que un día celebraron consejo para crear al hombre se ocupan todos por igual en preparar y llevar eficazmente a cabo su redención. El Padre crea, el Hijo redime y el Espíritu Santo santifica a todo el pueblo escogido de Dios. Amados desde la eternidad, son llamados eficazmente en el tiempo, son escogidos del mundo y, no solo por una dedicación externa y formal en el bautismo o en la cena del Señor, sino por una ofrenda libre, voluntaria y sin coacción alguna, se consagran, espíritu, alma y cuerpo, al servicio entero de aquel que los amó y se entregó a sí mismo por ellos.
Esta es la religión pura y sin mácula delante de Dios nuestro Padre celestial; este es el culto racional del verdadero cristiano o, como algunos piensan que significa la palabra, este es el servicio que se nos exige en la palabra de Dios. No implica nada menos que una renuncia total al mundo; en suma, convierte toda la vida del cristiano en un continuo sacrificio de amor a Dios, de modo que, «ya sea que coma o beba, lo hace todo para su gloria». No es que con esto quiera insinuar que, para ser cristianos o, por ceñirme a las palabras de nuestro texto, para ser templos del Dios viviente, debamos hacernos ermitaños o encerrarnos en conventos o claustros: ¡lejos de mí tal cosa! No. La religión que prescribe esta Biblia que tengo en la mano es una religión social, una religión igualmente practicable por grandes y pequeños, por ricos y pobres, y que exige absolutamente el debido cumplimiento de todos los deberes para con los demás, en cualquier estado de vida en que a Dios le plazca ponernos y mantenernos.
Que algunos, en todas las épocas de la iglesia, se hayan separado literalmente del mundo y, por un sincero deseo de salvar su alma y alcanzar grados más altos de perfección cristiana, se hayan entregado por completo a la soledad y al retiro, no lo pongo en duda. Pero tal celo no es en modo alguno conforme a ciencia; porque de los cristianos particulares, lo mismo que de los ministros, se dice que son «la sal de la tierra, y las luces del mundo, y se les manda que «su luz alumbre delante de los hombres». Pero ¿cómo puede hacerse esto, si nos encerramos y con ello nos excluimos por completo de todo trato con el mundo? O, suponiendo que pudiéramos tomar las alas del alba y volar a las partes más remotas y desoladas de la tierra, ¿de qué nos serviría, a menos que pudiéramos concertarnos con un corazón malvado y con un tentador malvado para que no nos persiguieran ni nos molestaran allí?
Tan lejos estaríamos de hallar así descanso y consuelo, que creo que, por el contrario, pronto comprobaríamos por experiencia la verdad de lo que un ermitaño mismo me dijo una vez: que el árbol que está solo es el más expuesto y el más vulnerable a las ráfagas más fuertes. Cuando nuestro Salvador había de ser tentado por el diablo, fue llevado por el Espíritu al desierto. ¡Cuán contrario es esto a la práctica de quienes se van a un desierto para evitar la tentación! Ciertamente estos olvidan la petición que nuestro bendito Señor elevó por nosotros: «Padre, no ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal». Esto, pues, es ser cristiano de verdad: estar en el mundo y, sin embargo, no ser del mundo; tener las manos ocupadas en la tierra, según nuestras respectivas posiciones en la vida, y a la vez el corazón puesto en las cosas de arriba. Entonces sí somos «templos del Dios viviente», cuando con humilde osadía podemos decir, con un grande y buen soldado de Jesucristo, que somos los mismos en la sala de visitas que en el aposento de oración; y que de noche podemos despojarnos de nuestras preocupaciones como nos despojamos de la ropa y, estando en paz con el mundo, con nosotros mismos y con Dios, nos es indiferente dormir o morir.
