Sermones escogidos de George Whitefield
Sobre la regeneración

Capítulo 49 · 24 min de lectura · 32 min de escucha

Sobre la regeneración

La doctrina de nuestra regeneración, o nuevo nacimiento en Cristo Jesús, aunque es una de las doctrinas más fundamentales de nuestra santa religión; aunque se nos inculca en la Sagrada Escritura tan claramente y tan a menudo «que el que corre pueda leerla»; más aún, aunque es el gozne mismo sobre el que gira la salvación de cada uno de nosotros, y además un punto en el que concuerdan todos los cristianos sinceros, de cualquier denominación; con todo, es tan rara vez considerada, y tan poco entendida por experiencia por la generalidad de los que profesan la fe, que, si hubiéramos de juzgar de su verdad por la experiencia de la mayoría de los que se llaman cristianos, nos inclinaríamos a imaginar que «ni aun han oído» si hay o no tal cosa como la regeneración. Es cierto que los hombres, en su mayor parte, son ortodoxos en los artículos comunes de su credo; creen que «hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre», y que no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que puedan ser salvos, sino el suyo. Pero decidles luego que deben ser regenerados, que deben nacer de nuevo, que deben ser renovados en el espíritu mismo, en las facultades más íntimas de su mente, antes de poder llamar de veras a Cristo «Señor, Señor», o tener evidencia de que tienen parte alguna en los méritos de su preciosa sangre; y al punto estarán dispuestos a exclamar con Nicodemo: «¿Cómo puede hacerse esto?». O con los atenienses, en otra ocasión: «¿Qué quiere decir este palabrero? Parece que es predicador de doctrinas extrañas»; porque les predicamos a Cristo y el nuevo nacimiento.

Así pues, para contribuir con mi blanca a curar el error fatal de tales personas, que quieren separar de este modo lo que Dios ha unido inseparablemente, y piensan vanamente que están justificadas por Cristo, o que se les han perdonado los pecados y se les ha imputado su perfecta obediencia, cuando no están santificadas, ni ha sido cambiada y hecha santa su naturaleza, pido permiso para extenderme sobre las palabras del texto de la siguiente manera:

Primero, procuraré explicar qué se entiende por estar en Cristo: «Si alguno está en Cristo».

Segundo, qué hemos de entender por ser una nueva criatura: «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es».

Tercero, presentaré algunos argumentos para probar la afirmación del apóstol. Y

Cuarto, sacaré algunas conclusiones de lo que se haya dicho, y luego terminaré con una o dos palabras de exhortación.

Primero, he de procurar explicar qué se entiende por esta expresión del texto: «Si alguno está en Cristo».

Pues bien, de una persona puede decirse que está en Cristo de dos maneras.

Primero, solo por una profesión exterior. Y en este sentido, todo el que se llama cristiano, o ha sido bautizado en la iglesia de Cristo, puede decirse que está en Cristo. Pero que este no es el único sentido de la frase del apóstol que tenemos delante es evidente, porque entonces todo el que invoca el nombre de Cristo, o ha sido bautizado en su iglesia visible, sería una nueva criatura. Lo cual es notoriamente falso, pues es demasiado claro, más allá de toda contradicción, que, en comparación, son pocos los que, siendo «nacidos de agua», son también «nacidos del Espíritu»; o, por usar otra manera espiritual de hablar, muchos son bautizados con agua y nunca han sido bautizados con el Espíritu Santo.

Estar en Cristo, pues, en el pleno sentido de la palabra, tiene que significar sin duda algo más que una mera profesión exterior, o que llevar su nombre. Porque, como nos dice este mismo apóstol, «no todos los que son de Israel son israelitas»; así, aplicado al cristianismo, no todos los que lo son de nombre son verdaderos cristianos. Más aún, tan lejos está de ser así, que nuestro bendito Señor mismo nos dice que muchos que han profetizado o predicado en su nombre, y en su nombre han echado fuera demonios y han hecho muchos milagros, serán no obstante despedidos en el día postrero con un «Apartaos de mí, no os conozco, obradores de maldad».