Además, el templo judío era una casa de oración. «Mi casa (dice el gran Dios) será llamada casa de oración»; y esto da a entender que el corazón de los verdaderos creyentes es la sede de la oración. Para este fin fue edificado y adornado con tales enseres. Salomón, en aquella admirable oración que elevó a Dios en la dedicación del templo, dice: «Oye, pues, la súplica de tu siervo y de tu pueblo Israel, cuando oren hacia este lugar». Y de ahí supongo que Daniel, aquel varón muy amado, en tiempo de la cautividad, «oraba, como lo solía hacer antes, tres veces al día con el rostro vuelto hacia el templo». Y lo que se dijo del primero, nuestro Señor lo aplica al segundo templo: «Mi casa será llamada casa de oración». Por esta razón también los verdaderos creyentes pueden ser llamados «el templo del Dios viviente». Porque, estando enteramente consagrados y dedicados a Dios, a Dios en Cristo, su corazón llega a ser la sede de la oración, desde donde, como desde otros tantos altares vivos, un perpetuo sacrificio de oración y alabanza (semejante, aunque infinitamente superior, a la ofrenda perpetua bajo la dispensación mosaica) asciende continuamente y se ofrece al Padre de misericordias, el Dios de toda consolación. Tales, y solo tales, los que así adoran a Dios en el templo de su corazón, pueden con verdad decirse hechos sacerdotes para Dios o ser llamados real sacerdocio; tales, y solo tales, pueden con verdad ser llamados «el templo del Dios viviente», porque solo ellos le oran, como alguien lo expresa, en el templo de su corazón y, por consiguiente, le adoran en espíritu y en verdad.
Que nadie diga que tal devoción es impracticable, o que a lo sumo solo pueden practicarla unos pocos, y estos, personas que nada tienen que ver con los asuntos comunes de la vida; porque este es el deber y el privilegio común de todos los verdaderos cristianos. «Orar sin cesar» y «gozarse en el Señor siempre» son preceptos que obligan por igual a todos los que invocan el nombre de Cristo. Y aunque hay que reconocer que a las personas inmersas en el mundo les es difícil servir al Señor sin distracción, y aunque debemos confesar que la lámpara de la devoción, aun en los mejores santos, arde a veces con demasiada debilidad, los que son templo del Dios viviente hallan que la oración es su propio elemento. Y cuando los que ponen esta objeción lleguen a amar la oración como algunos hombres desdichados aman el jurar, no hallarán más dificultad en orar a Dios y alabarle siempre que la que hallan esas infelices criaturas en maldecir y jurar siempre. Lo que se ha expuesto dista mucho de ser un estado propio de personas enteramente retiradas del mundo.
Hermanos míos, el amor de Dios lo es todo en todo. Una vez que lo poseemos, como ciertamente debemos poseerlo si somos «el templo del Dios viviente», la meditación, la oración, la alabanza y los demás ejercicios espirituales se vuelven habituales y deleitosos. Una vez tocada por este imán divino, el alma siente para siempre una atracción divina y se vuelve continuamente hacia su centro, Dios; y si alguna tentación repentina o violenta la desvía de él, en cuanto se quita el obstáculo, como la aguja tocada por la piedra imán cuando retiráis el dedo, vuelve otra vez a su reposo, a su centro, a su Dios, a su Todo.
El templo judío era también un lugar donde el gran Jehová se complacía en residir de manera más inmediata. Por eso se dice que puso allí su nombre y su memoria, y que se sienta o habita entre los querubines; y cuando Salomón lo dedicó por primera vez, se nos dice que «la nube llenó la casa, de modo que los sacerdotes no pudieron estar para ministrar por causa de la nube, porque la gloria del Señor había llenado la casa». ¿Y para qué toda esta asombrosa manifestación de la gloria divina? Para esto mismo, oh hombre: para mostrarte cómo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, haría del corazón de los creyentes su templo vivo, y habitaría y haría morada en todos los que tiemblan a su palabra.
A esto alude más particularmente el apóstol en las palabras que siguen inmediatamente a nuestro texto; porque, después de llamar a los corintios «el templo del Dios viviente», añade: «como Dios dijo: Habitaré y andaré en ellos; y seré el Dios de ellos, y ellos serán mi pueblo». ¡Extrañas y fuertes expresiones son estas! Pero, por extrañas y fuertes que sean, han de experimentarlas todos los que de veras son «el templo del Dios viviente». Porque de ellos se dice que son «escogidos para ser morada santa por el Espíritu; que permanecen en Dios, y Dios en ellos; que tienen el testimonio en sí mismos, y que el Espíritu de Dios da testimonio a su espíritu de que son hijos de Dios». Expresiones que no significan ni más ni menos que aquella oración que nuestro Señor elevó por su iglesia y su pueblo poco antes de su amarga pasión: «Para que sean una cosa, como nosotros somos una cosa; yo en ellos, y tú en mí, para que sean consumadamente una cosa». Este glorioso pasaje lo adopta nuestra iglesia en su excelente oficio de la comunión, y tan lejos está de pensar que este fuera solo un privilegio de los apóstoles, que afirma en los términos más fuertes que es el privilegio de todo comulgante digno. Porque entonces (dice ella), si recibimos dignamente el sacramento, somos uno con Cristo, y Cristo es uno con nosotros; habitamos en Cristo, y Cristo en nosotros. ¿Y qué es esto, sino aquella inspiración del Espíritu Santo por la que oramos al comienzo de ese oficio, y aquella comunión del Espíritu Santo que el ministro, al concluir la oración pública de cada día, ruega al Señor que sea con todos nosotros para siempre?
Hermanos, me faltaría el tiempo para mencionar todas las Escrituras, y las diversas partes de nuestra liturgia, artículos y homilías, que hablan de esta bendición inestimable, la morada del bendito Espíritu en nosotros, por la cual llegamos de veras a ser «los templos del Dios viviente». Si tenéis ojos que ven u oídos que oyen, podéis contemplarla casi en cada página de los vivos oráculos y en cada parte de esos oficios que algunos de vosotros usáis a diario y oís leer en el culto público al Dios todopoderoso. Al afirmar, pues, esta doctrina, no desahogamos los caprichos de un cerebro trastornado y de una imaginación acalorada; tampoco introducimos doctrinas nuevas, ni levantamos las opiniones peculiares de ninguna secta o denominación cristiana particular, sea cual sea; sino que hablamos palabras de verdad y de templanza, os mostramos el camino recto y bueno, la senda antigua, aquella misma en que concuerdan universalmente los artículos de todas las iglesias reformadas y todos los cristianos sinceros de todos los partidos, por mucho que difieran en otros aspectos. Insistimos ahora en un punto que bien puede llamarse el shibolet cristiano, algo que es el gran criterio de nuestra santísima religión; y por causa del cual el santo Ignacio, uno de los primeros padres de la iglesia, solía llamarse a sí mismo portador de Dios, y portadores de Dios a aquellos a quienes escribía. Por esto, según se cuenta de él, fue llevado ante Trajano, quien le dijo con altivez: ¿Dónde está ese hombre que dice que lleva a Dios consigo? Con humilde osadía respondió: Yo soy, y luego citó el pasaje del texto: «Vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré en ellos; y seré el Dios de ellos, y ellos serán mi pueblo». Entonces, para curarle de su entusiasmo, fue condenado a ser devorado por los leones.
¡Bendito sea Dios! No corremos ahora peligro de ser llamados ante tales Trajanos perseguidores: bajo nuestro actual gobierno, benigno y dichoso, el azote de la lengua es todo lo que legalmente pueden descargar sobre nosotros. Pero, si se les permitiera ir más lejos, no tendríamos por qué avergonzarnos de dar testimonio de esta buena confesión. Para los tiempos de sufrimiento se dará gracia para sufrir; y si, como Ignacio, somos portadores de Dios, también nosotros seremos capacitados para decir con él, cuando nos lleven a los leones devoradores: Ahora comienzo a ser discípulo de Cristo.