Queda, pues, que esta expresión, «si alguno está en Cristo», ha de entenderse en un

Segundo sentido, más estrecho: estar en él de modo que participemos de los beneficios de sus padecimientos. Estar en él no solo por una profesión exterior, sino por un cambio interior y por la pureza de corazón, y por la morada de su Espíritu Santo. Estar en él de tal manera que estemos místicamente unidos a él por una fe verdadera y viva, y que por ella recibamos de él virtud espiritual, como los miembros del cuerpo natural la reciben de la cabeza, o los pámpanos de la vid. Estar en él del modo en que el apóstol, hablando de sí mismo, nos cuenta que conocía a uno que lo estaba: «Conozco a un hombre en Cristo», un verdadero cristiano; o como él mismo desea estar en Cristo, cuando anhela, en su epístola a los filipenses, ser hallado en él.

Este es, sin duda, el sentido propio de la expresión del apóstol en las palabras del texto; de modo que lo que dice en su epístola a los romanos acerca de la circuncisión puede muy bien aplicarse al asunto presente: que no es verdadero cristiano el que lo es solo en lo exterior; ni es verdadero bautismo el que es solo exterior, en la carne. Sino que es verdadero cristiano el que lo es en lo interior, cuyo bautismo es el del corazón, en espíritu, y no meramente en el agua, y cuya alabanza no es de los hombres, sino de Dios. O, como dice en otro lugar: «Ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión (por sí mismas), sino la nueva criatura». Lo cual equivale a lo que declara aquí, en el versículo que estamos considerando: que si alguno está verdadera y propiamente en Cristo, nueva criatura es. Lo cual me lleva a mostrar,

Segundo, qué hemos de entender por ser una nueva criatura.

Y aquí es evidente a primera vista que esta expresión no ha de explicarse como si se requiriera que en nosotros se produjera un cambio físico; o como si hubiéramos de ser reducidos a nuestra nada primitiva, y luego creados y formados de nuevo. Porque, suponiendo que, como Nicodemo imaginaba neciamente, entráramos «otra vez en el vientre de nuestra madre, y naciéramos», ¡ay!, ¿qué contribuiría eso a hacernos espiritualmente nuevas criaturas? Puesto que «lo que es nacido de la carne seguiría siendo carne», seríamos las mismas personas carnales que siempre, nacidas de padres carnales y que, por consiguiente, recibirían de ellos la semilla de toda clase de pecado y corrupción. No; solo significa que hemos de ser cambiados de tal modo en cuanto a las cualidades y disposiciones de nuestra mente que olvidemos por completo qué clase de personas fuimos una vez. Así como de un trozo de oro que estuvo una vez en la mena puede decirse, después de limpiado, purificado y pulido, que es un trozo de oro nuevo; así como de un espejo brillante que estuvo cubierto de suciedad puede decirse, cuando se lo limpia y queda así transparente y claro, que es un espejo nuevo; o como podría decirse de Naamán, cuando sanó de su lepra y su carne se le volvió como la carne de un niño, que era un hombre nuevo; así nuestras almas, aunque siguen siendo las mismas en cuanto a sustancia, son sin embargo de tal modo purgadas, purificadas y limpiadas de su escoria, suciedad y lepra naturales por las benditas influencias del Espíritu Santo, que puede decirse con propiedad que han sido hechas de nuevo.

Cómo se obra en el alma este glorioso cambio no puede explicarse fácilmente: porque nadie conoce los caminos del Espíritu, sino el Espíritu de Dios mismo. No es que esto deba ser argumento alguno contra esta doctrina; porque, como observó nuestro bendito Señor a Nicodemo cuando trataba de este mismo asunto, «el viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, mas no sabes de dónde viene, ni adónde va»; y si se nos habla de cosas naturales y no las entendemos, ¡cuánto menos debemos extrañarnos si no podemos explicar al instante las obras invisibles del Espíritu Santo! La verdad del asunto es esta: la doctrina de nuestra regeneración, o nuevo nacimiento en Cristo Jesús, es difícil de entender para el hombre natural. Pero que tal cosa existe realmente, y que cada uno de nosotros ha de nacer de nuevo espiritualmente, procuraré mostrarlo bajo mi

Tercer punto general, en el que había de presentar algunos argumentos para probar la afirmación del apóstol.

Y aquí uno pensaría que bastaría con afirmar,

Primero, que Dios mismo, en su santa palabra, nos lo ha dicho. Podrían presentarse muchos textos del Antiguo Testamento para probar este punto; y, en verdad, uno se asombra de que Nicodemo, que era maestro en Israel, y que por tanto debía instruir al pueblo en el sentido espiritual de la ley, ignorara tanto este gran artículo como vemos que de veras lo ignoraba, pues preguntó a nuestro bendito Señor, cuando este le inculcaba el asunto: ¿Cómo puede hacerse esto? Seguramente no podía olvidar cuántas veces el salmista había rogado a Dios que creara en él «un corazón limpio» y que «renovara un espíritu recto dentro de él»; ni con cuánta frecuencia los profetas habían exhortado al pueblo a hacerse «corazón nuevo» y mente nueva, y a volverse así al Señor su Dios. Pero, sin mencionar estos y otros textos semejantes del Antiguo Testamento, esta doctrina se repite tan a menudo y tan claramente en el Nuevo que, como observé antes, el que corre puede leerla. Porque ¿qué dice el gran Profeta y Maestro del mundo mismo? «El que no naciere (todo el que es por naturaleza descendiente de Adán) otra vez de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios». Y para que no nos inclináramos a menospreciar esta afirmación y, a la manera de Nicodemo, a rechazar la doctrina porque no podemos explicar al instante «cómo puede hacerse esto», nuestro bendito Maestro la afirma, por así decirlo, con juramento: «De cierto, de cierto os digo», o, como puede leerse: Yo, el Amén; yo, que soy la verdad misma, os digo que es disposición inalterable de mi Padre celestial que «el que no naciere otra vez, no puede entrar en el reino de Dios».

Concuerdan con esto los muchos pasajes que hallamos en las epístolas, donde se nos manda ser «renovados en el espíritu», o, como antes se explicó, en las facultades más íntimas de nuestra mente; «dejar el viejo hombre, que está viciado, y vestirnos del nuevo hombre, que es creado conforme a Dios en justicia y en santidad de verdad»; que «las cosas viejas han de pasar, y todas han de ser hechas nuevas»; que hemos de ser «salvos por el lavamiento de la regeneración y por la renovación del Espíritu Santo». Pero, a mi parecer, aunque no hubiera otro pasaje que presentar fuera de las palabras del texto, este bastaría sobradamente, pues en él el apóstol afirma de manera positiva que «si alguno está en Cristo, nueva criatura es».

Podrían presentarse multitud de otros textos para confirmar esta misma verdad; pero los ya citados son tan claros y convincentes que uno imaginaría que nadie habría de negarla; si no se nos dijera que hay algunos «que teniendo ojos no ven, y teniendo oídos no oyen, y que no quieren entender con el corazón ni oír con los oídos, no sea que se conviertan, y Cristo los sane.

Pero paso a un

Segundo argumento; y este se tomará de la pureza de Dios y del presente estado corrompido y contaminado del hombre.

Dios es descrito en la Santa Escritura (y hablo a los que profesan conocer la Escritura) como Espíritu; como un ser de santidad tan infinita que es «muy limpio de ojos para ver el mal»; tan trascendentemente santo que se dice que «ni los cielos son limpios delante de sus ojos, y a sus mismos ángeles imputa necedad». Por otra parte, el hombre es descrito (y toda persona regenerada hallará que es verdad por su propia experiencia) como una criatura del todo «formada en maldad y concebida en pecado»; como alguien en quien «no mora el bien»; como «carnal, vendido al pecado»; más aún, como dotado de «una intención que es enemistad contra Dios», y cosas semejantes. Y siendo tan infinita la desproporción, ¿puede alguien concebir cómo un miserable sucio, corrompido y contaminado puede morar con un Dios infinitamente puro y santo antes de ser cambiado y hecho, en alguna medida, semejante a él? ¿Puede aquel que es muy limpio de ojos para ver el mal morar con él? ¿Puede aquel a cuyos ojos los cielos no son limpios complacerse en morar con la inmundicia misma? No; igual podríamos suponer que la luz tiene comunión con las tinieblas, o que Cristo tiene concordia con Belial. Pero paso a un

Tercer argumento, que se fundará en la consideración de la naturaleza de aquella felicidad que Dios ha preparado para los que le aman sin fingimiento.