Pero ya es hora de que pase,
En segundo lugar, a hacer alguna aplicación práctica de lo que se ha expuesto. Habéis oído en qué sentido los verdaderos cristianos son «el templo del Dios viviente». ¿Os preguntaré: Creéis estas cosas? Sé, y estoy persuadido, de que algunos de vosotros de veras las creéis, no porque yo os lo haya dicho, sino porque vosotros mismos lo habéis experimentado.
Os felicito desde lo más íntimo de mi alma. ¡Oh, que vuestros corazones estén hoy afinados para «engrandecer al Señor», y vuestros espíritus dispuestos para «alegrarse en Dios vuestro Salvador»! Como la virgen María, sois muy favorecidos, y desde ahora todas las generaciones del pueblo de Dios os llamarán bienaventurados. Podéis llamar a Cristo Señor por el Espíritu Santo, y tenéis así una evidencia interna, además de la externa, de la divinidad tanto de su persona como de su santa palabra. Ahora podéis probar que ese libro despreciado, llamado enfáticamente las Escrituras, contiene la voluntad perfecta y agradable de Dios. Habéis hallado que el segundo Adán es espíritu vivificante: él os ha resucitado de la muerte a la vida. Y siendo así enseñados y nacidos de Dios, por indoctos que seáis en otras cosas, podéis decir: «¿No es este el Cristo?». ¡Oh bendición inefable! ¡Privilegio inconcebible! El Espíritu de Dios da testimonio a vuestro espíritu de que sois hijos de Dios. Cuando pensáis en esto, ¿no estáis prontos a exclamar con el discípulo amado: «¡Mirad cuál amor es este, que seamos llamados hijos de Dios!»? Creo que aquel santo varón estaba en éxtasis cuando escribió estas palabras; y aunque lleva tanto tiempo en el cielo, su extática sorpresa apenas está comenzando, y no será sino como un comienzo a través de los siglos de la eternidad. Así será también con todos vosotros, a quienes el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, ha hecho sus templos vivos. Porque él os ha sellado para el día de la redención, y os ha dado las arras de vuestra herencia futura. Sus ojos y su corazón estarán, pues, sobre vosotros continuamente; y, a pesar de toda la oposición de hombres o demonios, será sacada la piedra de remate de este edificio espiritual, y vosotros aclamaréis: Gracia, gracia a ella. Vuestros cuerpos serán hechos semejantes al cuerpo glorioso del Redentor, y vuestras almas, en las que (¡oh condescendencia infinita!) él se deleita ahora en morar, serán llenas de toda la plenitud de Dios. Entonces nunca más saldréis; ya no necesitaréis la luz del sol ni la luz de la luna, porque el Señor mismo será vuestro templo, y el Cordero en medio de él será vuestra gloria. Amados en el Señor, ¿qué decís a estas cosas? ¿No arde vuestro corazón dentro de vosotros al pensar en estas profundas pero gloriosas verdades de Dios? Mientras medito en ellas y hablo de ellas, me parece que se enciende un fuego aun en este corazón mío, frío y helado. ¡Oh!, ¿qué pagaremos al Señor por todas estas misericordias? Ciertamente él ha hecho grandes cosas por nosotros: ¡cuán grande es su bondad, y su largueza! ¡Oh la altura, la profundidad, la longitud y la anchura del amor de Dios! Ciertamente excede a todo conocimiento. ¡Oh, quién tuviera humildad, y un sentir de estas cosas que abata el alma y exalte a Dios! Cuando la bendita virgen fue a la montaña a visitar a su prima Elisabet, asombrada por tal favor, exclamó: «¿De dónde esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?». Y cuando el gran Jehová llenó el templo con su gloria, de la abundancia de su corazón el rey Salomón prorrumpió en esta conmovedora exclamación: «Mas ¿es verdad que Dios habitará con los hombres en la tierra?». ¡Con cuánto mayor asombro deberíamos decir nosotros: ¿Y es verdad que el Señor mismo vendrá a nosotros? ¿Habitará el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, en