Entrar, en verdad, en una descripción minuciosa y detallada del cielo sería vano y presuntuoso, puesto que se nos dice que «ojo no vio, ni oído oyó, ni ha subido en corazón de hombre» concebir las cosas que allí están preparadas para los sinceros seguidores del santo Jesús, aun en esta vida, y mucho menos en la venidera. Sin embargo, esto nos atrevemos a afirmar en general: que, así como Dios es Espíritu, así también la felicidad que ha reservado para su pueblo es espiritual; y, por consiguiente, a menos que nuestras mentes carnales sean cambiadas y espiritualizadas, nunca podremos ser hechos aptos para participar de aquella herencia de los santos en luz.

Sin duda es por esta razón que el apóstol declara ser decreto irrevocable del Todopoderoso que «sin santidad (sin ser purificados por la regeneración y tener así la imagen de Dios impresa de nuevo en el alma) nadie verá al Señor». Y es muy digno de notarse que nuestro divino Maestro, en el famoso pasaje antes citado acerca de la absoluta necesidad de la regeneración, no dice: El que no naciere otra vez, no entrará, sino: «El que no naciere otra vez, no puede entrar en el reino de Dios». Está fundado en la naturaleza misma de las cosas que, a menos que se obren en nosotros disposiciones adecuadas a los objetos que han de deleitarnos, no podemos hallar en ellos complacencia ni satisfacción alguna. Por ejemplo: ¿qué deleite puede proporcionar la música más armoniosa a un sordo, o qué placer puede dar el cuadro más excelente a un ciego? ¿Puede un paladar sin gusto saborear los manjares más exquisitos, o un cerdo inmundo complacerse en el más hermoso jardín de flores? No; ¿y qué razón puede darse de ello? La respuesta está a mano: porque ninguno de ellos tiene disposición alguna de ánimo que corresponda o se ajuste a aquello con que ha de recrearse. Y así sucede con el alma en el más allá; porque la muerte no produce en el alma otro cambio que el de ensanchar sus facultades y hacerla capaz de recibir impresiones más hondas, ya de placer, ya de dolor. Si se deleitaba en conversar con Dios aquí, quedará arrebatada con la vista de su gloriosa Majestad allá. Si se complacía en la comunión de los santos en la tierra, se complacerá infinitamente más en la comunión y compañía de los santos ángeles y de los espíritus de los justos hechos perfectos en el cielo. Pero si es verdad todo lo contrario, podemos estar seguros de que el alma no podría ser feliz aunque Dios mismo la admitiera (cosa que nunca hará) en las regiones de los bienaventurados. Pero ya es hora de que me apresure al

Cuarto argumento: que la redención de Cristo no será completa en nosotros a menos que seamos nuevas criaturas.

Si reflexionamos, en verdad, sobre el primer y principal fin de la venida de nuestro bendito Señor, hallaremos que fue ser propiciación por nuestros pecados, dar su vida en rescate por muchos. Pero si los beneficios de la muerte de nuestro amado Redentor no se extendieran más allá de procurarnos el mero perdón de nuestros pecados, tendríamos tan poca razón para regocijarnos en ella como la tendría un pobre reo condenado, que está a punto de perecer de alguna enfermedad mortal, al recibir el indulto de su juez. Porque harían bien los cristianos en considerar que no hay solo un impedimento legal para nuestra felicidad, en cuanto somos transgresores de la ley de Dios, sino también una impureza moral en nuestra naturaleza, que nos incapacita para gozar del cielo (como ya se ha probado) hasta que se haya obrado en nosotros algún cambio poderoso. Es necesario, pues, para que la redención de Cristo sea completa, que se nos conceda el Espíritu Santo de Dios para cambiar nuestra naturaleza y prepararnos así para el goce de aquella felicidad que nuestro Salvador compró con su preciosa sangre.

Por eso las Santas Escrituras nos enseñan que a los que Cristo justifica, o cuyos pecados perdona, y a quienes imputa su perfecta obediencia, a esos también los santifica, purifica y limpia, y cambia por completo su naturaleza corrompida. Como dice también la Escritura en otro lugar: «Cristo nos es justificación, santificación, y luego redención». Pero,

Cuarto, pasemos ahora al siguiente punto general propuesto: sacar algunas conclusiones de lo que se ha dicho. Y,

Primero, si el que está en Cristo es una nueva criatura, esto puede servir de reprensión para los que descansan en el mero cumplimiento de deberes exteriores, sin percibir ningún cambio real e interior del corazón.

Podemos observar a muchísimas personas muy puntuales en sus horas fijas de oración pública y privada, y también en recibir la santa comunión, y quizá de vez en cuando incluso en guardar algún ayuno. Pero aquí está la desgracia: descansan en el mero uso de los medios y creen que todo está hecho cuando han cumplido así con aquellas sagradas instituciones; mientras que, si estuvieran bien instruidos, considerarían que todos los medios de gracia instituidos, como la oración, el ayuno, el oír y leer la palabra de Dios, el recibir el bendito sacramento y cosas semejantes, no nos sirven sino en la medida en que nos hacen interiormente mejores y llevan adelante la vida espiritual en el alma.

Es verdad que son medios; pero no son más que medios; son parte de la religión, pero no toda ella: porque, si lo fueran, ¿quién más religioso que el fariseo? Ayunaba dos veces a la semana y daba diezmos de todo lo que poseía, y sin embargo no fue justificado delante de Dios, como nos dice nuestro mismo Salvador.

Tal vez vosotros, como el fariseo, ayunéis a menudo y hagáis largas oraciones; tal vez, como Herodes, oigáis de buena gana buenos sermones. Pero si seguís siendo vanos y frívolos, inmorales o de mente mundana, y os diferenciáis del resto de vuestros vecinos solo en que vais a la iglesia o cumplís con algunas prácticas exteriores, ¿sois mejores que ellos? No, en ninguna manera; sois muchísimo peores: porque si usáis de esos medios y al mismo tiempo abusáis de ellos, con ello animáis a otros a pensar que no hay nada en ellos, y por tanto debéis esperar recibir mayor condenación. Pero,

Segundo, si el que está en Cristo es una nueva criatura, esto puede refrenar la presunción infundada de otra clase de profesantes, que descansan en haber alcanzado algunas virtudes morales e imaginan falsamente que son buenos cristianos si son justos en sus tratos, templados en su comida, y no hacen daño ni violencia a nadie.

Pero si esto fuera todo lo que se requiere para hacernos cristianos, ¿por qué no habrían de ser buenos cristianos los paganos de la antigüedad, que se distinguieron por estas virtudes? ¿O san Pablo antes de su conversión, que nos dice que vivió con toda buena conciencia? Pero vemos que renuncia a toda confianza en obras de esta naturaleza, y solo desea ser hallado en Cristo y conocer la virtud de su resurrección, o tener prueba experimental de haber recibido el Espíritu Santo, comprado para él por la muerte de Jesucristo y asegurado y aplicado a él por su resurrección.

La suma del asunto es esta: el cristianismo incluye la moralidad, como la gracia incluye la razón; pero si somos solo meros moralistas, si no hemos sido trabajados interiormente y cambiados por las poderosas operaciones del Espíritu Santo, y si nuestras acciones morales no proceden del principio de una nueva naturaleza, por mucho que nos llamemos cristianos, seremos hallados desnudos en el gran día, y en el número de aquellos que no tienen ni la justicia de Cristo imputada para su justificación a la vista de Dios, ni, como consecuencia de ello, santidad suficiente en el alma para ser hechos aptos para gozar de Dios. Ni,

Tercero, condenará menos esta doctrina a quienes descansan en una enmienda parcial de sí mismos, sin experimentar un cambio de corazón completo, real e interior.