nuestros corazones terrenales y hará de ellos sus templos vivos? Hermanos míos, ¿de dónde viene esto? ¿De alguna idoneidad prevista en nosotros? No; sé que rechazáis un pensamiento tan impropio. ¿Fue, entonces, por el buen uso de nuestro propio libre albedrío? No; estoy persuadido de que no rebajaréis así las riquezas de la libre gracia de Dios. ¿No estáis todos prontos a decir: No a nosotros, no a nosotros, sino a tu amor y misericordia libres, inmerecidos, soberanos y distintivos, oh Señor, sea toda la gloria? Esto, y solo esto, ha hecho la diferencia entre nosotros y los demás. No tenemos nada que no nos haya sido dado gratuitamente de lo alto: si amamos a Dios, es porque Dios nos amó primero. Miremos, pues, a la piedra de donde fuimos cortados, y a la caverna de la fosa de donde fuimos arrancados. Y si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algunas entrañas y misericordias, procuremos y esforcémonos por andar como conviene a los que han sido hechos templos del Dios viviente o, como el apóstol se expresa en otro lugar, «un templo santo en el Señor». ¿Qué clase de personas deben ser estos en toda santa conducta y piedad? ¡Cuán santa y cuán puramente deberíamos vivir! Como argumenta nuestro apóstol en otro lugar: «Porque ¿qué compañía tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial?». ¿Consentirán los que son templos del Dios viviente en ser cuevas de ladrones y jaulas de aves inmundas? ¿Se permitirá que moren en ellos pensamientos vanos e impuros? ¿Y mucho menos que conciban o hagan cosa alguna impura? ¿Provocaremos a celos al Señor? ¡En ninguna manera! Todos sabemos con qué ardor singular nuestro bendito Redentor purificó un templo terrenal; el celo de la casa de su Padre aun lo consumió: ¡con qué santa vehemencia volcó las mesas de los cambistas y echó a azotes delante de sí a los que compraban y vendían! ¿Por qué? Hacían de la casa de su Padre casa de mercado: habían convertido la casa de oración en cueva de ladrones.
Oh hermanos míos, ¡cuántas veces vosotros y yo hemos sido culpables de este gran mal! ¡Cuántas veces los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida nos han robado insensiblemente el corazón, apartándolo de Dios! Un tiempo fueron de veras casas de oración; la fe, la esperanza, el amor, la paz, el gozo y todos los demás frutos del bendito Espíritu se alojaban en ellos; pero ahora, oh, ahora, quizá ladrones y salteadores. Hinc illa lachryma. De ahí esos ocultamientos del rostro de Dios, esa sequedad, ese amortecimiento y esa esterilidad del alma, esas noches y días fatigosos que muchos de nosotros hemos sentido de tiempo en tiempo y bajo los cuales hemos tenido que gemir. De ahí esas quejas dolorosas y desgarradoras: «¡Quién me diera saber dónde hallarle! ¡Quién me volviese como en los días pasados, cuando la candela del Señor resplandecía sobre mi alma!». De ahí esas pruebas domésticas, esas pérdidas y decepciones personales; y a esto quizá algunos de nosotros podamos añadir: de ahí todas esas reprensiones públicas con que hemos sido visitados. Todas ellas no son sino otros tantos azotes de cuerdas en las manos del amoroso Redentor, para echar a los que compran y venden fuera del templo de nuestro corazón. ¡Oh, que conozcamos la vara y a quien la ha establecido! Nos ha castigado con azotes: ¡seamos sabios y, con un andar más estrecho y circunspecto, evitemos que en lo venidero nos castigue con escorpiones! Pero ¿quién es suficiente para esto? ¡Nadie sino tú, oh Señor, para quien todos los corazones están abiertos, todos los deseos son conocidos y a quien ningún secreto se oculta! ¡Limpia, pues, tú los pensamientos de nuestro corazón por la inspiración de tu bendito Espíritu, para que de aquí en adelante te amemos más perfectamente y engrandezcamos más dignamente tu santo nombre!