Un poco de trato con el mundo nos proporcionará ejemplos de no pocas personas que, tal vez, fueron antes abiertamente profanas; pero, viendo las malas consecuencias de sus vicios y los muchos inconvenientes mundanos a que estos las han reducido, de repente, por así decirlo, se vuelven corteses; y con ello se lisonjean de ser muy religiosas, porque difieren un poco de lo que antes eran y no son tan escandalosamente malvadas como lo fueron una vez; mientras que, al mismo tiempo, guardan algún pecado secreto y querido, alguna Dalila o Herodías amada, de la que no quieren separarse; alguna concupiscencia oculta, que no quieren mortificar; algún hábito vicioso, que no quieren tomarse el trabajo de desarraigar. Pero ¿quieres saber, oh hombre vano, quienquiera que seas, qué pide de ti el Señor tu Dios? Has de saber que nada menos que una conversión completa y sana te hará apto para el reino de los cielos. No basta pasar de la profanidad a la cortesía; has de pasar de la cortesía a la piedad. No solo algunas, sino «todas las cosas han de ser hechas nuevas» en tu alma. Poco te aprovechará hacer muchas cosas si todavía te falta una. En suma, no has de ser solo casi, sino del todo una nueva criatura, o en vano te jactas de ser cristiano.

Cuarto, si el que está en Cristo es una nueva criatura, esto puede prescribirse como regla infalible para que toda persona, de cualquier denominación, edad, grado o condición, se juzgue a sí misma; pues este es el único fundamento sólido sobre el cual podemos edificar una seguridad bien fundada de perdón, paz y felicidad.

Podemos, en verdad, apoyarnos en la caña cascada de una profesión exterior; podemos pensar que somos bastante buenos si llevamos una vida sobria, honrada y moral, como la llevaron muchos paganos. Podemos imaginar que estamos a salvo si asistimos a los oficios públicos de la religión y somos constantes en los deberes de nuestro aposento. Pero, a menos que todo esto tienda a reformar nuestra vida y cambiar nuestro corazón, y se use solo como otros tantos canales de la gracia divina, como os dije antes, así os lo digo de nuevo: el cristianismo de nada os aprovechará.

Que cada uno de nosotros, pues, haga seriamente esta pregunta a su corazón: ¿Hemos recibido el Espíritu Santo desde que creímos? ¿Somos nuevas criaturas en Cristo, o no? Por lo menos, si todavía no lo somos, ¿es nuestro esfuerzo diario llegar a serlo? ¿Usamos constante y concienzudamente todos los medios de gracia que para ello se requieren? ¿Ayunamos, velamos y oramos? ¿No buscamos con pereza, sino que porfiamos con afán por entrar por la puerta angosta? En suma, ¿renunciamos a nuestra propia justicia, tomamos nuestra cruz y seguimos a Cristo? Si es así, estamos en aquel camino angosto que lleva a la vida; la buena semilla está sembrada en nuestro corazón, y, si es debidamente regada y alimentada por un uso regular y perseverante de todos los medios de gracia, crecerá para vida eterna. Pero, por el contrario, si solo hemos oído, y no sabemos por experiencia, si hay Espíritu Santo; si somos ajenos al ayuno, la vigilancia y la oración, y a todos los demás ejercicios espirituales de devoción; si nos contentamos con ir por el camino ancho, solo porque vemos que la mayoría de la gente lo hace, sin reflexionar ni una vez si es el camino recto o no; en suma, si somos ajenos, más aún, enemigos de la cruz de Cristo, por una vida de mundanalidad y placer sensual, y con ello hacemos pensar a otros que el cristianismo no es más que un nombre vacío, una mera profesión formal; si tal es el caso, digo, Cristo ha muerto hasta ahora en vano para nosotros; estamos bajo la culpa de nuestros pecados, y no conocemos una conversión verdadera y completa.

Pero, amados, aunque hablo así, estoy persuadido de cosas mejores de vosotros, y que acompañan a la salvación; quisiera esperar humildemente que estéis sinceramente persuadidos de que el que no tiene el Espíritu de Cristo no es de él; y de que, si el Espíritu que levantó de los muertos a Jesús no mora en vosotros aquí, tampoco vuestros cuerpos mortales serán vivificados por ese mismo Espíritu para morar con él en el más allá.

Permitidme, pues (como me propuse en último lugar), exhortaros encarecidamente, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a obrar conforme a estas convicciones y a vivir como cristianos, a quienes se manda en la Sagrada Escritura «dejar, en cuanto a la pasada manera de vivir, el viejo hombre, y vestirse del nuevo hombre, que es creado conforme a Dios en justicia y en santidad de verdad».

Hay que reconocer, en verdad, que esta es una obra grande y difícil; pero, bendito sea Dios, no es imposible. Muchos miles de almas dichosas han sido asistidas por un poder divino para llevarla a cabo; ¿y por qué habríamos de desesperar del éxito? ¿Se ha acortado la mano de Dios para no poder salvar? ¿Fue él el Dios de nuestros padres, y no es también el Dios de sus hijos? Sí, sin duda, también de sus hijos. Es además una tarea que nos costará algún dolor; nos obligará a separarnos de alguna concupiscencia, a romper con algún amigo, a mortificar alguna pasión querida, que puede sernos sumamente cara, y quizá tan difícil de dejar como cortarse la mano derecha o sacarse el ojo derecho. Pero ¿qué importa todo esto? ¿No compensará con creces todo este trabajo el ser hechos miembros reales y vivos de Cristo, hijos de Dios y herederos del reino de los cielos? Sin duda que sí.

El emprender y llevar adelante esta obra grande y necesaria quizá nos exponga también, más aún, sin duda nos expondrá, a la burla de la parte irreflexiva del género humano, que se extrañará de que no corramos con ellos en el mismo desenfreno de disolución; y porque negamos nuestros apetitos pecaminosos y no nos conformamos a este mundo, ya que la Escritura nos manda hacer lo uno y, en oposición a lo otro, tener nuestra ciudadanía en los cielos, puede que tengan nuestra vida por locura y nuestro fin por deshonroso. Pero ¿no será el ser contados entre los santos, y resplandecer como las estrellas a perpetua eternidad, recompensa más que suficiente por toda la burla, calumnia o afrenta que podamos encontrar aquí?

En verdad, aunque no hubiera otra recompensa unida a una conversión completa que aquella paz de Dios que es su consecuencia inevitable, y que, aun en esta vida, «sobrepuja todo entendimiento», tendríamos gran razón para regocijarnos. Pero cuando consideramos que esta es la menor de las misericordias que Dios ha preparado para los que están en Cristo y se han hecho nuevas criaturas; que esto no es más que el comienzo de una sucesión eterna de deleites; que el día de nuestra muerte, que el pecador inconverso y no renovado tanto ha de temer, no será, por así decirlo, sino el primer día de nuestro nuevo nacimiento, y nos abrirá un escenario eterno de felicidad y consuelo; en suma, si recordamos que los que son regenerados y nacidos de nuevo tienen un título real a todas las gloriosas promesas del evangelio, y tienen la certeza infalible de ser tan felices, aquí y en el más allá, como pueda hacerlos un Dios todo sabio, todo misericordioso y todopoderoso; a mi parecer, todo el que tenga la menor preocupación por la salvación de su alma preciosa e inmortal, teniendo delante tales promesas, tal esperanza, tal eternidad de felicidad, nunca debería cesar de velar, orar y esforzarse hasta hallar obrado en su corazón un cambio real, interior y salvador, y saber así de verdad que mora en Cristo, y Cristo en él; que es una nueva criatura y, por tanto, hijo de Dios; que ya es heredero, y dentro de poco será poseedor efectivo, del reino de los cielos.

Lo cual conceda Dios, por su infinita misericordia, por medio de Jesucristo nuestro Señor.

A quien, etc.

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