Pero ¿no estáis algunos de vosotros prontos a objetar, y a temer, que el Señor se ha olvidado de tener misericordia, que ha encerrado con ira sus piedades y que ya no se dejará rogar más? Así pensó una vez el salmista, cuando por sus extravíos fue visitado con la pesada mano de Dios. Pero reconoció que esto era su enfermedad; y penséis en ello o no, yo os digo que esta es vuestra enfermedad. Oh vosotras, almas abatidas, desalentadas y desconfiadas, oíd la palabra del Señor y traed a la memoria sus maravillosas declaraciones de antaño a su pueblo. «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones: por un pequeño momento te dejé, mas con misericordias eternas te recogeré. ¿Se olvidará la mujer de su niño de pecho? Sí, puede olvidarse, pero el Señor no se olvidará de vosotros, hombres de poca fe. Porque como el padre se compadece de sus hijos, se compadece el Señor de los que le temen. ¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Cómo podré hacerte como Adma? ¿Cómo podré ponerte como a Zeboim?». ¿Y cuál es el resultado de todas estas preguntas? «Se inflaman a una mis compasiones: no volveré a ejecutar el furor de mi ira contra Efraín, porque Dios soy, y no hombre». ¿Y no es el lenguaje de todos estos pasajes entrañables como el de José a sus hermanos, turbados y convictos por su propia conciencia? «Acercaos a mí». ¡Oh, que pueda decirse de vosotros lo que se dice de ellos: «Y ellos se acercaron»! Entonces hallaríais por feliz experiencia que el Señor, el Señor Dios, misericordioso y clemente, es de veras tardo para la ira y grande en misericordia, y que se arrepiente del castigo. ¿Quién sabe si no descenderá hoy, en esta hora, más aún, en este mismo momento, y visitará de repente otra vez el templo de vuestro corazón? ¿Quién sabe si no avivará su obra en vuestras preciosas almas, os hará volver a vuestro primer amor, os ayudará a hacer vuestras primeras obras, y aun superará vuestras esperanzas, haciendo que la gloria de esta segunda visitación sobrepase incluso aquella gloria que llenó vuestro corazón en aquel día dichoso, inolvidable, en que se dignó por primera vez haceros sus templos vivos? ¡Sí, Padre, que así te agrade!
Pero la aplicación de nuestro tema no debe terminar aquí. Hasta ahora he estado dando el pan a los hijos, y hacerlo es mi comida y mi bebida; pero ¿no se ha de decir nada a aquellos de vosotros que estáis fuera? Me refiero a los que todavía no pueden decir que son «el templo del Dios viviente». ¡Y oh, cuán grande puede ser vuestro número, si os juntamos a todos: con toda probabilidad, con mucho la mayor parte de este auditorio! No digáis que soy poco caritativo: el Dios de verdad lo ha dicho: «Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan». Permitidme hablaros con claridad, hermanos míos: habéis oído lo que se ha dicho sobre las palabras de nuestro texto, y lo que ha de obrarse en nosotros antes que podamos decir con verdad que somos «el templo del Dios viviente». ¿Es así con vosotros? ¿Estáis separados del mundo y de los ánimos mundanos? ¿Se han vuelto vuestros corazones casas de oración? ¿Mora el Espíritu de Dios en vuestras almas? Y ya sea que comáis o bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, en cuanto a la inclinación habitual de vuestra mente, ¿lo hacéis todo para la gloria de Dios? Son preguntas breves, pero claras y, dejadme deciros, muy importantes. ¿Qué respuesta podéis darles? No digáis: «Vete por ahora, y cuando tenga oportunidad más conveniente te llamaré». No os permitiré, no debo permitiros que me despachéis así; os exijo una respuesta en el nombre del Señor de los ejércitos. ¿Qué decís? Me parece oíros decir: Hemos sido dedicados a Dios en el bautismo, vamos a la iglesia o a la reunión, decimos nuestras oraciones, repetimos nuestros credos o hemos suscrito los artículos y la confesión de fe; somos muy ortodoxos y grandes amigos de las doctrinas de la gracia; no hacemos daño a nadie, somos gente honrada y de buena moral, somos miembros de iglesia, mantenemos la oración familiar y vamos constantemente a la mesa del Señor». Todas estas cosas son buenas en su lugar. Pero hasta aquí, y aun mucho más allá, podéis llegar, y aun así estar lejos del reino de Dios. El siervo inútil no hizo daño a nadie; y las vírgenes insensatas tenían la lámpara de una profesión exterior, y llegaron hasta la misma puerta del cielo, llamando a Cristo: «Señor, Señor». Estas cosas pueden haceros sepulcros blanqueados, pero no «los templos del Dios viviente». ¡Ay! ¡Ay! Una cosa os falta todavía, la cosa principal, sin la cual todo es nada: me refiero a la morada del bendito Espíritu de Dios, sin la cual nunca podréis llegar a ser «los templos del Dios viviente».
Despertad, pues, formalistas engañados, despertad; vosotros que, vanamente envanecidos con vuestro modelo de prácticas, clamáis con jactancia: «Templo del Señor, templo del Señor, templo del Señor somos nosotros». Despertad, adoradores del atrio exterior: estáis edificando sobre un fundamento de arena; guardaos de no ir también vosotros al infierno por la misma puerta del cielo. He aquí, y acordaos, os lo he dicho antes.
Y en cuanto a vosotros, que no habéis hecho ninguna de estas cosas, que en lugar de hacer una profesión exterior de religión habéis, por así decir, renunciado a vuestro bautismo, publicáis vuestro pecado como Sodoma y vivís voluntaria y atrevidamente sin Dios en el mundo, os pregunto: ¿cómo podéis pensar en escapar, si persistís en descuidar una salvación tan grande? En verdad, desesperaría por completo de que alguna vez alcanzarais el bendito privilegio de ser templos del Dios viviente, si no oyera de millares que, por la gracia de Dios, han sido trasladados de un estado de tinieblas semejante a su luz admirable. Tales, dice el apóstol Pablo, escribiendo a estos mismos corintios que ahora eran templos vivos de Dios (borrachos, fornicarios, adúlteros y cosas semejantes), «y esto erais algunos; mas ya sois lavados, mas ya sois santificados, mas ya sois justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios». ¡Oh, que el mismo bendito Espíritu se digne hoy venir y arrebataros también a vosotros como tizones del incendio! He aquí, os advierto que huyáis de la ira venidera. Id a casa y meditad en estas cosas; y pensad si no es infinitamente mejor, aun aquí, ser templos del Dios viviente que ser esclavos de toda pasión brutal y estar cautivos a voluntad del diablo. El Señor Jesús puede hacerlo y, si acudís a él en busca de refugio, pondrá en libertad vuestras almas. Él llevó cautiva la cautividad, subió a lo alto, precisamente para recibir este don del bendito Espíritu de Dios para los hombres, «aun para los rebeldes», a fin de habitar aquí por la fe en vuestros corazones y así prepararos para morar con él y con toda la hueste celestial en su reino en lo venidero.
Que esta sea la dichosa suerte de todos vosotros, concédalo Dios por su infinita misericordia, por amor de su amado Hijo Cristo Jesús nuestro Señor; a quien, con el Padre y el bendito Espíritu, tres personas pero un solo Dios, sea atribuido todo poder, fuerza, majestad y dominio, ahora y para siempre. ¡Amén! ¡Y amén!
Capítulo 50 completado
Los cristianos, templos del Dios viviente